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Un atardecer de otoño contigo

Andrea Herrera

Fragmento

1. Cata

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CATA

No soy influencer, soy escritora

Empujo la puerta de acceso a la editorial. Aunque todas las reuniones suelen ser online, Emma ha querido que, aprovechando que tengo que ir a un evento, me pasara a hablar con ella y con su jefa.

Emma es mi editora desde hace dos años y medio, y por casualidades de la vida nuestra estrecha relación de trabajo ha terminado convirtiéndose en una gran amistad. No solo se encarga de guiarme y de asegurarse de que entregue los manuscritos dentro de los plazos, ayudándome cuando tengo un bloqueo mental —que según ella es muy propio de los escritores—, sino que también es mi amiga y confidente. Pero eso no quita que en algún momento tenga que ponerse seria si no hay más remedio. Y últimamente siempre estamos en esa situación extrema en la que le toca ponerme los puntos sobre las íes.

Ayer, sin ir más lejos, se dio una de esas escenas.

—Cata, necesito que mañana te pases por la editorial antes del evento. María quiere hablar contigo.

Su llamada me pilló por sorpresa.

—¿Qué evento? ¿Y por qué María quiere verme? Emma, sabes que odio que no me avises con tiempo.

—Cata, no es nada improvisado. Mañana es la presentación del nuevo libro de Raquel. Te lo dije hace más de una semana.

—Se me había olvidado por completo —me lamenté al recordarlo.

Raquel es una compañera de sello con la que me llevo bastante bien. Hemos coincidido en varias firmas y siempre me ha ayudado y apoyado, ya que tiene más experiencia. Lleva nueve libros publicados, diez si contamos el que presenta mañana. Había estado tan bloqueada y distraída con mis problemas que no me había acordado…

—¿Puedes decir que estoy mala? —Intenté que me excusara para no ir.

—Imposible. Confirmamos que presentarías a Raquel, y ya te he dicho que María quiere verte. Está preocupada por ti y por cómo va la nueva novela. Apenas has presentado nada, solo los personajes y poco más. Quiere que hables con ella. Creo que podemos ayudarte, tenemos algo organizado que estamos seguras de que te gustará.

No la dejé continuar. No estaba dispuesta a que me liara para nada más.

—Emma, tengo más que los personajes. Tú puedes transmitírselo todo. Te pasé el boceto inicial.

—Tienes que venir igualmente. No pasa nada si te tomas un café con nosotras —suspiraba mi amiga y editora al otro lado del teléfono.

—Podemos hacer videollamada, si tanto queréis verme. Tengo planes. —Torcí el gesto mientras caminaba angustiada por el salón de casa.

—Cata… Tengo sincronizada tu agenda en mi móvil y tienes todo el día ocupado: la reunión en la editorial, la comida con Raquel y su presentación. No es culpa mía si no la consultas más a menudo, cielo. ¿Qué pensabas hacer? ¿Tu clase de yoga habitual? ¿No decías que no querías nada con Mario?

Puse los ojos en blanco.

Durante toda mi vida siempre he practicado deporte. Antes iba al gimnasio, pero conforme mi vida fue cambiando preferí buscar rutinas para hacer en casa. Me recomendaron las clases de Mario, y desde entonces es mi entrenador personal. Viene tres veces por semana y, como diría mi amiga, está cañón, pero a mí no me interesa. Es cierto que a medida que nos fuimos conociendo y cogiendo confianza llegamos a tener un lío de una noche… Bueno, en realidad fueron tres noches, pero no pasó de ahí, y ahora solo somos buenos amigos. Pero eso Emma no lo entiende, y de vez en cuando me suelta alguna indirecta sobre él que esquivo como puedo, y así lo hice.

—No quiero nada con él, Emma —le dije—. No se trata de eso. Anoche lo consulté con la almohada y creo que ya tengo todo lo que me hace falta para estructurar la historia. Las ideas están claras, pero sabes que necesito tiempo.

—¿Ideas claras? El otro día me dijiste que estabas muy bloqueada, y a juzgar por lo que me has enviado, estoy de acuerdo. Venga, sabes que te vendrá bien salir de tu cueva durante unas horas. Quizá incluso consigas al «muso» que necesitas. —Cuando oía esa risa suya cargada de intenciones ocultas, me alteraba.

Emma me conoce muy bien y sabe que mis palabras no son solo un nuevo pretexto para alargar el tiempo de entrega, sino para evitar salir de lo que ella llama mi «cueva». Es consciente de que me cuesta un mundo salir de casa y no deja de proponerme planes para que me despeje, aunque sabe que casi todas sus tentativas caen en saco roto. Pero a ella le vale con esas pequeñas concesiones que hago de vez en cuando para no rendirse.

—Creo que he demostrado con creces que no necesito a nadie para escribir la historia. Y ya lo tengo todo planificado.

—Bueno, pues si tienes algo más, pásamelo y le echo un vistazo, como siempre. Así podemos empezar a trabajar, ¿no?

—Eh… —La verdad es que ni siquiera tenía claro si mi próxima novela acabaría siendo una comedia romántica o una tragedia en la que el protagonista moriría entre horribles sufrimientos—. Lo tengo todo en la cabeza. Además, no voy a dejar a Lita sola.

Lita es mi gata. Es el animal más independiente del mundo, así que dudo que me echara de menos, pero tengo que aferrarme a lo que sea.

—¿Lita? Si sabe cuidarse muy bien y solo serán unas horas… —La voz de mi editora cada vez sonaba más cansada y sabía que estaba a punto de zanjar el asunto—. No te puedes negar, Cata. Y no le puedes fallar a Raquel. Tú no eres así.

Estocada magistral. En eso tenía razón. La emoción que se vive el día que se publica una novela rodeada de tus colegas, amigos y familia no tiene precio, da igual que sea el primer libro o el décimo.

—Está bien… —claudiqué.

—Sabía que podía contar contigo. Eres genial. Mañana nos vemos, Cata. Un beso.

Así acabó la llamada. Como consecuencia, he pasado una noche horrible ante la mera idea de tener que salir del refugio en el que se ha convertido mi casa. Sin embargo, desde el primer minuto supe que no me podía negar por mucho que lo intentara. Así que aquí estoy. En una realidad que no me gusta nada.

Camino erguida hasta llegar a la recepción. Esbozo una ligera sonrisa para saludar al hombre mayor que se sienta detrás del mostrador. Tiene cara de llevar un mal día y apenas son las diez y media de la mañana. Sus ojos me observan tras sus gafas metálicas, pero no dejo que me intimide.

—Buenos días. —Mi sonrisa se agranda esperando una respuesta que no llega.

—¿En qué puedo ayudarla? —suelta con una voz gruesa y muy directa, sin devolverme el saludo.

—Soy Catarina Blanco. He quedado con Emma García y María López, de la octava planta —le informo extrañada de que no me haya reconocido, aunque aliviada por ello.

Soy un personaje público desde que era una cría, y me conoce mucha gente. Menos este hombre, claro está. Por ejemplo, esta mañana, cuando buscaba un taxi, una chica me ha reconocido y, emocionada, ha sacado un boli y me ha pedido que le escribiera de mi puño y letra mi nombre en la carcasa del teléfono y me ha pedido una foto, y la taxista que me ha traído a la editorial me ha pedido que le dedicara unas palabras a su hija mientras me grababa con el móvil. No ha pasado de ahí porque el recorrido lo he hecho dentro del coche, pero en la calle me agobio tanto que no suelo salir sin mi chaqueta con capucha o una gorra y mis enormes gafas de sol.

Con catorce años, la adolescencia me llevó, como a muchas chicas, a crearme una cuenta en Musically e Instagram y a creerme que era famosa. Empecé a subir muchos vídeos diarios mostrando lo que me gustaba, representando diálogos de películas, leyendo, recomendando libros, bailando y alguno de ellos haciendo el tonto. Fue un crecimiento muy lento y, al no obtener el resultado inmediato que buscaba, me aburrí y dejé de subir contenido diario. Cuando lo hacía, intentaba que los vídeos estuvieran más currados: me maquillaba siguiendo las últimas tendencias, cuidaba muchísimo los espacios y la ropa que vestía, los editaba con mucho mimo y les añadía transiciones superchulas. Nada funcionaba. Aquello fue desesperante, porque, cuanto más los trabajaba, menos visualizaciones conseguía. Un día, ya con diecisiete años, subí un vídeo simple y muy natural, sin apenas maquillaje, en chándal y sin darle mucha importancia al fondo de mi habitación. Era una tendencia de apenas seis segundos en la que lo único que hice fue sonreír a la cámara con una canción muy antigua, y ese fue mi momento de gloria. El vídeo gustó muchísimo y en pocas horas acumuló millones de reproducciones, miles de likes, comentarios, y el número de seguidores de mi cuenta se disparó haciendo que mi sueño se convirtiera en realidad. A partir de ese momento, todos los vídeos que subía, incluso los antiguos, tenían cientos de reproducciones. En muy pocos días llegué a trescientos mil seguidores entre mi cuenta de Instagram y TikTok. Muchas marcas me empezaron a proponer colaboraciones, y al principio todo fueron alegrías.

Sin embargo, ese sueño idílico pronto se convirtió en una pesadilla. Con el paso del tiempo empecé a sentirme agobiada, superada y la mayoría de las veces decepcionada. Noté un amor falso en muchas personas, y con los chicos fue aún peor. Todos querían liarse y retratarse con la chica que semanas atrás era prácticamente invisible. Al final, mis relaciones pasaron a ser escasas, desconfiadas y, cuando se daban, eran bastante penosas.

Con diecinueve años, justo cuando empezaba el segundo año del grado de Marketing y Publicidad, esa editorial contactó conmigo y me ofreció publicar un libro. Mucho del contenido que compartía en mis redes eran textos propios, fragmentos de un libro que escribí en silencio durante años. Llegó mi momento dulce y publiqué una bilogía llamada Eternos, una historia de romance juvenil que tuvo mucha repercusión, sobre todo cuando colgué un vídeo con los libros y un buen bailoteo que se hizo viral. Eso sí que fue el gran boom. Salí hasta en los telediarios. A partir de ese momento, firmé varios proyectos con la editorial. Con veinte años, junto a Emma, publiqué mi tercer libro, Más allá de las estrellas, y fui superventas en el género de la novela romántica juvenil. Vendí miles de ejemplares y las firmas por todo el país fueron maratonianas y agotadoras. Sin embargo, el hecho de que fuera famosa como influencer provocó que mucha gente pensara que no tenía talento para escribir y que el mérito no era mío. Con la publicación de ese último libro, regresaron las críticas y volvieron a poner en tela de juicio mi valía.

«Da igual que hablen bien o mal, mientras hablen. Tú sabes que eres la autora. ¿Qué más da lo que digan? —me decía Emma—. Lo importante es que esto está siendo un éxito».

Me hice una coraza y opté por no ver ni contestar mensajes. Tengo que reconocer que Emma es la amiga incondicional que me ayuda a controlar mis emociones. Los bajones me acompañan en el día a día, y ella, junto con mis padres, mi hermana, mi abuela y Lita, me ayudan cada vez que algo amenaza con hundirme. Sin embargo, no conseguí evadirme del todo de ese acoso continuo por las redes. Sé que todos los influencers, absolutamente todos, pasan por lo mismo que yo, pues muchísima gente utiliza el anonimato y la distancia que estas plataformas les ofrecen para atacar a los demás y así creerse superiores a ellos a costa de desacreditarlos tanto en público como en privado. Muchos de mis compañeros lo aguantan, otros van a terapia para que los ayuden a sobrellevarlo, pero yo no puedo. Siento que todo lo que dicen es cierto, que no valgo para esto y que soy un fraude. Llegué hasta el punto de tener miedo real a que todos esos insultos y amenazas traspasasen la pantalla del móvil. No sucedió, pero al final hubo un momento en el que me vi superada y dejé de salir de casa. Mi piso se convirtió entonces en mi lugar seguro. Seguí mis estudios online, sumergida por completo en el siguiente proyecto literario. Pasó el tiempo sin que la gente supiera mucho de mí, pero llegaron los veintiún años y con ellos el cuarto libro, Si me llevas al cielo, te bajo la luna, un romance con buenas vibras muy de esta era, un slow burn con mucho salseo y final feliz, porque a las lectoras eso les encanta. Ya no les gustan las princesas tontas que esperan a un príncipe azul o las relaciones tóxicas con un chico manipulador, sino las historias de mujeres empoderadas y emprendedoras que, contra viento y marea, consiguen sus objetivos y al amor de su vida.

Con ese libro fui número uno no solo en España, sino también en Latinoamérica. Me posicioné como la escritora más joven en vender un millón de ejemplares en solo dos años con mis cuatro libros. Esto hizo que mis redes sociales volvieran a crecer y me convertí en un personaje bastante público. Yo, que cada vez valoraba más la soledad. Tuve que salir de mi zona segura, para gran alivio de mis padres y amigos, que ya no sabían qué hacer para sacarme de ese agujero negro en el que me había hundido, pero en muchas ocasiones me sentí superada. Rechacé ofertas de trabajo como modelo o de publicidad, e incluso en algunos momentos me negué a asistir a firmas y presentaciones. Aunque salgo, lo hago muy poco, y siempre con las mismas amistades, que, por otra parte, también son escasas.

Rodeada de todo esto cumplí los veintidós años y me gradué en Marketing y Publicidad. En ese momento decidí desaparecer prácticamente de las redes sociales y compartía muy poco contenido. Todo el cúmulo de éxitos se transformó en un síndrome de la impostora que llevo arrastrando desde hace meses. Y cuanto más me exigen que dé adelantos de la novela, menos avanzo. Es una batalla en la que tengo todas las de perder. Ahora, con el nuevo proyecto, he vuelto a recluirme, y esta es la primera vez que salgo en semanas para algo que no sea ir a casa de mis padres.

Pero ha llegado la hora de dar la cara y admitir que no tengo ideas, que estoy inmersa en un bloqueo y que no sé qué hacer. Debo reconocer a Emma y a María que necesito inspiración. Eso es lo que llevo planificando toda la noche. A ver cómo me sale. Espero que la sinceridad me sirva de algo.

La voz del hombre me saca de mis pensamientos.

—Un segundo, por favor —responde con imperturbable seriedad y sin mirarme, con los ojos recorriendo la pantalla por encima de las gafas apoyadas en la punta de la nariz.

Le obsequio con una sonrisa fingida, aunque no me ve. No me aclara lo que está haciendo, así que dejo el bolso en el mostrador con aparente calma, intentando no ponerme más nerviosa de lo que ya estoy, y me dispongo a esperar.

Cuando salgo, estoy a la defensiva, todo me crispa. En este tipo de situaciones agradezco las clases de Mario y sus trucos para relajarme. Me centro en respirar, inhalando y exhalando a conciencia, limpiando mi mente de cualquier pensamiento negativo que me lleve a bufar sin razón al hombre que tengo delante. Mi paciencia es muy corta y la meditación ha logrado que controle mis arranques de histeria. Soy un poco radical en mis estados de ánimo, paso de la alegría al enfado en cuestión de segundos. Sé lo que estás pensando: «Esta es una loca del yoga, el reiki y la meditación». Sí, sí soy.

Sin embargo, a pesar de todas las respiraciones, de poner la mente en blanco y de otras mil técnicas, no puedo evitar tamborilear con los dedos sobre la superficie de madera del mostrador, reflejando mi impaciencia. Cuando soy consciente de lo que estoy haciendo, me doy la vuelta y me distraigo mirando la pantalla que anuncia las últimas novedades relacionadas con la empresa, como algún acuerdo comercial o los últimos libros que han publicado.

Cuando mi cara aparece junto a las nuevas ediciones de mis cuatro libros en formato bolsillo, me vuelvo de nuevo hacia el hombre, que en ese momento me dice:

—Puede pasar. Que tenga una buena mañana.

Suspiro a modo de respuesta, cojo el bolso, le doy las gracias y continúo mi camino. Mientras subo en el ascensor hasta la octava planta, intento calmar los nervios. Pienso en qué voy a decir, cómo voy a defender un proyecto del que aún no sé nada. Las puertas se abren y doy un paso hacia fuera, pero un mal presentimiento se apodera de mí.

Tengo la sensación de que no va a salir nada bueno de aquí.

2. Leo

2

LEO

Un librero soñador

Una semana antes

—Podríais haber avisado con antelación, estamos a pocos días del evento. Venga, muchas gracias. —Cuelgo el teléfono y resoplo enfadado—. Otra más que cancela. Esto es un desastre. —Hablo en voz alta mientras tacho de la lista la antepenúltima editorial que me quedaba por llamar. Me daré un respiro antes de seguir. Lo único que recibo son negativas.

Camino hacia la puerta de entrada de la tienda y cojo una de las cajas que trajo el repartidor esta mañana. Me acerco al mostrador principal, busco la libreta de pedidos y reviso con detalle la hoja que me mandaron para comprobar si concuerdan. Saco los libros y los coloco haciendo una torre, dejando a la vista del público los coloridos lomos.

Me gusta tener el escaparate actualizado con las últimas novedades. Es la primera impresión que se lleva el cliente al entrar a la librería. Cuanto más color haya, más llamará la atención, sobre todo de los turistas. Así que trato de combinar los libros de diferentes formas y los alineo cuidadosamente formando una degradación con las portadas. Tengo que darme prisa si quiero tenerlo todo a punto para hacer las mayores ventas del día cuando lleguen al pueblo los buses con los abuelos del Imserso. Quizá no sea el mejor vendedor, pero de la zona, sin duda, soy el más carismático. Si alguien entra en la librería, no puede salir con las manos vacías. Los turistas siempre pican y, si no se llevan una novela, por lo menos salen con un boli o con un punto de libro. Cualquier cosa que justifique que vinieron al sitio más pintoresco y alegre de toda España.

—¿Alguien confirmó? —Oigo la voz angustiada de mi tía Pili acompañada del sonido de las campanas de metal de la puerta, que anuncian su entrada.

Me conoce bien y sabe que, por mi gesto de desilusión, no ha habido suerte.

—¿Te queda alguna por llamar? —insiste con preocupación.

—Solo dos.

Termino de colocar el último ejemplar de la caja en el escaparate. Me acerco a ella, le doy dos besos y me abraza con el cariño que nos caracteriza. Debido a la poca diferencia de edad, siempre hemos sido muy cómplices. Apenas nos llevamos doce años. Ella es la única hermana que tuvo mi padre, y se encarga de la peluquería del pueblo, situada al lado de la librería. Tiene poco trabajo, así que se pasa la mayor parte del tiempo ayudándome con mi negocio. Siempre busca estar ocupada, y normalmente son sus hijos los que cumplen esa función, pero mientras están en el cole esto le viene bien. Mi tía enviudó hace tres años, embarazada de Ágata. Su marido sufrió un terrible accidente de coche y murió en el acto. Fue un golpe duro y aún no lo ha superado, de ahí que haga lo posible por no pensar demasiado.

Suspiro mientras voy a por la siguiente caja, me agacho y me acerco con ella a la estantería de novela negra.

—Tía, mandé las invitaciones a las editoriales a principios de primavera. Todo este tiempo me han dado largas, pero tenía la esperanza de que este año podríamos celebrar el festival. Una me dice que es mala fecha; otra, que el evento dura demasiado; la otra, que lo sienten mucho, pero que no puede asistir ningún autor, que les parecía muy buena iniciativa y que intentarían apuntarse el año que viene… Y así todas, poniéndome excusas absurdas que podrían haberme dado hace meses y así no hubiese malgastado mi tiempo en organizarlo todo. —Cierro de golpe la libreta en la que estaba apuntando el pedido y tiro el bolígrafo encestándolo en el cubilete que está en la mesa. Me siento en la silla junto al mostrador con una mala hostia de cuidado—. Lo tenía todo preparado —digo frustrado.

—Podemos conseguirlo, Leo. Dame, yo llamaré a las dos que quedan.

—No hace falta. Ya sabes cuál será la respuesta.

—¿Y si resulta que alguna confirma?

—Aunque confirmen, no voy a celebrar un supuesto festival con uno o dos escritores, no tendría sentido. Para que fuera llamativo, deberían ser como mínimo ocho o diez.

—¿Y si las dos editoriales que quedan mandan cada una a tres o cuatro escritoras guapísimas? —Me saca la lengua sonriente.

—Venga, tía. No estoy de humor.

—Leo, déjame ayudarte. Vete a buscar café donde Rebe. Cuando regreses, tendré a varias escritoras muy emocionadas con el proyecto y deseando venir a esta aldea para escribir su próximo best seller.

—¡Qué ilusa eres! —Me vuelvo hacia el escritorio y le doy la lista con los números de las editoriales—. ¿Qué le decimos a Irene? Ha reservado el hotel sin pedirnos adelanto, con la buena intención de ayudarme con mi absurda iniciativa.

Con el Festival de las Letras pretendía darle más vida al pueblo, pero vaya fracaso. Está claro que el iluso soy yo, y ahora les tocará pringar a mis vecinos por mi culpa, por las ideas imposibles de un librero soñador.

—Algún día lo conseguirás, sobrino. —Mi tía me regala su mejor sonrisa mientras coge el teléfono para hacer las llamadas.

—Me haré cargo de los gastos de cancelación del hotel —le digo levantándome de la silla.

—¿Qué gastos ni qué gastos? No te preocupes, Irene tendrá clientes de todos modos.

—Pero reservé las doce cabañas para una semana. Ha tenido las fechas bloqueadas desde primavera.

—Da igual, Leo. Aunque no haya reservas, el hotel siempre se llena con la gente de paso.

—¿Tú crees?

—Claro que sí. —Mi tía se quita las gafas para ver de cerca el papel con los contactos de las editoriales—. Leo, estas fechas no ayudan mucho para lo que estabas organizando. Los críos están en el cole. Hay firmas de libros por toda la geografía y los escritores se ausentan de su casa dos días como mucho. Las editoriales no se iban a prestar fácilmente a llevar a sus autores durante una semana entera a un pueblo donde aún no llega ni la fibra óptica. —La verdad es que tiene razón—. Pero tranquilo, buscaré a una escritora que no esté casada, ni tenga niños, ni animales a los que atender. ¿Conseguiré que alguna incauta caiga en la trampa? —Ríe mientras me guiña un ojo.

—¿Qué trampa, tía? Este sitio es maravilloso. Te aseguro que la persona que se atreva a venir no querrá irse.

—Sobrino, ese es tu deseo, no todo el mundo piensa como tú. Pero te aseguro que haré que venga la escritora más famosa y guapa del país. Eso como que me llamo Pili.

Pongo los ojos en blanco. «Esta mujer es demasiado optimista», pienso mientras le hago un gesto con la mano y salgo de la librería a buscar ese café. Me hace falta.

Desde niño tenía un sueño: hacer que la librería en la que trabajaron mis padres toda la vida, y que heredé hace dos años, se convirtiera en ese lugar especial al que todos quisieran volver. Es cierto que hay gente que regresa a la villa porque es un lugar mágico, pero yo quiero que sea más que eso. Quiero que este pueblo, los vecinos, la librería, todo, sea una inspiración real para crear una historia.

Vivo en una pequeña aldea medieval en las montañas de Asturias, en medio de verdes praderas y salpicada de tupidos bosques y estrechos riachuelos que recorren la comarca. Sus calles adoquinadas, sus casas antiquísimas hechas de piedra con tejados de pizarra y ventanas de madera adornadas con maceteros llenos de flores de temporada, hacen de este pueblo un lugar de cuento.

Mi idea era reunir a muchos escritores y que alguno se inspirara en esta aldea y ambientara una novela con ella como escenario. Que se sentaran en los tejados y plasmasen en sus páginas los maravillosos atardeceres que se esconden en las montañas. Y que el pueblo, de alguna manera, fuera reconocido y los lectores desearan visitar este rincón del mundo.

Sin embargo, el Festival de las Letras acabará siendo un año más el clásico club de lectura: sesiones de charlas entre los vecinos en las que analizamos las historias que proponemos cada mes sentados al calor de la chimenea de la librería y acompañados del café y las magdalenas de Rebeca.

La lectura siempre ha sido mi pasión. Crecí entre altas torres de libros. Cuando era un cr

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