Mucho más que amigos (Serie Amigos 7)

Ana Álvarez

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Carlos llegó al patio de la Facultad de Derecho, donde se celebraría la reunión de antiguos alumnos. En ella habían transcurridos algunos de los mejore momentos de su vida. También algunos difíciles, pues su etapa de estudiante se había visto marcada por un amor no correspondido. Sin embrago, eso no había enturbiado los años felices de la carrera. Ni la camaradería ni la amistad que habían forjado.

Después de terminar los estudios, la vida los había llevado por distintos caminos y se habían distanciado, como suele suceder en muchas ocasiones. Él, en particular, necesitaba poner distancia para olvidar a la mujer que nunca había visto en él más que a un amigo y que, por aquel entonces, mantenía una relación con otro hombre. Nunca le había hablado de sus sentimientos, los había guardado para sí, y se había esforzado en ocultar que ella era mucho más que una amiga para él.

Se reencontró en el patio del rectorado primero con Fran y Susana, tan enamorados como siempre, y con Inma y Raúl. También llegó Lucía con su marido Felipe, al que ninguno conocía más que de oídas.

Compañeros, profesores…, mil recuerdos acudieron a su mente. Pero no podía dejar de mirar a su alrededor con la esperanza de localizar a la única persona de su grupo que faltaba. A la que más interés tenía en ver, en saber cómo le había ido en aquellos años de distanciamiento: Maika.

Se abstuvo de preguntar por ella, fue Inma la que indagó sobre su asistencia, pero nadie sabía nada. Cuando ya desistía de verla aquella noche, llegó abriéndose paso entre los asistentes, jadeante y, como siempre, excusando su tardanza. Y sola.

No pudo contenerse. A la hora de saludarla no se limitó a darle el consabido beso en la mejilla, sino que se dejó llevar, abrazándola y alzándola en vilo, como si fuera la chica delgada y ligera de antaño. No lo era. Había ganado madurez y unos kilos, los justos para convertirse en toda una mujer. Tampoco él era ya el chico larguirucho de antaño, el gimnasio y los años habían ensanchado sus hombros y rellenado su cuerpo.

Tras los besos al resto de la antigua pandilla, fue Fran el que hizo la pregunta que él no se atrevía a formular.

—¿Y Javi?

—Nos divorciamos hace años.

—Lo siento —dijo Inma.

—Yo no. Fue de mutuo acuerdo y de forma amistosa. Cuando una relación no funciona, lo mejor es ponerle fin.

Se integraron en la conversación general. Y decidieron recordar viejos tiempos, renunciar a la cena en el restaurante que tenían contratada para la ocasión y hacerlo en el McDonald’s donde tantas hamburguesas se habían comido en el pasado.

Carlos se las arregló para sentarse al lado de Maika, quería saber más de su vida, de su ruptura con Javi. De su situación actual.

—¿Puedo preguntar qué pasó entre Javi y tú? Parecíais muy enamorados.

—Lo estábamos.

—¿Entonces?

Maika giró la cara y clavó en él sus ojos oscuros.

—A veces al amor no basta. Nuestra relación no soportó la larga convivencia. Según mi madre, éramos un todoterreno caminando al lado de un utilitario, y puede que tuviera razón.

—El todoterreno eras tú, sin lugar a duda. —Rio él.

—Aunque suene prepotente, sí. Cuando terminó la carrera de Ingeniería Aeronáutica, Javi encontró trabajo en la factoría de Airbus en Puerto Real. Nos casamos y yo logré trabajo también allí, en un bufete pequeño. Era la única mujer del despacho y no conseguía que me dieran más que casos de poca monta, más papeleo y burocracia que otra cosa. Mi marido deseaba tener hijos, y pasados unos años accedí a quedarme embarazada, más por complacerlo a él que por deseo propio. Tuve un aborto, y después de unos meses lo volvimos a intentar, con el mismo resultado. Ya no quise ir a por una tercera vez, estuve bastante mal después de la segunda. Veía en Javi el pesar por no tener niños, pero yo cada vez sentía menos la llamada de la maternidad. Quería hacer cosas, se me escapaba la vida encerrada en aquel pueblo y en aquel bufete, donde apenas hacía más que redactar documentos de rutina. A él no le gustaba viajar, cuando me acompañaba era por complacerme, y yo percibía su desgana y su desinterés, lo que me impedía disfrutar a mí de una de mis aficiones favoritas. La relación se fue desgastando y nos distanciamos, porque cada uno deseaba cosas diferentes de la vida. Él era feliz en su pequeño y ordenado mundo y yo deseaba volar. Tuve un cliente tan poco importante como los demás, pero su caso dio lugar a una ardua negociación, y mi trabajo llamó la atención del bufete de la parte contraria. Me ofrecieron un puesto en su despacho de Madrid, que no pude ni quise rechazar. Lo hablé con Javi, y aunque él hubiera podido pedir el traslado a la factoría de Airbus de Getafe, no quiso irse de Puerto Real. Decidimos separar nuestros caminos, nos divorciamos de mutuo acuerdo, me trasladé a Madrid y allí sigo. Él volvió a casarse y tiene un hijo. Todos contentos.

—Me alegro de que todo sucediera sin traumas ni sufrimiento y de que hayas cumplido tus deseos de conseguir un trabajo interesante. Yo también vivo en Madrid, pero nunca hemos coincidido.

—La ciudad es muy grande, Carlos.

—Sí, es verdad.

—¿Y tú, por qué estás solo? Porque, si no has venido acompañado, lo doy por sentado.

—Estoy solo, sí. Quise vivir la aventura de trabajar fuera de España y acepté un puesto en Estrasburgo como asesor en Derecho Internacional para una empresa. Allí empecé una relación con una compañera de trabajo y tuvimos una hija. Debo confesarte que no fue buscada, simplemente vino y decidimos intentarlo por ella. Pero no funcionó, no había amor entre nosotros, y cuando empecé a sentir nostalgia de mi país, de su clima, de su comida y de su gente, regresé. Odette y yo nos llevamos bien, es una mujer muy tranquila y controlada y solucionamos sin problemas el tema de nuestra hija. Nicole vive con su madre, y pasa conmigo las vacaciones, pero de vez en cuando hago una escapadita de un fin de semana para verla. Es una adolescente encantadora que me tiene robado el corazón.

—¿Y quién más te roba el corazón? Si no es una pregunta indiscreta… Como ves, sigo siendo tan cotilla como siempre.

Rio con fuerza.

—Nadie más. Y si hablamos de corazones, ¿qué me dices del tuyo?

—Cerrado a cal y canto. Me sentí tan liberada cuando me separé de Javi, que le puse siete candados para que nadie volviera a entrar.

—No me creo que una mujer como tú no tenga siquiera un amigo con derecho a roce.

—Tengo sexo, por supuesto, pero no durante mucho tiempo con la misma persona. No deseo sentirme atada a nadie a través de los sentimientos otra vez.

—A mí no me importaría tener una relación, la verdad es que a veces me siento un poco solo. El sexo se consigue con facilidad, pero echo de menos alguien con quien salir, tomar una copa o hacer un viaje. Con quien mantener una charla o compartir una comida en casa.

—Para eso no es necesario tener una relación, Carlos, puedes hacerlo con un amigo.

—No tengo ese amigo.

—Ahora soy yo la que no se cree que un hombre tan simpático como tú no tenga ni siquiera un amigo.

—Solo conocidos. Viajo mucho por mi trabajo. Pero, puesto que ambos residimos en Madrid, si te llamo alguna vez para cenar o tomar una copa, ¿aceptarías?

—¡Por supuesto! Siempre me caíste muy bien y me encantaría retomar el contacto contigo. Con todos, en realidad, pero puesto que tú y yo vivimos en la misma ciudad, lo tenemos más fácil.

Esbozó una amplia sonrisa.

—Pues no dudes que lo haré más pronto que tarde.

Y estaba dispuesto a hacerlo. Porque con el tiempo había olvidado a la compañera de estudios, pero acababa de reencontrarse con una preciosa mujer, y se estaba sintiendo tan cómodo en su compañía como siempre había estado con la chica del pasado. No sabía qué les depararía el futuro, pero, aunque solo fuera una amistad con Maika, valdría la pena.

La cena terminó y se despidieron del grupo de amigos. La acompañó a su hotel, fingiendo que le pillaba de camino. No era así, aunque tampoco debía desviarse mucho.

Caminaron uno al lado de otro y fue como si los años no hubieran transcurrido, como si aún fueran los jóvenes de antaño, afanados en llegar a sus casas tras una noche de botellón.

—¿En qué trabajas ahora? —preguntó deseoso de saber más de la vida de su acompañante.

—Derecho de familia, sobre todo —explicó ella—. Soy la especialista en divorcios de mi bufete. Sobre todo, de los complicados.

—Y, conociéndote, seguro que ningún hombre se aprovecha de su exmujer. Salvo que hayas cambiado mucho.

—No he cambiado en lo esencial, Carlos. Cuatro o cinco kilos más, unos cuantos años, pero la Maika reivindicativa y feminista sigue ahí. Tampoco permito que ninguna mujer exprima a un hombre más allá de lo debido. Me he granjeado una fama, creo que merecida, de conseguir acuerdos justos para ambas partes.

—No estaba insinuando lo contrario.

—¿Y tú?

—Trabajo para una multinacional, lo que, como ya te he dicho, me obliga a viajar mucho. Pero me gusta mi trabajo, y recorrer el mundo también.

—¿Y tienes una mujer en cada puerto, como los marineros?

—No tengo ninguna mujer, en ningún sitio —volvió a repetir para que le quedase claro.

Habían llegado al hotel. Dudó si ofrecerle tomar una copa, pero ella se despidió sin darle opción.

—Buenas noches, Carlos. Me ha gustado mucho volver a veros a todos. Me encantaría reunirme con vosotros mañana por la mañana, pero tomo el primer Ave para estar en el bufete lo más temprano posible.

Todos habían intercambiado los teléfonos con la intención de mantener el contacto. Y él estaba más decidido que nadie a quedar con ella en cuanto sus obligaciones lo permitieran.

—Buenas noches, Maika. No vemos en Madrid.

—Eso espero.

Se besaron en la cara para despedirse. Y la vio entrar en el hotel con el paso firme y decidido de quien sabe lo que quiere en la vida. Dio la vuelta para dirigirse a su alojamiento con una sonrisa en la cara. Estaba dispuesto a descubrir a la nueva mujer en la que se había convertido su amor de juventud.

Capítulo 1

Maika

Tendido en la cama, después de regresar a su hotel, Carlos no pudo evitar echar la vista al pasado, a sus años de estudiante, y a como se enamoró de Maika. Sin darse cuenta, sin pretenderlo, con un amor que llegó disfrazado de amistad, y no pasó de ahí.

El trío de amigas le llamó la atención desde el primer momento. Siempre iban las tres juntas: Inma, la más guapa, con su pelo rubio y su cuerpo perfecto; Lucía, tan dulce y tranquila; pero fue Maika la que lo atrajo después de conocerla mejor, por su fuerza, por su carácter reivindicativo, por el empuje con que se tomaba la vida…, por todo. Desde el instante en que las descubrió en la facultad supo que tenía que formar parte de su grupo. Y no lo dudó. No era tímido, aunque no se caracterizaba por su atractivo, era extrovertido y simpático y solía caer bien a todo el mundo.

El primer acercamiento tuvo lugar en primero de carrera, en uno de los bares de los alrededores de la facultad, una tarde después de clase en la que entró en el local y estaba lleno. Ellas ocupaban una mesa, en la que había una silla libre. No se lo pensó, lo peor que podía pasarle era que le dijeran que no. Se acercó con paso algo vacilante, y señaló la silla vacía.

—¿Puedo sentarme? —pidió—. Soy compañero vuestro y estoy sediento después de la clase de Derecho Romano que acabamos de recibir. No quiero molestar, pero no hay otro asiento libre en todo el bar.

—Ha sido árida, ¿verdad? —dijo Lucía con una sonrisa.

—Mucho.

Miró a las tres, en espera de su veredicto. Ellas se miraron y parecieron entenderse sin palabras. Al fin, Maika accedió.

—No vamos a quedarnos mucho tiempo, pero puedes sentarte. Soportar la clase de Romano, bien merece una compensación.

—Gracias. Os invito a esta ronda, como agradecimiento.

—No hace falta —rehusó Inma—. A ninguno nos sobra el dinero, a menos que seas un hijo de papá, como otros que hay en la carrera.

—Yo soy hijo de mi padre, que es funcionario. No soy rico, pero puedo invitaros a unas cervezas sin arruinarme.

Se sentó con ellas y ahí empezó su amistad.

—Me llamo Carlos Soler.

—Yo soy Inma Piñero.

—Lucía Fernández.

—Maika Delgado.

—¿Maika? —preguntó extrañado.

—María del Carmen, en el Registro Civil. Pero si me llamas así no me daré por aludida y no te responderé.

—¿No te gusta tu nombre?

—Para nada. Es el de mi abuela paterna, que casi obligó a mis padres a que me lo pusieran, pero nadie más me llama así. Mi madre se negó y yo también.

—Maika entonces.

—Sí.

Las tres amigas eran tan simpáticas como había imaginado. En seguida entablaron una animada conversación sobre la carrera, los profesores y el resto de los compañeros con los que compartían aula. Los cuatro coincidían en que Derecho Romano era la asignatura que menos les gustaba. En las favoritas había discrepancias.

Estuvieron un rato en el bar, más largo de lo que en principio habían pretendido, y después se despidieron.

Tras aquel acercamiento se creó una buena amistad que duró toda la carrera. A mitad de curso se les unieron Fran Figueroa y Raúl Hinojosa, ambos hijos de prestigiosos abogados sevillanos, pero ninguno de los dos hizo gala de su estatus social y económico por encima del resto. S

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