Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Agradecimientos
Glosario de términos y nombres propios
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Epílogo
Notas
Sobre la autora
La Hermandad de la Daga Negra
Créditos
Grupo Santillana

DEDICADO A TI.
NO TE ENTENDÍ AL PRINCIPIO
Y ME DISCULPO POR ESO.
PERO GRACIAS A TU MANERA DE SER,
DE TODAS FORMAS INTERVINISTE
Y LO SALVASTE NO SÓLO A ÉL,
SINO A MÍ EN ESTA MISIÓN.
Agradecimientos

QUIERO EXPRESAR MI INMENSA GRATITUD A LOS LECTORES DE LA «HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA», Y LES MANDO UN SALUDO CALUROSO A LOS CELLIES.
MUCHÍSIMAS GRACIAS A KAREN SOLEM, KARA CESARE, CLAIRE ZION, KARA WELSH.
GRACIAS A DORINE Y ANGIE, POR CUIDARME TANTO.
Y UN AGRADECIMIENTO ESPECIAL TAMBIÉN A S-BYTE Y VENTRUE POR TODO LO QUE HACEN GRACIAS A LA BONDAD DE SU CORAZÓN.
COMO SIEMPRE, MUCHAS GRACIAS A MI COMITÉ EJECUTIVO: SUE GRAFTON, JESSICA ANDERSEN, BETSEY VAUGHAN.
Y MI COMPAÑERO. Y MIS RESPETOS PARA LA INCOMPARABLE SUZANNE BROCKMANN.
A DLB, ¿SABES QUÉ? TU MAMÁ TODAVÍA TE ADORA. A NTM, COMO SIEMPRE, CON AMOR Y GRATITUD. COMO VOSOTROS BIEN SABÉIS.
Y TENGO QUE DECIR QUE NADA DE ESTO SERÍA POSIBLE SIN: MI ADORADO ESPOSO, QUE SIEMPRE ME APOYA.
MI MARAVILLOSA MADRE, QUE ESTÁ CONMIGO DESDE… BUENO, DESDE EL PRINCIPIO.
MI FAMILIA (TANTO AQUELLA A LA QUE ME UNEN LAZOS DE SANGRE COMO AQUELLA QUE ELEGÍ LIBREMENTE).
Y MIS QUERIDOS AMIGOS.
Glosario de términos y nombres propios

ahvenge (n.). Vengar, acto de retribución mortal, ejecutado generalmente por machos enamorados.
attendhente (n. f.). Elegida que atiende las necesidades más íntimas de la Virgen Escribana.
cohntehst (n. m.). Conflicto entre dos machos que compiten por el derecho a ser pareja de una hembra.
Dhunhd (n. pr.). Infierno.
doggen (n.). Miembro de la clase servil en el mundo de los vampiros. Los doggen mantienen las antiguas tradiciones de forma muy rigurosa, y son muy conservadores en cuestiones relacionadas con el servicio prestado a sus superiores. Sus vestimentas y comportamiento son muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su esperanza de vida es de quinientos años aproximadamente.
Elegidas, las (n. f.). Vampiresas destinadas para servir a la Virgen Escribana. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque de manera más espiritual que material. Tienen poca o ninguna relación con los machos, pero pueden aparearse con guerreros con objeto de reproducir la especie si así lo dictamina la Virgen Escribana, a fin de perpetuar su clase. Tienen la capacidad de predecir el futuro. En el pasado eran utilizadas para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Hermandad, y tras un periodo en que dicha práctica fue abandonada por los hermanos, ha sido recuperada.
ehros (n. f.). Elegidas entrenadas en las artes amatorias.
esclavo de sangre (n.). Vampiro, hembra o macho, que ha sido sometido para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha caído, en gran medida, en desuso, pero no es ilegal.
ghardian (n. m.). El que vigila a un individuo. Hay distintas clases de ghardians, pero la más poderosa es la que cuida a una hembra sehcluded.
glymera (n. f.). El núcleo de la aristocracia, equivalente, en líneas generales, a la flor y nata de la sociedad inglesa de los tiempos de la Regencia.
hellren (n. m.). Vampiro que ha tomado a una sola hembra como compañera. Los machos toman habitualmente a más de una hembra como compañera.
Hermandad de la Daga Negra (n. pr.). Guerreros vampiros muy bien entrenados que protegen a su especie contra la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una cría selectiva en el interior de la raza, los hermanos poseen inmensa fuerza física y mental, así como la facultad de curarse rápidamente. En su mayor parte no son hermanos de sangre, y son iniciados en la Hermandad por nominación de los hermanos. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven apartados de los humanos. Tienen poco contacto con miembros de otras clases de seres, excepto cuando necesitan alimentarse. Son protagonistas de leyendas y objeto de reverencia dentro del mundo de los vampiros. Sólo se les puede matar infligiéndoles heridas graves, como disparos o puñaladas en el corazón y lesiones similares.
leahdyre (n. m.). Persona de poder e influencia.
leelan (n.). Término afectuoso que puede traducirse como «el más querido».
lewlhen (n. m.). Regalo.
lheage (n.). Término de respeto utilizado por un sometido sexual para referirse a su dominante.
mahmen (n. f.). Madre. Utilizado para efectos de identificación y también como término afectivo.
mhis (n.). El ocultamiento de un entorno físico determinado; la creación de un campo de ilusión.
nalla (f.) o nallum (m.) (n.). Amada o amado.
newling (n. f.). Virgen.
Ocaso, el (n. pr.). Ámbito atemporal donde los muertos se reúnen con sus seres queridos y pasan a la eternidad.
Omega, el (n. pr.). Figura malévola y mística, orientada a la extinción de los vampiros, debido a su resentimiento hacia la Virgen Escribana. Existe en un ámbito atemporal y tiene grandes poderes, aunque no el de la creación.
periodo de necesidad (n.). Periodos de fertilidad de una vampiresa, que generalmente duran dos días y que cursan con un intenso deseo sexual. Se presentan aproximadamente cinco años después de la transición de una vampiresa y cada diez años a partir de ese momento. Todos los machos responden en algún grado si están cerca de una hembra durante este periodo. Puede ser un tiempo peligroso, en el que se presentan conflictos y peleas entre machos competidores, particularmente si la hembra no se ha apareado.
pherarsom (adj.). Término que alude a la potencia de los órganos sexuales masculinos. Es la traducción literal de algo parecido a «digno de entrar en una hembra».
Primera Familia (n. pr.). El rey y la reina de los vampiros y todos los hijos que puedan tener.
princeps (n.). El más alto nivel de la aristocracia de los vampiros, sólo inferior a los miembros de la Primera Familia o a las Elegidas por la Virgen Escribana. Es un título hereditario que se adquiere sólo por nacimiento y no puede conferirse.
pyrocant (n.). Se refiere a una debilidad extrema en un individuo, la cual puede ser interna (como una adicción), o externa (como un amante).
rahlman (m.). Salvador.
restrictor (n.). Humano desprovisto de alma y perteneciente a la Sociedad Restrictiva que se dedica a exterminar vampiros. Los restrictores sólo mueren si reciben una puñalada en el pecho; de lo contrario son inmortales. No comen ni beben y son impotentes. Con el paso del tiempo, su cabello, piel e iris pierden pigmentación y se vuelven rubios, pálidos y de ojos apagados. Huelen a talco para bebés. Integrados a la Sociedad por el Omega, conservan su corazón extirpado en un jarrón de cerámica.
rythe (n.). Fórmula ritual de honrar a un individuo al que se ha ofendido. Si es aceptada, el ofendido elige un arma y ataca con ella al ofensor u ofensora, quien no opone resistencia.
sehclusion (m.). Estatus conferido por el rey a una hembra de la aristocracia. Coloca a la hembra bajo la dirección exclusiva de su ghardian, que por lo general es el macho más viejo de la familia y tiene el derecho de determinar todos los aspectos de la vida de la hembra, pudiendo restringir a voluntad sus relaciones con el mundo.
shellan (n.). Vampiresa que se ha apareado con un macho. Generalmente las hembras no toman más de un compañero debido a la naturaleza altamente territorial de los machos.
Sociedad Restrictiva (n. pr.). Orden de asesinos o verdugos convocados por el Omega con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.
symphath (n.). Subespecie dentro del mundo de los vampiros, caracterizada por la capacidad y el deseo de manipular las emociones de los demás (para efectos de intercambio de energía), entre otros rasgos. En términos históricos han sido discriminados por los vampiros y perseguidos por éstos en ciertas épocas. Están al borde de la extinción.
tahlly (adj.). Término cariñoso que se puede traducir aproximadamente como «querido».
trahyner (n.). Palabra utilizada entre los machos en señal de respeto mutuo y de afecto. Puede traducirse como «querido amigo».
transición (n.). Etapa crítica en la vida de un vampiro en la que éste o ésta se transforma en adulto. A partir de entonces, deben beber sangre del sexo opuesto para poder sobrevivir; no son resistentes a la luz solar. Esta etapa se presenta generalmente alrededor de los veinticinco años. Algunos vampiros no sobreviven a su transición, especialmente los machos. Antes de la transición, los vampiros son físicamente débiles, no tienen conciencia ni respuesta sexual, y son incapaces de desmaterializarse.
Tumba, la (n. pr.). Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Es utilizada como lugar ceremonial y también para guardar las jarras de los restrictores. Allí se realizan, entre otras ceremonias, inducciones, funerales y acciones disciplinarias contra los hermanos. Nadie puede entrar, excepto los miembros de la Hermandad, la Virgen Escribana o los candidatos a la inducción.
vampiro (n.). Miembro de una especie separada del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero la fuerza así adquirida no dura mucho tiempo. Tras la transición, que ocurre a los veinticinco años, son incapaces de salir a la luz del día y deben alimentarse regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos por medio de un mordisco o una transfusión sanguínea, aunque en algunos casos son capaces de procrear con la otra especie. Pueden desmaterializarse a su voluntad, aunque deben ser capaces de calmarse y concentrarse para hacerlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Son capaces de borrar los recuerdos de las personas, pero sólo los de corto plazo. Algunos vampiros son capaces de leer la mente. Su esperanza de vida es superior a mil años, y en algunos casos, incluso más.
Virgen Escribana, la (n. pr.). Fuerza mística consejera del rey en calidad de depositaria de los archivos vampirescos y dispensadora de privilegios. Existe en un ámbito atemporal y tiene grandes poderes. Puede ejecutar actos de creación mediante los cuales les otorga la vida a los vampiros.
wahlker (n.). Individuo que ha muerto y regresado a la vida desde el Fade. Se les respeta mucho y son venerados por sus tribulaciones.
whard (n.). Guardián de una hembra recluida.
Prólogo

Escuela diurna de Greenwich Country
Greenwich, Connecticut
Veinte años atrás
Llévatela, Jane.
Jane Whitcomb agarró la mochila.
—Pero vas a venir, ¿no?
—Ya te lo dije esta mañana. Sí.
—Está bien. —Jane observó a su amiga mientras se marchaba caminando por la acera, hasta que oyó el claxon de un coche. Se colocó bien la chaqueta y echó los hombros hacia atrás, antes de dar media vuelta para quedar frente a un Mercedes Benz. Su madre la estaba observando desde la ventanilla del conductor, con el ceño fruncido.
Jane se apresuró a cruzar la calle y pensó que el objeto que llevaba en la mochila hacía mucho ruido. Se subió en el asiento trasero y puso la mochila entre sus pies. El coche empezó a moverse antes de que ella pudiera cerrar la puerta.
—Tu padre vendrá a casa esta noche.
—¿Qué? —Jane se colocó bien las gafas sobre la nariz—. ¿Cuándo?
—Esta noche. Así que me temo que…
—¡No! ¡Tú lo prometiste!
Su madre le lanzó una mirada por encima del hombro.
—¿Cómo has dicho, jovencita?
A Jane se le humedecieron los ojos.
—Me hiciste una promesa para mi cumpleaños número trece. Se supone que Katie y Lucy van a…
—Ya he avisado a sus madres.
Jane se dejó caer sobre el respaldo.
Su madre la miró desde el espejo retrovisor.
—Quítate esa expresión de la cara inmediatamente, por favor. ¿Acaso crees que eres más importante que tu padre? ¿Es eso?
—Claro que no. Él es Dios.
De repente, el Mercedes dio una curva inesperada y se oyó el chirrido de los frenos. Su madre se dio la vuelta, levantó la mano y se dispuso a darle una bofetada, al tiempo que el brazo le temblaba.
Jane se encogió atemorizada en el asiento trasero.
Tras un instante de tensión, su madre volvió a mirar hacia delante y se arregló el peinado perfecto con una mano tan firme como agua hirviendo.
—Tú… No te sentarás a la mesa con nosotros esta noche. Y tu pastel irá a parar directamente al cubo de la basura.
El coche comenzó a moverse de nuevo.
Jane se secó las mejillas y clavó la mirada en la mochila. Nunca había tenido una fiesta de pijamas. Había suplicado durante meses enteros.
Pero ahora todo se había arruinado.
Guardaron silencio durante el resto del viaje y, cuando el Mercedes quedó aparcado en el garaje, la madre de Jane se bajó del coche y se dirigió a la casa sin mirar hacia atrás.
—Ya sabes adónde ir —fue lo único que dijo.
Jane se quedó en el coche, tratando de calmarse. Luego recogió la mochila y sus libros, se bajó y atravesó la cocina arrastrando los pies. Richard, el cocinero, estaba inclinado sobre el cubo de basura, deshaciéndose de un pastel con cobertura blanca y flores rojas y amarillas.
Jane no le dijo nada porque tenía un nudo en la garganta. Richard tampoco le dijo nada porque Jane no le caía bien. A él sólo le gustaba Hannah.
Mientras Jane salía hacia el comedor por la puerta del servicio, pensó que no quería encontrarse con su hermanita y rogó que Hannah estuviera en cama. Esa mañana había dicho que no se sentía bien. Probablemente porque tenía que entregar un informe en la escuela.
Camino a las escaleras, Jane vio a su madre en el salón.
Los cojines del sofá. Otra vez.
Su madre todavía llevaba puesto el abrigo de lana azul pálido y tenía la bufanda en la mano y seguramente se quedaría así hasta que quedara satisfecha con la colocación de los cojines, un proceso que podía llevarle un rato. El patrón con el que se medían todas las cosas era el mismo con el que se medía el peinado: todo tenía que estar impecablemente bien.
Jane se dirigió a su habitación. A esas alturas sólo le quedaba esperar que su padre llegara después de la cena. De todas maneras se enteraría de que estaba castigada, pero al menos no tendría que mirar su sitio vacío durante toda la cena. Al igual que su madre, su padre detestaba las irregularidades y las cosas fuera de lugar y el hecho de que Jane no estuviera sentada a la mesa era una tremenda irregularidad.
Si eso ocurría, la bronca que recibiría de su padre sería mucho más intensa, pues no sólo tendría que oír lo mucho que había decepcionado a la familia por no estar presente en la cena, sino por el hecho de haber sido grosera con su madre.
Arriba, la habitación pintada de amarillo brillante de Jane tenía el mismo aspecto que el resto de la casa: perfecta, al igual que el pelo y los cojines del sofá y la forma de hablar de la gente. Todo estaba en orden. Todo parecía perfecto y congelado, como la fotografía de una revista de decoración.
Lo único que no encajaba era Hannah.
Jane guardó la mochila en el armario, encima de las hileras de zapatos; luego se quitó el uniforme de la escuela y se puso un camisón de franela. No había razón para ponerse ropa. No iba a ir a ninguna parte aquel día.
Cogió sus libros y los llevó hasta el escritorio blanco. Tenía deberes de inglés y también de álgebra y francés.
Miró de reojo su mesilla de noche. Allí la estaban esperando Las mil y una noches.
No podía pensar en una mejor manera de pasar su castigo, pero primero tenía que hacer los deberes del colegio. Tenía que hacerlo. De otra forma se sentiría demasiado culpable.
Dos horas después, Jane estaba en la cama con Las mil y una noches en el regazo, cuando la puerta se abrió de repente y Hannah asomó la cabeza. Su cabello rojizo y ondulado era otra desviación. El resto de la familia tenía el cabello rubio.
—Te he traído algo de comer.
Jane se enderezó, preocupada por su hermanita.
—Te vas a meter en líos.
—No, no lo haré. —Hannah se deslizó dentro de la habitación con una cesta en la mano con una servilleta bordada, un sándwich, una manzana y una galleta—. Richard me ha dado esto para que tuvieras algo de comer por la noche.
—¿Y tú?
—No tengo hambre. Toma.
—Gracias, Han. —Jane cogió la cesta, mientras Hannah se sentaba a los pies de la cama.
—¿Qué fue lo que hiciste?
Jane sacudió la cabeza y le dio un mordisco al sándwich de rosbif.
—Me enfadé con mamá.
—¿Por lo de la fiesta?
—Ajá.
—Bueno… Yo tengo algo que puede alegrarte. —Hannah deslizó una cartulina doblada por encima de las mantas—. ¡Feliz cumpleaños!
Jane miró la tarjeta y parpadeó rápidamente un par de veces.
—Gracias… Han.
—No estés triste, yo estoy aquí. ¡Mira tu tarjeta! La hice especialmente para ti.
En el frente de la tarjeta había dos figuras dibujadas torpemente con palotes por la mano de su hermana. Una tenía cabello rubio y liso y debajo estaba escrita la palabra Jane. La otra tenía el pelo rizado y rojo y debajo decía Hannah. Estaban agarradas de la mano y en sus caras circulares aparecía una gran sonrisa.
En el momento en que Jane iba a abrir la tarjeta, las luces de un coche iluminaron el frente de la casa y comenzaron a avanzar por la entrada.
—Ha llegado papá —dijo Jane en voz baja—. Será mejor que te vayas.
Hannah no parecía tan preocupada como estaría normalmente, probablemente porque no se sentía bien. O tal vez estaba distraída con… Bueno, con lo que fuera que Hannah se distraía. Se pasaba el día en las nubes, lo cual era posiblemente la razón para que viviera tan feliz.
—Vete, Han, en serio.
—Está bien. Pero lamento mucho que no hayas podido tener tu fiesta. —Hannah corrió a la puerta.
—Oye, Han. Me ha encantado la tarjeta.
—Pero aún no la has visto por dentro.
—No necesito hacerlo. Me gusta porque la hiciste para mí.
La cara de Hannah se iluminó con una de esas sonrisas esplendorosas que hacían que Jane pensara en un día soleado.
—Habla de ti y de mí.
Mientras la puerta se cerraba, Jane oyó las voces de sus padres procedentes del vestíbulo. En segundos se comió lo que Hannah le había traído, metió la cesta entre los pliegues de las cortinas que estaban junto a la cama y se dirigió al montón de libros escolares. Agarró Los papeles póstumos del club Pickwick, de Dickens, y regresó a la cama. Se imaginaba que podría ganar algunos puntos si su padre la encontraba trabajando en algo de la escuela.
Sus padres subieron una hora después y Jane se quedó en tensión, esperando que su padre llamara a la puerta. Pero no lo hizo.
Era muy extraño, pues su padre era tan controlador que era fácil predecir sus actos con precisión. Lo cual resultaba curiosamente cómodo, aunque a Jane no le gustaba tener que hablar con él.
Jane dejó Pickwick a un lado, apagó la luz y metió las piernas entre las sábanas. Nunca dormía muy bien debajo del dosel de la cama y al cabo de un rato oyó que el reloj antiguo que estaba en la parte superior de las escaleras dio las doce campanadas.
Medianoche.
Jane se levantó, se dirigió al armario, sacó la mochila y la abrió. El tablero de una güija cayó al suelo, abierto y boca arriba. La niña se sobresaltó y se apresuró a recogerlo, como si pensara que se había roto, y luego le colocó de nuevo la tablilla que se movía y señalaba las letras.
Ella y sus amigas estaban muy ilusionadas con jugar con la güija porque todas querían saber con quién se iban a casar. A Jane le gustaba un chico que se llamaba Victor Browne que iba a su clase de matemáticas. Últimamente habían conversado un poco y Jane realmente pensaba que podían hacer buena pareja. El problema era que no estaba segura de lo que él sentía hacia ella. Tal vez sólo le gustaba porque le ayudaba con los deberes.
Jane puso el tablero sobre la cama, apoyó las manos sobre la tablilla y respiró hondo.
—¿Cuál es el nombre del chico con el que me voy a casar?
Realmente no esperaba que aquel artilugio se moviera. Y, en efecto, no lo hizo.
Lo intentó un par de veces más y luego se recostó con expresión frustrada. Al cabo de un minuto, le dio un golpecito a la pared que estaba detrás de la cama. Su hermana le respondió y unos segundos después Hannah se deslizó por la puerta. Cuando vio el juego, se entusiasmó y saltó a la cama, de manera que la aguja salió volando.
—¿Cómo se juega?
—¡Shhh! —Si las pillaban en esa situación, estarían castigadas para siempre. Eternamente.
—Lo siento. —Hannah dobló las piernas y se abrazó las rodillas para evitar cometer otro error—. ¿Cómo…?
—Uno le hace preguntas y ella contesta.
—¿Y qué se puede preguntar?
—Con quién nos vamos a casar. —Ahora Jane estaba nerviosa. ¿Qué haría si la respuesta no era Victor?—. Empieza tú. Pon los dedos sobre la tablilla, pero no la empujes ni hagas nada. Sólo… así, sin empujar. Muy bien… ¿Con quién se va a casar Hannah?
La tablilla no se movió. Ni siquiera cuando Jane repitió la pregunta.
—Está estropeada —dijo Hannah, retirando las manos.
—Déjame probar con otra pregunta. Vuelve a poner las manos. —Jane respiró profundamente—. ¿Con quién me voy a casar yo?
La tabla emitió un ligero crujido, al tiempo que la tablilla comenzaba a moverse. Cuando se movió hacia la letra V, Jane se estremeció. Con el corazón en la garganta, observó cómo la tablilla se movía después hacia la letra I.
—¡Es Victor! —exclamó Hannah—. ¡Es Victor! ¡Te vas a casar con Victor!
Jane no se molestó en callar a su hermana. Era demasiado bueno para ser…
Luego la tablilla indicó la letra S. ¿S?
—No, eso está mal —dijo Jane—. Tiene que ser un error…
—Espera. Averigüemos de quién se trata.
Pero si no era Victor, Jane no sabía quién podía ser. Y ¿qué clase de chico tendría un nombre como Vis…
Jane trató de empujar la tablilla, pero esta insistió en señalar la letra H. Luego la O, U y, por último, la S.
VISHOUS.
Jane sintió una oleada de pánico que le atenazaba las costillas.
—Te dije que estaba estropeada —murmuró Hannah—. ¿Quién se llama Vishous?
Jane desvió la mirada y luego se dejó caer sobre las almohadas. Éste era el peor cumpleaños que había tenido en la vida.
—Tal vez deberíamos intentarlo de nuevo —dijo Hannah. Al ver que su hermana vacilaba, frunció el ceño—. Vamos, yo también quiero que me conteste algo. Es justo.
Las dos niñas volvieron a poner los dedos sobre la tablilla.
—¿Qué me van a regalar en Navidad? —preguntó Hannah.
Pero la tablilla no se movió.
—Intenta una pregunta de sí o no, para empezar —dijo Jane, que todavía estaba inquieta con la palabra que había señalado la güija. ¿Sería que la tabla no sabía escribir correctamente?
—¿Voy a tener algún regalo en Navidad? —preguntó Hannah.
La tablilla comenzó a crujir.
—Espero que sea un caballo —murmuró Hannah, al tiempo que la tablilla daba vueltas por el tablero—. He debido preguntar eso.
La tablilla se detuvo frente al No.
Las dos niñas se quedaron mirando la tabla.
Hannah se envolvió entre los brazos como si tuviera frío.
—Yo también quiero un regalo.
—Sólo es un juego —dijo Jane, cerrando el tablero—. Además, está totalmente estropeado. Se me cayó al sacarlo.
—Yo quiero regalos.
Jane se estiró y abrazó a su hermana.
—No te preocupes por esa estúpida tabla, Han. Yo siempre te compro algo en Navidad.
Un poco más tarde, Hannah se marchó y Jane se volvió a meter entre las mantas.
«Estúpida tabla. Estúpido cumpleaños. Todo es una estupidez».
Cuando cerró los ojos, se acordó de que todavía había abierto la tarjeta de su hermana. Volvió a encender la luz y la cogió de encima de la mesilla de noche. Dentro decía: ¡Siempre iremos de la mano! ¡Te quiero! Hannah.
La respuesta que le había dado la tabla acerca de la Navidad era un error absoluto. Todo el mundo adoraba a Hannah y le compraba regalos. A veces era capaz incluso de hacer cambiar de opinión a su padre, y nadie más podía hacerlo. Así que era evidente que Hannah tendría regalos.
«Estúpida tabla…».
Al poco rato, Jane se quedó dormida. Debía de haberse quedado dormida, porque Hannah la despertó.
—¿Estás bien? —preguntó Jane, incorporándose. Su hermana estaba de pie al lado de la cama, con su camisón de franela y una extraña expresión en el rostro.
—Me tengo que ir. —La voz de Hannah parecía triste.
—¿Tienes que ir al baño? ¿Te sientes mal? —Jane apartó las mantas—. Yo te acompaño…
—No, no puedes. —Hannah suspiró—. Me tengo que ir.
—Bueno, cuando termines de hacer lo que tienes que hacer, puedes regresar aquí y dormir conmigo, si quieres.
Hannah miró hacia la puerta.
—Tengo miedo.
—Sí, asusta un poco sentirse enfermo. Pero yo siempre estaré aquí para ti.
—Me tengo que ir. —Cuando Hannah volvió a mirar a Jane, parecía… como si de alguna manera se hubiese vuelto adulta. No parecía una niña de diez años—. Trataré de regresar. Haré todo lo que pueda.
—Hummm… Está bien. —Quizá su hermana tuviese fiebre o algo así—. ¿Quieres que vaya a despertar a mamá?
Hannah negó con la cabeza.
—Sólo quería verte a ti. Vuelve a dormirte.
Cuando Hannah se fue, Jane volvió a hundirse entre las almohadas. Por un momento pensó que debería ir a ver cómo estaba su hermana en el baño, pero el sueño la venció antes de que pudiera reunir la energía para seguir ese impulso.
A la mañana siguiente, Jane se despertó con el sonido de unos pasos apresurados en el pasillo. Al principio supuso que alguien había derramado algo que iba a dejar una mancha en la alfombra, en una silla o en la colcha. Pero luego oyó las sirenas de una ambulancia en la entrada de la casa.
Jane se levantó, miró por la ventana del frente y luego asomó la cabeza al pasillo. Su padre estaba hablando con alguien abajo y la puerta de la habitación de Hannah estaba abierta.
Jane se dirigió de puntillas por la alfombra persa hasta la habitación de su hermana, mientras pensaba que no era normal que Hannah estuviera levantada tan temprano un sábado. Realmente debía estar enferma.
Se detuvo al llegar al umbral. Hannah estaba inmóvil sobre la cama, con los ojos abiertos clavados en el techo y la piel tan blanca como las inmaculadas sábanas que cubrían la cama.
No parpadeaba.
En el otro extremo de la habitación, lo más lejos posible de Hannah, estaba su madre, sentada en la ventana, con su bata de seda color marfil formando una especie de remolino a su alrededor.
—Vuelve a la cama. Ya.
Jane salió corriendo hacia su habitación. Cuando estaba cerrando la puerta, alcanzó a ver a su padre, que subía las escaleras con dos hombres de uniforme azul. Hablaba con autoridad y Jane oyó las palabras fallo cardiaco congénito o algo así.
Jane se metió en la cama y se tapó la cabeza con las mantas. Mientras temblaba en medio de la oscuridad, se sintió muy pequeña y muy asustada.
La tabla tenía razón. Hannah no recibiría ningún regalo de Navidad ni se casaría con nadie.
Pero la hermanita de Jane cumplió su promesa. Y regresó.
Capítulo
1

Este cuero no me convence para nada.
Vishous levantó la mirada desde su centro de informática. Butch O’Neal estaba de pie en la sala de la Guarida, con un par de pantalones de cuero y una cara de esto-no-va-a-funcionar.
—¿Acaso no te quedan bien? —le preguntó V a su compañero de casa.
—No es eso. No te ofendas, pero esto parece ropa de macarra. —Butch levantó sus pesados brazos y dio una vuelta, mientras su pecho desnudo reflejaba la luz de las lámparas—. Me refiero a que, vamos…
—Son para luchar, no para que vayas a la moda.
—Lo mismo sucede con las faldas de los escoceses, pero nunca me verás con una de ellas puesta.
—Afortunadamente. Tienes unas piernas demasiado feas para que esa mierda te siente bien.
Butch puso cara de aburrimiento.
—Si quieres, muérdeme.
«Eso quisiera yo», pensó V.
Vishous hizo una mueca y se estiró para alcanzar su reserva de tabaco turco. Mientras sacaba un papel de fumar, preparaba una línea de tabaco y liaba un cigarro, se dedicó a hacer lo que hacía habitualmente: recordó que Butch estaba felizmente emparejado con el amor de su vida y que, aunque no fuera así, su amigo tenía tendencias muy distintas.
Mientras encendía el cigarro y le daba una calada, V trató de no mirar al policía, pero no lo consiguió. Esa maldita visión periférica. Siempre lo traicionaba.
¡Por Dios, realmente era un pervertido! Especialmente si uno pensaba en lo unidos que estaban los dos.
En los últimos nueve meses, V se había acercado más a Butch de lo que se había acercado a ninguna persona a lo largo de sus más de trescientos años de vida. Vivían juntos, se emborrachaban juntos, hacían ejercicio juntos. Habían tenido experiencias de vida y muerte y se habían enfrentado a profecías y fatalidades juntos. Él había contribuido a doblegar las leyes de la naturaleza para convertir al humano en vampiro y luego lo había curado, cuando éste había puesto a prueba su talento especial con los enemigos de la raza. También lo propuso para ser miembro de la Hermandad… y lo había apoyado durante la ceremonia de apareamiento con su shellan.
Mientras Butch se paseaba de un lado a otro como si estuviera tratando de acostumbrarse a los pantalones de cuero, V se quedó mirando las siete letras que tenía tatuadas en la espalda en lengua antigua: MARISSA. V había hecho las dos aes y habían quedado bastante bien, a pesar del hecho de que su mano había temblado todo el tiempo.
—Sí —dijo Butch—. No estoy seguro de que me sienta cómodo con esto.
Después de la ceremonia de apareamiento, V se fue de la Guarida durante el día para que la feliz pareja pudiera tener un rato de privacidad. Atravesó el patio del complejo y se encerró en una de las habitaciones de huéspedes de la mansión, con tres botellas de Grey Goose. Bebió como un cosaco, se emborrachó hasta más no poder, pero no logró el objetivo de quedar inconsciente. La verdad lo mantuvo inclementemente despierto: V estaba ligado a su compañero de casa de una manera que complicaba las cosas y, sin embargo, no cambiaba nada en absoluto.
Butch sabía lo que estaba pasando. ¡Maldición, era su mejor amigo y lo conocía mejor que cualquier otra persona! Y Marissa también lo sabía porque no era estúpida. Y la Hermandad lo sabía porque aquellos malditos idiotas eran como viejas chismosas que no soportaban que nadie tuviera un secreto.
Nadie tenía ningún problema con eso.
Pero él sí. V no soportaba lo que sentía. Y tampoco se soportaba a él mismo.
—¿Vas a probarte el resto del equipo? —preguntó V, echando el humo—. ¿O vas a seguir quejándote otro rato porque no te gustan los pantalones?
—No me hagas ponerte contra el suelo.
—¿Y por qué querría privarte de tu pasatiempo favorito?
—Porque me está doliendo el dedo. —Butch avanzó hasta uno de los sofás y agarró una cartuchera de cuero. Tan pronto la deslizó por sus inmensos hombros, el cuero ciñó su torso a la perfección—. ¡Mierda! ¿Cómo has hecho para que ajustara tan bien?
—Te tomé medidas, ¿recuerdas?
Butch se abrochó la hebilla de la cartuchera y luego se inclinó y deslizó los dedos por la tapa de una caja de madera lacada en negro. Se quedó un rato acariciando el escudo dorado de la Hermandad de la Daga Negra y luego deslizó los dedos por los caracteres en lengua antigua que decían: «Dhestroyer, descendiente de Wrath, hijo de Wrath».
Ése era el nuevo nombre de Butch. El antiguo y noble linaje de Butch.
—¡Ay, maldición, abre la caja! —V apagó el cigarro, lió otro y lo encendió. ¡Era estupendo que los vampiros no enfermaran de cáncer! Últimamente vivía fumando como un condenado a muerte—. ¡Vamos!
—Todavía no lo puedo creer.
—Abre la maldita caja.
—De verdad, no puedo…
—¡Ábrela! —A esas alturas V ya estaba tan enervado que podría levitar en la silla.
El policía accionó el mecanismo de la cerradura de oro macizo y levantó la tapa. Sobre una cojín de satén rojo reposaban cuatro dagas iguales de hoja negra, cada una fabricada exactamente para que se ajustara a las características de Butch y afilada para ser letal.
—¡Virgen santísima! ¡Son preciosas!
—Gracias —dijo V, soltando otra bocanada de humo—. También hago buen pan.
El policía clavó sus ojos almendrados en el otro extremo de la habitación.
—¿Tú has hecho esto para mí?
—Sí, pero no es nada especial. Las hago para todos nosotros. —V levantó su mano derecha enguantada—. Soy bueno con el calor, como bien sabes.
—V… gracias.
—De nada. Como ya te he dicho, soy el hombre de las cuchillas. Lo hago todo el tiempo.
Sí… sólo que tal vez no siempre se concentraba tanto. Por Butch había pasado los últimos cuatro días trabajando en las dagas sin parar. Maratones de dieciséis horas con su maldita mano resplandeciente sobre el acero, que le habían hecho doler la espalda y arder los ojos. Pero, maldición, estaba decidido a que cada una fuera digna del hombre que las empuñaría.
De todas formas, las dagas todavía no eran suficientemente perfectas.
El policía sacó una de las dagas y se la puso sobre la palma de la mano. Al sentirla, sus ojos brillaron.
—Por Dios… siente esto. —Butch comenzó a blandir el arma de un lado a otro frente a su pecho—. Nunca había visto nada con un peso tan exacto. Y la empuñadura. ¡Dios… es perfecta!
Esos elogios alegraron a V más que cualquier otro comentario que hubiese recibido en la vida.
Pero también lo irritaron más.
—Sí, bueno, se supone que así deben ser, ¿no? —Vishous apagó el cigarro en un cenicero, aplastando su frágil punta encendida—. No tendría sentido que salieras al campo con un juego de dagas Ginsu.
—Gracias.
—De nada.
—V, de verdad…
—A la mierda. —Al ver que su compañero no le respondía con otra grosería, V levantó la mirada.
Maldición. Butch estaba frente a él y los ojos almendrados del policía brillaban con una expresión de comprensión que V deseó que su amigo no tuviera.
V clavó la mirada en el mechero.
—De nada, policía, sólo son unos cuchillos.
La punta negra de la daga se deslizó por debajo de la barbilla de V, obligándolo a levantar la cabeza y a enfrentarse a la mirada de Butch. Su cuerpo se tensó. Luego se estremeció.
Con el arma en esa posición, Butch dijo:
—Son hermosas.
V cerró los ojos y pensó en cuánto se despreciaba. Luego se inclinó deliberadamente sobre la cuchilla, de manera que la hoja le cortó la garganta. Mientras se tragaba la punzada de dolor, se aferró a ese dolor y lo usó para recordarse que él era un maldito pervertido y que los pervertidos merecían que les hicieran daño.
—Vishous, mírame.
—Déjame en paz.
—Oblígame.
Durante una fracción de segundo, V sintió el impulso de lanzarse sobre su amigo y golpearlo hasta dejarlo inconsciente.
—Sólo te estoy dando las gracias por hacer algo genial —dijo Butch—. No es nada del otro mundo.
¿Nada del otro mundo? V abrió los ojos y sintió cómo su mirada lanzaba un destello.
—Eso es pura mierda. Y tú lo sabes muy bien.
Butch quitó la daga y, mientras dejaba caer el brazo, V notó un hilillo de sangre deslizándose por el cuello. La sentía tibia… y suave, como un beso.
—No vayas a decir que lo sientes —murmuró V en medio del silencio—. Me puedo poner violento.
—Pero sí lo siento.
—No hay nada que lamentar. —¡Por Dios, ya no podía seguir viviendo allí con Butch! Con Butch y Marissa. El recuerdo constante de lo que no podía tener y no debería desear lo estaba matando. Y Dios sabía que ya estaba en muy malas condiciones. ¿Cuándo había sido la última vez que durmió durante el día? Llevaba varias semanas sin hacerlo.
Butch guardó la daga en el bolsillo de la cartuchera, con la empuñadura hacia abajo.
—No quiero hacerte daño…
—Basta; no vamos a hablar más de este asunto. —V se llevó un dedo a la garganta y recogió la sangre que se había sacado con la daga que él mismo había hecho. Mientras la lamía, la puerta oculta que llevaba al túnel subterráneo se abrió y el olor del océano invadió la Guarida.
Entonces apareció Marissa, con ese aire de Grace Kelly… hermosa, como siempre. Con la cabellera rubia y larga y su rostro perfectamente moldeado, Marissa era conocida como la gran belleza de la especie e incluso V tenía que mostrar admiración, aunque ella no fuese su tipo.
—Hola, chicos… —Marissa se detuvo de repente y se quedó mirando fijamente a Butch—. ¡Por… Dios… mira esos pantalones!
Butch frunció el ceño.
—Sí, ya lo sé. Son…
—¿Podrías venir aquí un momento? —Marissa comenzó a retroceder por el pasillo en dirección a su habitación—. Necesito que vengas aquí un minuto. O tal vez diez.
Butch comenzó a despedir el olor que producen los machos cuando se aparean y V estaba seguro de que el cuerpo de su amigo se estaba preparando para tener sexo.
—Linda, soy todo tuyo.
Al tiempo que salía de la sala, el policía miró a V por encima del hombro.
—Ahora sí me están gustando estos pantalones. Dile a Fritz que necesito cincuenta pares. Inmediatamente.
Al quedarse solo, Vishous se inclinó sobre el equipo de sonido Alpine y le subió el volumen a Music is my savior, de MIMS. Mientras el rap inundaba el ambiente, pensó en que antes solía usar la música para acallar los pensamientos de los demás, pero ahora que había dejado de tener visiones y todo ese asunto de leer la mente de otros se había evaporado, usaba los compases del rap para no oír a su compañero haciendo el amor.
V se restregó la cara con las manos. Realmente tenía que salir de allí.
Durante algún tiempo intentó que ellos se mudaran, pero Marissa insistía en que la Guarida era «acogedora» y le gustaba vivir allí. Lo cual tenía que ser una mentira. La mitad de la sala estaba ocupada por una mesa de futbolín, la televisión estaba encendida sin volumen en ESPN[1], veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y para rematar siempre estaban resonando los acordes de un rap machacón. La nevera era una zona catastrófica en la que se encontraban unas cuantas sobras mohosas de Taco Hell y Arby’s. Las únicas bebidas de la casa eran vodka Grey Goose y whisky Lagavulin. Y toda la lectura se limitaba a Sports Illustrated y… bueno, números atrasados de Sports Illustrated.
Así que no había muchas cosas tiernas ni acogedoras. El lugar parecía en parte la casa de una fraternidad y en parte un vestidor de hombres. Decorado por Derek Jeter[2].
¿Y qué pasaba con Butch? Cuando V sugirió una mudanza, el tío le lanzó una mirada fulminante por encima del sofá, negó con la cabeza una sola vez y se fue a la cocina a buscar más Lagavulin.
V se negaba a pensar que Butch y Marissa se habían quedado porque estaban preocupados por él o algo similar. La sola idea le volvía loco.
Se puso de pie. Si quería propiciar una separación, él iba a tener que iniciarla. El problema era que no estar todo el tiempo con Butch le resultaba… impensable. Era mejor la tortura en la que se encontraba ahora que vivir en el exilio.
Le echó un vistazo a su reloj y pensó que podría tomar el túnel subterráneo y dirigirse a la mansión. Aunque todos los otros miembros de la Hermandad de la Daga Negra vivían en aquella monstruosa mansión de piedra, todavía quedaban muchas habitaciones disponibles. Tal vez debería probar una para ver cómo se sentía. Durante un par de días.
Pero esa idea hizo que el estómago se le revolviera.
De camino a la puerta, V alcanzó a sentir el olor del apareamiento que salía de la habitación de Butch y Marissa. Mientras pensaba en lo que allí estaba sucediendo, sintió que le hervía la sangre. La vergüenza le puso la piel de gallina.
Lanzó una maldición y agarró su chaqueta de cuero, sacando, al mismo tiempo, su teléfono móvil. Mientras marcaba un número, sintió el pecho helado como un congelador, pero pensó que al menos estaba haciendo algo para remediar esa obsesión suya.
Cuando respondió una voz femenina, V ignoró el saludo seductor de la mujer y dijo:
—Al atardecer. Esta noche. Ya sabes qué ponerte y debes tener el pelo recogido y el cuello libre. ¿Qué dices?
La respuesta fue un ronroneo de sumisión.
—Sí, mi lheage.
V colgó y arrojó el teléfono sobre el escritorio y después observó cómo rebotaba contra la mesa y caía sobre uno de sus cuatro teclados. A la esclava que había elegido para esa noche le gustaba el sexo especialmente duro. Y él estaba preparado para ofrecérselo.
¡Por Dios, realmente era un pervertido! Hasta la médula. Un pervertido sexual descarado e impenitente… que de alguna manera era conocido dentro de su raza por ser como era.
Era una locura, pero, claro, las motivaciones y los gustos de las hembras siempre habían sido extraños. Pero a V esa reputación le importaba tanto como las mujeres con las que estaba. Lo único que le importaba era tener voluntarias para satisfacer sus necesidades sexuales. Lo que se decía sobre él, lo que las mujeres necesitaban creer acerca de él, sólo era masturbación oral para unas bocas que no tenían en qué ocuparse.
Mientras bajaba hacia el túnel y se dirigía a la mansión, V se sentía cada vez más irritado. Gracias a ese estúpido horario de turnos que habían establecido en la Hermandad, esta noche no podría salir a pelear y eso lo ponía furioso. Preferiría mil veces estar cazando y matando a esos malditos asesinos inmortales que perseguían a la raza que estar sentado contemplándose las pelotas.
Pero había otras maneras de combatir las frustraciones.
Ésa era la función de las correas de inmovilización y los cuerpos complacientes.
Cuando entró a la inmensa cocina de la mansión, Phury se quedó paralizado, como si acabara de cortarse con un cuchillo o algo así. Las suelas de sus zapatos quedaron pegadas al suelo y se quedó sin aire. Su corazón primero se detuvo y luego empezó a palpitar como loco.
Antes de que pudiera retroceder y escabullirse por la puerta de servicio, lo vieron.
Bella, la shellan de su hermano gemelo, levantó la mirada y sonrió.
—Hola —lo saludó.
—Hola. —«Márchate. Ahora».
¡Por Dios, Bella olía deliciosamente bien!
Bella agitó el cuchillo que tenía en la mano y que estaba usando para cortar un pavo asado.
—¿Quieres que te haga un sándwich a ti también?
—¿Qué? —dijo Phury, como si fuera un idiota.
—Un sándwich. —Bella señaló con la punta del cuchillo el pan y el frasco casi vacío de mayonesa, la lechuga y los tomates—. Debes de tener hambre. No comiste mucho durante la última cena.
—Ah, sí… No, no tengo… —Pero el estómago de Phury lo puso en evidencia al rugir como la bestia hambrienta que era. «Maldito».
Bella sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en la pechuga de pavo.
—Saca un plato y ponte cómodo.
Bueno, esto era lo último que él necesitaba. Preferiría que lo enterraran vivo, antes que sentarse solo en la cocina con ella, mientras le preparaba algo de comer con sus hermosas manos.
—Phury —dijo Bella sin levantar la mirada del pavo—. Plato. Asiento. Ahora.
Phury obedeció porque, a pesar de que descendía de un linaje de guerreros y era miembro de la Hermandad y la superaba en peso por unos buenos cincuenta kilos, no era más que un dócil cachorrito cuando estaba ante ella. La shellan de su gemelo… la shellan embarazada de su hermano gemelo… no era una persona a la que él podía decirle que no.
Después de deslizar un plato sobre la encimera y ponerlo junto al de ella, Phury se sentó al otro lado y se forzó a no mirar las manos de Bella. Estaría bien siempre y cuando no se quedara observando sus dedos largos y elegantes y esas uñas cortas y muy bien cuidadas y la manera como…
Mierda.
—Te juro —dijo Bella, cortando otra loncha de pechuga de pavo— que Zsadist quiere que engorde hasta que parezca una casa. Si tengo que estar otros trece meses insistiéndome para que coma, no voy a caber en la piscina. Ya casi no me valen los pantalones.
—Tienes buen aspecto. —¡Maldición, estaba estupenda! Con su cabello largo y oscuro y sus ojos color zafiro y ese cuerpo alto y estilizado. El bebé que llevaba en su vientre todavía no se notaba debajo de la camisa suelta, pero el embarazo era evidente en el brillo de la piel y la manera como se llevaba la mano a la parte inferior del abdomen con frecuencia.
El estado de Bella también era evidente en la expresión de ansiedad que reflejaban los ojos de Z cada vez que estaba cerca de ella. Como los embarazos de los vampiros solían presentar una alta tasa de mortalidad de la madre o el feto, para el hellren que estaba enamorado de su pareja, el embarazo de ésta era al mismo tiempo una bendición y una maldición.
—Pero ¿tú te sientes bien? —preguntó Phury. Después de todo, Z no era el único que se preocupaba por ella.
—Muy bien. Me siento un poco cansada, pero no es tan grave. —Bella se lamió los dedos y luego agarró el bote de mayonesa. Mientras movía el cuchillo dentro del frasco, éste sonaba como una moneda que alguien estuviera sacudiendo—. Pero Z me está volviendo loca. Se niega a alimentarse.
Phury recordó el sabor de la sangre de Bella y tuvo que mirar hacia otro lado pues sus colmillos se alargaron. Lo que él sentía por ella no tenía nada de noble y, al ser un hombre que siempre se había preciado de su naturaleza honorable, Phury sentía una terrible contradicción entre sus emociones y sus principios.
Y lo que él sentía, definitivamente, no era recíproco. Bella lo había alimentado aquella única vez porque él lo necesitaba con desesperación y ella era una mujer de buen linaje. No porque se sintiera inclinada a protegerlo o porque lo deseara.
No, todo eso era para su hermano gemelo. Desde la primera noche en que lo vio, Z la cautivó y luego el destino hizo posible que ella lo rescatara del infierno en que él estaba encerrado. Phury sacó el cuerpo de Z de aquel siglo de ser un esclavo de sangre, pero fue Bella quien resucitó su espíritu.
Lo cual era, desde luego, una razón más para amarla.
¡Maldición, cómo le gustaría tener un poco de humo rojo encima! Había dejado arriba su reserva.
—¿Y a ti cómo te va? —preguntó Bella, poniendo sobre el pan unas finas lonchas de pavo y cubriéndolas con hojas de lechuga—. ¿La prótesis nueva todavía te está dando problemas?
—Está un poco mejor, gracias. —La tecnología del mundo actual estaba a años luz de lo que había hace un siglo, pero, teniendo en cuenta todos los combates a los que él se enfrentaba, su pierna amputada era una preocupación constante.
Su pierna amputada… sí, había perdido una pierna, es cierto. Se la había volado de un tiro para rescatar a Z de aquella maldita bruja que lo tenía como esclavo. El sacrificio había valido la pena. Al igual que el sacrificio de su felicidad para que Z estuviera con la mujer que los dos amaban.
Bella tapó los sándwiches con pan y deslizó el plato de Phury por encima de la encimera de granito.
—Aquí tienes.
—Esto es exactamente lo que necesitaba. —Phury saboreó el momento en que hundió sus dientes en el sándwich y el pan se deshizo como si fuera piel. Mientras tragaba el primer bocado fue asaltado por el triste placer de pensar que Bella le había preparado ese tentempié y lo había hecho con una cierta clase de amor.
—¡Qué bien! Me alegro. —Bella le dio un mordisco a su propio sándwich—. Eh… Hace un par de días que quería preguntarte algo.
—¿Ah, sí? ¿Qué?
—Como sabes, estoy trabajando en Safe Place con Marissa. Es una organización tan maravillosa, llena de gente estupenda… —Hubo una larga pausa, el tipo de pausa que hizo que Phury se preparara para sufrir un golpe—. En todo caso, acaba de llegar una nueva trabajadora social que vino a aconsejar a las nuevas madres y sus bebés. —Bella se aclaró la garganta y se limpió los labios con una servilleta de papel—. Es realmente genial. Agradable, divertida. Yo estaba pensando
