Uno
Gretna Green, 1902
Las oscuras vigas del techo se retorcían en extrañas sombras provocadas por la luz del fuego en la chimenea. Deniz llevaba una hora mirándolas, con los ojos secos, casi sin parpadear, hasta que por fin tomó una decisión.
A su lado, Terence dormía con la boca entreabierta, resoplando suavemente. Deniz se levantó despacio de la cama y contuvo el aliento cuando la madera bajo sus pies descalzos crujió al pisarla. Lo único que llevaba puesto era una larga cadena de oro de la que colgaban cuatro anillos que sujetó para que no hicieran ni el mínimo sonido al chocar entre sí.
De puntillas, caminó hasta la jofaina y mojó una toalla en la misma agua con la que se había lavado tras el viaje y se limpió con los ojos cerrados, para no ver el resultado de sus malas decisiones. Quedaban las huellas de lo ocurrido en las sábanas, pero eso no tenía remedio.
Por suerte había elegido un vestido sencillo que pudo ponerse sin ayuda. El otro, el que debería ponerse al día siguiente para la ceremonia, seguía en la bolsa sin estrenar. Recogió el resto de su escaso equipaje y, en apenas unos minutos, estaba lista para partir de nuevo.
Miró el papel y la pluma sobre el pequeño escritorio. ¿Debería dejarle una nota? ¿Explicarle por qué lo abandonaba, a él y a su reputación mancillada, con tanta decisión? No. Ella podía ser muy joven e inexperta, pero sabía que hay cosas que nunca se deben poner por escrito.
Tomó el pequeño bolso de viaje y salió de la habitación sin mirar atrás, temerosa de flaquear en el último instante. Había llegado hasta aquel lugar convencida de que amaba a su prometido y de que nada la haría más feliz que ser su esposa. Ahora sabía que no.
Con la espalda apoyada en la puerta cerrada, recordó las breves palabras que habían intercambiado tras aquel ingrato momento.
—Denise, amor mío, para una doncella siempre es doloroso la primera vez —le había intentado explicar Terence, con las mejillas arreboladas aún por lo que acababa de hacerle—, pero después se hace soportable.
—¿Soportable? —había repetido Deniz, que daba mucho valor al significado de las palabras.
—Quiero decir… Una dama probablemente nunca llegue a disfrutar como una…, como una cortesana.
En ese momento ella se había girado para ponerse boca arriba, incapaz de seguir mirándolo, y se fijó por primera vez en las vigas negras alumbradas por el fuego.
—¿Y deberé…? ¿Deberé soportar muy a menudo este…? ¿Esta…? ¿Esta invasión? —fue el único sustantivo que le vino a la cabeza en aquel tenso momento. Porque así se había sentido. Invadida.
—Querida, esto es una parte fundamental del matrimonio, sino ¿cómo tendríamos hijos? —quiso bromear él, que ya había perdido todo interés en la conversación y tuvo que taparse la boca para ahogar un bostezo—. Piensa en un pequeño Terence, o una pequeña Denise, si eso te consuela…
Apenas había acabado la frase y ya estaba dormido. Deniz lo miró, incrédula al escuchar sus suaves ronquidos. Observó su piel tan blanca y llena de pecas, y el bigotito fino, anaranjado como su pelo. Eso los había unido al principio puesto que eran los dos únicos pelirrojos del salón de baile; dos patitos feos entre elegantes cisnes, había bromeado Terence, y a ella le pareció adorable, a pesar de la torpeza del símil.
Deniz nunca había sido un patito feo. Quizá su melena, que algún pretendiente había comparado con hermosas cornalinas, fuera demasiado intensa para la aburrida alta sociedad inglesa, y puede que su risa no fuera tan afectada ni sus modales tan recatados como correspondía. Aun así, las tarjetas de visita de sus pretendientes se acumulaban en el recibidor de la casa familiar desde el día que debutó en sociedad y, haber elegido a Sir Terence Milford entre tantos buenos partidos, solo podía achacarlo a un terrible error de cálculo.
De vuelta al oscuro pasillo de la posada, Deniz suspiró, se cerró la capa de viaje y caminó hasta el comedor vacío a esas horas de la noche. Solo quedaba un borracho, probablemente un cliente habitual, y el dueño, acodados ambos sobre la barra de madera.
—¿Puedo ayudarle en algo, señorita?
El posadero la había visto llegar un par de horas antes, acompañada por Terence, y pedir una habitación para dos. No había preguntado si estaban casados, pero era evidente que daba por supuesto que no. Por aquel lugar pasaban casi a diario las parejas que se fugaban desde Inglaterra para casarse en el pueblo escocés famoso por sus rápidas ceremonias de bodas oficiadas en las herrerías, motivo por las que las llamaban «bodas del yunque».
El problema es que ellos habían llegado tarde y se habían visto obligados a esperar al día siguiente para hacer su «declaración» ante el herrero tras la cual, y con la firma de dos testigos, los declararía legalmente casados.
Deniz se sentía ahora muy aliviada por aquel retraso.
—Debo regresar cuanto antes a Londres. ¿Hay alguna diligencia de madrugada?
—Me temo que no, señorita —contestó el hombre, sin disimular cierto desdén en el apelativo—. Va a tener que esperar unas horas, hasta que al bueno de Jamie le pase la cogorza —explicó, haciendo un gesto hacia el borrachín que dormitaba sobre la barra.
—¿Puede conseguirme un caballo? El dinero no es problema.
—Una joven como usted no puede viajar sola, y a caballo, toda la noche. Sería una locura.
Deniz golpeó el suelo con un pie, impaciente. Le estaba costando soportar la falsa amabilidad del posadero, solo se obligaba a hacerlo por su premura. Tenía que salir de allí y tenía que hacerlo ya.
—¿Hay otra posada cerca? Pero no demasiado. Que sea fuera del pueblo.
—Señorita, no puede ir sola, de noche, a una posada.
El hombre se apoyó sobre los codos, al otro lado de la barra, observándola como un espectador en el teatro.
—Le agradecería que dejara de decirme lo que puedo y no puedo hacer. Limítese, por favor, a indicarme el camino.
—Jovencita, tengo edad para ser su padre, y he visto otras como usted antes, que se arrepienten en el último minuto, por eso me va a permitir un consejo: piénselo dos veces. El daño ya está hecho, su buen nombre perdido, su familia quizá no quiera acogerla de vuelta… ¿No es mejor que termine lo que ha venido a hacer aquí? Ese muchacho con el que llegó no parece mala persona.
Cuando terminó de hablar, Deniz apretaba con tanta fuerza su bolsa de viaje que había perdido la circulación de las manos.
—Señor, le agradezco su preocupación pero yo ya tengo un padre para darme consejos y desde niña me enseñó que me acogerá siempre y en cualquier circunstancia. Ahora, si me disculpa, le deseo buenas noches.
Cruzó la pequeña y oscura estancia, llena de olores aún de la cena, del humo de la chimenea y la cerveza negra que había corrido alegremente por las mesas pocas horas antes, y salió a la calle con decisión.
Estaba muy oscuro allí fuera, y hacía frío. Había descubierto demasiado tarde que su ligera ropa de verano no era adecuada para el clima escocés. Miró a uno y otro lado, indecisa. Tenía que haber más posadas en el pueblo ya que era un lugar muy visitado, tanto por los novios a la fuga como por viajeros que transitaban entre Inglaterra y Escocia. Le pareció ver algo de luz al fondo de la calle, así que echó a andar con decisión. Un perro ladró desde un patio cerrado y algún ave nocturna voló sobre su cabeza, sobresaltándola.
—Que no sea un murciélago —murmuró.
No pudo evitar acordarse de su hermana Elif, que recogía y cuidaba a toda clase de criaturas heridas o abandonadas, incluido, sí, un pequeño murciélago que alimentó con leche de oveja hasta que creció lo suficiente para recuperar su libertad. Cada vez que ella se acercaba al establo y veía aquel roedor con alas, un escalofrío de disgusto la recorría de arriba abajo. Ahora, sin embargo, y a pesar de aquello, pensar en su hermana le dio ánimos y le ayudó a acelerar el paso hacia la luz distante.
—Necesito una habitación para esta noche y un billete para la primera diligencia de la mañana —ensayó en voz alta lo que le diría al posadero para llenar de algún modo el silencio nocturno—. Si un joven caballero pregunta por mí —añadió, con voz firme—, debe decir que no me ha visto. Le recompensaré por su discreción.
Satisfecha con aquellos preparativos, apresuró más el paso hacia la posada de la que ya podía ver el letrero. Cuando se acercó un poco más, escuchó música y risas en su interior, lo que la reconfortó después de la caminata solitaria por el pueblo dormido. Nunca le había gustado la oscuridad, y menos en un lugar desconocido.
Entró en el local con decisión y miró con una sonrisa al alegre grupo que cantaba y bailaba en el pequeño salón. A la luz de las velas, parecían unos simpáticos parroquianos divirtiéndose tras una dura jornada de trabajo. Pasaron unos minutos hasta que se dio cuenta de que los escotes de las mujeres eran muy bajos, de que sus mejillas y sus labios iban teñidos de carmín y de que los trabajadores tenían manos muy largas que manoseaban partes de los cuerpos femeninos que ningún caballero osaría tocar en público.
—¿Y quién es esta belleza que nos regala la noche? —preguntó un hombre, bien vestido y con modales casi correctos, a pesar de su rostro enrojecido por el alcohol.
—Yo… Me he equivocado de lugar… Buscaba una posada.
—Esto también es una posada, hermosa —dijo él, arrastrando aún más su reconocible acento escocés—. Al menos, puedo garantizarte que tiene unas cuantas habitaciones con camas muy confortables.
Deniz fue dando pasos hacia atrás mientras el desconocido los daba hacia delante, hacia ella. Por un momento temió que la agarrara y la arrastrara por la fuerza hacia el interior, así que se levantó las faldas y echó a correr, dejando caer su bolsa en el camino. La carcajada del escocés la siguió por la calle desierta.
En su atropellada huida metió un pie en un hoyo y cayó de rodillas. Ahogó un grito para no alertar al desconocido, temiendo aún que la siguiera, y se arrastró hacia un rincón oscuro para recuperar el aliento. Le dolía el tobillo derecho y notaba un intenso escozor en la piel de las rodillas donde sus medias estaban rasgadas. Como hacía cuando era pequeña y se caía, se mojó un dedo con saliva y se lo pasó por las heridas. Cuando volvió a meterse el dedo en la boca notó el sabor metálico de la sangre.
No iba a llorar. Aquello no era nada si lo comparaba con la vez que el nuevo caballo de su padre la tiró al suelo. Le habían advertido que tenía mal carácter y que no se acercara a él. Como tantas otras veces, hizo exactamente lo contrario de lo que decían. El dolor que sufrió durante semanas en las costillas magulladas y las manos y piernas despellejadas, fue suficiente castigo para su osadía, aunque no sirvió de lección. Deniz había nacido rebelde y estaba dispuesta a serlo hasta el fin.
Solo cuando recuperó el aliento se dio cuenta de que había perdido su bolsa. En ella estaban sus documentos y todo su dinero. No se atrevía a volver a aquel lugar a recuperarla; era rebelde, no estúpida, así que, para su inmensa desgracia, solo le quedaba deshacer su camino y pedir ayuda a Terence.
—Me sentía inquieta y salí a dar un paseo —ensayó de nuevo sus palabras, tras ponerse en pie y sacudirse la ropa llena de polvo—. ¿La bolsa de viaje? Bueno, la bolsa de viaje la llevaba porque… Porque… Maldición, voy a tener que confesar la verdad.
Se detuvo ante la puerta de la posada y dio una patada a una piedra que resultó más dura y pesada de lo que esperaba y una vez más tuvo que ahogar un quejido.
—Quizá si le pido al posadero que recupere mi bolsa… —pensó en voz alta—. Ese hombre seguro que haría cualquier cosa por una buena recompensa.
Por suerte había decidido llevar una importante suma de dinero encima. Terence no tenía apenas dinero propio, y ese era uno de los motivos por los que se habían fugado para casarse. Dependía de su tío, que lo mantenía y lo había nombrado su heredero, y que estaba empeñado en casarlo con una dama de su elección. Deniz se decía a sí misma que cuando regresaran de Gretna Green sabría cómo ganarse a aquel anciano cascarrabias, pero ahora que había decidido no casarse, se daba cuenta de que se había quitado un gran peso de encima.
—Señorita, ¿esto es suyo?
Deniz ya tenía la mano en el pomo de la puerta para volver a en
