Mentiras perfectas

Reina González Rubio

Fragmento

mentiras_perfectas-2

Capítulo 1

Taba: hueso de la rodilla del ganado lanar

La luz del crepúsculo matutino se abre paso en un cielo que va dejando de forma paulatina la oscuridad de la noche para descubrir el día. A lo lejos, la neblina aún permanece enraizada en las copas de las montañas como si se tratase de un enorme sombrero blanco. Hace frío y el pueblo todavía sigue en calma, aunque en algunas ventanas ya se percibe ese tenue resplandor que anuncia que algunos vecinos se preparan para afrontar una nueva jornada.

A Julia le hubiera gustado estar aún arrebujada entre las calientes sábanas de su cama, pero, una vez más, la gata se había vuelto a escapar. La última vez que lo hizo volvió con una sorpresa en forma de cuatro hermosos gatitos a los que, indudablemente, no dio la oportunidad de vivir. Le dolían todos los huesos, aquella humedad del amanecer no les hacía ningún bien, eso le había dicho el médico, pero él no conocía las manías escapistas de la fiera que vivía en su casa. Ya sabía que renegaba demasiado, pero en el fondo se resignaba porque, al fin y al cabo, era su única compañía en esa soledad que se iba creando en torno a la vejez y la engullía sin piedad.

—Minina, Minina, Minina —llamó.

Ante la falta de respuesta, comenzó a chasquear la lengua varias veces seguidas, también sin resultado.

—¡Gata tozuda! ¿Dónde te has metido?

Avanzó hasta llegar a la plaza del Padre Cereceda. Pensaba que tal vez el animal estuviera en el refugio de algún árbol, pero tampoco la encontró. Se aventuró a la plaza del Convento con la idea de que tal vez su fiera estuviera escarbando en una de las papeleras en busca y captura de algún manjar olvidado por un visitante.

De repente la vio, de espaldas, rígida, como si estuviera hecha de la misma piedra que la estatua del Conde Sancho García que preside la plaza. La gata estaba postrada a los pies de esta, parecía que se había situado de esa manera para custodiar el fardo que yacía en la base de la escultura.

Julia aceleró el paso, y al llegar a la altura de la estatua vio que el bulto abandonado era una muñeca de gran tamaño, con la piel muy negra, en la que destacaban unos calcetines de perlé blancos, al igual que sus zapatos merceditas. La muñeca llevaba un vestido azul de manga larga que tapaba sus rodillas. El pelo rizado, y muy negro, estaba peinado con dos coletas sujetas por dos enormes lazos, también de color blanco.

Mientras contemplaba la escena, desconcertada, intentando que su mente conectara la situación que estaban viendo sus ojos, oyó a sus espaldas un juramento.

—¡Rediós! Los artistas estrafalarios del Jardín Secreto ya han puesto otra de esas cosas raras para llamar la atención —dijo Domingo situándose a su lado.

—Yo creo que esto no es una escultura —indicó ella, dubitativa, mientras observaba con detenimiento la figura.

—¿Y qué es si no?

—Para mí es una criatura muerta.

—¡Quita!, es una de esas muñecas que parecen humanas, y te digo yo que eso es algo que han colocado esos modernos que ponen eso que llaman arte en el Jardín del Monasterio.

—¿Sabes lo que opino? Que para salir de dudas te vayas en busca de la Guardia Civil y ellos sabrán la forma correcta de actuar.

—¿Me vas a hacer bajar al cuartelillo? A mí me parece una bobada, ya verás cómo tengo yo razón e incomodamos sin sentido.

—Tú avisa y así salimos de dudas. A ellos no les va a molestar venir.

El hombre se dio la vuelta refunfuñando.

—Me van a tomar por tonto, pero me voy a notificarlo por no oírte. Qué bien sabes dar órdenes, siempre igual.

Cuando los dos guardias llegaron a la plaza, numerosos vecinos estaban contemplando la figura situada bajo la escultura que homenajea al artífice de la construcción del Monasterio de San Salvador.

—Dejen paso, dejen paso. ¿Alguien ha tocado algo? —preguntó uno de ellos.

Las personas congregadas negaron con la cabeza. Al observar con más detenimiento la figura que yacía a los pies de la estatua, ambos hombres se miraron.

—¿Avisamos a un médico? —preguntó uno de ellos.

—Sí, y también al sargento. Esto va a traer mucha cola.

La zona estaba acordonada, pero cada vez eran más los vecinos, alertados por otros, que deseaban contemplar la escena. El médico se quitó los guantes, se dirigió al sargento y le dijo en voz baja:

—No hay duda, es el cadáver de una niña.

—¿Estás seguro?

—Sí, es un ser humano y está disecada.

—No entiendo ―articuló el sargento turbado.

—¿Te acuerdas de un hombre negro expuesto en un museo en Cataluña durante bastante tiempo?

El sargento hizo amago de recordar.

―Sí, lo llamaban el negro de Bañolas, ¿no?

―Pues con esta niña han realizado lo mismo. La han disecado, y quien lo ha hecho es un buen taxidermista. Tienes un problema muy grande aquí.

El sargento suspiró con resignación.

—Iré llamando al juez y al forense.

***

Dan Byrne estaba recostado en el enorme sofá de su casa de Vermont cuando notó que el teléfono móvil, situado encima de la mesa, vibraba. Estaba de vacaciones y necesitaba descansar, así que le había dicho a su secretaria que no lo molestara si no era absolutamente necesario; por lo tanto, lo que debía comunicarle tenía que ser importante para que Abigail llamara.

—Dime, Abigail.

—Siento molestarte, Dan, pero me ha llegado una noticia realmente impactante que creo que debes conocer.

—No importa, ya sabes que siempre lo dejo bajo tu criterio y si te parece importante, cuéntame.

—Pues bien, la CNN ha lanzado una breve noticia de España. En una localidad muy pequeña de Burgos, Oña, esta mañana han encontrado el cadáver de una niña negra de unos diez años.

—¿Con signos de violencia? —se apresuró a decir Dan.

—No, no presentaba ninguno. La niña parecía que estaba dormida, e incluso algunos vecinos pensaban que se trataba de una muñeca de silicona, una reborn.

—¿Entonces? —interrogó Dan sin comprender.

—Te he dicho que es una criatura de 10 años, pero lo más llamativo de este caso es que esa chiquilla desapareció hace veinte años a esa misma edad.

—O sea que la mataron hace veinte años y el cuerpo se ha mantenido incorrupto.

—Eso es

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