Cómo resolver un asesinato (antes que tu ex)

Samuel Gómez
Samuel Gómez

Fragmento

cap-1

Prólogo

El interrogatorio

Seis días después del asesinato

—Cuéntame cómo encontrasteis el cuerpo.

Al otro lado de la mesa, la mujer estudia cada uno de mis movimientos, y pienso bien mis próximas palabras.

Me da miedo dar un paso en falso. Cualquier cambio en mi postura puede meterme en un problema serio, a pesar de que, excepto unas cuantas leyes que habré quebrantado, no he hecho nada malo. Aunque, claro, eso es subjetivo. Si la inspectora piensa que estoy mintiendo, mi percepción personal importará poco. Quizá incluso acabe en la cárcel.

—No sé por dónde empezar —admito, y me froto las manos por el frío que hace en la sala de interrogatorios.

La temperatura de esta habitación debe de ser una táctica para sonsacar la verdad a los sospechosos. No es normal que, en el exterior, el calor de Madrid casi derrita el asfalto y aquí tenga más escalofríos cada minuto que transcurre.

La policía me mira con una expresión prudente.

—Tengo entendido que, cuando hallaste el cadáver, estabas con tu exnovio, Eric Lobo, ¿verdad? Y, sin embargo, habíais ido a un hotel de parejas, aunque ya no manteníais ninguna relación sentimental. Ese me parece un buen punto de partida. La situación es cuando menos… atípica.

Mi primer instinto es reírme un poco, porque es verdad.

Los últimos días han sido surrealistas, y aún no he tenido tiempo de procesar todo. No sé cómo narices voy a explicarle a la inspectora lo que sucedió sin que parezca que he perdido la cabeza. Lo mismo en lugar de en la cárcel me meten en un psiquiátrico. No los culparía del todo.

Esta no es solo la historia de una investigación.

Es una historia de amor. Y de odio. Una que se complicó más de lo que podría haber imaginado.

—El asesinato se produjo el sábado por la mañana —continúa diciendo. Es su tercera intervención consecutiva; seguramente sea mi última oportunidad para hablar antes de que se enfade y me toque vérmelas con un juez—. Vamos a retroceder hasta ese día. Dime, ¿quién vio el cuerpo primero?

Destenso la mandíbula e inspiro.

—En realidad, todo empezó el viernes.

Viernes

1

Cómo localizar a un psicópata
(en una fiesta de inauguración)

De las cincuenta personas que hay en esta azotea, nadie tiene más probabilidades de ser un psicópata que Álvaro Sierra.

Aun así, eso no me impide aceptar el moscow mule que me ofrece cuando reaparece a mi lado. Primero, porque la psicopatía no es sinónimo de criminalidad y, segundo, porque él no es partícipe de mi juego y sería extraño que rechazara su bebida sin dar ningún tipo de explicación.

—¿Todo bien? —pregunta, devolviéndome a la realidad. Choca su copa con la mía—. Se te ve distraído.

Sonrío, pero no le doy la respuesta que busca. Todos tenemos una forma particular de entretenernos, y la mía no es una que le pueda contar a un completo desconocido.

—Bueno, cuando alguien te dice «no te muevas de aquí» y desaparece durante quince minutos, te pones a pensar. Ya sabes… «¿habré apagado la cocina de gas antes de salir?» o «¿qué día me llegará la nómina este mes?».

Hace una mueca en señal de disculpa.

—Perdón. De verdad. Uno de los productores lleva dieciséis… diecisiete copas más de la cuenta y ha tirado la botella de vodka al suelo, así que el camarero ha tenido que bajar al almacén a por otra. No ha sido culpa mía.

—No te preocupes —le digo—. Se me ha pasado el rato volando.

—Ya he visto. ¿En qué estabas pensando? Y no me digas que en la cocina de gas, porque era algo más interesante.

Ahí está la pregunta otra vez.

—No tengo cocina de gas —reconozco—. Mi nuevo piso tiene vitrocerámica; me he unido al siglo veintiuno.

Levanta las comisuras de los labios.

—¿Entonces?

Se lo diría si hubiese una manera no ofensiva de confesar que me preguntaba quién de sus compañeros —él incluido— tiene más papeletas de ser un psicópata. Pero no la hay.

No recuerdo de dónde saqué la idea. Quizá me inspiré en mis amigos, que se entretienen imaginando la vida de los extraños que los rodean, y decidí darle un giro macabro. Después de leer tantos manuales de criminología, puedo recitar los rasgos de la psicopatía de memoria, así que ver quién reúne más a mi alrededor siempre es un buen pasatiempo.

A mi juicio, claro. A otros les parecería una locura. Y, si se lo digo, es imposible que me vaya de esta azotea sin una camisa de fuerza puesta. Trato de salir por la tangente.

—En si alguno de vosotros podría hacer lo mismo que los personajes de la serie. —No va del todo desencaminada y sirve para romper el hielo, así que espero que mi mentira sea suficiente—. Cargarse a alguien y ocultar el cuerpo.

Sus ojos muestran interés.

—¿Y a qué conclusión has llegado?

—No lo sé. Tú los conoces mejor que yo, ¿qué piensas?

Recorre todos los invitados del evento con la mirada, tal y como he estado haciendo yo mientras lo esperaba.

Lo cierto es que cualquiera de los aquí presentes tiene alguno de los rasgos característicos del perfil de un psicópata. La fiesta de lanzamiento de una serie es un cóctel molotov de egocentrismo, narcisismo, promiscuidad, tendencia al abuso de sustancias e impulsividad. Viendo cómo se comportan, es difícil pensar que, si tuvieran la oportunidad, no se desharían de quien hipotéticamente los separe de la cima.

Álvaro parece pensar lo mismo, porque dice:

—Sin duda.

—Ha sido buena idea quedarme en esta esquina, entonces. Estamos veinte pisos por encima de la plaza de España.

En realidad, lejos de temer por mi vida, si estoy apartado desde que ha comenzado la fiesta es porque no tengo la energía necesaria para socializar. Al fin y al cabo, llevo dos semanas sin dormir, ultimando los preparativos. Cuando he salido de casa, he tenido que pasar por encima de varias cajas con cápsulas de café vacías. Hace días que no hay sangre corriendo por mis venas, solo cafeína.

Además, me he hecho a un lado por mi propia comodidad. Por más que mi empresa me haya regalado un traje para que me camuflara en el entorno (uno que jamás podría permitirme con mi sueldo), no dejo de ser un camaleón vestido de Armani. Me ha quedado claro cuando el cartero me ha entregado la ropa con la etiqueta sin quitar, como si mis jefes quisieran hacerme saber lo que costaba. No soy tonto. La ropa me permite mimetizarme en el evento, pero no encajo en esta burbuja de contactos millonarios y sonrisas fáciles. Mi trabajo esta noche es cerciorarme de que la fiesta que he organizado para la serie más esperada del año vaya sobre ruedas.

El problema es que, por razones que desconozco, no estoy teniendo demasiado éxito a la hora de permanecer invisible. Hace una hora y media, cuando apenas habían llegado los primeros actores, se me acercó la protagonista de la serie para preguntar si mi padre era James St. Clark. No supe qué confesar primero, si la ausencia de una sola gota de sangre anglosajona en mi árbol genealógico o que no tenía la menor idea de quién era James St. Clark. En cuanto dije lo segundo, la chica soltó una carcajada y dijo que, aunque fingir que no conocía al director ganador de tres BAFTA era una estrategia curiosa para ligar, ella estaba en una relación «satisfactoriamente monógama» y tenía novio.

Si ahí hubiese acabado la cosa, habría sido una anécdota divertida. La típica que te sube la moral, porque, aunque nadie de tu familia sea intérprete, ahora puedes presumir de compartir facciones con un famoso. Sin embargo, dejó de ser gracioso (y pasó a ser desconcertante) cuando dos actores más me preguntaron lo mismo media hora después. Supe ahí que una de dos: o el tal St. Clark y yo éramos como dos gotas de agua o tenía razón cuando, con diez años, hice un PowerPoint para explicar a mis padres por qué estaba seguro de que era adoptado y, por tanto, exigía una prueba de ADN.

Desde entonces, he ido adelantándome con un «no soy su hijo, aunque me lo dicen a menudo» a todo aquel que se acercase con la pregunta preparada. En otras circunstancias habría disfrutado de mis quince minutos de fama, pero tras semanas de esclavitud prefería deleitarme con lo bien organizado que estaba el evento (por mí) y quedarme junto al DJ.

Eso ha sido hasta que ha llegado Álvaro Sierra, ganador de un Feroz el año pasado y coprotagonista de la producción que estrena mañana la mayor plataforma de streaming del país.

Llegó hace veinticinco minutos y se ofreció a invitarme a una copa, lo cual podría calificarse como un acto generoso si no estuviéramos todos en una fiesta con barra libre.

La situación me ha parecido tan surrealista que no he tenido otra opción que aceptar. Solo un idiota diría que no si:

− el actor con el mayor número de cuentas de fans en este instante (deseoso de que alimenten su ego)

− te invita a una copa (le sale gratis)

− en lo que define como «un evento que no está mal» (lo has organizado tú y casi pierdes la cordura en el proceso).

Así que he accedido, consciente de que, más pronto que tarde, me preguntará por cierto director británico. Quizá por eso entiendo que se acerca lo inevitable cuando Álvaro dice:

—El problema es que tú y yo estamos fuera del campo de visión de toda esta gente. Y no te noto nervioso. ¿Es porque no me consideras capaz de transformarme en mi personaje?

En el tráiler, su personaje fantasea con convertir un festival de música en una carnicería, así que solo espero que, si planea matar a gente esta noche, empiece por mí para no tener que enfrentarme a la reunión de mañana con mis jefes. No tengo ninguna duda de que tratarían de echarme la culpa.

Y Álvaro miente.

Miente, porque sí estoy nervioso. De hecho, me siento diminuto a su lado, a pesar de que medimos lo mismo.

Es difícil explicarlo, pero su energía pulveriza todo lo demás. Está igual que en los pósters promocionales que acaparan las marquesinas de autobús de Madrid, con la cara simétrica y unos ojos que parecen leer cada uno de tus pensamientos. Me requiere un gran esfuerzo murmurar una respuesta:

—A decir verdad, no. No pareces muy peligroso.

—Ojalá no hubieses dicho eso. Ahora tendré que empujarte por el balcón y escabullirme de vuelta a la fiesta.

—Será mi primera semana libre en mucho tiempo.

Se ríe sin disimular, con la misma risa que lo habría nominado a un Goya a mejor carcajada, si existiera.

—Admitiré que eres mucho más divertido que mis compañeros de allí —dice, mirándolos de reojo—. Y más guapo.

El calor llega a mis mejillas sin permiso, como si estuviera escrito en uno de los guiones con los que trabaja Álvaro. Supongo que, después de haber hecho tantos papeles de rompecorazones, se tiene bien estudiadas las líneas, lo cual no significa que dejen de tener efecto. Está claro que funcionan.

—¿Es por eso por lo que has venido aquí?

Asiente y le da un largo sorbo a su copa. Yo intento mantener la compostura, aunque no es fácil recibir cumplidos de alguien que esta tarde se encontraba en una sesión de fotos para GQ.

—Por eso… y para conocer al hijo de James St. Clark.

Ahí está. Se acabó el espectáculo.

Me siento tonto, porque, aun sabiendo que la frase iba a llegar, noto cierta decepción al confirmar que esto no era más que un esfuerzo poco convencional de hacer networking. Es hora de dejar el mundo de las estrellas, donde está bien visto extender tu círculo social ligando con otros famosos.

—No soy el hijo de James St. Clark —digo, y juraría que mi siguiente trago del cóctel sabe diez veces más amargo.

Álvaro no parece muy sorprendido.

—Ya —responde contra todo pronóstico.

—¿Ya? ¿Esa es tu respuesta?

—Bueno, es que es difícil que seas su hijo. Sobre todo, teniendo en cuenta que James St. Clark no existe.

Decido dejar la copa en la mesa alta que tengo a mi lado. No entiendo nada de lo que está ocurriendo y me asusta la posibilidad de que la combinación del alcohol con mi privación de sueño me esté provocando alucinaciones.

—Me he perdido… bastante. No eres el primero en mencionar lo del St. Clark este. ¿Qué tenéis, un delirio colectivo o qué? ¿Os habéis puesto de acuerdo para vacilarme?

Álvaro se ríe y me pregunto si los caramelos que repartían los camareros llevaban alguna sustancia psicoactiva.

—Nada de eso —explica—. Es un pequeño rumor que he esparcido entre unos cuantos colegas. Te sorprendería la facilidad con la que ciertos compañeros se tragan que alguien es «hijo de». A muchos les basta eso para ir a la caza de nuevas amistades. Ni siquiera tiene que existir, con que menciones un par de premios funciona. Aunque a la larga se dan cuenta.

Aprieto los ojos, asimilando la información.

—Entonces ¿te lo has inventado tú? Mentir a tus amigos suena poco ético, en mi opinión.

—Es culpa suya por ser unos interesados… y era la excusa ideal para acercarme a hablar contigo. He perdido la cuenta de las copas que llevo y tiendo a decir tonterías cuando bebo, así que pensé que, si venían otros antes con el cuento de James St. Clark, tendría un buen tema para sacar conversación.

«Podemos declarar el ganador del juego —pienso—. Si esto no es un claro indicio de psicopatía…».

No se molesta en ocultar su satisfacción al ver que su estrategia ha funcionado, al menos la primera parte. Como era de esperar, su sonrisa ahora refleja cierta arrogancia.

Lo que me sorprende es que, a mí, que desconfío a la primera señal de prepotencia, me siga pareciendo atractivo.

—Un plan sólido —digo, con cuidado de no emitir ningún juicio de valor—. Conque al final no venías a lanzarme al vacío… Seguro que el Ayuntamiento te lo agradece. Acaban de terminar las obras de la plaza, así que no creo que les apetezca limpiar manchas de sangre del hormigón.

—No, no, nada de eso. Tengo otras intenciones.

No alcanzo a preguntar cuáles son —lo cual sería retórico y estúpido—, porque baja la mirada de mis ojos a mi boca y el nudo que tengo en la garganta se aprieta hasta asfixiar cualquier palabra.

«Pausa. Pausa. Pausa», me digo.

Evalúo enseguida la situación.

Llevo mucho sin ligar, lo cual no significa nada, viendo la circunstancia en la que me encuentro. Si he llegado hasta aquí es señal de que no debo preocuparme por eso. Por otro lado, lo único que quería era venir al evento a comprobar que las velas no causaban ningún incendio y que todos se divertían. Lo demás —esto en concreto— no entraba en mis planes.

Pero ¿y qué? ¿Estaría dándole bola a Álvaro Sierra si no quisiera? La razón por la que no lo he apartado es que nada de esto tiene demasiado sentido; es una de esas experiencias que solo ocurren una vez. Mañana él seguirá con su vida, así que, si quiere besarme, ¿por qué no dejarme llevar?

—Entiendo —digo, luchando por reunir algo de mi ingenio—, estás haciéndome una oferta profesional para…

Dejo la broma a medias cuando avanza un paso hacia mí y recorta la distancia entre nosotros. El hormigueo de la anticipación hace que prácticamente me congele. Él no parece nervioso en absoluto, lo cual me hace sospechar que, si pretende besarme a mí esta noche, es porque ya ha besado a los demás en algún momento del rodaje. Sea como sea, da igual.

Da igual porque un beso no significa nada.

Y da igual porque el beso nunca llega.

En el bolsillo de la americana, mi teléfono vibra una, dos, tres veces. Las suficientes para que detenga a Álvaro, a pesar de que tengo su mano derecha rodeándome el cuello. Por inercia, llevo la mano al móvil y él me mira desconcertado.

—Perdón, no será más que un segundo —prometo.

Hace un gesto para restarle importancia. Si le ha sentado mal, lo disimula a la perfección.

El que está molesto soy yo. Organizar eventos implica pasarme el día con un dispositivo en la mano, y esta noche pretendía mantener el móvil guardado en el bolsillo. De hecho, activé el modo «no molestar» en mi teléfono, así que no es buena señal que una notificación haya atravesado esa barrera.

En la pantalla, aparecen cuatro avisos idénticos.

Vuelo mañana sábado

            Hora de salida: 11.30

Los recordatorios llevan marcada la opción de «urgente», lo cual explica por qué mi móvil se ha puesto a vibrar como si hubiese una alerta de terremoto.

No necesito pulsar sobre la notificación para saber a qué vuelo se refiere. Aunque hace casi ocho meses que no dedico un solo pensamiento a este viaje, basta con el icono del avión para transportarme al día en que creé estas alertas. Por aquel entonces, pensé que ningún número de recordatorios era excesivo y que lo agradecería llegado el momento.

Sobra decir que no lo agradezco.

Esto es lo último que necesito ahora mismo.

—Tengo que irme —digo con prisa. Sé que acabo de interrumpir un beso y que, por decencia, como mínimo debería darle una explicación, pero me encuentro al borde de un desmayo.

Por lo menos, parece que Álvaro ve lo apurado que estoy.

—¿De verdad? ¿Está todo bien?

Cuesta diferenciar si en realidad le preocupa o si está preguntándomelo por educación. De cualquier forma, no va a lograr que me quede, no después de ver las notificaciones.

—Sí, ha surgido una pequeña emergencia.

—¿Algo con lo que pueda ayudar?

Niego con la cabeza. Ojalá alguien pudiera.

—Intentaré volver —aseguro, plenamente consciente de que no pisaré la azotea de nuevo esta noche—, ¿vale?

Esboza una sonrisa ladeada, conforme.

Siento una punzada de culpa por dejar a Álvaro así, porque se ha comportado como un caballero, pero tengo que hacer una llamada cuanto antes. Miro hacia el ascensor que tenemos a un lado, como pidiendo permiso para salir corriendo, y él me anima a marcharme con la mirada.

—Suerte. Búscame si regresas.

—Lo haré.

Me apresuro al ascensor y muevo los pies, ansioso, hasta que las puertas se abren. Desde dentro, contemplo la figura de Álvaro por última vez. Me despido de él; de la divertidísima fiesta que he organizado; de la noche, que estaba siendo un éxito rotundo. Dejo que me envuelva la insoportable música del ascensor: una melodía optimista y alegre que ayuda a recordar lo patas arriba que se va a poner mi vida.

2

Cómo mantener la calma
(cuando ya la has perdido por completo)

En cuanto el ascensor me deja en el vestíbulo, localizo los baños de la planta y me encierro en el de hombres.

Podría pensarse que no es la mejor idea recluirme en un espacio claustrofóbico cuando estoy agobiado, pero es justo lo que necesito. No puedo enfrentarme a la mirada de las parejas del vestíbulo ni a la banda que toca música en directo en el restaurante. Lo que necesito es un sitio para pensar. No me importa que sean dos metros cuadrados.

El reflejo que me devuelve el espejo es espeluznante: tengo toda la frente empapada de sudor y una expresión oscura en mis ojos se ha sumado a las ojeras de estas últimas semanas. Parece mentira que hace cinco minutos estuviera riéndome. Podría estar liándome con un actor de no ser por…

Eric.

Maldito Eric. ¿Cuándo dejará de joderme la vida?

Lo que más me aterra es mi reacción. Que unas notificaciones en las que ni siquiera aparece su nombre me tengan apoyado a duras penas en el lavabo de mármol es peligroso. Significa que no puedo lidiar con esto solo.

Aunque supone una flagrante violación de las reglas que mi mejor amigo y yo establecimos, llamo a Pablo.

Es probable que a estas horas esté dormido, pero también podría decir lo mismo en cualquier momento del día. Es, con diferencia, la persona que más duerme de este país, y no necesito estadísticas oficiales para confirmarlo.

Estoy de suerte.

Lo oigo respirar al otro lado de la línea.

—¿Pablo? —pregunto.

Suelta un gruñido mezclado con un bostezo.

—Tienes suerte de que no tenga tu móvil nuevo en la opción esa de rastrear a tus amigos —dice de mal humor—. Te recuerdo que, desde que me pusiste el documental que te enseña a navegar por la dark web, podría perfectamente mandar a un tío para que te parta las piernas allá donde estés.

Me castigo mirándome al espejo una vez más.

—Preferiría que, por cien euros más, terminara la faena.

—Vale, me estás preocupando. —El cambio en su tono es hasta enternecedor—. ¿Qué pasa, no ha ido bien el evento?

—Ha ido bien…; de hecho, me ha escrito la jefa dos veces para decirme que se ve increíble en las fotos.

—Pero si no te escribe en la vida, siempre utiliza al becario de turno como paloma mensajera.

—Imagínate, entonces. No. El problema es que me acaba de llegar una notificación al móvil, que… —Da igual que Pablo sea la persona con la que más confianza tengo en el planeta; iniciar esta conversación es imposible—. Te mando una captura de pantalla, a ver si sabes por dónde van los tiros.

—A verla. Espero que no sea nada guarro.

Ignoro su comentario y le envío un pantallazo con los avisos del vuelo. Lo más seguro es que tenga que explicarle el contexto, pero, si hay la más mínima posibilidad de que entienda lo que tiene delante, quiero aprovecharla.

Permanece unos segundos en silencio.

—Te piras —dice al rato—. Del país.

—No, es un vuelo nacional. Y no lo voy a coger.

—¿Es un viaje de ocio? Si estás agobiado por la huelga de aerolíneas, no te preocupes, porque acababa hoy. Y nadie necesita unas vacaciones más que tú; vas a subirte a ese avión como que me llamo Pablo —me garantiza—. No es normal cómo te has matado a trabajar estos meses… y encima voluntariamente. El Estatuto de los Trabajadores está para exigirlo, Mario, no para aceptar condiciones esclavistas.

Decido ir al grano.

—Tengo que contarte algo. Es sobre Eric.

Tarda en responder. Imagino que, después de tantos meses sin que ninguno haya dicho su nombre —en su caso, porque se lo prohibí, no por otra cosa—, escuchar cómo sale por mi boca debe de ser desconcertante. Traga saliva y dice:

—¿Me estás poniendo a prueba?

—¿Cómo voy a estar…?

—No sé, cuando lo dejasteis me dijiste que estaba muerto para nosotros y que lo íbamos a borrar de nuestra mente.

A veces se me olvida lo buen amigo que es Pablo.

—Vale, no, no es ninguna prueba. —Me arrepiento de no haberme terminado la copa antes de dejarla en la mesa; tengo la garganta seca—. Quizá no te acuerdes, pero encontramos un hotel superexclusivo en Mallorca, por el centro de la isla. El que prometía «una semana en el paraíso». Y lo reservamos con antelación porque se había puesto muy de moda.

—Me acuerdo. Pero eso fue hace mazo, ¿no? Y… oh. —De pronto, cae en la cuenta—: ¿Nunca anulasteis la reserva?

—No creo ni que se pudiese anular. Había un seguro especial de cancelación y, por supuesto, nos saltamos esa casilla. Aunque tampoco es que nos acordáramos.

Es lo que tienen las rupturas: cancelas los planes del mes, os devolvéis las cosas del otro, pero siempre hay pequeños asuntos que, de forma inevitable, se pasan por alto. Como los mil quinientos pavos que os fundisteis en un viaje para ocho meses después. Detalles, podría decirse.

Pablo hace un sonido con la boca y me advierte:

—Sabes lo que significa esto…

Por supuesto que lo sé: significa que alguien a cargo del destino tiene un retorcido sentido del humor. Cuando crees que has dejado de ser un saco de boxeo, reaparece tu ex. Da igual que lo bloquearas en todas tus cuentas en todas las redes sociales, que borraras su número, que archivaras las conversaciones del móvil o que sobrevivieras al doloroso proceso de dividir los amigos en común. Nada es definitivo.

Todo por haber reservado un viaje con tiempo.

—Sí —respondo—. Que pillar un hotel con tanta antelación es síntoma de un déficit preocupante de neuronas.

—No. Que por fin se la puedes devolver a Eric.

Oír su nombre con la voz de Pablo me provoca un escalofrío, porque me transporta a cuando todos éramos amigos y comentábamos nuestras vidas. Supongo que lo que más me jode es confirmar que todavía tiene poder sobre mí, por mucho que me haya convencido de que lo tenía superado.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso?

—Ve a esas vacaciones.

Una carcajada incrédula brota de lo más profundo de mí.

—Las has probado, ¿verdad? Las setas alucinógenas que vende tu vecino del sexto. Te dije que algún día te acabaría convenciendo para que las consumieras tú también.

—Oye, que yo no he probado nada.

—Pues ya me dirás por qué me estás sugiriendo que vaya.

—Escúchame antes de precipitarte… —empieza.

Puede que haya sido mala idea marcar el número de Pablo. Si hubiera querido desahogarme, podría haber enviado una nota de voz y así no habría corrido el riesgo de que me llevaran la contraria. Aunque, a lo mejor, lo que buscaba era que me dictaran las instrucciones para fabricar un muñeco vudú (siempre es más fácil con alguien al teléfono). Da igual. Lo que no quería era que tratara de convencerme para subir al avión.

Que es lo que Pablo parece estar intentando.

—No, escúchame tú.

—Mario, te lo digo en serio: te hacen falta unas vacaciones. Hasta ahí estarás de acuerdo —dice, y me callo, porque no puedo llevarle la contraria. Llevo semanas posponiendo tomar algo con Pablo por el evento—. Eric no va a ir, cortó él contigo. ¿De verdad piensas que puede aparecer en el hotel?

Siendo objetivo, aunque no es imposible que lo haga, no es en absoluto probable. A pesar de que, al hacer la reserva, rellené los datos personales de ambos y pagamos a medias, la dirección de correo y la tarjeta de débito en la reserva eran las mías. De hecho, el recibo andará en una carpeta perdida en mi ordenador. Y el recordatorio lo puse yo.

—No, pero porque la reserva está a mi nombre —digo.

—Pues eso. Que no hay razón para no ir. Sería estúpido que perdieras el dinero de un viaje que ya está pagado.

Lo que Pablo no parece comprender es que, si voy al hotel, Eric estará por todas partes, con su presencia física o sin ella. Vimos las fotos de la página web juntos. Elegimos la botella de champán para la habitación juntos. Comentamos las actividades diarias que ofrecían a los huéspedes.

Que no. Me niego.

—Pablo, no. Todo me recordaría a él.

—Puede que sea lo que necesitas. Sé que no quieres oírlo, pero tu estrategia de ignorar la ruptura con la esperanza de que la herida se cierre sola no ha funcionado. —Antes de que emita una protesta, suaviza el tono—: Si lo intentas, estas vacaciones pueden ser una buena forma de hacer las paces con lo que ocurrió y, de paso, no perder el dinero que te gastaste.

—Las paces ya están hechas.

—¿Sí? ¿Con cuánta gente has estado después de Eric?

Ese comentario ha sido un golpe muy bajo por su parte.

Podría contestarle que, antes de llamarlo, me encontraba a punto de besar a un actor guapísimo en la fiesta, pero sé que esa respuesta no va a valerle. Álvaro era una opción segura, porque no iba a salir nada duradero de ahí. Es imposible hacerse daño cuando se sabe que algo caduca al final de la noche.

—Perdóname si no me ha apetecido lanzarme a una relación nueva después de que mi novio me engañara.

Pablo suelta algo parecido a una tos y musita:

—Presuntamente.

Increíble. Estoy comenzando a enfadarme.

—¿Tú de parte de quién estás?

—De la tuya, siempre, ya lo sabes —recula—. Lo que hizo fue propio de un cabrón, eso lo comparto, pero no quiere decir que fuera infiel mientras salíais.

—Lo sé yo. Confío en mi Cuernómetro.

En realidad, no es que lo sepa gracias a un radar mental. Es bien sabido que una acción vale más que mil palabras, y, por la manera en la que Eric rompió conmigo, quedó bien claro lo que estaba ocurriendo. Cuando me dejó, apenas se dignó a darme una explicación de por qué hacía aquello; se limitó a poner una expresión dolorida —lo cual no deja de ser gracioso, pues era él quien estaba poniendo fin a lo nuestro— y se marchó para siempre. Claro que eso no impidió que al día siguiente Pablo y yo viéramos una historia de Instagram en la que Eric aparecía de fondo, liándose con otro tío, de fiesta. La foto no la había publicado él, pero que el amigo que la había subido no la borrara en las veinticuatro horas no daba a entender que Eric quisiera mantener ese beso en privado.

A estas alturas, no conviene hacerse el tonto. Dos más dos son cuatro. Y un morreo en la discoteca nada más dejarlo con tu novio —sobre todo si no ha sido por ninguna razón decente— quiere decir que ese beso no ha empezado esa noche, sino días atrás. O meses. Es sentido común.

—No seré yo quien te convenza de lo contrario —dice Pablo—, y menos cuando refuerza mi argumento. Ve. Amortiza tu dinero y el suyo. Cierra capítulo. Bébete los cócteles gratis, date los masajes y olvídate de quien te puso los cuernos.

Niego, aunque no pueda verme. Para mí, ese dinero dejó de existir cuando Eric y yo rompimos. Es verdad que el equilibrio que he construido estos meses no es perfecto —de entrada, se basa en dedicar al trabajo tantas horas que no tenga tiempo de pensar en él—, pero lo prefiero a la espiral de incertidumbre en la que me sumí los días posteriores a la ruptura.

Además, mi dedicación a los eventos ha dado sus frutos. Me están asignando proyectos cada vez más significativos, y eso me proporciona cierta paz mental. Por eso tampoco me he molestado en tener citas. El trabajo me ha ido muy bien y he optado por no abrir la puerta a nuevas decepciones.

—Esto es una mierda —anuncio—. Él estará tan tranquilo con su nuevo novio, y yo estoy encerrado en un baño evitando tener un ataque de pánico. —Por si la situación no fuera ya lo bastante mala, en contra de todas y cada una de las recomendaciones para despechados, le pregunto—: ¿Aún lo sigues en Instagram?

—No. Me hiciste borrarlo de mis seguidores.

Y yo bloqueé a Eric el día que me salió la infame historia, así que creo que me voy a quedar sin saber cómo está.

—Genial.

—Mario, ¿y si me llevas a mí? —ofrece a la desesperada.

—¿A un hotel de parejas?

—Hombre, pues sí. He perdido la cuenta de las veces que nos han preguntado si estamos juntos, así que dudo que sea muy difícil fingirlo. Y si así me llevo una semana gratis nadando en la piscina y yendo al balneario…

Me río. Podría rebatirle diciendo que a ver qué le parece la idea a su novia, pero sé que no pondría ninguna pega.

—Tentador. Y la respuesta sigue siendo no, lo siento. No me veo preparado para encontrarme la cama llena de pétalos de rosa y una tarjetita con el nombre de Eric.

—¿Demasiados recuerdos?

—Demasiadas arcadas.

Suspira, señal de que se está rindiendo.

—Sí que es serio si ni siquiera aprovechas la oportunidad de gastarte su dinero como venganza…

—Ya. Me preocupa que la notificación me haya descolocado tanto. Pero solo llamaba para hablar. De verdad pienso que ir al viaje no me ayudaría nada…, al menos, no ahora.

Deja pasar unos segundos.

—Si estás seguro…

—Segurísimo. Volveremos a tener la conversación sobre Eric más adelante. De momento, gracias por estar aquí.

—Para eso me paga tu familia. Entonces ¿no nos reservo un taxi al aeropuerto para mañana por la mañana?

—No. Si algo tengo claro es que, si aparezco mañana en el aeropuerto, será porque alguien me ha cortado en trocitos muy pequeños y me está arrastrando allí en una maleta.

—Muy gráfico.

—Pero muy ilustrativo —digo rotundo.

Precisamente es esa rotundidad la que, según entro a solas en una de las terminales del aeropuerto Madrid-Barajas ni diez horas más tarde, me hace decidir que calladito estoy más guapo. «La próxima vez que me tiente la idea de prometer que no pisaré el aeropuerto —me digo—, primero me sellaré la boca con pegamento industrial para no tener que tragarme mis propias palabras».

Sábado

COMIDA

Entrante

Carpaccio de pulpo

con emulsión de cítricos y flores de hibisco

Principal

Lomo de lubina a la plancha

con cremoso de aguacate

Postre

Mousse de mango

con corazón de maracuyá y crujiente de coco

CENA

Entrante

Ensalada de langostinos, papaya y menta

con vinagreta de tamarindo

Principal

Pechuga de pato

con salsa de ciruelas y puré de boniato

Postre

Sorbete de piña colada con esferas de ron añejo

ACTIVIDAD DEL DÍA

Proyección de película al aire libre (22.00): Soul

3

Cómo llegar al hotel
(sin morir en el intento)

Cuando el avión aterriza, camino con tranquilidad hacia la zona de taxis del aeropuerto. El resto de los pasajeros no paran de adelantarse los unos a los otros; en cambio, yo intento ralentizar mi paso a propósito para que me dé tiempo a acabar el pódcast de true crime que he venido escuchando durante el vuelo.

Dejo que la cancelación de ruido opaque el barullo de la megafonía y los reencuentros de familias, y me adentro otra vez en la narración del caso.

Este en concreto abarca cuatro episodios, pues dos de ellos cuentan con la participación de Barbara Fielding, la sobrina de un asesino en serie. Las cinco horas de pódcast han sido de gran ayuda para no pensar en la decisión impulsiva que me ha traído a casi setecientos kilómetros de Madrid, a las proximidades del Mediterráneo.

No sé si he tomado la decisión correcta.

Me he despertado a las cinco de la mañana pensando en las palabras de Pablo. Al principio, intenté dar la vuelta a la almohada, buscar el lado frío y volverme a dormir. Pero, por mucho que quisiera apagar mi cerebro, no podía deshacerme del miedo a que, si no cogía el vuelo y aprovechaba las vacaciones para superar a Eric, jamás lo haría.

Lo tuve claro al recibir un correo de la empresa a las 6.10. Después de felicitarme por una fiesta que solo podía calificarse de «éxito categórico», me adelantaban cuál iba a ser el proyecto que me asignarían hoy al volver a la oficina.

No tenía ningún problema en darles lo que querían, pero sí pensé que, con este ritmo en el que acababa un evento y ya tenía que ponerme con el siguiente, nunca terminaría de cerrar la herida. Entendí que, si no pedía yo las vacaciones, la agencia me tendría trabajando hasta el final de mis días y, esta vez, sí tenía un buen motivo para descansar una semana. La salud mental siempre va primero. Y dar por fin un cierre a tantos meses de desánimo desde luego entra en esta categoría.

Así que aquí estoy.

Agradezco el efecto tranquilizador que tienen los pódcast de crímenes reales en mí. A pesar de que muchos no lo entiendan, es mi forma favorita de relajarme. Hay algo apasionante en dejarse llevar por las investigaciones policiales, en entender los detalles de los casos que la policía fue armando pieza por pieza, como si estuvieran jugando al ratón y al gato con los culpables. Así que sí, una buena forma de olvidarme de adónde me dirijo es escuchar cómo Barbara descubrió que su tío llevaba décadas alimentando a los cerdos de la granja en Norfolk con los restos mutilados de sus víctimas gracias a una de esas empresas que recrean tu árbol genealógico.

Al menos, durante el vuelo he confirmado que Eric no va a las vacaciones. Al ir al baño, he visto que no había ni un asiento libre en todo el avión a excepción del que tenía a mi lado, por lo que ese debía ser el suyo.

No deja de ser curioso que la única persona que conozco con quien comparto mi afición por el true crime sea Eric. O por el crimen en general, más bien. Pasábamos casi todo nuestro tiempo juntos viendo series policiacas, leyendo libros sobre asesinos famosos y escuchando a expertos en criminología. Dicen que el interés morboso por lo sórdido y atroz es parte de la curiosidad del ser humano. A los dos nos encantaba aprender sobre los límites de la maldad de la mente.

Después de la ruptura, intenté odiar cualquier tema que me recordara a él y, sin embargo, no conseguí hacerlo con los crímenes. Supongo que se debe a que ya formaba parte de su personalidad y de la mía desde antes de conocernos. Aun así, es raro pensar que, si hubiésemos estado en este avión, el entretenimiento para el vuelo habría sido el mismo, solo que con uno de los auriculares colocado en su oreja.

Quizá no sea algo malo.

Quizá justo por eso voy al hotel: para acabar con este pánico irracional que me hace asociar todo a Eric. Solo espero que estos días me ayuden a conseguirlo.

Necesito empezar de cero.

En el aparcamiento, la temperatura del exterior cae como una losa. Acostumbrado al aire acondicionado del avión, da la impresión de que hace mil grados. Veo que no soy el único que lo ha pensado: casi todos los que están esperando un taxi se abanican con las tarjetas de embarque.

—¿Buscas transporte?

Tardo un rato en darme cuenta de que me están hablando a mí, sobre todo porque no sé de dónde sale la voz. Miro a la izquierda y veo un taxi algo destartalado. El conductor tiene la ventanilla bajada y me mira con impaciencia.

—Eh… sí —respondo, y, acercándome a él, pregunto—: ¿Cuánto para ir a The Coral Experience?

Susurro el nombre del hotel como si fuera un secreto inconfesable. Me siento ridículo pronunciándolo; nunca he entendido lo de poner nombres en inglés a hoteles españoles solo para expresar lujo. Los dueños no advierten que queda muy bien en los letreros minimalistas de la página web, pero luego da vergüenza decirlos en alto.

—¿Cuánto me das?

Parpadeo confundido. «¿Ha preguntado cuánto le pago?».

—No estoy seguro de que los taxis funcionen así. —Ya de entrada, que el conductor quiera regatear no me inspira mucha confianza. ¿Qué pasa si digo una cifra demasiado baja?, ¿va a provocar un accidente o…?

—El mío sí funciona así.

Busco en la superficie del coche una excusa para huir.

—Oye, pero tienes licencia, ¿no? —me aseguro.

—Sí, la acabo de recuperar.

Tengo que sujetar la maleta para que no se me caiga.

—¿Perdón? ¿Cómo que recuperar?

—Fue estúpido. Un cliente me pidió que fuera rápido y luego se quejó de que no había respetado los límites de velocidad. —Se frota los ojos y dice—: Mira, he llevado a uno al hotel hace un rato. Me sé el camino, no se tarda nada. ¿Veinte está bien?

—¿Veinte euros?

—Sí, la verdad es que prefiero cobrar en mi divisa. Si no te importa. —Hace un gesto—. Sube. Tengo datáfono. Sé que vuestra generación tiene alergia a los billetes.

El hombre sale para guardar mi equipaje en el maletero. Mientras tanto, sopeso si subirme al taxi es una idea sensata; la desventaja de pasar tus ratos libres escuchando historias de crímenes reales es que ves amenazas potenciales en cada situación de tu vida. Y, no es por ser paranoico, pero la historia de la licencia y el hecho de que el taxi no tenga el mismo diseño que los demás me da mala espina. No juega a su favor que el interior del coche huela limpio, demasiado, como si acabara de frotar cada milímetro con lejía para eliminar los restos biológicos de su última víctima.

Intento devolverle la sonrisa cuando se acomoda en su asiento e introduce unas indicaciones en el GPS (espero que al hotel).

En la carretera, conduce veinte kilómetros por debajo del límite de velocidad. No sé si es ilegal ir tan lento, pero sí es sospechoso de narices… y propio de alguien con miedo a que la policía lo pare, por temor a que descubran los cráneos humanos que hay guardados en el maletero. Un maletero, por cierto, que no he visto, pues él ha dejado mis cosas ahí.

—¿Vas cómodo? —inquiere pasado un rato.

Me pregunto si lo dice por cortesía o porque me ha notado intranquilo. ¿Sabrá que sospecho algo? No me puedo permitir actuar raro; es posible que mi vida esté en juego.

—Súper. ¿Estamos cerca?

—Sí, es aquí al lado. —No aparta la mirada de la autovía.

Buena señal si es por prudencia al volante.

Mala señal si es porque está perdido en sus pensamientos sobre cuánto le van a pagar en la clínica ilegal de extracción y venta de órganos que pueda haber en el siguiente desvío.

—Genial, qué rápido. Y eso que hemos ido despacito. —Me arrepiento al instante de haber hecho ese comentario.

Se ríe un poco y me entra un escalofrío.

—Sí, no quiero que me quiten la licencia —dice.

Me olvido por un momento de respirar hasta que, por fin, el coche toma una curva en la que está señalizado el hotel. El taxi avanza unos minutos por un camino de piedra y se detiene frente a una gigantesca verja verde.

El hombre saca el datáfono y me cobra.

—Tienes que llamar al telefonillo —me informa, y abre el maletero para que pueda sacar el equipaje. Es hora de averiguar si hay un arsenal de cinta americana ahí atrás.

Salgo yo también y observo la superficie infinita de verde que se extiende al otro lado de la verja. Trasladar todo hasta donde esté el edificio principal va a ser una aventura.

—¿No me puedes dejar más cerca de la recepción?

El hombre niega con la cabeza.

—No, lo siento. He preguntado esta mañana por el telefonillo y me han dicho que no pueden entrar vehículos que no sean de huéspedes o trabajadores. Supongo que es por lo exclusivo que son este tipo de sitios de pijos posmodernos… Sin ánimo de ofender. —Su tono deja claro que no puede importarle menos si su comentario me resulta hiriente—. Así que te toca ir a pie. Pero vamos, si fuera por mí, te acercaba.

—No te preocupes, gracias.

—Disfruta de tu estancia. Y, en vez de pedir un Uber a la vuelta, llámame a mí y te llevo al aeropuerto. —Saca una tarjeta con sus datos y me la tiende.

En cuanto cierro la puerta, el taxi da la vuelta casi derrapando y desaparece por donde ha venido. Resoplo.

—A amortizar los setecientos euros —me digo.

Llamo al telefonillo y alguien abre la verja con un mando a distancia. Lo primero que noto al entrar en el terreno del hotel es que la temperatura es distinta a la de fuera, como si tuviese su propio microclima. A medida que me adentro, el calor va desapareciendo de forma progresiva, aunque puede que se deba a la sombra que proyectan los árboles.

El sitio es igual de asombroso que en las fotos. Antes de entrar, me preguntaba si las que salían en el reportaje de la revista las habían sometido a quince filtros distintos, pero es evidente que no. Todo está meticulosamente diseñado: el patrón de palmeras, la senda de piedras blancas, las señales que indican dónde están las piscinas y las suites…

Cada segundo que transcurre estoy más optimista. Por primera vez en meses me olvido del trabajo e intento relajarme. Ayuda que a mi alrededor haya un sinfín de sonidos naturales, desde las cascadas lejanas hasta pájaros tropicales.

La recepción es un edificio de piedra cubierto de enredaderas. La construcción es un milagro arquitectónico; parece obra de la naturaleza (aunque quien la ideó se llevara, seguramente, un pastizal). Intuyo que no soy el primero en quedarse boquiabierto, porque cuando me acerco al mostrador los recepcionistas se limitan a sonreír, como teniendo un déjà vu de la entrada de todos los huéspedes anteriores.

—Hola, buenos días —saludo—. Tenía una reserva.

La chica asiente.

—Mario Olivares, ¿no?

El parecido entre los dos recepcionistas es asombroso. Me pregunto si serán mellizos. Aparte de tener el mismo tono de pelo y una fisionomía parecida, comparten una forma similar de estar de pie detrás del mueble que nos separa.

Kubrick se lo pasaría en grande con estos dos.

—Sí, soy yo —contesto sorprendido. No esperaba que se supieran mi nombre de memoria; es verdad que solo admiten parejas de cuatro en cuatro para cada estancia semanal, pero aprenderse los rostros de los ocho huéspedes que rotan cada siete días (a partir del DNI, imagino) tiene mérito.

—Bienvenido —intercede el recepcionista. Si no tuvieran unas facciones tan armoniosas, me preocuparía verlo esbozar una sonrisa idéntica a la de ella—. Esperamos que estés listo para reconectar contigo mismo y encontrar el equilibrio. Nos alegramos de que al final hayas decidido venir.

Frunzo el ceño, desconcertado. «¿Al final?».

—Disculpa, no sé a qué te refieres. ¿Han cancelado la reserva muchos huéspedes o…?

—La mayoría llegaron ayer a mediodía. El check-in era a partir de las diez; por supuesto, no hay ningún inconveniente en hacerlo hoy, más allá de que nos entristeció no verte en la ceremonia de bienvenida.

Lejos de proporcionarme una explicación, sigo sin entender. El vuelo estaba reservado para hoy, así que no hay manera de que me haya equivocado de día.

—La reserva era para el sábado, ¿no? Que es hoy.

—Originalmente el día de llegada era el sábado, pero eso era antes del cambio —me dice ella—. Hubo un reajuste hace un mes y las estancias ahora empiezan los viernes por asuntos de mantenimiento. Mandamos un correo electrónico para informar a los clientes, ¿no lo recibiste?

Saco el móvil de mi bolsillo. Tengo la certeza de no haber visto ese mensaje antes; de lo contrario, me habría acordado de las vacaciones y habría intentado anular la reserva.

Abro la aplicación de correo e introduzco el nombre del hotel en el buscador. Para mi sorpresa, veo un mensaje suyo sin abrir. No me cuesta adivinar por qué lo pasé por alto: con ver la fecha, entiendo que debió de quedar enterrado entre decenas de mails sobre el evento de anoche. Esa semana fue un infierno de perseguir a los representantes y proveedores.

—Disculpad, no lo había visto hasta ahora —confieso.

—No hay ningún problema. Reembolsaremos el dinero de la noche pasada. Es culpa nuestra, deberíamos habernos asegurado de que todos estaban al tanto. —Mira a ambos lados, como buscando algo junto a mí. Caigo en que no busca algo, sino a alguien. Alguien que, lógicamente, no va a encontrar—. ¿El señor Eric Lobo no…?

—No. Estoy solo yo. —Me miran extrañados, en particular él. Parece que va a decir otra cosa más, pero, antes de que el ambiente se vuelva raro, sigo—: Para la habitación…

—Claro. —Rebusca en uno de los cajones y saca una tarjeta plateada con la palabra GUEST—. Aquí está la llave electrónica, es la cabaña número tres. También te permite entrar en el gimnasio y en las pistas de tenis.

El recepcionista coloca un mapa gigante sobre la mesa.

—En la parte derecha está la lista numerada de los edificios. El hotel no es muy grande y con las señales es difícil que te pierdas, pero es cierto que orientarse el primer día puede ser complicado con tanta vegetación.

Intuyo que lo del tamaño del hotel es una broma, porque la leyenda del plano tiene una enumeración casi interminable de lugares. Mis ojos van deteniéndose en algunos nombres: el jardín zen, la rosaleda, el área para comer, el balneario… Quien se haya encargado de las ilustraciones del mapa ha hecho un buen trabajo, porque dan una visión muy clara de las zonas. Hay cuatro piscinas, cada una diferente. Una tiene una cascada, otra es una especie de jacuzzi de diez metros de longitud, la tercera cuenta con un bar que continúa dentro del agua y la última es una piscina balinesa cercada por unas palmeras enormes.

Perderse casi parece una obligación. Aun así, asiento.

—Perfecto, gracias.

—En el portal web, con los datos personales puedes añadir a tu calendario del teléfono las actividades especiales de cada día, aunque también lo tienes impreso en la habitación. Están cuidadosamente diseñadas para que se consiga desconectar del exterior y abrazar la calma interior. Esperamos que, mientras estés aquí, puedas centrarte en el momento presente y dejar a un lado las distracciones que pudieras traer de casa. Los demás servicios se pueden usar las veinticuatro horas: las piscinas, las pistas deportivas… y, por supuesto, la recepción. Los menús también están en la cabaña; en caso de que quieras cambiar cualquier plato, agradeceríamos que nos lo comunicaras con un día de antelación.

—Y ya sabrás la gran regla —añade ella.

Enarco una ceja.

—¿La gran regla?

—Sí, la de las puertas del paraíso.

Sé a qué se refiere.

Venía en negrita en la página web y, en su momento, fue algo que casi hizo que nos echáramos para atrás antes de hacer la reserva. Eric y yo cogimos este viaje de forma irónica, porque nos hacía gracia la idea de comportarnos como gente rica durante una semana. Pero también queríamos tener la oportunidad de irnos a hacer planes por ahí si nos cansábamos, lo cual entraba en conflicto con una de las reglas.

Este hotel peca de lo mismo que otros del estilo: enfatizan su originalidad con normas absurdas. No les bastaba con titular la experiencia «Una semana en el paraíso», sino que, para llevar ese concepto al extremo, te avisaban de que recomendaban no salir mientras durara tu estancia.

—Eso es lo de estar aquí encerrados, ¿verdad?

Sonríen cómplices.

—Exacto. Tampoco es tan estricto, como imaginarás. No es una regla per se. No es legal retener a los huéspedes dentro de los límites de un hotel, por lo que es una sugerencia. —La recepcionista baja la voz—: Entre tú y yo, si pulsas el botón que hay junto a la verja, estarás fuera al momento, pero te invitamos a relajarte y dejarte llevar por el encanto y las actividades del hotel. Nuestra imagen depende de que no queráis salir, porque… nadie desearía irse del paraíso, ¿no?

—Por supuesto —respondo, más por contentarlos a ellos que porque estas tonterías tengan impacto en mí—. ¿Para ir a la habitación, entonces? ¿O hay algo más que debería saber?

En vez de responder, la recepcionista hace un gesto con la mano.

—Perdonad, tengo que terminar de mandar un mensaje. —Sonríe a su compañero y le dice—: Dejo que te ocupes tú.

Dicho eso, desaparece por una de las puertas que hay detrás del mostrador. El hombre rodea el mueble para acompañarme a la puerta y, desde ahí, señala el camino.

—Continúa por el mismo sendero por el que has venido. Luego se bifurca en dos, pero las cabañas están señaladas con flechas de madera. No tiene pérdida.

Como me ve asentir, añade:

—Ah, y se nos ha olvidado comentar que no servimos alcohol por la mañana. Tenemos una barra libre de zumos détox durante todo el día, pero nuestros bartenders vienen a partir de las cuatro de la tarde. Por una cuestión del metabolismo. Y porque somos partidarios de que un cuerpo en armonía comienza el día en equilibrio y debemos respetar sus ritmos. Esperamos que disfrutes de tu estancia —dice para terminar—. Para cualquier cosa que necesites, estamos aquí.

Al minuto de salir de la recepción —con el mapa y la tarjeta que me han entregado—, me cruzo con una pareja de sexagenarios que salen del balneario de la mano. La visión de ambos juntos es graciosa. El hombre parece atascado en el tiempo, con un sombrero de paja y una camisa de lino remangada; ella, en cambio, parece haber elegido su atuendo según la estética del hotel: lleva un vestido largo con estampado floral, un larguísimo collar con piedras de colores y una bandana blanca que sujeta su cabello gris. Para colmo, camina descalza. Es una combinación improbable, como si se hubiese encontrado a un campesino manchego del siglo pasado al regresar de un retiro de yoga. De cualquier forma, la expresión de tranquilidad de los dos me hace pensar que he hecho bien en venir.

Todo gracias a Pablo, a quien ni siquiera he escrito para comunicarle el cambio de planes. Podría haberle pedido que viniera conmigo, pero quiero hacer esto sin ayuda de nadie. Para convertir lo que iban a ser unas vacaciones en pareja en un retiro espiritual necesito estar solo.

Localizo mi cabaña a la izquierda del camino.

El concepto de cabaña que tiene este hotel es interesante: aunque lo primero que me vino a la cabeza cuando leí la palabra en la web fueron las típicas casas de madera, estas son construcciones minimalistas y modernas, con materiales naturales. Hay dos a cada lado del sendero.

En el porche, unos peces koi nadan en el pequeño estanque de la entrada. Hay dos, un claro guiño a que este es un hotel de parejas. Y, sin embargo, no arrugo la nariz.

Quizá es señal de que ya estoy cambiando mi actitud.

La puerta se abre nada más acercar la tarjeta al lector. Mis ojos se ven recompensados en cuanto piso la suite. Toda la estancia es una composición de piedra, madera y plantas. Al fondo veo la terraza, que parecería enorme si el salón no fuera tan descomunal. Frente a mí hay una sofisticada estantería con libros, lo que indica que, a mi izquierda, debe de estar el baño. Y, no obstante, ahí está…

Eric.

Distingo los mechones de pelo desordenados. Los hombros anchos y su eterna barba de un día que nunca crece más. Me van alcanzando retazos fragmentados de su imagen: sus cejas espesas, la luz en sus ojos claros, el colgante plateado que siempre lleva en el cuello. Después de meses sin verlo, nada de lo que tengo delante parece real.

El aire que estaba inspirando se pierde por el camino. No sé adónde va —a lo mejor de vacaciones, como yo—, pero a mis pulmones no llega. Eso está claro.

Ahora entiendo por qué los recepcionistas estaban tan atónitos por no ver a nadie junto a mí.

Por eso no tenía sentido para ellos que no conociera el cambio en la fecha de llegada: porque Eric ya hizo el check-in ayer. Él sí lo sabía. Y lo lógico es que, como en cualquier pareja normal, él hubiese acudido a buscarme a la entrada.

En tiempo récord, los siete d

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