Tan profundo como el mar (Bilogía Corazón Pirata 2)

Christine Cross

Fragmento

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En algún lugar del océano. 1705

El mascarón de proa se abría paso entre los jirones de espesa niebla. Surgían del mar como fantasmales brazos, envolviendo el navío como si desearan engullirlo y arrastrarlo hasta el fondo.

El silencio sepulcral, roto tan solo por el chapoteo del agua al golpear el maderamen del casco mientras navegaban, anunciaba presagios funestos a una tripulación por demás supersticiosa. A pesar de ello, a una muda orden del capitán, todos los hombres se apostaron en la borda del barco. De haber brillado el sol, el destello de los sables, dagas, pistolas y cuchillos que portaban consigo habría resultado cegador. Pero la niebla —a veces refugio, a veces traicionera— los ocultaba.

La oscura silueta se recortó contra la blanquecina niebla. El timonel viró con destreza y acostó el Royal Fortune a la otra nave, que se mecía sobre las aguas como una vieja cáscara de nuez. Las velas colgaban inertes de la arboladura y el palo mayor estaba partido por la mitad. El hedor de la sangre flotaba en el aire.

—Podría ser una trampa, capitán.

Sin volverse hacia su segundo al mando, Bartholomew Roberts negó con la cabeza.

—Mira.

Señaló hacia el trinquete. De una de las vergas pendía una soga que sostenía el cuerpo de un oficial de marina, atado de pies y manos. Sobre la blanca pechera de su camisa habían escrito con sangre dos letras: «ND».

—Nathan Dawson —comentó Zachary sombrío—. El Lobo Sanguinario.

Escupió sobre la cubierta con rabia. Dawson no merecía llamarse pirata, puesto que no respetaba el Código. Cuando un navío avistaba su bandera, lo único que podía hacer su capitán y la tripulación era elevar una plegaria al cielo para que el viento soplara con fuerza sobre sus velas y pusiese distancia entre él y el Venganza. De otro modo, lo último que oirían en su vida sería el aullido de Dawson antes de que este derramara la sangre de todos y esparciera sus entrañas sobre la cubierta. No lo llamaban el Lobo Sanguinario en vano.

—Da la orden.

—¿Qué hacemos con Timothy?

Roberts miró al muchacho, que aguardaba junto al resto de los marineros la orden de abordaje. Tim tenía doce años y ejercía de grumete desde que lo sacaron de una taberna del puerto de Jamaica donde el dueño lo maltrataba a golpes.

—El mar convierte a los niños en hombres.

Zachary asintió. Se apoyó en el barandal de madera del puente de mando y entrecerró los ojos. La niebla se movía traicionera, desvelando, en ocasiones, las negras bocas de los cañones del HMS Prince.

—¡Lanzad los garfios!

El sonido de las cuerdas al ser arrojadas y el golpeteo del hierro contra la madera rasgaron el aire. Las cuadernas se estremecieron ante el suave choque de los dos navíos. Con silenciosa rapidez, los hombres abordaron la fragata inglesa. Algunos de ellos tendieron la pasarela de madera para el capitán.

Roberts arrugó la nariz con desagrado cuando cruzó al otro lado y se la cubrió con el pañuelo de seda. El ataque debía haber sido reciente, menos de una hora. La tripulación de Dawson se había cebado con los marineros y oficiales de la Marina Real. La sangre bañaba la cubierta y había miembros cercenados esparcidos por ella. Apartó la mirada de uno de los marineros cuando escuchó que alguien vomitaba. Tim estaba encorvado sobre la borda, arrojando las tripas.

«Tal vez no debería haberlo dejado venir», pensó. Aquel abordaje iba a ser solo una pérdida de tiempo. Fuera cual fuese la mercancía que portaba el barco, Dawson se habría hecho con ella. Lo único que había dejado atrás eran cadáveres.

—¡Capitán, venga a ver esto! —le gritó uno de sus hombres.

Cruzó la cubierta y bajó por las escaleras que descendían hasta el sollado, siguiendo al marinero. Zachary iba detrás. Entró en uno de los camarotes y se detuvo en el centro. No fue la amplitud ni el lujo con el que se hallaba guarnecido lo que llamó su atención, sino el hombre que yacía, arrodillado, con una espada atravesándole la espalda y el pecho. No se trataba de un oficial de la marina, sino de un caballero. Frente a él, con el elegante vestido hecho jirones y manchado de sangre, los ojos vacíos de una mujer contemplaban estáticos el rostro del hombre. Se podía percibir que era una dama hermosa, a pesar de haber sido golpeada con brutalidad.

—Ese maldito hijo de perra —escuchó mascullar a Zach con rabia.

Roberts observó el cadáver de la dama con cierta compasión. Dawson no podía ser considerado un pirata, sino un engendro del demonio que merecía arder en el Infierno, se dijo. Él no se sentía orgulloso de muchas de las cosas que había hecho, pero jamás mataba por placer, y mucho menos a mujeres o niños.

Frunció el ceño por un momento cuando algo llamó su atención. Se inclinó ante la dama y abrió los dedos de su mano, que mantenía apretados con fuerza. Una llave. Eso era lo que había visto brillar a la luz de la lámpara que colgaba de un aplique. Echó un vistazo alrededor. Había algo que la mujer intentaba ocultar a toda costa; algo que custodiaba como un tesoro.

Pensativo, observó con más atención. Los baúles habían sido descerrajados y saqueados en busca de joyas. En el interior de alguno de ellos se amontonaban elegantes vestidos de mujer, otros se hallaban desparramados sobre el suelo. El único armario que había en el lugar estaba abierto de par en par. Escrutó cada rincón hasta que, finalmente, dio con ello. Cruzó el espacio que lo separaba de su objetivo.

—¿Qué sucede? —inquirió Zach.

Roberts no respondió. Apartó el lío de cuerdas que formaban las hamacas, arrojadas en un montón, como al descuido, junto con algunos aparejos. Él era un hombre ordenado y pulcro, por eso tenía un lugar en su camarote para guardar la hamaca. No era propio de un almirante de la Marina Real inglesa dejar la suya por el suelo.

—¡Ajá! —Sonrió satisfecho cuando descubrió un baúl de mediano tamaño bajo aquel montón. Probó la llave y escuchó el inconfundible sonido de un clic cuando la giró en la cerradura. Levantó la tapa—. Vaya.

Zach y el otro marinero se asomaron para ver.

—¡Por las barbas de Neptuno! —exclamó el hombre, tan sorprendido como el capitán y su segundo.

En el fondo del baúl había una niña, con piel de alabastro y bucles rojizos que enmarcaban su rostro de ángel. Llevaba un vestido blanco con profusión de encajes y lazos, y de su cuello colgaba un medallón. Lo tomó con suavidad y vio que había un nombre grabado en él: «Charlotte». Sus ojos, descubrió poco después, eran tan verdes como las colinas de su tierra galesa, pensó Roberts cuando la pequeña los abrió, grandes y expresivos, y se quedó contemplándolos durante unos instantes antes de estallar en un llanto desconsolado.

—¿Qué hacemos para que se calle? —comentó el marinero, nervioso, con la mirada clavada en los otros dos.

—Amordázala —replicó Zach.

Roberts zanjó la cuestión tomando a la niña y sacándola del baúl. Le pareció tan pequeña como un cachorro cuando la acomodó entre sus brazos. No debía tener más de dos o tres años.

Quizá fue por las vistosas plumas que adornaban su sombrero, por la elegante casaca de botones dorados que vestía o por la perfumada peluca que caía sobre sus hombros, o, tal vez, solo se debió a su juventud —tenía a la sazón veintitrés años— que lo asemejaba al caballero y padre de la criatura, pero ella se aferró a su cuello como un borracho a su botella de ron y el llanto remitió poco a poco.

El capitán sonrió.

—Bienvenida a la tripulación del Royal Fortune, pequeña Charlotte.

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Prólogo

El mar pertenece a todos,

pero no todos pertenecemos al mar.

Del diario de a bordo

Cerca de las islas Caimán, 1709

El Royal Fortune se balanceaba con suavidad, acunado por las olas. El agua besaba con languidez la fina arena blanca que formaba la cala donde se hallaban fondeados. El viento era inexistente y las velas permanecían plegadas.

—¿Dónde demonios se ha metido?

—¿Qué diablos andas refunfuñando, Bunny?

El pirata se limpió la nariz con la mano y se subió los pantalones con un par de tirones.

—Es esa maldita criatura, no la encuentro por ninguna parte —gruñó, dejándose caer sobre un hatajo de sogas apiladas en la cubierta—. He revisado de proa a popa y te juro que ha desaparecido, Hogan.

—La última vez se escondió en uno de los barriles de la bodega —le recordó el marinero mientras se enjugaba el rostro sudoroso con un pañuelo que había remojado en un cubo con agua.

—¿Y crees que no los he revisado todos ya, maldita sea?

—Pues espero que encuentres a la mocosa antes de que regrese el capitán.

—¡Oh, muchas gracias por tus ánimos! —ironizó Bunny. Se levantó del improvisado asiento y lo pateó con el pie—. Venga, vamos, mueve tu perezoso trasero y ayúdame a buscarla.

Hogan rezongó, pero arrojó el pañuelo en el cubo y se puso de pie. Echó un vistazo por la cubierta y luego miró hacia el océano. El ardiente sol se reflejaba en las aguas, bruñéndolas con una pátina dorada. Entrecerró los ojos.

—A lo mejor se ha caído por la borda —masculló, pensativo.

Bunny elevó la mirada al cielo, implorando paciencia.

—Yo sí que te voy a arrojar... ¡Charlie! ¿Qué demonios haces allá arriba? Baja aquí ahora mismo.

Un estremecimiento sacudió su estómago mientras contemplaba a la niña encaramada a las jarcias como si fuera un pequeño mono. Tenía apenas siete años y abultaba poco más que un barril de ron. Si se caía desde aquella altura... No quería ni pensarlo.

—No puedo bajar, Bunny.

—Claro que puedes —la animó, nervioso porque le había parecido percibir un temblor en la voz infantil—. Si has logrado subir, también puedes bajar. Venga, inténtalo, Charlie.

—De verdad que no puedo.

—¡Maldición!

Tras el exabrupto, Hogan observó cómo se aferraba a los cables y comenzaba a subir hacia donde se encontraba la niña. Sacudió la cabeza. A pesar de su delgadez y su estatura, Bunny no era bueno con las cuerdas ni con las alturas; sin embargo, no importaba cuánto refunfuñase, amaba a Charlie más que a su propia vida.

—¿Qué haces, Hogan?

—Pues estoy... ¡Capitán, señor! —balbuceó cuando vio junto a él a Roberts y a Zach, su segundo al mando.

—¿Estás qué?

Zach palmeó al capitán en el hombro y le indicó hacia el palo mayor. Bartholomew Roberts alzó la vista y frunció el ceño.

—¿Qué demonios sucede?

Hogan se removió inquieto. Gruesas gotas de sudor bajaban por su espalda, pero no se atrevió a quejarse. En ese momento habría dado su mano derecha por desaparecer de allí.

—Charlie ha subido y no podía bajar —respondió nervioso.

Zach dejó escapar un bufido de incredulidad.

—Más bien, está jugando con Bunny.

—¿Jugando? —inquirió Hogan, un tanto sorprendido.

—Eso creo —masculló Roberts. Alzó la cabeza y su voz rompió el aire como el estallido de la tormenta—. ¡Charlie, pequeña diablilla, baja ahora mismo de ahí!

Bunny tembló sobre las jarcias y a punto estuvo de soltar su agarre. Un sudor frío perló su frente y el estómago se le revolvió. Tragó saliva y buscó con la mirada a la niña.

—No te preocupes, pe... —Las palabras se le atascaron en la garganta cuando vio la sonrisilla malévola de la criatura antes de que comenzara a descender con la agilidad de un simio—. ¡Maldita sea! ¡Por las barbas de Neptuno, me has mentido! Espera a que te coja, pequeña sanguijuela. Te las verás conmigo.

—Antes tendrás que bajar —se burló Charlie, que aterrizó con un salto sobre la cubierta. Sus pies descalzos resonaron sobre la madera cuando se acercó al capitán con una sonrisa ufana en los labios—. ¡Hola, Barth!

Roberts observó a aquel duendecillo de cabellos de fuego y ojos verdes como su tierra galesa y tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la seriedad.

—Así que has desobedecido mis órdenes —la reprendió, observándola con el ceño fruncido, aunque ella debía ser la única entre todos sus marineros a la que no amedrentaba en absoluto aquel gesto.

«Y quizá ese sea el problema», pensó, conteniendo un suspiro de pesar, «la he mimado demasiado». La vio sacudir la cabeza con vivacidad. Los rizos que habían escapado del confín de su coleta se alborotaron.

—No lo he hecho —aseguró con seriedad—. Me dijiste que me portara bien y me quedara sentada, pero nunca dijiste dónde debía sentarme.

Su razonable discurso arrancó una carcajada a Zach, que terminó cubriendo con una tos cuando recibió la mirada torva de su capitán.

—Bueno, has de reconocer que la chiquilla tiene razón.

Ella aguardó con sus grandes ojos esmeralda, abiertos de par en par, fijos en él.

Roberts cabeceó un asentimiento.

—Está bien, si tú lo dices, aceptaré tu palabra.

—¿Y? —insistió la niña.

—¡Oh! Estoy satisfecho contigo. —Se atusó los rizos de la larga y negra peluca, manteniendo un aire de inocencia.

Charlie apoyó las manos empuñadas sobre las caderas, copiando el gesto que tantas veces le había visto hacer a Zach cuando reprendía a los marineros, y arrugó el ceño, lo que le dio el aspecto de un pequeño roedor.

—¿Y? Prometiste darme un regalo si me portaba bien —añadió presurosa al ver que él parecía haber olvidado su promesa—. Me enseñaste que un buen pirata mantiene siempre su palabra.

—Eso es cierto —admitió, y ocultó una sonrisa orgullosa acariciándose la barba con lentitud—. Y como soy el capitán, tengo que dar ejemplo. Bien. Pues, entonces, aquí tienes mi regalo.

Charlie lo miró expectante. Sus ojos, brillantes de emoción, siguieron cada movimiento de la mano de Roberts mientras la introducía en el bolsillo interior de su casaca. Lo mismo hizo el resto de la tripulación del Royal Fortune, congregados a su alrededor, incluido un tembloroso Bunny, que había logrado descender del mástil sano y salvo.

Todos guardaron silencio y contuvieron la respiración cuando su capitán extendió el brazo y dejó colgando ante ella un exquisito collar de cuentas de coral rojo.

—Es bonito. —Lo tomó y lo colocó en la palma de su mano para observarlo. Trató de disimular la decepción que asomó a su rostro pintando una sonrisa. Las comisuras de sus labios temblaron—. Gracias, Barth.

—¿No te gusta tu regalo?

Ella levantó la vista y, por primera vez, se percató de los marineros que la rodeaban. La incomodidad le hizo cambiar el peso de un pie a otro mientras pensaba qué respuesta podía dar. No quería decir la verdad para que Barth no se sintiera mal, no quería decepcionarlo, pero tampoco deseaba mentirle. En una ocasión lo había hecho y él se había dado cuenta. Entonces le dijo: «La mentira pudre el corazón del hombre. Un hombre que miente nunca podrá ser un buen pirata, porque nadie se atreverá a confiar en él».

Aquellas palabras no las había olvidado, ya que ella deseaba convertirse en una gran pirata, la mejor que hubiera surcado antes los mares.

—Es que no sé qué puedo hacer con él —respondió finalmente, sin saber qué otra cosa decir y mirándolo con incertidumbre. No le pareció que estuviera enfadado, sino más bien pensativo.

—Demonios, tienes razón. Un barco no es el mejor lugar para lucir un elegante collar. ¿No es así, muchachos? —Miró a la tripulación y pareció satisfecho cuando los escuchó murmurar su asentimiento. Contuvo la risa al ver el aliviado cabeceo de Charlie. Carraspeó y se hizo el silencio alrededor—. ¡Hum! Pero ¿qué puedo regalarte entonces? Tendría que ser algo que te resultase útil para el barco. —Recogió el collar de su palma y lo guardó en su bolsillo, al tiempo que extraía otro objeto de este—. Quizá algo así serviría, ¿no crees?

Los ojos de Charlie se abrieron de par en par y un brillo de emoción efervescente destelló en el fondo de ellos mientras escuchaba los sonidos de aprobación de los marineros. Con reverencia, tomó la daga que le ofrecía y la sostuvo entre las manos, observando cada uno de los detalles. La larga hoja de acero emitía reflejos dorados bajo la luz del sol. La empuñadura tenía revestimiento de marfil con cruz de latón ligeramente curvada. Los gavilanes estaban rematados en dos formas circulares, mientras que el pomo tenía forma de copa.

—¿Es... es para mí?

—Es tuya, si la quieres.

—¡Sí! ¡Gracias, Barth! —gritó, entusiasmada. Se abalanzó sobre él y lo abrazó por la cintura.

La tripulación lanzó silbidos y aplausos. Zach meneó la cabeza al ver a su capitán disfrutando como un chiquillo con aquel juego en el que se había ganado un poco más, si es que eso era posible, el afecto de la niña.

—¡Vamos, marineros de pacotilla! ¿Qué hacéis todos aquí mirando? ¡Volved a vuestros puestos! —gritó para dispersar el corrillo.

Roberts palmeó la cabeza infantil con torpeza y la separó de él.

—Zach te enseñará a manejarla —le dijo—. Úsala para defenderte.

Ella asintió y su sonrisa, que dibujó un hoyuelo en su mejilla, iluminó su rostro.

—Barth, ¿crees que llegaré a ser una buena pirata?

Un brillo de ternura y preocupación asomó a los ojos de él. Apoyó una mano sobre su delgado hombro y lo apretó con suavidad.

—Espero que, algún día, alguien te ofrezca un futuro mejor, Charlie —musitó para sí.

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Capítulo 1

No importa cuán grande sea tu corazón,

solo tiene espacio para un gran amor.

Del diario de a bordo

Londres, 1719

El club White’s estaba a rebosar. Procedente de las salas de juego podía escucharse tan solo el sonido de los dados y los ocasionales carraspeos de los jugadores, tal vez una señal a algún compañero de juego de que se tenía una mala mano. En la sala de lectura el silencio era aún más contundente, casi palpable, excepto por el crepitar de las hojas de periódico. Aquel silencio alteraba sus nervios. Le daba la sensación de encontrarse en el interior de algún panteón fúnebre.

Tomó un trago de su vaso de ginebra y deseó que la espera fuese corta. Se había acostumbrado demasiado a los espacios abiertos, al viento azotándole el rostro mientras escuchaba el golpeteo de las olas contra el casco del navío y a los gritos de sus oficiales cuando transmitían una orden a la tripulación. La comodidad de las butacas de cuero y el aroma a tabaco que flotaba en el aire no eran de su agrado, aunque sabía que debería estar agradecido de poder poner un pie en aquel club tan exclusivo, siendo él el segundo hijo de un vizconde. Ese privilegio se lo debía a Max; no había nada que el marqués de Blackmoor no pudiera obtener.

«O tal vez sí», se dijo cuando vio a su amigo atravesar el salón con un gesto sombrío en el semblante.

—Te ha dado una negativa —comprendió, sin necesidad de palabras. Llamó a uno de los sirvientes y pidió una botella de brandy—. Será mejor que tomes un trago para que la rabia no se condense en tus venas y te pudra las entrañas. Bien, ¿qué vas a hacer ahora?

Estaba convencido de que Max no iba a quedarse de brazos cruzados solo porque el Almirantazgo se hubiese negado a ayudarlo en la búsqueda de su hermana Charlotte. Durante años creyó que la pequeña había muerto junto a sus padres, a manos de los piratas; desde que supo que vivía, estaba decidido a remover cielo y tierra para devolverla a su hogar.

—Lo sabes bien. Voy a ir a buscarla.

—¿Cuándo?

Aunque su amistad de años le permitía cuestionar aquella decisión, no tenía intención de hacerlo. Para él, la lealtad formaba parte del intrincado sistema de valores que componían su propio universo y por los que regía su vida: lealtad, disciplina, constancia y honor. Los había rumiado desde su infancia, cuando su padre lo envió a la academia de la Marina Real Británica; los había interiorizado y hecho suyos. Vivía por ellos, respiraba por ellos. Por eso, quienes no lo conocían lo tachaban de ser demasiado frío y severo.

—En cuanto deje bien atados los asuntos del marquesado. Lady Cunningham se ocupará de supervisarlo todo.

—¿El Viejo dragón? —Una sonrisa divertida asomó a sus labios. La formidable dama, que lo había criado desde la muerte de sus padres, bien podría comandar una fragata—. Me extraña siquiera que te deje marchar.

—¡Oh!, no te creas, no ha resultado fácil convencerla, pero ya sabes que tengo mis métodos —repuso sonriente. Sus ojos azules emitieron un destello de picardía—. Eso sí, si no traigo a mi hermana de vuelta a casa ha amenazado con cortarme... Bueno, baste decir que el marquesado de Blackmoor quedaría sin herederos.

El comentario le arrancó una sonora carcajada que recibió de vuelta alguna que otra mirada reprobatoria de los miembros del club.

—Entonces, más te vale cumplir tu cometido —le advirtió.

—No dudes de que lo haré. —Sus palabras adquirieron el tono de un juramento.

—Max, sabes que soy tu amigo...

—Mi mejor amigo —lo corrigió él.

—Así es —admitió—, y que siempre te apoyaré en todo lo que decidas. Sin embargo, no puedo dejar que actúes a ciegas, sin plantearte algunas cuestiones importantes. —Sabía que a Max no iban a gustarle sus palabras, pero era necesario que las escuchase—. ¿Te das cuenta de que, incluso en el caso de que encuentres a tu hermana, Charlotte podría no querer venir contigo? La única familia que ha conocido son esos piratas.

—Ellos no son su familia.

—Lo sé. —Había percibido la ira que subyacía en su tono. Apoyó la mano sobre su antebrazo y apretó con fuerza para calmarlo y hacerlo razonar—. Pero esa ha sido la vida que ha tenido desde su niñez. No conoce otra cosa ni otras costumbres... ni siquiera a ti.

Archie pudo ver la desesperación que navegaba en el océano azul de sus ojos y ahogó un suspiro. Comprendía a Max. Si alguna de sus hermanas se hubiese hallado en la misma situación, tampoco él habría dudado un segundo en buscarla para traerla de vuelta. Sin embargo, no podía obviar que la joven había pasado demasiado tiempo lejos del mundo civilizado y que, con toda seguridad, no la habían criado como a una dama. Traerla a Londres significaría introducirla en un mundo extraño para el que no se encontraba preparada.

—Primero he de encontrarla, se lo debo a mis padres y a ella misma. —Su tono sonó ronco, salpicado de incertidumbre e impotencia—. Después... ya veremos.

Él asintió. Se guardó la compasión para sí, puesto que tenía el convencimiento de que a su amigo no le agradaría recibirla. Aunque no había llegado a conocer a lady Charlotte Hart, llevaba demasiados años en el mar como para no saber cómo trataban los piratas a las mujeres.

—¿Qué es lo que piensas hacer? —lo interrogó.

La única pista que tenían del destino de la joven era el testimonio de un marinero borracho. Desde que descubrieron al HMS Prince a la deriva y Max supo que el cadáver de su hermana no se había encontrado junto al de sus padres, no había dejado de buscarla, acudiendo a puertos y tabernas de mala muerte, pagando por información de cualquier clase. Finalmente, en una ocasión, mientras salía de un tugurio de mala muerte, lo habían asaltado unos rufianes en un callejón. Durante el forcejeo, el medallón que siempre llevaba al cuello había quedado al descubierto. Uno de los marineros —pirata de poca monta— había intentado robárselo, porque quería tener uno igual al de la «chica» del capitán Roberts. De ese modo habían descubierto dónde se encontraba Charlotte.

—Voy a embarcarme. —Lo escuchó decir, y asintió. Sin embargo, un cosquilleo hizo temblar su estómago cuando vio el gesto precavido que apareció en el rostro de su amigo antes de añadir—: Como pirata.

—¿Has perdido el juicio, Max? —siseó, inclinándose hacia delante sobre la mesa. El gris borrascoso de su mirada parecía contener la ira del mismísimo Poseidón—. Creí que querías rescatar a tu hermana, no lanzarte de cabeza a una muerte segura.

—Agradezco tu confianza —se burló él.

—¡Por todos los demonios, es una locura!

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