Entre amigos no se juega así

Eli Macías

Fragmento

1. Teamspeak

1

TEAMSPEAK

Antes de Skype, mucho antes de Discord, existía TeamSpeak, un chat de voz para hablar con otros jugadores en línea. Si conoces a alguien que llegase a utilizarlo alguna vez, enhorabuena, has encontrado algo más difícil que el final del arcoíris.

Se conocieron como lo hacían los niños con intereses muy de nicho en los dos mil: en el chat de videojuegos que quemaban el ordenador y con la constante advertencia de sus padres de que no hablasen con extraños en internet.

Acababa de pasar la época de Minijuegos.com y los disquetes habían quedado olvidados años atrás. Había cumplido catorce, era verano y había suspendido las suficientes asignaturas como para repetir curso, pero no había pensado ni un solo segundo en ello. En casa estaban demasiado ocupados gritándose como para que les importara que su único hijo saliese para irse al cíber, según ellos, «a darle a la maquinita».

Se llamaba Barna95 porque, la primera vez que se registró en Counter-Strike,[1] le dio demasiada pereza pensar en un apodo significativo. Vivía en Barcelona, nació en 1995 y —aún— le gustaba el fútbol como a casi todos los chicos de su edad, así que no se lo pensó mucho. Sus compañeros de equipo eran dos chavales a los que les sacaba uno y dos años. Spring, la razón por la que ganaban el noventa por ciento de las partidas, y Jakyplays, que siempre se quedaba ausente y tenían que empujar a su personaje para que siguiese avanzando.

Meses después, Spring descubrió que había un programa con el que podían hablar en tiempo real a través de los micrófonos. Barna95 le suplicó al dueño del cíber que le instalase el dichoso TeamSpeak y, después de horas de persuasión, lo consiguió.

A Barna95 le daba más ansiedad hablar con sus amigos de internet que hacer una exposición en clase. Sus bromas funcionaban por escrito, suponía, pero no había forma de saber si a los otros les parecía gracioso de verdad o creían que era lamentable. Los «jajaj» y «XD» se podían interpretar de muchísimas maneras.

El primero en hablar fue Spring, con un susurro tranquilo y sosegado. Saludó alegando que no quería despertar a su abuela, que se estaba echando la siesta. Barna95 tenía una broma preparada, pero entonces Jakyplays se adelantó a decir sus primeras palabras.

—Ho-hola, chicos, ¿qué os contáis?

Barna95 siempre había sido un muchacho nervioso, con pensamientos impulsivos que se adueñaban de él fácilmente y con la mala manía de reírse en los peores momentos. Como la vez que le pillaron robando un World of Warcraft en El Corte Inglés con su amigo Borja, cuando sacaba el CD de la caja. Aún no se ponía seguridad en esa clase de productos. Salieron del centro comercial y pensaron que habían sido los putos amos hasta que un guardia de seguridad los cogió por los hombros. Gerard se partió de risa mientras llamaban a sus padres, dándose codazos con Borja, aunque lo único que quería era acurrucarse en la cama y llorar hasta perder la voz.

Tampoco le interesaba mucho el juego, pero Borja había estado obsesionado. No habían vuelto a verse desde entonces.

Cuando Jakyplays habló con esa vocecilla de bebé, aguda, con un gallo entre medias y pronunciando todas las eses, primero se le escapó un bufido. Luego escupió aire y entonces procedió a reírse con fuerza, como lo hacía él, ese sonido de tetera ardiendo o de olla a presión que acababa por contagiar a todos a su alrededor.

En esa ocasión, Jakyplays no se rio con él. Su nombre desapareció de la llamada, y Spring chasqueó la lengua.

—Ya te vale, tío —susurró con los dientes apretados—. Qué imbécil eres.

—Perdón, perdón. —Y lo decía en serio. Lo estaba pasando mal, ahogándose con su propia risa, la cara caliente y sudando por la espalda—. Es que… no me lo esperaba… Lo siento.

Le escribió por privado, con el dolor en la garganta de quien ha tragado cuchillas, y Jakyplays le perdonó, pero no se atrevió a abrir la boca hasta que pasó una semana. Perdieron una partida por tan solo dos puntos. Barna95 le dio un golpe al escritorio y rugió con toda la rabia que se le podía escapar de los pulmones.

Sou gilipolles!

Alguien en el cíber le chistó al otro lado, y Barna, cuan largo era, se encogió en su asiento susurrando un perdó.

—¿Eres catalán?

Parpadeó varias veces. No se esperaba la voz de Jaky, mucho menos después de tanto tiempo. Se notaba que había intentado agravarla, raspándola de una forma poco natural. Estaba tan sorprendido que no contestó, pero sí que lo hizo Spring, con su tono monocorde y tranquilo.

—No, se llama Barna porque vive en Papúa Nueva Guinea.

A ese comentario le siguió el silencio más incómodo que habían tenido nunca, solo ahogado por el sonido de los disparos que salían del videojuego.

Fue tan absurdo que Barna95 no pudo aguantar la risa. Una pedorreta y, luego, la olla a presión.

La risa aumentó de intensidad a medida que la gente le pedía silencio, y se tapó la cara con vergüenza, dando patadas en el suelo. Sus amigos no podían verle, pero se unieron a él, retroalimentándose las carcajadas entre ellos hasta quedarse sin aliento, hasta que Barna se mareó un poco, hasta que Spring acabó tosiendo como si todos los órganos se le fueran a salir por la boca y hasta que a Jaky le echaron la bronca.

Desde ese día, no hubo ni un solo segundo de silencio cuando los tres se conectaban.

Hicieron falta diecisiete años de vida y un divorcio para que al fin le regalasen su propio ordenador a Barna95.

Faltaban casi seis meses para su cumpleaños y el día de Reyes Magos ya había pasado, pero su padre se sentía culpable. Probablemente porque pedirle a su hijo que lo ayudara con las cajas de la mudanza fue la conversación más larga que habían tenido en años. Barna no podía decir que no lo hubiera visto venir; lo sorprendente era la cantidad de tiempo que habían aguantado juntos. Él pensaba que se iría a la universidad antes de que sus padres decidieran dar el paso, y eso que era la segunda vez que repetía curso.

A pesar de estar deseando la calma después de las tormentas que habían sido las voces de sus padres retumbando en las paredes, no podía decir que no le afectase ver a su madre llorar en el salón, no escuchar la voz de su padre en semanas, que nadie fuese a verlo cuando tenía partidos de fútbol y que no pudiera invitar a sus amigos a casa por miedo a que se enterasen de su situación.

Con las únicas personas con las que estaría dispuesto a hablar del tema eran Jakyplays y Spring. Especialmente Jaky.

Al principio se enfadó cuando descubrió que jugaban sin él. Como tenían ordenadores en sus casas, solo estaban limitados por los horarios escolares y de estudio. Barna tenía muchos amigos, pero solo para pasar el rato. Para jugar al fútbol y hacerles bromas pesadas a sus profesores. Para organizar botellones y cogerse su primera borrachera en un parque alejado de la mano de Dios. Ninguno de ellos sabía de Jaky y Spring ni que le gustasen tanto los videojuegos. Ellos dos eran su lugar seguro, sus verdaderos amigos, aunque nunca les hubiese visto la cara.

Por eso no supo cómo gestionar la envidia de saber que sus personas favoritas en el universo hablaban más entre ellos que con él. Una araña le trepaba por debajo de la garganta y le alquitranaba el pecho. Las patas se hacían más grandes para no dejarlo respirar. Le quemaba los ojos y le hacía apretar la mandíbula. Más de una vez se mordía la lengua para no hacerles un comentario pasivo-agresivo durante la partida, pero el veneno seguía allí. Y lo acababa tragando.

Entonces, una noche fría de febrero, cuando Spring se había ido al pueblo a ver a su familia, Jakyplays y él jugaron en absoluto silencio. Jaky era una persona callada, más incluso que Spring, que siempre estaba dando órdenes dentro del juego. Sabía que el chico disfrutaba de escucharlos hablar más que de participar y siempre se reía cuando Barna lo hacía, pero también que era extraño callarse durante las salas de espera de las partidas, donde no había necesidad de concentrarse ni excusa para hacerlo.

Le oyó sorber por la nariz y carraspear antes de preguntar:

—¿Te pasa algo?

Barna movió las piernas con nerviosismo. Apretó el puño alrededor del ratón, con los nudillos blancos del esfuerzo acentuando aún más sus pecas. El veneno lo ahogaba. Quería decirle que no les estaba permitido jugar ellos dos solos, que no podían hacerse mejores amigos y que no volvieran a hablar sin estar él delante.

Luego, se dio cuenta de la hipocresía del asunto. Estaban jugando sin Spring, al que no le importaba en absoluto que lo hicieran. Porque Barna le sacaba un año, pero el otro era mucho más maduro, más despreocupado. Aun así, la ponzoña no desapareció. Solo tenía claro que no podía decir nada, pero necesitaba desahogarse de alguna forma. Así que cogió aire y suspiró, irritado, botando tanto la pierna que la rodilla le chocó contra la mesa del escritorio.

—Mis padres se han divorciado.

Era absurdo soltarlo ahora, cuando había pasado más de un mes y mientras se preparaban para la misión, pero necesitaba decir algo, enfadarse con el mundo, canalizar la rabia.

—Oh —suspiró Jakyplays—. ¿Quieres hablar de ello?

Estuvo a punto de decir que no, que no hacía falta y que no se olvidara de farmear[2] lo suficiente antes de salir de la base, pero, cuando despegó los labios, sintió que el alma se le escapaba por la boca.

Se lo contó todo. Cómo sus progenitores discutían hasta en las comidas familiares, sin importarles el público que tuvieran. Que su madre tiraba las cosas de su marido por la ventana y que su padre una vez le levantó la mano a ella. Se arrepintió en el último segundo, pero Gerard lo vio todo y ninguno de los dos volvió a sentirse seguro nunca más en su presencia.

De ahí, el tema saltó a otros territorios colindantes. Que las palabras le bailaban dentro de la cabeza cuando intentaba estudiar, que nunca había sido capaz de concentrarse en algo más que no fuera un videojuego. Que podía mantener cinco pensamientos al mismo tiempo, pero era agotador. Y que por eso mismo estaba seguro de que sus padres lo odiaban o, por lo menos, estaban decepcionados. Porque nunca había llevado más de un suficiente a casa, porque no destacaba en nada, porque no era capaz de tener una conversación con ellos sin que uno se enfadara porque no había escuchado lo que estaba diciendo.

Y, luego, se vio los ojos verdes y tristes reflejados en la pantalla negra de carga del Counter-Strike. Como una cuerda que tirara de él hacia la superficie, fue más consciente que nunca de su propia existencia y se sintió tan estúpido que quiso golpearse la cabeza contra el escritorio hasta partir la madera en dos. No le extrañaba que Jaky no hubiese dicho nada, quizá incluso le había silenciado o se había largado a por un aperitivo mientras Barna atropellaba las palabras entre la lengua y los dientes.

Al otro lado, sonó el chirrido de la silla vieja que siempre oían cuando Jaky se quería acomodar y entonces supo que, sí que sí, había estado presente en todo momento. Se tensó, esperando alguna broma, algún bufido, algún «qué movida, tío».

—Siento mucho que te hagan sentir así. No sé cómo te puedo ayudar, pero, si alguna vez necesitas distraerte con más partidas, dímelo.

Barna95 no creía haber sentido tanto cariño por nadie desde antes de que falleciera Rex, el perro de la familia. El oro líquido se desparramó por su pecho, caliente y agradable, y supo que habría abrazado a Jaky si lo tuviese delante.

La silla volvió a chirriar.

—Yo… Eh…, estoy agobiado por las prácticas.

Frunció el ceño, curioso.

—¿Qué prácticas?

—Las de trompeta —dijo, y Barna se sintió más confuso que antes—. Soy cofrade en una parroquia. Toco en las procesiones de mi ciudad.

La pantalla del videojuego volvió, así que no vio la cara de idiota que se le había quedado. Tardó unos segundos en procesar las palabras y, entonces, no pudo evitar reírse. Como lo hacía él, sin voz, con fuerza y la sensación de desinflarse.

Sus amigos ya tenían claro que la risa incontrolable de Barna era algo a lo que unirse y no darle importancia, así que Jakyplays le respondió con una carcajada genuina y unos nervios que hacían que le temblase la voz.

—¿Qué pasa? ¿Es que es malo?

—No, no, yo qué sé, es que… —Cogió aire—. No te pega nada, pero está bien. No lo sabía. No sabía que fueses religioso.

—No lo soy —se apresuró en añadir—, pero mi familia sí. Al final me he acostumbrado. Me gusta tocar instrumentos y las procesiones me parecen preciosas, así que no me quejo. Además, la ropa de mi parroquia es de mi color favorito.

—¿Que es…? —preguntó Barna con interés. Disparó a un enemigo, intentando no distraerse demasiado.

—El lila.

Asintió con la cabeza, aunque no pudiera verlo. Recargó el rifle.

—El mío es el azul, pero el clarito. El oscuro me da escalofríos porque me recuerda al océano, y el mar me da un miedo que te cagas.

Jaky bufó y el dorado le bajó al estómago cuando notó afecto en ese gesto.

—No sé por qué, pero te pega un montón.

Barna rio.

—¿En serio?

Siguieron así un buen rato, preguntándose curiosidades hasta que la madre de Jaky lo mandó a dormir y este se despidió casi en un segundo de susurro.

No fue el único día que se quedaron hablando sobre sus vidas, soltando preguntas y respuestas dignas de cuestionario de revista. Spring se despedía de ellos con un bostezo y entonces aprovechaban para hacer otra ronda de curiosidades.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —preguntó Barna.

—El 20 de noviembre. ¿Y el tuyo?

—El 11 de junio. —Sonrió con todos los dientes—. Te pega un huevo esa fecha.

—Y a ti la tuya.

Barna95 era olvidadizo y despistado. A veces, no recordaba dónde había puesto el bolígrafo que acababa de coger y que aún estaba en su mano. Aun así, se aseguró de tener un rincón en la cabeza para todos los datos que Jakyplays le contaba de él. Además de los shooters, le gustaban los RPG,[3] en especial los japoneses como el Final Fantasy VII. Sobre todo si eran densos y le daban horas y horas de juego —le pegaba—. Su estación favorita era el otoño porque le encantaban las películas de terror. Cuanta más sangre, mejor —eso sí que no se lo esperaba—. Odiaba los ruidos fuertes y los payasos. Cuando de pequeño iba al McDonald’s con su familia, agachaba siempre la cabeza y se tapaba los ojos haciendo una visera con la mano para no ver a Ronald McDonald.

Un sábado que Spring se había desconectado pronto porque tenía que madrugar al día siguiente y los servidores no funcionaban, les picó la curiosidad de cómo serían físicamente. Barna apoyó los pies descalzos y cruzados sobre el escritorio y mordió los cordones de su sudadera, distraído.

—Pues yo tengo el pelo rubio oscuro —comenzó, mirándose de reojo en el espejo de pie del armario y sonriendo de lado—, así, como rizado. Los ojos verdes. Tengo pecas. Ah, y mido casi un metro noventa.

Lo dijo con orgullo, alzando la barbilla con una sonrisa socarrona. Por supuesto, no le dijo que la barba le crecía a cachos ni que todos sus amigos del instituto lo llamaban El Cabezón de Art Attack. Oyó a Jaky jugando con la silla hasta que dijo lo último. Barna arqueó una ceja.

—Mentira —respondió su amigo, y Barna bufó.

—¿Mentira el qué?

—Que mides metro noventa. Me estás vacilando.

—Casi —corrigió Barna95 alargando la expresión chulesca—, y no, no te estoy mintiendo. ¿Por qué lo preguntas? ¿Es porque mides mucho menos que yo?

El silencio le hizo escuchar hasta el zumbido del micrófono de Jakyplays.

—No te lo voy a decir.

—¡Venga, va! ¿Ni siquiera me vas a decir cómo eres tú?

—Pues normalito —contestó y casi oyó el encogimiento de hombros al otro lado—. Tengo el pelo negro, los ojos también. Nada fuera de lo normal.

—Somos literalmente el día y la noche —rio Barna, y Jaky hizo lo propio entre dientes.

—Sí, la verdad es que sí.

Y, si lo eran, Barna no se cansaba de bañarse en la luz de la luna antes de ir a dormir.

2

USERNAME

El apodo que se elegía en internet para no dar datos reales y que acababa usando todo el mundo para llamarse. Como el Chechu y la Paqui de toda la vida, pero con narutothebest y laracroft87.

Era 2011 y la única pregunta a la que Barna95 no era capaz de responder era a su nombre real. Quizá porque pensaba que lo iba a buscar en internet o era más receloso con su privacidad de lo que creía. En todo caso, le dio rabia que Barna hubiese averiguado su nombre hacía tanto tiempo y que él aún no tuviese ni idea de cuál era el suyo.

—A ver, que te llamas Jaky y tu familia es religiosa —rio Barna, y en su voz notó lo pagado que estaba de sí mismo. Apretó los labios—. No es tan difícil adivinar que te llamas Jacobo, como los jamones empanados.

«Tú sí que estás empanado», quiso responderle, pero era consciente de lo infantil que sonaba y encima era el más pequeño del grupo. «Barna solo te saca dos años, no te rayes tanto», le decía Spring. Pensar en parecer un bebé lo acomplejaba demasiado.

Lo cierto era que lo parecía en la vida real, pero prefería no pensarlo.

No le hizo falta replicar de ninguna forma, pues Spring fue quien interrumpió la conversación.

—Ya que estamos hablando de nombres… —empezó diciendo mientras esperaban a que cargase la partida. Jaky ladeó la cabeza con curiosidad. Notó algo extraño en su tono habitualmente sereno. Hablaba mucho más rápido—. Me llamo Emma y me gustaría que os refirieseis a mí como una chica a partir de ahora.

Ninguno dijo nada. Jacobo lo entendió enseguida y se movió en la silla con un carraspeo, pero casi podía oír los engranajes de la cabeza de Barna funcionando a toda velocidad. Se mordió los labios por quincuagésima vez ese día, aguantándose las ganas de reírse. Después de unos larguísimos e incómodos treinta segundos de silencio, Barna dijo:

—¡Ah, coño! Bueno, coño no…

Jacobo se mordió el pulgar para que no se le escapase una carcajada. El momento de comprensión, la voz aguda, la elección de palabras. Barna siempre le hacía gracia, hiciese lo que hiciese.

Emma fue la primera en reírse con una pedorreta y luego le siguieron los otros.

Fue un poco extraño al principio. Barna pedía perdón constantemente cuando se equivocaba al referirse a ella, pero enseguida se acostumbraron. Al fin y al cabo, Spring seguía siendo Spring. Su mejor amiga, la que completaba el trío, la mejor jugadora del equipo y la razón por la que habían podido entrar en torneos nacionales —aunque al final siempre quedasen finalistas—.

—Por lo menos dinos una letra —le dijo Jacobo a Barna un día, desesperado por recibir todo el rato un «no» por respuesta. Escuchó al otro chasquear la lengua como solía hacer cuando quería hacerse el interesante, y Jacobo aguantó la respiración, seguro por un segundo de que iba a decir su nombre.

—Lleva la erre.

Jacobo frunció el ceño y puso los ojos en blanco.

—¿Raúl? —preguntó Emma, y Barna jadeó, sorprendido. Por otro esperanzador instante, Jacobo creyó que su amigo iba a confirmarlo.

—¡No! Pero te regalo munición por intentarlo. No he dicho que empiece por la erre.

A Jacobo le frustraba no ponerle cara ni nombre a la persona con la que hablaba todas las noches; a veces parecía un sueño más que alguien real. Pero no podía enfadarse con él, por mucho que le hiciera creer por momentos que le iba a decir cómo se llamaba —ya tenía la erre y la a— y se metiera con su altura, aunque no la supiera —ni pensaba decírsela—. Barna era uno de esos chicos difíciles de encontrar, de los que emanaban un magnetismo contra el que no se podía luchar. El carisma personificado, azúcar quemado, la calidez en el pecho después de una risa bien necesitada. Si Spring era la experta en las partidas, Barna era el pegamento que los unía.

Jacobo simplemente estaba ahí, suponía.

Barna convertía los defectos en algo entrañable. Una semana antes de Halloween, cuando Jacobo estaba emocionado por el día en el que iba a invitar a sus primos a casa para ver películas de terror, preguntó si habían preparado algo. Le gustaba saberlo; se contagiaba del espíritu de esa fiesta.

—Una amiga mía quería celebrar una maratón de series en su garaje, pero no sé si iré —comentó Emma. Barna no dijo nada durante unos segundos y Jacobo supuso que estaba muy ocupado escondiéndose de los enemigos detrás de unas cajas. Entonces su amigo soltó un jadeo y dijo:

—Espera, ¿ya es octubre?

No tardaron en estallar en carcajadas, momento en el que la tetera empezó a sonar. Barna vivía en sus propias nubes, en una galaxia muy muy lejana. Llegaba tarde cuando quedaban para jugar y, a veces, incluso se olvidaba de los torneos. Y hasta eso a Jacobo le parecía adorable.

A partir de ese momento, comenzaron a usar «¿Es octubre?» como código. Cuando estaban en chats con más gente y necesitaban saber si el lugar estaba despejado o si tenían que abrir fuego. Luego, la broma les salía sola y ya era parte de su vocabulario del día a día. Porque por supuesto que Barna se les iba a meter debajo de la piel hasta en las cosas más cotidianas.

Quedaba poco para que terminase el año y en casa de Jacobo estaban ultimando los detalles de las fiestas. Tenía una familia enorme que se ampliaba aún más en Navidades. Jacobo pensaba que tenía suficiente con sus seis hermanos; uno mayor que él, cinco más pequeños. Uno de ellos recién nacido. Le había tocado aprender a cambiar pañales en contra de su voluntad, así como compartir la PlayStation con dos niños que le habían borrado la partida del Spyro por guardar encima de la suya y que, de vez en cuando, revoloteaban alrededor de su ordenador mientras jugaba con Barna y Emma, colgándose de su brazo y preguntando si podían jugar también, discutiendo por la atención de su hermano. Se instaló un pestillo en cuanto uno de ellos, el que tenía nueve años, amenazó con contarle a su padre que estaba «jugando a cosas con sangre». El pestillo duró dos días. Lo bueno de sus padres era que le dejaban jugar a consolas porque siempre se aseguraba de traer buenas notas a casa. Lo malo era que en esa casa no existía la privacidad en ninguna de las formas. Ya había visto más de una vez la pantalla del Windows con el mensaje «Contraseña incorrecta»; ni siquiera se esforzaban en disimular.

Así que Jacobo no podía alegrarse por unas fiestas en las que veía a más familia aun cuando su casa parecía la versión católica —y caótica— de Los Serrano.

Barna llevaba días hablando de cómo se iba a poner hasta el culo en Nochebuena, que se iba a emborrachar en Nochevieja y que iba a sacarle toda la pasta a su padre por Reyes Magos. Estaba emocionadísimo, pero a Jacobo le daba pereza cada vez que tenía que pensar en reunirse con todos sus tíos, primos y abuelos, la mayoría tan conservadores que le daban ganas de esconderse debajo de la mesa, aunque se quemara el cuerpo entero con el brasero. Prefería convertirse en carbón dulce para los Reyes que tener que aguantarlos.

—Nos quedaremos en la casa de Rivas de mi tío, así que no podré jugar durante un par de días —suspiró—. Por lo menos es una casa grande. Me podré esconder de mis hermanos en cualquier sitio.

Esperaba la broma que probablemente estuviera pendiendo de la punta de la lengua de Barna, pero entonces Emma ahogó un grito de sorpresa.

—Espera, ¿Rivas? ¿Rivas-Vaciamadrid?

Jacobo tardó en darse cuenta de que lo había soltado sin querer y esbozó una mueca, insultándose mentalmente. Aunque, ahora que lo pensaba, no le importaba. Conocía a sus amigos desde hacía casi tres años. Ninguno iba a presentarse en la puerta de su casa para clavarle un cuchillo.

—Sí. Supongo que ya da igual, pero vivo en Móstoles.

Emma ahogó otro grito. Era la primera vez que la escuchaba tan emocionada.

—¿En serio? ¡Jaky, yo soy de Madrid capital! ¡Podemos conocernos si quieres!

Jacobo no era de sonreír mucho, solía restringirse las expresiones porque su boca era demasiado grande y las mejillas devoraban sus ojos. Ni siquiera lo hacía en soledad, pero esa noche se permitió sonreír hasta que le dolió.

—¡Me encantaría! Voy a estar todas las Navidades de casa en casa por Madrid, así que sería perfecto.

—¡No me lo puedo creer, tío, qué casualidad!

Comenzaron a hablar muy animados durante la partida sobre las cosas que podían hacer, incluso aunque fuera una sola tarde. Podían ir a la Fnac y al GameStop a ver videojuegos. Jugar en unas máquinas recreativas que Spring conocía. Cenar en Gran Vía y bajar hasta plaza de España a tomar algo.

Estaban tan felices en su propia burbuja que ninguno se dio cuenta de que Barna habló solo con monosílabos el resto de la noche.

Odiaba el metro de Madrid. Agobiaba tanto en invierno como en verano, así que Jacobo se tenía que quitar todas las capas de ropa y ponérselas en cuanto entraba y salía por los tornos. Sentía una pátina asquerosa de sudor frío en la espalda y la cara, así como las manos sucias, en cuanto subía las escaleras de la estación.

Quizá solo estaba agobiado por el miedo; no era la persona más extrovertida del mundo, ni siquiera de su núcleo familiar. El abrigo que su madre le había obligado a ponerse no ayudaba, pues era grueso y pesado, le hacía sentir como si llevara una camisa de fuerza. Lo único que lo tranquilizaba era que sabía que Emma no iba a juzgarlo, que eran muy similares en cuanto a personalidad, aunque ella daba miedo cuando se enfadaba durante las partidas y tenía un humor seco que a Jacobo le hacía bastante gracia. Salió a Callao y jugueteó con su bufanda, mirando alrededor mientras se aclaraba la garganta para asegurarse de que no se le quebraba la voz. Por suerte, el tono le había cambiado bastante desde la primera vez que hizo llamada con Barna y Spring —un momento que aún le hacía gruñir por las noches de la vergüenza cuando lo recor

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