¿Confías en mí?

Cristina Rodríguez Trueba

Fragmento

Tripa

Capítulo 1

1

Bolígrafo rojo y bolígrafo azul, y me pregunto a mí misma, porque nadie mejor que yo para formularme las preguntas que deseo escuchar: ¿quién escogió estos colores? Los que tengo en mi mano los compré yo voluntariamente, no me apuntaron con una pistola, pero fue una decisión condicionada.

Desde pequeña me fueron preparando para que esos dos colores fueran mi elección. El azul para escribir y el rojo para subrayar, y en el caso de las profesoras también para corregir. Y me hago una nueva pregunta que seguramente haya estado en la mente de todos alguna vez: ¿qué tienen de malo el negro y el verde?, ¿es más cara su tinta?, ¿no tendría más sentido poner las notas a un examen con un bolígrafo verde?

Verde, el color de la esperanza, ¿quién inventó eso? Alguien tuvo que ser el primero en pensarlo, y debió de hacerlo hace bastantes años. Seguro que fue un hombre. O unos cuantos juntos que estaban rodeados de color verde. ¿Estaban en el bosque quizá?

Dicen que las grandes ideas surgen en momentos insospechados por lo que se les ocurriría de un modo inocente. El que abría la expedición se pararía a tomar aire en un bosque y rodeado de tanta belleza diría: «¿Sabéis lo que estoy sintiendo?: esperanza.» El amigo que estaba escarbando con un palito para joderle el día a un escarabajo que no le había hecho daño a nadie le respondería: «Siempre que miro algo en tono verde me viene una sensación al cuerpo que no puedo descifrar y tú la has descubierto. ¿Y qué te parece si, ahora que lo sabemos, lo usamos para hacer el bien en el mundo? Podríamos empezar sugiriéndoles a los directivos de hospitales que pintasen los quirófanos de color verde, que la gente que entre tenga como última visión antes de quedar anestesiados el tono de las paredes y techo, ¡seguro que les daría un subidón saber que están rodeados de tanta esperanza!»

«Mejor aún», apuntó el tercero que había estado muy calladito hasta entonces porque había aprovechado la parada para regar a un pobre arbusto que seguramente se marchitaría a los pocos días. Había estado de boda y era un milagro que estuviera en pie y caminando con la cantidad de alcohol que había metido al cuerpo. «Que pinten todos los hospitales de ese color; desde la zona de admisión hasta los baños de las salas de espera, que no se deprima nadie, ni los del mantenimiento, que cuando reparen una manilla de una puerta piensen que también para ellos hay esperanza.» «¿De qué?», le preguntó el primero sintiendo que el asunto del tono verde se le estaba escapando de las manos. «Yo qué sé, tío, hay que dejar a la gente que piense algo, no darles todo hecho, vamos a sentarnos a comer aquí mismo el bocadillo, que estoy agotado.» Desconozco qué oficio tendrían estos tres coleguitas a los que tan imaginativamente les he atribuido el descubrimiento, pero la profesión de médico queda descartada. Estudia durante años quedándote en casa fines de semana para preparar los exámenes, haz prácticas, sustituciones, guardias interminables con sueldos miserables para acabar vestido, por sugerencia de alguien que quizá lleve muerto más de cincuenta años, con un pantalón verde y una casaca a juego. Un descerebrado que tuvo la brillante idea de que vistiendo así al médico la paciente de turno tendrá mayor confianza en que el profesional que le va a quitar los juanetes le va a hacer un trabajo fino. Un diseño tan soso que parece un pijama. Yo creo que dejan el bolígrafo dentro del minibolsillo del pecho para que no les confundan con un paciente.

¿Y el pobre color rojo?, tan querido en ocasiones y odiado en otras. Rojo pasión, será porque te pones rojo como un tomate cuando haces el amor con intensidad. También es roja la sangre pero no me imagino a nadie cortándose por pelar patatas con mucha pasión, pelar es una de las actividades menos pasionales que se puede hacer en esta vida, tanto que hay gente que nunca come fruta por no pelarla. Rojo peligro, ese sí está bien pensado, si te caes por las escaleras y ves tu ropa roja cuando hace un segundo era azul, ahí deberías empezar a preocuparte.

Y en los centros escolares, ¿quién fue el iluminado que compró los primeros rotuladores rojos que solo se usaban para poner las notas de los exámenes? Cuando la maestra pasaba por las filas con el taco de los controles en la mano y las niñas veíamos esos símbolos rojos sin poder saber a qué alumna pertenecían, la tensión de la clase aumentaba. Era uno de los escasos momentos en los que sin necesidad de amenazarnos con un castigo nos callábamos todas. Más de una se libró de ser «cuellicorta» por tanto como se estiró tratando de leer el nombre de la alumna cuyo examen estaba a punto de repartir la profesora.

Podría entender una nota de un tres con cinco escrita en color rojo, sería una advertencia: «A ver, niña, que te estoy avisando, como no te esfuerces más te quedarán las matemáticas para el verano y tu madre es capaz de apuntarte a clases particulares de cinco a siete, para asegurarse que no vas a pisar la playa en todo el mes de agosto.» Ese tipo de castigos tiene el certificado «made in mama».

Las mujeres tenemos, desde que nacemos, una glándula en el cerebro que tiene como exclusiva función generar ideas vengativas. Yo la debo de tener atrofiada pero doy fe de que algunas de mis congéneres la tienen muy desarrollada. Raquel Ontalvilla, ¡menuda pieza!, una muchacha del barrio que donde ponía el ojo dejaba un cartel de propiedad privada. Como se encaprichase de un muchacho ya nos podíamos andar todas con cuidado. Ni invitarte a pipas podía el pobre chaval, una miradita o un pequeño gesto del mocete hacia alguna de nosotras y declaraba la guerra. Concentraba todas sus fuerzas; principalmente dos buenas tetas que le habían brotado de un modo muy precoz, en seducir a todos los que nos gustaban para demostrar que a ella no le pisaba el territorio nadie. Cuando alguno caía en sus garras la muy guarrilla nos lo paseaba para demostrar que si ella quería, no había varón que se le resistiera, qué manía le tenía... Probablemente tendrá ahora un par de hijos que estarán sufriendo sus malévolas venganzas cuando se porten mal.

Pero, ¿qué sentido tenía un nueve escrito en bolígrafo rojo rodeado por un círculo?, ¿qué mensaje me estaba dando la profesora? Quizás un «caliente caliente, casi llegas al diez», o algo así como «ves como estudiando sí que puedes, míralo y que lo vea toda la clase para que sirva de ejemplo». Odiaba esos momentos cuando te exponían ante el resto de las alumnas, que te miraban con ganas de arrancarte los pelos. ¿Por qué todos los docentes de educación primaria hacían lo mismo?, ¿venía en el manual que les entregaban junto con el título?, capítulo n.o 1: cómo conseguir que veinte niños se planteen de modo simultáneo darle un balonazo en el recreo a la única que ha sacado un nueve con cinco en historia.

¡A tomar viento el boli rojo! Lo dejo sobre la mesa para coger el único bolígrafo verde que he comprado en toda mi vida y que aún mantiene la tinta casi íntegra. ¡Pues ya me estoy sintiendo un poquito mejor y todo! Y este sentimiento va a ir en aumento porque estoy lanzada, en el bote hay dos bolígrafos rojos más, los tres van a ir directos a la basura, que es donde deberían haber terminado hace mucho tiempo.

Volvamos a empezar; bolígrafo verde y bolígrafo azul. Me parece a mí q

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