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Sigo aquí (Estoy aquí 2)

Wendy Davies
Wendy Davies

Fragmento

1. Emma

1

Emma

Todo el poder del mundo reside en los ojos.

Emma necesita que Sasha abra los ojos; aunque sea durante una milésima de segundo, necesita que el mar helado que habita en él la congele. Por algún motivo no puede dejar de pensar en la película El cuervo, en el actor Brandon Lee y en el azul de los ojos de Sasha.

A medida que la sirena de la ambulancia, las voces de los paramédicos y el goteo incesante de los segundos la atraviesan, en su mente se reproduce en bucle aquella escena de El cuervo en la que Brandon Lee cae muerto. Muerto para siempre. Muerto más allá de la ficción. Un error fatal durante el rodaje hizo que una bala que debía haber sido de fogueo acabase con la vida del actor.

Emma se siente esa bala, como aquel que empuñó la pistola y apretó el gatillo. Sus manos están manchadas de sangre, la sangre de Sasha, y duda que algún día pueda borrar su rastro. No quiere que nadie reemplace a Sasha en las escenas que faltan. La película no puede continuar sin él. Solo necesita que alguien grite «¡Corten!» y que todo acabe, que la ambulancia se detenga, que los paramédicos tiren confeti y que Sasha se levante con esa sonrisa que pocas veces va dirigida a ella. Cualquier cosa que se aleje de la realidad le vale. Porque la realidad asusta, no hay segundas partes ni puesta en escena. En la realidad solo está ella con un frío que nunca desaparecerá y con miedo.

Miedo.

Emma ha sentido muchos tipos de miedo a lo largo de su vida. Miedos viscerales y otros más fugaces. Miedo a una pérdida. Miedo a dejar pasar una oportunidad. Miedo a perderse. Miedo a no ser.

Su peor miedo le sobrevino cuando todavía era una niña y perdió a su primera y única amiga de verdad. Se llamaba Elise y lo compartían todo, incluso hablaban igual. No es que su amiga la abandonara, es que la arrancaron de su vida a base de palabras. En ese entonces se dio cuenta de lo poderosas que podían ser las palabras. Y les tuvo miedo. A las palabras, a la mujer extraña a la que tenía que ver cada viernes por la tarde, a la mirada triste de sus padres y a Elise. Porque Elise no existía, o eso era lo que todos decían.

Por aquella época, Emma llegó a tener tanto miedo a desaparecer como había hecho Elise que se negaba a dormir por temor a no volverse a despertar. Su padre se quedaba con ella hasta que se le cerraban los ojos y seguía ahí cuando los abría y comprobaba que no había desaparecido. En esa ocasión, Emma aprendió una valiosa lección: incluso las personas que más te importan pueden desaparecer de un momento a otro.

Después de Elise vinieron muchos otros miedos, tantos que algunos ya se habían borrado de su memoria. El más fuerte, el que a día de hoy la sigue atormentando, es el miedo a la soledad.

Emma siempre ha sido ficción. De niña apenas distinguía mentira de verdad, realidad de imaginación. A medida que fue creciendo, esa ficción que siempre había estado adherida a ella fue separándola de los demás; una fina barrera que la aislaba del mundo. En esos años poco le importaba no tener amigos, porque al llegar a casa la recibía un rey que la rescataba, que la ayudaba a construir sus casas de muñecas y le aseguraba que nunca estaría sola; también una reina que conseguía los mejores vestidos para sus muñecas y le pintaba la cara para que fuera la princesa más guapa del reino.

Emma era feliz.

Sin embargo, el rey un día decidió que su reino no era suficiente, que el trono era demasiado pequeño, y salió a conquistar otros reinos; dejó a la reina y a ella encerradas en la torre, asustadas y solas mientras esperaban su regreso. Y Emma tuvo miedo, miedo a perder lo único verdadero que tenía, miedo a quedarse sola de verdad. Se dio cuenta de que debía abandonar el castillo si quería sobrevivir y ser libre, ser otra. No podía quedarse allí encerrada eternamente, lamentándose. Ella no era así. De modo que guardó sus juguetes y decidió salir al mundo de los adultos.

Emma no fue muy popular en el colegio, pero todo cambió al llegar al instituto. Allí se transformó. Lo hizo a conciencia. Y así dejó de ser princesa para interpretar otro papel. En esa nueva versión de sí misma era extrovertida, guapísima, divertida y nunca estaba sola. O eso parecía si la mirabas desde la distancia. Emma era popular, sí, pero nunca se había sentido tan mentirosa ni fuera de lugar como en esa ficción que ella misma había creado.

Por aquel entonces descubrió que la soledad no es lo peor que te puede pasar, que puedes acabar encerrado dentro de tus propias mentiras. Aprendió que nunca sería libre siendo lo que otros querían que fuera. La libertad era un precio que Emma no estaba dispuesta a pagar, de modo que volvió a ser ella, sin miedo ni reservas.

Entonces llegó Amy a su vida y con ella un nuevo miedo. El miedo a tener una amiga y a no saber qué hacer con todos esos sentimientos que la sobrepasaban. Emma no sabía ser amiga, no sabía no estar sola. Pero aprendió. Con su prima era fácil. Y, mientras Amy se iba abriendo un hueco enorme en su corazón, quiso metérsela dentro del pecho y protegerla. Quería ser ella la que se asegurase de que Amy no desaparecía durante la noche. No quería que nada ni nadie le hiciera daño.

Por eso Emma cogió el coche aquella noche con intención de salvarla, con todo ese miedo a que sufriera algún daño y no estar para sostenerla, a que las palabras acabaran por hacerla desaparecer.

Puede que estuviera exagerando, puede que fuera una loca, como Noah le había recalcado, pero Emma no sabe ser amiga de otra forma. No sabe no darlo todo.

Fue al intentar luchar contra ese miedo cuando otro más fuerte se apoderó de ella y se llevó todo lo demás.

Sasha.

Un golpe seco.

Sasha en el suelo.

Sangre por todas partes.

Sangre en las manos de Emma a pesar de tenerlas inmaculadas.

Los ojos cerrados de Sasha.

Emma vuelve a ser aquella niña asustada a la que le arrebataron a su amiga imaginaria, aquella niña que perdió a su rey, la misma que fingió ser otra para encajar.

Tira de la camisa de uno de los paramédicos.

—¿Está vivo? —pregunta con voz temblorosa y la vista nublada por las lágrimas.

—Sí —responde el hombre, concentrado como está en comprobar las constantes de Sasha.

Ella deja escapar el aire. Vuelve a tirar de la camisa.

—¿Eso quiere decir que… respira?

Él la mira por primera vez.

—Tranquila, está vivo y respira.

Emma asiente. Continúa llorando; una mezcla de alivio, culpabilidad y esperanza. Necesita verlo despierto, necesita pedirle perdón, necesita oír su voz otra vez. Incluso si es para insultarla. Lo único que quiere es que esté bien. Que la bala no haya sido mortal, que Brandon Lee siga vivo y pueda seguir siendo Eric Draven.

No pasan ni dos segundos cuando vuelve a tirar de la camisa del hombre.

—¿Se va a despertar?

—Tienes que tranquilizarte. —El paramédico hace ademán de volver a lo que estaba haciendo, pero echa un vistazo a la mano de Emma, que vuelve a agarrarlo de la camisa.

—Si le pasa algo, Amy no lo soportaría —dice entre sollozos—. Yo… no lo soportaría.

El hombre abre un cajón de uno de los laterales y saca algo. Luego coge una botella de agua y se acerca a ella.

—¿Cómo te llamas?

—Emma.

—Vale, Emma, ¿eres alérgica a algún medicamento?

—No.

—Tómate esto. —Le tiende una pastilla y la botella de agua—. Te sentirás mejor. —Emma está a punto de negar, pero él insiste—: Tómatela.

Ella obedece sin pensar en nada más que en Sasha, al que apenas puede ver por el hueco que el hombre ha dejado libre. Le han puesto un collarín y se fija en que su mano sigue llena de sangre. Siente la imperiosa necesidad de cogérsela, agarrarlo muy fuerte y pedirle perdón hasta que abra los ojos.

Le devuelve la botella de agua al paramédico. Está a punto de tirar de nuevo de su camisa cuando él le dice:

—No se va a morir.

—¿Me lo promete?

—Te lo prometo. —Le coloca una mano en el hombro—. Necesito ayudarlo, ¿vale? Tú relájate.

—Gracias —responde ella, sintiendo cómo su cuerpo comienza a relajarse por el efecto de la pastilla.

Cuando llegan al hospital, las cosas se ponen todavía peores para Emma. Las luces, las paredes blancas, las órdenes de los médicos que se llevan a Sasha por una puerta por la que ella no puede pasar. Las preguntas que le hacen y que apenas es capaz de responder. Las sirenas de la policía. El miedo que no ha hecho más que empequeñecerla. Noah, que no se encuentra por ninguna parte. ¿Dónde se ha metido? Estaba con ella en el coche, recuerda retazos de la discusión, sus brazos rodeándola cuando intentó acercarse a Sasha, los susurros en su oreja para tranquilizarla. Amy, que por fin le cogió el teléfono, aunque apenas recuerda qué fue lo que le dijo. Sus propias lágrimas, que parecen no tener fin.

Mientras espera, sola a pesar de la ingente cantidad de personas que entran y salen, que corren o caminan con parsimonia, en aquel lugar que parece un limbo entre la vida y la muerte, se deja caer en una silla de la sala de espera, como una muñeca rota, como la niña asustada que un día fue, y llama a la única persona que puede salvarla.

—Papá —musita con la voz entrecortada por los sollozos al escuchar a su padre al otro lado de la línea.

Y puede que el rey ahora sea Lucifer, que ya no quede alma en él, pero si de algo está segura Emma es que su padre vendrá a salvarla. Siempre lo hace, aunque tenga que atravesar el infierno para ello.

2

Noah

A la última persona que espera encontrar en el hospital es a la primera que ve. Su pelo rojo destaca entre el blanco que se lo come todo. Cuando la descubre en recepción, siente como si fuera una sirena que lo llama, que le canta una canción que habla de mordiscos en el corazón y puñetazos en el cerebro. Y duda. Duda porque no es una sirena, porque es Nat, la misma Nat por la que correría hacia la muerte sin pensarlo. La misma Nat que hace que las sábanas parezcan grilletes. La misma Nat que es una puta mentira. Nada es real. Toda ella es una mentira que se empeña en creer, pero Noah sabe que en algún momento tendrá que dejarla atrás.

Respira hondo y con ese gesto entierra la parte de él que quiere creer en ella, en eso que siente dentro del pecho y que hace que todo lo demás desaparezca.

Solo hay una cosa más grande que Nat, más grande que él mismo: Ian. Y ahora lo necesita. Puede que por Nat corriese hacia la muerte, pero por Ian mataría hasta a la misma muerte, si es que eso es posible. Y, si no lo es, también. Porque Ian es de verdad y por él haría hasta lo imposible.

El agente de policía con el que ha llegado al hospital siguiendo a la ambulancia le habla mientras avanzan hacia la sala de espera, pero él no puede escucharlo. Lo ignora, así como también ignora a Nat y a Dana. Solo quiere encontrar a Ian.

No fue a Sasha a quien vio tirado en aquella carretera, ensangrentado, sino a su mejor amigo. Vio sus ojos, aterrados; su dolor. La amistad de toda una vida pasó ante él a toda velocidad y tuvo miedo, por él, porque si algo sabe Noah es que Ian quiere a su hermano y que sin él no seguiría siendo Ian.

Descubre a Emma sentada en la sala de espera. Nada más verlo, ella corre hacia él y se refugia en sus brazos. Noah la abraza fuerte y hunde la nariz en su pelo. Ve a esa Emma que apenas ha empezado a conocer, pero que siempre ha sido risas, fuerza, vida. La nota temblar entre sus brazos y algo en él muere otra vez. Ha sido culpa suya, por todas esas gilipolleces que nunca debió decirle, y siente como si él mismo hubiera sido el que llevaba el puñetero volante.

—¿Has visto a Ian? —Emma niega con la cara aún pegada a su pecho—. Tranquila, todo va a salir bien —le asegura, aunque sus palabras suenan vacías.

El policía se ha detenido junto a ellos a la espera de que Emma se tranquilice para empezar la ronda de preguntas. A Noah le gustaría evitarle todo eso, le gustaría poder mentir, echarse la culpa. Pero ni eso puede hacer porque ella ya se le ha adelantado. Y mientras los minutos pasan e Ian continúa sin aparecer llegan el señor y la señora Clay, además del padre de Emma acompañado de un hombre corpulento, que le arranca a Emma de los brazos y se la lleva a un rincón de la sala, junto al policía y a todas las protestas que no salen de su boca.

Noah apenas comparte un par de palabras con William y Vanessa, que trabajan en ese mismo hospital, y enseguida desaparecen para comprobar cómo está su hijo y le piden que los avise cuando Ian aparezca.

Noah coge el móvil y marca el número de su amigo, pero por más que insiste no contesta ninguna de las veces.

—¿Dónde estás, Ian? —le pregunta a la pantalla iluminada.

3

Ian

Los ojos le arden. Las manos le arden. El corazón le arde. El puto cerebro le arde. Todo arde. Las palabras lo devoran como harían las llamas y el humo que dejan tras de sí hace que se asfixie.

Sentado en la acera, con los ojos cerrados y los codos apoyados en las rodillas, intenta apartar todo ese fuego que todavía le quema a pesar de que ya no queda nada, a pesar de que su alma no puede estar más calcinada.

El olor a quemado le inunda las fosas nasales. Su vida yace quemada en aquella acera sucia, como él. Y entre todas esas cenizas aparece Amy atravesando la devastación, la muerte, el humo que asciende hasta el cielo negro. Percibe sus manos que le acarician el rostro, su aliento que le roza la piel.

—Ian, mírame.

A veces necesitas toda una vida para darte cuenta de algo; otras solo basta un segundo. Un jodido segundo y tu vida cambia. Quiere borrar ese segundo, quiere que desaparezca, quiere que todo sea una broma. Ojalá el fuego se lo llevara todo, el pasado, todo lo que le dijo a su hermano y todo lo que se guardó, por miedo, por cobarde, por orgullo.

—Ian, abre los ojos. —Amy le sostiene el rostro y apoya la frente contra la de él—. Escúchame. Tenemos que irnos.

¿Irnos? ¿A dónde? Ian no quiere irse a ninguna parte. No puede. No queda nada de él. No puede moverse.

—Sé que tienes miedo. Yo también.

¿Miedo? De no estar tan destrozado se reiría. No es miedo lo que recorre su cuerpo. No hay una maldita palabra que pueda definir cómo se siente.

—Aunque nos quedáramos aquí el resto de nuestras vidas, no cambiaría nada.

Quiere decirle que se aparte, que huya antes de que las llamas también la alcancen a ella, que no mire atrás. Lo único que sale de su garganta es un sollozo contenido que suena como una risa histérica.

—Sasha nunca se iría así, Ian. Todo va a salir bien.

¿Cómo va a salir bien? Destruye todo lo que le importa. Cenizas. No deja de pensar en el rastro de cenizas que le quedaba en la piel cuando su padre apagaba los cigarrillos en su espalda. Se siente igual que entonces, inundado de cenizas.

Oye los pasos de Amy, pero no tiene fuerzas para levantar la cabeza. Solo quiere que todo acabe, despertar de la puta pesadilla en la que se ha convertido su vida. Entonces lo siente. El cuerpo de Amy pegado a su espalda atrayéndolo hacia ella, envolviéndolo. Nota el calor de su piel, su corazón acelerado, su aliento en el cuello y sus brazos que lo sostienen alrededor del pecho con firmeza a pesar de que tiembla tanto como él. Amy, la persona que más teme a la muerte, lo está consolando a él.

—Sigo aquí. —Los brazos de Amy presionan su pecho de tal manera que él cree que se lo va a llevar todo, incluso sus latidos.

Él también sigue ahí, contra todo pronóstico. Vuelve a sentir las llamas, pero esta vez son distintas; lo reconfortan, lo acarician y, cuando piensa que van a devorarlo, se apagan. Ian mueve ligeramente la cabeza; su frente choca contra la barbilla de Amy y siente su sonrisa como un beso. Es como un oasis en medio de todo ese desierto de cenizas. Como volver a nacer. O, mejor aún, como renacer. Más vivo, más fuerte, más él. Con todos los recuerdos, los errores, el pasado susurrándole. Y va a hacerlo. Va a renacer. Va a ser mejor. Va a ser un ave fénix.

—Vamos.

Solo sus padres consiguen ver a Sasha esa noche. Ian apenas comprende lo que le dicen cuando por fin se sientan un rato junto a él. Contusión. Lesiones. Rotura de costilla y menisco. Hablan despacio, como a un niño al que hay que deletrear las palabras para que las comprenda. Él asiente igual de despacio, aunque lo único que se le queda grabado, lo que le interesa, es ese «vivo» que distingue entre todas esas palabras. Vivo. Su hermano está vivo.

Durante las largas horas de espera, camina de un lado a otro por los pasillos desiertos. Se sienta. Vuelve a levantarse para sentarse al poco tiempo. No consigue dormir. No puede estarse quieto. No piensa volver a casa, como sus padres le piden. No va a moverse de esa puta sala hasta que no vea a su hermano. Se alegra de que Emma se haya marchado con su padre o no habría podido contener las ganas de gritarle. Aprieta la mano que Amy le tiende y se deja abrazar por un Noah que no se separa de él durante toda la noche.

Cuando por fin se hace de día y la vida vuelve a aquellos pasillos asépticos, cuando cree que no puede soportar un segundo más la espera, Vanessa aparece y le pide que la siga hasta el ascensor y luego hasta la planta donde se encuentra Sasha.

—Está bien, no te preocupes —le dice su madre cuando llegan a la puerta—. Parece peor de lo que es.

Ian asiente con la vista clavada en la puerta cerrada. Se guarda las manos en los bolsillos porque de repente le han empezado a temblar. Su madre abre la puerta y le hace un gesto para que pase. Luego cierra tras él y lo deja solo con su mayor miedo.

Nada más entrar en la habitación algo dentro de Ian se rompe para siempre. Las cadenas estallan y, por fin, después de tantos años, siente que puede respirar. No se ha dado cuenta del tiempo que lleva conteniendo el aliento, hundido en las profundidades de su vida de mierda, braceando con fuerza en busca de una bocanada de aire que no llega, hasta ese momento en el que por fin consigue sacar la cabeza. Respira. Vive a través de la imagen de su hermano, recostado sobre la cama. Vive, como nunca ha vivido antes. Vive porque él está vivo. El amor —un amor inmenso, incondicional y desgarrador— que ha guardado con recelo dentro de él, encerrado, enmudecido por el dolor y la rabia, se libera en cuanto los ojos azules de Sasha se encuentran con los suyos.

Su madre hizo bien en advertirle antes de dejarlo pasar. Sasha tiene un aspecto horrible; la cabeza vendada, tubos por todas partes, una pierna escayolada desde el muslo hasta el pie, rasguños en la cara y los brazos.

Ian está temblando. Joder. Tiembla como cuando era un niño y acababa de recibir una paliza. No, es peor que eso. No hay paliza que pueda parecerse a todo ese horror que acaba de vivir, al miedo a perderlo. El niño que fue se mezcla con el adulto que es quedando totalmente expuesto ante Sasha. Vulnerable. Y no le importa, esta vez es verdad que no le importa. No le importa que su hermano lo vea, que descubra todo el amor que siente por él, no le importa que lo sepa. Quiere que lo sepa, que lo tenga muy claro, que nunca en su vida, por muy jodida que sea, lo olvide. No quiere volver a arrepentirse de guardar silencio. No. No con Sasha. Nunca más.

Avanza hasta la cama despacio arrastrando los pies que apenas obedecen a su cuerpo, aplastado como está por el peso de ese amor. Nunca pensó que amar doliera tanto. Es como volver a nacer, o como morir. Un peso que le dobla las rodillas y le hace caer al suelo junto a la cama de su hermano, que le hace hundir el rostro en su estómago y abrazarlo como si no quisiera soltarlo jamás. Y llorar. Llorar como nunca lloró siendo un niño, derramar todas esas lágrimas que se guardaba cuando su padre le pegaba, porque nada de eso ha llegado a doler tanto como lo ha hecho la posibilidad de perder a Sa­sha. Lo saca todo de dentro y permite que su hermano sea testigo. Su hermano, que en algún momento le ha pasado un brazo por encima y lo ha abrazado con fuerza consiguiendo que llore todavía más fuerte.

El tiempo corre, la vida se va, pero ahí, en esa habitación, lo único que pasa es el dolor que atraviesa la ventana y se marcha lejos, la culpa que también se despide y el amor que se queda. Lo único que importa son esos dos hermanos que llevan tanto tiempo buscándose, echándose de menos a pesar de que no pueden estar más cerca; el amor de toda una vida.

—Deja de llorar, mocoso —musita Sasha.

—Te quiero —le dice Ian con la voz ahogada por los sollozos.

—Y yo a ti —responde Sasha justo antes de pasarle la mano por el pelo y permitirse él también, por segunda vez, llorar.

4

Sasha

«No llores, Sasha», le decía su hermano cuando empezaban los gritos y los golpes, llevándose un dedo a los labios para pedirle que guardara silencio.

«No dejes que te vean».

«Miente. Si mientes es mejor».

Sasha se quedaba mirando a su hermano sin comprenderlo. A ese Ian de seis años con la cara y la ropa sucias y esos ojos que eran iguales que los de su madre, pero que no se parecían en nada a los de ella. Nunca se han parecido. Los ojos de su madre estaban vacíos, aunque para Sasha lo eran todo. En cambio, los de Ian estaban llenos de vida, de fuerza, de un fuego que él nunca llegará a tener porque está congelado en vida.

Su hermano siempre ha vivido acomplejado por tener los mismos ojos que su madre. Cuando Sasha mira a Ian no es a su madre a la que ve. Él ve a ese niño con la cara manchada rogándole que fingiera que no tenía miedo, que se tragara las lágrimas como hacía él. El mismo niño que aguantaba los golpes como si estos no se llevaran una parte de él, como si no se estuviera muriendo lentamente, como si durante aquellos años no hubiera perdido la inocencia. Ese niño que, pese a ser más pequeño, cuidaba de los dos de una manera que ninguno de sus padres supo hacer.

«Miente, Sasha. Así no te harán daño».

Pero Sasha no podía mentir, no sabía cómo hacerlo. Seguía llorando cuando escuchaba los gritos, abrazaba a su madre cuando la veía temblar y cantaba tapándose los oídos cuando su padre le gritaba a Ian como si quisiera matarlo. No podía fingir que no le importaba. Y entonces todo estallaba y terminaba con Sasha escondido mientras Ian se rompía en pedazos.

Mentir no era fácil, era una mierda. Tampoco pudo mentir cuando los servicios sociales se los llevaron y el miedo le arrancó lo poco que le quedaba. Miedo a quedarse preso en las paredes del orfanato para siempre, miedo a no volver a ver los ojos vacíos de su madre, miedo a no pertenecer a ningún lugar, miedo a no soportar contemplar la cara de su hermano sin pensar en todo ese horror que siempre los perseguiría.

Sasha había creído odiar a su hermano, lo había creído de verdad. Le había dado la espalda, se había vestido de silencio y había dejado que el tiempo pasara. Fue entonces cuando aprendió a fingir. Lo hizo poco a poco, sin darse cuenta. Fingía cuando la directora lo sentaba en su despacho y le hablaba de lo importantes que eran los lazos. Fingía cuando Amy aparecía de la nada y era incapaz de devolverle los abrazos. Fingía no ver el dolor de su hermano cada vez que se escondía de él. Y así siguió fingiendo durante años y se convirtió en el mejor actor dentro de su propia vida.

Su vida entera es una maldita mentira. Y ahora que mira atrás solo puede pensar en Ian rogándole en silencio que mienta. Sasha lo ha hecho a conciencia, tanto que ha llegado a mentirse a sí mismo y a su hermano, tanto que al impactar contra aquel coche se había dado cuenta de que, aunque creía saberse el papel de memoria, en cuanto habían gritado «¡Acción!» su mente se había quedado en blanco.

Cuando estás a punto de morir no ves ninguna puerta, no hay una luz al fondo esperándote a que la atravieses. Sasha había visto una luz, sí, la de los faros del coche de Emma. Y, lejos de lo que te hacen creer en las películas, tampoco había tenido tiempo de pensar. Sasha no había pensado en nada hasta que despertó en aquel hospital, con la pierna en alto y el rostro de su madre surcado de lágrimas. Entonces pudo recordar y pensar, y todas esas mentiras se revolvieron dentro de él mostrando un atisbo de quién era en realidad, su verdadero yo. Perdido, anestesiado por el tiempo.

Pensó en su hermano, en sus palabras, en los tatuajes, en todo el dolor que vio en su rostro. Y se alegró de estar vivo. Sasha no teme a la muerte, le da igual morir hoy o a los cien años, pero en ese momento se alegró de estar ahí. Por Ian. Sasha no necesitó que su madre le dijera que Ian estaba preocupado, que quería verlo, porque lo sabía. A Ian nunca se le dio bien eso de fingir. Sasha sabía con certeza que, de haber muerto, Ian lo habría hecho con él. Se habría colgado la culpa a la espalda, con todas las demás cicatrices, y ha­bría dejado que lo aplastara. Habría muerto, aunque sus funciones vitales siguieran intactas. Y Sasha no habría podido hacer nada. Por una vez, Sasha se alegró de poder ayudarlo, de quitarle ese peso de encima. Se alegró de estar vivo para poder decirle lo que llevaba tiempo fingiendo que no hacía: que lo quería como nunca querría a nadie.

Y ahí está Ian ahora, intentando que no se le note que ha vuelto a ser aquel niño que se ha visto obligado a crecer para protegerlo. Y ahí está Sasha ahora, tratando de aceptar un amor que no cree merecerse. Las palabras flotan en el aire, parece que desearan liberarse, pero ninguno de los dos parece querer dejarlas salir. Tal vez no sea el momento, tal vez solo deban dejar que el tiempo pase y con él el dolor, que las heridas terminen de cicatrizar.

Lleva cuatro días en el hospital y Sasha empieza a pensar en mil maneras de escapar de esa jaula. Se arrancaría la pierna si pudiera hacerlo. No es capaz de moverse. No puede hacer nada. Ni siquiera respirar sin que alguien aparezca de la nada para preguntarle si está bien. Y, si no fuera suficiente agobio el hecho de estar encerrado entre cuatro paredes sin moverse, su habitación siempre está llena de gente. Él, que lleva años alimentándose de soledad, se ha dado cuenta de que no está solo. Sus padres, que aprovechan cualquier momento libre para pasarse. Ian, que prácticamente se ha mudado al hospital. Amy, que parece haberse mudado con él. Noah, con sus bromas de mal gusto y su empeño en querer compartir mierdas con Ian todo el rato. Peter, que se había pasado el día anterior para comprobar cómo estaba y a quien todos miraron como a un extraterrestre venido de otro planeta por el simple hecho de ser una criatura extraordinaria; un ejemplar mitológico, de leyenda, un amigo de Sasha. Y luego está Elle, que no deja de llamarlo ni de mandarle mensajes. Elle, su mayor ficción.

—¿Quieres algo? —le pregunta Ian cuando regresa de acompañar a Amy a su casa.

Sasha niega con un gesto.

—Bueno, sí. ¿Puedes pasarme ese libro de ahí? —le pide cuando Ian ya se ha sentado señalando la pila de regalos amontonada en una de las sillas, algunos adelantados de Navidad y otros simples premios por haber sobrevivido a la muerte.

—¿Cuál?

—El azul.

—Hay tres azules.

—El segundo.

Ian le pasa el libro, no sin antes mirar el título. El libro del cementerio, de Neil Gaiman.

—No me lo digas, te lo ha regalado Amy. —Sonríe mientras se lo pasa.

Sasha también sonríe.

—Quién si no.

—¿Sabes lo que es la amaxofobia? —pregunta Ian cuando toma asiento otra vez.

—Sorpréndeme.

—Miedo a conducir.

—Al menos no tendremos que preocuparnos por que coja el coche.

—Quiere volver al psicólogo y llevar a Emma con ella.

—Quizá sea lo mejor —contesta Sasha abriendo el libro sin verlo realmente.

—Emma cree que la odias.

—No la odio. No es que me haga gracia que me haya atropellado, pero no la odio.

—¿Podrás comportarte si viene a verte?

—¿Podrás hacerlo tú? —le devuelve Sasha la pregunta sabiendo que su hermano está más cabreado con ella de lo que él lo estará nunca.

No odia a Emma, y menos después de haber vivido con ella. Sí, es inestable, tiene serias tendencias a obsesionarse con cualquier cosa, incluso con su voz, y abraza el drama como si fuera oxígeno, pero también está llena de vida, una vida que Amy necesita. Entiende por qué se llevan bien. Son como dos polos opuestos atraídos por una fuerza magnética.

Su hermano aparta la mirada y cierra los ojos haciéndole ver que no quiere hablar del tema.

—Ian.

—¿Qué? —pregunta él sin abrir los ojos.

—No la odio.

—Vale.

—No fue culpa de nadie.

—Ya.

—No soy tu problema. —Su comentario consigue que Ian lo mire—. No eres culpable de todo lo que me pasa —se apresura a aclarar sabiendo que su hermano ha malinterpretado sus palabras.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Ya no eres un niño, deja de mentirte.

—¿Qué cojones te pasa ahora?

—Solo quiero enterrarlo todo. —Sasha deja caer el libro a un lado de la cama y se frota la cara con una mano—. Estoy cansado.

—¿Crees que el pasado se puede enterrar? —pregunta Ian arrellanándose sobre la silla.

—Puede.

Puede que sí. Puede que no. En ese momento Sasha no está preparado para contestar. No quiere mentir otra vez, solo desea ser sincero con su hermano. Quizá nunca logren enterrarlo todo, quizá estén condenados a mantenerse en pie sobre las ruinas de su pasado negociando con el abismo, con la caída. Tal vez solo necesiten aceptar que el pasado es como la cicatriz que Sasha tiene en la rodilla izquierda y que se hizo cuando aprendió a montar en bicicleta; quizá algún día simplemente puedan aceptar que siempre estará ahí. Tal vez solo se trate de seguir pedaleando. Aprender que vivir con el pasado no implica volver atrás, solo seguir adelante, aunque nunca deje de doler. Quizá solo necesiten aprender a vivir con el dolor sabiendo que la felicidad no llega cuando cierras los ojos, sino cuando te atreves a abrirlos. Quizá pueda ser fuerte por los dos, por una vez, y enseñarle a su hermano que a pesar de las cenizas todavía queda esperanza para ellos, que los verdaderos barrotes son aquellos que te dejan paralizado frente a una puerta abierta contemplando la libertad que no crees merecerte. Quizá.

5

Amy

—Buenos días, cielo. —La señora Clay envuelve a Amy en sus brazos nada más hacerla pasar al recibidor.

—Buenos días —contesta Amy dejando las bolsas en el suelo para devolverle el abrazo.

—¿Qué traes ahí?

—Las cosas de Sasha.

—No deberías haberte molestado. Ian podría haber ido a recogerlas.

—No podía dormir y decidí venir a buscarlo para ir juntos al hospital.

—Sigue dormido. Pero entra, cielo. —Vanessa coge las bolsas, las deja en la cocina y le pide a Amy que la siga. Inmediatamente se pone a sacar platos e ingredientes de los armarios y la nevera.

Puede que Amy solo haya visto a la señora Clay un par de veces, pero aun así ya siente un cariño especial por ella. Resulta incongruente que personas con las que vives durante años puedan hacerte sentir como una extraña y otras a las que acabas de conocer consigan que te sientas como si acabaras de regresar a casa tras un largo viaje. La sonrisa y la voz de la señora Clay, llenas de ternura, hacen que Amy se pregunte si esa mujer es de verdad un ángel. Vanessa es una de esas personas que parecen hechas para dar abrazos. Amy se alegra de que, después de lo mal que lo pasaron, Ian y Sasha fueran acogidos por una familia como esta; si alguien se lo merece son ellos.

—¿Cómo está tu prima?

Amy se encoge de hombros. No puede evitar que su rostro se empañe por la tristeza. Emma se pasa el día encerrada en casa como un alma en pena, comprando cosas que no necesita, viendo reposiciones de series que la hacen llorar hasta que se le hinchan los ojos y sintiéndose más y más culpable cada día que pasa. No hay nada que ella pueda hacer para convencerla de que Sasha no la odia, para animarla a que lo descubra por sí misma y se atreva a realizar la visita que se muere por hacer, aunque se lo niegue a sí misma. Ni con la ayuda de su tía Molly ha conseguido convencerla, mucho menos que aceptara ir al psicólogo con ella.

—Igual.

—¿Quieres que vaya a buscarla y le tire de las orejas?

—¿Lo haría?

—Pues claro.

Amy sonríe. Ojalá fuera tan fácil como llevar a la madre de Ian para convencer a su prima.

—¿Has desayunado? —le pregunta la señora Clay al ver que se ha quedado callada. Ella niega con un gesto—. Pues espero que tengas mucha hambre.

—Gracias.

—Ve a despertarlo —la anima Vanessa. Amy arruga el ceño—. Vamos, te puedo oír pensar desde aquí. Estoy segura de que a ti no te gruñirá. —Le guiña un ojo.

—¿Seguro que no le importa que suba?

—Claro, cielo. Estás en tu casa. —Con las manos húmedas, Vanessa se acerca y le da otro abrazo antes de continuar preparando el desayuno.

Amy agradece que no le haga preguntas a pesar de que su cara no puede estar más roja. Porque sí, lleva pensando en Ian desde que llamó a la puerta de la casa. Mentira, desde que se levantó. Mentira otra vez, lo lleva haciendo desde antes de saber que era él. Últimamente, Ian inunda todos sus pensamientos. Se lo lleva todo. Ian es una enfermedad de la que Amy no está segura de querer tratarse, no deja de preguntarse si será mortal.

Desde que Sasha ingresó en el hospital, Amy no se ha separado de Ian y, aun así, parece que estuvieran a kilómetros de distancia. Condenados a estar siempre cerca y lejos al mismo tiempo. No puede dejar de pensar en la última discusión, en sus palabras, en sus brazos, en todo ese dolor que casi le parte el alma. Verlo sufrir y no poder hacer nada ha sido una de las experiencias más dolorosas que Amy ha experimentado nunca, muy por encima de la propia muerte.

Intenta dejar a un lado todos esos pensamientos y sube a su habitación. Aporrea la puerta hasta que se cansa; recuerda lo profundo que es el sueño de Ian. Entra y cierra tras de sí. Está tan oscuro como la boca de un lobo y se pregunta si podrá ver algo antes de sentir los colmillos clavándose sobre la piel.

A tientas, camina por la habitación, se tropieza con la silla del escritorio y busca la persiana para subirla. Una vez se hace la luz, Amy ve que Ian no se ha percatado de nada. Duerme boca abajo, con media espalda al descubierto y los labios entreabiertos pegados a la almohada. A Amy se le forma una sonrisa estúpida en la cara que no se molesta en ocultar cuando se acerca a él y se sienta a su lado. Le aparta el pelo de la cara y se limita a observarlo en silencio para comprobar esa teoría que un día le dijo su prima de que si miras fijamente a alguien se revuelve.

Si quieres a alguien, pierdes. Eso es lo que había creído Amy desde que el amor de sus padres quedó atrapado en una carretera cualquiera; manchas de sangre, cristales y sueños rotos. Ese había sido el final de su historia, y el principio. Nunca hay un final sin un principio, y se puede decir que con el final de sus padres comenzó otra historia, una vida de miedos para Amy. Miedo a la muerte, a la vida, al amor. Miedo al propio miedo.

Cuando Ian le dijo que no la quería, que no podía quererla, algo dentro de Amy se rompió. Puede que le dijera que estaba bien, que podían jugar a no quererse juntos, pero ni ella misma puede creerse esa mentira. La verdad es que querer no es algo que se pueda elegir ni con lo que puedas jugar. Quieres, y ya está. No puede no querer a Ian, porque lo quiere. Así como tampoco puede aceptar que no la pueda querer nunca, porque quererlo cerca sabiendo que siempre estará lejos acabaría con ella. Y, sin embargo, ahí está, junto a él, fingiendo que no se ha convertido en su nuevo miedo, fingiendo que no la consume ese salto al vacío que hay en sus ojos. Ian no es muy distinto de ella. Él también cree en eso de que, si quieres a alguien, pierdes.

Ian le dijo que no podía quererla mientras su cuerpo gritaba lo contrario; fue esa contradicción, esa vulnerabilidad, lo que hizo que Amy aceptara, por una vez en su vida, adentrarse en la morada donde habitan sus temores. Que el miedo la consuma, que la muerte la inunde, que se le rompan los huesos, que su cuerpo se vuelva azul y que los gusanos se la coman viva. Porque, si hay algo que pesa más que el miedo, que esquiva a la muerte y se viste de vida, ese algo es la esperanza.

Amy cree en Ian. En el niño al que temía cuando estaban en el orfanato, en el chico al que sigue temiendo a día de hoy porque en sus hoyuelos reside el deseo que jamás se cansaría de pedir. Tiene fe en las palabras que compartieron, a pesar de que estuvieran llenas de mentiras. En ese Ian que es hielo y fuego. El Ian que es un lobo solitario que, aunque no deje de correr hacia delante, no puede evitar echar la vista atrás para comprobar que los suyos están bien. Claro que puede querer. Ella lo ha visto. Ha visto cómo quiere a su hermano, a su madre, a Noah.

En todo eso está pensando cuando Ian abre los ojos. Al parecer, la teoría de su prima sí que es cierta.

—Hola, husky —lo saluda.

La respuesta de Ian es gruñir, cerrar los ojos y girar la cabeza hacia otro lado.

—Vaya, qué malas pulgas. —Amy se echa a reír. Se apoya encima de su espalda para verle la cara—. A ver esa patita —le dice presionándole la mejilla con un dedo.

Él no se mueve. La ignora mientras ella le hace cosquillas, le aprieta la nariz, le abre los párpados y le lame el lóbulo de la oreja.

—Me aburro —protesta Amy cuando se cansa de intentar que abra los ojos.

Está a punto de levantarse cuando Ian la agarra de la cintura y la mete en la cama con él tapándola con las sábanas.

—Caperucita, ¿nadie te ha dicho que no debes tentar al lobo cuando duerme? —La estrecha entre sus brazos hundiendo la cara en su cuello y pasando una pierna por encima de ella.

Amy está rodeada por Ian; su brazo, su cuerpo, su calor, su olor. Se remueve intentando apartarse de él, aunque es lo último que desea hacer.

—Solo eres un husky.

—Puedo morder. —Un escalofrío le recorre el cuerpo cuando siente los dientes de Ian presionándole el cuello con suavidad.

—¿Eso es lo único que sabes hacer?

Ian gruñe.

—No tientes al lobo cuando tiene el estómago vacío —replica con voz ronca.

La besa por detrás de la oreja y la acaricia con la punta de la lengua a la vez que sus dedos trazan círculos alrededor de su ombligo. Amy se concentra en respirar, y en no gemir, y en fingir que no ha percibido la erección de Ian contra su cadera.

—Sabes que Caperucita siempre va con una cesta, ¿verdad? Si te portas bien, puede que te dé algo.

—¿Como qué? —pregunta él frotándose contra ella mientras le lame el cuello como si de verdad estuviera a punto de devorarla.

Amy se queda sin palabras, literalmente. Todo se borra a su alrededor, todo menos la lengua de Ian en su cuello y el tacto de su mano acariciándola por debajo de la camiseta.

—¿Sigues viva? —Ian introduce la mano por debajo de su sujetador y le aprieta el pezón con los dedos. Amy no puede evitar que se le escape un gemido—. Eso es un sí. —Sonríe—. Dime, Caperucita, ¿hay algún beso guardado en la cesta para mí? —Ian busca sus labios, y entonces Amy consigue reaccionar.

—Ni uno solo. —Le aparta la cara con la mano abierta.

—¿Qué haces?

—Evitar que me mates —contesta ella. Ian le aparta la mano y la mira con el ceño fruncido—. ¿Sabes cuántas bacterias tienes ahora mismo en la lengua? No vas a metérmelas en la boca.

Él, que primero la mira con un gesto serio, empieza a reírse a carcajadas.

—Creía que ya habíamos superado esa parte.

—Nada de besos matutinos antes de que te laves los dientes. Dos veces.

—Venga ya. —Ian la agarra de la cintura y la atrae hacia él acercando sus labios.

Amy vuelve a ponerle la mano en la cara.

—¡Que no!

—Solo uno.

—Ni medio.

—Venga, Amy. Te encantan mis bacterias. —La agarra de la muñeca y vuelve a acercar los labios.

—Que no —repite ella estampándole la otra mano en la cara.

—¡Esto es Esparta! —grita él riendo, y antes de que Amy consiga reaccionar Ian saca la lengua y comienza a lamerle la palma.

—¡No hagas eso! —Amy se mira la mano componiendo un gesto de repugnancia—. Qué asco.

—No decías lo mismo cuando te lamía el cuello. —Vuelve a hundir la cara en su cuello para recordárselo.

—No es lo mismo.

—Ya, claro. Veo que Caperucita no tiene un pelo de tonta. —Ian la agarra de la cintura para colocarla en el centro de la cama. Luego se pone encima de ella y, sin que Amy pueda hacer nada por evitarlo, la sostiene de las muñecas y se las coloca por encima de la cabeza—. ¿Y ahora qué, eh? —Le roza la boca con la suya, sin llegar a besarla. Amy aprieta mucho los labios para hacerle ver que no se lo piensa poner fácil—. Ahora mismo tienes cara de Caperucita enfurruñada —murmura él. Le sujeta las muñecas con una mano y con la otra le abre más las piernas haciendo que Amy respire hondo por la nariz al notar su erección contra su sexo, que se contrae de manera involuntaria al pensar en todo lo que hicieron en su habitación, en lo mucho que quiere repetirlo—. Vaya, repite eso. Ha sido sexy.

Sin poder evitarlo, Amy se echa a reír.

—En serio, no voy a besarte —le asegura girando la cabeza cuando él acerca los labios.

Ian se entretiene mordiéndole el lóbulo de la oreja y frotándose contra ella de manera deliberada. Amy siente un tirón placentero por todo el cuerpo y mucho más concentrado entre sus piernas. Le cuesta respirar.

—Uno solo y te suelto.

—No —dice jadeando mientras él se mece de manera tortuosa.

—¿Qué tenía la cesta? —pregunta él al tiempo que vuelve a introducir la mano libre por debajo de su camiseta.

Amy respira hondo. Intenta concentrarse en otra cosa que no sea pedirle a Ian que la bese de una vez, con bacterias y todo; si tiene que morir, quiere hacerlo entre sus brazos. Dios. Necesita estar desnuda y que él esté desnudo y sentirlo todo.

—Si me sueltas, te lo doy —musita.

—Uhm. —Él hace que se lo piensa. La besa en la garganta al tiempo que sus dedos juguetean con uno de sus pezones—. Creo que prefiero quedarme donde estoy.

—Te va a gustar mucho. —A Amy se le escapa un gemido.

—¿Más que esto? —Balancea sus caderas contra ella. Amy emite un gemido aún más sonoro e intenta soltarse las manos—. ¿Más? ¿Seguro? —Mueve las caderas y esta vez Amy también lo hace consiguiendo que Ian gruña y pegue su frente a la de ella—. Amy —musita respirando con dificultad.

—¿Al lobo se le han caído los colmillos?

Los ojos de Ian se oscurecen y sus hoyuelos se asoman a sus mejillas cuando, de repente, la puerta se abre de par en par.

—Cielo, ¿estás despierto? —Tanto Amy como Ian giran la cabeza para mirar a Vanessa, que se tapa los ojos con las dos manos—. Oh, vaya, no he visto nada. —Se da la vuelta y sale de la habitación cerrando la puerta.

—Joder. —Ian se aparta de ella, que se ha quedado paralizada y roja como un tomate.

Amy se tapa la cara con las manos y está intentando que su corazón vuelva a latir con normalidad cuando Vanessa abre de nuevo la puerta.

—No estoy mirando —asegura la mujer. Tiene los ojos tapados con una mano, aunque sus dedos están lo suficientemente abiertos como para poder verlos. Al comprobar que se han separado, aparta la mano y sonríe—. Tengo una pregunta —anuncia—, ¿lo sabe Sasha?

—Mamá. —Ian la fulmina con la mirada.

—Vale, vale. —Vanessa levanta las manos en señal de rendición—. Es que no quiero que os peleéis por una chica.

—¿Te importaría salir para que Amy pueda volver a respirar? —pregunta él consiguiendo que Amy se ponga todavía más roja.

—Cielo, tranquila. El sexo es algo natural. —Vanessa esboza una sonrisa y ya está a punto de cerrar la puerta cuando la abre otra vez—. ¿Tenéis protección?

Ian le tira una almohada.

—¡Fuera! —Todavía oyen sus risas cuando cierra tras de sí—. ¿Estás muerta? —le pregunta Ian acomodándose de nuevo junto a ella y apartándole las manos de la cara.

—¿Se puede morir de vergüenza?

—Tratándose de ti, seguro que sí.

Amy le muestra su reloj de muñeca.

—¿Cómo van mis pulsaciones?

Ian le coge la mano y le besa la cara interna de la muñeca.

—Definitivamente, creo que ya estás muerta. —Sonríe—. ¿Qué era eso que tenías para mí?

Amy lo mira y sonríe. Un momento después, se abalanza sobre él hasta hacerle caer de espaldas sobre la cama. Lo abraza fuerte, parece que con ese abrazo pudiera recomponer cada uno de sus pedazos.

—Tienes un serio problema con los abrazos. —Ian se ríe y la rodea con los brazos.

—Ere

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