Asedio al corazón

Pilar Cabero

Fragmento

Paranormal

Contenido

Portada

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

Epílogo

Nota de la autora

Nota

corazon-4.xhtml

1

San Sebastián, 17 de agosto de 1719

El sonido de los cañones por fin había cesado y, pese a las horas transcurridas, aún quedaba el eco en los oídos de los soldados y oficiales que recorrían el campo de batalla para entrar en la ciudad por la brecha abierta en la muralla. El olor acre de la pólvora impregnaba el aire y lo cubría con una nube densa. El incendio fortuito en el polvorín del castillo de la Mota seguía ardiendo, aunque con menos intensidad. Las gaviotas, molestas por el ruido, volaban graznando hacia el mar.

El calor resultaba sofocante y las moscas zumbaban por encima de aquel caos de cuerpos. El ritmo cadencioso del mar se veía sofocado por el relincho de los caballos asustados, entre los gemidos de los soldados heridos.

Armand Boudreaux se quitó el sombrero para secarse el sudor de la frente y se agachó para comprobar el estado de un soldado, que yacía desmadejado sobre la arena de la playa. Tal y como imaginaba: muerto. Apretó los dientes y le unió las manos sobre el pecho, destrozado por la metralla. Después de santiguarse, se dirigió al siguiente soldado, horadando la arena con paso rápido. Se colocó el sombrero de tres picos antes de inclinarse para tocar el cuello de ese pobre hombre, que tenía media cabeza cubierta de sangre. Le costó encontrarle el pulso, pues era demasiado débil, pero ahí estaba.

—¡Aquí! —llamó a los soldados encargados de las camillas para que lo llevasen ante el galeno—. ¡Éste vive!

Sintió los dedos de la mano izquierda manchados de algo caliente y viscoso, que goteaba sobre la arena. Volvía a sangrar y el hombro le dolía con saña. Con cuidado se quitó la casaca y miró la herida que le había hecho la bala de un mosquete en el hombro izquierdo. Debería curarlo lo antes posible. De un tirón desanudó la corbata y la aplicó a la herida para taponarla y cortar la hemorragia.

—Señor, si me lo permitís... deberíais ir al galeno para que os cierre ese agujero —le dijo uno de los camilleros al llegar allí.

—Más tarde, soldado —contestó escueto y volvió a ponerse la casaca, reprimiendo una mueca.

El camillero se alzó de hombros y ayudó a su compañero a levantar al herido, que gimió lastimeramente por el movimiento.

Armand continuó buscando sobrevivientes entre los cuerpos esparcidos por la playa. Era necesario hacerlo a la mayor brevedad porque la marea no tardaría en subir y dificultaría el proceso. Además, los heridos corrían peligro de ahogarse con las olas, que se acercaban inexorablemente a lamer la orilla. Y hasta era posible que el agua los arrastrara mar adentro.

Bajo el sol implacable prosiguió controlando las bajas. No eran muchas, afortunadamente, pero eran personas; muchachos jóvenes que habían perdido la vida lejos de sus casas, de sus familias.

Mientras cerraba los ojos sin vida de un soldado vio que otro corría a través de la playa, levantando arena a cada zancada. Reconoció el uniforme de los hombres del capitán Dubois y se le erizó el pelo de la nuca con un mal presentimiento.

—¿Capitán Boudreaux...? —preguntó al llegar hasta Armand con la cara congestionada por el calor. Se cuadró e hizo el saludo militar.

—Oui. Descanse, soldado.

—Es... es vuestro hermano... —logró decir entre jadeos. La frente perlada de sudor y el pelo pegado al cráneo bajo el sombrero de tres picos—. Está malherido...

Por un instante fue como si todo quedase atrapado en hielo. Nada se movía. Poco a poco notó que, por debajo del retumbar de su corazón en los oídos, empezaba a escuchar el crujido de la arena bajo sus botas, el sonido del agua al penetrar en la arena, los gemidos de los soldados, el relincho ocasional de algún caballo o los gritos de las gaviotas. Todo sucedió en lo que duran dos parpadeos, pero para Armand fue como si hubiera pasado una eternidad.

—Sacre Dieu! —siseó Armand al volver en sí, asustado. Y corrió hacia su caballo, con la espada golpeando contra su pierna izquierda.

Debería haberlo imaginado. Pierre no tenía madera de soldado; era un erudito. Un maestro de escuela sin preparación para enfrentarse a un campo de batalla. Su mundo eran los libros, no las armas. Debería haberlo evitado; si le sucedía algo a Pierre...

—¿Dónde está? —preguntó al regresar sobre el caballo. Ange Noir echó las orejas para atrás, asustado por los modales de su jinete, demasiado bruscos, y cabrioló con los ojos desorbitados—. So, mon Ange. —Le palmeó el cuello para tranquilizarlo y el animal se detuvo, moviendo las orejas hacia todos lados.

El soldado se lo señaló.

—Merci! —gritó, antes de espolear al caballo y partir en la dirección señalada.

Los días de asedio habían llegado a su fin. La cesta permanecía en la mesa, repleta de hierbas medicinales, vendas y ungüentos, a la espera de que Camila de Gamboa se la llevara para atender a los soldados heridos. El mariscal duque de Berwick por fin había tomado la ciudad y su castillo, algo que hasta ese momento ni él mismo creía posible. Fue el incendio en el castillo de la Mota lo que inclinó la balanza en su favor.

Camila se miró en el espejo de la entrada para comprobar si llevaba el atuendo en orden. Como siempre, la imagen reflejada le desagradó profundamente. El vestido que antes se le ajustaba al cuerpo, realzando sus formas femeninas, ahora caía flojo y ponía de relieve la pérdida de peso. Así, toda vestida de negro, se veía como una cucaracha, pero a pesar de ello se negaba a prescindir de esas ropas tan lúgubres.

Se colocó el pañuelo almidonado sobre la cabeza, llevó los extremos hasta la nuca y los ató en la base de la trenza —aún demasiado corta—. Dejó las puntas graciosamente hacia fuera, al tiempo que dedicaba una mueca de desdén a su reflejo. Cada vez se veía más pálida y demacrada; las pecas oscuras destacaban sobre la piel blanca; los ojos ambarinos otrora brillantes estaban empañados por el cansancio; hasta el pelo castaño había perdido parte de su lustre. De un manotazo terminó de enderezarse el pañuelo; varios mechones se le escaparon por los lados, haciendo que suspirara con exasperación. Eso no había cambiado: era incapaz de mantener los rizos en su sitio. Sabía que le resultaría más fácil sujetárselo cuando el cabello adquiriera su antigua largura.

—¿Vais a salir otra vez, señora?

Se volvió para atender a la anciana sirvienta, no sin antes componer un remedo de sonrisa para que la mujer no sospechase su debilidad —como si tal cosa fuera posible—. Bajo la apariencia de una humilde sirvienta bajita y oronda como un barril, con los ojos pardos chispeantes de buen humor, en un rostro surcado de arrugas, se escondía una mente aguda y brillante, que engañaba a quienes pretendían ver en ella a una criada ignorante más. Pero nada escapaba al control de Juana de Iriarte.

—Sí, voy a ir a asistir a los heridos, Juana. Don Bernardo me ha pedido que vaya a ver a los soldados franceses... Todas las manos son pocas para tantos lesionados —anunció resuelta—. Vendré en cuanto pueda.

—Sí, señora... pero... —titubeó, visiblemente en desacuerdo con su ama—. ¿Creéis que es prudente hacer eso? Quiero decir que, después de todo, nos atacaron. Son enemigos. Durante días hemos sufrido su acoso...

—Es mi deber. Mi padre hubiera hecho lo mismo —atajó Camila, sabedora de que la vieja sirvienta jamás habría cuestionado cualquier decisión tomada por don Arturo de Gamboa, el médico de la ciudad—. Ya sabes lo que él pensaba de los pacientes...

—Sí, señora, lo recuerdo muy bien: todos son iguales a los ojos del Señor —terminó Juana, colocándole los mechones que se le habían escapado del pañuelo—. Pero vos, muchacha, necesitáis descansar. Lleváis todo el día atendiendo a los quemados del castillo. Miraos: estáis pálida y ojerosa. Desde que este estúpido asedio comenzó, sólo habéis venido a casa para cambiaros de ropa y reponer la cesta. Casi no habéis dormido... y no hablemos de comer. ¿Recordáis, señora, cuándo fue la última vez que os metisteis algo en ese cuerpo? ¡Válgame el Señor! Parecéis un palo vestido. Y ahora se os ha metido la idea de ir a ver al enemigo. ¡Ay, Señor! —Juntó las manos sobre el pecho como si rezara y alzó la vista al techo—. No creo que eso esté bien. —Los arrugados mofletes le temblaron al negar enérgicamente con la cabeza—. Deberíais quedaros en casa y reponer fuerzas. Eso es lo que deberíais hacer.

No había duda de que Juana no estaba de acuerdo con la idea de que ella fuese sola a visitar a las tropas del duque de Berwick, pero tendría que aguantarse. Ahora que todo había terminado, habría un montón de soldados a la espera de que sus heridas fueran curadas y ella no podía quedarse cruzada de brazos. Su conciencia no le dejaría descansar tranquila. Si bien eran sus adversarios, no dejaban de ser muchachos y hombres de carne y hueso que merecían asistencia médica. Hasta ese día, las únicas tropas que había atendido eran las de la propia ciudad, la guarnición donostiarra. Primero los asistió en el hospital que se había habilitado en el convento de San Telmo desde el veintisiete de julio; desde el uno de agosto, tras la rendición del ayuntamiento y la retirada de la población junto con la guarnición, en el castillo de la Mota, en lo alto del monte Urgull. Pero hoy volvería al convento de los Dominicos, donde ahora estaban los franceses.

—Quédate tranquila, Juana, iré con cuidado. No soy una niña. —La sirvienta expresó su desdén con un sonoro bufido—. Volveré lo antes que pueda. No estaré sola; don Bernardo estará allí.

—Don Bernardo, don Bernardo. Más le valdría a ese hombre pensar un poco en vos y no llevaros de acá para allá, sin pensar ni por un momento en vuestra reputación —rezongó la anciana, meneando la cabeza con reproche—. Aunque nada más sea, dejad que Guido os acompañe...

—No hace falta. Deja que tu hijo se quede aquí. Estaba muy preocupado por las gallinas. —Camila sonrió con cariño, pensando en el hijo de Juana.

Guido de Arozena era un hombre de veintinueve años, tres mayor que ella, con la mentalidad de un niño de diez. Vivía en la casa con ellas y se encargaba de atender los animales y de las tareas más pesadas. Su estatura elevada y sus hombros anchos intimidaban a cualquiera que no lo conociera de antemano, pero en el fondo era totalmente inofensivo. Camila y él se habían criado juntos y se tenían un enorme cariño.

—Alégrate, Juana, ya estamos otra vez en casa... Mira —señaló a su alrededor—, hemos tenido suerte: no la han saqueado, está intacta. ¿No te sientes contenta?

—¿Contenta? Lo estaré cuando empecéis a pensar con esa cabeza que tenéis y permanezcáis en casa sin exponeros a nada. —Se tocó la sien con sus dedos gordezuelos, para dar más énfasis a sus palabras; luego alisó unas inexistentes arrugas de su delantal—. Vuestra actitud no gustará nada a doña Enriqueta.

—Juana, haga lo que haga, mi suegra jamás estará contenta conmigo. Las dos sabemos que nunca fui lo que esperaba para su adorado e idolatrado hijo. Me niego a que siga dirigiendo mi vida. Soy lo bastante mayor para saber lo que tengo que hacer. —Calló un momento para serenarse—. Si aparece Samuel, dile dónde estoy por si quiere ir...

—No irá, señora. Ya sabéis cómo es...

—Lo sé, Juana. Tengo la esperanza de que algún día cambie. Ahora quédate tranquila; volveré en cuanto pueda.

Camila tomó la cesta y salió de la casa antes de que tuviera que dar más explicaciones a la severa mujer.

—No sé por qué me molesto en preocuparme —se oyó desde el otro lado de la puerta—. ¡Válgame el Señor! Nadie hace caso de esta pobre vieja. Muchacha insensata. En mis tiempos... ¡Ay, en mis tiempos!

Camila sonrió para sí al pensar en Juana. Llevaba con la familia Gamboa más de treinta años y era como una madre para ella, pero en algunas ocasiones se tomaba muy en serio sus deberes y se tornaba demasiado sobreprotectora para su gusto; máxime ahora que no estaba don Arturo. Lo cierto es que Camila la quería mucho y por ello le perdonaba que, de vez en cuando, olvidase que ella no era una niña necesitada de protección.

Volvió la cabeza para mirar la casa donde había nacido. Era una sencilla vivienda de tres plantas, como casi todas las de la ciudad. La mayor parte de la planta baja estaba ocupada por la cuadra donde guardaban las gallinas, una vaca lechera y el caballo de su padre. Gracias al Cielo, los soldados franceses no habían requisado las gallinas que dejaron al alojarse en el castillo con el resto de los ciudadanos que no habían huido cuando todavía era posible; de ese modo podrían disponer de huevos y carne. La habitación donde su padre había tenido la consulta médica también estaba en ese nivel. A un lado de la cuadra, un pequeño patio cuadrado servía para que las aves correteasen libremente y picoteasen la hierba que crecía en el suelo, entre cantos rodados. Sobre la cuadra se encontraba la cocina, el cuarto de Juana, uno más pequeño para Guido y una habitación donde recibían a las visitas, comedor adicional para celebraciones. En la segunda planta, cuatro dormitorios; arriba del todo, la buhardilla. Precisamente ése era el lugar preferido de Camila. Le encantaba aquella estancia de techos inclinados tachonados de clavos, donde colgaba a secar los atados de plantas medicinales que ella misma recolectaba; las baldas, que soportaban el peso de los distintos botes de barro, madera o vidrio llenos de ungüentos y pomadas; la gran mesa, sobre la cual preparaba las mezclas que se convertirían más tarde en tisanas o emplastos, y por encima de todo, el olor: un aroma compuesto por una mezcolanza de todas las plantas y flores que allí guardaba. Aquél era su refugio, tal como antes lo había sido de su padre. Allí, juntos, habían pasado incontables horas mientras don Arturo le enseñaba las diferentes plantas medicinales y sus propiedades terapéuticas.

Un golpe en el hombro puso fin a sus pensamientos. Levantó la cabeza, aturdida, antes de oír una sarta de improperios en francés.

—¡Mon Dieu, madame, mirad por dónde camináis! —le gritó un ceñudo oficial desde su imponente montura. Luego continuó a galope tendido, sujetando a duras penas a un soldado que llevaba atravesado sobre la cruz del caballo.

Cuando el sonido de los cascos se perdió en la distancia, Camila pareció volver en sí; ensimismada como estaba en los recuerdos, no se había percatado de que estaba rebasando una esquina sin mirar si venía alguien por la otra calle. Al tocarse el hombro golpeado sintió humedad en la palma de la mano. Era sangre del herido que transportaba el oficial. Supuso que por eso llevaba tanta prisa. Era una suerte que vistiera de negro; de ese modo la mancha era menos visible. Aceleró sus pasos para llegar cuanto antes al convento de San Telmo; don Bernardo necesitaba su ayuda. Probablemente no daría abasto entre tantos heridos.

Don Bernardo Robles, el médico que había llegado para practicar la medicina al lado de don Arturo, se había hecho cargo de los enfermos cuando, tres meses después de su llegada, don Arturo murió al caer del caballo. Camila, a pesar de la pena, decidió acompañar al nuevo galeno tal como lo había hecho con su padre. Al principio, con la intención de que los pacientes no se sintieran violentos al contar sus problemas a aquel médico más joven; más tarde, aunque don Bernardo demostró un gran carisma, siguió acompañándole por costumbre. En los once meses pasados habían llegado a conocerse y respetarse mutuamente. Conocía los rumores que circulaban por la ciudad sobre cuánto tiempo pasaría antes de que el médico se atreviera a proponer matrimonio a la hija del hombre más querido de la ciudad. Ella, por su parte, esperaba que eso no sucediera. No deseaba volver a casarse y habría detestado tener que rechazar a don Bernardo.

Cuando ya tenía a la vista un lateral del edificio, topó con dos mujeres que salían de una calle adyacente. Con un mudo gemido por su mala suerte, reconoció la silueta alta de su suegra y la más bajita de la criada. Doña Enriqueta era muy alta para ser mujer y sabía utilizar esa diferencia para imponer su voluntad. Era bien sabido que su marido, don Eugenio, no era más que un títere en sus manos. Nunca había sido lo que se dice bella y los años pasados no habían hecho nada por mejorar su aspecto. Por el contrario, su carácter avinagrado e intransigente le había dado el aspecto de quien está siempre oliendo algo desagradable.

—Buen día, doña Enriqueta —saludó Camila. Y alzó la vista para mirarla a los ojos.

—Buen día, Camila —respondió a su vez la mujer, con su habitual sequedad. Los ojos azules, tan fríos como el mar en invierno—. Veo que llevas tu cesta de hierbas. ¿Hay acaso algún enfermo?

—No, no lo creo, doña Enriqueta. Voy a visitar a los franceses heridos...

—¡Válgame el Cielo! Pero muchacha... —cortó la mujer y se llevó la mano al amplio pecho, que sobresalía del cuerpo como la proa de un buque.

Camila asió con fuerza el asa de la cesta, preparándose para lo que seguiría, sin lugar a dudas.

—¡Pero si esos soldados fueron los que nos atacaron con tanta saña! ¿Has perdido el juicio? —Se persignó la suegra y sacudió la cabeza, consternada—. Y además tú sola, sin una triste criada que te acompañe. ¿No tienes ningún respeto por tu reputación? Allí, con esa soldadesca grosera y... —Calló un momento al no encontrar más insultos que dedicar a los galos—. ¡Ah! Es una suerte que no tengas el don... Desgraciadamente tu padre se lo llevó a la tumba, Dios lo tenga en su gloria. —Volvió a persignarse. La joven rechinó los dientes ante la imagen de beata que aquella mujer se esmeraba en proyectar—. Y nos privó a todos de su poder curativo. ¿Qué diría tu difunto padre si levantara la cabeza? Seguramente estaría tan escandalizado como yo.

La sirvienta se retiró unos pasos y pareció encogerse ante las palabras de su ama. Camila la compadeció: no era muy agradable convivir con semejante arpía y ella lo sabía muy bien; se sentía afortunada por tener que tratarla sólo de vez en cuando. Habría sido más feliz si no hubiera tenido que codearse con ella nunca más.

—Permitidme que os diga, doña Enriqueta, que si mi padre tuviera el poder de levantar la cabeza, como vos bien decís, llevaría un rato atendiendo a los soldados y beneficiándoles con su don —aseveró Camila entre dientes, dispuesta a no dejarse intimidar por ella.

—¡Ah, no! Tu padre jamás habría puesto una mano encima de esos desalmados gabachos después de habernos sitiado tantos días; su don estaba destinado a las buenas personas.

—Creo, señora, que estáis muy equivocada en ese punto. La capacidad de mi padre era para ayudar a todos. No honraríamos la palabra de Dios si no lo hiciéramos. El mismo Señor lo dejó escrito: «Amad a vuestros enemigos...»

—En el presente caso haría una excepción; después de todo esos franceses han tomado nuestra ciudad y la han hecho suya —barbotó doña Enriqueta, enfadada; nunca le había gustado que cuestionaran sus palabras y, por ser una de las personas más ricas de la ciudad, no estaba acostumbrada a tal contratiempo—. Bueno, pero ¿qué importa ya lo que hubiera hecho don Arturo? Después de todo, tú no tienes el don, ¿no? —señaló con malicia, al tiempo que se pasaba la mano por la cabeza para comprobar si su tocado seguía bien puesto.

—No. Se perdió con mi padre —explicó Camila, resuelta a no evidenciar el daño que le causaban las palabras de aquella mujer—. Por otro lado, nada indica que sea yo la siguiente portadora del don. Bien pudiera ser que fuera mi primo...

—¿Tu primo? Eso sí que es gracioso. ¡Tu primo! —Movió la mano como si espantase moscas, poniendo de relieve de ese modo lo estrafalario que consideraba semejante comentario—. Eso es del todo imposible: tu primo es bastardo.

—Pero es tan Gamboa como yo; por lo tanto, nada le impediría ser el designado para ese menester —remachó Camila, mordiendo cada palabra, indignada por la falta de humanidad de su suegra.

Doña Enriqueta juntó sus pobladas cejas entrecanas hasta formar una sola, como si sopesara la información que su nuera le había proporcionado. Negó varias veces con la cabeza y prosiguió, entrecerrando los ojos.

—No. Tú serías la siguiente... Pero dadas las circunstancias, no es tan raro que no lo tengas. Al fin y al cabo, ¿a quién se lo ibas a pasar tú? Está claro que después de tres años de matrimonio, eres estéril —apostilló, regodeándose en la desgracia ajena—. Si viviera mi hijo Cosme, que Dios lo tenga en su Gloria, sin duda se sentiría defraudado por no haberle dado un hijo. Casi debo darle gracias al Señor por evitar que sufriera este castigo... Aunque por otro lado yo lo perdiera... —Se enjugó unas inexistentes lágrimas con su pañuelo de encaje, aparentemente contenta por haber dado a Camila una medicina tan amarga.

—Nada asegura que sea yo la estéril; bien pudo haber sido él —murmuró entre dientes, demasiado dolorida para tratar de ocultarlo y guardar silencio—. Supongo que Dios no querrá que todas las mujeres sean tan prolíficas como vos y vuestras hijas. De otro modo nos veríamos en serias dificultades para caber en este mundo...

Doña Enriqueta acusó el golpe. Había tenido siete hijas y un hijo. Sus nietos podían contarse por docenas. La cara de la mujer se tornó escarlata y sus ojos azules se abrieron desmesuradamente antes de vociferar:

—¡Sin lugar a dudas, tu padre debió de sentirse muy desgraciado al ver que, por primera vez, el don se iba a perder por la esterilidad de su hija y decidió llevárselo con él! ¡Ay, Señor! ¿Qué pudo haber visto mi querido hijo en ti?

Una vez dicho eso, alzó la barbilla y continuó su camino junto a la sirvienta, que miraba al suelo, presa de la vergüenza por el modo en que su ama había tratado a Camila. Doña Enriqueta tenía una lengua tan agresiva como un cincel y nadie estaba libre de sus mordaces palabras.

Camila cerró los ojos con fuerza, tratando infructuosamente de recobrar la calma que su suegra había destrozado en tan poco rato. Habría debido estar acostumbrada a su malicia, pero evidentemente no era así y las palabras de doña Enriqueta seguían haciendo tanto daño como siempre. Algún día reuniría el valor suficiente para plantarle cara. Quizá si le explicase la verdad sobre la muerte de su adorado hijo, si le contase el modo en que había muerto... Pero ¿qué importaba lo que dijera? ¡Su suegra jamás lo creería! Para ella, Cosme de Albistur era casi un santo.

Sacudió la cabeza, tratando de alejar los malos recuerdos, y retomó el camino. Ya se había demorado bastante.

A la sombra del convento varios soldados, tumbados en jergones improvisados, suplicaban ayuda, mientras los hermanos dominicos se esforzaban por atenderlos a todos. Era una suerte que no lloviera; de lo contrario, albergar a tantos heridos habría sido una locura. Algunos monjes acarreaban camillas de lona para trasladar a los soldados al interior del convento, según les tocase el turno, por orden de gravedad. Otros, en cambio, transportaban los cadáveres a una esquina de la plaza, donde formaban hileras a la espera de ser enterrados.

—Buen día, hermano Damián —saludó al monje que tenía más cerca. El hombre rondaba los setenta años y era tanta la falta de cabello que ya no necesitaba hacerse la tonsura. Ahora su brillante calva relucía al sol de la tarde como si fuera cobre bruñido. Sus ojos, de mirada benevolente, parecían dos botones de azabache pegados a la cara arrugada.

—Buen día, Camila. Menos mal que has llegado, don Bernardo ha preguntado por ti en varias ocasiones —le explicó el anciano, a la vez que con ternura cerraba los ojos al soldado—. Otro que no ha podido resistirlo. Pobre muchacho; era poco más que un niño y ya ha muerto. —Tras unirle las manos sobre el pecho, le cubrió con una sábana raída.

—Han caído muchos, hermano Damián. Espero que no sean muchos más —deseó con esperanza.

El monje cabeceó, mostrándose completamente de acuerdo.

—Ve, muchacha. —Le señaló el edificio—. Don Bernardo necesita toda la ayuda disponible.

La joven asintió antes de entrar en el convento. Una vez allí, trató de ignorar el olor áspero del miedo que flotaba entre las gruesas paredes y buscó al médico entre la cantidad de soldados heridos que pululaban por el claustro, como espectros ensangrentados. Era algo a lo que no se acostumbraba, por mucho que hubiera ayudado a su padre y después al médico en aquellas circunstancias; no conseguía evitar el dolor que le producía ver reflejada la desesperación, la angustia y el temor en los ojos de los enfermos. Con un suspiro de resignación, se dirigió a la habitación donde supuso que estaría don Bernardo, atendiendo a los soldados más graves.

El galeno remendaba el brazo, o lo que quedaba de él, a un joven soldado que yacía desmayado sobre una larga mesa de refectorio. Trabajaba sin prisas y con gran esmero. Eso hablaba muy bien del cirujano, pero para el capitán Armand Boudreaux era una tortura esperar para que atendiera a su hermano. Pierre estaba recostado contra la pared y gemía de dolor. Su pelo rojizo estaba sucio y desordenado. Había perdido parte del pie izquierdo y los ojos vidriosos denotaban lo mucho que estaba padeciendo.

—Cré nom de Dieu! ¡Mi hermano se está desangrando! —bramó Armand mientras se sujetaba el brazo izquierdo contra el costado—. ¿No podéis daros más prisa?

—Os repito lo mismo que antes. Eh... —El galeno echó un vistazo a las insignias que ostentaba el oficial antes de continuar—: Capitán. Sólo tengo dos manos y hago lo que puedo. En seguida atenderé a vuestro hermano. Tranquilizaos, mostrad más entereza delante de él —sugirió el médico, mientras cortaba el hilo de sutura—. ¡Hermano Federico! ¡Hermano Juan! —llamó; al momento dos monjes entraron presurosos en la habitación—. Este muchacho ya está listo, buscadle un sitio por ahí. ¿Queda espacio para más heridos?

Los dominicos negaron con pesar y sin mediar palabra trasladaron al soldado como se les había ordenado. El galeno se dirigió, entonces, a cortar la bota destrozada del asustadísimo Pierre. Armand habría querido meterle más prisa para que aliviara el dolor de su hermano. Sólo la conciencia de que era mejor dejar al galeno actuar a su ritmo le impidió zarandearle.

—Lo atenderé mejor sobre la mesa —aseguró el cirujano. Luego, con destreza, ayudó al capitán a trasladarlo—. ¿Cómo os llamáis? —preguntó.

Pierre no dio muestras de haber oído la pregunta. Se lo veía excesivamente amedrentado con su tormento. Era demasiado joven para lo que le estaba sucediendo.

—Pierre —susurró el capitán, acariciando el rostro demudado de su hermano—, se llama Pierre Boudreaux.

El herido miraba a uno y a otro con los ojos azules agrandados de terror, incapaz de mirar aquella masa sanguinolenta que tenía en lugar de pie. Su pecho subía y bajaba con cada inspiración a un ritmo cada vez más acelerado. Estaba tratando infructuosamente de ser valiente aferrado a la mano de su hermano.

Armand observó al galeno; le habían dicho que se llamaba don Bernardo y que era un buen médico. Era más o menos de su edad: treinta y cuatro años; el pelo castaño un poco rizado y los ojos marrones. Lo vio retirar la bota y la media de Pierre con sumo cuidado y proceder a recortar las calzas del muchacho. ¡Santo Dios! Aquello no tenía buena pinta. Haría falta un milagro para que esa pierna no se gangrenase una vez operada. Apretó los dientes. Había visto otras veces heridas así y sabía que pocas de ellas conseguían sanar.

—¿Podéis hacerme el favor de retirarle la otra bota? —solicitó don Bernardo—. No quiero que nada me estorbe o ensucie la herida.

Esperaba ser obedecido, puesto que le dio la espalda y procedió a lavarse las manos en un aguamanil.

Armand, tras soltar la mano de Pierre, intentó hacer lo que le pedía con suma delicadeza, pero le habían herido en el brazo izquierdo, cerca del hombro, y apenas tenía suficiente fuerza para sujetar la bota. No se lo había dicho al galeno, por si éste decidiera atenderle al él antes que a su hermano, ya que los oficiales tenían preferencia sobre los soldados rasos. Apretando los dientes para resistir el latigazo de dolor, trató inútilmente de descalzar a Pierre. Era imposible, y con aquellos movimientos sólo estaba consiguiendo que sufriera aún más. Lo veía en sus ojos dilatados por el miedo.

El sudor perló la frente de Armand. A su cabeza llegaron multitud de maldiciones en francés, pero las reprimió con la misma fuerza de voluntad con la que daba el último tirón y conseguía que la bota se deslizara por el pie sano; al mismo tiempo, el herido se perdió en la inconsciencia.

Armand cerró los ojos y agradeció en silencio al Cielo por el alivio que Pierre disfrutaría durante un rato. Dios sabía su padecimiento desde que fue herido. Mientras se hacía a un lado para que el médico examinara a su hermano, se pasó la mano por la cara y volvió a sujetar el brazo izquierdo, en un intento de mitigar en parte el tormento de su propia herida. El apaño que se había hecho con la corbata ya no servía para nada; el esfuerzo de ayudar a colocar a Pierre sobre la mesa y quitarle la bota había abierto la herida de nuevo y ahora sangraba profusamente, empapándole la casaca por dentro. Podía notar la sangre tibia que se escurría hasta la mano. Flexionó con presteza el brazo para que no gotease y alarmara al médico o, peor aún, a Pierre, si se despertaba.

Su hermano gimió ante la exploración del galeno y Armand le susurró unas palabras tranquilizadoras en francés.

La conciencia le aguijoneó por dentro. Él tenía toda la culpa; si no hubiera llegado a su casa ensalzando las experiencias de la guerra, Pierre no habría querido alistarse también para emularlo. Ahora estaría en casa sano y salvo, sin más peligro que el de recibir una coz de un caballo.

¿Cómo no se había dado cuenta de lo aventureros que sonaban esos detalles para un joven de diecinueve años?

En cuanto Pierre comentó sus intenciones de enrolarse, él trató de convencerle de que era una tontería abandonar la seguridad de la granja por las miserias de un campamento militar y discutieron mucho. Días después, Armand regresó a España para combatir, seguro de haberlo convencido. ¡Pobre iluso! Un mes más tarde descubrió que Pierre, tras escaparse de casa, se había alistado en la misma compañía que él, pero bajo las órdenes del capitán Claude Dubois.

Aquello era aún peor. El capitán Dubois y Armand habían sido amigos en el pasado; ahora, por el contrario, se odiaban a muerte. Había temido que Claude se vengara de lo sucedido entre ellos, utilizando a Pierre. Al saber que su hermano estaba herido, creyó que lo había logrado; pero lejos de toda duda, la explosión que hirió a Pierre, resultó ser fortuita y nada tenía que ver con venganzas de ningún tipo.

El galeno continuaba explorando el pie de Pierre y movía pesaroso la cabeza.

—Creo que no hay otra posibilidad. Si no la amputo morirá sin remedio... Aun así, no puedo asegurar que no se infecte y perezca de todos modos. —Señaló la extremidad sanguinolenta.

—¿No puede hacerse algo menos drástico? —sugirió Armand, con esperanza.

—No. Creed que lo siento. El pie ha desaparecido parcialmente y es imposible su reconstrucción. No veo otra forma que cortar bajo la articulación de la rodilla. Con suerte, volverá a caminar con ayuda de una muleta. —El galeno se interrumpió al ver a una mujer joven traspasar el umbral de la puerta—. ¡Ah, buenas tardes, doña Camila! —la saludó con una inclinación de cabeza—. Necesito vuestra ayuda. Me temo que tendremos que cortar la pierna a este pobre muchacho. Capitán Boudreaux... doña Camila —les presentó.

—Buen día, don Bernardo. Buen día, capitán —cabeceó la mujer y, sin esperar la réplica de Armand, se afanó en preparar todos los utensilios para la inmediata operación. El capitán agradeció en silencio la eficiencia de la joven.

—Tendréis que salir, capitán Boudreaux. No os apuréis por vuestro hermano; nosotros lo atenderemos bien. Doña Camila es muy competente. Os prometo que haré todo lo posible para mantenerlo con vida. —Don Bernardo le palmeó el hombro, como si quisiera tranquilizarle.

Boudreaux ahogó un gemido ante el dolor lacerante que le produjo el contacto.

—¡Por el amor de Dios, hombre! ¿Cómo no me habéis dicho que estabais herido? Creía que esa sangre no era vuestra. Vamos, dejadme ver ese brazo —ordenó, tratando de sujetarle.

—¡No! Atended a mi hermano —consiguió sisear entre dientes, aguantando el dolor—. Mi brazo puede esperar. Os ruego, señor, que remediéis a Pierre; él lo necesita más que yo.

Con una última mirada al herido, que yacía en la mesa, salió de la habitación, mientras don Bernardo murmuraba sobre lo tercas que eran algunas personas.

Camila dispuso todo el instrumental médico en una mesa adyacente, para tenerlo a mano según fuera haciendo falta. Ahora que el sol empezaba a descender, la luz que entraba por la única ventana comenzaba a ser escasa; juntó varios candiles para añadir más claridad a la estancia. Pese a que no era la primera vez que asistía a una amputación y conocía todos los pasos a seguir, el desagrado que le producía era tan palpable como la primera vez, si no más. Nunca se lo había confesado al galeno, pues le avergonzaba admitir esa debilidad. No quería mostrarse frágil ante nadie nunca más.

«No es momento para pensar en esas cosas, muchacha. Hay trabajo por hacer», se recriminó en silencio.

Sujetó al muchacho por las muñecas con la ayuda de varias correas, que pasó por debajo de la mesa, para evitar que se moviera e intentase apartar al galeno cuando estuviera en plena operación. También lo ató por el tobillo sano a la pata de la mesa.

Don Bernardo limpió el miembro herido con jabón. Escogió, de entre todos los instrumentos que ella había preparado, la sierra con la que iba a cercenar la pierna de aquel pobre muchacho.

Camila desvió la mirada —no quería ver cómo el galeno cortaba la piel y la carne para dejar un colgajo con que cerrar el muñón— y se concentró en sujetar la pierna por encima de la rodilla, para impedir que el soldado la moviese al recobrar el conocimiento. Con los dientes apretados para resistir el ruido y las vibraciones que producía la sierra al contacto con el hueso, comenzó a rezar en silencio, en un intento de alejar la mente de esa situación. De poco serviría si comenzaba a vomitar o salía huyendo de allí. No, aguantaría hasta el final.

El dolor despertó al soldado, que agitó la pierna, gritando como un loco. Camila trató de calmarlo para que el médico pudiera terminar de amputarla correctamente, pero el pobre muchacho, en su agonía, movía la mesa y dificultaba la operación. Sus ojos azules, desmesuradamente abiertos, la miraban suplicando ayuda. Ella tomó un trozo de cuero grueso, que reservaban con ese fin, y se lo dio para que mordiera. El joven clavó los dientes en él y apretó con saña. Tenía la cara congestionada y el pelo rojizo húmedo de sudor. La piel de los labios y alrededor de la boca se le estaba poniendo violácea por el esfuerzo; en las sienes, las venas le latían a ritmo creciente. Había cerrado los ojos y se le escapaban las lágrimas de entre los párpados. Era tal su martirio que no cesaba de moverse.

—¡Por el amor de Dios! ¡Sujetadle bien, muchacha! —ordenó don Bernardo—. Ya no queda mucho.

Camila trató de calmar al herido hablándole en francés, pero estaba demasiado enloquecido y no escuchaba nada de lo que se le dijese. Era muy joven para pasar por una situación tan extrema.

En momentos como ése, ¡cuánto lamentaba no tener el don de los Gamboa! Con sólo poner sus manos sobre el soldado le habría calmado el dolor y el sufrimiento. Ella no tenía ese poder. Tal vez su suegra tenía razón: al no poder tener hijos a quien legárselo a su muerte, el don se había perdido con su padre. Por otro lado, la muerte de don Arturo había sido tan repentina que... Pero no, el don no funcionaba así. No era el portador quien se lo cedía al siguiente. Era el mismo poder el que se desarrollaba dentro de la persona indicada. Desde tiempos remotos hasta ese momento, siempre había estado en su familia.

—Ya podéis soltarlo, doña Camila. Ha vuelto a desmayarse... y yo ya he terminado.

El galeno envolvió el pie amputado en un lienzo antes de cedérselo a ella para que lo depositara en un rincón, a la espera de que los hermanos dominicos se lo llevasen para enterrarlo.

Con gesto de cansancio, Camila se pasó el antebrazo por la frente, en un intento de secarse el sudor que le goteaba por las sienes. La transpiración le había pegado el vestido a la espalda. Miró al joven. Ciertamente, en ese momento estaba más allá del dolor. El trozo de cuero se le había caído de la boca abierta y estaba en el suelo, brillante de saliva.

Don Bernardo, con destreza, procedió a cauterizar la herida antes de que el muchacho se desangrase. Camila le pasó la aguja enhebrada con hilo de seda y aguardó con otra preparada a que se la pidiera. Una vez satisfecho, el galeno se aplicó a la tarea de preparar el muñón; sin duda trataría de que fuera lo menos molesto posible, por si quisiera llevar, más adelante, una pierna de madera.

corazon-5.xhtml

2

Entre las sombras alargadas del ocaso, Armand, sin poder ignorar el sufrimiento que le producía su brazo herido, caminaba por el patio exterior, incapaz de estarse quieto, mientras se maldecía con saña. ¿Por qué no había obligado a su hermano a regresar a casa en vez de consentir que le acompañase con el ejército? ¿Cómo no se había dado cuenta del peligro a que lo exponía?

Sólo era un muchacho, inexperto en el arte de la guerra y ávido de aventuras, que iba a quedar lisiado de por vida. Y él, el capitán Boudreaux, tenía toda la culpa. Podía recordar con total claridad el momento preciso en que Pierre le anunció su deseo de ser soldado, el brillo de sus ojos ante la perspectiva de vivir las mismas aventuras que su idolatrado hermano. ¡Qué necio había sido al no percatarse de la determinación con que hablaba Pierre! Se quitó el sombrero, desesperado, y se mesó el pelo castaño con rabia apenas contenida. ¿Qué iba a ser de Pierre ahora? Por un momento pensó que sería mejor que muriera, pero en cuanto esa idea le cruzó la mente se arrepintió de inmediato. No quería más muertes en su conciencia; ya tenía demasiadas. Haría lo que estuviera en su mano para salvar la vida de su hermano pequeño.

Estaba agotado después de tantos días de asedio y de tensión; empero, no podía permanecer parado. Continuó caminando entre los soldados que, con más o menos paciencia, esperaban a ser atendidos. De pronto, al recordar que no tenía noticias de los hombres de su compañía, se dispuso a buscarlos entre aquellos.

—Capitaine... —oyó que lo llamaban, a la vez que alguien le tocaba la bota—. Capitaine...

Miró. A sus pies yacía un soldado con el vientre destrozado por la metralla. El tufo de sus intestinos abiertos impregnaba el aire a su alrededor. Se estaba muriendo; nadie sobrevivía a una herida tan grave. Armand sujetó la espada que colgaba de su cintura y puso una rodilla en tierra para consolar a aquel hombre en sus últimos momentos, tal y como había hecho con otros soldados a lo largo de sus muchos años de combatiente.

Al principio, la terrible visión le impidió reconocer al soldado que lo llamaba, pero su pelo rojo le aclaró de quién se trataba: sólo el cabo Rouen tenía un cabello tan llamativo. Era uno de sus hombres. Habían luchado juntos los últimos ocho años. Sintió la misma opresión en el pecho que le aquejaba cuando se enfrentaba a la muerte de cualquiera de los reclutas que formaban su regimiento. Se preguntó si algún día se acostumbraría a ello, pero desechó la idea; nunca sería capaz de pasar por eso sin sufrimiento. Cada una de esas muertes pesaba sobre su conciencia como una losa.

—Capitaine... ¿cómo está vuestro hermano? —preguntó Rouen en francés, cuando Armand le cogió de la mano.

—El galeno le está atendiendo. Tendrán que amputarle parte de la pierna.

—No tendría que haberse... alistado —consiguió decir entre jadeos.

—Lo sé. Tendría que haberle obligado a regresar...

—Dudo... dudo mucho de... de que no lo intentarais, capitán... —Trató de sonreír pero a sus labios sólo asomó una mueca—. Todos conocemos... lo mucho que os preocupáis... por él.

Armand asintió y le retiró de la frente un mechón rojo para que no se le metiera en los ojos. Allí tumbado, el cabo parecía no ser más que un niño, aunque él sabía que ese verano había cumplido los veintiséis. A través de los años en que compartieron campos de batalla, había conocido los sueños que tenía aquel soldado. Sabía que no estaba casado, pero planeaba hacerlo pronto. Quería dejar el ejército, tener hijos y dedicar su tiempo a las tierras de cultivo que iba a heredar. Sueños que jamás llevaría a cabo.

«¡Dios! ¿Por qué existen las guerras? ¿Qué sentido tiene todo esto?»

—Lo siento mucho, cabo —susurró apenado.

—Vos... vos no tenéis la culpa, capitán. —Los ojos verdes del moribundo reflejaban sinceridad—. Siempre os preocupasteis... por todos nosotros.

—No es del todo cierto, muchacho. Cuando entramos en la ciudad e hirieron a mi hermano, abandoné mi puesto...

—No... no —le cortó entre estertores—. Es comprensible... nadie os lo reprochará. Yo... yo no lo hago. —Un acceso de tos le silenció un momento—. Quiero pediros algo...

—Estoy a vuestras órdenes, cabo Rouen —aseguró con firmeza.

El cabo sacó con dificultad una carta del interior de su maltrecha casaca y se la tendió con dedos temblorosos, tratando de no mancharla con la sangre que le cubría las manos.

—Es... es para... mis padres. La escribí... al principio del asedio... por... si... acaso...

Muchos soldados escribían cartas a su familia, ante la posibilidad de morir durante la batalla. No era la primera vez que tenía que enviar misivas de ese tipo. Habría sido tonto desear que fuera la última.

—Se la enviaré en seguida. La recibirán, os lo prometo.

—Gra... gracias... capitán... —Sonrió.

El soldado tomó aire por última vez y expiró en medio de grandes estertores. Armand le cerró los ojos, con el alma desgarrada por la pena. Le colocó las manos sobre el pecho y le alisó lo que quedaba de la casaca, al tiempo que rogaba a Dios por el alma de aquel hombre valiente. Con mucho cuidado para no abrirse de nuevo la herida, se desprendió de su propia casaca para cubrir el rostro sereno del soldado.

Con la cabeza baja y la carta en las manos, recordó los momentos vividos junto a aquel hombre. Recordó, también, a otros soldados que habían muerto en esos días, en esos meses, en esos años. Eran tantos que cada vez se hacía más difícil acordarse de todos. Pese a ello, los tenía presentes. Eso le hacía pensar mejor cada una de sus órdenes durante una contienda. No era sólo su vida la que estaba en juego.

Un rato después la voz de una mujer lo devolvió a la realidad:

—¿Capitán Boudreaux? Capitaine?

—Oui, madame... —graznó, con la voz un tanto áspera y se levantó presuroso para saludar a la recién llegada, pero esta vez el dolor le dejó paralizado y no pudo incorporarse del todo.

«Par le Sang de Dieu, después de todo estoy más flojo de lo que pensaba», caviló con pesar.

A la luz del ocaso, la manga izquierda de su camisa se veía oscura por la sangre que la empapaba. Miró de nuevo a la joven, era la que había llegado para ayudar al galeno.

«¡Pierre!», pensó, aturdido.

—Soy... soy Camila de Gamboa —titubeó la mujer—. Venía para deciros que ya ha finalizado la operación. ¿Entendéis lo que os digo? —Parecía insegura—. Don Bernardo quiere miraros ese brazo; a juzgar por vuestra camisa, habéis perdido mucha sangre —continuó en francés. Le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

—Merci, madame. —No aceptó la ayuda. Ignorando el dolor, se enderezó él solo—. Ciertamente, estoy algo mareado. ¿Mi hermano está bien?

—Todo lo bien que se puede esperar, dadas las circunstancias. Está muy débil y precisará muchos cuidados para recuperarse.

Boudreaux asintió, tratando de ordenar sus pensamientos. Ella había dicho algo...

—Perdonad, madame, ¿cómo habéis dicho que es vuestro nombre?

—Camila de Gamboa.

Gamboa... Los recuerdos se agolparon en su mente. ¡Ah! Era posible que no estuviera todo perdido. Casi sonrió al pensarlo. Tenía la certeza de que todo se iba a solucionar. Pierre sobreviviría, de ello estaba seguro. Enderezó su espalda con la esperanza renovada. Conocía a la persona que podía conseguir ese milagro. Con presteza se dirigió a la joven:

—Vuestro apellido me ha hecho recordar a una persona que conocí hace varios años. Es posible que lo conozcáis, madame; se llama don Arturo de Gamboa; es médico y tiene un... ¿Os encontráis bien? —inquirió al ver la expresión anonadada de la mujer.

—Sí... sí. Simplemente me he sorprendido. Eso es todo —suspiró, con la mirada humedecida—. Era mi padre.

—¿Era? —susurró, desesperanzado por el terrible presagio que le invadía.

—Siento tener que deciros que mi padre falleció hace once meses.

A pesar de la oscuridad, la decepción era visible en el rostro de aquel hombre. Estaba claro que había conocido a don Arturo y sabía de su poder de sanación. Camila se preguntó dónde lo habría conocido, pero no se atrevió a preguntarle directamente. No después de ver cómo se cerraba bajo un manto de frialdad.

Sin decir nada más, él se dirigió al convento, con paso inseguro. Su camisa blanca y la empuñadura de su espada destacaban en la penumbra. Camila lo siguió con la mirada hasta que él traspasó el umbral del edificio y se perdió de vista. Se fijó entonces en el soldado que yacía a sus pies. Había llegado a tiempo para ver al capitán hablar con él e, instantes después, quitarse la casaca para cubrirle el rostro. Supuso que era un soldado de su regimiento y que el capitán estaba acompañándole en sus últimos momentos. Pocos guerreros eran capaces de mostrar esa sensibilidad hacia un moribundo, y eso hablaba muy bien del grado de compasión que poseía el capitán Boudreaux.

—¿Sabes cómo se llamaba? —preguntó el hermano Damián al llegar a su lado.

—Lo desconozco, pero el capitán Boudreaux sabrá daros el nombre —aseguró.

—Los hermanos, junto con varios soldados indemnes, se han encargado de enterrar a los muertos. Éste parece ser el último, por el momento —reconoció, señalando al soldado que yacía a los pies de ambos—. Ruego a Dios que no sean más.

—Ojalá os oiga, hermano Damián. ¡Ojalá!

Camila, sin esperar más, regresó a la habitación para seguir ayudando a don Bernardo.

Al entrar encontró al capitán Boudreaux sentado de perfil a la puerta y con el torso desnudo, dejando que el galeno le curara el brazo. Él le dedicó una leve mirada antes de volver a fijar la vista en el suelo. A sus pies descansaba la camisa maltrecha; la manga izquierda, empapada de sangre, tenía la apariencia de un trozo de cuero apergaminado. Otra pieza de lienzo —la corbata, probablemente— no era más que una masa sanguinolenta. Evidentemente, ese hombre había perdido mucha sangre, pese a no dar muestras de ello. En lo alto del brazo, muy cerca del hombro, presentaba dos orificios: uno de entrada y otro por donde había salido la bala.

Camila no pudo dejar de observar cómo se le contraían los músculos ante las manipulaciones a las que le sometía don Bernardo. Sólo había visto cuerpos tan bien formados en los estibadores del puerto y en los grabados de los libros de su padre. Siguió mirando subrepticiamente, deseando secretamente poder admirarlos más de cerca. Se preguntó qué se sentiría al acariciarlos y percibir su dureza.

«¡Estás loca! ¿Qué haces pensando esas cosas?», se reprendió en silencio.

—Tendréis que buscar un alojamiento limpio para vos y para vuestro hermano —recomendó don Bernardo—. De lo contrario corréis serio riesgo de que las heridas se llenen de pus. Las de vos no son tan peligrosas como la pierna de vuestro hermano, pero no por ello hay que descuidarlas.

—¿Adónde creéis que podríamos ir? —indagó el capitán alzando la vista. Su mirada azul era una mezcla de agotamiento y desencanto.

—Realmente no lo sé. Muchas casas están ya atestadas. Por otro lado vuestro hermano necesita cuidados constantes. Es necesario que lo atienda alguien con conocimientos... —Su mirada se cruzó con la de Camila, que parpadeó, confusa.

El capitán observó el intercambio de miradas y giró la cabeza para clavar sus ojos en ella.

—¿Confiaríais en madame de Gamboa para esos cuidados? —sondeó sin apartar la vista de la joven.

—Sí, sin lugar a dudas —aseveró don Bernardo con convicción—. Sus conocimientos de plantas medicinales son extraordinarios. No confiaría en nadie más.

Ella se sintió halagada por esas palabras, sin sospechar que fueran a ser su perdición.

—¿No podríais, vos, instalarnos en vuestra casa? —le preguntó el oficial con su voz prof

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos