Corazón de oro

J.R. Ward

Fragmento

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Querido lector:

Corazón de oro es mi segundo libro publicado y cuando pienso en él ahora recuerdo que cuando lo escribí decidí atenerme a la máxima de «limítate a lo que conoces».

Fue una buena decisión. Lo que ocurre es que escribir es como cualquier otra empresa: un poco de talento divino y de interés bastan para lanzarse a ella. Pero de ahí a saber de verdad lo que estás haciendo hay un mundo. Cuando empecé el borrador de este libro solo me habían editado profesionalmente un manuscrito en una ocasión y todavía trabajaba de manera intuitiva y aficionada (ahora en cambio soy una gran partidaria de los esquemas… ¡y por una buena razón!). Por supuesto, me sentía perdida y decidí crearme mi propia red de seguridad siguiendo un consejo que había recibido a menudo…, decidí escribir sobre cosas que conocía: un deslumbrante hombre de negocios como héroe de corazón duro, una heroína enamorada del pasado, y las montañas Adirondacks.

El protagonista, Nick Farrell, es un macho alfa de los pies a la cabeza aunque, a diferencia de los vampiros de la Hermandad de la Daga Negra, no viste ropas de cuero ni lleva pistola y cuchillo (tampoco tatuajes). Es un guerrero de las finanzas, y no miento si digo que en una sala de juntas puede ser tan brutal como los luchadores de artes marciales. Además ¡los trajes mil rayas pueden ser de lo más sexi, si la persona que los lleva tiene la espalda adecuada! Cuando lo pienso ahora, me doy cuenta de que Nick fue el principio de mi obsesión por los hombres dominantes. Su estilo de vida es completamente distinto del de los miembros de la Hermandad, pero como ellos, es un macho poderoso, que, sin embargo, nunca abre su corazón a nadie… hasta que conoce a su pareja perfecta.

En cuanto a Carter Wessex, la arqueóloga protagonista, está sacada directamente del Indiana Jones que hay en mí. Crecí viendo una y otra vez En busca del arca perdida, deseando poder transportarme a la jungla o al desierto con un látigo en el cinturón y un salacot en la cabeza. Cuando Carter surgió (como hacen todos mis personajes: aparecen sin más en mi cabeza, se acomodan y esperan a que los escriba), me hizo mucha ilusión porque pensé que la idea de enviarla en busca de un tesoro escondido era ALUCINANTE.

Y entonces… empecé a documentarme sobre lo que de verdad hacen los arqueólogos. Mi visión romántica de esta profesión académica no tenía ninguna base real; de hecho, demostró ser mucho menos metódica, disciplinada y, por qué no decirlo, teatral de cómo la había imaginado. La buena noticia, sin embargo, era que los arqueólogos efectivamente desentierran el pasado, buscan tesoros y, en ocasiones y por así decirlo, los encuentran. Pero, además, una vez tuve una visión más precisa de lo que hacía Carter, el personaje se hizo menos unidimensional y más creíble… y más apropiado para ser la pareja de Nick porque ambos cultivaban sus respectivas profesiones con dedicación y excelencia.

Lo que nos lleva al escenario de la historia: las montañas Adirondacks del norte del estado de Nueva York. Siguiendo el lema de «limítate a lo que conoces», tengo que decir que las montañas Adirondacks son una parte tan importante de mí que las considero mi hogar con independencia de dónde esté viviendo. De niña pasé todos los veranos allí y ahora he empezado a ir de nuevo de manera habitual. Cuando estaba escribiendo el borrador de Corazón de oro, sin embargo, trabajaba todo el día y me fue imposible pasar allí buena parte de julio y agosto. ¿La solución? Escribir sobre el lugar. En muchos sentidos, cuando escribía páginas sobre Nick y Wessex, me estaba tomando una especie de vacaciones, porque las imágenes y las escenas que se desarrollan en el lago y en las montañas me transportaban a donde me habría gustado estar. Pero, además, ¡qué lugar tan maravilloso para enamorarse en verano! Sé que para mucha gente una playa de arena es sinónimo de escena romántica, pero yo siempre prefiero una rama de pino fragante a una palmera.

Y ahora dos palabras sobre el argumento de la historia. En aquel momento de mi carrera como escritora todavía me esforzaba por «planificar» mis libros. Tenía muy en cuenta las convenciones de la novela romántica y estaba decidida a respetarlas; por tanto, quería escribir algo que siguiera los patrones esperados y estuviera a tono con las normas del género, porque pensaba que ir sobre seguro era la mejor manera de conservar mi trabajo. No quiero decir con esto que no me sienta orgullosa de este libro ni que crea que le falta algo. Me encanta la pareja que forman Carter y Nick, y estoy muy satisfecha de su historia. Pero hasta que no llevaba escritas tres cuartas partes del primer borrador la historia secundaria del sobrino de Nick no empezó a cobrar consistencia. Escribí una escena estupenda sobre un chico y una chica que huyen de sus padres y se refugian en el bosque: subrayaba el suspense, añadía tensión, cambiaba el tono general del libro… tenía que eliminarla.

Me he dado cuenta de que aquella fue mi primera subtrama, algo que ahora incorporo de manera habitual en mis libros de la Hermandad de la Daga Negra o de Ángeles caídos. Abrir los puntos de vista a otras personas y experiencias aporta mucho a las historias, en mi opinión, porque las hace más reales. Nadie vive en una isla, todos estamos rodeados de gente con experiencias similares a las nuestras, y creo que parte de la manera en que valoramos las cosas está en contraste o comparación a lo que viven los demás. En lo que se refiere a los libros y a contar historias, creo que las tramas secundarias bien hechas aportan profundidad y realismo.

Dicho esto, el peligro de escribir muchas historias paralelas es que se corre el riesgo de perder, o enterrar, la historia principal hasta el punto de que el lector no sabe en qué debe centrar su atención, o, peor aún, hasta que la narración se cae por su propio peso. Hace falta mucha precisión y ojo crítico para diferenciar entre lo que añade y lo que obstaculiza (y esto lo sé muy bien porque he cometido errores de este tipo). Por entonces yo no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Tenía la sensación de que la escena de la huida al bosque era estupenda, pero, por la manera en que fluía el resto de la historia, no terminaba de encajar. En los años siguientes, sin embargo, adopté la costumbre de usar múltiples puntos de vista y tramas, y de combinarlos de manera equilibrada y adecuada. (Ahora que lo pienso, ha resultado divertido releer mis dos primeros libros y darme cuenta del rumbo que iba tomando mi escritura, aunque entonces no tuviera ni idea de adónde me dirigía, por así decirlo).

Espero de corazón que disfrutéis de Nick y Carter tanto como yo lo hice (y sigo haciendo). Forman una pareja estupenda, pero además este libro tiene uno de los mejores finales que he escrito EN TODA MI VIDA. Estad, por tanto, atentos a la bomba final, no os digo más.

¡Feliz lectura!

 

J. R. Ward

Diciembre de 2011

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CAPÍTULO

1

 

 

 

No soy una buscadora de oro.

Carter Wessex se pegó el teléfono a la oreja sujetándolo con el hombro mientras vaciaba una bolsa de lona en el suelo del lavadero de su casa. Las ropas que salieron estaban cubiertas de tierra, musgo y algo que parecía estar vivo.

—No he dicho que lo fueras. —El tono de voz de su amiga de toda la vida era conciliador y Carter lo reconoció al instante. Era el mismo que las había metido en más de un lío cuando eran adolescentes.

—Bueno, pues tampoco soy masoquista —contraatacó, esforzándose por ignorar lo mucho que la atraía aquella oportunidad—. El propietario de la montaña Farrell es tremendo. Ha echado a más colegas míos de esa montaña que un pitcher novato.

Al otro lado de la línea se oyeron risas.

—C. C., odio los símiles deportivos y además ese es malísimo.

Carter decidió ponérselo más difícil, con la esperanza de que su plan de tomarse vacaciones aquel verano no se viera frustrado por una proposición laboral imposible de rechazar.

—Pues, por lo que he oído, Nick Farrell le ha dado un nuevo sentido a la palabra misántropo y le tiene especial antipatía a los arqueólogos. ¿Sabes quién es? El tiburón de las finanzas que salió en todos los periódicos porque engañó a no sé quién en un trato de negocios. ¿Te acuerdas?

—Conozco la historia y también su reputación.

—Entonces ¿por qué me haces esto? —soltó en tono lastimero.

—Porque ya es hora de que alguien resuelva este misterio. Está sin descifrar desde 1775.

—Es un cuento de hadas, Woody.

El verdadero nombre de «Woody» era Grace Woodward-Hall. Las dos mujeres se habían conocido cuando estudiaban secundaria en un pintoresco colegio privado de Nueva Inglaterra, donde habían pasado cuatro años especializándose en ganar partidos de hockey y meter alcohol de contrabando en las habitaciones. Se habían hecho muy populares gracias a ambas cosas.

Ya adultas, mantenían una relación personal y profesional. La especialidad de Carter como historiadora y arqueóloga era el periodo colonial. La familia de Grace gestionaba la Fundación Hall, una de las instituciones más importantes del país en cuanto a concesión de becas y preservación del patrimonio nacional. Había subvencionado varias de las expediciones arqueológicas de Carter.

—Has leído el libro del británico ese, ¿no? —El acento del Upper East Side de Grace daba a las palabras la entonación perfecta, pero no engañaba a Carter. A pesar de su exterior remilgado y fino, Grace tenía un sentido del humor bastante gamberro y una predilección por meterse en líos, rasgos ambos sobre los que se asentaba su amistad.

—¿El diario de Farnsworth? Claro que lo he leído. Todos los historiadores del periodo colonial lo tienen. Es uno más de nuestros gustos excéntricos, como las balas de mosquetón o las milicias de la guerra de la Independencia.

Carter bajó la vista y se fijó en una araña que salía de debajo de unos pantalones chinos. No le hacía gracia matar al bicho, pero tampoco lo quería de compañero de piso. Se inclinó hacia la lavadora, cogió una lata de café llena de clavos y la colocó boca abajo sobre la secadora, de manera que cubriera al arácnido.

—Entonces te preguntarás qué pasó.

—Sé lo que pasó. Un héroe americano asesinado, una fortuna en oro desaparecida y un guía indio declarado responsable. Fin de la historia.

—Me cuesta creer —dijo Grace secamente— que no te molesten todas las inconsistencias que hay en esa versión de los hechos. Alguien tiene que ir a la montaña Farrell y descubrir lo que ocurrió de verdad con la expedición Winship.

—Pero no tengo que ser yo. —Carter empezó a meter camisetas y calcetines en la lavadora con cuidado de no volcar la lata—. En realidad lo que necesitan es un investigador de fenómenos paranormales que ponga fin de una vez por todas a esa tontería del encantamiento. ¿Que el fantasma de Halcón Rojo está custodiando el oro? Por favor…

—Escucha, espectros aparte, es el proyecto perfecto para ti. Eres especialista en ese periodo y ahí, en mitad de la nada, hay un trozo de historia esperando a que tú lo descubras.

—Acabo de volver de una excavación —gimió Carter—. Tengo kilos de mugre debajo de las uñas, necesito una cura de sueño y sé de buena tinta que en esta época del año en las Adirondacks hay unas moscas negras del tamaño de murciélagos.

Lo sabía porque en Green Mountains, Vermont, también las había, y en cantidad. Miró por una ventana con mosquitera y vio un alegre día de junio que la invitaba a salir, pero Carter no se dejó engañar. Aquella misma mañana la habían acribillado en el jardín.

—¿No tienes curiosidad por saber lo que pasó con el oro?

—Tanta como por quién es de verdad el Ratoncito Pérez. Enséñame alguna prueba de que existe un roedor que se dedica a coleccionar dientes de niño y creeré que hay un tesoro en esas montañas.

—Venga ya, ese oro no puede haberse esfumado así como así. ¿Y qué pasó con los restos de los hombres que murieron?

Carter apoyó una cadera contra la lavadora.

—Los colonos rebeldes no se habrían atrevido a transportar toda esa fortuna llevando con ellos a un prisionero británico loco. Se exponían a una emboscada. Lo único sorprendente es que fuera Halcón Rojo quien los atacó. Si el oro no lo cogió uno de los agresores, entonces es que alguien lo encontró y tuvo cuidado de mantener la boca cerrada. ¿Tú sabes cómo es de grande el parque nacional de las Adirondacks? Encontrarlos sería tan difícil como ganar la lotería.

Carter miró de reojo la lavadora. El contacto del agua con toda aquella porquería daría sin duda como resultado un baño de barro de alguna clase, pero todavía había sitio para meter algo más. Se agachó para coger otro par de chinos.

—¿Te he dicho ya que tenemos huesos? —dijo Grace con su acento de clase alta—. De una excavación idéntica a la que describe Farnsworth en su diario.

Carter se enderezó rápidamente.

—¿Huesos? ¿Qué tipo de huesos? ¿Dónde los han encontrado?

La satisfacción de Grace se percibía alto y claro desde el otro lado del teléfono.

—Los encontró Conrad Lyst en la montaña Farrell.

Al oír el nombre de aquel hombre Carter apretó al mandíbula.

—Esa rata. Ese asqueroso…

Soltó solo un par de improperios más, eso sí, muy gráficos, y los acompañó de un sustantivo de lo más rebuscado.

—¿Has terminado? —le preguntó su amiga divertida.

—Pues no. Es que me sorprende que ese tipo sea capaz de encontrarse el trasero dentro de los pantalones. Y si por un casual lo consiguiera, lo siguiente que haría sería sacarlo a subasta.

—Dejando a un lado las rivalidades profesionales…

—Esa apisonadora no tiene nada de profesional. Es un saqueador y un ladrón.

—Eso no te lo voy a discutir, pero ha encontrado un fémur y parte de un brazo. Los hemos examinado aquí, en Boston, y son de ese periodo.

—Eso no quiere decir que sean de…

—Los encontraron junto con un crucifijo.

Carter se olvidó de la colada.

—¿Tenía alguna inscripción?

—Winship, 1773. Aún no lo hemos terminado de analizar, pero parece auténtico.

El reverendo Jonathan Winship había estado al mando de los colonos que formaban la escolta del general. Era uno de los hombres muertos en la montaña.

A Carter empezó a latirle con fuerza el corazón.

—Entonces ¿qué me estabas diciendo de una expedición en busca del Ratoncito Pérez?

 

* * *

 

Media hora más tarde habían resuelto los detalles de una beca de investigación y, aunque la colada seguía sin hacer, la araña había sido cuidadosamente puesta en libertad. Después de pasear el teléfono por toda la casa, Carter terminó sentada en la cocina, delante de la mesa donde solía desayunar mientras la bañaba la luz del sol.

—Sigo sin entender por qué os enseñó Lyst la cruz —dijo—. No es su estilo. Cuanta más gente sepa de su existencia, más difícil le será venderla en el mercado negro.

—Dice que quiere una beca. No se la vamos a dar, claro. Si desenterrara algo, se guardaría todo lo de valor y el resto lo arruinaría para que no pudiese ser estudiado.

Carter bufó con desdén.

—Alguien debería quitarle la pala a ese hombre y yo le diría dónde metérsela. Lo que no me explico es de dónde sacó el permiso para excavar en esa montaña.

—No lo obtuvo. Se coló y, como sabes, la idea de Farrell de una cesta de bienvenida no consiste precisamente en bizcocho de calabacín y limonada. Lyst dice que un guardés enfurecido le persiguió con un arma y estuvo a punto de matarlo.

—Pues es una pena que no lo consiguiera.

—En todo caso asustó a Lyst, y quizá por eso este acudió a la fundación. Seguramente piensa que una beca Hall le dará credibilidad cuando vuelva a intentarlo.

—¿Quiere volver?

—Ya conoces a Lyst. No tendrá escrúpulos, pero es tenaz. Por eso tienes que hablar con Farrell cuanto antes. Sé dónde tiene su residencia de verano en el lago Sagamore y no debe de estar a más de una hora de tu casa. Me he enterado de que en esta época del año pasa allí los fines de semana. Acércate este sábado y pídele permiso para excavar.

—¿Y qué te hace pensar que a mí me va a tratar mejor?

—Pues que le vas a pedir permiso. Y que tienes las piernas más bonitas que Lyst. En todo caso, ¿tu padre no conoce a Farrell de su círculo de negocios?

—Para el carro ahora mismo —Carter se puso rígida mientras se le llenaba la boca de bilis.

Grace no tardó en mostrar su arrepentimiento.

—Lo siento, C. C. No quería…

El uso del antiguo diminutivo le recordó a Carter todos los años que Grace y ella llevaban siendo amigas e inspiró profundamente en un intento por deshacerse de la ira que se apoderaba de ella cada vez que oía el nombre de William Wessex. Tardó un momento en poder responder.

—Si voy, no pienso usar a mi padre de gancho —pronunció la palabra «padre» como si fuera un insulto.

—Pues claro que no. No debería haber sacado el tema.

Después de colgar, Carter fue al porche trasero. Arriba, las montañas se alzaban imponentes, tiñendo el cielo azul brillante con sus verdes cornisas. Había comprado aquel terreno y el granero en ruinas que venía con él solo por las vistas. Le había llevado dos años convertir aquel edificio medio derruido en un espacio habitable, pero ahora que estaba terminado no estaba segura de qué le gustaba más, si la casa o el paisaje que la rodeaba. Era una lástima que no dedicara más tiempo a disfrutarlos.

Arqueó el cuello y dejó que el sol le calentara las mejillas. A su alrededor, las hojas de los chopos centelleaban en la brisa y a lo lejos se oía el chi-chi-ui-ui del mirlo de alas rojas. Si escuchaba con atención, incluso distinguía el rumor del arroyo que discurría en el límite de la propiedad.

Respiró despacio e intentó contagiarse de la calma que la rodeaba.

¿Cuándo dejaría de estremecerse al oír el nombre de su padre? ¿Cuándo dejaría atrás el pasado?

Habían transcurrido ya dos años.

Abandonó el paisaje esplendoroso y subió al piso de arriba. En lo que antes había sido el henil del granero estaban ahora su despacho y su dormitorio. Aquel espacio alargado y rectangular era el que más le gustaba de toda la casa, una zona diáfana con paneles de madera de pino en las paredes y ambos extremos rematados con ventanas panorámicas.

La mesa, el ordenador, proyectores de diapositivas y libros de consulta presidían la estancia. En las amplias paredes había puesto estanterías que estaban atestadas con publicaciones, algunas de las cuales había escrito ella misma. Eran los libros que más utilizaba, y los que no tenía allí podía consultarlos en la Universidad de Vermont, en el vecino Burlington. Llevaba ya casi tres años trabajando allí como profesora asociada y contaba con un despacho propio en el campus.

Aunque le gustaban mucho sus alumnos, Carter prefería hacer su trabajo de investigación en casa. Había pasado muchas noches en vela en su santuario de madera de pino, concentrada en encontrar un sentido a las pistas que la historia dejaba atrás.

Aquellas noches, cuando estaba demasiado cansada para mantener los ojos abiertos, se acostaba en una cama pequeña colocada contra un rincón, una concesión a las necesidades de descanso de su cuerpo. Tampoco faltaban notas a pie de página en forma de efectos personales. En un vestidor tenía escondido un armario lleno de pantalones, una cómoda con camisetas y sudaderas y un cuarto de baño pequeño con plato de ducha y lavabo, pero sin bañera. En las ventanas no había cortinas, ni tampoco alfombras en el suelo de pino.

Para Carter, aquel altillo reflejaba sus prioridades en la vida. El trabajo era lo primero. Le seguía, a mucha distancia, la vida personal.

Pasó junto a su escritorio con expresión sombría, fue hasta la cómoda y abrió un cajón. Rebuscó entre las camisetas hasta encontrar la caja de cuero negro que buscaba.

Maldito sea, pensó mientras la abría.

Sobre un lecho de satén descansaba una esmeralda colombiana colgando de una cadena de diamantes. Era un regalo ridículo, uno más de los muchos intentos de su padre por comprar su cariño. La caja había llegado la semana anterior, por Federal Express, en la víspera de su veintiocho cumpleaños.

Y ahora tenía que deshacerse del regalo de su padre. Otra vez.

Siempre le enviaba joyas. Por su veintisiete cumpleaños habían sido unos pendientes de perlas y diamantes abrumadoramente grandes. Carter los había subastado y donado el dinero al hospital municipal. Por su veintiséis cumpleaños había sido un anillo con un rubí del tamaño de una canica. Lo había vendido a un joyero y los beneficios habían ido a parar a la compra de ordenadores para la escuela primaria.

Y ahora una esmeralda.

Quizá al pueblo le viniera bien otra ambulancia. O dos.

Los regalos por su cumpleaños eran un horror, pero en Navidad era peor. Su padre le enviaba relojes. Todos los años. Siempre eran caros y de oro, en ocasiones con incrustaciones de diamantes o de otras piedras preciosas. Carter siempre donaba el dinero que obtenía por ellos a una casa de acogida de mujeres.

Pasó los dedos por la esmeralda y observó cómo sus hermosas facetas capturaban la luz mientras se preguntaba por qué pensaría su padre que ella se pondría un collar así. La última vez que se marchó de casa abandonó también el estilo de vida en el que había sido criada y su padre lo sabía. En un solo día, el día en que su madre murió, Carter pasó de ser una joven que salía en los ecos de sociedad a una proscrita voluntaria. El autoexilio significaba que los bailes de gala eran parte de su pasado, lo mismo que su padre, y cada mañana al despertarse daba gracias porque así fuera.

Pasó el dedo por la cadena de diamantes y miró cómo relucía.

Para su vida actual le resultaba más útil una tienda de campaña que una suite palaciega, un bote de repelente de insectos que de laca para el pelo, una brújula que llevar al cuello que una esmeralda. Le encantaba la sencillez de su vida. Era libre de entregarse a su pasión por la historia y se había forjado una carrera académica de prestigio. Le encantaba su vida.

Casi siempre.

En ocasiones, cuando no estaba muy ocupada y tenía tiempo para pensar, se sentía sola. Tenía pocos amigos. En cuanto a familia, era hija única y su prima más cercana, A. J., vivía lejos y estaba muy ocupada con el mundo de la hípica. Y además acababa de casarse.

Carter se preguntó si ella tendría su propia pareja alguna vez.

La respuesta más inmediata era no. Trabajaba a todas horas, así que no le quedaba tiempo para salir con hombres, aunque, para ser sincera, no creía que disponer de más tiempo libre fuera a resolver el problema. Además, el fantasma de la tragedia familiar la seguía a todas partes. Con la traición de su padre siempre presente, le resultaba imposible imaginarse confiando algún día en un hombre.

Todo lo cual no era precisamente terreno abonado para conocer a su príncipe azul.

Cerró la caja y la metió en el cajón. Tenía cosas más importantes que hacer que pensar en lo que no estaba en su mano cambiar.

Para alguien que había hecho de indagar en el pasado su profesión, Carter estaba decidida a no perder tiempo con el suyo. Vivía el presente e intentaba no pensar en todo lo que había dejado atrás. Y lo conseguía, excepto cuando aparecían regalos a la puerta de su casa. Dos veces al año se veía obligada a enfrentarse con las sombras del pasado y odiaba aquella intrusión, se la llevaban los demonios con la obstinada persistencia de su padre. Deseaba que dejara de pretender que tenían un vínculo más allá del estrictamente biológico y sentía la tentación de decirle que dejara de enviarle cosas.

El problema era que no soportaba la idea de hablar con él.

Se detuvo en el centro de la habitación y pasó la vista por sus libros y diapositivas, sus papeles y sus apuntes con proyectos. Se recordó a sí misma que estaba sola. Que era libre.

Y por alto que fuera el precio de no vivir una mentira, merecía la pena pagarlo.

Se dirigió a su mesa con la intención de llamar a su colaborador habitual, Buddy Swift, y decirle que tenían un nuevo trabajo. Otra excavación, otro bolo, así los llamaban. Los dos habían trabajado juntos en muchos proyectos y la mujer de Buddy, Jo-Jo, y su hija, Ellie, a menudo los acompañaban en las expediciones. Los Swift, que vivían en Cambridge, Massachusetts, eran lo más parecido que tenía Carter a una familia y la razón por la que no pasaba las fiestas cenando sola en casa frente al televisor.

No llegó al teléfono porque la distrajo su reflejo en el espejo del cuarto de baño. La mujer que la miraba tenía una melena oscura larga y brillante, ojos azul hielo y una tez clara que ahora estaba ligeramente bronceada.

Carter se miró furiosa. Desde el aciago día en que murió su madre, cada vez que se miraba en el espejo veía a su padre. Por el amor de Dios, si es que tenían el mismo color de piel, la misma estructura ósea, idéntica dentadura.

En el día a día era capaz de no pensar en cómo el egoísmo y la infidelidad de su padre habían destruido su familia. Podía simular que era huérfana, que estaba sola en el mundo y liberarse del yugo de los acontecimientos que todavía la hacían despertarse muchas noches empapada en un sudor frío. Excepto cuando el temido repartidor de FedEx se presentaba en su casa dos veces al año, por lo general conseguía olvidarse de ello.

Pero los espejos eran siempre un problema, incluso en su propia casa. No había querido poner ninguno, pero antes de que pudiera decírselo a los contratistas, estos ya los habían colgado en los cuartos de baño.

Mientras se volvía se preguntó si sería muy difícil arrancarlos de la pared.

 

* * *

 

Nick Farrell dejó despacio en la mesa el documento legal que había estado revisando. Estaba más que contrariado. Muy irritado, podía decirse.

—Cort, esto ya lo hemos hablado.

Pero Cortland Farrell Greene, su sobrino de dieciséis años e hijo adoptivo, estaba decidido a pelear. Se inclinó hacia delante y apoyó ambas manos en la mesa de Nick, exudando furia. El hecho de que tuviera el pelo en mechones de punta contribuía al efecto buscado.

—No hemos hablado de nada. Tú has decidido algo, pero yo no participé en absoluto en esa decisión.

Nick inspiró profundo. Cuando comprobó que no le servía de nada, lo intentó de nuevo.

—No voy darte permiso para hacer un viaje de seis semanas en coche campo a través con los hermanos Canton. Están en la universidad…

—Lo que significa que son personas responsables.

—Jugar a beber chupitos de Jägermeister hasta que alguien se desmaya en uno de los jardines de su padre no es ser responsable.

Su sobrino le sostuvo la mirada.

—¡Solo pasó una vez! Y eso no quiere decir que sean malas personas.

—¿Y qué me dices de cuando decidieron jugar a los ladrones y robaron un coche?

Su sobrino apartó la vista.

—Buscar al ladrón que hay en tu interior no es una virtud —dijo Nick secamente—. Sino un delito.

Cort se puso recto y cruzó los brazos delante del pecho. Parecía estar buscando una nueva estrategia de ataque.

Nick esperó y no le sorprendió cuando el joven volvió a mirarle a los ojos.

—Crees que puedes ponerme reglas solo porque mi madre… —Pero no terminó la frase. Se quedó en silencio y dejó que el pasado flotara entre los dos.

—¿Porque tu madre me puso a cargo de tu bienestar, quieres decir?

—Porque me heredaste como si fuera una propiedad. Si quieres que te diga la verdad, nos la jugó a los dos.

Nick se pasó una mano por los cabellos oscuros.

—No digas eso.

—¿Por qué no? Es la verdad. Tú me tienes que soportar a mí y yo a ti.

—Yo no tengo que soportar a nadie. Somos familia, lo que quiere decir que estamos juntos para lo bueno y para lo malo.

—¡Venga ya! —Cort hizo un gesto hostil en dirección a la mesa—. Tu familia son esos documentos. Lo que más te importa son tus empresas y tus negocios. Nuestras únicas conversaciones consisten en que tú me dices que no puedo hacer algo. Solo pasamos tiempo juntos cuando tienes que llevarme al médico. ¿Por qué no dejamos ya el rollo de la familia feliz? No necesitas mi fondo fiduciario. Para ti es calderilla. Podrías mandarme fuera…

—Yo no renuncio a mis responsabilidades.

—Pues igual deberías empezar a hacerlo.

Nick se masajeó las sienes sintiéndose como si le estuvieran estirando la piel de la frente.

Cuando Cort se fue a vivir con él, cinco años atrás, después de que sus padres murieran en un accidente de avión, estar con él se le había hecho muy raro por lo mucho que le recordaba a su madre, su querida hermana Melina. Cort tenía los ojos brillantes y la int

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