La fuerza de la pasión

Nora Roberts

Fragmento

Prefacio

PREFACIO

Aquella mañana de febrero en que Bobby Lee Fuller encontró el primer cadáver soplaba un viento desapacible. Luego dirían que lo había encontrado, cuando en realidad tropezó accidentalmente con lo que quedaba de Arnette Gantrey. En cualquier caso, el desenlace fue el mismo, y Bobby Lee viviría por mucho tiempo con aquel rostro blanco y ancho flotando en sus sueños.

Si no se hubiese peleado una vez más con Marvella Truesdale la noche anterior, habría estado acodado en su pupitre durante la clase de literatura inglesa, devanándose los sesos en su lucha por entender el Macbeth de Shakespeare, en lugar de ir a pescar a Gooseneck Creek. Pero como había quedado tan agotado después de la última pelea de su agitado noviazgo con Marvella –el cual duraba ya dieciocho largos meses– había decidido tomarse el día libre para descansar y reflexionar, y para enseñar a la deslenguada de Marvella que él no era un calzonazos, sino todo un hombre.

Los hombres de su familia siempre habían mandado en el gallinero, o eso habían intentado aparentar, y él no estaba dispuesto a romper aquella tradición.

A sus diecinueve años, Bobby Lee había dejado ya de crecer. Medía un metro ochenta y se movía con torpeza, pues aún le faltaba robustecer el cuerpo. Tenía grandes manos de trabajador, como su padre, pero sus brazos eran largos y flacos. De su madre había heredado el negro y espeso cabello y las pobladas pestañas. Le gustaba peinarse hacia atrás, con brillantina, como su ídolo James Dean.

Bobby Lee consideraba que Dean era un hombre de los pies a la cabeza, y estaba seguro de que tampoco él habría tolerado que lo obligaran a estudiar. Si por Bobby hubiese sido, se habría puesto a trabajar todo el día en la Estación de Servicio Mobile, que regentaba Sonny Talbot, en lugar de vérselas con el último curso del instituto. Pero su madre tenía otros planes, y nadie en Innocence, Misisipí, se cruzaba en el camino de Happy Fuller si podía evitarlo.

Happy1 –un apodo de niña que le iba como anillo al dedo, ya que era capaz de sonreírle a uno de oreja a oreja mientras lo abría en canal– aún no había perdonado al mayor de sus hijos que repitiera dos veces el mismo curso. Si no hubiese sido por lo deprimido que se sentía, Bobby Lee no se habría atrevido a hacer novillos aquel día, y mucho menos con las notas tan pésimas que llevaba. Pero Marvella era la clase de chica que empujaba a un hombre –un hombre de los pies a la cabeza como él– a cometer actos temerarios.

Así pues, Bobby Lee lanzó el sedal a las turbias y fangosas aguas del río Gooseneck y, encorvándose, se ciñó la vieja cazadora tejana para protegerse del aire frío. Su padre sostenía siempre que cuando un hombre se hallaba abrumado por asuntos importantes, la mejor solución estaba en bajar al río a ver si picaban.

Daba igual pescar o no; lo importante era estar allí.

–¡Malditas mujeres! –masculló Bobby Lee, y esbozó una mueca despectiva que había ensayado por largas horas delante del espejo del baño–. ¡Malditas sean todas ellas! ¡Así se pudran en el infierno!

Ninguna falta le hacían aquellos embrollos que Marvella tejía con sus lindas manos. Desde que lo habían hecho en el asiento trasero de su Cutlass, ella se había dedicado a despedazarlo poco a poco para luego recomponerlo a su gusto.

Pero eso no encajaba con Bobby Lee Fuller, no señor. Ni siquiera cuando ella hacía que la deseara, las veces que no estaban peleados. Ni siquiera cuando se cruzaban en los pasillos abarrotados del instituto Jefferson Davis y ella lo miraba con unos ojazos azules que parecían susurrarle los secretos más íntimos. Y ni siquiera cuando la desnudaba y jodían hasta casi desfallecer. Tal vez él la amaba, y quizá ella fuese más lista que él; pero prefería ser colgado a permitir que ella lo llevara a rastras como un cerdo atado con una cuerda.

Bobby Lee se acomodó entre los juncos que bordeaban el riachuelo alimentado por el gran río Misisipí. Oyó el solitario silbato del tren que avanzaba hacia Greenville y el susurro de la húmeda brisa de invierno entre los cimbreantes juncos. El sedal se mecía lánguido en el agua.

Lo único que picaba esa mañana era su mal humor.

Quizá se largara a Jackson. Se sacudiría de los zapatos el polvo de Innocence y probaría suerte en la ciudad. Era un buen mecánico, de los mejores, y pensó que encontraría trabajo aunque no hubiese terminado los estudios. ¡Mierda! Para arreglar un maldito carburador, nada necesitaba saber de un maricón llamado Macbeth, ni de los triángulos obtusángulos, ni de cosas por el estilo. En Jackson conseguiría trabajo en algún taller, y con el tiempo llegaría a ser jefe del mismo. ¡Demonios, se haría dueño del chiringuito en un decir amén! Y mientras tanto, la cursi de Marvella Ya-te-lo-decía-yo Truesdale seguiría en Innocence, con sus grandes ojos azules enrojecidos de tanto llorar.

Y después él volvería. Su rudo y apuesto rostro se iluminó con una sonrisa, y en sus ojos color chocolate apareció aquella mirada tierna que hacía temblar el corazón de Marvella. Sí, volvería, con los bolsillos repletos de billetes de veinte dólares. Entraría en el pueblo al volante de su Cadillac del 62 –uno de los muchos que formarían su colección de coches–, embutido en un elegante traje de corte italiano, y más rico que la familia Longstreet.

Y allí encontraría a Marvella, delgada, pálida y consumida de tanto suspirar por su ausencia. Estaría en la esquina delante de la mercería de Larsson, las manos entrelazadas entre sus senos, blandos como almohadas, y las lágrimas correrían por sus mejillas nada más verlo.

Y cuando cayera de rodillas a sus pies, ahogada por los sollozos, pidiéndole perdón por haberse portado como una mala puta con él al despreciarle, quizá –y sólo quizá– la perdonaría.

Aquella fantasía lo apaciguó un poco. El sol, que brillaba con más intensidad que antes, caldeaba el frío aire mientras reflejaba destellos en la turbia agua del riachuelo. Más relajado, Bobby se recreó en los aspectos físicos de su reencuentro.

La llevaría a Sweetwater, pues habría comprado la hermosa y antigua plantación de los Longstreet aprovechando los apuros económicos de la poderosa familia. Marvella, muy excitada, se quedaría sin aliento ante su buena fortuna. Como un verdadero caballero que era –y romántico además–, la cogería en sus brazos y ascendería con ella por la larga escalera de caracol.

Como Bobby Lee nunca había pasado de la planta baja en Sweetwater, su imaginación se desbocó. El dormitorio en que entró a la temblorosa Marvella se parecía mucho a una suite del hotel de Las Vegas –algo que para él, por aquel entonces, era una habitación con clase–, con pesados cortinajes rojos, una cama en forma de corazón, tan grande como un lago, y una espesa alfombra que tendría que cruzar vadeándola. Sonaba música. Algo clásico, pensó. Bruce Springsteen o Phil Collins. S

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