Prólogo
Londres, 1864. Nochebuena
La nieve caía en silencio sobre los tejados de Mayfair, envolviendo la ciudad en una calma blanca, casi sagrada. Las calles estaban desiertas, salvo por el sonido lejano de villancicos y el parpadeo cálido de los faroles de gas. Era la clase de noche que parecía pertenecer más a los sueños que a la realidad.
En la terraza del número 7 de Park Lane, Lady Selene Hawthorne contenía el aliento.
Frente a ella, arrodillado en una rodilla sobre las baldosas cubiertas de escarcha, Ciarán Ruah sostenía una pequeña caja de terciopelo abierta, donde reposaba un anillo de oro blanco con una esmeralda ovalada en el centro, rodeada de diminutos diamantes. Pero lo que la desarmaba no era la joya, sino la forma en que él la miraba: con ese brillo intenso y tembloroso, como si ella fuera la única estrella en su universo.
—¿Me aceptarías como tu esposo? —preguntó, su voz apenas un murmullo en la noche.
Selene sintió que el mundo se detenía.
Todo en ella se llenó de luz. Los dedos le hormigueaban. El corazón se le aceleró como si quisiera saltar de su pecho. Y entonces, sin poder contenerse, exclamó:
—¡Sí! ¡Sí!
Se lanzó a sus brazos, riendo entre lágrimas, mientras él la sostenía con fuerza, enterrando el rostro en su cabello. El reloj del Parlamento marcó con solemnidad las doce campanadas, y la ciudad entera pareció celebrar con ellos.
Selene pensó que no existía en el mundo una noche más perfecta. Estaba en los brazos del hombre que amaba, el mismo que había irrumpido en su vida con el ímpetu de una tormenta y la calidez de un fuego que nunca se apaga.
Aún recordaba el primer momento en que lo había visto: un encuentro inesperado en una galería, su figura alta y elegante entre la multitud, los ojos verdes fijos en ella como si ya la conociera de antes. Desde entonces, no hubo marcha atrás.
Por un instante, deseó que su hermana gemela, Astrid, estuviera allí. Habría querido correr a contarle, abrazarla, hacerla parte de aquel instante. Pero Astrid ya no estaba en Inglaterra; se había casado hacía un mes con su encantador y exótico esposo americano, y juntos habían partido a los Estados Unidos para empezar su nueva vida.
Aun así, esa noche, Selene no se sentía sola.
Al regresar al salón, de la mano de Ciarán, fue recibida por una sinfonía de voces, música y aroma a canela y ponche caliente. Lady Clarisse, siempre impecable, los recibió con una sonrisa que no preguntaba nada, pero lo entendía todo. Lord Farid levantó su copa, y Evie —dulce y sabia Evie— la abrazó con esa ternura que solo se tiene para las hermanas del corazón.
El brindis de medianoche fue alegre. Las risas resonaron como campanillas. Las luces del gran árbol centelleaban con reflejos dorados, y la familia se reunió alrededor del piano, donde Evie tocó una melodía suave mientras todos cantaban.
Selene y Ciarán se miraban como si fueran los únicos en la habitación.
Esa noche, ella creyó que el futuro le pertenecía.
***
Una semana después, el 31 de diciembre, Selene se despertó temprano.
La casa estaba en ebullición, preparándose para la gran cena de Año Nuevo. Todo debía ser perfecto: las flores blancas, el mantel bordado, las velas altas, la vajilla de porcelana francesa. Pero mientras supervisaba los arreglos, no pudo evitar notar algo extraño.
No había señales de Ciarán.
Al principio pensó que se trataba de un retraso. Quizás un asunto en la oficina de Scotland Yard —su cargo como director implicaba constantes llamadas de urgencia—. Pero cuando pasaron las horas, y el reloj dio las cinco de la tarde, y luego las siete, y él no llegó ni envió recado alguno…, el temor comenzó a crecer.
A las nueve, con todos los invitados presentes, Selene supo que algo estaba mal.
Muy mal.
Ciarán no apareció.
No dejó carta. No mandó excusas. No envió flores. Nada.
Simplemente… desapareció.
El anillo seguía en su dedo.
Pero el hombre que se lo había dado, el que la había mirado con devoción bajo la nieve… se había esfumado como si aquella noche perfecta no hubiese sido más que un sueño.
Y con él, se llevó algo de ella que ya no sabía cómo recuperar.
Capítulo 1
Londres 1874. Residencia Kensington.
Dos semanas antes de Navidad.
El crepitar suave del fuego era lo único que interrumpía el espeso silencio de la sala de estar. Las sombras bailaban a ritmo lento sobre las paredes tapizadas, moldeadas por la luz cálida de las velas. Afuera, el cielo gris de invierno comenzaba a oscurecerse, dejando entrever la inminente llegada de la noche. El perfume delicado del jazmín flotaba en el aire, mezclado con un tenue aroma a madera húmeda. Selene respiró hondo. Como si al llenar sus pulmones de aquel aire tibio y silencioso pudiera vaciarse de recuerdos.
Lady Selene Hawthorne se miró en el reflejo de la ventana. Como siempre, estaba impecablemente vestida y compuesta. Su vestido verde esmeralda resaltaba la elegancia natural de su silueta, y su peinado, perfectamente recogido, no dejaba lugar a la improvisación. A simple vista, era la imagen de la serenidad y el control.
Pero sus ojos la traicionaban.
Aunque había logrado atenuar la hinchazón y ocultar el enrojecimiento, su mirada seguía cargada de tormentas. De noches sin dormir. De palabras que nunca se dijeron.
Su familia no le había reprochado su tristeza. Conocían los hechos. Conocían su historia. Pero aun así, nada justificaba —a sus ojos— la presencia de Ciarán en esa casa, en esa época del año. ¿Qué hacía él allí, compartiendo sus días con ellos, como si nada hubiese ocurrido? ¿Acaso no tenía otro lugar donde estar, otras personas con quienes brindar?
¿O era esto parte de otro plan de Cali y sus eternamente entrometidas amigas para reunirlos? Como si pudieran pegar los fragmentos rotos de un corazón a fuerza de cenas, sonrisas forzadas y eventos sociales.
Pero lo que ellas no entendían era que algunas heridas no sanan. Algunas simplemente aprenden a ocultarse mejor.
Selene llevó una mano a su vientre sin pensar. El gesto era antiguo, casi reflejo. Allí, en lo más profundo, aún quedaba grabado el eco de aquello que había perdido. Bastaba cerrar los ojos para ver a Ciarán, tal como había sido: su sonrisa torcida, su voz ronca cuando la llamaba “Sele”, su manera de mirarla como si el mundo entero se extinguiera cuando ella entraba en una habitación.
Recordó la primera vez que lo hizo reír. Habían quedado atrapados bajo la lluvia en el jardín de invierno. Él la cubrió con su abrigo y se rio empapado, como si la vida no pudiera tocarlo. Ella también rio, porque por una vez se sintió libre. Amada. Elegida.
Y, sin embargo, entregarle todo de sí misma no fue suficiente para que él se quedara.
Ciarán Ruah irrumpió en su vida como una tormenta de verano: feroz, impredecible, necesario. Lo amó con una intensidad que aún hoy le robaba el aire. Y un día, sin aviso, él se marchó. Se llevó todo. Su futuro. Su inocencia. Su fe.
Una de sus manos subió al relicario que colgaba de su cuello. El mismo que llevaba desde entonces. Un símbolo de todo lo que había perdido. De lo que jamás pudo decirle.
Un sollozo, seco y tembloroso, escapó de sus labios.
—¿Sele? —La voz masculina quebró el aire. Su cuerpo se tensó. Demasiado tarde para ocultar el temblor en sus hombros.
Las manos de Ciarán tocaron las suyas, apenas, con una ternura que dolía. La giró con lentitud. Y entonces sus ojos se encontraron.
En ese instante, el mundo se detuvo.
Las lágrimas que tanto había contenido brotaron sin permiso, y Selene se lanzó a sus brazos, como si allí, solo allí, pudiese encontrar alivio. Él la sostuvo, apretándola contra su pecho, con una fuerza desesperada. Hundió el rostro en su cabello, aspirando su aroma como si quisiera aferrarse a una parte de ella que aún no lo odiaba.
—Ciarán... —Fue todo lo que logró decir antes de romperse por completo.
***
El perfume de Selene lo atravesó como un puñal. Ciarán cerró los ojos y la sostuvo con fuerza, sabiendo que debía apartarse. Pero no podía. No después de verla llorar así. No después de tanto tiempo. El sonido de su voz, la forma en que su cuerpo temblaba en sus brazos... Lo destrozaba.
Había creído que alejarse era lo correcto. Que protegerla significaba desaparecer. Se había mentido a sí mismo durante diez años, repitiéndose que ella estaría mejor sin él. Que se curaría. Que lo olvidaría. Pero cada día desde su regreso, cada segundo desde que volvió
