Prólogo

Seguramente, en Palencia se encuentra el románico más completo de España. En una de mis frecuentes visitas a esa tierra, entre capiteles y arcos ojivales del monasterio cisterciense de San Andrés de Arroyo, de transición romano-gótica, ante el sarcófago de doña Mencía de Lara, que ordenó su edificación, capté la esencia de la mujer en esa época convulsa del Medievo: tenía vedado el acceso a cualquier centro de decisión, carecía de derechos, no podía disponer de su propia fortuna, esclava de su señor, con derecho de pernada y meramente objeto de la procreación, que se aceptaba incluso por la Iglesia Romana para quien representaba, fundamentalmente, un ser pecador. Sin embargo, aquella sociedad hubiera sido impensable sin el aporte de la mujer a la economía doméstica y rural. No existía asociación familiar que no se asentara en aquella mujer valerosa, que hacía de su vida el paño con que se vestía un período negro. Período en el cual ella era vital, pero en el que se le negaba la cualidad de persona.
Es ella, esa mujer de origen noble, la que impulsó en gran medida la construcción de conventos y abadías, algunos de los cuales llegaron hasta hoy, y a cuya sombra sembraron raíces de conocimiento y lectura, hasta el punto de acuñar el varón aquella frase «...siendo que los libros no son leídos más que por mujeres deben, por tanto, corresponderles en herencia». Mi reconocimiento a esas mujeres me llevó a plantearme esta historia, como un pequeño desagravio por tanto vilipendio.
NIEVES HIDALGO
Octubre de 2008
Año del Señor 1521
Toledo. España.
A esta tierra nos ataron
castellanos tan altivos
que por vida nos legaron
amaneceres cautivos.
1

Febrero
Los ojos oscuros de la muchacha pasaron raudos sobre las letras impresas en aquel pliego de papel, firmado y sellado por las autoridades competentes. Nadie vio el destello de cólera que los iluminó durante unos segundos. Una cólera que quemaba y que, de haber sido otra su crianza, la hubiera impulsado a tomar un puñal y asesinar al emisario de tan funestas nuevas. Sin embargo, Marina Alonso y de la Vega no se dejó llevar por la ira; muy al contrario, había aprendido a guardar sus más intensos sentimientos en una coraza que, sin duda, había sido forjada como el acero de la ciudad que la vio nacer, y moldeada por las enseñanzas de las monjas que la instruyeron.
Con un gesto casi lánguido, devolvió el documento que la condenaba a ser una protegida durante el resto de sus días. E incluso sonrió al hombre, que desvió la mirada, abochornado por ser el portador de tan malas noticias.
—Mi señora, yo...
—Nada he de reprocharos, don Evaristo —cortó ella con un gesto de su mano—. No habéis hecho más que cumplir con vuestro cometido y os lo agradezco. Sé que no es grato para vos.
El hombre se alisó las puntillas que sobresalían de los bordes de su jubón, sin saber muy bien dónde poner las manos, después de enrollar y guardar el documento.
—Si en algo puedo ser útil...
—Sé que puedo contar con vuestra ayuda —sonrió ella—, pero me parece que ya está todo decidido. Otros lo han hecho por mí.
Evaristo de Céjar hizo un saludo breve y salió de la estancia.
Apenas lo hubo hecho, la puerta volvió a abrirse y una mujer de cabello oscuro, con algunas canas en las sienes, entró precipitadamente en la pieza y se quedó mirando a Marina, los brazos en jarras y el gesto huraño.
—¿Y bien?
Marina guardó silencio hasta que vio a través de los cristales que la visita salía de la casa, montaba en su caballo y se alejaba al galope por el camino que atravesaba la pequeña hacienda. Sus ojos eran dos ónices, brillantes y un poco acuosos por las lágrimas contenidas. Sus cabellos, recogidos bajo una redecilla oscura, fulguraban en su negrura absorbiendo los últimos rayos de luz de aquella tarde de febrero. De repente sintió frío. Un frío hiriente que le llegó hasta los huesos. Notó un ligero vahído pero se repuso de inmediato. Aun tratando de disimularlo, el mareo fue advertido por Inés, que se acercó con rapidez.
—Vamos a vuestro cuarto, niña.
La joven se dejó conducir sin decir una palabra. Salieron de la sala, atravesaron el suntuoso patio de entrada, falto de flores ahora, y ascendieron por las escaleras que daban al primer piso. Cuando Inés cerró la puerta tras ella, preguntó:
—Era el condenado documento, ¿verdad?
—¿Lo dudabas?
—¡Cerdos!
—Inés, por favor. Cuida el vocabulario. De nada sirve enfurecerse —dijo la muchacha dejándose caer en una butaca forrada de raso verde oscuro con rayas más claras.
Inés tenía treinta y cinco años recién cumplidos, llevaba en la casa desde que a los cinco su padre la dejara al cuidado de los Alonso, porque el trabajo, la viudedad y la bebida a la que se echó al morir su esposa, no le permitían cuidar de una criatura. Había trabajado en la hacienda fregando suelos, haciendo la comida, aseando los cuartos y hasta cuidando de las porquerizas. Hasta el nacimiento de Marina, la hija adorada de don Tello Alonso de Cepeda y Barrientos, señor de Aguilar y de doña Beatriz de la Vega. La señora de la casa, delicada de salud desde siempre y viendo el cariño que de inmediato demostró Inés por el bebé, la puso a cargo de la niña. Desde entonces no se había separado de ella. Compañera, amiga, confidente; había sido de todo para la pequeña Marina. La adoraba como la hija que no tuvo y que sin duda nunca tendría, dada ya su edad.
Con una sonrisa triste, quitó la redecilla dejando suelta la larga y sedosa cabellera de su protegida, comenzando a cepillarla con mimo.
—¿No vas a impugnarlo? —Inés tuteó a la joven, como hacía siempre que ambas estaban a solas.
—¿Impugnar un documento escrito por hombres para su propio beneficio?
—Mejor podrías haber dicho por buitres, para disfrute de los buitres.
—Sea como sea, los médicos han emitido su dictamen y la Ley ha dispuesto que no tenga nada.
—Y ¿vas a conformarte? —gruñó Inés.
Marina alzó la cabeza y miró a los ojos a su amiga y criada. Los suyos se volvieron más negros que nunca y en su rostro, ligeramente aceitunado, apareció un destello producto de la ira.
—No voy a aceptar la muerte de Juan —dijo entre dientes—. No al menos sin vengarlo y saber qué mano le dio muerte y qué hombre pagó sus buenos reales a esa mano.
—Averiguar quién asesinó a tu esposo no te ayudará a recuperar lo que es tuyo. No te devolverán la hacienda de los Aranda, ni la mansión de Fonseca, ni las tierras, ni el ganado, ni las...
—¡Pero será vengado! —estalló la muchacha, incorporándose y tomando distancias—. No puedo culpar a nadie de mi locura.
—¡¿Locura?! —protestó Inés.
—¿Acaso no lo fue durante un corto período?
La criada dejó el cepillo sobre la cómoda, de trabajada madera de nogal, desistiendo ya de peinar a su señora.
—¿Qué mujer no habría enloquecido si hubiese perdido a su padre, a su esposo y a su futuro hijo en el término de quince días? —razonó.
Marina se mordió el labio inferior para evitar que un sollozo se le escapase.
—Yo, Inés. Yo no debería haberlo hecho. Mi padre me crió para ser fuerte ante las adversidades, para saber valerme por mí misma —dijo—. He sido educada como el hijo que no tuvo y no tenía derecho a fallarle —se encogió de hombros—. Anda, ayúdame a quitarme el vestido y luego retírate. No te necesitaré más por hoy.
—Intuyo que no bajarás a cenar.
—Intuyes bien. Ese odioso papel me ha quitado el apetito.
Inés ayudó a la joven a desembarazarse del vestido negro, sencillo de adornos y ligero de puntillas aunque los pequeños botones que lo abrochaban a la espalda eran de finísima pedrería. Odiaba verla vestida de aquel color, lo mismo que lo odiaba Marina, pero no podían pensar siquiera en utilizar otros tonos. Por fortuna el año de duelo estaba por finalizar y podría suavizar el luto. Después de quitarle las enaguas, Inés le alcanzó un camisón de batista blanca. Dado que el brasero para calentar la cama no había sido preparado, frotó con sus manos las sábanas heladas, transmitiendo algo de calor y cuando la dejó arropada en el lecho se inclinó y la besó en la frente.
—Descansa, potrilla —dijo—. Ha sido un largo día. Mañana veremos el modo de enfrentar todo esto.
Marina sonrió a su criada y amiga y se recostó sobre los almohadones. Cuando la puerta se cerró tras Inés, dejó escapar un largo suspiro. «Mañana», pensó.
Hacía casi un año desde el fallecimiento de su padre y, aunque la pena fue grande porque lo había amado con todo su corazón, contaba ya setenta años y estaba delicado de salud; de todos modos, nadie imaginó nunca que moriría tan repentinamente. Ella intuía que había habido algo extraño en la muerte de su padre, aunque aparentemente le había sobrevenido un paro respiratorio mientras dormía. Le había dolido más la desaparición de Juan, quien acababa de cumplir los veintinueve años y estaba pletórico de vida. El incendio que acabó con su vida había sido investigado, pero no llegaron a saber las causas por las que las caballerizas ardieron con Juan de Aranda y Madariaga desvanecido en su interior. Curiosamente, los caballos consiguieron salir a tiempo de la pira en que se convirtió la edificación. Marina siempre creyó que aquel incendio había sido provocado por una mano asesina, pero no pudo probar nada, como tampoco se pudo probar que la muerte del anciano don Tello hubiese sido algo más que el desenlace fatal de un cuerpo cansado y desgastado.
Sin embargo, lo que más le dolía, lo que aún le quitaba el sueño por las noches, era la pérdida de su hijo por nacer. Estaba embarazada de cuatro meses cuando se precipitó por las escaleras, al parecer por un desmayo provocado por la debilidad. Un hijo que ella adoraba antes de conocerlo, que había sido su única ilusión, la esperanza de poder dar su amor a alguien que le perteneciese realmente.
A raíz de aquellos trágicos sucesos en tan corto período de tiempo, la joven se sumió en un estado casi catatónico. No comía, apenas hablaba y parecía no ver a quienes la rodeaban. De ser una muchacha alegre, conversadora incansable, apoyo de los más necesitados, protectora de los desamparados, que reía con su padre mientras jugaban al ajedrez y solía leer en voz alta a su esposo durante las largas tardes de invierno mientras él la miraba sonriendo como un niño, Marina Alonso y de la Vega se convirtió en un fantasma. A pesar de los cuidados constantes de su cuñado Luis y de su esposa Consuelo, que se trasladaron a la finca para atender sus más pequeñas necesidades, Marina no mejoró. Durante meses estuvo ausente, desatendiendo la hacienda y sus obligaciones más urgentes. Fue Luis quien hubo de hacerse cargo de las tierras, de los trabajadores, de pagar los jornales, encargar semillas, herramientas y preocuparse de que se esquilasen las ovejas para exportar la lana. Al final, los médicos dictaminaron que la joven no estaba en condiciones de dirigir la hacienda de su esposo y, casi ni siquiera, de cuidarse ella misma, decidiendo que lo mejor para ella sería que fuera internada en una casa para enfermos mentales o en un convento. Luis, irritado, llegó incluso a golpear en la mejilla al médico que diagnosticó aquella barbaridad. Pero al final, después de un largo mes de espera, ansiando su mejoría, el hombre hubo de aceptar que su cuñada había perdido las ganas de vivir y, por tanto, no podía seguir dirigiendo los bienes familiares heredados de su esposo y su padre. De todos modos, se negó en redondo a que la muchacha acabase ingresada, y por ello, una vez que la sentencia estaba pronta a ser ejecutada, la hicieron trasladar a la pequeña finca que había heredado directamente de su madre doña Beatriz, donde estaría al cuidado de Inés, su fiel criada.
Ella misma había provocado aquel final de la historia, de modo que no podía culpar a nadie. Fue su falta de entusiasmo la que llevó a los médicos a pensar que había perdido la razón y a los jueces a redactar el documento por el que todas las propiedades quedaban a cargo del hermano de su esposo. No estaba irritada con nadie, pero después de ver escrita la decisión, la rabia la había envuelto como una mortaja. Durante los dos meses anteriores había tratado de volver a tomar las riendas de su vida, pero las buenas palabras no convencieron a nadie y gritar hubiese supuesto que todos pensasen que, en efecto, no estaba en sus cabales. Cierto era que podría recuperar su herencia si se demostraba que había vuelto a la normalidad, pero ¿médicos pagados por su cuñado dictaminarían algo que le quitaba el control total sobre las propiedades? No se hacía ilusiones. Aunque por ley le correspondía, al no tener hermanos o hijos, sería casi imposible deshacer lo andado. Sin embargo no se conformaba con su suerte.
Su padre le había legado una hacienda enorme y fructífera, dos casas solariegas —una en Toledo y otra en Palencia—, tierras en Segovia, en Cuenca y en Ávila... A ese patrimonio debía unirse la finca de su esposo y más tierras inmejorables en zona aragonesa. Su deber era ser la señora de sus fincas, cuidar de ellas, de sus arrendatarios y engrandecerlas más aún. Todo lo había perdido por unos meses sumidos en la pena y la apatía, pero no quería dejar de luchar. No estaba en contra de Luis, sino de aquellas leyes que siempre se arrimaban a la razón de los varones.
Inés tenía la certeza de que todo había sido una conjura de su cuñado, don Luis de Aranda y de doña Consuelo, a quien llamaba en la intimidad «lechuguina fea como un demonio». Marina fue incapaz de hacerla cambiar de idea a pesar de recordarle los desvelos de ambos por su salud y las constantes visitas de las que fue objeto mientras duró su enfermedad. Cierto era que desde que los médicos dictaminaron su incapacidad para dirigir su patrimonio, no habían vuelto a visitarla, pero Luis tenía ahora muchas obligaciones y no podía estar pendiente de una cuñada amargada y quejumbrosa. Además, era un hombre comprometido con la Corona y también tenía obligaciones en la Corte, más aún cuando los constantes impuestos a Castilla eran utilizados para que el rey, don Carlos I —también conocido por Carlos V de Alemania—, llevase a cabo sus empresas en Flandes. En aquellos tiempos, el descontento del pueblo era cada vez más patente y las revueltas por parte de la nobleza castellana —en total desacuerdo con los abusos que el hijo de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla y nieto del emperador Maximiliano y María de Borgoña estaba llevando a cabo desde que asumiese el poder— habían acabado en un ejército de comuneros que luchaban contra las tropas reales. Posiblemente, la actitud del rey ante el problema se debía a que había heredado demasiado a una edad temprana. Los Países Bajos, territorios austríacos, incluso el derecho a un trono imperial, amén del Reino de Castilla, Sicilia, Nápoles, Canarias, Aragón y las Indias. Y a haber tratado a los españoles de modo feudal, lo que éstos no admitieron.
Se abrió la puerta e Inés penetró en la habitación portando una bandeja. Sin una palabra dejó ésta sobre la mesita de noche.
—Come algo. Ya estás flaca como un hueso de aceituna, niña.
Marina echó un vistazo a la comida. Pan blanco, un trozo de jugoso cordero y una copa de vino rojo y brillante. Se incorporó y sonrió a Inés para dejarla tranquila, pero en cuanto la mujer desapareció volvió a recostarse. No tenía apetito. Sólo deseaba dormir. Dormir y despertar de aquella pesadilla que ya duraba casi un año.
Cerró los ojos. Aunque trató de repetir mentalmente alguna de las oraciones que con tanto fervor le enseñaron en el colegio, la cólera —dominada pero no olvidada— no le permitió obtener el sosiego. Dio varias vueltas en la cama y acabó por levantarse. Se echó una bata encima del camisón y fue a sentarse en el asiento de la ventana. Desde allí, observó la pequeña hacienda, lo único que ahora era totalmente suyo. A su memoria acudieron los días en que fue feliz junto a sus padres. Había pasado tantos momentos dichosos entre aquellas paredes. Ojeda Blanca era una casa de dimensiones medianas; cocinas y dos salones, junto a la biblioteca en la planta baja, seis habitaciones en el piso superior y cuatro más en el desván, donde dormían los sirvientes. Había sido decorada por su propia madre y en todas las habitaciones podían verse alfombras mullidas, muebles robustos y tapices bordados, algunos traídos de Flandes, que ayudaban a paliar el frío viento de Castilla en invierno. Las camas eran grandes y cómodas, las colchas de la mejor calidad, así como todas las sábanas y mantelerías que doña Beatriz había mandado traer desde tierras catalanas. El patio que se abría a la izquierda del edificio y por el que se podía penetrar en el salón secundario era lo suficientemente hermoso como para albergar cuatro enormes cipreses, cuidados aligustres, macetas con geranios, pensamientos y jazmines. En verano, las rosas propagaban un intenso olor que ascendía a veces incluso hasta su cuarto. Y un olmo enorme, una de cuyas ramas añejas se apoyaba en los ladrillos de la fachada, justo debajo de su ventana, por el que trepó y descendió más de una vez durante sus estancias en la casa. Casi desgranó una carcajada al recordar aquella vez en que, por tratar de bajar aprisa para escaparse hasta el río, el borde de su falda se enganchó en unas ramas nuevas y quedó colgando boca abajo, como un jamón. Había tratado de librarse, pero hubo de aceptar la derrota y gritar hasta que su padre, alarmado, salió de la casa para ver qué sucedía. Lejos de regañarla, Tello Alonso prorrumpió en carcajadas y fue al final su madre, con ayuda de un sirviente, quien la sacó del aprieto.
El pálido sol de febrero se estaba escondiendo ya en el horizonte, y por entre las copas de los cipreses, lanzas elevadas hacia el firmamento, un tono rojizo, tan hermoso que le quitó la respiración, comenzó a filtrarse convirtiendo el patio en un lugar mágico y acogedor. ¡Cómo le hubiese gustado ver a su hijo corretear entre los aligustres, como ella lo hiciera de niña, y jugar en la pequeña fuente de mosaico verde! Si hubiera nacido. Si no hubiese tenido aquel desafortunado accidente al caer por la escalera. El médico dictaminó que el desvanecimiento le había sido provocado por la poca alimentación y su depresión. Su cuñada Consuelo había incluso llevado una sanadora a Villa Olivares para cuidarla, que le administró a diario bebidas tonificantes para que recuperase la salud. A pesar de que Consuelo Parreño nunca fue santo de su devoción, reconocía que se había portado muy bien con ella.
Sacudió la cabeza para alejar aquellos funestos pensamientos, con el dorso de la mano se limpió la lágrima que caía por su mejilla y con un suspiro de resignación regresó a la cama. Aunque no le apetecía, picoteó un poco de carne para no ofender a Inés. Poco después estaba dormida.
La taberna del Escudo Dorado estaba abarrotada, como casi siempre a aquellas horas del anochecer. Los parroquianos, de la más variada condición, bebían, comían y jugaban a las cartas o a los dados. Se mezclaban labradores, señores vocingleros y pendencieros, judíos, musulmanes conversos, ladrones y estafadores, casi a partes iguales. Y algunas mujeres de la más baja estofa, que perseguían ganar algunos maravedíes engatusando a quienes llevaban el bolsillo repleto.
En una mesa apartada, al fondo del local, los ojos verdosos de un hombre vestido con elegancia, calzas y negro jubón con ligeros adornos plateados, botas altas de buena piel y una espada colgada indolentemente sobre la cadera izquierda, se clavaron en los de su interlocutor.
—¿Cuándo fue?
Su voz fue un grito de rabia contenida con esfuerzo. En su mandíbula, un músculo palpitó imperceptiblemente.
—Hará un año el mes que viene, mi señor —repuso el otro.
Carlos Arteche y Ruiz de Azcúnaga se relajó un poco al mirar el rostro contrito del hombre que tenía delante. El tono aceitunado de su piel decía claramente que su procedencia no era española.
—Debieron avisarme, Bernardo —se quejó el caballero.
—Lo hicieron, según sé. El escribano de don Juan mandó la carta y nos fue enviada a Nápoles en abril.
—Salimos para Venecia a finales de marzo.
—Exactamente, de modo que no me culpe de no haberse enterado de lo sucedido, don Carlos. Más parece que yo hubiese perdido esa carta.
El hombre asintió. Su criado, aquel al que recogiera en la isla La Española cuando no era más que un mocoso sucio y medio desnudo, con el cabello enmarañado y repleto de porquería, al que un soldado estaba a punto de atravesar con la espada cuando se estaba produciendo el saqueo a un poblado indígena, estaba en lo cierto.
Bernardo —en realidad no se llamó así hasta que él se hizo cargo de su educación— había resultado ser el mejor camarada que nadie hubiese soñado jamás. Bajo su tutela y protección —cuando aun él mismo era todavía un joven imberbe que se había aventurado a enrolarse en un navío en viaje a las Indias— había conseguido convertirse en un hombre de bien. Él mismo había comenzado a enseñarle a leer y a escribir castellano durante la larga travesía de vuelta a España. Su instrucción prosiguió al llegar a la península.
—Tienes razón, disculpa. Estoy irritado.
—Como casi siempre, cuando las cosas no salen como quiere... —rezongó el joven criado.
Carlos le sonrió el reproche. Bernardo no aprendería jamás a ser un sirviente callado y modoso, era demasiado pedir a un alma libre. Él también había buscado ser libre. Se embarcó a los diecisiete años bajo las órdenes de Diego Colón, primogénito y heredero del viejo Almirante, escapando de la mano férrea de su padre, don Pedro Arteche, conde de Osorno. Había querido vivir su vida, perseguir aventuras y regresar a la casa paterna con galardones que demostrasen a su progenitor que era un hombre y no un niño. Craso error. Su dichosa aventura no resultó otra cosa que trabajos sucios y humillantes a bordo, trato vejatorio por parte de algunos de los marineros al conocer su procedencia aristocrática, hambre y sed, suciedad y enfermedad. Y una vez que desembarcaron en La Española fue aún peor. iluso adolescente, pensaba que iban a ayudar a los indígenas, a enseñarles las buenas costumbres de España, a evangelizarlos según decía el sacerdote que iba con ellos. No hubo más que ataques a poblados, encarcelamientos a hombres que hasta entonces eran libres, violaciones a mujeres y matanzas indiscriminadas. Y vergüenza para la bandera española. Los marinos solamente perseguían el oro de los indígenas, enriquecerse lo antes posible y volver a la patria sin importarles los sufrimientos y viudas que dejaban atrás.
Un poco por haber sufrido humillaciones durante el trayecto y mucho porque su madre lo crio en la enseñanza de que todos los hombres merecían respeto, aquella calurosa mañana en la que su mando dio orden de atacar el aislado poblado y recoger cuanto de valor encontrasen, su genio vasco —como solía decir su padre— salió a flote. Despachó de una estocada al desgraciado que acababa de asesinar a una pareja y que tenía agarrado por el cabello al niño, de unos siete años, al que estaba también a punto de degollar, y cargó con el crío bajo el brazo de camino al barco. Su descabellada acción, según las miras del capitán, le costó acabar atado al palo mayor y recibir veinte azotes, de los que aún conservaba cicatrices. Pero al menos consiguió quedarse con el chicuelo como su criado.
—¿Cenamos aquí o regresamos a casa? —quiso saber Bernardo.
Carlos Arteche parpadeó, repentinamente confuso.
—¿Qué?
—Digo, que me muero de hambre. Y el guiso servido en esa mesa —señaló Bernardo con la barbilla— hace la boca agua.
—Por Dios, muchacho ¿no puedes pensar en otra cosa que no sea llenar la barriga? Sales más caro que siete jornaleros.
—Pero le apaño más que diez, de modo que usted sale ganando. —Y sin esperar a que el conde aceptase su propuesta, hizo señas al hombre que servía para indicarle que le pusiese una de aquellas escudillas.
Carlos Arteche movió la cabeza, rechazando el silencioso ofrecimiento del empleado de la taberna para servirle otro cuenco. ¡Malditas las ganas que tenía de atiborrarse de carne grasienta! Mientras Bernardo devoraba su plato, lo miró con atención. Los ojos oscuros y la cabellera agreste gritaban su procedencia. Recordó el modo en que, durante el regreso del otro lado del océano, y a fuerza de enfrentarse a unos cuantos, conquistó el derecho a que los dejasen a ambos en paz. Algunos de los marinos dijeron de él que estaba loco y que era capaz de rebanar el gaznate a quien se le pusiese por delante o se atreviese a meterse con el rapaz que había apadrinado. Los locos eran temidos. De modo que su supuesta locura, unida al hecho de que manejaba la espada como un verdadero diablo, hizo el resto. Y al regresar a su casa, orgulloso por su buena acción, se encontró con que su padre había fallecido un mes atrás, mientras él navegaba, y que se había convertido en el joven conde de Osorno. Su interés por demostrar a su padre el hombre que llevaba dentro había sido en vano.
—¿Su viuda? —preguntó, esperando a que su compañero acabase de comer y hacer una seña al tabernero para que les sirviese otra ronda.
—Por lo que sé, perdió todo —dijo Bernardo, limpiándose la boca con el borde de su jubón y apurando luego el vino que había en su cubilete—. Los médicos la dieron por... perturbada después de perder el hijo que esperaba.
Carlos frunció el ceño. ¡Un hijo! De modo que Juan había convencido, a pesar de todo, a la joven. Apretó los labios.
—Las posesiones están ahora bajo el control del hermano de don Juan —siguió diciendo Bernardo—. Él y su esposa gobiernan haciendas y casas señoriales. Doña Marina vive retirada con su doncella y unos cuantos criados más en la finca de Ojeda Blanca, que heredó de su madre.
Carlos se retrepó en la silla, haciendo equilibrio en las dos patas traseras. Su mirada se volvió tumultuosa.
—¿Cómo fue? ¿Qué provocó el incendio?
Bernardo negó con la cabeza y agarró el vaso de nuevo en cuanto el tabernero lo rellenó de vino. Se había aficionado aquel maldito hijo de las Indias al vino aguado, como se aficionó a ir vestido y calzado, pensaba Carlos; sin embargo no soportaba el buen licor. La única vez que se atrevió a beberlo, Carlos hubo de sacarlo a rastras de debajo de una mesa y cargar con él hasta casa, borracho como una cuba. Desde entonces el joven, que seguía tan imberbe como cuando lo arrancó de la muerte, se había negado en redondo a probar de nuevo aquel veneno de blancos, como él lo llamaba.
—Nadie lo sabe. Las caballerizas ardieron por los cuatro costados y su buen amigo, don Juan, se encontraba dentro. Algunos dicen que estaba borracho y por eso no fue capaz de salir cuando se declaró el incendio.
—¡Juan no bebía! —gruñó Carlos, golpeando la mesa.
Una mujer de generosas formas se le sentó en ese instante en las rodillas.
—Yo sí bebo, encanto. —Le acarició el rostro con una mano de uñas largas y sucias—. Si me invitas, puedo hacerte pasar una noche increíble.
Una de las cejas del conde se alzó al mirar a la pelandusca y ella se removió sobre sus calzones, incitándolo. Era agraciada, pero su cabello castaño estaba sucio, las mejillas rojizas eran las de una persona que bebe en demasía, un escote que no dejaba nada a la imaginación. Y despedía un ligero olor a rancio. Borracho, puede que Carlos Arteche no hubiese hecho ascos a aquella moza, pero en esos momentos sintió deseos de apearla de su muslo de malos modos. Por el contrario, sonrió a la puta y, tomándola de la cintura, la puso en pie.
—En otro momento, tal vez —dijo—. Hoy estoy ocupado.
Aquella sonrisa, y él lo sabía, podía obligar a una abadesa a dejar los hábitos. Consiguió lo que deseaba al regalarla. La mujer le guiñó un ojo, le acarició la entrepierna y prometió:
—La próxima vez que vuelvas, tesoro.
Luego se alejó con un contoneo de caderas exagerado y encontró cliente al otro extremo de la taberna.
—No sé por qué os agrada venir a este tugurio, don Carlos —protestó Bernardo—. Aquí no hay más que buscadores de camorra, ladrones y golfas.
—Aquí se entera uno de más cosas que en los buenos barrios y yo acabo de llegar y escuchar noticias nada halagüeñas.
—Si os referís al rey —Bernardo bajó la voz—, la cosa está que arde. Y no digamos con respecto al cardenal.
—Ya me contarás más tarde. Es hora de irnos a casa. Mañana, a primera hora, irás a Ojeda Blanca y pedirás que sea recibido por la viuda de Juan de Aranda.
—La dama está de luto.
—Precisamente. Quiero presentarle mis condolencias, aunque sea casi un año después.
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Carlos no había escogido una ropa determinada para la visita. Vestía c
