1
El mayor Pettigrew seguía tan alterado por la llamada de su cuñada que, al oír el timbre, abrió la puerta sin pensar. Era la señora Ali, de la tienda del pueblo, de pie sobre los ladrillos mojados del sendero. Ella reaccionó con un leve respingo, enarcando una ceja con un gesto casi imperceptible. Un súbito rubor de bochorno tiñó las mejillas del mayor, que sólo atinó a alisarse inútilmente las solapas de su bata escarlata estampada de flores con unas manos que se le antojaron palas.
—Ah —dijo.
—¿Mayor?
—¿Señora Ali?
Hubo una pausa que pareció extenderse lentamente, como el universo, el cual, según acababa de leer el mayor, se iba expandiendo a medida que envejecía. «Senescencia», lo llamaban en el suplemento dominical.
—Vengo por el dinero del periódico —dijo entonces la mujer, adoptando un tono enérgico muy distinto del suave y quedo acento con que solía comentar la textura y el aroma de las infusiones que preparaba especialmente para él—. El repartidor está enfermo. —Se irguió cuan alta era, que no era mucho.
—Por supuesto. Lo siento muchísimo. —Se había olvidado de poner el sobre con el dinero de la semana debajo del felpudo.
Comenzó a rebuscar en los bolsillos del pantalón, ocultos bajo los pliegues de flores estampadas. Resultaban inaccesibles a menos que se alzara los faldones de la bata. Notó que se le humedecían los ojos.
—Lo siento —repitió.
—Bueno, no se preocupe —se ablandó la mujer—. Puede pasarse luego por la tienda, en un momento más oportuno.
Ya se disponía a marcharse cuando el mayor sintió la apremiante necesidad de explicarse.
—Mi hermano ha muerto —soltó, y la señora Ali se volvió hacia él—. Mi hermano ha muerto —repitió—. Me he enterado esta mañana. No he tenido tiempo...
Esa mañana, cuando el cielo empezaba a teñirse de rosa y el coro matutino todavía piaba en el enorme tejo que había contra la tapia occidental del jardín, había sonado el teléfono. El mayor, que se había levantado temprano para encarar la limpieza semanal de la casa, reparó ahora en que desde entonces se hallaba en una especie de estupor. Señaló contrito su estrafalario atavío y se pasó una mano por la cara. De pronto, le flaquearon las rodillas. Notó que la sangre se le iba de la cabeza y que su hombro chocaba repentinamente contra el marco de la puerta. Pero la señora Ali, rápida como el rayo, logró colocarse a su lado y sostenerlo.
—Creo que es mejor que entre y se siente —sugirió preocupada—. Si me lo permite, le traeré un vaso de agua.
Puesto que sus miembros parecían haber perdido toda sensibilidad, al mayor no le quedó más remedio que acceder. La señora Ali lo guió por el irregular suelo de piedra del estrecho pasillo y lo instaló en el butacón de orejas, nada más traspasar la puerta del luminoso salón forrado de libros. Era el asiento que a él menos le gustaba, con su acolchado lleno de bultos y un incómodo borde de madera justo donde se apoyaba la cabeza, pero no estaba en situación de quejarse.
—Lo he cogido del fregadero. —La señora Ali le tendió el vaso de grueso cristal en que él dejaba en remojo su puente dental por las noches.
El débil olor a menta le dio náuseas.
—¿Se encuentra mejor?
—Sí, mucho mejor —contestó, con los ojos aún llorosos—. Ha sido usted muy amable...
—¿Quiere que le prepare un té?
El ofrecimiento lo hizo sentir frágil y patético.
—Gracias. —Cualquier cosa con tal de sacarla de la habitación mientras recuperaba alguna apariencia de vigor y se desembarazaba de la bata.
Pensó que era extraño volver a oír a una mujer entre ruido de tazas en la cocina. En la repisa de la chimenea, su esposa Nancy sonreía desde su fotografía, con el pelo castaño alborotado y la nariz pecosa algo roja por el sol. Habían ido a Dorset en mayo de aquel lluvioso año, probablemente 1973, y un súbito sol había iluminado brevementela ventosa tarde el tiempo suficiente para sacar aquella foto en que Nancy saludaba con la mano como una niña, en las murallas del castillo de Corfe. Hacía ya seis años de su muerte. Y ahora Bertie también se había ido. Lo habían dejado solo, el último miembro de su generación en la familia. Se agarró las manos para detener un pequeño temblor.
Claro que también estaba Marjorie, su desagradable cuñada. Igual que sus padres, él nunca había terminado de aceptarla. Era una mujer de opiniones tan vehementes como erradas, con un acento del norte que arañaba los tímpanos como una cuchilla oxidada. Ojalá no buscara ahora un mayor trato con él. Le pediría una foto reciente de Bertie y, por supuesto, su escopeta. Cuando repartió las dos armas entre ambos hijos, su padre había dejado muy claro que, en caso de fallecimiento de uno de ellos, la pareja debería reunirse para pasar intacta a la siguiente generación. Todos esos años, la escopeta del mayor había yacido solitaria en la doble caja de nogal, donde el hueco en el forro de terciopelo atestiguaba la ausencia de su compañera. Ahora, la pareja recuperaría todo su valor, en torno a unas cien mil libras, según calculaba. Aunque jamás se le ocurriría venderlas, naturalmente. Por un momento, se vio con toda claridad en la siguiente cacería, tal vez en una de las granjas de la ribera, siempre plagadas de conejos, acercándose a la partida de caza con el par de escopetas abiertas sobre el brazo.
—¡Cielo santo, Pettigrew!, ¿es eso una pareja de Churchills? —exclamaría alguien, tal vez el propio lord Dagenham, si es que ese día iba a cazar con ellos.
Y él miraría las armas como quien no quiere la cosa, como si se hubiera olvidado de ellas, y contestaría:
—Pues sí, una pareja. Las fabricaban con muy buena madera de nogal. —Y las ofrecería para su inspección y admiración.
Unos golpecitos en el marco de la puerta lo sacaron con un sobresalto del agradable interludio. Era la señora Ali, con la pesada bandeja del té. Se había quitado el abrigo de lana verde y lucía un chal estampado de cachemira sobre una sencilla blusa azul marino y unos estrechos pantalones negros. El mayor cayó en la cuenta de que nunca la había visto sin el largo y almidonado delantal que siempre llevaba en la tienda.
—Déjeme echarle una mano —se ofreció, levantándose de la butaca.
—No, no se preocupe; ya puedo yo. —Depositó la bandeja sobre la mesa, apartando una pequeña pila de libros encuadernados en piel—. Usted tiene que descansar. Seguramente está conmocionado.
—Desde luego no me esperaba que sonara el teléfono a una hora tan absurdamente temprana. A las seis de la mañana, ¿sabe usted? Creo que han pasado toda la noche en el hospital.
—¿No se lo esperaban?
—Ha sido un ataque al corazón. Por lo visto, un infarto masivo. —Se pasó una mano por el hirsuto bigote, pensativo—. Es curioso, pero hoy en día no suele esperarse que un infarto sea mortal. En la televisión siempre se salvan.
La señora Ali golpeó una taza con el pico de la tetera, produciendo un súbito ruido. El mayor temió que se hubiera desportillado. Recordó, demasiado tarde, que el marido de la señora Ali también había muerto de un infarto hacía cosa de año y medio.
—Lo siento, ha sido muy desconsiderado por mi parte...
Ella le quitó importancia con un gesto, y siguió sirviendo el té.
—Su marido era un buen hombre —añadió él.
Recordaba muy bien la absoluta circunspección de aquel hombre alto y callado. Las cosas no le fueron fáciles cuando se hizo cargo de la tienda de comestibles de la señora Bridge. Al menos en dos ocasiones, el mayor había visto al señor Ali, en frías mañanas de primavera, limpiar serenamente unas pintadas en su escaparate nuevo. Y varias veces, estando él en la tienda, alguna pandilla de chavales se había asomado por la puerta para gritar: «¡Los paquis a su país!» Ali se limitaba a negar con la cabeza con una sonrisa, mientras que el mayor se sonrojaba y empezaba a balbucear disculpas. Al final, el escándalo se fue desvaneciendo. Los mismos niños que gritaban groserías acudían luego a la tienda a las nueve de la noche, cuando sus madres se quedaban sin leche. Los lugareños más tercos acabaron cansándose de conducir seis kilómetros bajo la lluvia para echar la lotería en un establecimiento «inglés». Los estratos más altos de la sociedad, dirigidos por las damas de los diversos comités del pueblo, compensaban la ordinariez de los más bajos proclamando a los cuatro vientos un gran respeto por los señores Ali. El mayor había oído a más de una mujer hablar orgullosamente de «nuestros queridos amigos paquistaníes de la tienda», como prueba de que Edgecombe St. Mary era una utopía de integración multicultural.
Cuando murió el señor Ali, todo el mundo se mostró apropiadamente contrito. El Consejo Municipal, al que pertenecía el mayor, propuso organizar algún tipo de ceremonia, pero la idea no prosperó (ni la iglesia ni el pub resultaban lugares adecuados), y acabaron por enviar una enorme corona a la funeraria.
—Siento no haber tenido ocasión de conocer a su encantadora esposa —dijo la señora Ali tendiéndole una taza.
—Sí, murió hace seis años. Es muy curioso, porque parece a la vez una eternidad y un parpadeo.
—Es de lo más desconcertante —convino ella. Su clara dicción, de la que carecían tantos de sus vecinos, sonó con la pureza de una campana bien templada—. A veces noto a mi marido tan cerca de mí como está usted ahora, y otras veces me siento sola en el mundo.
—Pero usted tiene familia, naturalmente.
—Sí, bastante extensa —respondió, y el mayor detectó cierta sequedad en su tono—. Pero no es lo mismo que el lazo inquebrantable que existe entre marido y mujer.
—Lo ha expresado usted perfectamente. —Era una verdadera sorpresa que la señora Ali, fuera del contexto de su tienda y en el extraño marco de su propio salón, resultara una mujer tan perspicaz—. Lo de la bata...
—¿La bata?
—Eso que llevaba puesto. —Señaló con la cabeza la prenda, ahora en una cesta llena de ejemplares de National Geographic—. Era la bata favorita de mi mujer para limpiar la casa. Y a veces... en fin...
—Yo tengo una chaqueta vieja de tweed de mi marido —respondió ella con voz queda—. A veces me lo pongo y doy un paseo por el jardín. Y a veces chupo su pipa para notar el sabor amargo del tabaco.
Bajó la vista al suelo, con las mejillas teñidas de un leve rubor, como si hubiera hablado demasiado. El mayor se fijó en la tersura de su piel y en sus marcadas facciones.
—Yo también conservo alguna ropa de mi mujer. Después de seis años, no sé si todavía retiene el olor de su perfume o son imaginaciones mías.
Quería contarle que a veces abría el armario y hundía la cara entre los gruesos vestidos y las suaves blusas de chifón. La señora Ali alzó la vista y, tras sus ojos de pesados párpados, el mayor pensó que también ella podía estar rememorando cosas así de absurdas.
—¿Le apetece otro té? —preguntó la mujer, tendiendo la mano para cogerle la taza.
Cuando la señora Ali se marchó, excusándose por haber entrado en su casa sin invitación y él disculpándose por haberle causado tantas molestias con su mareo, el mayor se puso de nuevo la bata y volvió al cuartito anexo a la cocina para terminar de limpiar la escopeta. Notaba cierta tensión en la cabeza y un ligero ardor en la garganta. Así era, en el mundo real, el dolor que producía la muerte de un ser querido: algo más parecido a la dispepsia que a otra cosa.
Había dejado una tacita de porcelana con aceite calentándose sobre una vela. Metió los dedos en el aceite caliente para luego frotar despacio el nudoso nogal de la culata del arma. La madera se tornó seda bajo sus dedos. La tarea lo relajó y mitigó su dolor, dejando sitio para que floreciera el diminuto capullo de una nueva curiosidad.
Barruntaba que la señora Ali era una mujer educada y culta. Nancy también poseía virtudes poco comunes; era amante de sus libros y de los conciertos de cámara en iglesias rurales. Sin embargo, se había marchado, y ahora él tenía que soportar solo los vulgares y pretenciosos intereses de las mujeres de su círculo. Mujeres que hablaban de caballos y rifas en los bailes del club de caza, que se deleitaban cotilleando y criticando a cualquier joven madre de las casas de protección oficial que no hubiera cumplido perfectamente con su servicio en la guardería del Centro Social. La señora Ali se parecía más a Nancy, una mariposa en una refriega entre palomas. Reconoció que tal vez quisiera volver a verla fuera de la tienda, y se preguntó si eso demostraría que no estaba tan fosilizado como sus sesenta y ocho años y las limitadas oportunidades de la vida de pueblo podían sugerir.
Animado por esa idea, se sintió con fuerzas para llamar a su hijo Roger, en Londres. Se limpió los dedos con una bayeta amarilla y se concentró en los numerosos botones cromados e indicadores luminosos del teléfono inalámbrico, un regalo de Roger. Sus prestaciones de marcación automática y activación de voz eran, según su hijo, muy útiles para la gente mayor. Pettigrew no estaba de acuerdo ni con el supuesto fácil uso de aquel artilugio ni con que lo encuadraran como «persona mayor». Resultaba frustrante que en cuanto los hijos salían del nido para formar su propio hogar (en el caso de Roger, un reluciente ático decorado en negro y bronce, en un rascacielos que estropeaba el Támesis cerca de Putney) empezaran a infantilizar a sus padres y a desear que murieran, o por lo menos que estuvieran encerrados en un asilo. Era todo de lo más griego. Con un dedo manchado de aceite, logró pulsar el contacto «1 - Roger Pettigrew, VP, Chelsea Equity Partners», que Roger había registrado con letras grandes e infantiles. La empresa de capital privado en que trabajaba su hijo ocupaba dos plantas de un alto edificio de oficinas en la zona de los muelles de Londres. Mientras sonaba el metálico tono de llamada, el mayor se imaginó a Roger en su desagradable cubículo aséptico, con su batería de monitores de ordenador y la montaña de papeles para los que el carísimo diseñador responsable no se había molestado en procurar cajones.
Roger ya se había enterado de la noticia.
—Jemima se ha encargado de las llamadas. La pobre está histérica, pero ahí la tienes, llamando a todo el mundo conocido y por conocer.
—Es mejor mantenerse ocupado.
—Para mí que más bien se regodea en su papel de hija afligida. Es de mal gusto, aunque siempre han sido así, ¿no? —Su voz sonaba como amortiguada, y el mayor dedujo que una vez más estaba comiendo en su mesa de trabajo.
—Eso no viene a cuento, Roger —lo reprendió con firmeza.
La verdad es que su hijo se estaba volviendo tan grosero como la familia de Marjorie. Últimamente, la ciudad estaba plagada de jóvenes arrogantes y mal educados, y Roger, que se acercaba a la treintena, no mostraba señales de evolucionar a salvo de esa influencia.
—Perdona, papá. Siento mucho lo del tío Bertie. —Una pausa—. Siempre me acordaré de cuando tuve el sarampión y él se presentó en casa con aquella maqueta de avión. Se quedó todo el día ayudándome a pegar las diminutas piezas.
—Si no recuerdo mal, lo estrellaste contra la ventana al día siguiente, después de que te advirtieran que no lo echaras a volar dentro de casa.
—Sí, y tú lo utilizaste como combustible en el fogón de la cocina.
—Estaba hecho trizas. Era una pena desperdiciarlo.
Era un recuerdo proverbial. La historia salía a relucir una y otra vez en las reuniones familiares. A veces se contaba como un chiste y todos reían. Otras venía a ser una especie de fábula para el revoltoso hijo de Jemima. Ahora asomó por la trama la sombra del reproche.
—¿Vendrás la noche antes? —preguntó el mayor.
—No; iré en tren. Pero oye, papá, no me esperes. Es posible que no pueda ir.
—¿Cómo?
—Estoy hasta las cejas de trabajo. Ahora mismo tenemos entre manos un asunto peliagudo, una compra de bonos corporativos. Hay en juego dos mil millones de dólares y el cliente está nervioso. A ver, tú avísame cuando tengan clara la fecha y me lo subrayaré en la agenda, pero nunca se sabe.
El mayor se preguntó cómo aparecería normalmente él en la agenda de su hijo. Se imaginó marcado con una pequeña nota adhesiva: importante pero no urgente, tal vez.
El funeral fue programado para el martes.
—Parece que a casi todo el mundo le va bien —comentó Marjorie en su segunda llamada—. Jemima tiene clase los lunes y miércoles y yo tengo un torneo de bridge el jueves por la noche.
—Bertie habría querido que siguieras adelante con tu vida —replicó el mayor, deslizando cierta mordacidad en su tono. Estaba seguro de que habían fijado la fecha del funeral según las horas disponibles de la esteticista. Marjorie querría ir con su tiesa melena rubia recién cortada y la piel tonificada y encerada, o lo que quiera que hiciese para conseguir aquel cutis que parecía cuero tensado—. Supongo que el viernes tampoco puede ser, ¿no?
El médico acababa de darle cita para el martes. La recepcionista de la consulta se había mostrado muy comprensiva, dadas las circunstancias, y había sugerido pasar al viernes a un niño perennemente asmático para que a él pudieran hacerle un electrocardiograma. Cancelarlo sería una descortesía.
—El párroco tiene Juventud en Crisis.
—Imagino que los jóvenes podrán estar en crisis cualquier otro día —replicó el mayor—. Es un funeral, por Dios bendito. Que por una vez los jóvenes pongan las necesidades de los demás por delante de las suyas. A ver si así aprenden algo.
—El director de la funeraria considera que los viernes son inapropiadamente festivos para un funeral.
—Ah... —El absurdo lo dejó sin palabras—. Bueno, pues entonces nos vemos el martes. A eso de las cuatro, ¿no?
—Sí. ¿Te traerá Roger?
—No; él irá directamente desde Londres en tren y cogerá un taxi. Iré en mi coche.
—¿Seguro que podrás?
Marjorie parecía preocupada de verdad y el mayor sintió una repentina empatía. Ahora también se había quedado sola. Se arrepintió de haberse enfadado tanto con ella y le aseguró que era perfectamente capaz de conducir.
—Luego vendrás a casa, claro está. Ofreceremos bebidas y algo de comer, una cosa sencillita.
Él advirtió que no lo invitaba a pernoctar en su casa. Tendría que volver en plena noche. La empatía se disipó.
—Y tal vez haya algo de Bertie que quieras llevarte —añadió Marjorie—. Tienes que echar un vistazo a sus cosas.
—Es todo un detalle por tu parte —replicó él, intentando acallar la ansiedad que asaltó su voz—. Precisamente quería hablarte del tema en un momento más oportuno.
—Claro, por supuesto. Debes quedarte con algún pequeño recuerdo. A Bertie le habría gustado. Por ejemplo, tiene unas camisas nuevas, casi sin estrenar... En fin, ya pensaremos algo.
El mayor colgó con cierta desesperación. Desde luego, Marjorie era una mujer espantosa. Suspiró por el pobre Bertie. ¿Se habría arrepentido alguna vez de su elección? Seguramente no había considerado mucho el asunto. Nadie piensa en la muerte cuando se toman esas decisiones vitales. Si lo hiciéramos, tal vez tomaríamos otras muy distintas.
Entre Edgecombe St. Mary y el pueblo costero donde vivían Bertie y Marjorie había un trayecto de sólo veinte minutos. Hazelbourne-on-Sea era un centro comercial para la mitad del condado y estaba siempre plagado de turistas y visitantes, de manera que el mayor calculó minuciosamente el tráfico que habría en la carretera de circunvalación, las posibles dificultades de aparcamiento en las estrechas callejas cercanas a la iglesia, y el tiempo requerido para recibir los pésames. Había decidido estar en la carretera a la una y media como muy tarde. Sin embargo, todavía seguía allí, metido en el coche delante de su casa, sin moverse. La sangre discurría por sus venas lenta como la lava, como si se le estuviesen fundiendo las entrañas. Sus dedos ya no tenían huesos. No podía ejercer ninguna presión sobre el volante. Intentó calmar su pánico con una serie de hondas respiraciones y bruscas exhalaciones. No era posible que fuera a perderse el funeral de su propio hermano, y aun así le era imposible girar la llave del contacto. ¿Se estaría muriendo? En ese caso, sería una pena que no hubiera sido el día anterior. Podrían haberlo enterrado con Bertie y así ahorrarle a todo el mundo la lata de asistir a dos funerales consecutivos.
Oyó un golpecito en la ventanilla, volvió la cabeza como en un sueño y vio a la señora Ali, con expresión preocupada. Respiró hondo y consiguió localizar el botón para bajar la ventanilla. Había aceptado a regañadientes la manía de automatizarlo todo, pero ahora se alegraba de no tener que darle a una manivela.
—¿Se encuentra bien, mayor?
—Creo que sí. Sólo estaba recuperando un poco el aliento. Voy al funeral de mi hermano, ¿sabe usted?
—Sí, lo sé. Pero se lo ve muy pálido. ¿Está en condiciones de conducir?
—No me queda más remedio, estimada señora. Soy el hermano del fallecido.
—Tal vez debería apearse un momento, que le dé un poco el aire —sugirió ella—. Tengo aquí un ginger-ale frío que le sentará bien. —Llevaba una cestita en la que se veía una manzana brillante, una bolsa de papel algo aceitosa que parecía contener un trozo de tarta, y una botella verde.
—Sí, un momento, sí.
El mayor salió del coche.
La cesta resultó ser un pequeño detalle que la señora Ali pensaba dejarle en la puerta.
—No sabía si se acordaría de comer —explicó, mientras él se bebía el refresco—. Yo no comí nada en absoluto los cuatro días siguientes al funeral de mi marido. Terminé en el hospital, deshidratada.
—Es usted muy amable. —La bebida fría le había sentado bien, pero su cuerpo todavía experimentaba leves temblores. Estaba demasiado preocupado para sentir mortificación alguna. Tenía que llegar como fuera al funeral de Bertie. Los autobuses pasaban sólo cada dos horas, y con el servicio reducido de los martes, el último autobús volvía a las cinco—. Creo que iré a ver si encuentro algún taxi. No estoy seguro de poder conducir.
—No le hace falta un taxi; puedo llevarlo yo misma. De todos modos, iba de camino a Hazelbourne.
—No, por Dios, no quisiera causarle tantas molestias...
No le hacía ninguna gracia que lo llevara una mujer. Odiaba sus lentos y precavidos acercamientos a las intersecciones, su ignorancia sobre las sutilezas del cambio de marchas y su absoluta indiferencia respecto al espejo retrovisor. En muchas ocasiones, se había visto bloqueado en las estrechas y serpenteantes calles por alguna conductora lenta que sacudía alegremente el pelo al ritmo de una emisora pop, mientras sus peluches meneaban también la cabeza en la bandeja trasera.
—No, no, de ninguna manera —repitió.
—Me sentiré honrada de poder ayudarlo. Mi coche está aparcado aquí mismo.
Conducía como un hombre, cambiando de marcha agresivamente al entrar en las curvas, acelerando al salir, bamboleando el pequeño Honda por las colinas con entusiasmo. Había bajado un poco la ventanilla y el aire agitaba el pañuelo rosa que llevaba en la cabeza, además de azotarle la cara con algunos mechones de pelo que ella se apartaba impaciente mientras hacía volar el coche sobre un pequeño puente peraltado.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó.
El mayor no sabía qué contestar. Se estaba mareando un poco con aquella conducción briosa, pero era el mareo emocionante y agradable de un niño en la montaña rusa.
—No estoy tan débil como antes. Conduce usted muy bien.
—Me gusta conducir —sonrió—. Solos el coche y yo, sin nadie que me diga lo que tengo que hacer, sin cuentas, sin inventarios... sólo las posibilidades de la carretera y múltiples destinos.
—Desde luego. ¿Ha viajado mucho en coche?
—No, qué va. Por lo general voy cada dos semanas a la ciudad, por suministros. Hay una selección muy amplia de tiendas hindúes en Myrtle Street. Aparte de eso, sólo utilizo el coche para llevar pedidos.
—Pues debería ir a Escocia o algún lugar así. También están las autopistas de Alemania. Me han dicho que es muy agradable conducir por ellas.
—¿Ha viajado por Europa?
—No. Nancy y yo queríamos cruzar Francia por carretera y tal vez ir hasta Suiza, pero al final no llegamos a hacerlo.
—Pues debería mientras tenga ocasión.
—Lo mismo le digo. ¿Adónde le gustaría ir?
—A muchos sitios. Pero tengo la tienda.
—A lo mejor su sobrino puede encargarse de ella pronto, ¿no?
La señora Ali rió sin demasiada alegría.
—Sí, por supuesto. Cualquier día de éstos se hará cargo del negocio y yo seré un estorbo.
El sobrino, una reciente y no muy agradable adición a la tienda, tenía unos veinticinco años y siempre iba muy erguido, con un atisbo de insolencia en la mirada, como preparado para afrontar una nueva ofensa. No poseía nada de la callada y elegante modestia de la señora Ali, y tampoco de la paciencia del difunto señor Ali. Aunque el mayor reconocía que, en cierto modo, tal vez estaba en su derecho, le resultaba violento consultarle el precio de los guisantes congelados a un hombre dispuesto a tomarse la pregunta como un insulto. En él se percibía también una contenida severidad hacia su tía, y eso sí que no le parecía nada bien.
—¿Se jubilará usted? —preguntó.
—Se ha sugerido la posibilidad. La familia de mi marido vive en el norte y esperan que acepte vivir con ellos y asumir el lugar que me corresponde en la familia.
—Sin duda, tener una familia que la quiera compensará el hecho de vivir en el norte de Inglaterra —comentó el mayor, dudando de sus propias palabras—. Estoy seguro de que disfrutará siendo la respetada abuela y matriarca, ¿no?
—No he tenido hijos y mi marido ha muerto —replicó ella con cierta acidez—. Y por lo tanto inspiraré más lástima que respeto. Esperan que le traspase la tienda a mi sobrino, quien entonces podrá permitirse traer una buena esposa de Pakistán. A cambio, me ofrecerán una habitación y, sin duda, el honor de encargarme de varios niños pequeños de otros miembros de la familia.
El mayor guardó silencio, horrorizado. No quería oír nada más. Por eso la gente hablaba del tiempo.
—Pero seguro que no podrán obligarla...
—Legalmente no. Mi maravilloso Ahmed rompió con la tradición familiar para asegurarse de que la tienda la heredara yo. Sin embargo, hay ciertas deudas que pagar. Y, por otra parte, ¿qué puede hacer la ley contra el peso de la opinión de la familia? —Giró a la izquierda y se coló temerariamente en un pequeño hueco abierto entre el veloz tráfico de la carretera de la costa—. ¿Vale la pena luchar tanto, se plantea una, si el resultado es la pérdida de la familia y la ruptura de la tradición?
—¡Es absolutamente inmoral! —exclamó el mayor indignado, con los nudillos blancos contra el reposabrazos.
«Pero ¿qué les pasa a estos inmigrantes?», se preguntó. Pretendían ser ingleses, algunos hasta habían nacido allí. No obstante, bajo la superficie subyacían todas aquellas ideas que eran pura barbarie, y seguían sometidos a sus costumbres extranjeras.
—Ustedes tienen suerte —declaró la señora Ali—. Hace mucho que los anglosajones se alejaron de esa dependencia de la familia. Cada generación se siente libre para actuar por su cuenta, sin miedo.
—Desde luego. —El mayor aceptó el cumplido, aunque no muy seguro de que la cosa fuera así.
La señora Ali lo dejó en una esquina cerca de la iglesia y él le anotó la dirección de su cuñada en un papel.
—Estoy seguro de que podré volver en autobús o como sea —dijo, pero ambos sabían que no era cierto, de manera que no insistió—. Espero haber terminado a eso de las seis, si no le resulta inconveniente.
—No es molestia en absoluto. —Le cogió la mano un momento—. Le deseo para esta tarde un corazón fuerte y el amor de la familia.
El mayor sintió una cálida emoción y rogó poder mantenerla cuando se enfrentara con la espantosa crudeza de ver a Bertie metido en una caja de nogal.
El servicio fue la misma mezcla de comedia y drama que recordaba del funeral de Nancy. La iglesia era grande e inhóspita, un templo presbiteriano de mediados de siglo, de una austeridad carente del alivio del incienso, las velas y las vidrieras de la iglesia de St. Mary que tanto adoraba Nancy. No había un campanario antiguo ni un cementerio musgoso que ofreciera su balsámica belleza y la paz de ver los mismos nombres tallados en la piedra a través de los siglos. El único consuelo era la leve satisfacción de una nutrida asistencia, a tal punto que habían añadido dos hileras de sillas plegables al fondo, todas ocupadas. El ataúd de Bertie se encontraba sobre una pequeña depresión en el suelo, casi como un hueco de desagüe. El mayor se sobresaltó al oír un zumbido mecánico y ver que el féretro descendía de pronto. No se hundió más de diez centímetros, pero Pettigrew tuvo que ahogar un súbito sollozo y tendió sin querer una mano. No estaba preparado.
Jemima y Marjorie pronunciaron unas palabras. Él esperaba poder burlarse de sus discursos, especialmente cuando Jemima, con una pamela negra más apropiada para una boda, anunció que leería un poema escrito en honor de su padre. Pero aunque el poema era efectivamente atroz (el mayor sólo retuvo que había una plétora de ángeles y osos de peluche, nada en consonancia con la severidad de las enseñanzas presbiterianas), el dolor auténtico que transmitía lo transformó en algo conmovedor. Jemima lloraba rímel por toda la cara y su marido tuvo que llevársela casi en brazos.
Al mayor no le habían pedido con antelación que hablara, cosa que consideraba un gravísimo descuido, aunque había preparado extensos comentarios, corregidos una y otra vez, durante el solitario insomnio de varias noches. Pero cuando Marjorie volvió a su asiento, después de su breve y llorosa despedida a su marido, y le preguntó si quería decir algo, Pettigrew declinó el ofrecimiento. Él mismo se sorprendió de encontrarse de nuevo tan débil, con la voz y la visión nubladas por la emoción. Se limitó a coger las manos de su cuñada un largo momento, intentando que no se le escaparan más lágrimas.
Después del servicio, mientras estrechaba manos en el vestíbulo de cristales ahumados, lo conmovió la presencia de varios de sus viejos amigos, a algunos de los cuales no había visto en muchos años. Martin James, que se había criado con Bertie y con él en Edgecombe, había acudido desde Kent. El antiguo vecino de Bertie, Alan Peters, que tenía un magnífico handicap en golf pero había dejado el deporte para dedicarse a la observación de aves, llegó en coche desde la otra punta del condado. Y lo más sorprendente, Jones el Galés, un viejo amigo del ejército de los tiempos de su instrucción como oficial, que sólo había visto a Bertie unas cuantas veces un verano y que desde entonces les enviaba felicitaciones a los dos todas las Navidades, se había trasladado desde Halifax. El mayor le estrechó la mano y movió la cabeza, dándole las gracias sin palabras. El momento lo estropeó en cierto modo la segunda esposa de Jones, una mujer que ni Bertie ni él habían tenido ocasión de conocer y que ahora lloraba a moco tendido con la cara hundida en un enorme pañuelo.
—Domínate un poco, Lizzy —le pidió Jones—. Lo lamento, es que no puede evitarlo.
—¡Lo siento muchísimo! —sollozó Lizzy sonándose la nariz—. En las bodas me pongo igual.
Al mayor no le importó. Por lo menos estaba allí. Roger no había hecho acto de presencia.
2
La casa de Bertie (aunque tal vez ya debería empezar a considerarla la casa de Marjorie) era un edificio cuadrado de dos plantas al que su cuñada había conseguido imprimir, no se sabía cómo, cierto parecido con un cortijo español. Una pérgola de ladrillos y unas barandillas de hierro forjado en la terraza coronaban el doble garaje adosado. La buhardilla, con su arqueado ventanal de ladrillos, ofrecía una especie de guiño flamenco al pueblecito costero que se extendía más abajo. El jardín estaba ocupado casi en su totalidad por un camino de grava tan grande como un aparcamiento, y los coches se alineaban en columnas de dos en torno a una estrecha fuente de cobre con forma de jovencita flaca y desnuda. Empezaba a hacer fresco y las nubes se iban acumulando desde el mar, pero en la primera planta Marjorie todavía tenía las puertas del salón abiertas a la terraza. El mayor se internó todo lo posible en la sala, intentando caldearse un poco con el té ya casi frío que le habían ofrecido en un pequeño vaso de plástico. Lo que Marjorie consideraba «una cosa sencillita» consistía en un pantagruélico festín de comida pringosa (ensalada con mayonesa, lasaña, pollo al vino) servida en vajilla desechable. La gente sostenía como podía los platos empapados y reblandecidos, y dejaba los vasos de plástico en precario equilibrio sobre el alféizar de las ventanas y encima de un gran televisor.
El mayor captó una agitación en la muchedumbre al otro lado del salón, y al cabo de un momento divisó a Marjorie abrazando a Roger. El corazón le dio un brinco al ver la alta figura de su hijo. Así que había acudido, después de todo.
Roger se deshizo en disculpas por su tardanza y formuló la solemne promesa de ayudar a Marjorie y Jemima a seleccionar la lápida del tío Bertie. Estaba elegante y encantador con su caro traje oscuro, una inadecuada corbata de colorines y unos zapatos relucientes, tan elegantes que sólo podían ser italianos. Londres había pulido a Roger hasta imprimirle un refinamiento casi continental. El mayor intentó no sentir desaprobación.
—Oye, papá, Jemima me ha estado hablando de la escopeta del tío Bertie —comentó Roger en cuanto tuvieron un momento para sentarse en un duro sofá de cuero. Se tiró de la solapa y se ajustó el pantalón en las rodillas.
—Sí, yo también quería hablar de eso con Marjorie, pero ahora no es el momento, ¿no crees? —No se había olvidado de la escopeta, pero ese día no parecía un tema importante.
—Saben perfectamente cuál es su valor. Jemima está muy bien informada.
—No es cuestión de dinero, por supuesto —replicó Pettigrew con severidad—. Tu abuelo dejó muy claro su deseo de que las dos escopetas volvieran a unirse. Es una reliquia de la familia, patrimonio familiar.
—Sí, Jemima también piensa que hay que unir la pareja. Y también habrá que restaurarlas un poco, claro.
—La mía está en perfectas condiciones. No creo que Bertie se ocupara de la suya tanto como yo. No tenía ninguna afición a la caza.
—Ya. Bueno. Jemima dice que el mercado está ahora en el mejor momento. No se encuentran Churchills como éstas. Los americanos tienen hasta listas de espera.
Al mayor se le tensó la cara. Intuía lo que llegaría a continuación y su sonrisa se tornó una mueca rígida.
—Así que Jemima y yo estamos de acuerdo en que lo más sensato sería venderlas como pareja ahora mismo. Claro que el dinero sería tuyo, papá, pero como al final lo heredaré yo, imagino, la verdad es que me vendría bien tenerlo ya.
El mayor no respondió, concentrado como estaba en respirar. Nunca había advertido la cantidad de esfuerzo mecánico que requería el proceso de llenar y vaciar los pulmones, el paso del aire por la nariz. Roger tuvo la decencia de agitarse en su asiento. El mayor pensó que sabía perfectamente lo que le estaba pidiendo.
—Perdona, Ernest, pero ahí fuera hay una desconocida que dice estar esperándote —los interrumpió de pronto Marjorie, poniéndole la mano en el hombro. El mayor alzó la vista y tosió para disimular la humedad de sus ojos—. ¿Conoces tú a una mujer de piel oscura con un Honda pequeño?
—Sí, sí. Es la señora Ali, que ha venido a recogerme.
—¿Una taxista? —preguntó Roger—. Pero si tú no soportas a las mujeres al volante.
—No es un taxi —contestó el mayor—. Es una amiga mía, la dueña de la tienda del pueblo.
—Pues en ese caso invítala a pasar y tomar un té —respondió Marjorie con una tensa mueca de desaprobación. Miró vagamente en dirección al buffet—. Le apetecerá un poco de bizcocho. A todo el mundo le gusta el bizcocho, ¿no?
—Voy a decírselo, gracias. —El mayor se puso en pie.
—Pero, papá, yo quería llevarte a casa —objetó Roger.
Pettigrew lo miró desconcertado.
—¿No ibas a venir en tren?
—Sí, ésa era la idea, pero ha habido un cambio de planes. Sandy y yo hemos decidido venir en coche. Ahora mismo está viendo casas de campo de alquiler.
—¿Cómo? —Era demasiado para asimilarlo.
—Sí, Sandy ha pensado que como yo tenía que venir de todos modos... Hace tiempo que le insisto en que busquemos algo por aquí para pasar los fines de semana, así podríamos estar más cerca de ti.
—Una casa de fin de semana —repitió el mayor, debatiéndose todavía con lo que podía representar aquella tal Sandy.
—Estoy deseando que la conozcas. Llegará en cualquier momento. —Roger barrió el salón con la vista, por si acaso había aparecido de repente—. Es americana, de Nueva York. Tiene un trabajo muy importante en el mundo de la moda.
—La señora Ali me está esperando. Sería de muy mala educación...
—Seguro que lo entiende —lo interrumpió Roger.
Fuera el aire era frío. La oscuridad comenzaba a desdibujar el paisaje del pueblo y el mar. La señora Ali, que había aparcado el Honda junto a la elaborada verja de hierro con sus imágenes de delfines voladores, salió del coche y le hizo una seña. Llevaba en la mano un libro y media hamburguesa envuelta en papel. El mayor era un furibundo denostador de la comida rápida y las espantosas hamburgueserías que iban invadiendo el feo tramo de carretera entre el hospital y el paseo marítimo, pero en la señora Ali le pareció un pequeño y encantador capricho.
—Señora Ali, ¿querría pasar a tomar un té?
—No, muchas gracias, mayor, no quiero causar molestias. Pero por favor, no se apresure por mí. Yo estoy aquí perfectamente —declaró, señalando su libro.
—Tenemos todo un buffet. Hay hasta bizcocho casero.
—Estoy muy bien aquí, de verdad —sonrió ella—. Tómese el tiempo que quiera con su familia, que yo lo espero hasta que termine.
El mayor se vio en un buen compromiso. Sintió la tentación de subir al coche y marcharse en ese momento. Llegarían a una hora bastante temprana como para invitar a la señora Ali a tomar un té en su casa. Podrían hablar del libro que estaba leyendo. A lo mejor ella estaría incluso dispuesta a escuchar alguno de los detalles más graciosos del día.
—Va usted a pensar que soy un perfecto maleducado, pero es que al final mi hijo ha podido venir... en coche...
—Me alegro mucho por usted.
—Sí, y dice que le gustaría... Por supuesto ya le he dicho que tenía previsto volver a casa con usted...
—No, no; tiene que irse con su hijo.
—No sabe cuánto lo lamento. Parece que ahora tiene novia. Por lo visto están buscando una casa por aquí, para los fines de semana.
—Ah. —La señora Ali lo entendió de inmediato—. ¿Una casa de vacaciones cerca de usted? Será maravilloso.
—Ya veré lo que puedo hacer para echarles una mano —comentó el mayor, casi para sí mismo—. ¿Seguro que no le apetece entrar a tomar un té?
—No, muchas gracias. Usted debe disfrutar de su familia y yo tengo que regresar.
—Quedo en deuda con usted. No sé cómo agradecerle su amabilidad y su ayuda.
—No ha sido nada, de verdad. Por favor, ni lo mencione.
La señora Ali se inclinó ligeramente y subió al coche. Dio marcha atrás en un cerrado medio círculo, lanzando una rociada de grava.
El mayor quiso despedirse con la mano, pero se sintió falso y su gesto quedó truncado a medio camino. La señora Ali no volvió la vista atrás.
Viendo alejarse el pequeño vehículo azul, Pettigrew tuvo que resistir el impulso de salir corriendo detrás. La promesa del trayecto de vuelta había sido una llamita que le daba luz en la oscura opresión de la multitud. El Honda frenó en la verja y dio un volantazo, escupiendo de nuevo grava con las ruedas, para evitar el barrido de los faros de un gran coche negro que no mostró intención de parar o aminorar la marcha. Éste avanzó por el camino y aparcó en el espacio despejado que los otros invitados habían tenido la cortesía de dejar libre delante de la puerta.
El mayor subió la pendiente y llegó algo corto de aliento justo cuando la conductora guardaba en el bolso un lápiz de labios y abría la portezuela. Más por instinto que por ganas, le sostuvo la puerta para que bajara. Ella pareció sorprenderse, pero sonrió mientras sacaba unas piernas desnudas y bronceadas de los estrechos confines de la cabina de cuero color champán.
—No voy a hacer eso de confundirlo con el mayordomo para que luego resulte usted ser lord No-sé-qué de No-sé-cuántos —dijo sin más, alisándose su corta falda negra. Era de una tela cara, pero de inesperada brevedad. La llevaba con una chaqueta negra a juego sin nada debajo (por lo menos no se atisbaban señales de ninguna blusa en el escote, que, debido a la altura de la joven y a sus vertiginosos tacones, quedaba casi al nivel de los ojos del mayor).
—Me llamo Pettigrew —se presentó él, siempre reticente a ofrecer información adicional mientras no fuera necesario. Todavía estaba intentando procesar el asalto de las vocales americanas de aquella joven y el destello de unos dientes de imposible blancura.
—Entonces está claro que he dado con la casa. Soy Sandy Dunn, amiga de Roger Pettigrew.
Al mayor le pasó por la cabeza negar que Roger estuviera allí.
