Prólogo
Arrojo y descalabros
en la lógica infantil
Entre los documentos conservados por los herederos de María Lejárraga, y que han tenido la amabilidad de dejarme consultar, aparecen cinco folios sin fecha escritos a máquina y al parecer con cierta prisa, porque adolecen de repeticiones y alguna incorrección de estilo. Indudablemente se trata de un borrador preparado con idea de impulsar la singladura de Celia al aventurarse por aguas editoriales. Es evidente que ni la gestación ni los primeros escarceos de aquella criatura de ficción esbozada por Elena Fortún en las páginas de Gente Menuda le eran ajenos a quien supo guardar tantos secretos y jamás se cansó de ser leal.
Como el hada buena y entusiasta que siempre fue para su amiga Encarna, así saludaba María en este conato de madrinazgo, inédito hasta hoy, el nacimiento de Celia:
Niños españoles, estáis de enhorabuena. Por primera vez, la protagonista del cuento que llega a vuestro espíritu nace y vive en España… Caperucita recogía sus fresas y encontraba su lobo en un bosque alemán, y en un bosque alemán se dormía la Bella Durmiente. El Gato con Botas llamaba a la puerta de un castillo francés, y en un castillo francés vivía el Ogro. El Patito Feo se daba cuenta de ser bello cisne al verse reflejado en el agua de un canal danés. Peter Pan hallaba su sombra perdida en el cajón de la cómoda de una nursery inglesa. En inglés iba soñando Alicia en su país de maravillas, y en inglés tomaba Robinson posesión de su isla desierta […]. Vosotros sois más afortunados. Celia, la heroína cuyas aventuras vais a leer, ha nacido en Madrid, muy probablemente en una de las calles que unen la Castellana con el barrio de Salamanca, ha corrido en el Prado, ha paseado bajo las arboledas del Retiro, se ha perdido en lo alto de la calle de Alcalá, y han venido a encontrarla a la puerta de la Plaza de Toros, ha veraneado en la Sierra y, porque a su mamá le ha resultado cómodo, ha estado —¡horror!— interna en un elegante colegio de monjas. Así, vosotros la podéis comprender y, al seguirla en su historia sencilla por fuera y prodigiosa por dentro —ya que las mejores aventuras de Celia son sus fantasías—, podéis soñar, fantasear y meditar con ella sobre casos y cosas que están a vuestro lado desde que habéis nacido.
Me ha parecido oportuno iniciar mi análisis temático y estilístico de la obra de Elena Fortún trayendo a colación el principio de este borrador a modo de entradilla. No solo como homenaje al arte y a la parte que pudo tener María Lejárraga en la botadura del barco de papel donde iba a navegar Celia, sino porque apunta una de las características que también a mí me parecen fundamentales para entender el éxito de un texto que, aunque brindado a los niños, iba a conseguir poco después conmover e interesar también a muchos padres. Me refiero al hecho de que Elena Fortún se pusiera a contar cosas de la vida misma y a situar los diálogos de sus personajes en escenarios corrientes y normales, es decir, a que Celia, como protagonista, no marcara distancias insalvables con el lector infantil de la clase media, al presentarse como un ser reconocible y cotidiano, que solamente se vuelve excepcional en nombre de su capacidad para soñar la vida de otra manera. Para los niños de los años treinta, Celia no era un personaje exótico, y desde el texto ilustrado por Molina Gallent, entre muebles art déco, torres, pasillos, parques y escaleras, asomaba con su gran lazo y sus calcetines caídos para tendernos una mano que permitía la inmediata identificación con su historia. Podía aparecer de pronto en el Retiro a nuestro lado, tirar el diábolo y cogernos de la mano, porque estaba rabiando por encontrar otra niña con quien jugar, y sobre todo con quien hablar; podíamos oírla cuchichear con sus muñecas, con la gata Pirracas o hasta con el rey Baltasar, verla escalar una tapia, escaparse en la playa de los brazos de un bañero testarudo, toparnos con ella en el tren, en el circo, en el cine, en el tranvía, o incluso sentada junto a nuestro pupitre del colegio.
Pero, aunque de entrada fuera ese elemento de cercanía y «normalidad» lo que le sirviera de pasaporte para franquear nuestros corazones, había un guiño inquietante en las proposiciones de amistad de aquella niña, y enseguida se sospechaba que ni su esencia ni su existencia quedaban reducidas al recuento de una serie de travesuras más o menos graciosas para hacernos reír. El cebo que tiende Celia a sus lectores, y mediante el cual trasciende el limitado marco de su época y clase social, es su deseo de compartir con alguien una curiosidad devoradora por todo lo que no entiende, su fe en la palabra y su afán por desmontar los tópicos con que acorralan al niño las personas mayores.
En este sentido, estoy totalmente de acuerdo con María Lejárraga cuando dice que la historia de Celia es «sencilla por fuera y prodigiosa por dentro», juicio que, salvando todas las distancias, podría aplicarse igualmente a la de don Quijote de la Mancha, que, resumida, puede parecer una sarta de episodios sin demasiado fuste, pero nos engancha en cuanto despierta en nosotros una sed aletargada por ver las cosas bajo otro prisma, rechazando su apariencia primera.
Ya en la presentación que se hace de Celia Gálvez en el primer volumen publicado por Aguilar, a través del cual la conocí, se establece su identidad y se exalta el triunfo de la razón sobre el imperio mediocre del tópico. Cuando se lanza al mundo para desafiarlo, nada en su aspecto la señala como una princesa encantada o un guerrero medieval, ni la amparan conjuros benéficos, talismanes o espadas con puño labrado, no lleva más armas que las de la razón.
Esta introducción a Celia, lo que dice, donde Elena Fortún, como desde las bambalinas de un teatro, empuja a Celia y la anima para que salga a decir sin miedo todo lo que dijo, es un párrafo que yo me aprendí como una jaculatoria. Y gracias a él nos hicimos amigas[1].
Celia ha cumplido siete años. La edad de la razón. Así lo dicen las personas mayores […]. Es seria, formal y reflexiva, razonadora… Porque, ¿de qué serviría haber alcanzado la edad de la razón si no sirviera para razonar? Así, pensando y pensando, ha entendido que, siendo los mayores tan grandes y tan ásperos, tan diferentes en todo a los niños, no pueden comprender nada de lo que los niños piensan o hacen. ¡Pero vaya usted a quitarle de la cabeza a una persona mayor que es ella la que debe mangonear! […] Algunas veces está triste (¡le dan tantos disgustos!) y tiene tanta pena que, aunque haya llorado mucho, los sollozos la ahogan todo el día. Entonces los mayores dicen: «¡Dios quiera que no tengas que llorar por algo más grande!». Y en seguida: «¡Feliz edad!… ¡Qué dichosos son los niños!». ¡Dichosos! Ellos sí que lo son, que se van a la calle cuando quieren, se acuestan cuando les parece bien, comen lo que les gusta y rompen lo que se les cae, sin que nadie acuda a darles azotes. ¡Y qué tono se dan! «Cuando las personas mayores hablan, los niños no rechistan». «A los mayores no se les contradice nunca». En la mesa: «A comer y a callar». No sé adónde llegarían las cosas si hubiera que callarse siempre.
En esta introducción se ponen de relieve dos aspectos muy importantes del discurso que Elena Fortún va a ofrecer al lector de su tiempo.
Por su parte, la presentación, poco habitual, de las personas mayores como entes susceptibles de ser analizados bajo la lupa implacable del niño. Semejante novedad entraña una subversión de valores con respecto a la literatura infantil al uso, donde siempre habían sido los padres y maestros quienes amonestaban al niño o criticaban su conducta, pero no al revés. Esta reivindicación de la infancia como propuesta revolucionaria alcanza sus hallazgos expresivos más felices a partir de la entrada de Celia en un colegio religioso. Allí, al chocar con criterios educativos tan estrechos y anquilosados, va a convertirse en una auténtica contestataria. Sobre todo porque da «mal ejemplo». Pero ya antes, en Celia, lo que dice, se estaba incubando en nuestra heroína una rebeldía plasmada en su enfrentamiento con miss Nelly, la rígida institutriz inglesa cuyos argumentos desobedece y de la que se burla sin rebozos.
Hay una escena inolvidable en el capítulo III de Celia, lo que dice. Escena en sentido literal, porque la Celia narradora se desdobla en varios personajes cuya voz y actitudes imita para montar un solitario teatro de burlas, con sus consiguientes acotaciones.
El teddy bear que me trajeron los Reyes se parece a miss Nelly como si fuera hijo suyo.
Papá y mamá se enfadan cuando lo digo. Tú, lectora, lo comprenderás mejor. El osito tiene el pelo rubio, como la miss, y los ojos parados y bobos, como ella.
—Yo estar furiosa con Julieta por lo diablo que es —dice el osito.
Julieta es mi muñeca rubia, mi hija, y el teddy bear es miss Nelly, la institutriz, que se queja de mi niña.
—¿Qué hace mi pobre hija? —digo yo.
—No aprende nada.
—¿Y qué es lo que usted quiere que aprenda?
—Yo querer que aprenda gramática.
—¡Bah! ¿Y para qué sirve la gramática, me quiere usted decir?
—La gramática sirve para hablar bien.
—¡Mentira! ¡Mentira! Usted sabe mucha gramática y habla muy mal.
—[…] No quiere levantarse por la mañana ni acostarse por la noche.
—¡Claro! Como que no tiene sueño cuando usted lo ordena ni deja de tenerlo porque usted quiera…
—No quiere estudiar a sus horas.
—¿A qué horas?
—A las horas de estudio.
—Porque quiere jugar.
—A la hora de jugar quiere leer.
—¡Justo! Pero miss, no sea usted testaruda. Julieta no puede levantarse a las ocho y estudiar a las nueve y comer a las diez, porque no anda al mismo tiempo que el reloj.
Tras una serie de puntualizaciones, a cuál más razonable y que ocupan el capítulo casi por entero, Celia acaba diciendo que venirle con cuentos a una madre sobre faltas de su hijo es de acusicas, y que para que miss Nelly se corrija de su vicio la va a poner de rodillas de cara al rincón. Así lo lleva a cabo con el personaje teatral representado por el teddy bear. La escena acaba cuando miss Nelly, la de carne, que había estado escuchando detrás de la puerta, entra hecha un basilisco y se lleva a Celia por un brazo al cuarto de su madre de verdad, quien la castiga de rodillas por haber tenido la insolencia de tomar a la institutriz como blanco de sus burlas. Es decir, el castigo de mentirijillas no solo se ha vuelto verdadero, sino que restablece la normalidad, al cambiar de destinatario y rectificar de esa manera la trayectoria distorsionada de una flecha que apuntaba peligrosamente hacia los entornos de un mundo al revés.
Bien poco camino lleva andado Celia (estamos en la página 27), y ya su ataque frontal contra la lógica de esos mayores «tan grandes y tan ásperos», de los que Elena Fortún nos hablaba en su prólogo, ha sufrido el primer descalabro.
El otro dato importante sugerido en dicho prólogo sobre la personalidad de Celia se refiere a su tristeza. Como quien no quiere la cosa, la escritora, antes de ponernos en contacto directo con su criatura de ficción, se cuida de informarnos de que Celia sufre y de que a veces los sollozos la ahogan todo el día. Un informe digno de tenerse en cuenta, sobre todo por lo que tiene de confidencial, porque se pronuncia a espaldas de la niña que en seguida va a ponerse a hablar en primera persona. Tal vez no le gustaría enterarse de que han adivinado lo triste que está. Es un asunto que le gustaba llevar a ella sola. No es demasiado proclive, como veremos, a las rabietas arbitrarias ni a los caprichos porque sí. Lo que le indigna es que le nieguen el derecho a intervenir, que combatan sus razones pidiendo esclarecimiento de lo que no entiende con armas tan fantasmales y absurdas como las que vienen en un libro de texto.
Directamente la vamos a ver llorar pocas veces. Habremos de adivinar su tristeza entre líneas, camuflada bajo los argumentos y ocurrencias con que entretiene su tedio y que los demás motejarán de diabluras. Pero un ojo perspicaz descubrirá en seguida, a través de esos inventos y batallitas entabladas contra la árida realidad, el alma grande de Celia, su sed de cariño y sobre todo el ansia de ser escuchada, de hacerse merecedora de atención.
A lo largo de esta búsqueda fallida de interlocutor, que culminará poco a poco con la aceptación de una soledad poblada de fantasías, se desarrolla el crecimiento de Celia en el seno de un mundo muy concreto: el de la burguesía ilustrada madrileña en los albores de los años treinta, donde junto a las innovaciones de lo «moderno», opuesto a lo tradicional, empezaban a insinuarse las reivindicaciones de la clase obrera predicadas por el naciente socialismo.
En una función del colegio donde Celia hace el papel de un pescador amargado, sus opiniones sobre la maldad y la bondad, que generalmente no coinciden con las que tratan de inculcarle las monjas, la llevan a identificarse con su personaje y a compartir su actitud protestataria. El argumento es confuso pero, como siempre, ella lo interpreta a su manera.
Doy muchas voces y me pongo muy fea para que vean que soy muy mala.
Porque yo soy un pescador que se llama Blas, y Rosita es mi hermana, que es muy buena, y enciende una luz a la Virgen cuando voy de pesca. Yo la apago, porque no me gusta que haya luz en la puerta… o no sé por qué.
Siempre estoy diciendo que todo el mundo es malo, menos yo, y que hay que repartirlo todo.
—¿Sabes que Blas tiene razón? Eso de repartirlo todo me gusta mucho. También yo reparto los bombones… Fíjate cuántas cosas bonitas nos darían a nosotras…
—¡Calla! —me ha dicho Josefina, asustada—. Eso no se puede decir. Es un pecado muy grande. Ya ves: a mi hermano le echó mi papá de casa por decir lo mismo. Porque los que dicen esas cosas se llaman un nombre que se me ha olvidado.
—¿Era malo tu hermano?
—Él decía que era muy bueno, y que quería a todo el mundo, hasta al carbonero…
—¿Aunque esté tan sucio?
—Por eso precisamente le quería…
Celia se limita a comentar «¡Qué cosas!», y Elena Fortún cambia en seguida de tema. Pero el comentario evasivo de Celia, por una vez, revela moderación y prudencia. Ha dicho «¡Qué cosas!» como disimulando o para quedar bien con Josefina, porque ya está un poco cansada de enfrentamientos de opinión que no llevan a ninguna parte, y ha optado por la reflexión solitaria. Pero a estas alturas de la historia, todos sabemos de sobra hacia dónde se inclinan las simpatías de nuestra amiga, harta de repartir más o menos a escondidas juguetes, golosinas y medicamentos con gente de condición social inferior. Su amistad con Lamparón y Pronobis, los dos monaguillos que ayudan a misa a don Restituto, el capellán del colegio, le ha abierto las puertas a un mundo de costumbres más relajadas, juegos más divertidos y frases menos convencionales que el que le ofrece el trato con las niñas de su entorno, copia exacta de las señoras burguesas conocidas por «visitas» y a quienes Celia tanto aborrece. Sus escapatorias para jugar con estos muchachos de la calle y sus hermanas y amigas, la Teodora, la Petra, la Bonifacia y la Pelegrina, dan lugar, como es sabido, a los episodios más vivos y jugosos de la serie. Porque frente a la rigidez y el encierro de lo establecido, ellos significan un portillo secreto por donde aventurarse hacia la libertad. Una inventiva que parte de no tener nada. Lo más emocionante es precisamente ese cariz de aventura secreta y prohibida que tiene la generosa entrega de Celia al trato de sus nuevos amigos. Una entrega, por cierto, que provocará sus primeros conflictos serios relacionados con el desdoblamiento de su personalidad, porque las monjas acaban por enterarse de que se escapa a jugar con esos niños. Pero ella, tenaz en su propósito, e imbuida de la seguridad que le confiere ser la única niña del colegio que tiene dos mundos, acaba por imponer esta dicotomía, que las monjas, rendidas por el cansancio, no tienen más remedio que aceptar, aunque sea a regañadientes. Esos niños, además de monaguillos, son los amigos de Celia. Unos amigos de los que no está dispuesta a renegar.
Nadie podrá olvidar el momento en que los chicos, cansados de esperarla para jugar, vienen a sentarse encima de las tapias del huerto, y desde allí llaman a su nueva amiga a voz en cuello y todos a un tiempo. Es cuando Celia comprende que tiene que dar la cara.
—¿Quiénes son esos chicos tan desharrapados, y por qué la llaman a usted?
[…] Yo me hacía la distraída, pero era peor. La madre se acercó a ellos y les dijo no sé qué. Todos me miraban y se reían… Después volvieron a gritar:
—¡Celia! ¡Celia!
La madre, que seguía con cara de boba, me preguntó:
—¿Pero cómo saben esos chicos cómo se llama usted?
—Porque son mis amigos.
—¡Sus amigos!…
—¡Claro! Yo tengo amigos y amigas que no están en el colegio… Se lo puede preguntar a mi papá…
—¡No es posible!…
Celia aquí ha apelado al testimonio de su padre, por el cual, como veremos, se siente más respaldada que por ninguna de las personas mayores. Pero la incredulidad de la madre Bibiana no tendrá más remedio que plegarse a la evidencia cuando, pocos días más tarde, las niñas salen de paseo en fila de a dos hasta un pinar de las afueras, seguidas por dos monjas, y se encuentran con la compañía adicional de todos esos niños que las siguen, como una escolta inesperada, sin dejar de llamar a Celia.
—Iban la Pelegrina, y la Bonifacia, y la Patro, y otras que no sé cómo se llaman; y el Melitón, y el Ángel, y el Sebastián…, todos sucios y llenos de rotos, y hasta descalzos.
—¡Esto no se puede sufrir! —decía la madre Consuelo—. ¿Pero es que estos chicos van a ir con nosotras toda la tarde?
Y la madre Bibiana le ha dicho, suspirando:
—¡Ya lo creo que irán! No los conoce su caridad… Creo que son de unos tejares que hay a la salida del pueblo… ¡Me tienen loca desde hace unos días!
—Pero ¿por qué vienen detrás de nosotras?
—Porque son amigos de Celia…
Aquí, como vemos, el arrojo de Celia y el tesón de su lógica se han apuntado un tanto. A pesar de todo, tiene que aguantar que sus nuevos amigos a veces la llamen «señorita del pan pringao». En mi ensayo El cuento de nunca acabar he hablado de esta atracción que siente el niño de buena familia
por la libertad y el desarraigo de la calle cuajada de peligros donde campean a sus anchas pandillas de chicos algo mayores que gritan y fuman y cruzan la calzada sin mirar a los lados por si vienen coches, que se manchan las ropas y compran petardos y se pelean, chicos sin bufanda ni cartera de los que nunca se llega a saber el apellido y que a él no le respetan nada. Lo toleran, a lo sumo, como a un acólito del grupo, con una mezcla de condescendencia y burla, poniéndole motes porque se cansa al correr y se resfría y sobre todo porque habla con palabras de las que vienen en los libros.
Celia, arrebatada por el afán quijotesco de pesquisa que le insuflan sus lecturas, se pondrá siempre de parte de los desheredados de la fortuna y querrá saber por qué llevan una vida diferente, curiosidad que escandaliza a sus mentores tanto como la extravagancia de que se divierta con «esa gente»; y, es más, que identifique su trato y costumbres con la noción de libertad. Particularmente, la estancia en el colegio está plagada de ejemplos significativos al respecto. Tal vez el más novelesco sea el del capítulo XX, cuando Celia y Carmencita (por iniciativa de la primera, claro está) van a devolver el burro de la señora Manuela a un pueblo vecino y se emborrachan un poco porque el dueño del burro les da de merendar con vino. Aquel regreso de noche al colegio con el hombre que las acompaña, los tres montados en el burro y cantando a la luz de la luna, mientras los perros del camino salen a ladrar a su paso, es una escena que se ha salido del libro y que recuerdo haber vivido yo misma; me asalta a veces con olores y colores, revuelta con otras de la lejana infancia. Fue, en realidad, mi primera borrachera.
He dicho antes que Celia se siente respaldada por la comprensión de su padre, mucho más liberal y preocupado por sus inquietudes que la madre. Aunque, evidentemente, influido por esta y débil ante su voluntad y sus criterios educativos, mucho más presididos por el qué dirán. Por ejemplo, al padre no le gusta demasiado que Celia esté interna en un colegio de monjas, pero ha accedido.
También en casa tenía la manga más ancha y era a él a quien Celia acudía en busca de comprensión, y de una complicidad que a veces los hermanaba; el padre sabía que Celia repartía sus juguetes de Reyes con Solita, la hija del portero, y lo toleraba, a espaldas de la madre. La predilección de Celia por Solita —una niña algo mayor que ella, que canta por el patio, es descarada, y además se magnifica a sus ojos por tener madrastra como la Cenicienta— es un precedente de la amistad con Lamparón y Pronobis.
Ayer me asomé al balcón del pasillo que da al patio.
—¡Solita, oye! Sal, que te quiero decir una cosa. Di, ¿tú no te disfrazas?
—¡Anda! ¡Ya lo creo! Como todos los años.
—Y yo también. ¡Tengo un vestido muy bonito!
—¡Será de raso!
—Es de seda y de oro y de plata. Y aquí tiene unas cosas, y luego aquí otras, y esto hace así, y luego así…
Solita estaba asombrada.
—Será un traje de reina.
—No, no es de reina; es de incroyable.
—¡Huy! No se entiende.
—Dime, Solita, y el tuyo ¿de qué es?
—Pues de chula. Me lo ha regalado una señora. Tiene una falda de volantes muy preciosa, y luego un mantón de Manila, y unos zapatos que brillan como si fueran de cristal y que me están muy grandes, y flores aquí y aquí reina; es de incroyable.
—¡Será muy bonito!
—¡Ya lo creo! Mi hermano se va a poner una colcha encarnada y va llevar un abanico grande de la señora Juana y la escoba vieja.
—¿Y de qué va vestido?
—De máscara. Luego, iremos con el hijo del hojalatero, que se viste de tonto, y con la Madalena, que va de paleta, a un paseo que le dicen de Rosales.
¡Lo que se va a divertir Solita!
—Pues, hija, yo también voy a un baile de máscaras.
—Pero no será como el del ventorro del tío Juan, donde iremos cuando sea de noche a merendar unas chuletas muy ricas…
A partir de ese momento Celia empieza a ver aburridísimo el baile de disfraces que a ella le espera y declara que no se piensa vestir de incroyable. Son los inicios de su vinculación afectiva con Solita, que llegará a hacerle aborrecer los juegos remilgados de sus amigas «finas». Lo que más le fascina de Solita (como le pasará luego en mayor medida con la feísima Elguibia del colegio) es notar cierto desdén por parte de ella. Solita se defiende de Celia y conoce mejor que esta el cariz de la distancia que las separa, porque en las familias modestas no se habla con medias verdades, sino llamando al pan, pan, y al vino, vino. Celia tardará en enterarse de por qué pertenecen a mundos tan diferentes. Cuestiones de dinero. De momento, solo nota que esos niños del pueblo y de la calle, que la atraen por su diversidad, no la arropan ni la quieren demasiado. No responden a la suya con el mismo tipo de cálida admiración, no indagan juntos nada. No constituyen, en una palabra, ese espejo que ella siempre añora y que, como iremos viendo, tendrá que inventar a medida que se templa en su condición de exploradora solitaria de las conductas ajenas y de las mudanzas de su entorno, que a la vez condicionan las de su alma.
Lo primero que irá descubriendo Celia por cuenta propia, y siempre desde su atalaya de soledad, es que los mayores mienten, y que además no les gusta absolutamente nada que un niño se percate de ello. También hacen promesas que no cumplen, es decir, fomentan ilusiones que luego defraudan. A Celia, en quien más le molesta descubrir estas faltas es en su madre, que siempre tiene dolor de cabeza cuando ella le pregunta algo. Es quien más le duele que ponga barreras a su curiosidad. Las ocasiones en que se enfrenta con ella para tratar de tan espinosos asuntos e intentar esclarecerlos constituyen pasajes donde el talento psicológico de Elena Fortún raya a la altura de una novelista de primera categoría. Esas conversaciones insatisfactorias de Celia con una madre a quien adora y a la que siempre nota impaciente, lejana y distraída, dejan en la niña un creciente malestar, una brecha de difícil cicatrización. Se refugia en el cariño del padre, que le hace más caso y la entiende mejor, pero es la atención de ella la que requiere con más ardor, y, como no la recibe, hasta el final de su crecimiento el texto estará rezumando siempre esta carencia, a modo de emanación sutil que aureola todos los intentos fallidos, los sinsabores y los logros de Celia.
Cuando la madre —que es una mujer moderna— se va de casa y tarda en volver, ella se identifica con el padre, que, según su versión, también tiene miedo cuando empieza a caer la noche, y esa sensación de abandono los hermana. Ambos dedican a la madre una pasión mayor de la que reciben a cambio, pero además la niña ha descubierto que también su padre, como ella, tiene disgustos que nadie comprende; Celia tampoco, claro. Entre líneas entendemos que, por debajo de las preocupaciones del padre se esconden cuestiones relacionadas con el dinero, ese concepto turbio e inquietante que ella nunca ha acabado de entender bien, pero que resulta tan capcioso e inesquivable como la vida misma.
Problemas económicos (aunque no esclarecidos y a los que apenas se alude) son sin duda los que motivan el intempestivo viaje al extranjero de los padres de Celia, dejando a la niña sucesivamente en poder de las monjas, de la vieja y fantasiosa doña Benita o del tío Rodrigo, tutelas mercenarias que aumentan en ella la conciencia de constituir un estorbo.
Posiblemente gastaban más de lo que les permitía su clase social; incluso la niña, en un determinado momento, tomó la decisión de ponerse a servir para echar una mano a la economía familiar; pero estas suposiciones del lector tienen poco apoyo y no pasan de ser conjeturas, porque ni siquiera se nos informa en todo el libro de cuál era la profesión del padre de Celia. Estas lagunas argumentales (que a veces nos han desesperado a José Luis Borau y a mí cuando hicimos los guiones para nuestra serie televisiva) tienen, sin embargo, una razón de ser, una lógica narrativa. No podemos olvidar que a los niños ricos de esa época y de esa edad no se les explicaba nada casi nunca. Ese es el tema principal de inspiración para Elena Fortún; es eso precisamente lo que intenta poner de relieve. Y lo logra a través de un tono de aparente irrelevancia, que hace congruente la incongruencia. Elena Fortún ha elegido la primera persona: es Celia, es Celia la que dice, y Celia, esa niña narradora, de lo que no sabe no puede hablar. Lo que Elena Fortún recoge es esa ignorancia de la narradora y sus esfuerzos por paliarla o adornarla. Celia no sabe por qué se han ido sus padres ni adónde, ni cuánto van a tardar en volver, ni en qué trabaja su padre, ni de qué vive su tío Rodrigo, ni cuáles son las señas de doña Benita, una vez que le quiere escribir desde el colegio, ni por qué conoce ella tan poco a su abuelo el de Segovia. Solo a veces los criados, los seres más humildes, son los que cuentan el otro lado de la realidad y le aportan informes fragmentarios y confusos. Pero lo que menos entiende es que hayan quitado la casa de Madrid sin consultar con ella; que le den, sin más preámbulo, una noticia tan importante, como dando por hecho que esa decisión no le atañe, cuando la casa era también suya, el espacio de sus juegos, el arca de sus recuerdos, madriguera y cobijo. Y tampoco entiende que después de decirle «nos vamos, hemos quitado la casa de Madrid», la estén dejando tanto tiempo sola (el tiempo de cuatro libros), o peor que sola, a merced de gente que no acaba de responsabilizarse de ella. Este abandono de los padres, enigma lacerante para Celia, será, a partir de la mitad de Celia en el colegio, un leitmotiv que acompañará las sucesivas etapas de su crecimiento, sirviendo de espoleta a sus fantasías de evasión.
Pero bastante antes de la diáspora familiar, en el capítulo XX de Celia, lo que dice, ha tenido lugar un incidente inesperado que viene a quebrar el paraíso de la primera infancia y a iniciar la reflexión dolorosa del «yo» en colisión con otros que le roban terreno. De repente ha aterrizado en la casa un niño vivo que lo viene a complicar todo. El futuro Cuchifritín. El padre se lo ha notificado pocos días antes y le ha preguntado si le gustaría más que fuera niño o niña.
—Mira: si a mamá no le importa, yo preferiría un perrito pequinés.
—¡Qué disparate! Eso no es posible…
—¿Por qué? ¿Qué más da?
—Porque un perro no nos hace ninguna falta.
—Ni un niño tampoco… ¡Mira que traer a esta casa a un niño, con lo bien que estábamos así!
—No seas tonta, ya verás como te gusta tenerle. Será como una de tus muñecas, sólo que, en lugar de ser de trapo será de carne. Moverá las manitas, se reirá y en seguida empezará a decir cosas.
—Entonces ¿lo traerán para mí?
—Sí, para ti. Tú, que eres mayor, serás su madrecita; le cantarás y le enseñarás hablar, y él te querrá mucho y te conocerá antes que a nadie.
Serán muchas las veces que posteriormente Celia le recuerde a su padre esta promesa, porque le indigna que en un asunto de tanta importancia también la hayan estafado. Las presuntas ventajas que parecía ofrecer la llegada de este intruso se han desvanecido sin más, y en cambio se recrudecen los inconvenientes. El niño se va convirtiendo poco a poco en centro de todas las atenciones, le quita espacio y entidad, no sabe hablar y además es muy feo. Pero lo peor es que no le dejan tocarlo ni puede jugar con él. Naturalmente desobedece, ateniéndose al pacto verbal establecido con su padre, lo cual da lugar a incidentes bastante arriesgados. Pero no es porque ella sea mala (¡qué pesados se ponen siempre con lo mismo!), es porque no puede aguantar la mentira. Y porque necesita querer a Cuchifritín, aunque todavía se llame solo Baby, y se limite a emitir sonidos inarticulados. Y para quererlo necesita entrar en contacto con él, forzar la comunicación.
Hasta llegar a Celia y sus amigos, en que Elena Fortún, tal vez un poco incapaz de hacer frente a la adolescencia de Celia, va pasando la voz a Cuchifritín, mediante la introducción a retazos del género epistolar, la relación directa de este niño con su hermana apenas ha existido. Existirá Cuchifritín por separado en los libros intermedios en que Elena Fortún nos va narrando sus aventuras en tercera persona, pero nos lo presenta con sus primos, con Paquito o en casa de su abuelo. Y Celia, generalmente, lejos de él. O cuando se ven, no sabemos lo que Celia piensa porque ya no nos hace confidencias, no nos dice nada Celia, que tanto nos dijo. Su lucha fallida por mangonear al hermano, por conquistarlo y obligarle a quererla, ha sido su primera derrota de graves consecuencias, puesto que motivará su confinamiento en el colegio.
Siempre la recordaremos intentando raptar, coger en brazos, bañar y divertir —educar a su manera, en suma— a ese bebé cocoliso que dijeron traer para ella y han entregado en manos de un ama retrasada mental. La rebeldía de Celia ante semejante tropelía va provocando una maraña de efectos aparentemente desvinculados de sus causas; despropósitos, catástrofes familiares basadas, como siempre, en que los adultos no admiten la controversia.
La curiosidad de Celia por ser informada de lo que ignora, y sus intentos de recabar esa información de labios de quienes la detentan, llega al colmo en «La aviación», capítulo XIV de Celia, lo que dice, donde consigue dar un vuelco a las tornas habituales de inquisición establecidas entre adultos y niños. Celia acaba por interviuvar a una «visita» que lleva preguntándole hace un rato las mismas cosas tontísimas y sin interés, con las ganas que tiene ella de escuchar los relatos de esa persona. Se trata de un aviador, amigo de su padre, con el que la han dejado sola en el gabinete mientras salen los mayores. En vista de que las preguntas «¿Cuántos años tienes?», «¿Vas al colegio?», «¿Sabes que eres muy guapa?» o «¿A quién quieres más, a papá o a mamá?» no solo resultan tópicos aburridísimos, sino que le vienen formuladas más de una vez, Celia comprende que ha llegado su turno en el juego y su
