PRÓLOGO
Valle de las Hadas
La bruma, con sus relucientes dedos de plata, se alzaba por encima de las pálidas aguas verdes del lago. Al frío del alba, Keegan O’Broin se encontraba junto al lago contemplando el nacimiento del día. Un día que sabía cargado de cambios y elecciones, de esperanza y poder. Aguardaba, cual aliento contenido, a que llegara el momento de cumplir su deber y albergaba la esperanza de regresar a la granja antes del mediodía. Tenía tareas de las que encargarse, además del entrenamiento, por supuesto. Pero en casa. A la señal, se quitó las botas y la túnica. Su hermano, Harken, hizo lo mismo, igual que los demás, casi seiscientos de ellos. Los jóvenes y los no tan jóvenes no solo procedían del valle, sino de todos los rincones de Talamh. Venían del sur, donde los píos rezaban sus plegarias secretas; del norte, donde los más bravos guerreros protegían el Mar de las Tormentas; de la capital, al este; y de allí mismo, en el oeste.
Porque su jefe, su taoiseach, había muerto; había dado la vida por salvar el mundo. Y, tal como estaba escrito, tal como se había contado y cantado, un nuevo jefe se alzaría, como aquellas brumas, aquel día, en aquel lugar, de aquel modo.
Tenía tan pocas ganas de ser taoiseach como Harken. Harken, un alegre niño de doce años (el más joven de entre los que tenían permiso para participar en el ritual), llevaba la granja en la sangre. Keegan sabía que, para su hermano pequeño, aquel día, la multitud y el salto al lago no eran más que pura diversión.
Para Keegan, era el día de ser fiel a su promesa a un moribundo, a un hombre que se había portado como un padre cuando el suyo partió con los dioses, a un hombre que había conducido a Talamh a la victoria sobre los que querían esclavizarlos y que había pagado por ello con su vida. No deseaba recoger el bastón de taoiseach ni empuñar la espada del líder del clann. Sin embargo, había dado su palabra, así que se sumergiría en el agua con todos los demás chicos, chicas, hombres y mujeres.
—¡Vamos, Keegan! —exclamó Harken, sonriente, con su mata de pelo, negra como ala de cuervo, ondeando con la brisa primaveral—. Piensa en lo que nos vamos a divertir. Si encuentro yo la espada, proclamaré una semana de banquetes y bailes.
—Si tú encuentras la espada, ¿quién se encargará de las ovejas y de ordeñar las vacas?
—Si me nombran taoiseach, haré todo eso y más. La batalla está luchada y ganada, hermano. Yo también lamento su pérdida. —Y, con su bondad innata, Harken echó un brazo sobre los hombros de Keegan—. Era un héroe y nunca lo olvidaremos. Y hoy, como él quería y como debe hacerse, se alzará un nuevo líder.
Harken, que tenía unos ojos azules relucientes como el día, recorrió con la mirada la multitud reunida a las orillas del lago.
—Lo honramos a él, a todos los que vinieron antes que él y a todos los que vendrán después. —Le dio un codazo a Keegan—. Deja de hacer pucheros, que seguro que ninguno de los dos salimos del agua con Cosantoir en la mano. Lo más probable es que sea Cara, que en el agua es tan lista como una sirena, o Cullen, que lleva dos semanas practicando cómo contener la respiración bajo el agua.
—No me extraña —masculló Keegan.
Cullen, buen soldado donde los hubiera, no sería el jefe más apropiado. Prefería luchar a pensar. Keegan, también soldado a sus catorce años, uno que había visto sangre y la había derramado, que conocía el poder y lo había sentido, comprendía que el cerebro era tan importante como la espada, la lanza y los poderes. Más, si cabe. ¿No era eso lo que le habían enseñado tanto su padre como el que lo había tratado como a un hijo?
Mientras esperaba al lado de Harken, con tantos otros, todos charlando como cotorras, su madre se abrió paso entre la multitud. A Keegan le habría gustado que se zambullera con ellos. No conocía a nadie capaz de solucionar una disputa tan fácilmente y de encargarse de una docena de tareas a la vez. Harken había heredado su bondad; su hermana, Aisling, su belleza; y a él le gustaba pensar que había heredado, como mínimo, parte de su astucia.
Tarryn se detuvo junto a Aisling, que había decidido colocarse junto a sus amigos en vez de al lado de sus hermanos, a los que, como era propio de la edad, trataba con desdén. Keegan vio a su madre levantar la barbilla de Aisling, darle un beso en cada mejilla y decirle algo que la hizo sonreír antes de acercarse a sus hijos.
—Y aquí tengo un ceño fruncido y una sonrisa.
Alborotó el pelo de Harken y le dio un tironcito a la trenza de guerrero que recorría el lado izquierdo de la cabeza de Keegan.
—Recordad la razón de ser de este día que nos une y define quiénes somos y lo que somos. Lo que estáis haciendo hoy también lo hicieron los que os precedieron hasta remontarnos mil años atrás, o incluso más. Y los nombres de los que sacaron la espada del lago estaban escritos incluso antes de que nacieran.
—Si el destino elige al sucesor, ¿por qué no lo vemos? ¿Por qué no lo ves tú, que conoces tanto lo pasado como lo que está por venir? —insistió Keegan.
—Si tú, yo o cualquier otro pudiéramos verlo, desaparecería la posibilidad de elegir.
Como hacen las madres, Tarryn rodeó con un brazo los hombros de Keegan, aunque sus ojos, que eran azules y relucientes como los de Harken, estaban fijos en el lago y atravesaban la niebla.
—Es decisión tuya sumergirte en el agua, ¿no es cierto? Y la persona que encuentre la espada debe decidir si desea o no salir con ella.
—¿Por qué iba a decidir no salir con ella? —preguntó Harken—. ¡Si se convertiría en taoiseach!
—Honramos a la persona que nos lidera, pero es ella la que carga con todas las responsabilidades. Así que, al elegir la espada, también se debe elegir eso. Y, ahora, silencio. —Besó a sus dos hijos—. Aquí está Mairghread.
Mairghread O’Ceallaigh, que también había sido taoiseach y era la madre del que acababan de enterrar, se había desprendido de su ropa negra de luto. Vestía de blanco, una túnica sencilla sin más adornos que un colgante con una piedra tan roja como su cabello. Tanto la piedra como el pelo parecían consumir la niebla como el fuego a su paso. Llevaba el pelo tan corto como las hadas que la seguían. La multitud se dividió para abrirle camino; la cháchara cesó y tornó en un silencio que evidenciaba respeto y fascinación.
Keegan la conocía como Marg, la mujer que vivía en la casita del bosque, no muy lejos de la granja. La mujer que solía regalar un pastelito de miel y una historia a los niños hambrientos. Una mujer poseedora de gran poder y valor, que había luchado por Talamh y había pagado un alto precio por conseguir la paz.
Él la había abrazado mientras lloraba por su hijo, puesto que en esa ocasión también había cumplido con su palabra y le había dado la noticia en persona. Aunque ella ya lo sabía. La había abrazado hasta que las mujeres acudieron a consolarla. Y entonces, a pesar de ser un soldado, a pesar de ser un hombre, se había internado en lo más profundo del bosque para derramar en privado sus lágrimas.
En aquellos instantes, ante el lago, Mairghread tenía un aspecto grandioso, y el joven se estremeció, tan fascinado como los demás. En la mano llevaba el bastón, el antiguo símbolo de liderazgo; la madera, oscura como la brea, brillaba con el sol que atravesaba los claros de la bruma, ya fragmentada. Las figuras talladas parecían palpitar. El poder se arremolinaba en la punta, dentro de la piedra de corazón de dragón. Cuando habló, incluso el viento guardó silencio.
—De nuevo nos hemos sacrificado y hemos derramado nuestra sangre por traer la paz a este mundo. Desde el principio de los tiempos hemos protegido nuestro mundo y, a través de él, todos los demás. Decidimos vivir como vivimos, de la tierra, del mar, de las hadas, y honrarlos a todos.
»De nuevo hemos logrado la paz, de nuevo prosperaremos hasta que llegue el momento de volver a sacrificarnos y derramar nuestra sangre. Hoy, como estaba escrito, como se había contado y cantado, surgirá un nuevo líder, y todos los presentes juraremos nuestra lealtad a Talamh, al taoiseach que saque la espada del Lago de la Verdad y acepte el Bastón de la Justicia. —Alzó el rostro al cielo y Keegan pensó que su voz, tan clara, tan fuerte, debía de llegar hasta el Mar de las Tormentas y más allá—. En este lugar, en este momento, invocamos a la fuente de nuestro poder. Que la persona que ha sido elegida y que, a su vez, elige honre, respete y proteja a todos los seres feéricos. Que la mano que empuñe la espada sea fuerte, sabia y certera. Eso es lo único que te pide tu pueblo.
El agua, pálida y verde, imbuida de poder, empezó a arremolinarse. La bruma que la cubría se balanceaba.
—Y así comienza —anunció Mairghread y alzó el bastón.
Todos corrieron al agua. Algunos de los más jóvenes reían o chillaban al zambullirse, al saltar al agua. Los de la orilla los animaban. Keegan, vacilante, era testigo del bullicio; vio que su hermano entraba en el agua y chapoteaba con alegría. Pensó en su promesa, pensó en la mano que se había aferrado a la suya en sus últimos momentos de vida en este plano. Así que se zambulló.
Habría soltado una palabrota al notar la fría bofetada del agua, pero no le encontró sentido. Ya oía a otros hacerlo, o reírse, e incluso volver a salir a la superficie. Bloqueó su capacidad para oír los pensamientos de los demás, ya que eran demasiados. Había prometido que aquel día entraría en el agua y se sumergiría en las profundidades; que sacaría la espada si llegaba a tenerla en la mano. Por tanto, buceó hasta el fondo mientras recordaba las veces que, de niño, había hecho lo mismo con su hermano y su hermana. Críos en un día de verano, pescando las piedras lisas del blando lecho del lago.
Veía a otros a través del agua, algunos bajando, otros subiendo. El lago los empujaría a la superficie si se les agotaba el aire de los pulmones, ya que se les había prometido que, aquel día, nadie que entrara en el lago podría sufrir daño alguno. Aun así, las aguas se movían a su alrededor, giraban, a veces veloces como peonzas. Ya veía el fondo y las piedras lisas que recogía de niño.
Entonces vio a la mujer. Se limitaba a flotar, así que, en un primer momento, la confundió con una sirena. Lo tradicional era que las sirenas se abstuvieran de acudir al ritual. Ya gobernaban los mares y se contentaban con ello. De repente, se dio cuenta de que solo le veía la cara y el pelo, que era rojo como el de Marg, aunque más largo, y ondeaba en el agua. Sus ojos, grises como sombras en el humo, le recordaron a algo conocido. Pero no la conocía. Tenía más que vistos todos los rostros del valle y el suyo no era uno de ellos. Y, a la vez, lo era.
Entonces, a pesar de haber bloqueado los pensamientos ajenos, la oyó con la misma claridad con la que había oído a Marg en la orilla.
Él también era mío. Pero esto es tuyo. Él lo sabía y tú también lo sabes.
La espada prácticamente le saltó a la mano. Sintió su peso, su poder, su brillo. Podía soltarla, seguir nadando y alejarse. La decisión era suya, según decían los dioses, según contaban las historias. Empezó a abrir los dedos para dejar escapar ese peso, ese poder, ese brillo. No sabía liderar. Sabía luchar, entrenar, cabalgar, volar; no tenía ni idea de cómo guiar a los demás, ni en la guerra ni en la paz. La espada resplandecía en su mano, un brillo de plata acompañado por el latido de la madera y el fuego de su única piedra roja. Al soltarla un poco, perdió brillo y la llama empezó a apagarse.
Y ella lo observaba.
Él creía en ti.
«¿Decisión mía? —pensó—. Y una mierda». El honor no dejaba elección.
Así que apuntó con la espada a la superficie, donde el sol bailaba formando diamantes. La visión, porque no era más que eso, sonrió.
«¿Quién eres?», le preguntó él.
«Eso es algo que vamos a tener que averiguar ambos».
La espada lo llevó hasta arriba como una flecha salida de un arco. Atravesó el agua y después el aire. El clamor estalló cuando el sol golpeó la hoja, que disparó su luz y su poder a través del agua. Él la siguió hasta la hierba, tupida y mojada, y después hizo lo que sabía que debía hacer: se arrodilló a los pies de Mairghread.
—Te entregaría a ti esto y todo lo que significa, puesto que no hay nadie que lo merezca más —le dijo, como había hecho su hijo.
—Mi tiempo ha pasado —respondió ella mientras le colocaba una mano en la cabeza—. Y el tuyo comienza.
Le dio la mano a Keegan y lo puso en pie. Él solo tenía oídos y ojos para ella.
—Este era mi deseo —le murmuró Mairghread sin que nadie más lo oyera.
—¿Por qué? No sé cómo…
Ella lo interrumpió y le dio un beso en la mejilla.
—Sabes más de lo que crees. —Le ofreció el bastón—. Toma lo que es tuyo, Keegan O’Broin. —Cuando Keegan aceptó el bastón, la mujer dio un paso atrás—. Y haz lo que debe hacerse a continuación.
El joven dio media vuelta. Lo estaban observando; todos aquellos rostros, todos aquellos ojos. Se dio cuenta de que lo que le cosquilleaba dentro era miedo y se sintió avergonzado. Pero la espada lo había elegido, pensó, y él había elegido alzarse con ella. No habría más miedo. Levantó el bastón para que su corazón de dragón latiera de vida.
—Con esto habrá justicia en Talamh para todos. —Ahora, la espada—. Con esto, todos estarán protegidos. Soy Keegan O’Broin. Todo lo que soy y seré jura lealtad con ellos a los valles, a las colinas, a los bosques y las aldeas, a los confines y a todos los seres feéricos. Defenderé la luz. Viviré para Talamh y, si los dioses así lo desean, moriré por Talamh.
Todos lo vitorearon y, a través del estruendo, oyó decir a Marg:
—Bien hecho, muchacho. Bien hecho, sin duda.
Alzaron en hombros al joven taoiseach. Y así dio comienzo una nueva historia.
1
Filadelfia
Sentada en un autobús que parecía tener un ataque de hipo, Breen Kelly se restregó el dolor palpitante de la sien. Había tenido un mal día que había puesto fin (¡gracias a Dios!) a una mala semana que le daba la puntilla a un mal mes. O dos. Se intentó animar. Era viernes, lo que significaba que contaba con dos días enteros antes de regresar al aula en la que se esforzaba por enseñar Lengua y Literatura a un puñado de escolares. Evidentemente, se pasaría buena parte de esos dos días corrigiendo trabajos y preparando lecciones, pero, al menos, no tendría que estar en clase con todos aquellos rostros concentrados en ella. Algunos aburridos, otros frenéticos y unos cuantos esperanzados.
No, no tendría que estar allí, sintiéndose tan incompetente y fuera de lugar como cualquier alumna adolescente que preferiría estar en cualquier otra parte del universo antes que en aquella habitación. Se recordó que enseñar era la más noble de las profesiones. Gratificante, valiosa, necesaria. Era una lástima que se le diera fatal.
El autobús llegó entre hipidos a la siguiente parada. Unas cuantas personas salieron; otras tantas entraron. Ella observaba. Le gustaba observar porque era mucho más sencillo que participar. La mujer del traje de pantalón gris, con el móvil en la mano y cara de cansancio, probablemente sería una madre soltera que regresaba a casa después del trabajo, supuso Breen. Seguramente nunca se imaginó que su vida sería tan difícil.
A continuación, un par de chicos adolescentes con zapatillas de caña alta, bermudas Adidas y auriculares de botón. Se iban a reunir con algunos colegas para echar unas canastas, comer pizza y ver una peli. «Una edad envidiable —pensó Breen— en la que un fin de semana consistía solamente en divertirse».
El hombre de negro… la estaba mirando; la miraba fijamente, así que ella apartó la vista de inmediato. Le resultaba familiar. ¿Por qué le resultaba familiar? El pelo canoso, plateado y largo le hacía pensar en un profesor universitario. Pero no, no era eso. Un profesor universitario que se subía al autobús no le dejaría la boca seca ni le aceleraría el corazón de ese modo. De repente, le aterraba que se fuera hacia el fondo del autobús y se sentara a su lado. Si lo hacía, Breen no podría salir. Seguiría allí dentro con rumbo a ninguna parte sin llegar a ninguna parte, en un bucle continuo de nada absoluta.
Sabía que era una locura; no le importaba. Se levantó de golpe y corrió a la parte de delante con el maletín rebotándole en la cadera. No lo miró, no se atrevía, pero tuvo que pasar junto a él para llegar a las puertas. Aunque el hombre se hizo a un lado, notó que sus brazos se rozaban. Se le cerraron los pulmones, se le doblaron las rodillas. Alguien le preguntó si se encontraba bien cuando la vio avanzar dando tumbos hacia la salida.
Sin embargo, había oído al hombre dentro de su cabeza: «Ven a casa, Breen Siobhan. Ha llegado el momento de volver a casa».
Se aferró a la barra para no perder el equilibrio y estuvo a punto de tropezar con los escalones. Y corrió.
Notaba que la gente la miraba, que volvía la cabeza para observarla con curiosidad, lo que solo sirvió para empeorarlo todo. Odiaba llamar la atención; intentaba con todas sus fuerzas pasar desapercibida, fundirse con el paisaje.
El autobús siguió su traqueteante camino.
Aunque resollaba, la presión en el pecho disminuyó un poco. Se ordenó frenar, frenar de una vez y caminar como una persona normal. Tardó un minuto en conseguirlo y otro en orientarse.
No había sufrido ningún ataque de ansiedad tan grave desde la noche anterior a su primer día como profesora en el aula del Instituto Grady. Marco, su mejor amigo desde infantil, la había ayudado a superarlo, y también lo hizo con el que sufrió antes de su primera tutoría con los padres, aunque ese no fue tan malo.
Se dijo que no había sido más que un hombre subiendo al autobús. No era una amenaza, por el amor de Dios. Y no lo había oído dentro de su cabeza. Creer que podía escuchar los pensamientos de los demás era lo mismo que estar loca. ¿No se lo había repetido su madre hasta la saciedad desde… siempre? Y ahora, por aquel momento de locura, tenía ante sí un kilómetro de paseo. En fin, no pasaba nada, no tenía importancia. Hacía una bonita tarde de primavera y Breen, como era habitual en ella, iba vestida de la forma más apropiada: un impermeable ligero (habían dado una probabilidad de lluvia del treinta por ciento), un jersey fino y unos zapatos cómodos.
Le gustaba caminar. Y, bueno, más pasos extra para su Fitbit. ¿Qué más daba que le trastocase un poco la agenda? Era una joven soltera de veintiséis años y no tenía planes para un viernes de mayo por la noche. Y, por si eso no fuera lo bastante deprimente, el ataque de ansiedad le había empeorado el dolor de cabeza. Abrió una de las cremalleras de su maletín, pescó una bolsita y sacó de ella dos pastillas de paracetamol. Se las tragó con la ayuda del agua del botellín que también llevaba consigo.
Daría un paseo hasta la casa de su madre, recogería y clasificaría el correo (puesto que su madre se negaba a que se lo guardaran en la oficina de correos cuando se iba de viaje), tiraría la publicidad y metería los recibos, la correspondencia y demás en las bandejas correspondientes del despacho de su madre. Abriría las ventanas para airear el dúplex y regaría las plantas, tanto las interiores como las del patio, puesto que no había llovido nada. Cerraría las ventanas al cabo de una hora, pondría la alarma, cerraría las puertas y se subiría al siguiente autobús en dirección a casa. Se prepararía la cena: la noche del viernes tocaba ensalada con trocitos de pollo a la parrilla y, ¡sí!, una copa de vino. Corregir trabajos, publicar las notas. A veces odiaba la tecnología porque la política del instituto exigía que subiera las notas a la red y después tenía que enfrentarse a los estudiantes o a los padres a los que les parecían mal.
Siguió caminando mientras tachaba cosas de su lista mental y las personas que la rodeaban se dirigían a la happy hour del bar, a tomar algo o a cualquier otro destino más interesante que el suyo. No los envidiaba… demasiado. En realidad, había tenido novio y había conseguido apuntar en su agenda citas para cenar, citas para ir al teatro y citas para ir al cine. Y para el sexo. Creía que todo iba bien, fácil y sin problemas.
Hasta que él la dejó.
Pero no pasaba nada, pensó. No tenía importancia. Tampoco es que estuvieran locos de amor. Aunque sí que le gustaba y estaba cómoda con él; y creía que les iba bien en la cama. Por supuesto, cuando le tuvo que decir a su madre que Grant no la iba a acompañar a la fiesta con la que celebraba su cuarenta y seis cumpleaños y por qué, Jennifer Wilcox, la directora de medios de comunicación de la agencia de publicidad Philly Brand, tan elegante y triunfadora ella, había puesto cara de aburrimiento y le había soltado el esperado «Te lo dije».
Costaba rebatírselo, porque, en fin, era cierto. Aun así, Breen había tenido que contenerse para no responderle: «¡Te casaste a los diecinueve! Me tuviste con veinte años. Y, menos de doce años después, te empeñaste en echarlo hasta que lo conseguiste. ¿De quién es la culpa de que se alejara de mí? ¿De que se alejara no solo de ti, sino de mí?».
Breen se preguntaba si sería culpa suya y no de su madre. ¿Acaso no era el común denominador de una madre que no la respetaba y un padre al que no le importaba lo suficiente como para seguir en su vida? Incluso después de que él se lo prometiera. «Agua pasada —se dijo—. Olvídalo».
Tenía que reconocer que le daba demasiadas vueltas a las cosas, así que fue un alivio ver que se encontraba a una manzana de distancia de la casa de su madre. Era un barrio bonito, rodeado de árboles. Un barrio con éxito, habitado por gente con éxito, personas de negocios, parejas que disfrutaban de la vida urbana, con acceso fácil a buenos restaurantes y bares, a tiendas interesantes. Los edificios de ladrillo rosáceo, las puertas pintadas a la perfección, las ventanas relucientes… Allí todo el mundo iba a correr o al gimnasio antes del trabajo, paseaba por la orilla del río, iba a cenas elegantes y a catas de vino, y leía libros importantes.
O eso se imaginaba ella.
Sus mejores recuerdos se remontaban a una casita diminuta en la que su dormitorio tenía el techo inclinado. En el salón había una vieja chimenea de ladrillo que no funcionaba con gas ni con electricidad, sino quemando leña. El patio trasero se llenaba de aventuras con las historias que le contaba su padre antes de irse a dormir. Historias mágicas de lugares mágicos.
Las discusiones se lo fastidiaron; las oía tanto a través de las paredes como dentro de su cabeza. Después, él se fue. Al principio se marchaba solo durante una semana o dos y, cuando iba de visita los sábados, la llevaba al zoo (por aquel entonces estaba convencida de que sería veterinaria de mayor) o de pícnic. Hasta que, al final, dejó de ir de visita. Habían pasado ya más de quince años, pero ella todavía esperaba que volviera.
Sacó la llave del monedero, una llave que su madre le había entregado tres semanas antes junto con una detallada lista de tareas de las que tendría que encargarse mientras ella estuviese fuera, en uno de sus viajes de negocios, seguido por un spa/retiro espiritual para recuperar fuerzas. El miércoles siguiente, después de recoger el correo, dejaría allí la llave, un cartón de leche y la comida que le había apuntado en la lista, ya que su madre regresaba el jueves por la mañana.
Sacó el correo del buzón, se lo metió bajo el brazo para abrir la puerta, entró en el vestíbulo y desactivó la alarma. Cerró la puerta y volvió a guardarse la llave en el monedero. Primero entró en la cocina, una maravilla contemporánea de acero inoxidable digna de un programa de decoración televisivo, con armarios blancos, azulejos de metro también blancos, fregadero con frente visto y paredes de color tostado.
Dejó el bolso, soltó el correo en la isla central y colgó el impermeable en un taburete sin respaldo. Después de programar el temporizador para que sonara al cabo de una hora, empezó a abrir ventanas. Atravesó la cocina y el comedor, y regresó a la sala de estar; todo era de distribución diáfana, con un espectacular suelo de tablones anchos. Como el aseo también tenía ventana, la abrió.
Apenas corría una chispa de brisa que moviera el aire, pero la tarea estaba en su lista, y Breen seguía las normas. Recoger el correo y llevarlo arriba. En el tercer dormitorio, uno que su madre había rediseñado para convertirlo en despacho, dejó las cartas en la encimera con forma de ele que hacía las veces de puesto de trabajo.
Allí las paredes eran de color café con leche y la silla del escritorio, de cuero color chocolate. Las estanterías, organizadas implacablemente, exhibían los premios ganados por su madre (que eran unos cuantos), libros relacionados con su trabajo y algunas fotos enmarcadas, también de trabajo.
Breen abrió las tres ventanas que estaban detrás de la zona de trabajo y se preguntó, como siempre hacía, por qué alguien le daría la espalda a esa vista: los árboles, los edificios de ladrillo, el cielo, el mundo. «Distracciones», le respondía siempre Jenniffer cuando se lo preguntaba. El trabajo es el trabajo.
También abrió las dos ventanas laterales, las que flanqueaban un archivador de madera cerrado con llave. En los amplios alféizares había unas plantas verdes exuberantes en maceteros de cobre. Regaría tanto esas como las demás cuando terminara de abrir las ventanas. Después clasificaría el correo y esperaría a que sonara la alarma del temporizador. Cerraría de nuevo las ventanas, echaría la llave y listo.
Abrió las de la perfecta habitación de invitados, tan acogedora (en la que nunca había dormido), las del baño de invitados y las del dormitorio principal, decorado con sencilla elegancia, y su cuarto de baño en suite. Se preguntó si su madre habría metido a algún hombre en aquella preciosa cama, con su edredón de luminoso color azul y sus mullidas almohadas. De inmediato, deseó no haber pensado en ello. Regresó a la planta de abajo, y se dirigía a la puerta del patio cuando oyó que le sonaba el móvil en el bolso y dio marcha atrás. Le echó un vistazo a la pantalla (nunca respondas si no sabes quién llama) y sonrió. Si había alguien capaz de alegrarle un poco aquel día tan asqueroso, ese era Marco Olsen.
—Hola.
—Hola de vuelta. Es viernes, chica.
—Eso dicen.
Se llevó el móvil al patio, que tenía mesa y sillas de acero inoxidable y estilizados maceteros en las esquinas.
—Entonces mueve ese culo tan bien tonificado que tienes y vente a Sally’s. Es la happy hour, nena, y la primera ronda corre de parte de la casa.
—No puedo. —Le dio la espalda a la casa y empezó a regar las primeras macetas—. Estoy en casa de mi madre ocupándome de la lista y después tengo que corregir trabajos.
—Es viernes —repitió él—. Suéltate un poco. Estoy en el bar hasta las dos, y esta noche hay karaoke.
Lo único que era capaz de hacer en público sin ansiedad, sobre todo después de una copa y al lado de Marco, era cantar.
—Me quedan otros… —Hizo una pausa para consultar el temporizador de su muñeca—. Otros cuarenta y tres minutos aquí, y esos trabajos no se van a corregir solos.
—Pues hazlo el domingo. Has estado comiéndote la olla, Breen, y ese Grant Gilipollas Webber no se lo merece.
—No es solo eso…, él. Es que estoy de bajona, nada más.
—A todo el mundo le dan la patada alguna vez.
—A ti no.
—Claro que sí. ¿Y Harry el fumador?
—Harry y tú decidisteis de mutuo acuerdo que vuestra relación no daba más de sí, y seguís siendo amigos. Eso no es lo mismo que cuando te dejan.
Pasó al siguiente macetero.
—Necesitas divertirte. Si no has llegado en… Te voy a dar tres horas para que puedas ir a casa, cambiarte y ponerte sexy. Si no, voy a por ti.
—Estás trabajando en el bar.
—Sally te adora, cielo. Vendrá conmigo.
Ella también adoraba a Sally, drag queen sin parangón. Le encantaba aquel club, en el que se sentía feliz, y le gustaba el barrio gay. Por eso compartía piso con Marco en pleno centro de este.
—Deja que termine por aquí y ya veremos cómo me siento cuando llegue a casa. Llevo un par de horas con dolor de cabeza; en serio, no me lo invento; y he sufrido un estúpido ataque de ansiedad en el autobús cuando venía para acá que me lo ha empeorado.
—Voy a recogerte y te llevo a casa.
—Ni de coña. —Pasó a la tercera maceta—. Me he tomado paracetamol, ya me hará efecto.
—¿Qué te ha pasado en el autobús?
—Después te lo cuento. Ha sido una estupidez. Y puede que tengas razón: no me vendría mal una copa, un poco de Marco y un poco de Sally’s. A ver cómo estoy cuando llegue a casa.
—Mándame un mensaje cuando llegues.
—Vale, ahora vuelve al trabajo. Me queda otra maceta más aquí fuera, las plantas de dentro, el estúpido correo y las puñeteras ventanas.
—Tendrías que aprender a decir que no.
—No es para tanto. Terminaré en menos de una hora y volveré en autobús a casa. Te mando un mensaje. Ve a servir bebidas. Hasta luego.
Entró y cerró con llave la puerta del patio antes de llenar la regadera para ocuparse de las plantas de interior. De repente, se levantó la brisa; se quedó de pie junto a la ventana, con los ojos cerrados, dejando que la refrescara. Al fin y al cabo, quizás lloviera; una agradable lluvia de primavera.
El viento arreció, lo que la sorprendió un poco, porque los rayos de sol todavía atravesaban el cristal.
—Puede que se prepare una tormenta.
Tampoco le importaría. Quizás la tormenta se llevara el maldito dolor de cabeza. Y como Marco le había dado tres horas cuando le bastaban dos, podría dedicar esa hora de sobra a corregir trabajos. Así se sentiría menos culpable.
Cargada con la regadera, empezó a subir las escaleras mientras el viento, que ya no era una simple brisa, hacía volar las cortinas.
—Bueno, mamá, no te preocupes, que la casa se te va a airear de verdad.
Entró en el despacho y se encontró con el caos.
El cajón de abajo del archivador colgaba abierto, cuando ella habría jurado que antes estaba cerrado con llave. Los papeles revoloteaban como pájaros por la habitación. Tras dejar la regadera en el suelo, salió corriendo detrás de ellos, los recogió del suelo y los cazó en el aire mientras el viento seguía soplando. De repente, cesó, como si alguien hubiera cerrado una puerta, y ella se quedó allí plantada, con las manos llenas de papeles. La eficiente Jennifer iba a llevarse un buen disgusto.
—Guárdalo, guárdalo todo, recógelo. Ni se enterará. Se acabó mi hora de sobra. Lo siento, Marco, hoy me quedo sin Sally’s.
Recogió las carpetas vacías y los fajos de papeles, y se sentó en la silla de su madre para intentar ordenarlos. El nombre de la primera carpeta la desconcertó: «Allied investments/ breen/2006-2013». Breen no tenía ninguna inversión; todavía estaba pagando los créditos que pidió para pagar su máster y compartía piso con Marco no solo por la compañía, sino para poder permitirse el alquiler. Pasmada, cogió otra carpeta: «Allied investments/breen/2014-2020». En otra ponía lo mismo y añadía: «Correspondencia». ¿Acaso su madre había abierto algún tipo de cuenta de inversión para ella y no se lo había dicho? ¿Por qué? Había contado con un pequeño fondo para pagar la universidad gracias a sus abuelos maternos, lo que le había venido de maravilla para costearse el primer año. Sin embargo, después de eso, su madre le había dejado claro que se las tenía que apañar sola. «Tienes que buscarte la vida», le había dicho Jennifer un millón de veces. Estudia más, trabaja más si no quieres conformarte con ser mediocre.
Bueno, pues había estudiado mientras compaginaba dos trabajos a tiempo parcial para lograr pagar la matrícula. Después había pedido los préstamos, que, calculaba, no terminaría de pagar en la vida. Y se había graduado (con resultados mediocres), había conseguido un trabajo mediocre y se había endeudado más porque necesitaba sacarse el máster para conservar el trabajo.
Pero ¿inversiones a su nombre? No tenía ningún sentido. Empezó a ordenar los papeles con la intención de dividirlos en montones según la carpeta a la que perteneciesen. No llegó muy lejos. Aunque no sabía ni entendía demasiado sobre inversiones, acciones y dividendos, se le daba bastante bien leer los números. Y el informe mensual de, como se indicaba claramente, mayo de 2014, una fecha en la que a ella le había costado llegar a fin de mes mientras hacía malabares con dos trabajos y se alimentaba de fideos chinos precocinados, indicaba que el importe en cuenta era de más de novecientos mil (¡mil!) dólares.
—No es posible —murmuró—. No puede ser.
Sin embargo, el nombre que aparecía en la cuenta era el suyo, junto con el de su madre. Rebuscó entre los demás y encontró una transferencia mensual periódica del Bank of Ireland. Se apartó del escritorio y caminó a ciegas hasta las ventanas mientras se arrancaba la goma con la que se sujetaba el pelo.
Su padre. Su padre le había estado enviando dinero todos los meses. ¿Creía que así compensaba el abandono? ¿Que compensaba la falta de comunicación, la falta de visitas?
—No lo compensa, no, no. Pero…
Su madre lo sabía y no se lo había contado. Lo sabía y le había permitido creer que había desaparecido sin más, que había dejado de pagar la manutención, que las había abandonado sin pensárselo dos veces. Y no era así. Tuvo que esperar a que dejaran de temblarle las manos y de arderle los ojos. Después regresó a la silla, organizó los papeles, leyó la correspondencia y estudió el último estado de cuentas. El resentimiento y la pena se fundieron hasta transformarse en una furia sorda. Sacó el móvil y marcó el número del gestor de la cuenta.
—Benton Ellsworth.
—Sí, señor Ellsworth, soy Breen Kelly. Quería…
—¡Señora Kelly! Qué sorpresa. Me alegro de hablar con usted, por fin. Espero que su madre se encuentre bien.
—Seguro que sí. Señor Ellsworth, acabo de enterarme de que tengo una cuenta en su empresa, con fondos e inversiones por un total de 3.853.812 dólares y, eh, 65 centavos. ¿Correcto?
—Puedo consultar el saldo exacto a día de hoy, pero no sé bien a qué se refiere al decir que acaba de enterarse.
—¿Ese dinero es mío?
—Sí, por supuesto…
—¿Por qué aparece también el nombre de mi madre en la cuenta?
—Señora Kelly —respondió el hombre, despacio—. La cuenta se abrió cuando usted era menor y usted manifestó explícitamente que deseaba dejar la cuenta en manos de su madre. Le prometo que ha sido muy meticulosa supervisando sus inversiones.
—¿Cómo manifesté que deseaba tal cosa?
—La señora Wilcox explicó que usted no quería encargarse de las inversiones, y usted no se ha comunicado nunca conmigo ni con la empresa para solicitar que la cuenta pasara a ser suya en exclusiva.
—Porque no he sabido de su existencia hasta hoy.
—Seguro que se trata de un malentendido. Lo mejor sería que me reuniera con las dos para solucionarlo.
—Mi madre no está en la ciudad; en estos momentos se encuentra en un retiro en el que no tiene acceso ni al teléfono ni a internet. —Y algún dios en alguna parte había estado velando por ella, pensó Breen—. Así que creo que usted y yo deberíamos solucionarlo.
—Estoy de acuerdo, sin duda. Mi asistente ya se ha ido a casa, pero puedo concertar una cita para el lunes.
No, no, perdería el valor si esperaba todo el fin de semana. Se quedaría sin fuerzas. Siempre le pasaba.
—¿Qué le parece si lo hacemos ahora mismo?
—Señora Kelly, estaba a punto de salir de la oficina cuando ha llamado.
—Siento molestarlo, pero creo que es urgente. Lo es para mí. Quiero hablar con usted para comprender mejor esta… situación antes de ponerme en contacto con un abogado.
El señor Ellsworth guardó silencio. Breen cerró los ojos con fuerza. «Por favor —pensó—, por favor, no me haga esperar».
—Quizás sea mejor que nos reunamos ahora y lo hablemos tranquilamente. Como he dicho, seguro que se trata de un malentendido. Me han contado que no sabe conducir, así que…
—No tengo coche porque no me lo puedo permitir —puntualizó ella—. No se preocupe, soy perfectamente capaz de ir a su oficina. Llegaré lo antes posible.
—Me reuniré con usted en el vestíbulo. Somos una empresa pequeña, señora Kelly. La mayor parte del personal se habrá ido de fin de semana antes de que llegue.
—De acuerdo. Gracias.
Colgó antes de que el hombre cambiara de idea y se sentó, temblando de nuevo.
—Venga, Breen, déjate de historias y adelante.
Guardó todos los papeles que había apilado en sus respectivas carpetas. Dejó la regadera donde estaba y el cajón abierto, y bajó las escaleras. Pensó en el autobús, en lo mucho que tardaría en llegar a las oficinas en el centro. Y entonces hizo algo que no había hecho nunca: pidió un Uber.
El tráfico era espantoso. Aunque, claro, era la hora punta del viernes. La conductora del Uber, que tenía más o menos su edad, estuvo charlando con ella hasta que Breen echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Quería volver a leer los expedientes que había encontrado, pero temía marearse, y no habría sido la mejor forma de conocer al hombre que, al parecer, se encargaba de sus inversiones. Aunque sabía que necesitaba un plan, la angustia y el enfado le impedían pensar. Su agenda para el fin de semana incluía, al menos hasta entonces, sentarse a pagar recibos, hacer malabares con sus ingresos y estirarlos como pudiera. Pensaba ponerse con aquella triste tarea después de su sesión de ejercicio; en casa, porque no podía permitirse pagar un gimnasio. Bueno, no solo que no se lo pudiera permitir, sino que se sentía rara e incómoda haciendo ejercicio con más gente alrededor.
En cualquier caso, al margen de lo que sucediera en la reunión, todavía tenía recibos que pagar.
Abrió los ojos y vio que habían dejado atrás lo peor del atasco y circulaban en paralelo al río. El sol, que se escondía por el oeste, seguía brillando, se reflejaba en los puentes y en el agua, y lo transformaba todo en luz. Al final no había llovido, y se dio cuenta de que se le había olvidado el impermeable en la cocina de su madre. ¿Se había acordado de cerrar con llave y activar la alarma? Tras un momento de ansiedad, cerró de nuevo los ojos y volvió mentalmente sobre sus pasos. Sí, sí, lo había hecho. Había ido en piloto automático.
Cuando el coche se detuvo frente al señorial edificio de ladrillo, a la sombra de las torres de acero, le dio una propina a la conductora. Ya no le daba para la pizza del sábado por la noche. Al cruzar la acera, un hombre le abrió la puerta. Era alto y desgarbado, con un traje de raya diplomática azul marino, una camisa blanca bien planchada y una atrevida corbata roja. Por el motivo que fuera, las canas que le salpicaban el cabello castaño la relajaron un poco. Era mayor que ella, pensó, con experiencia; sabía lo que estaba haciendo.
Porque estaba claro que ella no.
—Señora Kelly —la saludó y le ofreció una mano.
—Sí, hola, señor Ellsworth.
—Entre, por favor. Mi despacho está en la segunda planta. ¿Le importa que subamos por las escaleras?
—No.
El vestíbulo enmoquetado estaba en silencio; había un reluciente mostrador de recepción, varios sillones de cuero extragrandes y unas cuantas plantas de hoja verde en enormes maceteros de terracota.
—Me gustaría disculparme por el papel que pueda haber jugado en este malentendido —empezó a decir Ellsworth mientras subían a la segunda planta—. Jennifer, su madre, me indicó que usted no estaba interesada en los detalles de la cuenta.
—Mintió. —Ese no era el plan, aunque tampoco es que tuviera ningún plan definido, pero le salió sin poder evitarlo—. Le mintió a usted —añadió—, si lo que me está contando es verdad. Y a mí, por omisión. No sabía que existiera una cuenta.
—Sí, bueno —repuso él y señaló una puerta abierta.
En su despacho, más grande que el salón de su piso y, además, bien ventilado gracias a las amplias ventanas, había un viejo escritorio de caoba restaurado con mucho esmero, un pequeño sofá de cuero y dos sillas para las visitas. En un mostrador vio una sofisticada cafetera. En una balda flotante había fotos enmarcadas, claramente de su familia.
—¿Un café?
—Sí, gracias. Con leche, sin azúcar.
—Siéntese —la invitó Ellsworth mientras se acercaba a la cafetera.
—Tengo todos los documentos —empezó a contarle ella; se sentó y juntó las rodillas porque estaba temblando—. Por lo que veo, la cuenta se abrió en 2006. Es el año en el que se separaron mis padres.
—Correcto.
—¿Me puede decir si las transferencias que empezaron entonces eran por mi manutención?
—No lo eran. Le aconsejo que hable con su madre sobre ese tema, ya que yo solo puedo informarla sobre lo relacionado con esta cuenta en concreto.
—De acuerdo. ¿La abrió mi madre?
—La abrió Eian Kelly para usted, con su madre como tutora. Él fue el que ordenó que se hicieran transferencias mensuales desde el Bank of Ireland. Para su futuro, su educación y su estabilidad financiera.
Breen tuvo que juntar las manos porque también le temblaban.
—¿Está seguro?
—Sí. —Le dio el café, cogió el suyo y se sentó, no detrás del precioso escritorio en el que estaba su ordenador, sino en la otra silla, junto a ella—. Yo lo organicé todo siguiendo sus instrucciones. Él fue el que acudió a la oficina y abrió la cuenta. Llevo gestionándola desde entonces.
—¿Ha…? ¿Ha estado en contacto con usted?
—No desde entonces, no. Las transferencias siguen llegando. Su madre ha estado supervisando la cuenta. Como le dije, ha sido muy meticulosa. Si ha visto los informes, sabrá que no ha sacado ni un penique. Mantenemos reuniones trimestrales, o más a menudo si surge algo que analizar. No me dio ningún motivo para pensar que usted no estaba al corriente.
—¿Tiene muchos clientes…? Porque soy su cliente, ¿no?
—Sí —respondió sonriente.
—¿Tiene muchos clientes que no sientan ningún interés por una cuenta por valor de casi cuatro millones de dólares? Sé que Allied es una empresa de prestigio y que ustedes seguramente la considerarán una cuenta pequeña, pero no deja de ser una cantidad importante de dinero.
Él guardó silencio un momento y Breen se dio cuenta de que elegía sus palabras con mucho cuidado.
—Se han dado casos en los que un padre o tutor, un administrador, está más preparado para manejar las decisiones financieras.
—Soy una persona adulta. Ella no es mi tutora. —Lo sentía, lo percibía, lo sabía—. Le dijo que soy una irresponsable incapaz de encargarme del dinero.
—Señora Kelly…, Breen, no quiero meterme en temas personales. Sí puedo afirmar sin lugar a dudas que su madre siempre ha tenido su bienestar en mente. Dados sus problemas…
—¿Cuáles son mis problemas? —La rabia apareció de nuevo, y era mucho mejor que los nervios—. Que soy una irresponsable. Y que no soy muy lista, ¿no? Puede que incluso un poco corta.
Ellsworth tuvo el detalle de ruborizarse.
—Le aseguro que nunca lo expresó de ese modo.
—Solo lo dio a entender. Bueno, pues vamos a conocernos un poco, señor Ellsworth. Tengo un máster en Educación. Terminé de sacármelo el invierno pasado y, gracias al crédito que necesité para pagarlo, ahora debo un montón de dinero. —Vio que la miraba con cara de pasmo, así que siguió hablando—: Enseño Lengua y Literatura en el Instituto Grady desde que me gradué en la universidad, donde ya había acumulado una deuda considerable, a pesar de compaginar dos trabajos a tiempo parcial. Si lo necesita, no tengo ningún problema en darle los nombres de mi director y de algunos profesores.
—No es necesario. Creía que no trabajaba y que no había sido capaz de conservar ningún empleo.
—Llevo trabajando desde los dieciséis años, tanto los veranos como los fines de semana. Sigo trabajando en verano para pagar mi deuda y, por el mismo motivo, doy clases particulares dos tardes a la semana. —Se le saltaron las lágrimas, aunque eran lágrimas calientes, de pura rabia—. Compro en rebajas o en tiendas de segunda mano, tengo compañero de piso. Administro al milímetro mi cuenta bancaria todos los meses…
Ellsworth le puso una mano sobre las suyas.
—Tranquila, tranquila. Siento mucho que se haya producido este…
—No lo llame malentendido. Ha sido algo deliberado. Mi padre quería darme ese dinero. Pero yo estaba atendiendo mesas y pidiendo préstamos para pagar la universidad mientras el dinero que me enviaba me… me habría cambiado la vida. Saber que me enviaba algo me habría cambiado la vida.
Dejó el café a un lado y respiró hondo para intentar calmarse.
—Lo siento. Esto es cosa de mi madre, no suya. ¿Por qué no la iba a creer? Me ha dicho que yo soy su cliente.
—Lo es, y vamos a arreglar todo esto. ¿Cuándo regresa Jennifer?
—La semana que viene, aunque necesito saber algo ahora mismo… ¿El dinero es mío?
—Sí.
—Entonces estoy autorizada a retirar fondos y transferirlos.
—Sí, pero creo que lo mejor sería esperar a que regresara su madre y sentarnos los tres a hablar.
—No lo creo. Lo que quiero es transferir los fondos y abrir otra cuenta que esté solo a mi nombre. ¿Puede hacerlo?
—Sí. Puedo abrirle una cuenta. ¿Cuánto quiere transferir?
—Todo.
—Breen…
—Todo —repitió ella—. O, cuando me reúna con mi madre y con usted, lo haré con un abogado y la denunciaré por, yo qué sé, malversación.
—No ha tocado el dinero.
—Seguro que un abogado sabrá qué término usar. Quiero mi dinero para que la próxima vez que me siente a pagar mis recibos pueda librarme de la deuda y volver a respirar de nuevo. Mi padre le puso ese dinero en las manos. Confió en que usted hiciera lo correcto y me protegiera. Le estoy pidiendo que haga lo correcto.
—Ya es mayor de edad. Puede firmar un documento para eliminar el nombre de su madre de la cuenta. Necesito un documento de identidad, y tendrá que firmar algunos formularios. También habrá que llamar a uno de nuestros notarios y a un testigo. —Colocó de nuevo una mano sobre las suyas—. Breen, la creo, pero ¿le importaría darme el nombre y el número de teléfono del director de su instituto? Solo para tener la conciencia tranquila.
—En absoluto.
2
Cuando Breen entró en Sally’s, el local estaba ya a tope. Las luces de colores barrían el bar, que estaba abarrotado, con las mesas llenas de gente. El foco iluminaba a Cher (o a la versión de Cher interpretada por Sally) cantando If I Could Turn Back Time a pleno pulmón. «No estaría mal volver atrás en el tiempo, no», meditó Breen, pensando en el título de la canción.
Se abrió paso entre el entusiasmado público e incluso consiguió sonreír cada vez que alguien la salud
