Agridulce

Colleen McCullough

Fragmento

agridulce-5

Edda y Grace, Tufts y Kitty. Dos pares de gemelas, hijas del reverendo Thomas Latimer, rector de la iglesia anglicana de St. Mark en Corunda, condado y ciudad de Nueva Gales del Sur.

Estaban sentadas en cuatro estilizadas sillas delante de las enormes fauces de la chimenea, donde no ardía fuego alguno. El amplio salón estaba lleno de mujeres que parloteaban, invitadas por la esposa del párroco, Maude, a fin de celebrar el acontecimiento para el que faltaba menos de una semana: las cuatro hijas del rector dejaban la rectoría para empezar a prepararse como enfermeras en el Hospital de Corunda Base.

«¡Falta menos de una semana, falta menos de una semana!», se decía Edda una y otra vez mientras soportaba el bochorno de estar a la vista de todo el mundo, paseando la mirada de aquí para allá porque prefería no mirar a su madrastra Maude, que como siempre llevaba las riendas de la charla.

En el entarimado, al lado de la silla de Edda, la última de la fila de cuatro, había un agujero. Un movimiento en su interior llamó la atención de Edda, que se puso rígida, sonriendo para sus adentros. ¡Una rata enorme! ¡Y estaba a punto de colarse en la fiesta de mamá! «Un par de centímetros más —pensó mientras observaba la cabeza de la alimaña—, y lanzaré un sonoro grito y chillaré: “¡Una rata!”. ¡Qué divertido!»

Sin embargo, antes de que Edda consiguiera levantar la voz llegó a ver bien la rata y se quedó de piedra. Una cuña negra y lustrosa con una lengua vibrante —y demasiado larga, le pareció—, seguida por un cuerpo, también negro y lustroso, del grosor del brazo de una mujer, y un vientre rojizo. Y aquello se acercaba cada vez más, siete palmos de serpiente negra de vientre rojo, letalmente venenosa. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Seguía saliendo aún, lista para escurrirse en una dirección impredecible en cuanto hubiera liberado la cola. Los atizadores estaban al otro lado de la chimenea, y Tufts, Grace y Kitty, que no se habían dado cuenta de nada, se encontraban en su trayectoria; no alcanzaría a coger uno a tiempo.

La silla tenía asiento acolchado pero carecía de brazos, y las frágiles patas se ahusaban para acabar en puntas redondeadas no mayores que una barra de carmín; Edda respiró hondo, se levantó unos centímetros alzando también la silla y colocó la pata delantera izquierda justo encima de la cabeza de la alimaña. A continuación se sentó con todas sus fuerzas, las manos aferradas a los laterales del asiento, decidida a capear el temporal como si fuera el mismísimo Jack Thurlow domando un caballo.

La pata atravesó la cabeza justo entre los ojos, y el resto del cuerpo se encabritó en el aire. Alguien soltó un chillido estridente al que siguieron otros gritos, mientras Edda Latimer permanecía sentada y se afanaba en mantener la pata de la silla incrustada en la cabeza del reptil. El cuerpo restallaba, aporreaba, azotaba todo alrededor, incluso a ella, descargando zurriagazos tan fuertes y brutales como los de un látigo, tan rápidos que la muchacha parecía rodeada de un remolino borroso, una sombra que no dejaba de agitarse.

Las mujeres corrían por todas partes, gritando aún, aterradas ante la imagen de Edda y aquella vieja serpiente macho, incapaces de sobreponerse al pánico para ayudarla.

Salvo Kitty —la hermosa y valiente Kitty—, que brincó por delante de la chimenea blandiendo el tomahawk que se usaba para cortar leños gruesos. Abriéndose paso entre los latigazos que descargaba la serpiente, separó la cabeza del espinazo de dos tajos.

—Ya puedes levantarte, Eds —le dijo Kitty a su hermana al tiempo que dejaba el hacha—. Vaya monstruo. Estarás cubierta de moretones.

—¿Os habéis vuelto locas? —sollozó una conmocionada Grace.

—¡Idiotas! —exclamó Tufts, mirando a ambas hermanas.

El reverendo Thomas Latimer estaba demasiado ocupado con su segunda esposa, paralizada por la histeria, para hacer lo que de verdad deseaba: consolar a sus valientes hijas.

Los gritos y chillidos ya estaban menguando, y el terror había remitido lo suficiente para que las mujeres más intrépidas se arracimaran en torno a la serpiente y comprobaran que estaba muerta. ¡Qué bicho tan enorme! Y pese a que las señoras Enid Treadby y Henrietta Burdum se afanaron en ayudar al rector a tranquilizar a Maude, nadie salvo las cuatro gemelas recordaba ya el objetivo original de la malograda reunión. Lo importante era que esa criatura extraña, Edda Latimer, había matado una vieja serpiente macho venenosa, y era hora de volver a casa a toda prisa, para perpetuar las principales actividades femeninas de Corunda: el Chismorreo y su séquito, formado por el Rumor y la Especulación.

Las cuatro chicas se trasladaron hasta un carrito de servicio, donde se sirvieron té en las delicadas tazas y se abalanzaron sobre los sándwiches de pepino.

—¡Qué bobas son las mujeres! —exclamó Tufts, haciendo oscilar la tetera en el aire—. Cualquiera diría que se estaba cayendo el cielo. Pero qué típico de ti, Edda. ¿Qué pensabas hacer si lo de la pata de la silla no surtía efecto?

—En ese caso, Tufts, habría recurrido a ti para que sugirieses algo.

—¡Ja! No hacía falta que recurrieras a mí porque Kitty, a quien se le da igual de bien pensar que intrigar, ha acudido en tu rescate. —Tufts miró en torno—. Caray, todas se van a casa. Venga, chicas, podemos comérnoslo todo.

—Mamá tardará dos días en recuperarse —comentó Grace alegremente, al tiempo que tendía la taza para que le sirvieran más té—. Esto supera el shock de perder a las cuatro criadas sin sueldo de la rectoría.

—¡Qué tontería, Grace! —exclamó Kitty—. El shock de perder a sus criadas sin sueldo es más importante para ella que la presencia de una serpiente en su casa, por grande o venenosa que fuera.

—Más aún —terció Tufts—, lo primero que hará mamá cuando se haya recuperado será soltarle un sermón a Edda acerca de cómo matar serpientes con decoro y discreción. Vaya jaleo has armado.

—Ay, sí que es verdad —reconoció Edda tranquilamente, al tiempo que untaba un bollo con mermelada de arándanos y nata—. Si no hubiese armado jaleo, ninguna de las cuatro habríamos probado los bollos. Se los habrían zampado esas brujas amigas de mamá. —Se echó a reír—. El lunes que viene, chicas, empezaremos a vivir por nuestra cuenta. Se acabó mamá. Y ya sabéis que no va con segundas para que Tufts y tú os deis por aludidas, Kitty.

—Lo sé muy bien —rezongó Kitty.

No era que Maude Latimer fuera deliberadamente horrible; a su manera de ver, era una santa entre madrastras y madres por igual. Grace y Edda tenían el mismo padre que sus dos hijas, Tufts y Kitty, y no había discriminación alguna ni siquiera en el horizonte más remoto, o eso se apresuraba a aclararle Maude incluso al observador menos interesado en la vida de la rectoría. ¿Cómo podían resultarle fastidiosas unas criaturas tan preciosas a alguien que adoraba ser madre? Claro, en la realidad podría haber funcionado tal como funcionaba en la imaginación de Maude, de no ser por un accidente físico del destino. A saber, que la menor de las gemelas de Maude, Kitty, poseía una belleza superior a la de sus encantadoras hermanas, a quienes hacía sombra del mismo modo que el sol oscurece el resplandor de la luna.

Desde la infancia de Kitty hasta la fiesta de ese

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