El Príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida (Crónicas Vampíricas 12)

Anne Rice

Fragmento

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Contenido

Breve historia de los vampiros: la Génesis de la Sangre

La jerga de la Sangre

Proemio

PRIMERA PARTE. Espías en el jardín salvaje

  1. Derek

  2. Lestat

  3. Garekyn

  4. Lestat

  5. Fareed

  6. Lestat

  7. Garekyn

  8. Lestat - Château de Lioncourt

  9. Derek

10. Lestat

11. Fareed

12. Derek

13. Lestat

14. Rhoshamandes

15. Lestat

16. Derek - Aix-en-Provence

17. Rhoshamandes

18. Lestat

SEGUNDA PARTE. Nacidos para la Atlántida

19. La historia de Kapetria

20. Lestat

21. Lestat

22. Rhoshamandes

23. Derek

24. Fareed

TERCERA PARTE. El cordón de plata

25. Lestat

26. Lestat

27. Lestat

28. Lestat

29. Fareed

30. Lestat

31. Lestat

32. Lestat

33. Lestat

Apéndice 1. Personajes y lugares de las Crónicas Vampíricas

Apéndice 2. Guía informal de las Crónicas Vampíricas

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ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO
A

la invicta, y ya retirada,
campeona del mundo de los pesos de embarazadas,

y a

Mitey Joe,
sin el cual este libro tal vez no habría visto la luz,

y a

mis viejos amigos
Shirley Stuart, Bill Seely,

y a

los amigos y colegas escritores
de mi época en California del Norte:
Cleo, Maria, Carole, Dorothy, Jim, Carolyn, Candy y Lee, entre otros,

y,

una vez más,
a
People of the Page,
quienes me dan mucho más de lo que yo jamás podré darles.

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Acuérdate de tu Creador
antes de que se corte el cordón de plata
y se rompa la vasija de oro;
antes de que el cántaro se estrelle contra la fuente
y se haga añicos la polea del pozo;
antes de que el polvo regrese
a la tierra de donde salió,
y el espíritu vuelva a Dios,
quien lo otorgó.

ECLESIASTÉS
Nueva Versión Internacional

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Breve historia de los vampiros:
la Génesis de la Sangre

En el principio eran los espíritus, seres invisibles a los cuales solo podían ver u oír las brujas y los hechiceros más poderosos. A algunos de ellos se los consideraba malévolos, a otros se los ensalzaba por su bondad. Los espíritus podían encontrar objetos perdidos, espiar a los enemigos y, de cuando en cuando, influir en el clima.

Dos poderosas brujas, Mekare y Maharet, vivían en comunión con los espíritus, en un hermoso valle, junto al monte Carmelo. Uno de esos espíritus, el grande y poderoso Amel, entre otras maldades de las que era capaz, podía robarles la sangre a los seres humanos. En pequeñas cantidades, la sangre pasaba a formar parte del misterio alquímico de ese espíritu, aunque nadie sabía bien cómo ocurría.

Pero Amel amaba a Mekare y siempre anhelaba servirle. Ella lo consideraba de un modo en que ninguna otra bruja lo había hecho antes y él la amaba por ello.

Un día, llegaron tropas enemigas, los ejércitos de la poderosa reina Akasha de Egipto. Akasha iba en busca de las brujas porque codiciaba sus conocimientos, sus secretos. La malvada monarca destruyó el valle y las aldeas de Mekare y Maharet, tras lo cual se llevó a las hermanas, por la fuerza, a su reino.

Amel, el furioso espíritu familiar de la bruja Mekare, se propuso castigar a la Reina. Cuando Akasha agonizaba, apuñalada una y otra vez por conspiradores pertenecientes a su propia corte, Amel entró en su cuerpo y, fundiéndose con él y con su sangre, le otorgó una potente vitalidad aterradora. Esa unión produjo el nacimiento de una nueva entidad en el mundo: el vampiro, el bebedor de sangre. A lo largo de los milenios, los vampiros del mundo entero han nacido de la sangre de Akasha, la gran reina vampira. La forma en que se producía la procreación era el intercambio de sangre.

Para castigar a las gemelas, que se oponían a la Reina y a su nuevo poder, Akasha cegó a Maharet y arrancó la lengua a Mekare, pero antes de que pudiera ejecutarlas, el mayordomo de la Reina, Khayman, que acababa de ser transformado en vampiro, transfirió a las hermanas la poderosa Sangre.

Khayman y las gemelas encabezaron una rebelión contra Akasha, pero no consiguieron acabar con su culto de dioses bebedores de sangre. Finalmente, las gemelas fueron capturadas, separadas y exiliadas. Maharet fue desterrada en el mar Rojo y Mekare en el gran océano del oeste. Maharet pronto alcanzó costas conocidas y consiguió rehacerse, pero Mekare, llevada por el océano hacia tierras aún sin descubrir y carentes de nombre, desapareció de la historia. Esto sucedió hace seis mil años.

La gran reina Akasha y su esposo, el rey Enkil, enmudecieron durante dos mil años. Fueron conservados en forma de estatuas en un santuario custodiado por ancianos y sacerdotes que creían que Akasha tenía el Germen Sagrado y que, si era destruida, todos los bebedores de sangre del mundo morirían con ella.

Para cuando llegó la Era Común, la historia de la Génesis de la Sangre había caído totalmente en el olvido. Solo unos pocos inmortales antiguos transmitían la historia, aunque no creían en ella ni siquiera mientras la contaban. Con todo, los dioses de sangre, los vampiros devotos de la religión antigua, aún reinaban en los altares del mundo entero. Apresados en árboles huecos o en celdas de ladrillo, esos dioses aguardaban, sedientos de sangre, el momento de las celebraciones sagradas, cuando les llevaban ofrendas: malhechores a los cuales juzgar y condenar, y con los cuales darse un festín.

En los albores de la Era Común, un anciano, uno de los guardianes de los Padres Divinos, llevó a Akasha y a Enkil al desierto y los abandonó ahí para que el sol los destruyera. En todas partes del mundo murieron jóvenes bebedores de sangre calcinados en sus ataúdes, en sus santuarios o donde estuvieran en el momento en que el sol brilló sobre Madre y Padre. Pero Madre y Padre eran demasiado poderosos para morir. Y con ellos sobrevivieron muchos de los bebedores de sangre más antiguos, aunque con graves quemaduras y grandes padecimientos.

Un bebedor de sangre de reciente conversión, un sabio y erudito romano llamado Marius, viajó a Egipto para recuperar al Rey y a la Reina y ponerlos a salvo, con el fin de que ningún otro holocausto volviera a asolar el mundo de los no-muertos. Desde entonces, Marius se impuso a sí mismo, como responsabilidad sagrada, proteger a Madre y a Padre. La leyenda de Marius y Los-Que-Deben-Ser-Guardados pervivió durante casi dos mil años.

En 1985, todos los no-muertos del mundo conocían la historia de la Génesis de la Sangre. Que la Reina vivía y contenía el Germen Sagrado era una parte de esa historia. El relato aparecía en un libro escrito por el vampiro Lestat, quien además contaba esa historia en las canciones y danzas de sus películas, así como en el escenario, como cantante de rock, animando al mundo a conocer y destruir a los de su propia estirpe.

La voz de Lestat despertó a la Reina de su silencio y duermevela milenarios. Akasha despertó con un deseo: dominar el mundo de los seres humanos mediante la crueldad y las matanzas, y convertirse en su Reina del Cielo.

Pero las gemelas se alzaron otra vez para detener a Aka­sha, puesto que también ellas habían oído las canciones de Lestat. Maharet pidió a la Reina que pusiera fin a la supersticiosa tiranía de la sangre. Mekare, que había estado perdida durante mucho tiempo, se alzó de la tierra tras indecibles eones, decapitó a la gran Reina y tomó para sí el Germen Sagrado al devorarle el cerebro mientras agonizaba. De este modo, con la protección de su hermana, Mekare se transformó en la nueva Reina de los Condenados.

Lestat volvió a escribir la historia. Él lo había presenciado. Había visto el traspaso del poder con sus propios ojos y dio testimonio de ello a todo el mundo. Los mortales no prestaron atención a sus «ficciones», pero los relatos de Lestat conmovieron al reino de los no-muertos.

Así fue como la historia de los orígenes y las antiguas batallas, de los poderes y las debilidades de los vampiros, de las guerras por el control de la Sangre Oscura se convirtió en una tradición de la tribu de los no-muertos en todas las latitudes. Ese conocimiento pasó a manos de ancianos que habían permanecido dormidos durante siglos en cuevas o tumbas, de jóvenes procreados sin legitimidad en selvas y pantanos, y que jamás habían soñado con sus antecesores. Ese conocimiento pasó a manos de supervivientes sigilosos y prudentes que habían permanecido recluidos largo tiempo. Saber que compartían un vínculo común, una común raíz, se convirtió en un legado de todos los bebedores de sangre del mundo.

El príncipe Lestat es la historia de cómo ese conocimiento transformó a la tribu de los vampiros y cambió su destino para siempre. A causa de una crisis, la tribu se unió y suplicó a Lestat que fuera su líder.

El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida explora con mayor profundidad la historia de los vampiros cuando, bajo el gobierno de Lestat, la tribu hace frente al mayor de los retos que ha afrontado en toda su existencia.

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La jerga de la Sangre

Al escribir sus libros, el vampiro Lestat utilizó una cantidad de términos que había aprendido de otros bebedores de sangre a quienes había conocido a lo largo de su vida. Esos vampiros que contribuyeron a la obra de Lestat escribiendo sus recuerdos y experiencias añadieron palabras de su propia cosecha, algunas de ellas mucho más antiguas que las que habían sido reveladas a Lestat. He aquí una lista de esos términos que en la actualidad son de uso corriente entre los no-muertos de todo el mundo.

La Sangre. Cuando la palabra aparece en mayúsculas se refiere a la sangre vampírica, transferida del maestro al neófito mediante un intercambio profundo y con frecuencia peligroso. Estar «en la Sangre» significa que se es un bebedor de sangre. El vampiro Lestat llevaba más de doscientos años en la Sangre cuando comenzó a escribir sus libros. El gran vampiro Marius, por ejemplo, lleva más de dos mil años en la Sangre.

Bebedor de sangre. La expresión más antigua para referirse a un vampiro. Era el término que usaba Akasha y que ella más tarde intentó reemplazar por la expresión «dios de sangre» para quienes seguían su camino espiritual y su religión.

Esposa o esposo de Sangre. La pareja de un vampiro.

Hijos de los Milenios. Expresión que se refiere a los inmortales que han vivido más de mil años y, más precisamente, a quienes han sobrevivido más de dos milenios.

Hijos de la Noche. Expresión de uso corriente para referirse a todos los vampiros, a quienes están en la Sangre.

Hijos de Satán. Término que designa a los vampiros de la antigüedad tardía y épocas posteriores, quienes creían que realmente eran hijos del Demonio y que servían a Dios sirviendo al Diablo, alimentándose de la raza humana. Su concepción de la vida era penitencial y puritana. Se negaban a sí mismos todo placer, con excepción de beber sangre y de la celebración ocasional de algún sabbat (una gran reunión) en el que se entregaban al baile. Vivían bajo tierra, a menudo en catacumbas o sótanos mugrientos y lúgubres. Desde el siglo XVIII no ha habido noticias de los Hijos de Satán y lo más probable es que la secta haya desaparecido.

El Don del Fuego. Es la capacidad de los vampiros antiguos de usar sus poderes telequinésicos para hacer arder la materia. Con el solo poder de sus mentes son capaces de quemar madera, papel o cualquier otra sustancia inflamable. Además, pueden quemar a otros vampiros haciendo arder la Sangre de sus cuerpos, hasta reducirlos a cenizas. Solo los vampiros más antiguos poseen este poder, pero nadie sabe cuándo ni cómo un vampiro lo adquiere. Un bebedor de sangre muy joven creado por un vampiro antiguo podría poseer ese poder de inmediato. Para hacer arder un objeto, es necesario que el vampiro vea lo que desea quemar. En resumen, ningún vampiro puede hacer arder a otro si no puede verlo, si no está lo bastante cerca como para dirigir su poder hacia él.

El Don de la Mente. Término vago e impreciso para referirse a diferentes poderes sobrenaturales de la mente vampírica. Gracias al Don de la Mente, un vampiro puede saber cosas del mundo exterior aun cuando esté durmiendo bajo tierra. Mediante el uso consciente del Don de la Mente puede escuchar telepáticamente los pensamientos de mortales e inmortales. Además, un bebedor de sangre puede utilizar el Don de la Mente para proyectar imágenes en las mentes ajenas. Por último, también puede emplear el Don de la Mente para destrabar una cerradura, abrir una puerta o parar un motor de forma telequinésica. Como ocurre con otras capacidades, los vampiros desarrollan este don de forma lenta y gradual, y solo los más antiguos pueden violentar las mentes ajenas con el fin de sacarles información o enviar una onda expansiva telequinésica para reventar el cerebro y las células sanguíneas de otro bebedor de sangre o de un ser humano. Un vampiro es capaz de oír y ver a muchos otros vampiros de todo el mundo, pero para poder destruirlo mediante sus poderes telequinésicos necesita estar cerca de la supuesta víctima.

El Don de la Nube. Se trata de la capacidad, que poseen los vampiros más antiguos, de desafiar la gravedad, elevarse y moverse por las capas superiores de la atmósfera para recorrer con facilidad grandes distancias aprovechando los vientos, sin ser vistos por quienes están en tierra. No es posible decir cuándo un vampiro adquirirá esa habilidad; puede que el deseo de poseerla obre esa maravilla. Todos los vampiros realmente antiguos la poseen, lo sepan o no. Algunos de ellos desprecian ese poder y jamás lo utilizan, a menos que se vean obligados.

El Don de la Seducción. Nombre que se le da al poder que poseen los vampiros de confundir, fascinar, cautivar o seducir a los mortales y, en ocasiones, a otros vampiros. Todos los vampiros, incluso los neófitos, tienen este poder en alguna medida, aunque muchos de ellos no saben cómo utilizarlo. El Don de la Seducción supone el intento consciente del vampiro de «persuadir» a su víctima de la realidad de aquello que el vampiro desea que la víctima acepte. El Don de la Seducción no esclaviza a la víctima, sino que la confunde y la engaña. Este poder también depende del contacto visual. No es posible ejercerlo a distancia. En realidad, la mayoría de las veces exige un contacto mediante la palabra, además de la mirada, y con seguridad implica la utilización, en cierta medida, del Don de la Mente.

El Don Oscuro. Término para referirse al poder vampírico. Cuando un maestro confiere la Sangre a un neófito, le está otorgando el Don Oscuro.

El Germen Sagrado. Se refiere al núcleo cerebral o fuerza vital rectora del espíritu Amel, que se encuentra en el interior del vampiro Lestat. Antes de Lestat, el Germen Sagrado estuvo dentro de Mekare. Antes de pasar a Mekare, había estado en la vampira Akasha. Se cree que todos los vampiros del planeta están conectados al Germen Sagrado mediante una suerte de red o sistema de tentáculos invisibles. Si destruyeran al vampiro que contiene el Germen Sagrado, también morirían todos los demás vampiros del mundo.

El Jardín Salvaje. Expresión empleada por Lestat para referirse al mundo según su convicción de que las únicas leyes genuinas del universo son las leyes estéticas, aquellas que rigen la belleza natural que podemos ver a nuestro alrededor en todo el mundo.

El Pequeño Sorbo. Expresión que designa al acto de robarle sangre a una víctima mortal sin que esta lo sepa ni se percate de ello ni muera a consecuencia del hecho.

El Truco Oscuro. Se refiere al acto de crear un nuevo vampiro. Realizar el Truco Oscuro es extraerle la sangre al neófito y reemplazarla con la propia Sangre cargada de poder.

Hacedor. Término sencillo que designa al vampiro que inicia a otro en la Sangre. Se lo va reemplazando lentamente por el término «mentor». En ocasiones también se llama «maestro» al hacedor. Sin embargo, esa costumbre ha caído en desuso. En muchas partes del mundo se considera un gran pecado alzarse contra el propio maestro o intentar destruirle. Un hacedor no puede oír los pensamientos de su neófito, ni viceversa.

La Asamblea de los Eruditos. Expresión perteneciente a la jerga moderna popular entre los no-muertos para referirse a los vampiros que aparecen en las Crónicas Vampíricas, especialmente a Louis, Lestat, Pandora, Marius y Armand.

La Primera Generación. Son los vampiros que descienden de Khayman y que se rebelaron contra la reina Akasha.

La Reina de los Condenados. Expresión utilizada por Maharet para referirse a su hermana, la vampira Mekare, después de que esta tomara para sí el Germen Sagrado. La expresión era irónica, puesto que Akasha, la Reina derrocada que pretendía dominar el mundo, se refería a sí misma como Reina del Cielo.

La Sangre de la Reina. Se refiere a los vampiros creados por la reina Akasha para seguir su senda en la Sangre y combatir a los rebeldes de la Primera Generación.

La Senda del Diablo. Término medieval usado por los vampiros para referirse al camino que sigue cada uno de ellos en este mundo. Se trata de una expresión popular entre los Hijos de Satán, quienes consideraban que servían a Dios sirviendo al Diablo. Recorrer la Senda del Diablo era vivir como un ser inmortal.

Los no-muertos. Expresión corriente para referirse a los vampiros, sin importar su edad.

Neófito. Un vampiro nuevo, muy joven en la Sangre. También se refiere a la descendencia en la Sangre de un vampiro particular. Por ejemplo, Louis es neófito de Lestat. Armand es neófito de Marius. Maharet es neófita de su hermana gemela Mekare. Mekare es neófita de Khayman y este es neófito de Akasha.

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Proemio

En mi sueño veía una ciudad que se hundía en el mar. Oía los gritos de miles de seres. Era un coro tan poderoso como el viento y las olas, un coro de voces agonizantes. Las llamas eran más brillantes que las luces del cielo. Y todo el mundo se estremecía.

Me desperté en la oscuridad, en la cripta en la cual había dormido, incapaz de abandonar el ataúd por temor a que el sol poniente abrasara a los vampiros más jóvenes.

Ahora yo era la raíz de la gran enredadera vampírica de la cual una vez no fui más que una exótica flor. Ahora, si me cortaban, me herían o me quemaban, todos los demás vampiros de la enredadera también lo sufrirían. ¿Se resentiría la propia raíz? La raíz piensa, siente y habla cuando desea hablar. Y siempre ha sufrido. Yo me había ido dando cuenta gradualmente de ello, de cuán profundo es el sufrimiento de la raíz.

Sin mover los labios le pregunté:

«Amel, ¿qué ciudad era esa? ¿De dónde ha salido ese sueño?»

Amel no me respondió, pero yo sabía que estaba ahí. Podía sentir la cálida presión en mi nuca que siempre indicaba que Amel se encontraba ahí, que no se había marchado por las múltiples ramas de la gran enredadera para soñar con otro.

Volví a ver la ciudad agonizante. Podría haber jurado que oí su voz clamando en medio de la destrucción de la ciudad.

«Amel, ¿qué significa este sueño? ¿Qué ciudad es esta?»

Yacimos juntos en la oscuridad durante una hora. Solo después sería seguro abrir la tapa del ataúd y salir de la cripta para ver el cielo del otro lado de las ventanas, cubierto de estrellas diminutas y seguras. Nunca me han consolado mucho las estrellas, a pesar de que me he referido a nuestra estirpe como hijos de la luna y de las estrellas. Somos los vampiros del mundo y nos he llamado de muchas formas.

«Amel, respóndeme.»

Olor a satén, a madera vieja. Me gustan las cosas antiguas y venerables, los ataúdes acolchados para el sueño de los muertos. Y el aire pesado y cálido a mi alrededor. ¿Por qué no habrían de encantarle esas cosas a un vampiro? Esta es mi cripta de mármol, mi lugar; estas son mis velas. Esta es la cripta que está debajo de mi castillo, mi hogar.

Creí oírlo suspirar.

­«Entonces sí que lo has visto, también lo has soñado.»

«Yo no sueño cuando tú lo haces —respondió. Estaba enfadado—. No estoy aquí, confinado, mientras duermes. Voy a donde yo quiero.»

¿Eso era cierto?

Pero Amel lo había visto y ahora yo veía la ciudad brillando otra vez en el momento mismo de su destrucción. De pronto era como si viera miles de almas de muertos liberadas de sus cuerpos, elevándose en forma de vapor. Amel lo estaba viendo. Yo lo sabía. Y él lo había visto cuando yo soñaba con ello.

Después de un momento me dijo la verdad. He aprendido a reconocer el tono de su voz secreta cuando admite la verdad.

«No sé lo que es —dijo—. No sé qué significa. —Otro suspiro—. No quiero verlo.»

La noche siguiente y la noche que siguió a aquella, Amel repitió lo que había dicho. Y cuando recuerdo esos sueños me pregunto cuánto tiempo habremos estado sin saber nada de ello. ¿Nos habría ido mejor si jamás hubiéramos descubierto el significado de lo que habíamos visto? ¿Habría importado?

Para nosotros todo ha cambiado y, sin embargo, aún no ha cambiado nada, y las estrellas, del otro lado de las ventanas de mi castillo sobre la colina, no nos revelan nada. Pero es que jamás lo hacen, ¿verdad? Estamos condenados a ver formas en las estrellas, a darles nombres, apreciar sus posiciones en lenta mutación, sus cúmulos. Pero las estrellas nunca nos dicen nada.

Amel era sincero al decir que no sabía. Pero el sueño había despertado el miedo en su corazón. Y cuanto más soñaba yo con esa ciudad que se hundía en el mar, más seguro estaba de oír su llanto.

Tanto durante el sueño como en horas de vigilia, Amel y yo estábamos unidos de una manera única. Yo lo amaba y él a mí. Y entonces yo sabía, como sé ahora, que el amor es la única defensa ante el gélido sinsentido que nos rodea, el Jardín Salvaje, con sus gritos y sus canciones, y el mar, el mar eterno, más dispuesto que nunca a tragarse todas las torres creadas por los humanos para alcanzar el cielo. Dice el apóstol que el amor todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo supera: «... y el más grande de todos es el amor».

Yo así lo creía, como creo en el viejo mandamiento del santo poeta que cientos de años después del apóstol escribió: «Ama y haz lo que quieras.»

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Primera parte

Espías en el jardín salvaje

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1

Derek

Llevaban cuatro horas hablando. Si Derek se quedaba muy quieto podía oírlos perfectamente. A estas horas, sobre su cabeza, la avenida Andrássy era puro ruido, con sus bares y librerías, pero esta húmeda mansión de cámaras ocultas en el sótano permanecía en silencio. ¿Y qué más podía hacer Derek salvo escuchar?

Derek era un varón alto, con la tez oscura y unos ojos grandes que lo hacían parecer eternamente joven y vulnerable. Tenía el cabello negro y ondulado, le llegaba hasta debajo de los hombros y lo llevaba partido al medio. Un ancho mechón rubio, inconfundible, más dorado que amarillo, le surgía de la raya del pelo y le caía sobre la mitad izquierda del rostro. Vestía una camisa fina y vieja, sucia de tierra, y los mismos pantalones de vestir negros que llevaba hacía diez años, cuando lo capturaron. Escuchaba sentado en su catre, en un rincón de su calabozo, de espaldas al muro, con los brazos cruzados y la cabeza gacha.

Roland, el malvado propietario de la casa y de los calabozos que eran su prisión, hablaba sin parar. El invitado era un anciano de nombre Rhoshamandes que hablaba con vehemencia sobre alguien llamado «el Príncipe», a quien deseaba destruir. ¿Cuántos bebedores de sangre había? Otros llegaban a la casa de cuando en cuando, pero ninguno se quedaba en ella. También ellos habían mencionado al Príncipe. Derek escuchaba, aunque sin esperanzas.

Rhoshamandes era poderoso, Derek podía oír a ese bebedor de sangre por su voz y en el palpitar de su corazón. Muy posiblemente era más viejo que Roland, mucho más, pero él y Roland eran amigos. Rhoshamandes emocionaba a Roland. Para él era una especie de privilegio que ahora el legendario vampiro buscara su consejo.

Roland, el bebedor de sangre que había capturado a Derek años atrás, lo había embaucado para que abandonara la ópera y lo había encerrado en esa celda, en unas mazmorras debajo de la ciudad de Budapest. Bajaba al menos una vez por semana a beberle la sangre y a mofarse de él. Roland era alto, huesudo y lastimosamente enjuto. Llevaba el pelo, largo y cano, recogido con una horquilla de bronce en la base de la nuca, desde la cual un mechón blanco le caía por la espalda. Tenía los ojos más crueles que Derek había visto en toda su vida y al hablar sonreía, gesto que confería a sus comentarios más desagradables un aire decididamente siniestro.

Derek había tenido años para estudiar a Roland. Parecía ir siempre vestido de etiqueta y a la moda, con finas ropas de terciopelo oscuro: esmoquin con solapas de raso, chalecos de seda con bordados brillantes y camisas almidonadas, con puños y cuellos tan rígidos que parecían de cartón. Más allá de los bajos de los pantalones plisados, sus botas de charol negro parecían simples zapatos de vestir y lucía una bufanda con flecos eternamente enrollada en el cuello. Roland extraía la sangre a Derek sin jamás derramar una gota. Llevaba unos guantes tan finos que casi dejaban ver sus huesudos nudillos; y el rostro cadavérico, con esos grandes ojos grises, era la imagen misma de la arrogancia y el sarcasmo.

Además de Roland estaba Arion, de piel negra y brillante, un vampiro que había sido herido y abrasado, un devastado testigo de la destrucción de su hogar en la costa italiana. Arion era mucho más joven «en la Sangre» que Roland, y durante meses había bebido de Derek cada noche. Ahora, sin embargo, lo hacía solo algunas veces por semana. Había llegado a casa de Roland envuelto en harapos y este lo había confortado y ayudado a recobrarse. Roland había cuidado de su alma hasta su recuperación mientras hablaban en griego antiguo, una lengua de la época en que Roma dominaba el mundo y en la que, al parecer, todo era mejor. Ya, mejor. Se podía perdonar a los seres humanos por creer semejante insensatez, pero ¿cómo disculpar a los inmortales que habían vivido en esa época?

Arion tenía un carácter afable y en el fondo de su corazón sentía pena por Derek, quien la percibía siempre que Arion bebía de él. De cuando en cuando le traía fruta y buen vino de regalo. Derek veía la historia y el sufrimiento de Arion en visiones fugaces: un gran chalet ardiendo junto al mar; jóvenes bebedores de sangre destruidos por el fuego; una bebedora de sangre pelirroja abrasada hasta morir, su pelo rojo en llamas desvaneciéndose en el fuego. Arion había sido el único superviviente de la profanación de su hogar y de la masacre de sus compañeros más antiguos. Había buscado refugio en Roland y este había intentado infundirle el valor para «seguir adelante».

La piel de Arion era ciertamente negra como el carbón y tenía unos ojos serios y pensativos, de un verde tan claro que parecían amarillos. Su pelo era una mata de cortísimos y sedosos rizos negros, y su rostro le recordaba a Derek el de un querubín. Cuando llegó, tenía la piel marcada, cubierta de cicatrices blancas y rosadas, y el cuello y el pecho gravemente quemados, pero se estaba recuperando rápidamente. Además, Derek tenía la impresión de que la piel de Arion se iba oscureciendo, aunque no comprendía por qué.

Esa tarde, el poderoso Rhoshamandes le había dado a Arion su sangre antigua y sanadora. Así eran las costumbres de estos seres: ofrecer la sangre propia a un anfitrión o un huésped herido, intercambiar sangres la primera vez que se alojaban bajo un techo ajeno; ofrecían su sangre tal como antaño los humanos habían ofrecido a sus semejantes comida y bebida, refugio y hospitalidad.

Cuando bebían, los bebedores de sangre abrían sus mentes lo quisieran o no, y lo mismo le ocurría a Derek cuando ellos bebían de él. De este modo habían aprendido ellos todo lo que sabían sobre Derek, a pesar de que él intentaba ocultarlo con desesperación.

¿En qué podía beneficiarlos conocer sus secretos más íntimos? No lo sabía, pero Derek les ocultaba todo y siempre lo haría.

No estarás aquí para siempre, pensaba en silencio. Algún día, cuando estos monstruos nocturnos estén dormidos e indefensos, saldrás de aquí y encontrarás a los demás. Si tú estás vivo, ellos también tienen que estarlo.

Cerraba los ojos y veía sus caras tal cual las recordaba. Los había buscado durante la mayor parte del siglo veinte. Esta era su tercera «vida» deambulando por la Tierra, en busca del más mínimo rastro de sus compañeros. Pero esta era una época muy especial y Derek había entrado en el siglo veintiuno con más esperanzas, aún, de encontrar a los otros... todo para acabar cazado por ese monstruo bebedor de sangre.

Ahora lloraba otra vez. Eso no era bueno. No podía oír lo que decían ahí arriba. Respiró hondo y, una vez más, aguzó el oído.

El Príncipe, a quien Rhoshamandes detestaba, era un bebedor de sangre joven e indigno llamado Lestat. Lestat le había hecho a Rhoshamandes algo terrible: primero le había cortado la mano izquierda y después todo el brazo. Se lo habían reimplantado, puesto que eso era algo posible en los bebedores de sangre, pero Rhoshamandes nunca pudo perdonar la ofensa ni otorgarle «el perdón», porque a todos lados donde iba, llevaba consigo la marca de Caín.

Derek sabía lo que era la marca de Caín. Tras su último despertar, lo había instruido un pobre sacerdote de Perú quien, en una aldea agrícola no muy diferente de aquella que Derek había abandonado hacía miles de años para dirigirse hacia las cuevas heladas de las cimas de las montañas, le había enseñado cómo funcionaba el mundo. Derek había aprendido al detalle la religión de aquel hombre y había leído muchas veces las escrituras, en español. No había bajado a las ciudades de Sudamérica hasta la mitad del siglo y le había llevado décadas aprender la gran literatura de la época en español, portugués e inglés. Esta última había demostrado ser la lengua más útil en sus viajes por Norteamérica y Europa.

Roland le había bajado a su prisión libros que Derek leía una y otra vez. La Biblia de Martín Lutero, la Enciclopedia Británica, una copia bilingüe en alemán e inglés del Fausto de Goethe, las obras de Shakespeare volcadas en muchos volúmenes pequeños y ajados, algunos en alemán, otros en inglés, otros en idiomas diferentes; novelas de Tolstói en ruso, una novela francesa titulada Madame Bovary y cuentos de espías de la época actual.

Libros sobre la ópera. A Roland le encantaba la ópera. Por eso se había construido ese refugio a pocas calles del teatro. Libros de cuentos sobre la ópera, sí, los apilaba en el suelo para Derek. Pero la música de esas óperas era algo que casi había olvidado; había escuchado y visto solo un puñado de representaciones, vívidas y hermosas, antes de que Roland lo atrajera a esa trampa. Para Derek la ópera había sido un descubrimiento tardío y uno de los más emocionantes que había hecho.

Derek podía aprender un idioma en minutos, de modo que sabía más alemán y francés que nunca gracias a los libros, pero le molestaba ignorar cómo sonaba el ruso. Roland hablaba inglés casi todo el tiempo, aun cuando no hablaba con Derek, quien le había hablado en inglés en el momento de su captura. La lengua preferida de Arion también era el inglés, y lo mismo ocurría con Rhoshamandes, quien había vivido en Inglaterra, en una gran casa aparentemente muy parecida a la de su cautiverio actual, aunque en un lugar muy solitario de la costa. El flexible inglés, el idioma del mundo.

Era obvio que los bebedores de sangre despreciaban a Rhoshamandes. Había asesinado a uno de los antiguos. Y había culpado a Amel. Amel. ¡Ahí estaba otra vez ese nombre, Amel!

La primera vez que ese nombre había surgido en la mente de Roland, Derek no lo había podido creer. Amel. ¿Era esa la razón de su cautiverio? ¿O la mención de ese nombre no era más que una coincidencia?

La mente de Derek viajó al pasado, lejos, al mismísimo comienzo, a la instrucción que les habían dado los Progenitores antes de venir a este planeta.

«Ahora tienes una mente de mamífero y te descubrirás buscando un sentido donde no lo hay, patrones donde no hay patrones. Es algo propio de los mamíferos. Es solo una de las múltiples razones por las que te enviamos...»

Derek cerró los ojos. Para. ¡Concéntrate en lo que están diciendo ellos! Olvídate de los Progenitores. Puede que jamás vuelvas a verlos... ni a ninguno de los otros, tus amados compañeros.

Rhoshamandes se estaba enfadando, y mucho.

—Nueva York, París, Londres, allí donde voy me juzgan, me maldicen. Me desprecian, jóvenes y ancianos. ¡No se atreven a hacerme daño, pero se mofan de mí a sabiendas de que yo no les haré daño a ellos!

—¿Por qué no los castigas? —le preguntó Roland—. ¿Por qué no les das una lección a algunos de ellos? Pasaría de boca en boca y...

—Y otra vez los grandes vendrán a visitarme, ¿no? ¡El gran Gregory Duff Collingsworth y la gran Sevraine! Podría derrotar fácilmente a cualquiera de ellos por separado, pero no puedo con dos ni con tres de ellos a la vez. Además, ¿qué sucedería? ¿Volverían a llevarme a la rastra ante el Príncipe? Mientras Amel esté en su interior es intocable. Y yo no quiero volver a quedar como antes. ¡Quiero que me dejen en paz!

La voz de la criatura se quebró al decir «paz». Y ahora, con esa voz quebrada, suave y ligeramente arrastrada, le confesó a Roland que su compañero de tanto tiempo, Benedict, lo había dejado tras culparlo de todo y había desaparecido.

—Creo que está con ellos, en esa corte que tienen, en Francia, o viviendo en París... —Hizo una breve pausa y añadió—: Sé que está en esa corte. Me duele el admitirlo. Está viviendo con ellos.

—Bueno, yo no soy tu enemigo, ya lo sabes —dijo Roland—. En mis dominios eres bienvenido siempre que lo desees y por el tiempo que desees quedarte. —Hizo una pausa de un minuto y luego prosiguió—: No quiero problemas con este nuevo régimen, con este Príncipe y sus ministros. Quiero que las cosas sigan como estaban.

—¡Lo mismo quiero yo, pero en estas circunstancias no puedo seguir adelante! —dijo Rhoshamandes—. ¡Debo hablar con ellos y resolverlo! Me tienen que absolver del todo para que no me persigan ni me acosen en cada lugar a donde voy.

—¿Eso es realmente lo que quieres?

—No soy un guerrero, Roland. Nunca lo he sido. Si Amel no me hubiera seducido, jamás habría matado a la gran Maharet. ¡No tenía ningún problema con ella! No tenía ningún problema con ella hace miles de años, cuando me convertí en guerrero sagrado de la Reina. No me importaba por qué luchábamos. Me aparté tan pronto como pude. Amel me sedujo, Roland. Me convenció de que estábamos todos en peligro, después todo lo que intenté fracasó y ahora estoy a merced del juicio del Príncipe, y Benedict me ha abandonado. Me desprecian en todas partes. Para mí no hay descanso, Roland.

—Ve y habla con ellos —le sugirió Roland—. Si hubieran querido destruirte ya lo habrían hecho.

—Me han ordenado que no me acerque —dijo Rhoshamandes—. La mayoría de mis neófitos me son leales. Ahora Allesandra vive conmigo. Tú no la conociste. Ella me trajo las inequívocas advertencias de ellos. «¡No te acerques!» Los demás van y vienen llevando consigo la misma advertencia.

—Es razonable que los inquietes, Rhosh —dijo Roland.

—¿Por qué? ¿Qué podría hacerles?

—Te temen.

—No tienen por qué.

Se produjo otra pausa.

—Odio al Príncipe —dijo Rhoshamandes al cabo, con voz grave y resonante—. ¡Lo odio! Lo destruiría si pudiera arrancarle a Amel. ¡Lo quemaría hasta...!

—Y por eso te temen —apostilló Roland—. Eres un enemigo que no puede perdonarles el que hayan triunfado. Y lo saben. Por lo tanto, ¿qué es lo que quieres realmente?

—Ya te lo he dicho: una audiencia. Quiero mi absolución total. Quiero que ordenen a la manada, a la turba, a esa gentuza, que deje de acosarme e insultarme. Quiero dejar de temer que un antiguo bebedor de sangre rebelde me haga estallar en llamas por lo que hice.

Silencio.

Voces lejanas que llegaban débilmente desde el bulevar, allá arriba. Derek se lo imaginaba, tal como había hecho miles de veces: los grandes cafés brillantemente iluminados, atestados de mesas repletas, el paso de los coches.

—Esta noche, cuando he entrado en la ópera, sabía que estarías aquí —dijo Rhoshamandes—. Nunca he venido a la ópera de Budapest sin que tú estuvieras cerca, en algún lugar. Y, Roland, ¡yo te temía!

—No hay ninguna razón para ello —respondió Roland—. Yo no me inclino ante el Príncipe. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Crees que soy el único que no lo reconoce? Hay otros como yo en todo el mundo. No lo despreciamos, pero no lo amamos. Queremos que nos dejen en paz.

—Sí, ahora ya lo sé, pero ¿imaginas lo que es temer encontrarte en cada recodo con un bebedor de sangre que no respete la orden de alejamiento del Príncipe y se produzca una pelea? ¡Detesto luchar, Roland! Lo detesto. Confía en mí cuando te digo que la gran Maharet estaba dispuesta a morir. Si no hubiera sido así, yo jamás podría haberla matado. No es lo mío ir por ahí asesinando a otros bebedores de sangre. ¡Nunca lo ha sido! Y sin Benedict... sin Benedict...

—Crees que si te concedieran una audiencia, si te escucharan, si te invitaran a la Corte y te incluyeran en su círculo de confianza, Benedict podría volver.

Era evidente que lo dicho era tan importante para aquel a quien llamaban Rhosh que este ni siquiera respondió.

—Bueno, Rhosh, escucha —dijo Roland—. Es posible que tenga algo que pueda ayudarte. Pero se trata de un secreto, uno muy poderoso y no lo compartiré contigo a menos que hagas un juramento solemne. Jura ante mí que jamás divulgarás lo que me propongo compartir contigo y te lo revelaré. Y es posible que sea algo que tú y yo podamos entregarle al Príncipe a cambio de lo que quieras. Creo que este Príncipe tiene el poder de enmendar tu situación. Al parecer, los más jóvenes en la Sangre lo adoran. He oído que llegan a su corte en multitudes, desde cada rincón de Europa. Parece que todo el mundo de los no-muertos clama por su amor.

—Ah, es verdad, desde luego, pero quienes gobiernan son Gregory, Sevraine, Seth y ese rencoroso de Marius, ese mentiroso, ese tramposo, ese romano sigiloso y santurrón que...

—Ya. Pero todos ellos querrán saber este secreto, especialmente Seth y su médico neófito, Fareed; y Seth es más antiguo que tú, Rhosh, y más antiguo que la gran Sevraine.

—Seth no es más antiguo que Gregory —dijo Rhosh.

—¿Cómo es Seth? —preguntó Roland.

—Nadie lo sabe, ni siquiera Fareed. Es hijo de la gran Akasha, de eso no hay duda. Y se dice que no le confía sus pensamientos secretos a nadie y afirma ser nada más que un sanador. Dice que solo hace entrar en la Sangre a otros sanadores para que podamos ser estudiados y comprendidos.

—Eso no me gusta —dijo Roland—. No puede salir nada bueno de estudiar la Sangre. Pero esa es una razón más por la que Seth deseará conocer este secreto.

—¿A qué te refieres? ¿Cuál es ese secreto?

—¿Juras que reflexionarás sobre este secreto y que, si no te interesa, no traicionarás mi confianza?

—Por supuesto, lo juro, Roland —dijo el otro con evidente sentimiento—. Roland, en el mundo entero... salvo por mi Allesandra y mi Eleni... eres el único de nosotros que me ha demostrado amor.

—Siempre te he querido, Rhosh. Siempre —dijo Roland—. Fuiste tú quien me alejó, hace mucho tiempo. Lo entendí. Nunca te lo he reprochado. Pero seguramente también te han querido otros.

Rhosh lanzó una amarga exclamación de sorna.

—De verdad, tú sabes que te han querido —dijo Roland—. Pero ¿lo juras?

—Lo juro.

—Entonces ven, te mostraré la moneda de cambio, como suele decirse.

Sillas arrastradas por el suelo de madera. Pasos, ahí arriba y sí, sí, por supuesto, ¡yo soy la moneda de cambio, como suele decirse!

Derek oyó cómo se abría la cerradura, el chirrido de los goznes y los pasos, más suaves, en la espiralada escalera de piedra. Los pasos se oían cada vez más cerca.

—¿Cuántos años tiene este calabozo? —preguntó Rhosh en voz baja—. Es incluso más antiguo que mi casa junto al mar.

—Oh, esto tiene una historia, igual que los siglos que viví aquí antes de subir a la ciudad. Te lo contaré todo una de estas noches.

Habían llegado a la puerta. Derek volvió su rostro hacia la pared. Se subió la manta hasta encima de los hombros y comenzó a llorar otra vez sin poder contenerse.

Uno de los pestillos se deslizó, luego rechinaron las bisagras, a las que siempre faltaba aceite.

Roland encendió de un manotazo la única bombilla, pequeña, mugrienta, metida en una especie de jaula que colgaba del techo de piedra, que iluminaba la celda.

—Bueno, es un alojamiento muy acogedor, ¿no? —dijo Rhoshamandes.

—Lo sería mucho más si él cooperara. Le he suministrado luz ilimitada, libros, comida, todo lo que ha pedido. En esta habitación podría disfrutar del consuelo de la música, de la televisión, de todo lo que quisiera. Pero se niega a cooperar. Rehúsa decirme lo que sabe.

¡Cómo detestaba Derek ese tono! Siempre tan suave, tan cortés, como si quisiera decir cosas amables, pero nunca lo eran. Y odiaba aún más la sonrisa burlona que acompañaba a ese tono. No quería verla. Mantuvo la mano derecha apretada contra su cabeza.

Silencio.

Derek sabía que estaban a apenas unos pocos centímetros de su cama.

—No es humano —susurró Rhoshamandes.

—Correcto, no lo es.

Otro silencio en el que el único sonido era el del llanto de Derek.

—Y no permitas que su aparente juventud te engañe —prosiguió Roland, ahora en voz más alta por el enfado y la frustración—. Parece tan inocente, lo sé, y casi dulce. Solo un chico. Pero no es ningún chico. Además, es tan obstinado como yo. Tengo la clara impresión de que lleva en esta tierra mucho más tiempo que tú o que yo.

—¿Y crees que Seth y Fareed lo querrán?

—Si no lo quieren es que son tontos.

—Nunca antes he visto nada ni remotamente parecido.

—Esa es precisamente la idea. Yo tampoco he visto algo así. Y si hay más como él, si hay toda una tribu como él en algún lugar, viviendo en nuestro mundo...

—Ya entiendo.

Derek inspiró profundamente, pero no dijo ni hizo nada que diera a entender que sabía que los tenía delante. Se encogió en su rincón.

Había llevado la cama hasta la esquina del calabozo. Un impulso mamífero, habrían dicho los Progenitores. Pero en este rincón, con la manta cubriendo su cuerpo a medias, Derek se sentía más a salvo, tontamente más a salvo.

Sin embargo, el silencio de los otros dos lo exacerbaba. Se limpió la nariz, levantó la vista para mirar a Rhoshamandes, y lo que vio lo alarmó.

Arriba, en la casa, habían ido y venido otros bebedores de sangre, pero los únicos dos que Derek había conocido eran Roland y Arion. Este nuevo era enormemente diferente, más duro, de superficie más lisa, con un rostro que parecía de mármol viviente y unos ojos que se clavaban en Derek, como si pudieran hacerlo estallar en llamas. Tenía la piel aceitunada y oscura, como Roland, pero se trataba de algo superficial, conseguido mediante una exposición al sol calculada de tal forma que le permitiera hacerse pasar por humano con mayor facilidad. La piel de este ser olía, como había olido siempre la piel de Roland, a luz solar y a tejidos abrasados, a los que se había añadido un suave perfume.

Su cabello era castaño con reflejos dorados y ondulado, y lo llevaba corto. Vestía como Roland, con ropas de etiqueta, de lino asombrosamente blanco y brillantes solapas negras en la chaqueta. Llevaba una larga capa, forrada de piel, que le llegaba hasta el suelo. Uno de sus anillos era un zafiro, otro un diamante y el tercero era de oro antiguo.

Todos se creen príncipes y princesas de la noche, y visten como ellos. Además, beben la sangre de los humanos como si estos fueran animales, como si ellos nunca hubieran sido humanos, y no cabe duda de que alguna vez lo fueron.

Algo los había transformado en lo que eran. Nadie hacía cosas así. Era algo inconcebible.

—No tenéis derecho a retenerme aquí —dijo Derek. Se pasó la lengua por los labios. Encontró su pañuelo bajo la almohada y se limpió la cara—. No importa lo que yo sea, ni lo que seáis vosotros, ¡no tenéis ningún derecho!

Roland le dirigió una sonrisa a Rhoshamandes, esa sonrisa despiadada que Derek había llegado a odiar. Sus ojos grises eran fríos y maliciosos.

—Debe de haber más como él —dijo Roland—. Pero no quiere admitirlo. No los menciona. No me dice quién es ni qué es, ni de dónde viene. Y cuando bebo de él veo los rostros de otros... una mujer y tres hombres. Pero no oigo los nombres por muy profundamente que explore, y no me imagino las respuestas. No me llegan palabras. Cuando lo trajimos tenía un domicilio en Madrid. Ordené a mis abogados que hicieran vigilar el lugar durante todo un año, pero no averiguaron nada. ¿Por qué no bebes tú de él?

—Beber de él —susurró Rhoshamandes, y siguió mirando fijamente a Derek como si hubiera algo horrible en él.

Bueno, ¿qué podía ser? Derek estaba formado con toda exactitud como un varón humano de entre dieciocho y veinte años de edad. Lo habían conformado para resultar atractivo a los seres humanos. Se habría peinado el cabello si le hubieran dado con qué. Se lo habría cortado si le hubiesen dado tijeras. Con todo, no tenía la menor idea de cómo se veía en ese momento, porque no disponía de un espejo. En efecto, en la celda que lo mantenía cautivo no había nada salvo la cama, una mesa junto a ella, una repisa con libros y una nevera pequeña con comida envasada, sosa y poco apetitosa, que solo lo reconfortaba un poco cuando tenía suficiente estómago para comerla.

—¿Por qué no pruebas? —preguntó Roland—. Y bebe todo lo que quieras. Bebe como beberías de cualquier mortal. Bebe todo lo que te apetezca beber.

—¿Qué dices?

—Así es como lo descubrí —respondió Roland—. Bebiendo de él. Lo había señalado como víctima, pero no me percaté de lo que había atrapado hasta que estuvo en mis brazos. Arion también bebe de él. Arion ha bebido mucho de él. Quiero que tú también lo hagas, Rhosh. Creo que quedarás muy sorprendido.

—¿Por qué? ¿Cómo?

El vampiro nuevo tenía un aspecto meticuloso y casi quisquilloso. ¡Pero qué par! ¿Y yo no soy adecuado para convertirme en víctima de este monstruo? Derek sonrió. A punto estuvo de echarse a reír.

Los ojos de Derek conectaron durante un segundo con los de Rhoshamandes, o Rhosh. Y le asombró la compasión de esos ojos azules. Pero Rhosh apartó la mirada, hacia la cama, hacia las paredes, hacia los muebles miserables; hacia cualquier parte menos hacia los ojos de Derek, quien continuaba contemplándolo en silencio.

—No puedes matarlo, Rhosh —dijo Roland—, no importa cuánto bebas. Bebe cuanto quieras, de verdad, tanto como hayas bebido de cualquier otra víctima. Jamás sentirás el paso de la muerte hacia ti porque no morirá. Se quedará inmóvil, sin pulso y sin aliento. Pero cuando empiece a regenerarse su sangre, en una o dos horas, estará igual que ahora. Sano, íntegro.

—Es que no lo entiendes —dijo Rhoshamandes, y fulminó a Roland con la mirada.

—¿Qué es lo que no entiendo? —El otro se encogió de hombros.

—He deambulado por esta tierra desde los primeros días del antiguo Egipto —dijo Rhoshamandes—. Nací en Creta, antes del Diluvio. ¡He viajado por todo el mundo y jamás he visto nada semejante! Nunca he visto nada que pareciera tan humano y no lo fuera.

—¿Estás seguro? —preguntó Roland—. Puede que lo hayas visto y no hayas reconocido lo que era. Haz memoria. Piensa. Yo he visto a otro muy parecido a este. Y tú también lo has visto. Intenta recordar.

—¿Cuándo? —preguntó Rhoshamandes. Parecía ligeramente molesto—. ¿Dónde?

—El ballet, Rhoshamandes, en el teatro, el lugar donde siempre nos encontrábamos, el lugar al que siempre vamos juntos. Tú y yo. ¿No lo recuerdas? San Petersburgo, el debut del ballet La bella durmiente, de Chaikovski. Haz memoria.

Derek se quedó sin respiración, pero permaneció muy quieto, ocultando su emoción. Vació su mente, como si esas palabras no tuviesen importancia para él, cuando en realidad eran todo lo que importaba. Vamos, habla, explícalo. Le dolía el alma. Desvió la mirada, como si se hubiera aburrido.

Esas criaturas podían leer las mentes de los seres humanos, eso lo sabía, pero no podían leer la suya, pese a que todo el tiempo fingieran que sí. Había algo en sus circuitos cerebrales que bloqueaba los intentos de los bebedores de sangre. Únicamente cuando bebían de él, y solo en algunas ocasiones, podían tener acceso a sus pensamientos y captar imágenes que Derek intentaba alejar infructuosamente.

—Estábamos juntos, tú y yo —dijo Roland—. ¿No te acuerdas? Fue una noche magnífica. Y los dos vimos ese ser, tú y yo, en frente, en el palco. ¡Haz memoria! No consigo recordar el nombre del hombre que estaba con él, pero tú y yo sabíamos que la criatura no era humana.

—Ah, ese —dijo Rhoshamandes—. Sí, lo recuerdo. El que estaba en el palco con el príncipe Brovotkin. Y después los buscamos, al Príncipe y al otro, pero no los encontramos. Y tú dijiste que el Príncipe nos había visto observándolos, que había percibido algo.

—Abandonamos San Petersburgo de inmediato, pero deberíamos habernos quedado, deberíamos haber investigado...

—Sí, por supuesto, ahora lo recuerdo mejor. Pero no fue más que una mirada y no estábamos seguros.

—Rhosh, acuérdate de la piel de ese ser: suave, de color marrón oscuro, como la de este, y su pelo. El cabello era igual, espeso como el de este y con rizos sueltos, con el mismo mechón rubio, solo que más ancho y en el lado derecho del rostro.

¿Era posible?

—No me acuerdo.

Vamos, vamos, continuad hablando, pensaba Derek de­ses­pe­ra­do, mirando el vacío... Se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez. Bien, llora, y piensa en estar hambriento y desear un poco de vino tinto. Vino tinto, vino tinto... ¿A quién habían visto? ¡Con la misma franja dorada en el pelo! ¿En el lado derecho del rostro? Entierra los nombres tan hondo como puedas. Entiérralos junto con los rostros, con la historia, con la traición...

—Aquella criatura era idéntica a este en varios aspectos —insistió Roland—. Más alto, sí, con los ojos más grandes, pero el cabello era exactamente igual, excepcionalmente largo, pasado de moda; le daba a ese ser un aire primitivo, desaliñado, casi salvaje; pero esa criatura estaba perfectamente afeitada. Esta no necesita afeitarse y apuesto a que aquella tampoco. Bueno, lo recuerdes o no, yo sí me acuerdo. Y es probable que esta criatura conozca a la otra y sepa cuántos más hay como ellos, y lo que es más importante, qué son y cómo han llegado hasta aquí.

Rhoshamandes reflexionaba. Después, muy lentamente, habló.

—Ya entiendo lo que quieres decir. —Pero no le interesaba demasiado. Se encogió de hombros con displicencia. La actitud de Rhoshamandes estaba frustrando a Roland y se le notaba.

Derek los miraba de reojo. No podía ocultar su emoción. Clavó la mirada en Roland.

—¡Ah, y durante todo este tiempo me lo has ocultado! —dijo Derek. Roland lo miró y le dirigió su habitual sonrisa, amable y exasperante.

—Cuando me cuentes lo que sabes, Derek —le dijo—, te revelaré lo que yo sé. No eres amistoso. No cooperas.

—Eres un monstruo —respondió Derek, apretando los dientes—. ¡Me has tenido prisionero durante diez años y eso está mal! No soy de tu propiedad. No soy tu esclavo. —Pero ¡qué podía importarle eso! Le acababan de dar la información más valiosa que había recibido desde su despertar en la época actual, desde aquel despertar en la humilde choza del sacerdote, en los Andes.

¡Otro como yo! Otro de nosotros vive. Otro que tal vez fue hallado en los yermos helados de Siberia, otro que quizá fue encontrado en el hielo, donde Derek había dormido durante miles de años, ese hielo al que él se había retirado dos veces, presa de la desesperación, para congelarse tal como había ocurrido anteriormente.

Y Amel. Este Rhoshamandes había dicho más sobre Amel que todo lo que Derek había podido atisbar las veces que Roland había bebido de él.

Esa criatura, Rhoshamandes, volvió a clavar los ojos en Derek, como si se sintiera algo intrigado y a la vez repelido.

—No puedo leer nada de él.

—No hasta que bebas su sangre —dijo Roland.

Rhoshamandes retrocedió como si no pudiera evitarlo.

—Rhoshamandes, escúchame —dijo Derek—. Eres antiguo. Vienes de épocas pasadas, anteriores al momento en que este vino al mundo. ¡He oído lo que decías, ahí arriba! Sin duda posees una moral, recuerdas algo de la veneración humana por el bien y el mal. Hablabas de un príncipe que te hizo daño, que te ofendió. Pero vuestra discusión era sobre el bien y el mal, ¿no es así? Escúchame. ¡Que me tengan preso aquí, como fuente inagotable de sangre para este monstruo, está mal! —Había comenzado a llorar otra vez. ¡Ah, por qué tenían que haberlo hecho el más humano de todos! ¿Por qué debía ser él quien sintiera las cosas de manera tan profunda? Se había dado la vuelta. En una visión fugaz imaginó que los demás estaban con él, reconfortándolo como siempre lo habían hecho, y se dijo lo que se había dicho innumerables veces: si estás vivo, ellos también lo están. Si tú caminas otra vez por el mundo, puede que ellos también lo hagan.

Pero en la habitación algo estaba cambiando. Rhoshamandes se sentó en la cama, junto a él. Lentamente, Derek se volvió y lo miró. Una piel tan pura, como un líquido, ¡como si hubiera sido volcada sobre la criatura, como si nunca hubiese sido humana!

Sí, parezco humano, pensó Derek, y estos seres, por lo visto, dejan de ser humanos con cada año que pasa.

—Entiendo que estás aquí contra tu voluntad —dijo el bebedor de sangre, inclinándose para acercarse más a él—. Deseo beber. Quiero que te entregues y me lo permitas.

Derek rio con amargura.

—¿Qué, insistes en obtener mi permiso?

Roland rio calladamente; su rostro era la imagen misma del desprecio. Pero antes de que Derek pudiera decir algo sintió la mano de la otra odiosa criatura sobre su hombro izquierdo y ese rostro acercándose al costado derecho de su cuello.

—Recuerda que no lo matarás —dijo Roland—. Mira en lo profundo, Rhosh. Extráele la verdad de la sangre.

¿Por qué dudaba la criatura antigua? Derek miró a Roland, la cabeza canosa, las arrugas de la edad mortal esculpidas quizá para siempre en su rostro oval. Roland, el de los ojos fríos e indiferentes. Antes de que llegara Arion, durante nueve años, ese rostr

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