1
OLIVIA
Barcelona, España
Termino refugiándome debajo del primer techado que encuentro al cruzar el jardín. Creo que da la espalda a uno de los museos de la zona. La lluvia comienza a calar mis calcetines e intento quitarme el exceso de agua del pelo estrujándomelo. Tras unos segundos, me rindo al recordar todo el trayecto que me queda por hacer hasta llegar a casa. Cojo el móvil para pedir un uber, pero el teléfono muere justo antes de pagar. Joder. No me queda otra que esperar a que escampe.
Corro por debajo de todos los balcones que voy encontrando, con esperanzas de esquivar la tormenta lo máximo posible, lo que hace que me percate de que me he pasado bastante con el vino, ya que no soy capaz de caminar en línea recta ni aunque me esfuerce. Puede ser que esté empezando a confirmar que las primeras semanas universitarias son las más intensas. Y más aún si la mayoría de las noches las comienzas a las seis de la tarde en un pub lleno de gente que ni conoces.
A pesar de no tener rumbo fijo, al final de una calle diviso las luces de lo que parece ser un bar y no dudo en ir hacia allí. Aunque he pasado por aquí más de una vez desde que estoy viviendo en Barcelona, soy incapaz de situarme ahora mismo. Tampoco es que vaya a servirme de mucho saber dónde estoy. Me basta con que estar a cubierto impida que el rímel me llegue a la barbilla.
Una vez dentro, me quito la americana que llevo puesta, para entrar en calor lo antes posible. Me siento completamente desorientada. Unos señores que salen del local aún más desconcertados que yo se me quedan mirando. Me acerco a la primera mesa que veo vacía y, con ayuda de un par de pañuelos que saco del bolso, me seco la cara sin molestarme ni en ir al baño para comprobar que todo está en orden. Ahora mismo no es ni de lejos el mayor de mis problemas; total, estoy en un bar indie, a las diez de la noche de un martes, y ya estoy borracha. Creo que mi aspecto no cambiará la situación, pero se me dibuja una sonrisa en la cara al pensar en la vergüenza que doy, aunque nadie me esté mirando. Esa era una de las cosas por las que me gustaba la idea de irme del pueblo: pasar desapercibida, y más en días como hoy, que parece que la lluvia ha querido que forme parte de su tormenta.
Me acerco a la barra para pedirme una caña y pasar un rato allí. Es un sitio acogedor, de estos bares con luces cálidas para que veas solo lo justo y necesario. Los pósters de los grupos de rock que cuelgan de las paredes y aquellas fotografías analógicas me recuerdan a los garitos a los que solía ir cuando estaba en bachillerato. De hecho, quitando a los hombres, que ocupan casi todos los taburetes de la barra, hay un par de grupos de chicos que parecen tener mi edad. O a lo mejor son algo mayores. Están sentados alrededor de un pequeño escenario que cuenta con un micrófono bastante retro y con un foco que lo ilumina desde el techo. En la pared se proyecta un cartel en el que puedo leer que es noche de micro abierto.
Cuando el camarero me sirve, me atrevo a mezclarme entre la gente que está en aquellas sillas y, una vez sentada, aplaudo casi inconscientemente mientras una mujer a la que no le he prestado atención baja del escenario. Ahora es el chico que está sentado a mi lado quien se levanta, y un amigo suyo le anima dándole un par de palmadas en la espalda justo cuando sale de la fila y deja un asiento vacío entre nosotros dos. Tras despedirle, me mira durante unos segundos y me sonríe, quizá porque es evidente que me ha hecho gracia la situación.
Llega al escenario, saca su móvil del bolsillo y parece buscar en él lo que va a leer. Me fijo en sus manos. Y también en sus piernas. Se nota que está nervioso.
—«Co-corazón de piedra, no supe darme cuenta»… Eh, perdón.
Hace una pausa que parece ser eterna y la acompaña de una risa incómoda, pero oigo un fuerte aplauso del chico que le acompañaba y decido seguirle hasta que se unen todas las personas del bar, para que pueda recomponerse y continuar.
—«Corazón de piedra, no supe darme cuenta. No supe darme cuenta de la manera en la que te pisaba para así acostumbrarte antes al dolor, para que enfrentarme al mundo no fuese como lanzarme al vacío. No lo hago ni cuando me obsesiono para curarme rápido de las cosas que más se sienten, y menos cuando quiero parar un momento para retener el poco amor que queda aquí dentro. Porque no soy capaz, porque pensaba que eras indestructible» —recita mientras gesticula con las manos para envolvernos a todos los que le escuchamos en su mismo sentimiento.
Parece de mi edad, juraría que no llega a los veinticinco. Siento que se ha comido todos los nervios que tenía al principio, cada vez se mueve más. También me fijo en su acompañante, que le mira embobado mientras sigue sonriéndole. Es bastante guapo. Tiene el pelo algo despeinado y lleva un jersey negro de cuello alto que me impide conocer más de él. Solo veo que tiene un brillo indescriptible en los ojos.
Me quedo pensando en la relación que pueden mantener. Deduzco que no son hermanos, porque no se parecen en absolutamente nada, excepto en que los dos son morenos. Y dudo muchísimo que sean pareja, por la manera en la que le ha despedido. O puede que esté simplemente prejuzgándolos (aunque mi radar no suele fallar). Supongo que me quedaré con la duda.
Le miro durante más tiempo del que me gustaría admitir, hasta que se vuelve hacia mí y dirijo la vista enseguida hacia el escenario, pensando en si me ha pillado.
—«Porque a lo largo de los años he ido dejando de hacerte caso para no matar la ilusión de aquel niño que confiaba plenamente en ti. Porque cuando te fuiste de mí todo se volvió un poco más frío, porque la casa dejó de estar decorada y solo me quedé con unas cuantas cajas vacías. Porque así eres tú, corazón de piedra. Nunca sabes dónde acaban tus propios sentimientos. Y por eso estás cansado de intentarlo conmigo; ya no sabes ayudarme, no sabes si merezco la pena o si alguien se atreverá a descubrirlo».
Hasta hace un momento estaba intentando no emocionarme, pero ahora no sé si seré capaz de conseguirlo. Me está encantando escucharle. No es solo lo que dice, sino cómo lo dice. Con cada verso parece que esté a punto de romperse en dos, como si se estuviese sumergiendo por completo en la historia que está contando.
—«Lo siento mucho, corazón de piedra. Puede que sea una carta rota. Una carta a pedazos que no merezca la pena escribir de nuevo y que probablemente dejes a medias. Pero no tengo ni idea de cómo solucionar este desastre. No sé si dejar que la lluvia termine empapando cada uno de mis sentidos hasta que ya no duela. Pero ojalá que algún día volvamos a encontrarnos. Que podamos comenzar de cero en algún sitio donde el vértigo no nuble todo lo que queda de mí y me atreva a gritar estas letras que hasta ahora no dejan de estar desordenadas. Ojalá algún día las flores puedan regarse solas. Y me convierta en algo de lo que pueda estar orgulloso. Corazón de piedra…».
—«… lucharé para convertirte en luz» —dice el chico de mi derecha, que termina el poema a la vez que su autor.
Le miro sin saber muy bien lo que acababa de pasar y sin acordarme de dónde estoy. Ha sido… increíble. Pensaba que iba a ponerse a llorar en cualquier momento, pero en cuanto termina le dedica al público una dulce sonrisa que al final me contagia. Nos levantamos todos a aplaudirle y noto que mi casi compañero de asiento me observa mientras sonríe. Al mirarle de reojo, no puedo evitar elevar las comisuras yo también, y nos volvemos hacia el poeta, que se baja eufórico del escenario y va directamente a abrazar a un par de chicos que también estaban cerca de mi sitio. El de mi derecha se une a ellos.
Yo me río al ver cómo celebran su efímera actuación y le doy el último sorbo a mi botellín mientras veo a una chica subiéndose a la tarima para cantar con su guitarra. Reconozco enseguida la canción cuando empieza a tocar los primeros acordes de «She Used to Be Mine». Creo que fue una de mis canciones más escuchadas durante la cuarentena.
No pasa ni media hora cuando me acerco de nuevo a la barra. Siento que he llegado a ese punto de la noche en el que ya no me importa cuánto he bebido, porque sé que mañana me arrepentiré de cada una de mis decisiones. Pero ahora no parece ser un gran problema.
Me apoyo y me fijo en una pareja que está cantándose la canción. Qué bonita la manera que tienen de mirarse. Sobre todo, ella a él. Como si pidiese a gritos poder parar el tiempo para quedarse solos ellos dos. Para que todo lo que los rodea siga sin que les importe lo más mínimo.
Una camarera se acerca hacia mí para tomar nota. Al pedirle otra cerveza, alguien se apoya a mi lado y hace que nuestros codos se rocen.
—Que sean dos —añade el chico que había estado sentado antes conmigo.
Le miro por inercia, pensando que él no me estaría mirando a mí, aunque lo único con lo que me encuentro es con sus ojos.
—He visto que te ha gustado lo de antes —me dice mientras se sienta en un taburete.
Le miro un poco confundida, porque sigo sin saber si la conversación va conmigo, pero lo deduzco al ver que está esperando respuesta.
—Pues la verdad es que sí. Y mira que yo no soy mucho de poesía —respondo, acordándome de todos los poemarios de mi madre que he dejado a medio leer—. Pero escucharle a él ha sido algo completamente diferente.
La poesía era algo que nunca había terminado de conectar del todo conmigo. Mi abuelo era un enamorado de las letras y terminó trabajando en una editorial durante toda su vida. Gracias a él y a que le transmitió su pasión a mi madre, he crecido rodeada de todo tipo de libros. En el caso de la poesía, cada vez que me han recomendado algún texto de este género no he sido capaz de encontrarle un sentido. Supongo que siempre he pensado que eran simples palabras desordenadas que alguien intenta conectar entre sí solo para creer que así pueden llegar a tener un significado bonito. Algo que nunca he sido capaz de comprender.
—Pues para no gustarte te he visto la lagrimilla —bromea justo cuando la camarera nos sirve las cervezas.
La verdad es que me ha emocionado más de lo que me gustaría admitir.
—Puede ser que haya estado a punto de soltarla, tengo que reconocer que tiene muy buena labia tu…
—Amigo —termina por mí cuando ve que hago una pausa, ya que no quería dar por hecho cuál era la relación que tenían—. Se llama Marc y es, literalmente, la persona que más me ha hecho llorar, y eso es mucho decir. Pero solo por cómo recita cualquier cosa que le pongas por delante.
—Y también por cómo escribe. Me ha gustado bastante eso de «corazón de piedra».
Me sincero de la forma más dramática posible poniéndome un puño cerrado en el pecho. Él me sonríe.
—No, por favor; si lo dices así, da vergüenza ajena.
—Te lo digo de verdad, ha sido muy personal. Como si fuese una conversación que mantienes contigo mismo en una habitación en la que nadie te puede oír.
—Ese es su objetivo, creo yo. A veces tengo la sensación de que solo le gusta enfocarse en la nostalgia.
—Bueno, a mí me parece que también está abierto a que el destino le ofrezca en algún momento lo que se merece. Eso ha sido lo que más me ha gustado —reflexiono sabiendo que nada de lo que estoy diciendo saldría de mi boca con tanta facilidad si no hubiera bebido.
Pero parece que a él le interesa lo que me queda por decir.
—¿Crees en el destino, corazón de piedra?
No. No me puedo creer que me haya llamado así. QUÉ VERGÜENZA.
—Menos mal que no querías que sonase vergonzoso… Olivia suena mucho mejor —le digo completamente roja.
—Bueno, bueno; perdona. Yo Ander, encantado.
Me ofrece la mano para que le salude.
—Pues, Ander, respondiendo a tu pregunta, sí, sí que creo en el destino. Y con respecto a lo que decía tu amigo, creo que tarde o temprano terminas conociendo a alguien que te hace saber qué es lo que mereces en realidad.
Aunque dentro de unas horas puede que no le encuentre tanto sentido, estoy diciendo la verdad. A lo mejor, gracias al destino he terminado en este bar, hasta arriba de alcohol y hablando con un desconocido sobre algo de lo que en realidad no tengo criterio con el que justificarme.
—Pues me temo que discrepo —me contradice mientras se recompone.
Parece que quiere alargar la conversación.
—No me digas, ¿qué pensará tu amigo si se entera?
—Está acostumbrado a que me entretenga llevándole la contraria, tranquila. Pero piénsalo, ¿de verdad crees que gracias al destino has terminado, por ejemplo, aquí sentada, conmigo? No sé, que tampoco quiero basarme ahora en la teoría más científica que exista, pero creo que las conexiones humanas hacen mucho más que un supuesto destino.
—Entonces, según tú, te has sentado aquí simplemente porque te he parecido maja antes, no porque el destino quisiera que nos conociéramos.
—Bueno, eso de maja lo has dicho tú. Pero sí, me había fijado en ti porque supongo que he sentido que eras interesante. Que tenías algo que contar.
No puedo parar de mirarle. Es uno de esos chicos que no sabes qué tienen, pero cuyas palabras te hacen sonreír sin remedio. También me gusta la forma que tiene de colocarse el pelo de vez en cuando. Y sé que, si sigue hablándome mientras yo estoy en estas circunstancias, terminaré confesándole lo muy atractivo que me parece.
Pero no creo que haga ni falta. Hemos estado bastante entretenidos durante varias horas, hablando sobre su concepción del destino y de la manera que tenía de conocer a las personas. Aunque cada vez que recuerda que él no ha bebido casi nada pierde un poco la gracia, porque siento que estoy haciendo el ridículo y que se está quedando conmigo por completo, a pesar de que tampoco me importa mucho, dado que la conversación no cesa en ningún momento. Y creo que eso ha hecho que en algún momento yo también deje de beber.
Ahora jugueteo con una servilleta que acabo de coger después de haber destrozado la etiqueta de la botella que me he terminado hace una hora. Es una manía que tengo desde siempre, y más aún cuando estoy conversando con alguien a quien no conozco del todo.
Aunque la conversación con Ander me hace estar de lo más cómoda, su presencia me pone un poco nerviosa. Al volver a mirar hacia la servilleta, me fijo de nuevo en la frase que lleva impresa. Creo que su autor es quien me ha obligado a cogerla. Y ahora no puedo parar de leerla y Ander se da cuenta de ello.
The more you love,
the more you suffer.
VICENT VAN GOGH
2
ANDER
—«Cuanto más amas, más sufres» —leo cuando cojo otra servilleta del mismo dispensador que Olivia para ver aquella frase que la ha dejado embobada.
No he parado de mirarla de reojo desde que entró en el bar. Sigue teniendo el pelo bastante húmedo por la que caía cuando entró, lo que también la ha obligado a quitarse la chaqueta; lleva puestos un jersey gris y unos vaqueros negros bastante anchos, parecidos a los míos. Sus manos son preciosas. Tiene las uñas pintadas de granate, me he dado cuenta cuando ha cogido la servilleta para doblarla por todos los extremos mientras habla conmigo, aunque no por ello me ha quitado la mirada en ningún momento.
—¿Te gusta mucho Van Gogh? —le pregunto al verla tan interesada en la frase impresa.
—Bueno, solo lo conozco por sus pinturas, que tiene algunas muy famosas. Pero esta frase también me ha gustado.
—Te recomiendo leer Cartas a Theo, entonces.
Me doy cuenta de que es probable que no le guste leer ese tipo de libros, pero albergo la esperanza de despertarle la misma ilusión que ella me ha hecho sentir cuando la he visto leyendo una cita de mi pintor favorito.
—Pues lo tendré en cuenta. Van Gogh es el mismo que pensaba que el arte es para aquellos que están rotos por la vida, ¿no? Además de ser el autor de la Noche estrellada, claro —me dice entre risas.
—Sí, y ha hecho más cosas que pintar la Noche estrellada. —Suelto una pequeña carcajada—. Solía escribir también todo tipo de cartas a su entorno y sobre todo a su hermano. De ahí salen todas esas frases que conoces, ya que después de su muerte todos estos textos se recopilaron y se publicaron.
—Joder, pues qué bonito que alguien haya escrito cosas así…
—También fue un constante atormentado, tuvo tiempo para plasmar todo tipo de emociones.
—Eso lo hace aún más especial. Es como lo que ha hecho antes tu amigo ahí arriba.
—¿A qué te refieres?
—A encontrar la esperanza en medio de la oscuridad, que creo que es bastante importante.
—Puede ser.
Me vuelvo a reír viendo lo muy intensa que se ha puesto, en cierta parte gracias al alcohol. Y eso que a medida que ha ido pasando la noche he intentado pillarle el ritmo con un par de tercios.
Desde hace un buen rato he perdido la cuenta de las horas que llevo hablando con Olivia sin parar. En teoría le había prometido a Marc que nos marcharíamos después del recital, pero ahora no paro de evitarle cada vez que me pide con su mirada amenazadora que nos vayamos de una vez a casa. Está sentado solo, a una mesa a varios metros de distancia, y sé que en cualquier momento va a irse y a dejarme sin chófer con el que volver al piso. Pero, aun así, sigo picándole cada dos por tres cuando nuestras miradas se cruzan. Sé que me la estoy ganando.
Es que no puedo dejar de escucharla. Hace apenas media hora me estaba contando cómo perdió un vuelo a París con sus amigos del pueblo el invierno pasado y ahora parece que acabo de crear una futura fanática del arte. En otra situación me habría dado un poco más igual, pero me encanta que haya relacionado lo que ha leído Marc con mi pintor favorito. Hace que ese poema sea todavía más especial. Más de lo que ya lo es para mí.
—Bueno, creo que va siendo el momento de que nos despidamos, ¿no, Ander? —nos sorprende Marc, que termina apareciendo a nuestro lado—. Mañana tenemos clase temprano y no me gustaría faltar el primer día.
—Yo también debería irme ya —responde Olivia mientras se levanta de su taburete, que estaba bastante pegado al mío, por lo que se apoya en mi pierna para poder bajarse—. Empiezo mañana también y ya he asimilado que voy a tener bastantes problemas para comenzar el día con buen pie.
—Chica, eso tenlo por seguro —se sincera Marc con cierta ironía.
Cuando los tres nos disponemos a abandonar el local, me percato de que somos los últimos que quedamos en el bar. Nos despedimos de un par de camareros que recogen las sillas que antes estaban en el escenario y que limpian una de las mesas que había en la entrada.
Al salir a la calle, suspiro al ver que sigue lloviendo casi como cuando llegamos. Veo que la chica con la que he pasado gran parte de la noche mira con desesperación el panorama y no hace ningún amago de coger un paraguas del bolso. Cuando recuerdo el aspecto con el que entró al bar, doy por hecho que no lo va a hacer en ningún momento.
—¿Vives por la zona?
—Cerca del barrio Gótico, creo que me voy a pedir un uber ahora que he podido cargar un poco el móvil.
—¡Qué va! Nosotros vivimos por el centro; si quieres, te acercamos, que no tardamos nada.
—Y así te ahorras esperar a que venga nadie a por ti, tenemos el coche ahí —le dice Marc señalando un poco más allá.
—¿Seguro que no os importa? ¡Pues genial!
Me sorprende que no haya dudado ni un segundo en aceptar nuestra propuesta sin conocernos absolutamente de nada. Pero reconozco que yo también me hubiese subido a un coche con ella después de haber debatido sobre nuestros directores de cine favoritos o sobre las pocas novelas que ha leído Olivia en los últimos años. Coincidimos en que ambos hemos leído Gente normal. E incluso Éramos unos niños. Parece ser que tiene más cultura popular de la que quiere admitir.
Cuando abrimos el coche, me acomodo en el asiento del copiloto y Marc arranca para emprender la marcha en la dirección que ha puesto Olivia en el Maps de mi móvil.
—¿Y a qué se dedica nuestra amiga…?
—Olivia, se llama Olivia —le digo a Marc, y me doy cuenta de que no hemos hablado ninguno de los dos sobre lo que estudiamos.
—Voy a empezar Derecho, mi primer año.
—¿En serio? ¿Tienes dieciocho?
—No, diecinueve. Cuando terminé bachillerato no sabía muy bien qué hacer con mi vida y no quería precipitarme demasiado, así que me di un tiempo para pensarlo mejor.
—¿Y por qué Derecho? —pregunto sorprendido.
—Pues porque siempre he intentado buscar la justicia para las cosas. Y, aunque no se me dé muy bien pelear, creo que también me puede ayudar para tener un poco más de carácter. Mi objetivo es ser una buena abogada en un futuro.
—Pues a mí me ha parecido que tienes bastante carácter.
—No te creas, ¿eh? Es el alcohol el que habla por mí.
Confío en su palabra. Sus últimas frases han sido bastante difíciles de entender por lo poco que estaba pronunciando. Ahora está entretenida mirando por la ventanilla del coche.
—¿Y vosotros? Esperad, que lo adivino… ¿Alguna carrera relacionada con Filología hispánica o algo por el estilo?
—Casi.
—Periodismo los dos. Estamos en el tercer año.
—¿Y qué tal por la ciudad?
—Los dos somos de Barcelona, pero nos conocimos cuando empezamos la carrera. Te va a gustar bastante el ambiente universitario.
—A no ser que te ahogue —menciono para mí mientras sonrío sin darme cuenta de que los dos me han escuchado perfectamente—. Por los guiris que hay siempre, me refiero.
Olivia termina durmiéndose cuando faltan pocos minutos para llegar a su destino. Su última aportación ha sido tararear «We Are Young», que estaba sonando en la radio.
Al llegar a la calle, nos despedimos de ella y nos da las gracias por haberla llevado, sabiendo que nunca más volveremos a vernos.
Cuando la veo alejándose desde el retrovisor, me arrepiento de no haberle pedido ni su usuario de Insta para volver a vernos en algún momento. Pero es que tampoco creo que sea lo más coherente al conocernos solo de un rato. Después de haber hablado con ella durante horas y de haber podido evadirme de todo lo que me ronda la cabeza, no he podido evitar pensar en lo guay que sería repetir en algún momento. Me quedaré con la duda de si ella opina lo mismo.
Cuando Olivia llega al portal, Marc arranca; se ha quedado tranquilo, la hemos dejado a salvo en casa. Pero me doy cuenta de que tiene algún problema. Está buscando algo.
—Para, para —le ordeno a Marc—. Creo que se ha dejado algo.
Me giro para comprobar que, en efecto, se ha olvidado el bolso en el asiento trasero del coche. Lo cojo y voy en su búsqueda.
Avanzo rápido para intentar mojarme lo menos posible, pero en cuestión de segundos mi ropa parece fusionarse con mi piel. Olivia me mira desde el techado de su portal y se ríe al verme correr como en una película romántica. No puedo evitar sonreírle con vergüenza al imaginarme corriendo bajo la lluvia.
—Perdón, perdón, perdón —me dice sin parar de reírse y cogiendo su bolso a toda velocidad—, de verdad que hoy no es mi día.
—No pasa nada, ya te pediré lo que me cueste el paracetamol para el resfriado que voy a pillar.
Cuando consigue abrir la puerta, ambos nos metemos en el portal para resguardarnos un poco mientras Marc rodea la manzana. Porque estaba claro que yo no podía esperarme a dar la vuelta con él, tenía que salir con la que está cayendo.
—Oye, de verdad, gracias.
—Nada, nada. No me iba a quedar con las llaves de tu casa.
—No solo por el bolso, ni por traerme, sino por el rato que me has hecho pasar. Ha sido muy guay conocer a alguien de la ciudad.
—A mí también me ha molado bastante pasar tiempo contigo. Me ha sorprendido la cantidad de cosas que tenemos en común, a pesar de que no llegue a gustarte del todo la poesía.
—Ahí estaré si tu amigo vuelve a participar en algún micro abierto. Puede que empiece a gustarme un poco más.
—Ojalá sea así.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos mientras espero a que llegue Marc a por mí, pero no se me hace para nada incómodo. Y aunque me cuesta mirarla cada vez más, no quiero apartar la vista. Desde hace un rato he empezado a dejar de ver decentemente, pero el brillo de sus ojos es hipnótico.
—¿Qué te ha traído hoy hasta aquí? —pregunto sin pensar.
—Me apetecía divertirme.
—Tus ojos no dicen lo mismo.
—¿Qué dicen mis ojos, entonces?
Antes de darme cuenta de lo que está pasando, Olivia comienza a acercarse lentamente hacia mí y convierte el espacio en todo un abismo en el que me quedo completamente sumergido. Empiezo a acariciarle el brazo sintiendo cada centímetro de su jersey, hasta que nuestros labios están a punto de juntarse. Sigo peleándome con sus ojos, que siento que quieren decirme algo muy diferente de lo que transmite su cuerpo. Por mucho que intente evitarlo, necesito besarla. Tenerla tan cerca me está volviendo loco, y, sin querer, me enciendo cada vez más. Ambos lo hacemos.
Y algo decide traernos de nuevo a la realidad.
—¡Olivia! ¿Estás abajo? —grita alguien desde alguna parte.
—Joder… Es mi compañera de piso. De verdad, perdón por… esto. No suelo ser así —me dice nerviosa al distanciarse enseguida de mí y cambiar por completo de postura—. Lo siento muuucho… Bueno…, ya nos veremos… ¡Gracias!
Comienza a subir las escaleras, tambaleándose al pisar algún que otro escalón. Las luces del portal terminan apagándose al cabo de unos segundos y me quedo a solas con la luz que entra gracias a las farolas de la calle.
¿Qué acaba de pasar? ¿Me acaba de dar las gracias después de haber estado a punto de besarme? ¿Así ha sido nuestra despedida?
Intento ordenar todo lo que ha ocurrido en los últimos cinco minutos en mi cabeza, hasta que oigo un claxon que viene desde la calle. Es Marc, que me grita desde dentro del coche que me suba. Cuando me ve, no duda en soltar una carcajada.
—Le has encantado a la abogada, ¿eh?
—No digas tonterías. La pobre estaba dispuesta a hacerse amiga hasta de los ancianos que había dentro del bar con tal de quedarse un rato más —digo, evitando contarle mis últimos momentos junto a ella.
—A ti también te venía de perlas quedarte un poco más, te he visto despejado.
Me limito a asentir.
Cuando llegamos a casa, me lanzo sobre la cama; después me pongo varias alarmas en el móvil para intentar no llegar tarde al primer día de clase. Vuelvo a mirar la hora y, al ver que ya son las tres y media de la madrugada, corro a quitarme la ropa a oscuras y meterme directamente en el sobre.
La cabeza me da vueltas sin parar, pero aun así no puedo dejar de pensar en la chica. Se le han humedecido los ojos al escuchar cómo un corazón de piedra quiere volver a encontrar la luz, la misma mirada que me ha dedicado a mí pocas horas después y que ha sido la culpable de que haya intentado alargar el tiempo a su lado lo máximo posible.
También pienso en el final de nuestra conversación. En el momento en el que se ha dado cuenta de que somos dos personas borrachas que han encontrado a alguien con quien pasárselo bien una sola noche. Y puede que eso sea lo que le haya dado miedo. A lo mejor es que yo he visto alguna cosa en ella y ella se ha dado cuenta de que he sentido algo más, de que quería más que un simple beso, aunque no la conociera de absolutamente nada.
O puede que la frase de Van Gogh de aquella servilleta tenga más razón que nunca, que cuanto más amas, más sufres, y que coincidir con Olivia haya sido solo un efímero descanso de todo eso a lo que llevo meses dándole vueltas.
Todo lo que parece no querer marcharse.
3
OLIVIA
Oigo que Carla grita mi nombre a lo lejos, en la fiesta del pueblo, a la vez que yo me alejo de la verbena. He terminado hasta las narices de tener que cuidar de todas mis amigas y he decidido que ya es hora de volver a casa, aunque Carla luche hasta el final para que me quede a su lado lo que resta de noche.
La música comienza a llegarme algo distorsionada, pero la voz de Carla va ganando fuerza a medida que se acerca a mí. Hasta que la siento a mi lado.
—¡Olivia! ¿Es que vives sola en esta casa o qué? —me grita para después lanzarme con todas sus fuerzas el cojín que había dejado sobre la silla de mi escritorio—. Vas a llegar tarde el primer día, tía.
—Joder, joder. No he oído la alarma.
Me reincorporo como puedo en la cama para intentar espabilarme.
—Pues no será porque te has puesto pocas…
—Sabes que todavía tengo que adaptarme a tu alta sensibilidad con los ruidos, perdona —digo sabiendo lo mucho que le molesta cualquier sonido que suba de sus decibelios preestablecidos—. ¿Me esperas para ir juntas al campus?
—Pues mira, te diría que sí, pero David va a venir a recogerme ya, porque tiene que ir a comprar un par de cosas para su piso y voy a ir a aconsejarle. Este chico parece que no es capaz de decidir si no es con mi ayuda.
—¿Nos vemos a la hora de comer, entonces?
—Dalo por hecho, cari.
Se despide dándome un beso en la cabeza.
Me levanto de la cama enseguida, cuando veo la gran cantidad de alarmas de las que he pasado; tengo el tiempo justo para salir de casa.
Voy hacia la cocina y enciendo la cafetera. Dudo que pueda afrontar el día si no lo empiezo desde ya con la primera dosis de cafeína. No tengo tanta resaca como me esperaba, pero me bebo un vaso de agua que lleno hasta casi rozar el borde para evitar cualquier consecuencia de la noche de ayer. Porque vaya noche. No pensaba que iba a comenzar así mi vida universitaria.
Después vuelvo a la habitación mientras busco en mi móvil la playlist que me pongo de fondo todas las mañanas. Comienza a sonar «Just The Two of Us» y abro el armario con la intención de elegir qué ponerme para mi primer día. Tras muchos intentos de combinaciones imposibles con las que renovar de alguna manera mi imagen, y después de sentirme lo bastante ridícula haciéndolo, me pongo una camiseta básica blanca, mis vaqueros de confianza y unas Adidas con rayas azules; así le doy algo de color al asunto.
No ha terminado de sonar la canción cuando se pausa y deja paso a otra alarma que había programado para salir con el tiempo justo de casa. Porque sabía que, de alguna m
