Prólogo
Arizona, 1768
Con sigilo, el cazador avanzó entre los árboles. Su aliento se hacía visible en el aire fresco de la mañana mientras las hojas crujían bajo los mocasines de piel de un modo casi imperceptible. El olor a tierra húmeda y a musgo llenaba todos los rincones.
El bosque estaba en pleno esplendor otoñal y las ramas desnudas de los árboles se alzaban hacia el cielo con sus hojas amarillas y marrones formando un dosel dorado.
Águila Rojo sacó una flecha del carcaj y se detuvo un momento, cerrando los ojos para saborear el aire. El viento soplaba con suavidad, llevando consigo el aroma a resina de los pinos cercanos.
Sin dejar de caminar, siguió el rastro de huellas frescas en el suelo. Podía sentir en su sangre que el animal se hallaba cerca. Se trataba de un venado que merodeaba desde hacía un par de días por la zona.
Finalmente llegó a un claro. Allí, entre los árboles, vio al majestuoso ciervo de cola blanca. Sus astas se alzaban hacia el cielo, y su pelaje, un mosaico de tonos castaños y grises, no se terminaba de camuflar con los colores que predominaban en el bosque. Era un ser lleno de elegancia; alto, de cuerpo delgado y con cuello esbelto.
La cuerda del arco emitió un débil suspiro al ser llevada hacia atrás soportando el peso de la flecha.
Ajeno al acecho de la muerte, el animal inclinó la cabeza sobre el delgado arroyuelo de aguas limpias y cristalinas.
Águila Rojo contuvo el aliento; y unas décimas de segundos antes de soltar la flecha, el sonido de un disparo alertó al ciervo, que levantó la cabeza y lo miró fijamente. Por un instante, pareció evaluarlo, sopesando si debía huir o enfrentarlo. Un segundo disparo lo instó a saltar al otro lado del agua y escapar.
El joven apache, con un suspiro cargado de resignación y molestia, devolvió el arco a su estado natural, al tiempo que escudriñaba los alrededores. Buscó entre los árboles al intruso que había perturbado la paz del bosque y le había hecho perder su preciada presa.
Movido por una curiosidad inusual, descubrió el lugar donde continuaban los disparos. Contempló la escena desde su posición en lo alto del desfiladero. Abajo, tres pistoleros formaban un círculo amenazante alrededor de un hombre que se refugiaba detrás de las rocas. La desdicha del sujeto era palpable; su cuerpo maltrecho apenas sostenía el revólver en alto. Águila Rojo se preguntó qué historia había llevado a aquel hombre a enfrentar tal adversidad en medio de aquel inhóspito paisaje, pues ni siquiera era un lugar de paso.
Su curiosidad se mezcló con una extraña empatía al observar la escena, y por un instante se sintió conectado con el destino del solitario pistolero.
Podía marcharse de allí con total tranquilidad, pues el conflicto no le incumbía. Sin embargo, algo que no pudo definir lo retuvo allí. Tal vez fue la percepción de que el pistolero maltrecho tenía una edad similar a la suya, o quizá intuyó que los otros no eran precisamente personas de buena calaña. A pesar de su aversión a interferir en disputas entre blancos, algo en él lo impulsó a quedarse y a considerar la posibilidad de ayudarlo.
Con un suspiro, decidió que no tenía otra cosa más importante que hacer, ya que el ciervo se habría escondido en cualquier lugar.
Lanzó la primera flecha y su silbido cortó el aire. Uno de los pistoleros cayó al suelo, después lo siguió un segundo, gimiendo de dolor. El tercero, sorprendido, se giró hacia el bosque, buscándolo, pero él se había ocultado tras los árboles.
—¡Apresurémonos! —exclamó uno de los bandidos, aún con la flecha atravesándole el brazo y la sangre chorreando por este, mientras corría hacia los caballos.
El primer hombre caído yacía sin vida, la saeta había atravesado su garganta. Los demás se alejaron sin perder un segundo.
El joven herido, apenas consciente, se arrastró hacia las rocas, olvidando su revólver sobre la tierra. La sangre manchaba su camisa, y respiraba con dificultad.
Águila Rojo se acercó con cautela y observó sus ojos vidriosos. Sin pensarlo, se agachó y lo levantó en sus brazos. El peso era más de lo que esperaba, pero no titubeó. Estaba acostumbrado a cargar con piezas grandes cuando cazaba.
Con pasos lentos pero firmes, trasladó al herido a través del bosque. El campamento apache estaba a una distancia segura, y allí podrían cuidar de él hasta que sanara o hasta que la muerte viniera a reclamarlo. Lo importante era que no cerrara los ojos.
—¿Quién eres? —le preguntó Águila Rojo.
—Mi nombre es Cash —respondió el joven en un murmullo confuso.
—No te duermas todavía.
—¿Por qué me ayudas?
El apache no respondió. No había una razón lógica. Solo sabía que, en ese momento, había elegido la compasión sobre la indiferencia.
Águila Rojo siguió adelante, llevando consigo al que más tarde se convertiría en su hermano.
Londres 1777
En la tienda de Barney, la clientela comenzaba a dispersarse a última hora de la tarde. La joven Lucy, hija del dueño, recogía los productos más delicados, disponiéndolos con cuidado en el almacén, mientras Barney atendía a una vecina con cintura estrecha y caderas amplias, que cuando caminaba parecía una enorme campana. Fiona poseía un cuerpo extraño y un cuello larguísimo, pero lo peor de todo era sin duda su lenguaje soez y desubicado, y que, además, era la más chismosa de la localidad.
Barney apostaba a que, de no haber estado allí Fiona, la joven dama de largos cabellos oscuros que esperaba fuera habría entrado. Él tenía buena mercancía y estaba acostumbrado a servir a toda clase de público, pero en particular le gustaba mucho esa joven. Ella era dulce y amable y siempre conseguía sacarle una sonrisa a él y a su hija.
La puerta se abrió y Barney alzó la cabeza pensando que la dama por fin se había atrevido a entrar, pero quien lo hizo fue la doncella que siempre la acompañaba.
—Buenas tardes, Barney.
—Buenas tardes, señorita Brigitte, ya tengo su pedido preparado.
—No se moleste, no tengo prisa, esperaré a que acabe con la señora.
La campanilla de la puerta anunció una nueva entrada. Esta vez se trataba de un hombre vestido de oscuro que se abrió paso hasta el mostrador.
—Enseguida termino —le advirtió Barney, llamando a su hija—. Lucy, ve despachando a la señorita Brigitte.
De manera inesperada, el recién llegado extrajo un largo cuchillo y, agitando el brazo, forzó a los ocupantes a que se reunieran todos frente a él para no perder a ninguno de vista.
—Nadie resultará herido si hacen lo que yo les diga —amenazó con voz dura y peligrosa.
La misma Fiona, que nunca paraba de hablar y maldecir, guardó un profundo silencio. Brigitte, en cambio, exclamó con terror, cubriéndose la boca con la mano, y Barney, con su orondo cuerpo, se antepuso ante las mujeres para protegerlas.
—No hay mucha recaudación, pero cógela y sal de mi tienda.
El bandido saltó por encima del mostrador y con una mano sacó el dinero del cajón sin dejar de apuntar el arma hacia ellos, vigilándolos.
La puerta se abrió otra vez y Barney miró asustado a la joven dama que con paso lento llegó hasta el centro del establecimiento. Vestía una capa corta negra que contrastaba notablemente con su piel clara y satinada.
—¡Milady! —advirtió Brigitte con las pupilas dilatadas—. ¡Están robando!
La dama no se inmutó y siguió caminando con asombrosa tranquilidad. Sus ojos verdes se clavaron sobre el asaltante cuando él volvió a pasar sobre el mostrador.
—Estoy segura de que el caballero no pretende hacer eso. —Su voz, como siempre dulce y educada, se dirigió al hombre con amabilidad—. Usted no quiere eso, ¿verdad?
Después de evaluar a la muchachita, sonrió ufano, pues no veía que le supusiera peligro alguno.
—Eso es lo que pretendo, milady. —Reparó en las perlas que lucía en el cuello y en las orejas y le ordenó que se las quitara.
Sin alterarse, ella levantó una mano hacia su cara, mientras que de la otra salió disparada una daga con mango nacarado que impactó en el cuchillo del ladrón, desarmándolo. El acero chocó con un sonido metálico, y el sujetó retrocedió, sorprendido.
A nadie le dio tiempo de exclamar o pestañear, ni siquiera al individuo que, estupefacto, se llevó con dolor la mano a la boca. Al momento siguiente, la dama atrapó un atizador dorado, expuesto a la venta, y presionó con la punta en el cuello del sujeto. El hierro frío contra la piel del bandido, la tensión en el aire y el fulgor de la determinación en los ojos de la dama crearon un instante suspendido en el tiempo. Las miradas se entrelazaron: la del ladrón, desconcertado; y la de ella, implacable.
Con voz firme, la joven se dirigió al hombre:
—Señor, devuelva ahora todo lo guardado en los bolsillos y, tras disculparse, puede abandonar la tienda de Barney, si no desea que trinche su garganta como un pavo en Navidad.
El hombre la miró incrédulo. Dudaba mucho que la dama cumpliera su palabra. Apenas era una polluela recién salida del cascarón y él, indudablemente, era más fuerte. Se movió hacia un lado para alejarse del pincho frío que se apoyaba en su garganta. En ese momento, Brigitte corrió a recoger la daga de su señora, por lo que él desvió unos segundos la vista. Al hacerlo, la dama le golpeó con fuerza en los tobillos con el atizador, obligándolo a caer sobre sus rodillas. El ladrón, en su arrogancia, subestimó a la joven, sin imaginar que ella guardaba más astucia y valentía de lo que aparentaba.
—¡Raspa monedas! —chilló Fiona al verlo en el suelo—. ¡Qué te has creído, bastardo malnacido!
Barney aprovechó el momento y se lanzó sobre él, golpeándolo con fuerza en la mandíbula. El bandido perdió la consciencia.
En la ciudad, un otoño dorado y melancólico envolvía las calles adoquinadas, y el aire fresco olía a hojas secas y a humo de chimeneas.
La dama vivía a dos manzanas de la tienda de Barney, en una casa de fachada elegante y ventanas con cristales empañados.
Durante el trayecto, Brigitte no cesó de regañar a la joven por semejante temeridad y, sobre todo, por su imprudencia. Agradecía que su señor, el hermano de ella, le hubiese enseñado a defenderse, pero eso no significaba que debiera exponerse al peligro como si nunca pudiera sucederle nada.
La dama no parecía ir escuchándola. Caminaba erguida por las estrechas calles salpicadas de farolas de gas, cuyas luces parpadeaban como luciérnagas en la penumbra. Los escaparates de las tiendas exhibían sus mercancías: sombreros de fieltro, guantes de cuero, relojes de bolsillo y vestidos de seda.
Capítulo 1
Lady Tracy Taylor Sullivan, hija del difunto conde de Blackwood, lloraba sobre los cobertores rosados de su dormitorio, y aunque tenía la cabeza bajo el almohadón, seguía escuchando el barullo que sus parientes formaban en el salón, celebrando la fiesta de cumpleaños de su tía Leonor.
Era del todo inaudito que osaran divertirse cuando pocas semanas antes les habían notificado la desaparición de James. Como si a nadie les importase lo más mínimo el destino de su hermano mayor, y lo peor es que se aprovechaban de lo que él había conseguido con esfuerzo y dedicación toda su vida.
Tracy había tenido la esperanza de que anularan aquella fiesta, empero allí estaban todos, disfrutando de una velada alegre como si nada hubiera pasado. Ninguno de ellos tuvo la delicadeza de guardar cierto respeto y comenzaban a disputarse su herencia como una jauría de galgos ante su presa. Incluso sir Richard Stanford, su tío, empezó a mover papeles para convertirse en tutor legal de ella y de Jacob, sin esperar siquiera a confirmar que James hubiera fallecido.
Ella quería creer que él seguía con vida. Todavía podía sentirlo. James era un hombre muy responsable, dueño de los mayores astilleros del puerto de Plymouth, y había viajado a las Indias, como tantas otras veces, para inspeccionar una de sus oficinas comerciales. Solo que esta vez, su fragata no había llegado a destino y todos barajaban la posibilidad de que hubiera sido asaltado por algún barco pirata.
Desde las Indias, su amigo y hombre de confianza, Anthony Willis, fue el que dio la voz de alarma avisando, en una escueta nota, sobre su preocupación por la demora del viaje. Y ahora Tracy se arrepentía de haberle confesado a su tía Leonor que su hermano podía estar en peligro.
El correo de James seguía llegando y se acumulaba en su despacho junto con facturas impagadas. Sir Richard no tenía ni idea de contabilidad y, así y todo, se comprometió para ocuparse de ello, pero Tracy se dio cuenta de que seguía sin abonar los recibos y varios seguros los amenazaban con dejarlos. Los socios de James estaban completamente alborotados y ella se sentía atada de pies y manos, ya que con su juventud no le permitían tomar las riendas de la empresa. Por su juventud y por ser mujer.
Desde que murieron sus padres, hacía varios años, James, como cabeza de familia, se había responsabilizado de ella y de Jacob. Antes, el mayor de los Taylor se enfrentó a sir Richard, quien acusó a James de ser un hombre muy ocupado para cuidar de ellos. Por suerte, su tío no lo consiguió, y también por el empeño de James en abrirse paso en el negocio mercante y a sus buenas relaciones militares. Había sido oficial del ejército de la Promesa Victoria y era una persona muy admirada y reconocida en Londres.
James amaba a sus hermanos y juntos habían compartido muchas cosas. Tanto que ninguno había podido pensar que algo de eso pudiera suceder; y si era cierto que James había muerto, ellos no tenían más remedio que dejarse tutelar por Richard y Leonor. Aunque nunca habían demostrado ser malas personas, no eran lo que James hubiera deseado. Su tío, a pesar de llevar muchos años casado, era bien conocido por sus escandalosas infidelidades, cosa que Leonor parecía haber asumido con demasiada facilidad.
—¡Lady Tracy! —Golpearon la puerta—. Soy yo, Brigitte. ¿Puedo pasar?
La joven sacó la cabeza de debajo de la almohada y con ojos turbios observó la puerta como si pudiera atravesarla para ver a su criada.
El dormitorio reflejaba su posición acomodada. Las paredes, revestidas con un papel pintado de tonos suaves, adornado con motivos florales y dorados. La cama, con dosel y sábanas de lino blanco, que ocupaba el centro de la habitación. Un tocador de caoba con espejo ovalado situado junto a la ventana, donde las cortinas de seda se mecían con la brisa otoñal. El suelo de madera, cubierto por una alfombra persa, y una chimenea de mármol que en ese momento solo contenía brillantes ascuas.
—No voy a bajar, Brigitte.
—Sir Richard me ha pedido que venga a buscarla. La está esperando.
Tracy se incorporó lanzando el cojín con ira contra el suelo, como si de aquella manera pudiera quitarse la rabia de encima. Caminó hacia la puerta con pasos firmes y abrió con desgana.
—¡He dicho que no pienso ir! —Se hizo a un lado para que Brigitte entrara y volvió a cerrar—. ¡Es vergonzoso que hagan esto! ¡Si de verdad piensan que mi hermano ha muerto, no tienen nada que celebrar, y menos en esta casa! ¡Quiero que se marchen todos! ¡No soporto escucharlos ni un minuto más!
La sirvienta susurró:
—Baje la voz, milady, su tío podría oírla.
—¡Que lo haga! —chilló furiosa—. ¿Y vosotros? No tenéis derecho de obedecerlos. Trabajáis para nosotros ¿Por qué hacéis esto? ¿Por qué no sois capaces de cumplir mis deseos? —Enfrentó a la doncella con las manos en las caderas y un brillo muy peligroso en sus ojos verdes—. ¡Cuando mi hermano regrese, os despedirá a todos!
La criada, con manos temblorosas y la mirada baja, se encogió ante la reprimenda. Su delantal de algodón estaba arrugado, y sus dedos jugaban nerviosamente con los pliegues.
—Milady, por favor, no se ponga así. Estamos deseando que el señor vuelva, de verdad.
—¿Entonces por qué os comportáis así?
—Sir Richard nos ha amenazado con despedirnos. Él asegura que el señor James no aparecerá. —Tracy abrió la boca para replicar, pero Brigitte alzó las manos—. Yo también sé que su hermano vive y está bien. En realidad, todos confiamos en ello, pero debe entendernos.
—¡No!, ¡no lo entiendo!, ¡esta es mi casa! —Se paseó furiosa por la habitación—. Habéis permitido que mi tío la llene con desconocidos y que vacíe las bodegas con gente extraña. James se pondrá furioso cuando se entere. ¿Y qué pasa conmigo? Nadie hace lo que les pido. ¿Crees que después de esto mi hermano permitirá que os quedéis? —Negó con la cabeza. Llevaba el cabello recogido, pero varios mechones negros, despeinados, caían sobre sus delgados hombros—. Dolly será la primera en salir por esa puerta. —Señaló la ventana que daba a la fachada principal de la residencia.
Brigitte se mordió el labio inferior, sintiendo el peso de aquellas palabras sobre sus hombros. Aunque su voz apenas era un murmullo, respondió:
—La cocinera no tiene nada que ver en esto, señorita.
—¿Que no? —Tracy bufó con exasperación.
—Nadie tiene nada que ver. —Brigitte no sabía cómo hacer para que la joven lo entendiera—. Sir Richard es el dueño...
—¡El dueño de nada! —chilló—. ¡Mi hermano es el conde de Blackwood! ¡El dueño! ¡Yo soy la dueña!
—Lo comprendo, pero la actitud que usted está adoptando no le hará ningún bien. Trate de calmarse. Vaya a ver a su tío a ver qué quiere y hable con él.
Tracy se sentó sobre la cama y hundió la cara entre las manos, llorando de nuevo.
—Milady. —La doncella se acercó a ella y con dulzura le acarició el cabello—. Por favor, no se ponga así. Son muchos años los que llevo trabajando en esta casa y siempre estaré de su parte.
—No puedo más, Brigitte —sollozó desesperada—. No soporto más esta incertidumbre de saber qué ha pasado con mi hermano. —Se pasó una mano por la cara retirándose las lágrimas—. Él puede estar herido en alguna parte, o en peligro... y nosotros aquí, celebrando una dichosa fiesta.
Brigitte se acuclilló ante ella observándola con pena. Entendía a la joven, y si de ella hubiera dependido, habría echado de la casa a los parientes de Tracy, pero ella no era más que una simple doncella.
—Yo sé que mi hermano no ha muerto.
Brigitte se mordió el labio y bajó la mirada hacia las abultadas faldas de Tracy.
—He escuchado algo que no le gustará, milady.
—¿De qué se trata?
La doncella dudó unos segundos. Por fin alzó sus ojos hacia el rostro de la muchacha, porque tarde o temprano se iba a enterar.
—Su tío quiere buscarle un esposo.
—¿¡Qué!? ¡Ah, no! —La furia se volvió a apoderar de ella—. ¡Claro que iré hablar con mi tío! ¿Qué se habrá creído el mentecato ese? —Se puso en pie haciendo que Brigitte se apartara—. James me prometió que nunca me obligarían a casarme con nadie que no quisiera.
Muy airada, salió del dormitorio a pesar de no estar vestida como para una fiesta, pues continuaba llevando el vestido mañanero, y tampoco se molestó en arreglar su cabello negro como la noche.
En la escalinata se cruzó con varios desconocidos que conversaban. Todos estaban entusiasmados con la fiesta de Leonor, y Tracy pasó a su lado sin molestarse en presentarse ni en conocerlos.
La sala de baile, iluminada por candelabros de cristal, desbordaba elegancia y opulencia. Las paredes estaban tapizadas con terciopelo rojo, y los espejos dorados reflejaban la danza frenética de los invitados. El suelo de madera crujía bajo los zapatos de los bailarines, y el aroma a rosas y sándalo se mezclaba con el perfume de las damas.
Sobre la tarima, los músicos entonaban una alegre cuadrilla.
Buscó por el salón a su tío, a medida que sentía crecer su enojo más todavía. Seguramente estaría en algún rincón, observando la fiesta con su mirada aguda y su bastón de ébano.
La música y las risas se desvanecían a su alrededor mientras avanzaba, decidida a encontrarlo. Era como una bestia salvaje que amenazaba con devorarlo todo a su paso.
Se detuvo bajo el umbral de la sala de baile y se dio cuenta de que en verdad no conocía a nadie, de que aquellas personas eran ajenas a su vida y a la de James. Pero se espabiló en cuanto vio a sus sirvientes portando las bandejas que, con educación, iban ofreciendo a los invitados.
Leonor se encontraba reunida con un grupo de damas que charlaban animadas junto a la amplia chimenea que ocupaba uno de los muros del comedor. Su vestido, confeccionado en seda color champán, se ajustaba a su figura con elegancia. Poseía un escote adornado con encaje y perlas, y las mangas, largas y ceñidas en los puños, estaban rematadas con encaje a juego. Sus manos sostenían una copa de cristal tallado.
Leonor no escatimaba en joyas: pendientes de diamantes colgaban de sus lóbulos, y varios anillos adornaban sus dedos. Su cabello, recogido en un moño elaborado, estaba coronado por una peineta de diamantes.
Cuando vio a Tracy, se apresuró hacia ella, tomándola del brazo con fingida efusión. Sus ojos evaluaron el vestido sencillo de su sobrina. No era lo que esperaba de una joven de su posición.
—Tracy, ¿por qué no te has vestido todavía? —inquirió—. ¡Debes arreglarte ese pelo! ¡Mira cómo vas! ¿Acaso quieres avergonzarnos?
—Vergüenza os debería de dar a vosotros por disfrutar de una fiesta cuando mi hermano puede estar muerto —respondió, soltándose.
Con el rostro rojo, Leonor volvió a tomarla del brazo, esta vez con algo más de fuerza.
—Sube ahora mismo a tu cuarto y te cambias de ropa si quieres estar aquí.
—¡No quiero! Suéltame ahora mismo, tía, si no deseas que me ponga a chillar y mortifique a todos tus invitados.
Leonor se apartó y con ojos preocupados buscó a Richard.
—Tu tío...
—Es con él con quien tengo que hablar.
Leonor empujó a Tracy hacia el vestíbulo con una furia apenas contenida. El espacio era amplio y majestuoso, con altos techos ornamentados y un suelo de mármol pulido que reflejaba la luz de las arañas de cristal.
—¡Tracy, esto es inaceptable! ¿Cómo te atreves a presentarte así delante de nuestros invitados? —Su voz resonó, haciendo eco en las columnas de piedra.
La joven apretó los puños.
—Luego tendrás que darle explicaciones a mi hermano, tía Leonor. Y yo me aseguraré de que conozca toda la verdad.
—Voy a buscar a tu tío —dijo recogiéndose las largas faldas de seda—. Te mereces un castigo por lo que estás haciéndome pasar. ¡Menuda clase de educación te dio James! ¡Nunca debió hacerse cargo de ti!
Tracy no pudo replicar porque su tía se alejó por el corredor que había bajo las escaleras y porque al levantar la vista se encontró con los ojos de Jacob, que la observaba preocupado.
—¿Qué haces ahí? —le preguntó con dulzura.
—Mirar.
—¿Por qué no subes a tu cuarto? Me reúno enseguida contigo.
—¿Lo prometes?
Ella asintió fingiendo una sonrisa que no alcanzó a sus ojos y lo persiguió con la vista hasta que desapareció.
En la galería varios grupillos se habían vuelto a contemplarla con interés mientras cuchicheaban en silencio. Solo un hombre que acababa de llegar y que en ese momento le estaba entregando el abrigo a uno de los sirvientes se mostraba indiferente con ella y con el resto de las personas. Vestía un traje oscuro de corte elegante.
Tracy se dirigió hacia él con paso decidido y detuvo al criado antes de que se llevara las prendas para guardarlas.
—La fiesta se ha acabado —le informó—. Brandon —llamó al criado—. Entrega al caballero su abrigo y ve sacando los de los demás.
El recién llegado la miró molesto, con el ceño fruncido y los ojos entornados.
—Deseo hablar con sir Richard Stanford.
—Puede hacerlo en otro momento.
—No, señorita, no puedo hacerlo en otro momento. Soy socio de lord James y me urge hablar con la persona a cargo de los astilleros.
—Y yo soy lady Tracy, hermana del conde. No hay nadie a cargo de los astilleros hasta que el señor Willis venga y se ocupe de ellos, aunque es posible que mi hermano llegue antes. Si no quiere nada más...
—El señor Willis no vendrá —respondió él, tajante.
Tracy se echó hacia atrás para poder ver bien el rostro del caballero.
—¡Claro que vendrá!
—Lo siento, milady, pero ha sufrido un accidente y se encuentra muy grave.
Tracy, con el corazón en un puño, sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. La noticia la golpeó como una ola furiosa. Sin decir palabra se dirigió hacia la escalera que conducía a su habitación. No deseaba que nadie la viera vulnerable, pues las lágrimas amenazaban con desbordarse y sentía que apenas podía respirar.
Capítulo 2
En el interior de un carruaje de alquiler, Tracy y su hermano pequeño se aferraban a la única esperanza que tenían, mientras las ruedas crujían sobre las calles adoquinadas de Londres. La noche estaba envuelta en un manto de oscuridad y misterio, y el aire frío se colaba por las rendijas del coche. Habían detenido el vehículo a dos manzanas de su calle, en una esquina solitaria por la que no solía pasar nadie. El cochero, un hombre de rostro curtido y ojos cansados, los había recogido sin hacer preguntas.
Avanzaban con lentitud en dirección al puerto, y el ruido de los cascos de los caballos resonaba en el silencio.
Frente a los hermanos se apilaban las pertenencias que habían podido recoger antes de huir de su hogar. Una maleta desgastada, un par de abrigos y una pequeña bolsa con monedas.
Tracy observó de refilón a Jacob, que acababa de cerrar los ojos sobre su hombro. Sabía que seguía despierto y que se encontraba tan asustado como ella.
Se maldijo de nuevo por no prestar atención a lo que pasaba bajo su techo, si no, podría haber evitado muchas cosas. De hecho, debía agradecer haber escuchado la llamada de auxilio de Jacob.
Hundiendo la cara en el cabello del muchacho, cerró los ojos permitiéndose descansar unos minutos y respiró hondo. Estaba muerta de miedo, pero también sentía mucha rabia y odio.
—¿Crees que nos vio salir alguien? —preguntó Jacob sin despegar los ojos.
Ella alzó la cabeza y se encogió de hombros.
—No estoy segura. Los empleados se alojan junto a la cocina y desde ahí es difícil que nos escucharan.
—¿Y si lo han hecho, Tracy?
Volvió a respirar hondo y soltó el aire por entre los dientes.
—No he visto que saliera nadie detrás de nosotros.
—¿Dónde vamos a ir?
—No lo sé. Supongo que en el primer barco que nos saque del país.
—¿Y si James vuelve a casa y no nos encuentra?
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de la joven.
—Jacob, ahora lo que importa es alejarnos. No sé qué sucederá desde este momento, pero debemos estar unidos y ser fuertes. ¿Lo harás por mí?
Sin cambiar su posición, el muchacho asintió.
El carruaje entró en la calle del puerto y ella se enderezó.
—Jacob, levanta. Estamos llegando.
Él la obedeció y se apretujó el pecho con las solapas de su chaqueta. Tracy lo miró y el nudo que tenía en la garganta creció hasta casi no dejarla respirar.
El rostro de su hermano, siempre hermoso, era ahora como el de un monstruo deforme. Su mandíbula y su nariz se hallaban hinchadas y no podía abrir uno de sus ojos, que tenía el aspecto de una nuez cerrada.
Le acarició el cabello con dulzura, revolviéndoselo.
—Todo saldrá bien. Somos los Taylor y nadie puede con nosotros. Repite conmigo. —Esperó a que él lo dijera al mismo tiempo—. Somos los Taylor y nadie puede con nosotros.
—¿No tienes miedo, Tracy?
—Estoy aterrada —le confesó. Desde que habían salido de casa, la imagen de su tío Richard, tendido en el suelo junto a la cama, no dejaba de proyectarse en su mente—. Pero
