Redes (Invisible 2)

Eloy Moreno

Fragmento

cap-2

 

Llevo casi un año en esta misma habitación: un lugar rodeado de cámaras, micrófonos, ordenadores y pantallas. Un lugar donde, en teoría, todo es perfecto; donde nadie me molesta… un lugar hecho para mí, para nosotros.

Tengo, además, la conexión a internet más potente que existe, la mejor calidad de sonido posible y, sobre todo, tengo acceso inmediato y gratuito a las aplicaciones que quiera.

Ah, y lo más importante, esta habitación tiene un sistema de seguridad tan bueno que, de momento, ninguno de mis seguidores ha podido llegar hasta mí.

Hace tiempo que he asumido que mi vida jamás será como la de una persona normal, porque nunca lo ha sido, porque en realidad ya nací siendo famoso.

Soy lo que llaman un influencer medio, porque no tengo millones y millones de seguidores, pero sí una cantidad suficiente para que las empresas me contraten de vez en cuando para promocionar los últimos videojuegos, ropa de marcas exclusivas, zapatillas de ediciones limitadas, refrescos de esos que te dan energía…

Aunque gano bastante dinero, necesito más, mucho más, porque tengo un problema… digamos de salud. Ahora mismo aún no hay cura, no han encontrado una solución definitiva, pero afortunadamente hay varias empresas que llevan tiempo investigando sobre el tema, y eso me da muchas esperanzas. Todo lo que gano lo dono a esos proyectos.

Esto nunca lo cuento en internet, porque es mi secreto y nadie tiene por qué conocer esa parte de mí. Una de las reglas de los influencers es que la gente solo debe ver la parte bonita de nuestra vida, todo lo demás es mejor esconderlo. Además, los dueños de la empresa no me dejarían hablar sobre este tema, en cuanto lo hiciera eliminarían mi usuario. Y entonces ya no podría aportar dinero a la investigación y todas mis esperanzas se acabarían.

Y es que los dueños de todo esto muchas veces me dicen lo que tengo que hacer, lo que tengo que decir, las fotos que tengo que publicar, las campañas de promoción que tengo que aceptar, qué productos tengo que promocionar… incluso han intentado enseñarme lo que tengo que sentir.

Pero con el tiempo yo también he aprendido a mentirles de una forma tan bonita que parece que les digo la verdad. El problema es que ha llegado un punto en el que ya no sé distinguir lo que está bien y lo que está mal, qué es bueno o qué es malo.

Mi nombre es Alex, aunque todo el mundo me conoce como @alex_reddast, y actualmente tengo casi medio millón de seguidores en la última red social de moda: Meeteen.

Hay más como yo aquí, muchos más. Todos estamos en una inmensa nave industrial con decenas de habitaciones, en un polígono a las afueras de la ciudad.

En mi habitación tengo pantallas donde puedo ver las cámaras interiores y exteriores del edificio; es algo que reviso continuamente porque a veces hago cosas que no están bien, que no están nada bien, y siempre pienso que algún día vendrán a por mí.

Y hoy ha sido ese día.

Hoy han venido a por mí.

* * *

 

A las 09:23:38 de la mañana, tres coches de Policía han aparcado fuera de la nave. Han bajado varios agentes y, después de buscar un timbre que no existe, han comenzado a golpear con fuerza la puerta principal.

Me he conectado a la cámara y al micrófono de uno de los pasillos interiores, y he visto al jefe de seguridad del edificio hablando con el técnico que suele venir a mi habitación cuando hay algún problema.

—¡Sácalo, sácalo! ¡Que desaparezca! —le ha gritado el jefe de seguridad al técnico.

—¿A Alex? Pero ¿por qué? ¿Qué ha pasado?

—Son órdenes de arriba, Alex tiene que desaparecer, no pueden encontrarlo —le insiste de nuevo.

—Pero… —ha dudado el técnico.

—¡Que desaparezca! ¡Y que desaparezca ya!

—Pero…

—¡Ya! —ha gritado el jefe de seguridad. Y ahí se ha acabado la conversación.

El técnico ha comenzado a correr hacia mi habitación.

En ese momento se ha escuchado un disparo fuera: he visto por la cámara cómo uno de los policías ha hecho saltar el cerrojo de la puerta principal. En unos segundos todos estaban dentro de la nave.

Que desaparezca.

Quieren librarse de mí, y eso significa que he debido de hacer algo malo, muy malo… el problema es que no sé exactamente el qué. Últimamente he estado visitando lugares a los que no debería acceder: webs del gobierno, del ejército, sitios protegidos… También he conseguido sacar dinero de bancos, de empresas, incluso de Meeteen… aunque siempre he hecho lo necesario para no dejar rastro, de eso estoy seguro, así que debe de ser por otra cosa… Igual ha sido por las fotos, eso no lo he protegido tanto.

Hace tiempo que sabía que algo así podía ocurrir. Por eso he estado preparando una salida. Cuando entren van a creer que aún estoy aquí, pero en realidad ya no estaré. Habré conseguido escapar.

Aun así tengo que avisar a Betty de que no voy a poder conectarme durante unos días.

Hola, Bitbit.

Creo que me van a hacer desaparecer.

Creo que ha sido por las fotos.

Creo que te quiero.

* * *

 

La vida es eso que pasa mientras miras tu móvil.

ANÓNIMO.

REDES

 

Son casi las cuatro de la madrugada y sigo sin poder dormir. Llevo así tres días seguidos, tres días… Y es horrible. Es horrible sentir que mi cuerpo se arrastra, que se me cae la cabeza en clase, que los ojos me pesan como si tuviera piedras en los párpados; es horrible que me cueste tanto subir las escaleras del instituto o que vaya caminando por la calle sin saber si al siguiente paso me caeré al suelo.

Todos notan que me pasa algo y yo, simplemente, miento: les digo que tengo un resfriado o que habré cogido algún virus de esos del estómago… Mentiras y más mentiras. Mis padres me han puesto el termómetro varias veces, pero nunca han encontrado fiebre; los profesores me preguntan cada día si estoy bien y yo les digo que sí; mentira. Y los amigos… bueno, a mis amigos también les miento, a todos excepto a Kiri, a ella siempre le cuento la verdad.

Me paso cada noche, y también todo el día, mirando la pantalla del móvil para ver si Alex se conecta, pero nada, ha desaparecido. Esta noche me he obsesionado tanto que, cada dos o tres minutos, le daba al botón de actualizar la aplicación para ver si en algún instante ponía online en su estado. El resto de las horas de la noche las paso mirando bailes, bromas absurdas, peleas entre adolescentes, anuncios de productos para tener unas uñas perfectas, reductores de celulitis, cremas para eliminar las arrugas de la cara, vibradores de mil clases, técnicas para comer menos sin que se note o para vomitar lo que has comido sin que nadie se dé cuenta.

He visto anuncios de ropa, de móviles, de fundas de móviles, de zapatillas, de viajes, de bolsos, de maquillaje, de aumentos de pecho, de mochilas, de maletas, de ordenadores, ¿de almohadas? Debe de ser porque el otro día en casa estuvimos hablando de eso y el micrófono lo captó. Al final me he comprado una funda nueva para el móvil, aunque no me hacía falta.

También he visto un vídeo donde dos chicos habían quedado para pelearse hasta que uno de los dos cayera al suelo, otro en el que una chica se lavaba la cabeza con limpiacristales para tener el pelo más brillante, otro donde una mujer extremadamente delgada daba consejos de nutrición, otro más donde un chico desde una habitación supercutre explicaba a la gente cómo hacerse millonario… Después me han salido varios enlaces a vídeos de sexo, he visto alguno.

También he mirado cuánto tiempo puede aguantar una persona sin dormir. Se ve que el récord está en once días, pero el hombre que lo consiguió murió poco después. He aprendido que a partir de tres días sin dormir todo empieza a funcionar mal, puedes tener alucinaciones, te pueden dar temblores… y lo peor de todo es que se te va la cabeza. Creo que yo ya estoy ahí.

Llevo tres días mirándome al espejo y siempre veo a dos personas distintas: a la chica violenta y a la chica asustada.

La primera es la que ha roto de una patada la parte de abajo de la puerta del armario (mi madre aún no se ha dado cuenta), la que ha golpeado a todos los peluches de la habitación, la que ha gritado hasta quedarse sin voz cuando no había nadie en casa, la que ha apretado tanto los dientes que se ha hecho sangre en la boca, la que ha llorado de rabia y la que ha pensado en mil formas de venganza y no ha hecho ninguna, la que se ha dicho a sí misma ¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota! Te ha dejado, te ha abandonado y no tiene el valor de decírtelo.

La segunda es la que se ha preocupado hasta el infinito pensando que le ha podido pasar algo. La que cree que realmente ha desaparecido, que alguien le ha podido hacer daño. La que llora de pena cada noche y se arruga como un caracol en la cama, y se queda inmóvil allí durante horas y horas, sin ganas de vivir, sin ganas de salir, sin ganas de despertar aunque nunca haya conseguido dormir.

La que intenta disimular las lágrimas cuando piensa en todo lo que ha vivido con él, la que se mira al espejo destrozada con los ojos rojos, sin sonrisa, con la cara blanca. La que lee mil veces el último mensaje que le envió, el último contacto que tuvo con él:

Hola, Bitbit.

Creo que me van a hacer desaparecer.

Creo que ha sido por las fotos.

Creo que te quiero.

* * *

 

Hola, Bitbit.

Creo que me van a hacer desaparecer.

Creo que ha sido por las fotos.

Creo que te quiero.

Ese fue el último mensaje que recibí de Alex hace tres días.

Desde entonces no he vuelto a saber nada de él.

Al principio pensé que era una broma. Muchas veces lo intentaba, intentaba hacer bromas… aunque nunca tenían mucha gracia. No sé, tiene un sentido del humor muy extraño. A veces, incluso me contaba chistes sin sentido a los que añadía muchos emoticonos de risa para ver si me hacía reír. Yo, al final, de tan absurdos que eran, me reía también, porque cuando una está enamorada cualquier tontería le hace gracia. Pues eso, que al principio pensé que ese mensaje era parte de alguna de sus bromas.

Pero cuando, después de varias horas, no me contestaba, ahí ya empecé a preocuparme. Nunca habíamos estado tanto tiempo sin escribirnos, sin mandarnos algún emoticono, hasta por las noches, cuando yo dormía, él me escribía mensajes, casi siempre estaba conectado.

Pasó todo el día y no supe nada de él. Después de cenar me fui a la habitación y estuve actualizando la aplicación cada minuto para ver si se había vuelto a conectar, le envié varios mensajes, pero ni siquiera le llegaban, era como si hubiera desaparecido… eso pensaba mi parte preocupada. Mi parte enfadada pensaba todo lo contrario, pensaba que me había bloqueado porque ya no quería saber nada de mí. Esa fue la primera noche en la que no dormí.

Pero me di cuenta de que tampoco publicaba nada. ¿Y si le había pasado algo de verdad? Cada pensamiento me hacía odiarlo o temblar de miedo.

A la mañana siguiente pensé en contárselo todo a mis padres para que llamasen a la Policía, o contactaran con la empresa de la aplicación, o con la familia, o con alguien… no sé, para algo, pero me di cuenta de lo patética que podría parecer. Yo sería La chica tonta enamorada del influencer que la ha dejado tirada. Y al pensar en esa opción es cuando salía mi otra yo, la violenta, la vengativa, la que tenía ganas de que realmente le hubiera pasado algo…

Y así, luchando entre esas dos chicas, ha vuelto a pasar otra noche más, la tercera: tres noches sin dormir. Ya son las siete de la mañana, y en tan solo unos minutos sonará el despertador de mis padres, y mi hermano pequeño se pondrá a llorar, y mi madre saldrá corriendo para darle la tablet y que se calme, y mi padre bajará a hacer el café… y así empezará otro día.

Cuando mi hermano haya dejado de llorar mi madre vendrá a mi habitación para despertarme —eso hace días que no es necesario— y a decirme que me vista, que baje a desayunar, que no tarde, que me dé prisa, que vamos a llegar tarde al instituto… vamos, lo mismo de siempre.

Y al verme con los ojos hinchados me volverá a preguntar si me pasa algo, si estoy bien, y yo volveré a mentirle. Otro día más…

Y me lavaré la cara, me vestiré sin ganas, prepararé la mochila, bajaré a desayunar rápido, y enseguida me tendré que ir al instituto, y mi madre a trabajar, y mi padre a llevar a mi hermano al cole…

Pero, al final, hoy no ha pasado nada de eso.

* * *

 

No, hoy no ha pasado nada de eso. Ahora mismo debería estar ya en el instituto, y en cambio estoy otra vez en mi habitación, sentada en la cama, asustada, esperando a que dos personas que no conozco de nada suban a hablar conmigo.

Tengo miedo.

Hace menos de media hora, cuando he bajado a desayunar, mis padres ya estaban en la mesa y me han vuelto a preguntar cómo me encontraba. Un poco mejor, he mentido. Al instante mi padre ha continuado mirando las noticias en el móvil y mi madre se ha enganchado de nuevo al ordenador. Afortunadamente estaban tan ocupados en sus pantallas que no se han fijado en que me estaba cayendo una lágrima.

Me he sentado al lado de mi hermano pequeño, que ya tenía los cascos puestos y la mirada fija en la tablet. Apenas parpadeaba mientras observaba un vídeo en el que un mono con gafas de sol no dejaba de lanzarle tartas a un gato con una gorra roja. Una tarta, dos tartas, tres tartas… el gato las esquivaba y la cuarta le caía encima. Entonces el vídeo comenzaba de nuevo hasta las cinco tartas, y así continuamente.

—¿Cuál es esa aplicación que todos tenéis? —me ha preguntado mi padre sin levantar la vista de su móvil.

—¿Meeteen? —le he contestado escondiendo mi cara en la taza mientras bebía la leche.

—Sí, esa. Ha subido mucho en bolsa en los últimos tres meses. Piensan que la mayoría de los jóvenes la tendrán en menos de un año. Estamos pensando en invertir desde el banco.

»¿Tú la tienes? —me ha preguntado de nuevo.

—Sí —le he dicho intentando tragarme las lágrimas por los ojos.

—¿Y tus amigos? —ha insistido, sin dejar de mirar la pantalla.

—Sí, casi todos…

—Tendré que instalármela —ha comentado mientras se llevaba a la boca la taza del café con una mano y con la otra mantenía el móvil.

—No puedes… —le he contestado.

Y en ese momento mi padre, por fin, me ha mirado.

* * *

 

—¿Cómo que no puedo?

—Es que solo es para menores de dieciocho años… Bueno, para adolescentes en general, aunque cada vez hay más gente mayor que se intenta meter. A la mayoría los detecta y los echa —le he contestado intentando no mirarlo a la cara.

—¿Y cómo se va a dar cuenta? —me ha preguntado sonriendo mientras dejaba de nuevo la taza en la mesa.

—Lo hará, en un principio te dejará registrarte, te preguntará la edad y le podrás mentir, podrás poner dieciséis o diecisiete o lo que quieras, pero a los pocos días analizará todo lo que haces y te expulsará.

—¿Qué? ¿Cómo que me expulsará?

—Te localizará, verá que durante el día no estás en ningún instituto, que comes en algún restaurante caro, que tu lenguaje no es el de un adolescente, que no subes fotos a todas horas, que no haces bailes ni te instalas sus juegos; analizará los lugares que visitas, te localizará…

—¿Qué? ¿Cómo? —ha protestado mi padre—. ¿Cómo que me localizará? ¿Y si no quiero?

—Si no quieres, no te la puedes instalar. Te obliga a aceptar eso de que todo lo que publiques le pertenece, de que las fotos son suyas, los textos también, de que te puede localizar… todas esas tonterías.

—¿Tonterías? No son tonterías, es tu intimidad —me ha dicho mi padre mirándome fijamente. Ahí me ha dado miedo, por si sus ojos podían descubrir todo el dolor que llevaba dentro.

—¿Y qué más da? —le he contestado sin pensar.

—¿Qué más da que te localicen? ¿Qué más da lo que hagan con tus fotos? —ha protestado alzando la voz.

Justo en el momento en que mi padre ha dicho la palabra fotos me han entrado unas ganas terribles de llorar. Me he puesto la taza en la boca para poder taparme un poco. He aguantado como he podido, aunque al final se me ha escapado una lágrima.

—¿Estás bien? —me ha preguntado.

—Sí, sí… me lloran los ojos y tengo un poco de dolor de garganta, pero ya está. Supongo que será algo de gripe, todos en clase están igual —he vuelto a mentir.

—Es hora de ir a clase —ha interrumpido la voz de Explorare, nuestro asistente virtual del hogar.

—¡Pero qué tarde se ha hecho! ¡Vamos! —ha dicho mi madre cerrando de golpe el portátil.

Durante unos segundos he pensado en contarles que llevo tres noches sin dormir, llorando, porque el chico que más me gusta del mundo no me ha contestado, porque no sé si le ha pasado algo o simplemente me ha dejado.

Y ha sido justo cuando mi madre ya se había puesto el abrigo y Explorare nos insistía por segunda vez en que yo llegaba tarde al instituto, cuando han llamado a la puerta.

Todos nos hemos extrañado, porque no suele llamar nadie a esas horas, ni siquiera los repartidores, pues como dice mi padre ellos siempre vienen cuando ya te has ido.

Ha sido mi madre la que, mirándonos con un gesto de no saber quién podía ser, ha ido a abrir.

Desde mi silla he podido ver a dos mujeres que se han quedado hablando con ella.

Quizá alguien preguntando una dirección, o se han equivocado…, he pensado. Pero esas dos mujeres han entrado en nuestra casa, han caminado por nuestro pasillo y han llegado hasta nuestra cocina.<

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos