El camino a Rhodes

Mariana Zapata

Fragmento

g-1

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Los ojos me ardían. Aunque, pensándolo bien, no habían dejado de escocerme desde que había oscurecido un par de horas antes, así que los entrecerré. Más adelante, justo al límite de la luz que desprendían los faros de mi coche, vi un cartel.

Cogí aire muy profundamente y acto seguido lo solté.

BIENVENIDOS A

PAGOSA SPRINGS

LAS FUENTES TERMALES MÁS PROFUNDAS DEL MUNDO

Luego volví a leerlo para cerciorarme de que no me lo había inventado.

Había llegado. Por fin. Solo había tardado una eternidad.

Vale, una eternidad comprendida en un periodo de dos meses. Unas ocho semanas en las que había conducido a paso de tortuga y me había detenido en prácticamente todas las atracciones turísticas y hoteles de dos estrellas o alojamientos vacacionales que me había encontrado en mi paso por Florida, Alabama, Mississippi y Luisiana. Luego había pasado un tiempo en Texas y después había puesto rumbo hacia Arizona, donde había explorado los pueblos y ciudades que no había tenido tiempo de visitar cuando había estado por la zona en ocasiones anteriores. Incluso había visitado a un viejo amigo y su familia. Ya que estaba puesta, me había ido hasta Las Vegas, porque también era uno de esos sitios en los que había estado por lo menos diez veces, pero que nunca había llegado a conocer de verdad. Me había pasado casi tres semanas en Utah. Y, por último, pero no por ello menos importante, me había tomado una semana para echar un vistazo a Nuevo México antes de dar media vuelta y volver a dirigirme hacia el norte, en dirección a las montañas. A Colorado. Mi destino final, o por lo menos eso esperaba.

Y ahora por fin había llegado. O, mejor dicho, casi había llegado.

Hundí los hombros, los apoyé contra el asiento y me relajé un poco. Según el GPS, todavía me quedaban unos treinta minutos para llegar al apartamento que había alquilado al otro lado de aquella ciudad, situada en la parte sudoeste del estado y de la que casi nadie había oído hablar.

Aquel lugar se convertiría en mi hogar durante un mes, o tal vez más si todo salía como quería. Al fin y al cabo, tenía que asentarme en algún lado.

Las fotografías que había visto por internet del apartamento que había alquilado mostraban exactamente lo que buscaba. No era muy grande. Estaba a las afueras de la ciudad. Aunque el motivo principal por el que me había enamorado de aquel apartamento era que me recordaba a la última casa en la que había vivido con mi madre.

Y teniendo en cuenta que lo había reservado a último minuto, justo antes de que empezara el verano y la temporada turística, tampoco es que tuviera mucho donde elegir; de hecho, casi no quedaba ningún alojamiento libre. Se me había ocurrido la idea de regresar a Pagosa Springs dos semanas antes, en plena noche, mientras el peso de cada decisión que había tomado en los últimos catorce años me aplastaba el alma (aunque no era la primera vez que me ocurría, más bien la milésima) e intentaba contener el llanto. Las lágrimas no me habían venido a los ojos por el hecho de estar sola en una habitación en Moab, sin nadie a quien le importara una mierda a kilómetros a la redonda, sino que habían brotado porque estaba pensando en mi madre y en que la última vez que había estado allí había sido con ella. Aunque puede que algunas también fueran porque ya no sabía qué cojones hacer con mi vida y aquello me acojonaba.

Y entonces fue cuando se me ocurrió la idea.

«Podría volver a Pagosa».

¿Por qué no? Le había dado muchas vueltas a lo que quería, a lo que necesitaba. Tampoco es que hubiera hecho gran cosa durante los dos meses que me había pasado prácticamente sola. Se me ocurrió hacer una lista, pero estaba harta de listas y horarios; me había pasado la última década dejando que otras personas decidieran lo que podía hacer y lo que no. Estaba cansada de tener un plan. Estaba harta de muchas cosas y personas, sinceramente.

Y en cuanto me vino a la mente aquel lugar que antaño había sido mi hogar, supe que quería ir allí. Me pareció una idea acertada. Ya me había cansado de conducir sin rumbo, buscando algo que volviera a poner mi vida mínimamente en orden.

Así que decidí que iría improvisando.

Nuevo año, nueva Aurora. ¿Y qué si era junio? ¿Quién había decidido que el año nuevo empezaba el uno de enero, eh? El mío había empezado oficialmente un miércoles por la tarde de hacía un año en el que había vertido muchas lágrimas. Y ya era hora de convertirme en una nueva versión de la persona que era entonces.

Por eso estaba ahí. De vuelta en la ciudad en la que había crecido, veinte años más tarde. A miles de kilómetros de Cape Coral y de todas las cosas y las personas que había dejado atrás en Nashville. Con la libertad de hacer lo que me apeteciera por primera vez en mucho mucho tiempo.

Podía ser quien quisiera ser. Mejor tarde que nunca, ¿no?

Solté un suspiro y sacudí los hombros para despertarme un poco más, haciendo una mueca por la tensión que se me había instalado en ellos cuando mi mundo se había puesto patas arriba y que no me había abandonado desde entonces. Puede que no supiera lo que haría a largo plazo, pero ya lo averiguaría. No me arrepentía ni lo más mínimo de haber conducido hasta ahí.

Me arrepentía de muchas cosas en mi vida, pero no permitiría que aquella decisión se añadiera a la lista. Incluso aunque no me quedara allí a largo plazo, el mes que pasaría en Pagosa Springs no ocuparía gran parte de mi vida. Sería un trampolín para mi futuro. Y puede que una tirita para el pasado. Un empujón en el presente.

«Nunca es demasiado tarde para encontrar un nuevo camino», cantaba mi amiga Yuki. Había conducido hasta Colorado por un motivo, y nada iba a ser en vano; ni las nalgas doloridas, ni los hombros agarrotados, ni la ciática molestándome de nuevo, ni lo mucho que mis ojos necesitaban una bombilla y una siesta.

El incipiente dolor de cabeza que notaba justo por encima de las cejas era parte del camino, los fundamentos de mi jodido futuro. Quien algo quiere, algo le cuesta.

Sería genial no tener que volver a meterme en el coche hasta dentro de un mes. La sola idea de pasar un minuto más sentada al volante me daba arcadas. Pensándolo bien, ya puestos, podría comprarme otro coche. Tenía suficiente dinero sucio para hacerlo. Bien podría usarlo para algo que necesitara de verdad, porque mi coche actual ni siquiera tenía tracción en las cuatro ruedas.

Ahora. Nuevo. Presente. El pasado se iba a quedar donde estaba, porque, aunque me encantaría, no podía prenderle fuego y verlo devorado por las llamas. Sobre todo, porque iría a la cárcel por doble homicidio, y eso no estaba muy bien visto.

No, iba a salir adelante sin antecedentes, y aquel era el próximo paso. Adiós, Nashville y todo lo que tenía allí. Hasta la vista a ti también, Florida. Hola, Colorado y montañas y un futuro tranquilo y esperaba que feliz. Estaba dispuesta a manifestarlo hasta que toda esa mierda se hiciera realidad. Tal y como también cantaba Yuki: «Si le dices al universo lo que quieres, con un poco de suerte alguien te escuchará».

La parte más difícil ya había pasado. Aquello era mi futuro. Un paso más de todos los que había dado en mis treinta y tres años de vida.

En realidad, debería darle las gracias a la familia Jones. Puede que no por haberse aprovechado de mí, pero sí porque, por lo menos, ahora sabía en lo que me había metido y de quién me había rodeado. Por lo menos había conseguido salir de allí.

Era libre. Libre para regresar a donde había pasado los primeros años de mi vida, para ir al lugar donde había visto a mi madre por última vez. El mismo lugar que ella tanto quería y que había sido escenario de tantos buenos recuerdos, además de los peores.

Haría lo que tuviera que hacer para seguir adelante con mi vida. Y el primer paso era girar a la izquierda por un camino de tierra que técnicamente era una carretera rural.

Aferrándome al volante con todas mis fuerzas mientras los neumáticos se metían en un bache tras otro, busqué el último recuerdo borroso que tenía de mi madre, la imagen de sus ojos pardos, los mismos que veía en el espejo. Su media melena castaña, ni muy oscura ni muy clara, era otro rasgo que compartíamos, por lo menos hasta que había empezado a teñirme el pelo, pero ahora ya había dejado de hacerlo. Solo me lo había empezado a teñir a petición de la señora Jones. Pero, más que nada, recordé lo fuerte que mi madre me había abrazado antes de darme permiso para ir a casa de mi amiga al día siguiente en vez de acompañarla a la ruta que había planeado para que hiciéramos juntas. El beso que me había dado cuando me había dejado en casa de mi amiga y me había dicho: «¡Hasta mañana, pequeña Aurora!».

La culpa, amarga y punzante, igual de afilada y mortal que una daga hecha con un carámbano de hielo, me apuñaló en el estómago por millonésima vez. E igual que cada vez que me invadía aquella sensación familiar, me pregunté «¿Y si hubiera ido con ella? ¿Y si…?». Pero, como siempre que me hacía aquella pregunta, me contesté que no importaba, porque nunca lo sabría.

Volví a entrecerrar los ojos para mirar a lo lejos mientras pasaba por un bache todavía más grande, maldiciendo que aquellas carreteras no tuvieran farolas. Viéndolo con perspectiva, debería haber alargado un día más aquel último tramo del trayecto para no terminar deambulando por las montañas en medio de la oscuridad.

Y es que los montoncitos y los baches de la carretera no eran lo único que me había salido al paso. Me había topado con ciervos, ardillas y conejos. Había visto un armadillo y una mofeta. Y todos habían decidido cruzar la carretera corriendo en el último segundo antes de que pasara con el coche, provocando que me cagara de miedo y que frenara en seco mientras daba gracias a Dios de que no fuera invierno y de que apenas hubiera tránsito en esa carretera. Lo único que quería era llegar a mi hogar temporal para encontrar al tal Tobias Rhodes, que había decidido alquilar el apartamento de su garaje a un precio muy razonable. Sería su primera huésped. El apartamento no tenía ninguna reseña, pero cumplía con todos los demás requisitos de mi lista, así que había decidido darle una oportunidad. Además, tampoco es que hubiera tenido mucho donde elegir, aparte de alquilar una habitación en casa de alguien o de alojarme en un hotel.

—Su destino final se encuentra a la izquierda —indicó el GPS.

Agarré con fuerza el volante y entrecerré más los ojos, viendo a duras penas el inicio del camino de acceso a la casa. Estaba tan oscuro que ni siquiera distinguí si había otras casas alrededor. Aquello se encontraba realmente en medio de la nada, y era justamente lo que quería: paz y tranquilidad.

Al girar por el supuesto camino de acceso, que solo estaba marcado por un poste reflectante, me dije a mí misma que todo iría bien. Encontraría un trabajo (de lo que fuera), repasaría el diario de mi madre e intentaría hacer algunas de las rutas que había dejado por escrito, por lo menos sus favoritas. Era uno de los motivos principales por los que me había parecido tan buena idea venir.

La gente llora cuando llega un final, pero a veces hay que llorar por los nuevos comienzos. No olvidaría lo que había dejado atrás. Pero me emocionaría todo lo posible por aquel inicio y por el final que acabara teniendo.

Poco a poco, ¿verdad?

Un poco más adelante vi una casa que se alzaba imponente. Por el número de ventanas y de luces encendidas, parecía más bien pequeña, pero no importaba. En uno de los lados, a entre cinco y quince metros de distancia (eso de conducir de noche era una mierda con mi astigmatismo), había otra estructura que parecía ser un garaje construido aparte. Había un solo coche aparcado frente a la casa principal, un viejo Bronco que reconocí porque mi primo se había pasado años arreglando uno exactamente igual.

Dirigí el coche hacia el edificio más pequeño y menos iluminado tras ubicar la gran puerta del garaje. La gravilla crujió bajo los neumáticos, oí las piedrecillas rebotando e impactando contra el chasis, y volví a recordarme a mí misma por qué estaba ahí y que todo iría bien. Aparqué junto al garaje. Parpadeé y me froté los ojos, y cogí el móvil para buscar la captura de pantalla que había hecho de las instrucciones para entrar en el apartamento y releerlas. Tal vez mañana iría a presentarme al propietario. O tal vez lo dejaría en paz si él me dejaba en paz.

Salí del coche.

Aquello era el resto de mi vida. E iba a dar lo mejor de mí, tal y como mi madre me había enseñado, tal y como ella habría esperado de mí.

Solo tardé un minuto en encontrar la puerta de entrada con la linterna del móvil (había aparcado justo al lado) y la caja de seguridad que colgaba del picaporte. El código que me había mandado el propietario funcionó a la primera, y dentro de la caja diminuta descansaba una sola llave. La metí en la cerradura y la puerta chirrió al abrirse hacia una escalera a la izquierda y otra puerta en perpendicular. Encendí la luz y abrí la puerta situada justo enfrente de la que acababa de pasar, esperando encontrar el garaje, y no me llevé ninguna decepción. Pero sí que me quedé sorprendida al ver que no había ningún coche.

Las paredes estaban recubiertas de distintos tipos de aislamiento; algunas con la espuma que había visto en todos los estudios de grabación en los que había estado, y otras con alfombrillas de goma azules fijadas con clavos. Incluso había un par de colchones viejos apoyados contra las paredes. En el centro de la habitación había un gran altavoz negro de cuatro conos con un amplificador hecho polvo, dos taburetes y un soporte con tres guitarras. También había un teclado y una batería básica para principiantes.

Tragué saliva.

Me fijé en los dos pósteres que estaban pegados a los colchones y, poco a poco, solté el aire que había estado conteniendo. Uno era de un joven cantante folk y el otro, de una gran gira de dos bandas de rock. No había nada de country. No había nada de pop. Y, lo que era más importante: no había necesidad de darle más vueltas. Salí por donde había entrado, quitándome aquella sala de música de la cabeza, y cerré la puerta detrás de mí.

Las escaleras giraban conforme subían y, cuando llegué arriba, encendí más luces y suspiré aliviada. Era tal y como se anunciaba en las fotos: un estudio. Había una cama grande contra la pared de la derecha, un radiador con apariencia de chimenea antigua en una esquina, una mesita con dos sillas, una nevera que parecía de los años noventa (pero qué más daba), unos fogones que debían de ser de la misma década, un fregadero, unas puertas que parecían ser un armario y otra que esperaba que fuera el baño que aparecía en el anuncio. No había lavadora ni secadora, pero tampoco me había molestado en preguntar. En la ciudad había una lavandería, ya lo había comprobado. Me las arreglaría.

El suelo del apartamento estaba cubierto de madera veteada, y sonreí al ver un pequeño jarrón de cristal sobre la mesa con un ramo de flores silvestres.

La familia Jones se habría quejado de que no fuera el Ritz, pero para mí era perfecto. Tenía todo lo que necesitaba, y me recordaba a la casa en la que había vivido con mamá, con las paredes recubiertas de madera y… aquella calidez.

Era realmente perfecto.

Por primera vez me permití sentirme genuinamente emocionada por mi decisión. Y, en cuanto lo hice, me sentí bien. La esperanza se encendió en mi interior como una bengala. Solo tuve que hacer tres viajes para subir las maletas, las cajas y la neverita.

No sería descabellado suponer que se necesitan días, e incluso semanas, para empaquetar toda tu vida. Puede que meses, si tienes muchas pertenencias, pero yo no tenía muchas. Se las había dejado casi todas a Kaden cuando su abogado (el hombre al que llevaba una década entera mandando postales navideñas) me había mandado una notificación en la que especificaba que tenía treinta días para marcharme de la casa que habíamos compartido, justo el día después de que Kaden me dejara. Sin embargo, me fui al cabo de unas horas. Solo me llevé dos maletas y cuatro cajas con mis cosas.

Estaba bien. Estaba bien que aquello hubiera ocurrido, y lo sabía. En el momento me había dolido, me había dolido de cojones, y después también. Pero ahora ya no. Aun así… a veces todavía deseaba haberles enviado a esos traidores una tarta de mierda, como en Criadas y señoras. No era tan buena persona.

Acababa de abrir la puerta de la nevera para poder meter dentro el embutido, el queso, la mayonesa, las tres latas de refresco de fresa y una única cerveza cuando oí un crujido proveniente de abajo.

La puerta. Era la puerta.

Me quedé paralizada.

Cogí el espray de pimienta del bolso y vacilé; seguro que al propietario no se le ocurriría entrar así porque sí, ¿no? O sea, el apartamento era suyo, pero se lo estaba alquilando. Había firmado un contrato y había mandado una copia de mi carné de conducir con la esperanza de que no buscara mi nombre por internet, pero ¿y si lo había hecho? En algunos de los alojamientos en los que me había quedado, los propietarios se habían pasado a preguntarme si necesitaba algo, pero no habían entrado sin más. Solo uno de ellos me había buscado por internet y me había hecho un montón de preguntas incómodas.

—¿Hola? —grité, con el dedo listo para utilizar el espray de pimienta.

La única respuesta que obtuve fue el sonido de unos pies subiendo por las escaleras, el ruido sordo de pisadas pesadas.

—¿Hola? —volví a gritar un poco más fuerte, aguzando el oído para escuchar los pasos que seguían subiendo y que me hicieron agarrar el espray que tenía en la mano con más fuerza.

En lo que decidí aguantar la respiración (porque seguro que aquello me ayudaría a escuchar mejor), vislumbré el pelo y el rostro de una persona antes de que subiera los últimos dos o tres peldaños, probablemente de una zancada, porque, de repente, lo tenía encima.

Era un hombre.

¿Sería el propietario? Por Dios, esperaba que sí.

Llevaba una camisa abotonada de color caqui metida en unos pantalones oscuros que podrían ser azules, negros o de algún otro color que no alcanzaba a distinguir con aquella iluminación. Entorné los ojos y escondí las manos con el espray de pimienta detrás de la espalda por si acaso.

¡Llevaba una pistola en la cadera!

—¡Hostia, llévese lo que quiera, pero no me haga daño! —chi­llé levantando las manos.

El desconocido dio un respingo antes de hablar con voz áspera y rugosa.

—Pero ¿qué dices?

Levanté todavía más las manos, alzando los hombros hasta las orejas, y le señalé el bolso que tenía encima de la mesa con el mentón.

—Ahí tiene mi bolso. Lléveselo. Las llaves están dentro.

Tenía seguro. Tenía copias de mi carné de identidad en el teléfono, que estaba en el bolsillo trasero de mis pantalones. Podía pedir otra tarjeta de débito y denunciar que me había robado la de crédito. No me importaba un comino el dinero en efectivo que llevaba en la cartera. No valía la pena arriesgar mi vida por nada de eso. No. Valía. La. Pena.

Sin embargo, el hombre volvió a dar un respingo.

—¿De qué cojones estás hablando? No te estoy robando. ¿Qué haces en mi casa? —Disparó cada palabra como si fuera un misil.

Un momento.

Parpadeé y mantuve las manos detrás de la espalda. ¿Qué estaba ocurriendo?

—¿Es usted Tobias Rhodes? —Estaba segura de que así se llamaba la persona con quien había hecho la reserva. El perfil incluía una fotografía, pero no me había molestado en am­pliarla.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó el desconocido.

—Eh, pues porque le he alquilado este apartamento del garaje. Hoy era el día de llegada.

—¿El día de llegada? —repitió el hombre en voz baja. Estaba bastante segura de que tenía el ceño fruncido, pero se encontraba justo en un punto que no estaba muy bien iluminado y la cara le quedaba en la sombra—. ¿Es que esto te parece un hotel?

Vaya, qué carácter.

Justo cuando abrí la boca para contestarle que no, que aquello no parecía un hotel, pero que aun así había hecho una reserva legal y había pagado por adelantado por mi estancia, se oyó un fuerte chirrido al pie de la escalera un segundo antes de que otra voz más joven y aguda chillara:

—¡Espera, papá!

Centré la mirada en el hombre mientras este desviaba su atención escaleras abajo; la parte superior de su cuerpo pareció expandirse en un gesto protector, o tal vez defensivo. Aprovechando que estaba distraído, me fijé en que era un tipo grande, alto y corpulento. Y llevaba dos parches en la camisa. «¿Son de algún cuerpo policial?».

El corazón empezó a latirme con fuerza en las orejas y volví a mirar fijamente la pistola que llevaba en la funda atada a la cadera. Mi voz sonó extrañamente alta al empezar a tartamudear.

—Podría… Podría enseñarle la confirmación de la reserva…

«¿Qué está ocurriendo? ¿Me han estafado?». Mis palabras volvieron a captar su atención justo en el momento en el que otra silueta aparecía de un salto abrupto en el rellano. Era mucho más baja y delgada, pero no alcanzaba a ver nada más. ¿Era el hijo de aquel hombre? ¿La hija?

El gigante ni siquiera desvió la mirada hacia la persona que acababa de llegar cuando se dirigió hacia mí, y la ira que emanaba de sus palabras, de todo su lenguaje corporal, en realidad, era evidente.

—El allanamiento de morada es un delito.

—¿Allanamiento de morada? —repetí confundida, con el corazón todavía desbocado. ¿Qué estaba ocurriendo? «¿Qué cojones está ocurriendo?»—. He cogido la llave con el código que me dieron. —¿Cómo era posible que no lo supiera? ¿Quién era ese hombre? «¿En serio me habrán estafado?».

Fuera de mi campo de visión, porque estaba totalmente centrada en el hombre más grande, la silueta más pequeña a la que apenas había prestado atención murmuró algo en voz baja antes de sisear un quedo «¡Papá!».

Aquello hizo que el hombre girara la cabeza hacia la figura que debía de ser su hijo o hija.

—Amos —gruñó en un tono que sonaba peligrosamente como una advertencia. Había ira ahí, latente y a la espera.

Tuve un presentimiento horrible.

—Tengo que hablar contigo —dijo la silueta casi entre susurros antes de girarse hacia mí. Aquella persona más pequeña se quedó paralizada durante un momento y luego parpadeó antes de volver en sí y hablar con un tono de voz tan bajo que me costó oírle—. Hola, señorita de la Torre, eeeh… Disculpe por la confusión. Un momento, por favor.

¿Quién cojones era este ahora? ¿Y por qué sabía mi nombre? ¿Se trataba de una confusión? Bueno, aquello eran buenas noticias…, ¿no?

Mi optimismo solo duró un segundo, porque, bajo la luz tenue del estudio, el hombre empezó a negar con la cabeza lentamente. Las palabras que pronunció a continuación apretaron todavía más el nudo que se me había hecho en el estómago.

—Espero, Amos, que esto no sea lo que creo que es —murmuró con un tono de voz letal. No sonaba muy prometedor—. ¿Has subido un anuncio para alquilar el apartamento después de que te dijera que no las cincuenta veces que me lo pediste? —Hizo aquella pregunta sin subir el volumen, pero aun así sonaba incluso peor que si estuviera gritando. Hasta yo quería encogerme de miedo, y ni siquiera me estaba hablando a mí.

Pero, un momento, ¿qué había dicho?

—Papá…

La persona más joven se colocó debajo del ventilador del techo y quedó iluminado por la bombilla, confirmando así que era un chico, un adolescente de entre doce y dieciséis años, basándome en el sonido de su voz. A diferencia del hombre corpulento que parecía ser su padre, tenía la cara esbelta y angular, y los brazos largos y delgados le quedaban casi cubiertos por una camiseta que le iba dos tallas demasiado grande.

Tuve un presentimiento muy muy malo.

De repente me vino a la mente que no había ningún otro apartamento disponible a más de trescientos kilómetros a la redonda. No quería alojarme en un hotel. Me había hartado de ellos para el resto de mi vida. La sola idea de quedarme en uno me daba náuseas. Y alquilar una habitación en casa de alguien se había convertido en un no rotundo después de lo que había ocurrido aquella última vez.

—¡Ya he pagado! El dinero ha salido de mi cuenta —dije prácticamente gritando, entrando de repente en pánico.

Quería quedarme. Ya estaba ahí, y me había cansado de conducir, y de repente la necesidad de asentarme se apoderó con fuerza de todas las células de mi cuerpo con insistencia. Quería volver a empezar. Quería construir algo nuevo. Y quería hacerlo ahí, en Pagosa.

El hombre me miró. Me pareció ver que echaba la cabeza hacia atrás antes de centrarse en el chico adolescente, agitando otra vez las manos en el aire. Su rabia explotó en medio de la habitación como si fuera una granada.

Por lo visto, yo me había vuelto invisible y mi pago no significaba nada.

—¿Me tomas el pelo, Am? ¡Te dije que no! Y no una o dos veces, sino todas las que me lo preguntaste —escupió el hombre, furioso—. No vamos a dejar que una desconocida viva en nuestra casa. ¿Qué cojones es esto, tío? —Seguía sin subir el volumen de su voz, pero aun así cada palabra parecía un ladrido firme y seco.

—Técnicamente no estaría dentro de casa —dijo el chico, Amos, con un susurro, antes de mirarme por encima del hombro.

Me saludó con una mano temblorosa. A . No supe qué hacer, así que le devolví el saludo. Confundida, muy confundida, y ahora también preocupada.

Aquello no ayudó a calmar al hombre enfadado. No ayudó para nada.

—¡El garaje forma parte de la casa! No me vengas con tecnicismos —gruñó mientras hacía un gesto desdeñoso con la mano.

Ahora que me fijaba bien, el brazo que había pegado a aquella mano era bien robusto. Estaba casi segura de haber visto que se le marcaban algunas venas en el antebrazo. Pero ¿qué ponía en aquellos parches? Entrecerré los ojos para intentar verlo.

—No significa no —continuó el desconocido cuando el chico abrió la boca para replicarle—. No puedo creer que hayas hecho esto. ¿Cómo has podido actuar a mis espaldas? ¿Pusiste un anuncio en internet? —No dejaba de sacudir la cabeza, como si estuviera realmente sorprendido—. ¿Pensabas dejar que cualquier tarado se quedara aquí mientras estuviera fuera?

¿Tarada? ¿Yo? Sabía que aquello no era asunto mío, pero aun así fui incapaz de cerrar la boca y no decir nada.

—Eh, que conste que yo no soy ninguna tarada. Y puedo enseñarle mi reserva. He pagado todo el mes por adelantado…

Mierda.

El chico hizo una mueca y aquello provocó que el hombre diera un paso hacia adelante, hacia la luz, y por primera vez pude verle la cara. Pude verlo enterito.

Y menuda cara tenía.

Incluso mientras estaba con Kaden no hubiera podido evitar girarme para mirar al hombre que estaba bajo la lámpara. ¿Qué? No soy de piedra. Y, además, aquel tío tenía una de esas caras. Lo sabía bien, había visto un montón.

No me vino a la cabeza ningún maquillador profesional que no hubiera descrito sus rasgos como cincelados; no eran lo que se diría bonitos, sino más bien masculinos, angulosos, acentuados por su boca, fruncida en una mueca, y sus cejas espesas y rectas descansando sobre unos huesos notorios y robustos. Y también tenía una mandíbula sólida e impresionante. Estaba casi segura de que, además, tenía una hendidura que le recorría la mitad del mentón.

Debía de tener poco más de cuarenta años. «Rudamente atractivo» sería una buena manera de describirlo. Tal vez incluso valdría «ridículamente atractivo» si en aquel momento no pareciera dispuesto a matar a alguien.

No tenía nada que ver con el aspecto inocente y caro de mi ex, que hacía enloquecer a miles de mujeres. Y que había arruinado nuestra relación.

Puede que tal vez acabara mandándole una tarta de mierda. Tendría que darle otra vuelta.

Básicamente, aquel hombre que discutía con un adolescente, con una pistola en el cinturón y vestido con lo que parecía ser el uniforme de algún cuerpo policial, era increíblemente atractivo. Encima estaba hecho todo un madurito interesante. Cuando la luz le iluminó perfectamente el pelo, vi lo que parecían ser mechones marrones o negros mezclados con un color plateado más claro y llamativo.

Y no le importaba una mierda lo que le estaba diciendo, porque seguía escupiendo palabras con el tono más neutro que había oído en mi vida. Tal vez me hubiera impresionado si no estuviera tan preocupada por acabar jodida.

—Papá… —volvió a empezar el chico.

Tenía el pelo oscuro y una cara suave, casi como si fuera un bebé, y su piel tenía un ligero tono moreno. Bajo una camiseta negra de un grupo de música, sus extremidades eran alargadas. Se interpuso entre su padre y yo a modo de escudo.

—¿Cómo que todo el mes?

Sí, se había enterado muy bien de esa parte.

El chico apenas se amedrentó.

—Si no me das permiso para trabajar…, ¿cómo se supone que debo ganar dinero? —replicó en voz muy baja.

La vena en la frente del hombre volvió a hincharse y se le enrojecieron los pómulos y las orejas.

—Ya sé para qué quieres el dinero, Am, pero eres perfectamente consciente de lo que te dije. Tu madre, Billy y yo estamos de acuerdo. No necesitas una guitarra de tres mil dólares si la tuya funciona bien.

—Ya sé que funciona, pero aun así me gustaría…

—Pero no la necesitas. Una guitarra nueva no hará que…

—Papá, por favor —rogó Amos. Luego me señaló con el pulgar por encima del hombro—. Mírala. No es una tarada. Se llama Aurora de la Torre. La busqué en Picturegram. Solo sube fotos de comida y animales. —El adolescente me lanzó una mirada por encima del hombro y parpadeó antes de volver a mirar a su padre con una expresión casi frenética, como si supiera perfectamente que aquella conversación no iba a acabar bien—. Todo el mundo sabe que a los sociópatas no les gustan los animales, tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas? Y, además, mírala. —Inclinó la cabeza hacia un lado.

Hice caso omiso de aquel último comentario y me centré en la parte importante de lo que había dicho. Alguien había hecho los deberes…, pero ¿qué más sabía?

No estaba equivocado. Excepto por algunos selfis y momentos ocasionales con amigos (y con personas que pensaba que eran mis amigos pero que, en realidad, no lo eran), realmente solo colgaba fotos de comida y de los animales que me encontraba. Aquella realidad y las bolsas y cajas amontonadas en el suelo a mi lado solo fueron otro recordatorio de que realmente quería estar ahí, de que tenía asuntos pendientes en esa zona. Y de que aquel chico o bien sabía demasiado o realmente se había creído la fachada que presentaba ante el mundo… Todas las mentiras y patrañas que había tenido que urdir para estar cerca de la persona que quería. Aquello me recordó que no había eliminado mi vida anterior de Picturegram. Siempre había tenido mucho cuidado de no colgar ninguna foto romántica por miedo a despertar la ira de la señora Jones.

Ahora que lo pensaba, tal vez debería configurar mi página como privada para que el Anticristo no pudiera cotillearla. No había publicado mucho durante aquel último año y nunca había mencionado dónde estaba. Somos animales de costumbres.

Los ojos del hombre se posaron sobre mí, quizá por un segundo, antes de volver a mirar fijamente al chico.

—¿Crees que me importa? No dejaría que se alojara aquí ni aunque fuera la madre Teresa de Calcuta. No es seguro tener a una desconocida dando vueltas por la casa.

Técnicamente no estaría «dando vueltas por la casa». Me quedaría aquí, en el apartamento del garaje, y no molestaría a nadie.

Viendo que mis posibilidades disminuían con cada palabra que salía de la boca de aquel tipo, supe que tenía que actuar deprisa. Por suerte para mí, me gustaba arreglar cosas y se me daba bien.

—Le juro que no soy ninguna psicópata. Solo me han puesto una multa en toda mi vida, y fue por sobrepasar el límite de velocidad por diez kilómetros hora, pero en mi defensa diré que me estaba meando. Puede llamar a mis tíos si quiere pedir referencias, pero le aseguro que le dirán que soy bastante buena persona. También puede mandar un mensaje a mis sobrinos si quiere, porque no le van a coger el teléfono ni aunque los cosa a llamadas.

El chico volvió a mirarme por encima del hombro con los ojos bien abiertos y una expresión todavía frenética, pero el hombre… Bueno, digamos que no sonreía mucho. Me estaba observando por encima del hombro de su hijo. De nuevo. De hecho, puso cara de póker, pero antes de que pudiera añadir nada más, el chico salió en mi defensa.

Su tono de voz seguía siendo bajo pero apasionado. Debía de tener muchas ganas de comprar aquella guitarra de tres mil dólares.

—Sé que lo que he hecho no ha estado bien, pero ibas a estar fuera todo el mes y es una chica… —Las mujeres también podían ser asesinas en serie, pero no me pareció el momento más indicado para comentarlo—, así que pensé que así no…, ya sabes, que así no te preocuparías. Compré un sistema de alarma que de todos modos tenía pensado instalar en las ventanas, y es imposible forzar la cerradura de seguridad de la puerta principal.

El hombre sacudió la cabeza y me pareció ver que tenía los ojos más abiertos de lo normal.

—No, Amos. ¡No! Tus cuentos de mierda no me van a convencer. Al contrario, el hecho de que me hayas mentido solo me cabrea aún más. ¿En qué cojones estabas pensando? ¿Qué le hubieras dicho a tu tío Johnny cuando hubiera venido a echarte un ojo mientras yo hubiera estado fuera de casa? ¿Eh? No puedo creer que hayas alquilado el apartamento a mis espaldas después de decirte explícitamente tantas veces que no lo hicieras. Estoy intentando cuidar de ti, tío. ¿Qué tiene eso de malo?

Su mirada intensa se desvió hacia el suelo mientras sacudía la cabeza, y se le hundieron tanto los hombros que me sentí incómoda por verlo, por estar ahí y percibir la enorme decepción que irradiaba todo su cuerpo de padre mientras seguía allí de pie, procesando aquel acto de traición. Me pareció verle exhalar antes de volver a levantar la mirada, y esta vez la fijó en mí.

—Te va a devolver todo tu dinero en cuanto volvamos a meternos en casa, pero no puedes quedarte aquí. Ni siquiera deberías haber podido «hacer una reserva» —dijo con voz ronca y, a mi parecer, genuinamente herido por las acciones del adolescente.

Me atraganté. Al menos internamente. Porque no podía ser. No.

Ni siquiera me había dado cuenta del momento en el que había bajado las manos que tenía levantadas, pero ahora tenía las palmas encima del estómago, el espray de pimienta entre los dedos y el resto del cuerpo consumido por una mezcla de preocupación, pánico y decepción al mismo tiempo.

Tenía treinta y tres años y, al igual que los árboles, había perdido todas mis hojas, gran parte de lo que me hacía ser yo; pero, también al igual que los árboles, conservaba mis ramas y raíces. Estaba renaciendo con hojas nuevas, relucientes, verdes y llenas de vida. Así que tenía que intentarlo. Tenía que hacerlo. No quedaba ningún apartamento para alquilar parecido a este.

—Por favor —dije sin avergonzarme por el tono lastimero con el que pronuncié aquellas palabras. Era ahora o nunca—. Entiendo que esté enfadado; tiene todo el derecho a estarlo. No le culpo por querer proteger a su hijo y no poner en riesgo su seguridad, pero… —Se me rompió la voz; odiaba cuando eso me pasaba, pero tenía que seguir hablando porque tenía la sensación de que solo tendría una oportunidad antes de que me echara—. Por favor… Le prometo que no haré ningún ruido y que no molestaré a nadie. Una vez, cuando tenía veinte años, me comí algo que llevaba maría y acabé tan colocada que tuve un ataque de pánico y casi llamé a una ambulancia. Tomé Vicodin después de que me sacaran una muela del juicio y me provocó tantos vómitos que lo dejé. El único tipo de alcohol que de verdad me gusta es el moscatel dulce y alguna cerveza de vez en cuando. Ni siquiera miraré a su hijo si no quiere que lo haga, pero por favor, por favor, deje que me quede. Le pagaré el doble del precio que ponía en el anuncio. Puedo hacerle la transferencia ahora mismo si quiere. —Cogí aire y miré al hombre con lo que esperaba que fuera la expresión más suplicante de la historia—. Por favor.

La expresión de aquel hombre era dura y permaneció igual; vi que mantenía su mandíbula cuadrada completamente cerrada incluso en la distancia. Aquello no me daba buena espina. No me daba buena espina para nada.

Sus siguientes palabras hicieron que el estómago me diera un vuelco. Me miró directamente a los ojos, con aquellas cejas espesas y rectas en su cara absurdamente atractiva. Pensé que tenía la misma estructura ósea que las antiguas estatuas griegas. Regia, definida, con rasgos que no tenían ningún punto débil. Su boca, con aquellos labios tan voluminosos que inspiraban a muchas mujeres a recurrir a médicos caros para intentar imitarlos, se convirtió en una línea.

—Siento que te hayas hecho ilusiones, pero eso no va a pasar. —Su mirada pétrea se desvió hacia su hijo, puede que adolescente, mientras gruñía en voz tan baja que apenas pude oírlo (pero, aunque él no lo supiera, yo tenía un oído excelente)—. No se trata del dinero.

El pánico me invadió el pecho poco a poco y vi que aquella oportunidad se me esfumaba delante de los ojos.

—Por favor —repetí—. Ni siquiera se enterará de que estoy aquí. Soy muy silenciosa. No traeré visitas. —Vacilé—. Triplicaré el importe.

—No —respondió el desconocido sin dudar.

—Papá —lo interrumpió el chico antes de que el hombre mayor lo acallara sacudiendo la cabeza.

—Tú no tienes ni voz ni voto en todo esto. Y no vas a tener ni voz ni voto en nada durante una temporada, ¿estamos? —El chico soltó un resoplido y el corazón empezó a latirme con más fuerza—. Actuaste a mis espaldas, Amos. ¡Si no hubieran encontrado a otro guarda en el último momento, ahora mismo estaría en Denver sin tener ni puta idea de lo que habías hecho! —explicó el hombre en aquel tono de voz asesino, ni muy fuerte ni muy bajo, y, sinceramente…, no podía culparle.

Yo no tenía hijos (quería tenerlos, pero Kaden siempre me daba largas), pero podía imaginarme cómo me sentiría si mi hijo hubiera actuado a mis espaldas… incluso aunque entendiera sus motivos. El chico quería una guitarra cara, y supuse que o bien era demasiado joven para trabajar o bien sus padres no le dejaban hacerlo.

El chico emitió un ruido leve y contrariado de frustración, y supe que se me estaba agotando el tiempo. Me sequé los dedos al notarlos sudorosos e intenté aferrarme al pánico que sentía, porque era más poderoso que mi fortaleza.

—Siento todo esto. Siento que se haya hecho sin su aprobación. Si una persona desconocida se instalara en… Bueno, no tengo un apartamento en el garaje, pero si lo tuviera, seguro que no me gustaría. Valoro muchísimo mi privacidad. Pero no tengo otro sitio a donde ir. No hay ningún otro apartamento para alquilar a corto plazo por la zona. Y eso no es problema suyo, lo entiendo. Pero, por favor, deje que me quede. —Cogí aire y lo miré a los ojos; no podía discernir de qué color eran desde tan lejos—. No soy una drogadicta. No tengo problemas con la bebida ni ningún fetiche extraño. Se lo prometo. He tenido el mismo puesto de trabajo durante los últimos diez años; era asistente. Me acabo de… divorciar y estoy empezando de cero.

Aquel resentimiento amargo y retorcido me subió por la nuca y los hombros, tal y como había ocurrido cada día desde que todo se había desmoronado. Y, al igual que las demás veces, no me lo quité de encima. Me lo acerqué al cuerpo, muy cerca del pecho, y lo acuné. No quería olvidarlo. Quería aprender de él y memorizar aquella lección, aunque fuera incómoda.

Porque había que recordar las partes de mierda que tiene la vida para poder apreciar las buenas.

—Por favor, señor Rhodes, si es que se llama así —dije en el tono de voz más tranquilo que fui capaz de usar—. Puede hacer una copia de mi carné de identidad, aunque ya he mandado una. Puedo conseguirle referencias de mi carácter. No soy capaz ni de matar arañas. Estaría dispuesta a proteger a su hijo si hiciera falta. Tengo unos sobrinos adolescentes que me adoran. Ellos también pueden confirmarle que no soy ninguna tarada. —Avan­cé un paso y luego otro, manteniendo el contacto visual—. Tenía la intención de preguntar si podía alquilar el estudio por más tiempo, pero le prometo que me iré dentro de un mes si es tan amable de darme una oportunidad. Puede que para entonces quede libre algún alojamiento. Alquilaría uno en la ciudad, pero no he encontrado nada a corto plazo y no estoy lista para firmar un contrato largo. —También podría comprar un apartamento, pero no hacía falta que lo supieran; aquello solo conllevaría más preguntas—. Le pagaré el triple de la tarifa diaria pactada y no lo molestaré en absoluto. Y también le pondré una reseña de cinco estrellas.

Tal vez no debería haber añadido aquella última parte. Al fin y al cabo, el problema residía en que no quería alquilarlo.

Él entrecerró todavía más los ojos, o eso me pareció, porque no movió mucho las cejas, pero entonces percibí un cambio. Apareció una arruga entre sus cejas espesas y oscuras, y la horrible sensación que tenía se intensificó. Iba a decirme que no. Lo sabía. Iba a tener que joderme y volver a vivir en un hotel. Otra vez.

—¡Está dispuesta a triplicar el precio! ¿Sabes de cuánto dinero estamos hablando? —añadió el chico un poco más fuerte, genuinamente emocionado por la idea.

El hombre, que tal vez fuera o no Tobias Rhodes, miró a su hijo mientras estaba ahí de pie, tenso y todavía cabreado. Estaba realmente furioso, y me preparé para lo peor. Para el «no». No sería el fin del mundo, pero… sería una mierda. De las grandes.

Sin embargo, las siguientes palabras que pronunció iban dirigidas al adolescente.

—No puedo creer que me hayas mentido.

El cuerpo del chico pareció ablandarse y hundirse, y habló más bajito que nunca.

—Lo siento. Sé que es mucho dinero. —Se detuvo un momento y consiguió decir con voz todavía más baja—: Lo siento.

El hombre se pasó una mano por el pelo y también pareció desinflarse.

—Te dije que no. Que ya nos las arreglaríamos de otra manera. —El chico no dijo nada, pero asintió al cabo de un segundo; por su aspecto, parecía sentirse como si apenas levantara un palmo del suelo—. Esto no se va a quedar así. Continuaremos esta conversación más tarde.

No me pasó por alto cómo se encogía el chico, pero estaba demasiado ocupada viendo que él se giraba hacia mí y me miraba fijamente. Alzó una mano y se rascó la coronilla con sus dedos toscos. El hombre, que a esas alturas estaba bastante segura de que era guarda forestal, porque había podido examinar sus parches cuando se había puesto bajo la luz, se me quedó mirando. Tuve el impulso de hacerle el saludo militar con la mano, pero me contuve. En vez de eso, opté por suplicar de nuevo.

—Por favor, ¿puedo quedarme pagando el triple?

Estaría mintiendo si negara haber girado ambos brazos a propósito para que viera que no tenía ninguna marca. No quería que pensara que le estaba escondiendo algo. Bueno, lo único que le estaba ocultando eran detalles, pero no eran cosa suya ni de nadie. No le harían daño ni a él ni a su hijo, solo a mí. Así que alcé el mentón e intenté no ocultar mi desesperación. Era lo único que podía jugar a mi favor. Aunque no estuviera muy orgullosa de ello.

—¿Has venido de vacaciones? —preguntó el hombre poco a poco, todavía gruñendo, pero sopesando cada una de las palabras que pronunciaba.

—No exactamente. Estoy pensando en quedarme a vivir aquí de forma permanente, pero primero quiero asegurarme de que es el lugar adecuado para mí, y tengo pensado hacer algunas cosas mientras estoy por aquí. —Quería hacer muchas, pero tiempo al tiempo.

—¿Qué tipo de cosas?

—Rutas —respondí honestamente encogiéndome de hombros.

Levantó una de sus cejas espesas, pero no borró aquella expresión de cabreo. Estaba caminando por terreno pantanoso.

—¿Rutas? —repitió como si hubiera respondido «orgías».

—Sí. Puedo darle una lista de las que me gustaría hacer. —Había memorizado los nombres de los caminos que aparecían en el diario de mi madre, podía escribírselos si quería—. Todavía no tengo trabajo, pero buscaré uno, y tengo dinero. De mi… acuerdo de divorcio. —Me pareció mejor darle algún tipo de explicación para que no tuviera que hacerme preguntas ni dudara de que podía pagar el alquiler.

Siguió observándome fríamente. Abrió y cerró los dedos de su mano libre. Incluso se ensancharon las fosas nasales de su nariz robusta. Se quedó tanto tiempo en silencio que incluso su hijo volvió a mirarme por encima del hombro con los ojos bien abiertos.

El chico solo quería el dinero, y eso no tenía nada de malo. Es más, lo que había hecho me parecía gracioso e inteligente. Todavía me acordaba de lo que era ser una cría sin trabajo y querer comprar cosas.

Finalmente, el hombre levantó un poco el mentón y se le volvieron a ensanchar las fosas nasales.

—¿Y pagarás el triple? —preguntó con un tono de voz que indicaba que todavía no estaba convencido de todo aquello.

—Con cheque, tarjeta, PayPal o una transferencia bancaria ahora mismo. —Tragué un poco de saliva y, antes de poder contenerme, añadí con una sonrisa que había usado miles de veces para suavizar situaciones difíciles—: ¿Hacéis descuento si pago en efectivo? Porque en ese caso podría conseguir efectivo. —Me detuve por los pelos justo antes de guiñarle el ojo. Al fin y al cabo, era probable que estuviera casado, y, además, todavía estaba cabreado. Y con toda la razón del mundo.

—Una transferencia sería lo más rápido —señaló el adolescente con su voz murmurante.

No pude evitarlo; se me escapó una carcajada por la nariz y me cubrí la boca con la mano cuando volví a reírme.

El hombre miró a su hijo con una expresión en el rostro que confirmaba que seguía enfadado con él y que su sugerencia no le hacía ninguna gracia, pero en su defensa diré que enseguida volvió a fijar la vista en mí y puede que incluso pusiera los ojos en blanco, como si no pudiera creerse lo que estaba a punto de decir.

—En efectivo. O pagas mañana o te vas. —¿Estaba…?—. No quiero verte. No quiero recordar que estás aquí, excepto cuando vea tu coche —dijo con voz y expresión todavía de cabreo, pero… ¡pero estaba aceptando! ¡Había aceptado! ¡O eso parecía!—. Puedes quedarte todo el mes, pero luego tendrás que irte —anunció mientras me aguantaba la mirada, dejando bien claro que no podría convencerlo de ninguna manera para quedarme más tiempo y que debería estarle agradecida por que hubiera cedido en esto.

Asentí con la cabeza. Si eso era todo lo que estaba dispuesto a ofrecer, me conformaría sin llantos ni pataletas. Y si se daba el caso, tendría tiempo suficiente para buscar otro lugar donde vivir. Incluso de manera más permanente, según como fueran las cosas.

Los años pasan, y a veces hay que elegir un camino y seguir adelante. Eso era lo que quería. Seguir y seguir. Así que… ya me preocuparía de aquello mañana.

Asentí y esperé a ver si decía algo más, pero se limitó a girarse hacia el adolescente y señalarle las escaleras. Empezaron a bajar en silencio, dejándome a solas en el estudio. Y tal vez no debería haber llamado más la atención sobre mí misma, pero no pude evitarlo. Cuando ya solo veía la parte posterior de su cabeza plateada, grité:

—¡Gracias! ¡Ni siquiera se enterará de que estoy aquí!

Y se detuvo en seco.

Lo supe porque todavía le veía la coronilla. No se giró, pero se quedó quieto. No esperaba que dijera nada, pero de repente dejó escapar un suspiro (o tal vez fuera un gruñido), sacudió la cabeza y, con un tono de voz molesto, que reconocí porque mi casi suegra lo dominaba a la perfección, me dijo:

—Espero que no.

«Qué borde». ¡Pero por lo menos no había cambiado de opinión! Habían sido unos segundos muy tensos. Finalmente me permití soltar el aire que había estado conteniendo y noté como se me relajaban partes del cuerpo que ni siquiera sabía que estaban rígidas.

Tenía un mes. Puede que me quedara un poco más, puede que no. Pero estaba dispuesta a sacarle todo el provecho que pudiera.

«He vuelto, mamá».

g-2

2

Al día siguiente miré el teléfono por vigésima vez e hice lo mismo que las diecinueve veces anteriores: volví a dejarlo. No había ninguna novedad. Tampoco es que ahora recibiera muchos mensajes o correos, pero de todas formas… No había nada que mirar.

Anoche me había dado cuenta de que el único rincón donde había cobertura era junto a la ventana que había al lado de la mesa y las sillas. Lo había descubierto al ponerme a dar vueltas por el estudio a media llamada y perder la señal. Tendría que acostumbrarme, pero no sería un gran problema. En algunas de las pequeñas ciudades que había visitado ocurría exactamente lo mismo.

Mi móvil captaba la señal de un router, dos barras, pero estaba protegido con clave. Seguro que venía de la casa principal, por lo que deduje que ni de coña me darían la contraseña. Daba igual. Supongo que parte de mí esperaba que fuera un error y que hubiera caído una torre de comunicaciones, pero no parecía ser el caso.

Tampoco es que tuviera la necesidad de comprobar nada en concreto. De todos modos, me había propuesto mirar menos el móvil. Quería vivir mi vida en vez de ver a los demás vivir la suya por internet.

El único mensaje que me había llegado aquella mañana era de mi tía. Anoche nos habíamos pasado una hora hablando. Sonreí al leer aquellas palabras.

Tía Carolina

Compra espray antiosos esta misma mañana, POR FAVOR

Por si acaso se me había olvidado después de que me lo repitiera cinco veces durante nuestra llamada. Se había pasado por lo menos diez minutos hablando sobre osos, porque, aparentemente, daba por hecho que mataban humanos porque sí. Intenté tomármelo como una señal de que estaba preocupada por mí y de que llevaba estándolo durante todo el último año. Vio cómo estaba cuando regresé a su casa, con el corazón roto en pedazos y tan perdida que no había brújula en el mundo que pudiera ayudarme a volver a encontrar mi camino.

Aquella era la historia de mi vida: refugiarme en casa de mis tíos cada vez que mi mundo se desmoronaba. Aunque, por mucho que me hubiera herido romper con la persona con la que pensaba que estaría durante el resto de mi vida, sabía que aquel dolor ni se acercaba al que había sentido al perder a mi madre. Pensarlo me ayudaba a poner las cosas en perspectiva y a recordar lo que era realmente importante.

Era muy afortunada de tener a mis tíos. Me habían acogido y me habían tratado como si fuera su propia hija. Puede que incluso mejor, la verdad. Me habían protegido y querido.

Ayer, cuando hablábamos, mi tía dijo, como si me hubiera leído la mente:

—Ayer Leo —uno de mis primos— vino a casa y me ayudó a poner una reseña de una estrella al nuevo álbum del ladrón ese. Luego le abrimos una cuenta a tu tío e hicimos lo mismo. Había un montón de reseñas negativas, ja.

Los quería muchísimo a los dos.

—Hace una semana hablé con Yuki y me dijo que se merecía que le pusieran emoticonos de caca en vez de estrellas —le conté.

—Seguro que tanto él como su madre están cagados porque su gallina de los huevos de oro se ha marchado —intervino mi tío de fondo, que, aunque no era muy hablador, se le daba muy bien escuchar.

Sonreí con satisfacción. Porque, aunque sabía que todo lo que había ocurrido era para mejor, no era la típica buena persona que le desea lo mejor a su ex. No, el mío iba a pagar por lo que su madre y él habían hecho. Tarde o temprano. Yo lo sabía. Él también lo sabía. Solo era cuestión de tiempo que el resto del mundo lo supiera. Kaden acabaría encontrando a alguien que le escribiera las canciones…, pero le costaría un riñón, y en cambio yo lo había hecho por amor. Es decir, sin cobrar. Bueno, no exactamente, pero casi. Quienquiera que lo ayudara a partir de ahora no dejaría que se llevase todo el mérito por su duro trabajo. No como había hecho yo.

Mi tía suspiró y vaciló antes de seguir hablando.

—Ora, Betty me ha dicho que… ¿Te acuerdas de Betty? ¿Mi peluquera? Bueno, pues me ha dicho que hace poco vio una foto de este tío en la que salía con Tammy Lynn en un evento.

Se me hizo un nudo en la garganta al imaginarme al hombre con quien había estado durante casi la mitad de mi vida con otra persona. Así que ahora sí podía hacerse fotos con sus acompañantes… Vaya. Qué conveniente.

No sentí celos, pero… sentí algo.

Se me quedó un regusto amargo en la boca durante el resto de la conversación que mi tía desvió de nuevo hacia el espray antiosos, las ventiscas y la necesidad de recurrir al canibalismo porque la gente de las montañas no estaba preparada para las tormentas de nieve. Decidí que ya le explicaría en otro momento lo suaves que eran los inviernos en Pagosa Springs en comparación con otros sitios, para que no se preocupara tanto.

Entretanto, me había pasado la mañana haciendo una lista con todas las cosas que tenía que hacer y pensando en cuál sería la manera más eficiente de hacerlas. Tenía que ir a sacar dinero en efectivo para pagar el alquiler y, aunque por ahora mi economía no me preocupaba debido al dinero sucio, tampoco tenía mucho más que hacer. También quería ir a visitar a una vieja amiga.

Además de eso, me iba a tocar hacer la compra porque me había comido las últimas lonchas de pavo y queso para desayunar y no tenía nada para comer ni para cenar. Ya que iba a quedarme un tiempo en aquel estudio y quería sentirme como en casa, bien podía ponerme manos a la obra y tachar de la lista algunas de las cosas pendientes cuanto antes. ¿Por qué no ahora mismo?

Bajé las escaleras, salí y me detuve junto a la puerta del coche. Ayer había llegado tan tarde que no había podido ver los alrededores de la casa, y no esperaba encontrarme con un paisaje así. Las fotos que había en el anuncio del estudio eran sobre todo del interior; solo había una imagen del edificio por fuera.

Cuando vivía en Pagosa Springs de pequeña, nuestra casa estaba más cerca de la ciudad, rodeada por unos pinos gigantescos que componían gran parte del bosque nacional de la ciudad. Recordaba que las afueras eran más bien desérticas, y ese era exactamente el tipo de paisaje que estaba contemplando. En Pagosa predominaba el verde intenso y los bosques densos, pero la escarpada belleza de los alrededores de Nuevo México y aquella zona árida eran la excepción. Las montañas que rodeaban la casa estaban salpicadas de cedros y matorrales.

Era increíble a su manera.

Me quedé allí durante un buen rato y finalmente eché un vistazo a mi entorno más inmediato. El todoterreno todavía estaba allí aparcado, pero, en cuanto a vehículos se refiere, eso era todo.

Aparté la vista tan deprisa como la había dirigido hacia allí. Lo último que necesitaba era arriesgarme a que el que probablemente era el señor Rhodes me pillara mirando hacia su casa, sin más, y decidiera que estaba haciendo algo que lo molestaba. No podía permitirme que me echara. Caminaría hasta el coche con los ojos cerrados durante un mes si fuera necesario.

Estaba allí por un motivo y no tenía tiempo que perder, porque no estaba segura de cuánto me quedaría. De hecho, sabía que no lo haría si no me buscaba una razón. Y eso fue lo que hizo que me metiera en el coche y me alejara, sin saber muy bien lo que estaba haciendo, pero con el convencimiento de que tenía que hacer algo.

Recorrí un buen trecho de la carretera rural antes de mirar la dirección exacta de mi banco. Sabía que había una sucursal por allí; lo había comprobado para ir sobre seguro antes de venir. A cinco horas de Denver y cuatro de Albuquerque, aquella ciudad estaba básicamente situada en mitad de la nada, rodeada de pequeñas localidades de las que todavía menos gente había oído hablar. Había dos supermercados, oficinas de varios bancos locales y uno grande, un cine diminuto y demasiados restaurantes y cervecerías, teniendo en cuenta el tamaño de la ciudad.

No debería haberme sorprendido lo concurrida que estaba la ciudad, porque ya sabía que no había alojamiento disponible y, además, era perfectamente consciente de que Pagosa Springs dependía en gran parte del turismo. Cuando era pequeña, mi madre se quejaba de aquella avalancha de turistas en pleno verano y se enfadaba cuando tenía que dejar el coche al fondo del aparcamiento del supermercado para ir a hacer la compra.

Muchos de los recuerdos que tenía de Pagosa estaban un poco nublados. La ciudad parecía diferente; había muchos más edificios de los que recordaba, pero aun así había algo que todavía me resultaba… familiar. La única excepción era el nuevo supermercado Walmart.

Al fin y al cabo, todo cambia con el tiempo.

Una oleada de esperanza volvió a recorrerme mientras conducía por la carretera. Tal vez no fuera todo tal y como lo recordaba, pero se parecía lo suficiente como para hacerme sentir… bien. Aunque tal vez me lo estuviera imaginando.

Aquella ciudad era, sobre todo, un lugar donde empezar de cero. Eso quería. Era cierto que uno de mis peores recuerdos había tenido lugar aquí, pero todos los demás, los mejores, lo compensaban.

Mi vida en Pagosa había empezado y el tiempo corría.

El banco. El supermercado. Tal vez me diera una vuelta y echase un vistazo por las tiendas, por si en alguna buscaban empleados, o también podría conseguir el periódico y hojear los anuncios. Hacía más de una década que no tenía un trabajo normal, y tampoco podía poner como referencia a las últimas personas con las que había trabajado. A lo mejor me pasaba por la tienda, a ver si Clara estaba trabajando.

Y, si me sobraba un poco de tiempo, me conectaría y pondría una estrella al álbum de Kaden yo también.

En el pequeño cartel blanco de la puerta de la tienda ponía SE BUSCA PERSONAL en letras naranjas brillantes. Eché la cabeza para atrás y leí el nombre del establecimiento: Experiencias al Aire Libre. Miré por el cristal del escaparate y vi que dentro había un montón de gente. Había percheros llenos de ropa y un mostrador larguísimo en forma de «L» que ocupaba dos de las paredes al otro lado de la tienda. Detrás había una mujer exasperada que corría para atender al mayor número posible de clientes, quienes señalaban los carteles pegados a la pared. Lo único que alcancé a leer fue algo sobre alquiler de material.

No había pensado mucho en qué tipo de trabajo podría buscarme, pero después de dos horas entrando y saliendo de una tienda tras otra para explorar el panorama, me alegré de no haber ido con ninguna idea preconcebida. Los únicos sitios donde había visto que buscaban personal eran en una tienda de pesca con mosca (hacía años que no iba a pescar, así que ni me había molestado en preguntar), una de música en la que sonaba una canción que conocía demasiado bien, por lo que me había ido de inmediato, y una zapatería. Pero cuando entré a esta última, las dos personas que estaban trabajando en ese momento se encontraban en la trastienda discutiendo tan fuerte que me había enterado de todo, así que tampoco me había molestado en interesarme por el puesto.

Y así era como había acabado en el extremo de la ciudad contrario a donde me alojaba.

Recordaba que Experiencias al Aire Libre era una tienda de materiales que vendía y alquilaba todo lo necesario para pescar, ir de acampada o practicar tiro con arco, entre otros. Las actividades iban cambiando según la temporada. No sabía nada sobre… ninguna de esas cosas. Ya no. Sabía que había diferentes tipos de pesca, como pesca con mosca, pesca de fondo…, pesca de… otros tipos…, pero eso era todo. Sabía que había arcos… y ballestas. Sabía lo que era una tienda de campaña y muchos muchos años atrás fui toda una experta en montarlas. Hasta ahí llegaban mis conocimientos sobre actividades en la naturaleza. Por lo visto, había vivido durante demasiados años en una ciudad con gente que no era mucho de salir al aire libre.

Daba igual, porque había venido a la tienda por otro motivo que no tenía que ver con buscar trabajo o comprar. Y, sinceramente, estaba un poco nerviosa.

No hablaba con Clara desde hacía por lo menos un año, desde que todo se había ido a la mierda, e incluso antes de eso solo le escribía para desearle feliz cumpleaños. No sabía que había cortado con Kaden. Bueno, puede que ahora lo supiera, porque al parecer él ya estaba saliendo con otra y haciéndose fotos con ella.

Sí. Tarde o temprano, le iba a mandar una tarta de mierda.

Llegué a la conclusión de que ya había pensado lo suficiente en Kaden para toda la semana, así que me lo quité de la cabeza y entré en la tienda.

Una noche que me aburría, mientras todavía estaba en Utah, me puse a buscar fotos de la tienda. Cuando era pequeña y volvía a casa con Clara después del colegio, a veces su padre nos llevaba con él al trabajo y nos quedábamos jugando por ahí si no había muchos clientes, o nos escondíamos en la parte de atrás y hacíamos los deberes. Parecía que habían renovado el negocio hacía poco. Ahora el suelo era de baldosa y, además, todo tenía un aire nuevo y moderno. Tenía una pinta estupenda. Y, en aquel momento, muchísima clientela.

Mientras deambulaba por la tienda me fijé en la mujer que había detrás del mostrador, la misma que había visto desde la ventana. Estaba atendiendo a una familia. Además de ella, también había una adolescente ayudando a una pareja. No tenía ni idea de quién era la chica, pero a la mujer sí que la reconocía. Hacía veinte años que no nos veíamos en persona, pero habíamos mantenido suficiente contacto como para ser amigas de Facebook y poder reconocerla.

Sonreí y decidí esperar un poco. No tenía que darme prisa por volver al apartamento. Caminé entre los percheros de ropa y me dirigí hacia la parte trasera de la tienda, donde colgaba un gran cartel en el que ponía PESCA. Allí había mucha menos gente.

Pequeñas bolsas transparentes con todo tipo de plumas y cuentas colgaban de varias hileras de ganchos situados a la altura de la cintura. Vaya. Cogí una llena de algo que parecía ser pelo de animal. Entonces escuché una voz.

—¿Puedo ayudarla en algo?

No habría reconocido a Clara solo por su voz, pero había mirado lo suficiente por el escaparate como para saber que quien me estaba hablando tenía que ser ella o la adolescente. Y aquella persona no sonaba como una adolescente.

Así que ya tenía una sonrisa en los labios cuando me giré y encontré cara a cara con la mujer que reconocía por las fotos que había ido subiendo a Facebook y Picturegram a lo largo de los años.

Me di cuenta de que ella no me había reconocido a mí cuando esbozó una sonrisa agradable y servicial, propia de los que atienden de cara al público. Había crecido unos cuantos centímetros desde la última vez que nos vimos, y su cuerpo lleno de curvas podía calificarse de voluptuoso. Había heredado de su padre los rasgos de la tribu Ute: piel morena y pómulos altos; e intuía que seguía teniendo el mismo carácter adorable y dulce de siempre.

—¡Clara! —La saludé con una sonrisa tan ancha que me dolieron las mejillas.

Alzó ligeramente las cejas y mantuvo el mismo tono de voz.

—Hola. ¿Quién…? —E

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