Un cuento perfecto

Elísabet Benavent

Fragmento

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1

Érase una vez…

Has roto con tu pareja. Quizá incluso odias tu trabajo. Es posible que te pases los días suspirando por cosas que jamás podrás pagar. ¿Los kilos de más del verano se han juntado con los de Navidad? No te preocupes. Y tampoco si no llenas el sujetador. Si las sillas de las terrazas te aprietan las caderas. Si tu madre nunca aprueba lo que haces… y lo que no haces, por supuesto. Si le diste tu corazón a ese idiota. Si sientes que te has casado de por vida con la hipoteca. Si tu jefe es un maldito psicópata. Si sospechas que te engañan, que te van a despedir, que has metido la pata.

¡¡No pasa nada!! De verdad. Te lo prometo, no pasa nada. Y aún te diré más: si te frustras y hasta te amargas viendo en la televisión, las revistas y las redes sociales lo maravillosa y fácil que es la vida de algunos, te diré un secreto: no lo es. Lo que pasa es que las cosas resultan siempre más complejas cuanto más de cerca las miras. Yo, por ejemplo, que lo tenía todo y lo eché a perder por lo que puede parecer el sencillo hecho de calzarme unas zapatillas de deporte y salir por patas… ni lo tenía todo ni lo eché a perder. Hazme caso. Te lo digo desde el corazón. Ni nada es tan grave ni la vida se acaba. Solo… se abren nuevas posibilidades.

Mira, deja que te cuente un cuento, ¿vale? Uno que al principio también parecerá perfecto. Érase una vez una princesa moderna. No tenía un castillo ni suspiraba apoyada en la celosía de un mirador desde el que se veía todo su reino. No peinaba sus cabellos largos, larguísimos, con un cepillo hecho de esmalte, oro y crines de caballo. No esperaba que el príncipe azul la salvara de la malvada bruja.

Aunque… me niego a que mi madre no cuente como bruja.

Lo que quiero decir es que, de alguna manera, los cuentos de princesas siguen estando vigentes en un rincón, en ocasiones microscópico y otras veces enorme, de nuestras cabezas. Ya no hay príncipes a caballo ni pajaritos que nos ayuden a vestirnos para la cita donde ellos se enamorarán de nosotras para que por fin seamos felices (vaya tela… a veces cuesta creer que nos hicieran creer que la vaina iba así), pero seguimos creyendo en cuentos. En leyendas. Y nos han convencido de que queremos ser princesas.

Échale un vistazo a Instagram. ¿No tienes? Bueno, tampoco te vayas a abrir una cuenta para comprobar esto. Pero… seguro que sabes a lo que me refiero. Vidas perfectas. Vidas de lujo. Fotos en las que casi se puede acariciar esa nebulosa fantástica de las vidas de ensueño. Purpurina, brillantina, cada cabello en su sitio. Sí, en las redes sociales, muchas veces, se vende una perfección irreal que nos empuja a buscar algo que en realidad no existe. Ahora las niñas quieren ser la versión 3.0 de la princesa del cuento, con su bolso de marca, sujetando un café que vete a saber por qué es de color rosa, al borde de una piscina infinita en Tahití. No suena mal, que conste. Yo también quiero…, pero la diferencia es saber que detrás de esa foto no hay una vida perfecta. Solo… una vida.

Lo digo con conocimiento de causa. No, no soy influencer ni youtuber ni modelo, pero de alguna forma me he sentido observada, examinada, juzgada. ¿Cómo? Bueno, yo vivía (atrapada, más bien) en otro cuento de hadas, más a la antigua, que no siempre reluce tanto como parece. Yo nací en una familia de postín. Yo nací con tres apellidos y un imperio hotelero adherido a ellos. Yo nací y a mi bautizo fueron hasta miembros de la Casa Real. Yo nací condenada a ser princesa en un cuento que no me creo, pero nunca nadie se preguntó en qué creía Margot.

Sé que tuve un millón de oportunidades que otras personas no tienen al alcance de la mano, pero… déjame contarte este cuento a mi manera.

Érase una vez una mujer que lo tenía todo y un chico que no tenía nada.

Érase una vez la historia de amor entre el éxito y la duda.

Érase una vez un cuento perfecto.

Y solo tú decides cuál es su final.

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2

El éxito. Afortunada y anodina

—¿Dónde vas a pasar las vacaciones?

Esa era la pregunta favorita de mamá. La hacía en Navidad, cuando nos reuníamos toda la familia alrededor de una mesa recargada de copas, cubiertos y cachivaches de plata tan inútiles como anticuados; también en Semana Santa, cuando nos obligaba a ir a su casa a comer unas torrijas que cada año preparaba una cocinera diferente, porque a todas las terminaba despidiendo poco después.

En el aniversario de la muerte de papá, cuando viajábamos al pazo de los abuelos a ponerle flores y escuchar misa, también nos lo preguntaba.

—¿Dónde vais a pasar las vacaciones, hijas?

Y el motivo por el que siempre preguntase lo mismo era principalmente porque es una esnob y una rancia y le preocupaba muchísimo que la alta sociedad no viera cómo sus hijas esquiaban en Suiza, paseaban en barco por el Mediterráneo o se tostaban al sol en la Polinesia francesa. Eso y que se te marcaran los huesos de la cadera incluso con la ropa puesta eran sus máximas vitales. Bueno, y lo de «casarse bien», por supuesto. Casarse con éxito.

Cá-ga-te-lo-ri-to.

La primera vez que escuché hablar sobre el éxito era demasiado pequeña como para comprenderlo o poner en duda las características que se le atribuían. Se hubiera quedado ahí, como la palabra murciélago, que siempre pronunciaba «murciégalo», hasta que algún día comprendiese su significado, pero no fue así. El éxito era para mi familia el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. La única aspiración respetable, el fin mismo de la existencia humana. Un grano en el culo. Y al parecer este concepto funcionaba como el abusón del cole: o estabas con él o eras víctima de su capricho. Y de ahí, también, la preguntita de marras.

—¿Dónde vas a pasar las vacaciones, Patricia?

Mis hermanas y yo nos echamos una mirada y sonreímos con disimulo, con los ojos puestos en el plato de vichyssoise light, o lo que es lo mismo: agua sucia de puerro que sabía a charco. Era la primera frase que mi madre nos dirigía desde que empezara la cena con la que celebrábamos que mi hermana Candela había vuelto a España para acudir a mi boda.

Sí. Mi boda. Bienvenida a este cuento que comienza donde en otros se comen perdices.

—A ti no te pregunto, que ya sé que vas a tener una luna de miel de ensueño. —Mi madre levantó la mirada, agarró su copa y me sonrió.

—De ensueño. —Escuché susurrar a Candela, forzando la imitación del acento de rancio abolengo de mi madre.

—Al

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