Prólogo
Marzo de 2002, Barcelona
«Esta carretera ha vivido tiempos mejores.»
Aquel fue el primer pensamiento de Paul Davis al coger el desvío que les llevaría de vuelta a casa.
El asfalto de la carretera comarcal estaba tan deteriorado que intentar esquivar los baches era absurdo, y los dos únicos carriles, cada uno en un sentido de la marcha, eran tan estrechos que podrían pasar perfectamente por uno solo. Los contornos del camino habían empezado a desdibujarse por culpa de la lluvia que caía con furia a su alrededor y los árboles que flanqueaban la carretera se mecían furiosos por el viento. El paisaje resultaba tan fantasmagórico que levantó el pie del acelerador y redujo la marcha, y se arrepintió de no haberse detenido en el pueblo que habían dejado atrás hacía apenas unos minutos.
Cada vez más nervioso, maldijo entre dientes en su idioma natal cuando tuvo que dividir su atención entre la tempestad del exterior y la que estaba teniendo lugar a sus espaldas, provocada por su hija mayor.
—¡Pues me da igual lo que digan los resultados! ¡Quiero ir a vivir a otra ciudad y cambiar de escuela! —gritó Samantha rompiendo el tenso silencio del interior del coche. Sabía que estaba comportándose como una histérica, pero a aquellas alturas su frustración era incontenible; más poderosa que su voluntad.
—Sammy, cielo, no seas caprichosa. —Cuando su madre la miró a través del retrovisor con un ligero reproche tuvo el buen tino de bajar la vista, consciente de que estaba agotando la paciencia de sus padres—. Sabes muy bien que no podemos permitirnos un cambio de escuela si no te dan la beca. Tu colegio tiene un buen nivel académico y estoy segura de que si hablamos con la directora ella nos ayudará a adaptar el programa académico a tus necesidades.
Samantha miró a través de la ventana y por unos instantes su mente se perdió en la salvaje tormenta que les rodeaba. El anochecer se había adelantado debido a los oscuros nubarrones que cubrían el cielo, y la lluvia era tan intensa que el limpiaparabrisas no daba abasto.
—¡Pues a mí me gusta nuestra casita en el campo! —exclamó alegremente su hermana pequeña, Allison, mientras sujetaba su conejito de peluche contra el pecho.
—¡Cállate! —Samantha la fulminó con la mirada—. ¿Qué vas a saber tú, siempre jugando a tus muñequitas?
Se arrepintió de sus palabras en cuanto vio cómo el dulce rostro de su hermana se contraía en un gesto compungido. Sabía que no era justo que su familia pagara las consecuencias de sus problemas, pero últimamente la alegría de su hermana, o de cualquiera a su alrededor, la sacaba de quicio.
—Sam, ¡no vuelvas a hablar así a tu hermana! —la reprendió su padre volviéndose en su asiento con gesto furioso y olvidándose por un instante de la carretera.
De pronto, un intenso haz de luz atravesó el interior del coche, sobresaltándoles a todos.
—¡Paul, cuidado! —gritó su madre, asustada al ver pasar un coche en dirección contraria—. Ahora no es momento para tener esta discusión —dijo nerviosa—. Por favor, Paul, presta atención a la carretera. Ya es peligroso conducir por aquí de día, no quiero ni pensar qué podría pasar a oscuras y con este aguacero.
A partir de aquel momento un pesado silencio se instaló entre ellos, permitiendo a Samantha sumirse de nuevo en sus pensamientos.
Había puesto todas sus esperanzas en aquellas pruebas; eran la excusa perfecta para dejar todo atrás. Pero cuando aquella misma tarde la directora les había entregado los resultados en su despacho sintió que el mundo se abría bajo sus pies.
No había pasado los exámenes.
La decepción en su rostro debió de ser tal que hasta la directora se compadeció de ella. Al parecer, los revisores habían recomendado que volviese a examinarse al cabo de unos meses, pues tenían la clara impresión de que algún factor externo había condicionado su concentración el día de las pruebas.
Samantha contuvo la risa histérica que luchaba por salir de su garganta. Algún factor externo... Aquellos factores tenían nombres y apellidos. Estaba tan desesperada por cambiar de escuela que el día que pasó las pruebas los nervios la traicionaron. Qué irónico que las razones que la habían motivado a buscar una salida fueran las que después le hicieron fallar en su propósito.
Aquella pesadilla nunca iba a acabar, pensó, sintiendo que su cuerpo empezaba a reaccionar al estrés de las últimas horas. Con la respiración entrecortada, su piel empezó a transpirar y su visión se tornó borrosa. En un gesto instintivo se recogió varios mechones de pelo y comenzó a tirar de ellos con fuerza, cerró los ojos y tomó aire profundamente. De inmediato sintió el familiar tirón; su cabello tenso hasta la raíz, el dolor instantáneo y, a continuación, la calma... Durante varios minutos continuó repitiendo el mismo gesto, recuperando así parte del control que había perdido.
—Es que no entiendo por qué no podemos siquiera planteárnoslo —insistió con un hilo de voz apenas audible—. Nos han dicho que podíamos volver a repetir las pruebas. Ni siquiera nos harían pagar. Si las pasara, podría solicitar la beca, y yo sé que, si me esfuerzo, puedo mejorar mis resultados. De verdad, os prometo que estaré todo el verano preparándome para los exámenes —suplicó.
—Sam, la decisión está tomada, así que para de una vez y déjame conducir tranquilo —siseó su padre sintiendo que estaba llegando al límite de su paciencia.
Indignada por la indiferencia de su padre, Samantha sintió que la rabia crecía en su interior y se apoderaba de todo su cuerpo, corriendo feroz por sus venas hasta ofuscar sus pensamientos.
Tenía ganas de gritar, de pegar a alguien, de romper algo. ¿Por qué se negaban siquiera a considerarlo? ¿Acaso no veían que estaba sufriendo, que necesitaba que la sacasen de aquel infierno?
Quería llorar, hacerse un ovillo sobre su cama y que su madre la abrazara y le acariciase suavemente el cabello; que su padre la protegiese y le prometiera que todo iba a salir bien, como cuando era pequeña. Pero ya no era tan niña y la vida se había encargado de demostrarle que las dulces promesas de mamá y papá no siempre se cumplían.
La ira ganó finalmente la batalla que se estaba librando en su interior y estalló. A lo grande.
—¡No os entiendo! ¿Tan poco me queréis? ¡No os estoy pidiendo ningún sacrificio!
—¡Basta ya, Samantha! —Su padre golpeó el volante con rabia—. ¡Te estás pasando de la raya! ¿Se puede saber a qué viene tanta insistencia? ¡No eres más que una mocosa consentida! ¿¡Qué sabrás tú de sacrificios!? —Se giró de nuevo en su asiento y la encaró. La decepción en sus ojos fue como una bofetada que la dejó paralizada en el sitio—. No entiendo qué está pasando contigo —añadió él con un tono que traslucía el agotamiento que sentía—. ¿Desde cuándo te has vuelto una niña tan irrespetuosa y caprichosa? ¿Qué te pasa? —Su voz se llenó de frustración mientras echaba un rápido vistazo a la carretera antes de volver a poner la atención en su hija—. Quizá seas más inteligente que los demás niños de tu edad, pero eso no te da ningún derecho a juzgar y opinar sobre todo lo que sucede a tu alrededor. ¡Sigues siendo una niña de doce años, y nosotros, tus padres!
Los ojos de Samantha se anegaron de lágrimas al escuchar las palabras de su padre; era un hombre tranquilo y pacífico y jamás le había levantado la voz. Sintió que algo se rompía en su pecho al darse cuenta de la situación a la que estaba llevando a su familia. Ya no podía más, odiaba pelearse con ellos y le mataba ver la decepción en sus ojos.
No recordaba cuántas veces en el último año había querido explicarles todo por lo que estaba pasando. La sola idea de mantener aquella conversación con sus padres le provocaba alivio y congoja a la vez. Deseaba poder sincerarse con ellos, liberar parte de la tristeza y el dolor que parecían ser una constante en su vida desde hacía casi dos años, pero en el último momento siempre se acobardaba y callaba, temerosa de que la juzgasen y considerasen culpable de sus propias circunstancias, que le quitasen importancia al asunto o, lo peor de todo, que no la creyesen.
«¿Y si te creen?», se preguntaba constantemente. Quizá entonces sus padres entenderían por qué para ella eran tan importantes aquellas pruebas.
Lanzó un profundo suspiro, agotada de tanta indecisión. Aunque deseaba avanzar y dejar aquella pesadilla atrás, siempre acababa estancada en el mismo sitio, con los mismos miedos.
—Lo siento, papá, no quería faltaros al respeto. —Y por milésima vez, volvió a armarse de valor y tomó aire antes de empezar a hablar—. Hay algo que necesito explicaros...
Su confesión se vio interrumpida por el resplandor de un relámpago, que durante unos preciados segundos iluminó el paisaje a su alrededor. Pero la tregua duró poco. En el tiempo de un latido, se escuchó el estruendo de un trueno, tan fuerte que hizo temblar la estructura del coche bajo sus pies, y un rayo descargó su furia a escasos metros de distancia, partiendo en dos uno de los árboles que se erguían a un lado del camino. Sin apenas tiempo para reaccionar, los pasajeros del vehículo solo pudieron observar con incredulidad cómo una de las mitades del tronco se precipitaba hacia la carretera para acabar bloqueándoles el camino.
Samantha contuvo el aliento... contuvo el aliento cuando su padre dio un brusco volantazo y pisó el freno hasta el fondo, pero el asfalto estaba tan encharcado de agua que ni el mejor sistema de frenos podría haber detenido la inercia del coche.
Oyó el impacto del coche contra el tronco antes de sentirlo en todo su cuerpo. Su cinturón se bloqueó con un golpe seco que la retuvo en su asiento, aunque no pudo impedir que su cabeza bambolease como si fuera una muñeca de trapo.
Durante aquellos segundos de desconcierto imágenes borrosas del interior del vehículo se entremezclaron con los recuerdos de aquella noche en la que su padre, acurrucado a su lado en la cama bajo las mantas, trataba de calmar su temor a las tormentas explicándole cómo se podía averiguar lo cerca que se encontraba una. Habían esperado juntos hasta ver la luz de un nuevo relámpago atravesar el oscuro cielo y entonces ambos habían contado en voz alta los segundos que transcurrieron hasta que el retumbar del trueno sonó. Con una sencilla división su padre averiguó a cuántos kilómetros de distancia estaba el ojo del huracán.
Justo antes de perder el conocimiento Samantha pensó que aquella noche la tormenta se encontraba muy, muy cerca...
PRIMERA PARTE
1
Quince años después, Escuela Técnica Superior
de Arquitectura, Barcelona
Samantha releyó por enésima vez el email que le había llegado hacía apenas una hora y que seguía abierto en la pantalla de su Mac. Las mismas palabras saltaban una y otra vez ante sus ojos: «Proyecto de arquitectura en Nueva York. Concurso para la celebración del 50 aniversario del Premio Pritzker».
«¡Dios mío, un Pritzker!», pensó emocionada. Era el premio más valorado en el mundo de la arquitectura, considerado como el Nobel del sector y el máximo honor que cualquier arquitecto podía recibir. Normalmente se otorgaba como reconocimiento a la trayectoria de un arquitecto o estudio de arquitectos, por tanto, se solían valorar obras ya finalizadas. Sin embargo, aquel año la Fundación Hyatt, patrocinadora del premio, había decidido tirar la casa por la ventana y celebrar sus cinco décadas con la convocatoria de un concurso en el que se debían presentar proyectos de obras arquitectónicas todavía no edificadas... ¡y Matt le estaba ofreciendo la oportunidad de formar parte de su equipo!
Una nueva explosión de alegría y excitación le aceleró el pulso, pero enseguida un fuerte nudo de aprensión le oprimió la boca del estómago, devolviéndola al punto de partida. El vaivén entre la euforia y el pánico de aquella última hora la tenía exhausta y mareada.
En su email, Matt le explicaba que su despacho de arquitectos ya había presentado su candidatura y que el plazo para presentar el anteproyecto acababa a finales de noviembre. Una vez recibidas, todas las candidaturas serían sometidas a un jurado de expertos que, tras una intensa y pormenorizada valoración, elegiría a tres finalistas que serían anunciados antes de Navidad. Estos deberían entonces preparar la propuesta completa del proyecto que se presentaría a finales de abril del siguiente año.
Al parecer el jurado que elegiría al ganador estaría compuesto por figuras prominentes de la sociedad neoyorquina además de los expertos encargados de la primera criba, y entre todos decidirían quién sería el afortunado en recibir el premio: un millón de dólares, concedido como inversión para llevar a cabo la construcción de la propuesta ganadora.
Era el sueño de cualquier arquitecto hecho realidad, y ella, técnicamente, lo era. Pero su experiencia jamás había salido de las cuatro paredes de un aula.
Por norma general le resultaba muy sencillo tomar decisiones. Su mente analítica estaba acostumbrada a organizar datos, evidencias y observaciones, llegando con bastante facilidad a conclusiones objetivas y argumentadas. Durante ese proceso inconsciente se aseguraba de que sus emociones siempre quedasen a un lado, así evitaba sesgos inoportunos. El problema era que aquel día, por más que lo intentaba, no conseguía deshacerse del hormigueo en el estómago ni calmar los frenéticos latidos de su corazón.
Revisó los detalles económicos de la propuesta forzándose a considerar el máximo de variables objetivas. Aunque el dinero no era su motivación principal, podía ayudar a decantar la balanza de su indecisión; Matt le ofrecía un salario muy atractivo y, además, si el proyecto resultaba ganador, cada miembro del equipo recibiría una gratificación valorada en un 5 por ciento del premio.
Se reclinó contra la silla y trató de recobrar el aliento que había estado conteniendo sin apenas darse cuenta.
Se sentía totalmente sobrepasada por la situación y por las sensaciones que aquel email había despertado en ella. El burbujeo en su pecho no desaparecía, y tampoco lo hacía la aprensión, pues, por mucho que la idea de embarcarse en aquella aventura la atrajese, cada vez que se planteaba seriamente aceptar, su mente la bombardeaba con todas las razones por las que hacerlo sería una terrible idea, y se bloqueaba.
Absorta en sus pensamientos, extendió la vista a través de la ventana de su despacho y a lo largo del campus de la universidad. Aunque el nuevo año académico todavía no había comenzado, los jardines del recinto estaban repletos de los estudiantes que durante aquel mes se presentaban a los exámenes de recuperación, y que en aquellos momentos disfrutaban del calor de los últimos días de verano.
Resopló con frustración al notarse tan dispersa y decidió que lo mejor que podía hacer era buscar una segunda opinión, objetiva y desinteresada, y conocía a la persona perfecta para ello.
Cerró el portátil con renovada energía y recogió una copia del email de la impresora. Tras cerrar con llave la puerta de su despacho se fue directa al de Alan, que se encontraba en el ala opuesta a la suya, pasillo abajo. Nadie como él para poner la situación en perspectiva y ayudarla a tomar una decisión.
Por el camino saludó a algún que otro profesor y más de un alumno despistado, aunque su mente seguía divagando sobre los pros y contras de aceptar la propuesta.
Para empezar, dudaba de que la universidad pudiese encontrar un profesor que la sustituyese con tan poco tiempo de preaviso; estaba especializada en un campo muy específico, y no abundaban docentes con su perfil. Además, Matt le había dado solo quince días para tomar una decisión y viajar a Nueva York.
También estaba el tema de Alan; aunque salían juntos desde hacía más de un año, hacía tan solo un mes que su relación había tomado un nuevo rumbo cuando él le propuso matrimonio y ella, literalmente, no supo qué responderle. Desde entonces él seguía esperando una respuesta que ella todavía no se sentía preparada para dar, y temía que la perspectiva de una separación de siete meses acabaría con la tregua que Alan le había dado.
Pero sin duda la razón más importante de todas era que por fin había encontrado su lugar y se sentía feliz donde estaba. ¿Por qué cambiar una vida que funcionaba, que le aportaba paz y estabilidad? Le gustaban su rutina y sus hábitos; su círculo de amigos era pequeño pero fiable, tenía una buena relación con su familia y disfrutaba siendo profesora. Vivía sin sobresaltos, y si algo sabía seguro era que si se marchaba a Nueva York estaría lanzando por la borda toda aquella tranquilidad.
—¡Sam! Justo ahora iba a buscarte a tu despacho. ¿Ya estás lista para irnos? —La voz de Alan la trajo de vuelta a la realidad.
—¿Irnos? ¿Habíamos quedado hoy?
—Sí, cielo. —A Samantha no le molestó su tono condescendiente, pues siempre mostraba una paciencia infinita con sus despistes—. ¿Recuerdas la cena que tuvimos que cancelar la semana pasada?
—¿La pospusimos para hoy? Lo había olvidado por completo —murmuró para sí misma—. ¿Nos quedaremos hasta muy tarde? —Alan torció el gesto ante su poco entusiasmo—. Lo siento, es que había quedado con Allie que cenaríamos juntas para que me explicase cómo ha ido su visita de hoy. Parece que tiene buenas noticias.
Alan cerró su despacho con gesto malhumorado y se mantuvo en silencio todo el camino hasta el aparcamiento del campus donde les esperaba su nuevo y flamante BMW. Mientras tanto ella trató de distraerle explicándole con entusiasmo los grandes avances de su hermana en las últimas sesiones de rehabilitación, pero a él no podía importarle menos en aquellos momentos.
—Sam, si no te conociera tan bien pensaría que estás evitando a propósito pasar tiempo a solas conmigo —le dijo él tan pronto entraron en el coche—. Ves a tu hermana cada día en casa y estoy seguro de que podéis esperar hasta mañana. Tú y yo, en cambio, hace más de un mes que no nos vemos a solas y tenemos que hablar.
Samantha tragó saliva y se removió inquieta en su asiento al escuchar sus últimas palabras. Sonaban a ultimátum y, aunque no le gustó el tono, entendió que no tenía más excusas para posponer aquella conversación y darle por fin una respuesta. El problema era que ella seguía igual de confusa que aquella noche cuando Alan le lanzó su propuesta de matrimonio, todo había que decirlo, de la forma más inusitada.
Como el hombre racional que era, Alan se dedicó a exponer todas las razones lógicas por las que un matrimonio entre ellos era la decisión más acertada y se atrevió a sugerir que no tardasen en celebrar la ceremonia, pues tras un año de relación su compromiso ya estaba consolidado.
Aquel discurso la pilló desprevenida y, por qué no admitirlo, también la dejó fría. Aunque no se consideraba una mujer romántica, jamás imaginó que el hombre de su vida le pediría matrimonio de una forma tan pragmática e impersonal.
Se sentía a gusto con él, sí, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza plantearse un compromiso más serio que el que tenían. Aquella noche fue incapaz de darle una respuesta y solo pudo reaccionar pidiéndole algo más de tiempo para hacerse a la idea de dejar la casa de sus padres y trasladarse a Granollers, una pequeña ciudad a unos treinta kilómetros de Barcelona, a vivir con él.
Desde entonces no habían vuelto a hablar del tema y a ella ya le había ido bien, pues se sentía más confusa con aquel asunto que con la propuesta de Matt.
Samantha se frotó la frente y se maldijo por su estupidez y egoísmo. Debía tomar una decisión, él se lo merecía. ¿Qué le estaba impidiendo dar el paso definitivo? Por más vueltas que le daba no encontraba razones de peso para sus dudas, y se negaba a pensar que su indecisión fuera fruto de la absurda fantasía de una niña que soñaba con su príncipe azul. Con independencia de la poco ortodoxa propuesta de matrimonio de Alan, lo que debía considerar a la hora de valorar su petición era el tipo de persona que era y cuánto bien le había hecho. Alan era un hombre paciente y considerado, sereno y maduro para su edad, además de muy inteligente. Aquellas cualidades que le atrajeron de él desde un principio le habían llevado a ser el catedrático más joven de la Universidad de Arquitectura, con tan solo treinta y nueve años.
—Ya hemos llegado.
El cartel del restaurante apareció a su derecha y Alan redujo la marcha para entrar al aparcamiento. Samantha tomó una profunda bocanada de aire y cerró los ojos con aprensión.
Había llegado el momento.
* * *
Al final toda su inquietud resultó innecesaria.
Desde que se habían sentado a la mesa, Alan no había dejado de hablar sobre su carrera profesional. Al parecer el señor Montenegro, actual rector de su universidad, se había acercado a él hacía unos días tanteándole sobre su interés en presentarse a la plaza de rector que él dejaría vacante tras su jubilación al finalizar el curso que estaba por comenzar. Según Alan, el rector le había dejado entrever que apoyaría su candidatura, lo que le daría ventaja respecto al resto, pues, como rector saliente, su voto tenía especial relevancia en el Comité de Evaluación.
Alan se había pasado toda la cena explicándole los pormenores de la nueva posición y el prestigio que daría a su currículo haber alcanzado la posición más alta en la universidad antes de los cuarenta. Samantha se sentía feliz por él; si había alguien que se mereciera ese puesto sin duda era él, pero estaba agotada, mental, física y emocionalmente, y no veía la hora de cerrar la velada y volver a casa para echarse a dormir.
Se llevó la mano a la boca y disimuló un bostezo mientras echaba un rápido vistazo a su reloj de pulsera. Era pasada medianoche.
—Una vez que asuma el cargo de rector mi agenda va a ser una locura. Seguro que voy a tener que dedicar muchas horas hasta ponerme al día —planeaba Alan dando ya por hecho que el puesto sería suyo. Samantha no podía dejar de admirar la seguridad en sí mismo que tenía—. Por eso he pensado que lo mejor es que nos casemos antes de que acabe el año académico, así la planificación de la boda no afectará a mi rendimiento en el nuevo cargo.
El delicioso coulant de chocolate de Samantha quedó suspendido en el aire. Confusa, frunció el ceño mientras dejaba la cucharita intacta sobre el plato. No debía de haberle entendido bien. ¿Alan estaba hablando de la planificación de su boda? ¿De ellos dos?
—Alan... —Se limpió con la servilleta la comisura de los labios, ganando tiempo para decidir cómo abordar aquella conversación que, ahora sí, era inevitable—. Sobre el tema de la boda... Me gustaría que me dieses algo más de tiempo antes de darte una respuesta definitiva.
La confusión en el rostro de Alan la sorprendió, pero no tanto como lo que le dijo a continuación:
—Cielo, nuestra relación es lo suficientemente madura como para que esas formalidades sobren. Llevamos más de un año juntos, estamos a gusto el uno con el otro y compartimos intereses y aficiones, lo demás son solo trámites.
Aunque estaba acostumbrada a su tono de suficiencia, en aquel momento Samantha tuvo deseos de estrangularle. Estaban hablando de su vida en común, de su futuro, una decisión que la marcaría para siempre, y que no iba a permitir que nadie tomase por ella.
—En su día te pedí algo de tiempo para responderte —le recordó tratando de controlar la irritación que iba creciendo en su interior—. No se trata de ningún formalismo, realmente quiero pensar bien mi decisión.
El gesto de Alan, normalmente impasible, se tensó, y un profundo sonrojo cubrió sus mejillas pulcramente afeitadas, síntoma inequívoco de cuán molesto estaba con aquel giro inesperado de la conversación.
—El matrimonio es un compromiso de por vida e implica muchos cambios —insistió ella tratando de apaciguarle y justificándose a la vez—. Necesito meditarlo bien y sentir que una vez que dé el paso, todos los demás aspectos de mi vida encajarán.
—¿Qué otros aspectos? —preguntó él soltando una seca carcajada—. Aparte de mí y de tus clases en la universidad, ¿qué otros aspectos tienen que encajar?
Se estremeció al escuchar sus hirientes palabras. No reconocía al hombre agresivo e irrespetuoso que tenía delante y, por primera vez, sintió auténtico rechazo hacia él.
Hacía muchos años que se había prometido que nunca más permitiría que nadie la menospreciase de aquella manera. Recordando la razón por la que había ido a buscarle aquella tarde a su despacho, se agarró a aquel argumento para demostrarle a él, y también a sí misma, que en su vida existía algo más que su novio y sus clases en la universidad.
—Esta mañana he recibido una propuesta de Matt para colaborar con su despacho de arquitectos en un proyecto que quieren presentar a concurso, en Nueva York, y estoy considerando aceptar —dijo de sopetón, decidida a no dejarse intimidar.
—¿Un proyecto en Nueva York? ¿Con Matt? ¿Matt Sullivan? —preguntó con gesto incrédulo.
—Sí, el mismo.
—¡Puf! Le recuerdo, se pasó todo su sabático metiéndote en la cabeza ideas absurdas sobre dejar la docencia y sacar partido a tu potencial. —Se burló Alan entrecomillando con un gesto de sus dedos la palabra «potencial»—. ¿Y se puede saber por qué te quiere a ti cuando debe de haber cientos de arquitectos con más experiencia en su país?
Ella cerró los puños sobre su regazo y sintió una opresión en el pecho que le impidió responder, descolocada por el lado tan poco atractivo que estaba descubriendo de su novio aquella noche. ¿Era mucho pedir que le mostrase algo más de confianza y apoyo?
—Matt cree que mi enfoque de la domótica doméstica es innovador y siempre me dijo que tenía muy buenas ideas para integrar obras arquitectónicas en cualquier entorno. Cree que puedo aportar un toque diferencial respecto al resto de los participantes —le argumentó con voz tensa.
—¿Me quieres decir que allí no habrá expertos en domótica o en arquitectura bioclimática que puedan hacer lo mismo y mejor?
Su absoluta desconfianza le cayó como un jarro de agua fría. Esperaba que le contraargumentase, que la ayudara a cuestionarse cada decisión desde todos los ángulos posibles, pero no... aquello. Por una vez era a ella a quien le sucedía algo interesante y había esperado que la apoyase igual que ella siempre había hecho con él.
Se dejó caer sobre el respaldo de la silla y lanzó la servilleta sobre la mesa, derrotada.
—Cielo, solo digo que Matt no te conoce tan bien como yo. —Alan le dirigió una sonrisa conciliadora—. A pesar de tus títulos en arquitectura, domótica y tecnologías de la información, nunca has trabajado en una empresa privada y dudo que estés preparada para enfrentarte a la panda de tiburones que hay ahí fuera. Tú estás hecha para el mundo académico, con tus libros y tus estudiantes. Te mueves bien en la teoría, pero no eres una mujer de emociones fuertes... Tú ya me entiendes. —Le guiñó un ojo para acompañar la gracia, pero a ella aquello le sentó como una bofetada—. No me quiero ni imaginar qué nivel de presión y estrés tendrán si el proyecto se va a presentar a concurso. Además —añadió con un puchero—, te echaría mucho de menos.
A pesar de las malas formas y las bromas pesadas, Samantha no tuvo más remedio que considerar detenidamente sus palabras, pues sabía que en el fondo Alan tenía razón. ¿Qué pintaba ella tan lejos de casa, ejerciendo de experta en una empresa privada, cuando todo su conocimiento se basaba en libros y teoría y sus ideas eran solo producto de su imaginación?
Además, jamás había puesto un pie fuera de las paredes de un centro docente, y solo pensar en los tejemanejes del mundo empresarial le provocaba dolor de cabeza.
«Pero yo nunca he engañado a Matt sobre mis capacidades o experiencia», se recordó, y aun así estaba apostando por ella, cosa que su novio era incapaz de hacer.
Una voz en su interior la empujaba a decir que sí, asegurándole que era capaz de hacer lo que se propusiera, pero otra más poderosa volvía a sepultar su confianza, recordándole todas las razones por las que no debía aceptar, llevándola de nuevo al punto de partida.
Había ido en busca de Alan para conseguir un punto de vista objetivo y eso era lo que había recibido; no podía culparle por decir lo que opinaba, y sabía que sus argumentos eran del todo válidos. Que le doliese su falta de confianza era una emoción que se encargaría de digerir en su momento, pero no podía permitir que nublase la realidad.
—Seguramente tienes razón —aceptó ella con el corazón encogido, dando por terminada la conversación.
* * *
La impertinente melodía de la alarma del móvil arrancó a Samantha de un profundo sueño. Gruñendo y con los ojos casi cerrados, se arrastró como pudo hasta la cómoda donde siempre dejaba el teléfono, lo más alejado posible de la cama para obligarla a levantarse, y buscó a tientas la tecla hasta detener el sonido. Aunque todavía estaban en septiembre, el otoño andaba cerca y por las mañanas había comenzado a refrescar, así que volvió corriendo a la cama y se acurrucó bajo la ligera colcha, arremolinándola alrededor de su cuerpo para conservar algo de calor como si fuera un gusano de seda.
Estaba muerta de sueño. La noche anterior le había costado conciliar el sueño, pues no había parado de darle vueltas a su conversación con Alan, y cuando por fin se durmió, cayó en un sueño intranquilo.
Nada durante la cena había resultado como esperaba: el malentendido sobre la boda, la reacción de Alan cuando le explicó el proyecto del Pritzker y el incómodo silencio que siguió durante la vuelta a casa. A pesar de haber llegado a la conclusión de que no estaba preparada para viajar a Nueva York, el mal ambiente entre ellos había continuado. Se habían cruzado líneas que hasta entonces ni siquiera pensó que existieran y, al menos ella, tenía mucho que reflexionar.
Decidida a no malgastar su mañana libre, se levantó y siguió su rutina matutina que incluía ducha y café. Mientras esperaba que se calentase el agua de la cafetera revisó su correo electrónico y vio que Matt había vuelto a contactarla la noche anterior; estaba ansioso por conocer su respuesta.
Suspiró en un intento por aliviar el peso que sentía en el pecho, pues tenía la desagradable sensación de que estaba a punto de rechazar la oportunidad de su vida, y le dio a la tecla de responder.
No tenía ningún sentido retrasarlo más.
* * *
—Tienes que ir —la animó su hermana, toda emocionada.
—La decisión está tomada, Allie. Aceptar esa propuesta hubiera sido un error por millones de razones.
—Pero ¿qué dices? ¡Sería la decisión más acertada que nunca habrías tomado! ¡Estoy convencida de que conseguirías que vuestro proyecto ganase el premio! ¿Imaginas cómo será la gala de entrega de premios? —Una mirada soñadora apareció en sus preciosos ojos y Samantha supo que ya se había perdido en su mundo de fantasía y romance—. Seguro que todos los asistentes irán vestidos de etiqueta, así que tú te pondrías un vestido espectacular que dejaría boquiabiertos a todos y...
—¡Para, para! —exclamó divertida—. ¡Pero qué imaginación más fructífera tienes! ¡No me extraña que te dediques a escribir fan fiction en Waypat o como se llame ese sitio web!
—Se llama Wattpad y, para que lo sepas, tengo miles de seguidores —se pavoneó Allie mientras se daba los últimos retoques de maquillaje frente al espejo—. Pero no me cambies de tema. Te lo digo en serio, Sammy, esta es la oportunidad que siempre has soñado. ¿Qué te impide aceptarla?
—Los sueños son sueños, Allie. No siempre podemos hacerlos realidad —respondió resignada.
Allison se volvió sobre el taburete del tocador y la miró como si le hubiesen salido cuernos.
—¿Pero tú te estás oyendo? ¡Pareces una vieja desahuciada a las puertas de la muerte! Solo tienes veintisiete años, hermanita. ¡Y toda una vida por delante para experimentar y vivir miles de aventuras!
Samantha sonrió y le dirigió una mirada llena de cariño.
La filosofía de vida de Allison era envidiable; con tan solo diecinueve años tenía muy claras cuáles eran sus prioridades para ser feliz. Aunque las circunstancias la habían convertido en una luchadora a muy temprana edad, no tenía duda de que su personalidad optimista y su interminable energía habían sido claves para superar las lesiones que sufrió durante el accidente de tráfico hacía ya quince años. El proceso de recuperación fue largo, duro y muy frustrante, pero Allie jamás se rindió, al contrario, supo sacar partido de cada experiencia, y salió más madura y fuerte que nunca.
—Eso te lo dejo a ti, cariño —le respondió con dulzura mientras le difuminaba el colorete con los pulgares sobre sus preciosas mejillas.
Su hermana la sujetó de las muñecas, con la seriedad y la tristeza reflejada en sus despiertos ojos color avellana.
—No digas eso —musitó—, tú también tienes derecho a ser feliz. —En momentos como aquellos, excepcionales, sus papeles se invertían y era Allison, ocho años menor que ella, quien la cogía de la mano y la obligaba a no rendirse—. Dame una buena razón para no ir.
—Allie... —Se apartó de ella, frustrada e incómoda por su insistencia, pues ella misma se había cuestionado mil veces su decisión en las últimas horas—. Tengo un trabajo que no puedo dejar de la noche a la mañana y, además, está Alan. No puedo posponer durante más tiempo el tema de la boda, y luego estáis vosotros. No quiero marcharme lejos hasta que tú hayas empezado las clases, y sabes que papá está delicado desde el ictus. Si necesitaras a alguien que te acercase a la Universidad, quisiera encargarme yo...
—Sigo sin oír ninguna buena razón —la interrumpió dirigiéndose con paso fluido hacia el armario para recoger su chaqueta. Samantha sonrió orgullosa al comprobar la fantástica recuperación de su hermana—. Primero, seguro que en tu uni tienen profesores suplentes para estos casos. Dos —señaló con su mano—: mis clases van a ir genial, yo me encuentro fantástica y no te necesito de niñera, ni de chófer ni de nada que se le parezca. Y... —dijo elevando la voz al ver que Sam iba a replicarle—, ya sabes qué opino de tu relación con Alan.
Allison, romántica por naturaleza, y con la brutal honestidad que la caracterizaba, había sido muy explícita al decirle qué opinaba sobre su novio, y se negaba a aceptar que la seguridad, el respeto y el cariño que se tenían ambos fueran razones suficientes para continuar juntos en una relación.
—Cariño, no todos entendemos el amor de la misma forma. Me siento bien con él, nos comprendemos y complementamos, y me ha sido de mucha ayuda a la hora de tomar esta decisión. Me ha hecho comprender que aceptar ese proyecto es como pedir a gritos meterme en problemas, el cambio sería demasiado brusco en mi ordenada vida y ya me siento bien donde estoy.
Allison se paró en seco y la miró fijamente.
—Samantha, eres la persona más inteligente, brillante y generosa que conozco, y ¡estoy hasta las narices del gilipollas de Alan! Me duele ver cómo te infravaloras y te limitas por miedo a no sé qué. ¿Por qué sigues rodeándote de personas que aumentan tus inseguridades y se aprovechan de ellas?
—Te equivocas. Alan me conoce, y precisamente por eso es por lo que valoro tanto su opinión y consejos. Sé que quiere lo mejor para mí.
—¡Y una mierda! Alan es un gilipollas egocéntrico que siente un placer íntimo y retorcido en tener a alguien tan maravillosa como tú sometida a su opinión y prisionera de sus inseguridades. Si de verdad te quisiera te habría apoyado al cien por cien en lo de Nueva York. ¡Yo sé cuánta ilusión te hace! Si tanto te conoce, ¿por qué te convence de que renuncies a tus sueños?
Samantha se tensó al escuchar sus palabras y un escalofrío de inquietud la hizo temblar al permitir que la obvia antipatía de su hermana hacia su novio calase en su mente y la hiciese cuestionarse sus consejos desinteresados. Enfadada consigo misma por dudar de él y dejar que la opinión romántica e inmadura de su hermana sobre el amor la afectase, decidió dar aquella conversación por terminada.
—No te pido ni espero que estés de acuerdo con mis decisiones, pero Alan es la persona con la que a día de hoy mantengo una relación, y solo te pido que le respetes. —Los ojos de Allison brillaron con lágrimas de rabia contenida, pero, por una vez, se mantuvo en silencio—. Y sobre la propuesta... La decisión ya está tomada. Además, he enviado mi respuesta a Matt hace apenas una hora, así que ya no hay vuelta atrás.
2
Octubre de 2017, Nueva York
Con la mejilla pegada a la ventana del taxi, Samantha contemplaba boquiabierta los imponentes rascacielos que la rodeaban, tan altos que sus ojos no alcanzaban a ver dónde acababan. Estaban en
