EL MUSEO INVISIBLE
Noah
13 años
Así empieza todo.
Zephyr y Fry, también conocidos como los psicópatas oficiales del vecindario, me persiguen a toda carrera, y el bosque entero tiembla bajo mis pies mientras yo propago un terror ciego a los cuatro vientos, a los árboles en lo alto.
—¡Estás perdido, nenita! —grita Fry.
De sopetón, Zephyr me alcanza, me agarra un brazo y luego el otro por la espalda, momento que Fry aprovecha para arrancarme el cuaderno de las manos. Me doy impulso hacia delante para arrebatárselo, pero no tengo brazos; estoy a su merced. Me retuerzo para romper la llave de Zephyr. Imposible. Trato de convertirlos en polillas por la fuerza del pensamiento. Nada. Siguen siendo ellos: dos tarados de bachillerato, de cuatro metros cada uno, que arrojan a chavos de trece años como yo, vivitos y coleando, de lo alto de precipicios nada más porque sí.
Zephyr me retuerce el brazo y su pecho resuella contra mi espalda, mi espalda contra su pecho. Estamos bañados en sudor. Fry empieza a hojear el cuaderno.
—A ver qué dibujaste, tarugo —trato de imaginar que lo atropella un camión —sostiene el cuaderno en alto, abierto en una página de apuntes—. Zeph, mira cuántos tipos en cueros.
Se me hiela la sangre en las venas.
—No son tipos. Son el David —jadeo.
Para mis adentros, estoy rezando para que no me tomen por un baboso, para que no lo sigan hojeando y lleguen a los apuntes que he dibujado hoy, cuando los estaba espiando, en los que aparecen ellos saliendo del agua con las tablas de surf bajo el brazo, sin trajes de neopreno ni nada, con la piel reluciente y, ejem, de la mano. Bueno, puede que me haya tomado alguna que otra licencia artística. Van a pensar… Me van a matar incluso antes de despeñarme, eso es lo que van a hacer. El mundo empieza a girar a lo loco. Le suelto a Fry en plan desesperado:
—¿Sabes siquiera de quién hablo? ¿Miguel Ángel? ¿Alguna vez lo has oído nombrar?
Estoy faroleando. Hazte el duro y serás duro, como dice mi padre una y otra y otra vez, como si yo fuera una especie de paraguas destartalado.
—Sí, he oído hablar de él —dice Fry por esos cachetes que le asoman junto con la enorme nariz bajo la frente más estrecha del mundo. Es fácil confundirlo con un hipopótamo. Arranca la página del cuaderno—. Dicen que era gay.
Lo era (mi madre escribió un libro entero acerca del tema), pero Fry no lo sabe. Tiene la costumbre de llamar “gay” a todo el mundo, al igual que “marica” y “nenita”. Y a mí, marica, nenita y tarugo.
Zephyr lanza una risotada siniestra que me retumba por todo el cuerpo.
Fry pasa la página. Otro David. La parte inferior de su cuerpo. Un estudio profuso en detalles. Tierra, trágame.
Ahora se están riendo con ganas. Sus carcajadas resuenan por todo el bosque. Se ríen los pájaros.
Forcejeo otra vez para arrancarle el cuaderno a Fry, pero mi gesto sólo sirve para que Zephyr me agarre con más fuerza. Zephyr, que es el jodido Thor. Uno de sus brazos me rodea el cuello, el otro me sujeta el cuerpo a modo de cinturón de seguridad. Está desnudo de la cintura para arriba, acaba de llegar de la playa y el calor que desprende su cuerpo se filtra hasta mi piel. El aceite bronceador de aroma a coco que lleva me acaricia la nariz, me embriaga… y también el fuerte olor a mar, como si lo llevara consigo. Zephyr arrastrando la marea como un manto a su espalda. Qué imagen más buena, brutal (Retrato: El chico que salió del agua con el mar a rastras), pero ahora no, Noah, ni hablar, no es el momento de ponerte a pintar mentalmente a este cretino. Me sacudo, saboreo la sal de mis labios, me recuerdo que estoy al borde de la muerte.
Los mechones mojados de Zephyr me empapan el cuello y los hombros. Respiramos al unísono con jadeos fuertes y pesados. Intento romper el compás. Y luego intento romper la sincronía con la ley de la gravedad para salir flotando. No puedo. No puedo hacer nada. Mis dibujos (casi todos retratos familiares) salen volando en pedazos de las manos de Fry. Los está rompiendo uno a uno. Ahora rasga por la mitad un retrato en el que aparecemos Jude y yo; me quiere borrar de la escena.
Veo cómo me está llevando el viento.
Se acerca cada vez más a los bocetos que serán mi perdición.
La sangre me ruge en las venas.
De repente, Zephyr dice:
—No los rompas, Fry. Su hermana dice que son buenos.
¿Lo habrá dicho porque le gusta Jude? A casi todos los chicos les gusta, porque surfea mejor que cualquiera de ellos, salta de las peñas más altas y no le teme a nada, ni siquiera al gran tiburón blanco ni a mi padre. Y por su melena. Empleo todos los amarillos habidos y por haber para pintarla. Mide cientos de kilómetros de largo y todos los habitantes del norte de California corren peligro de enredarse con ella, sobre todo los niños pequeños, los poodles y ahora los surfistas tarados.
Y también por sus tetas, que aparecieron de la noche a la mañana, lo juro.
Por increíble que parezca, Fry obedece a Zephyr y tira el cuaderno al suelo.
Jude me mira desde el papel, deslumbrante, cómplice. “Gracias”, le digo mentalmente. Siempre es ella la que me rescata, lo que suele avergonzarme, pero esta vez no. Ha sido un rescate digno.
(Retrato, autorretrato: Gemelos. Noah se mira al espejo; Jude le devuelve la mirada.)
—Sabes lo que te espera, ¿verdad? —me amenaza Zephyr al oído, decidido a seguir adelante con el plan homicida según lo previsto. Su aliento me embriaga. Él me embriaga.
—Oigan, por favor —suplico.
—Oigan, por favor —me imita Fry con una vocecita llorosa.
Se me revuelven las tripas. La peña del Diablo, la segunda más alta de la colina y de la cual se disponen a arrojarme, recibe ese nombre por algo. En el agua hay un montón de rocas punzantes, además de un remolino que arrastra lo que queda de tus pobres huesos al inframundo.
Intento romper la llave de Zephyr otra vez. Y otra.
—¡Agárrale las piernas, Fry!
Un hipopótamo de trescientos kilos me aferra los tobillos. Perdón, pero esto no está pasando. O sea, no. Odio el agua; soy propenso a ahogarme y a flotar a la deriva hasta la costa asiática. Necesito conservar el cráneo de una pieza. Machacarlo sería como demoler un museo secreto antes de saber siquiera lo que contiene.
Así que decido crecer. Crezco y crezco hasta pegarme un coscorrón contra el cielo. Cuento hasta tres y me pongo como loco, no sin antes agradecer mentalmente a mi padre por toda la lucha cuerpo a cuerpo que me ha obligado a practicar en la terraza de nuestra casa, un combate a muerte tras otro en los que yo siempre acabo mordiendo el polvo, aunque él lucha con un brazo y yo con los dos, porque mi padre mide diez metros y su cuerpo no es de carne sino de trozos de camión.
Ah, pero yo soy su hijo, un coloso como él. Soy un remolino viviente, un Goliat demoledor, un tifón envuelto en piel, y ahora forcejeo y me retuerzo cuanto puedo mientras ellos se abalanzan sobre mí riendo y diciendo cosas como “la madre que lo parió”. Incluso creo advertir una nota de respeto en la voz de Zephyr cuando se queja:
—No puedo sujetarlo, es como una jodida anguila.
Oír eso me da fuerzas (me encantan las anguilas, son eléctricas), y me imagino que soy un cable de alta tensión cargado al máximo voltaje, y azoto por aquí y por allá mientras sus cuerpos cálidos y resbaladizos se retuercen contra el mío, mientras intentan atraparme una y otra vez sin conseguirlo, porque yo siempre los esquivo. Y ahora estamos entrelazados, la cabeza de Zephyr hundida en mi pecho, el cuerpo de Fry a mi espalda, se diría que agarrándome con cientos de manos, y todo es movimiento y confusión y yo estoy absorto en la lucha, absorto, absorto, absorto, cuando empiezo a sospechar…, cuando advierto… que se me paró, la tengo dura como una piedra, clavada contra la barriga de Zephyr.
Un terror de alto octanaje me recorre el cuerpo. Imagino una masacre gore súper asquerosa y sangrienta (mi antídoto más eficaz en estos casos), pero es demasiado tarde. Zephyr se queda un momento petrificado y luego me suelta como si se hubiera quemado.
—Pero ¿qué…?
Fry se desploma de rodillas.
—¿Qué pasó? —jadea en dirección a Zephyr.
Yo me escabullí hasta aterrizar sentado con las rodillas contra el pecho. No puedo levantarme aún por miedo a que se me note el bulto, así que me concentro a tope en no llorar. Una sensación nauseabunda se abre paso por todos los recovecos de mi cuerpo mientras exhalo mis últimos jadeos. Y aunque no me maten aquí y ahora, esta noche toda la colina estará enterada de lo que acaba de pasar. Más me valdría tragarme un cartucho de dinamita encendido y saltar yo mismo de la peña del Diablo. Ojalá hubieran visto mis estúpidos bocetos y ya está. Esto es peor, muchísimo peor.
(Autorretrato: Funeral en el bosque.)
Pese a todo, Zephyr no dice nada. Se limita a quedarse plantado, con su pinta de vikingo de siempre, sólo que muy raro y callado. ¿Por qué?
¿Le habré fundido los cables con mis poderes mentales?
No. Señala el mar con un gesto y le dice a Fry:
—Al carajo. Hay que agarrar las tablas y vámonos.
El alivio me inunda de la cabeza a los pies. ¿Será posible que no lo haya notado? No, no es posible. La tenía dura como una piedra y él se apartó horrorizado. Sigue horrorizado. ¿Y por qué no me está gritando nenitamaricatarugo? ¿Será porque acaso le gusta Jude?
Fry se atornilla la sien con un dedo mientras le dice a Zephyr:
—A alguien de por aquí se le va la onda, amigo —y a mí—: No creas que te has librado, tarugo.
Su manota imita la trayectoria de mi caída en picada desde la peña del Diablo.
El peligro ha pasado. Se alejan hacia la playa.
Antes de que esos dos neandertales cambien de idea, recojo el cuaderno a toda velocidad, lo sujeto con el brazo y, sin mirar atrás, me interno en la arboleda a paso ligero, como si mi corazón no estuviera a punto de estallar, como si no se me saltaran las lágrimas, como si no supiera que acabo de volver a nacer.
Cuando llego al claro, salgo disparado como un guepardo; los kilómetros pasan de cero a ciento veinte por hora en tres segundos, y yo prácticamente también. Soy el cuarto corredor más rápido de mi clase. Puedo abrir una puerta en el aire y desaparecer por ella, y eso es precisamente lo que hago hasta dejar bien atrás lo que acaba de pasar. Por lo menos no soy una efímera, el insecto alado más antiguo de la Tierra. Las efímeras macho tienen dos pitos por los que sufrir. Yo ya llevo media vida debajo de la regadera por culpa del mío, pensando en cosas que no puedo alejar de mi mente por más que me esfuerce, porque me la paso de miedo pensando en ellas. De veras.
Al llegar al estuario, voy saltando por las piedras hasta encontrar una buena ensenada donde quedarme cien años mirando el sol que nada en la corriente. Debería existir un cuerno, un gong o algo así para despertar a Dios. Porque me gustaría decirle unas cuantas cosas. Tres palabras, en realidad: ¿Pero qué carajos?
Cuando llevo un rato sin obtener respuesta, como viene siendo habitual, me saco los carboncillos del bolsillo trasero del pantalón. De algún modo han sobrevivido intactos a la odisea. Me siento y abro el cuaderno de dibujo. Pinto de negro una página entera, luego otra y otra más. Presiono con tanta fuerza que rompo un palillo tras otro, pero gasto los trozos hasta el final, de modo que si alguien me viese pensaría que la negrura está brotando de mi dedo, de mí. Pinto de negro el resto del bloc. Tardo horas.
(Serie: Chico dentro de un caparazón de oscuridad.)
Al día siguiente, a la hora de cenar, mi madre anuncia que esa misma tarde la abuela Sweetwine se subió a su coche para darle un mensaje dirigido a Jude y a mí.
Debo añadir un detalle: mi abuela está muerta.
—¡Por fin! —exclama Jude, retrepándose en la silla—. ¡Me lo prometió!
Lo que la abuela le prometió a Jude, poco antes de morir mientras dormía hace tres meses, fue que si Jude de verdad la necesitaba acudiría en menos que canta un gallo. Jude era su nieta favorita.
Mi madre apoya las manos en la mesa, no sin antes mirar a Jude sonriendo. Yo las apoyo también, pero me percato de que la estoy imitando y escondo las manos en el regazo.
Mi madre es contagiosa.
Y ha caído del cielo. Algunas personas proceden de otro mundo y mi madre es una de ellas. Llevo años reuniendo pruebas. Luego profundizaré en el tema.
Ahora, a lo que íbamos. Su rostro se ilumina cuando nos describe cómo el perfume de la abuela ha invadido el coche.
—¿Se acuerdan de que el efluvio de su perfume llegaba siempre antes que ella? —mi madre aspira el aire con ademán teatral, como si el intenso perfume floral de la abuela acabara de inundar la cocina. Yo aspiro el aire con ademán teatral. Jude aspira el aire con ademán teatral. Todo California, los Estados Unidos, la Tierra entera aspira con ademán teatral.
Salvo mi padre. Él carraspea.
No se lo traga. Porque es un limón. En palabras de su propia madre, la abuela Sweetwine, quien nunca entendió cómo había parido y criado a un hijo tan rancio. Yo tampoco.
Un limón cuyo trabajo consiste en investigar parásitos. Sin comentarios.
Le echo una ojeada, todo musculitos y bronceado de socorrista, con sus dientes fosforescentes, su normalidad fosforescente, y noto un sabor agrio, porque ¿qué pasaría si lo descubriera?
Hasta el momento, Zephyr no ha soltado prenda. Es probable que no lo sepan, porque yo soy la única persona del mundo que está enterada, pero el nombre científico del pito de la ballena en inglés es dork, que significa idiota. ¿Y el idiota de una ballena azul? Dos metros y medio. Repito: ¡dos meeeeeeeeetros y medio! Pues así me siento desde ayer, un idiota de más de dos metros:
(Autorretrato: El idiota de cemento.)
Sí.
En ocasiones creo que mi padre lo sospecha. En ocasiones creo que la tostadora lo sospecha.
Jude me atiza un puntapié por debajo de la mesa para que le preste atención a ella y no al salero, que me tiene fascinado. Señala a mi madre con un gesto de la barbilla. Ahora tiene los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el corazón. Luego señala a mi padre, que mira a su esposa tan enfurruñado que las cejas le rozan la barbilla. Abrimos los ojos como platos y me muerdo la mejilla por dentro para no echarme a reír. Jude también lo hace; siempre nos entra la risa a la vez. Apretamos los pies por debajo de la mesa.
(Retrato familiar: Madre comulgando con la muerte durante la cena.)
—¿Y bien? —la azuza Jude—. ¿Cuál era ese mensaje?
Mi madre abre los ojos, nos hace un guiño, vuelve a cerrarlos y prosigue en un tono de yuyu, como en trance:
—Pues inspiré el efluvio floral que había inundado el aire y noté un fulgor extraño…
Mueve los brazos como cintas de tela para exprimir al máximo el momento. Por eso la nombran Profesora del Año con tanta frecuencia: todo el mundo quiere formar parte de su película. Nos inclinamos hacia delante para no perder palabra de lo que viene a continuación, el mensaje del más allá, pero mi padre rompe la magia con una enorme carretada de aburrimiento.
Él nunca ha ganado el premio al Mejor Profesor del Año. Ni una sola vez. Sin comentarios.
—Deberías aclararles a los chicos que hablas en un sentido metafórico, cariño —dice, irguiéndose tanto que su cabeza atraviesa el techo. En mis retratos, casi siempre lo dibujo enorme. Como no cabe en la página, le dejo fuera la cabeza.
Mi madre pone los ojos en blanco, ahora con una expresión de lo más prosaica en la cara.
—Ya, pero es que no hablo en un sentido metafórico, Benjamin —antes, a mi madre le brillaban los ojos cuando se dirigía a él. Ahora no puede hablarle sin apretar los dientes. No sé por qué—. Lo que digo —afirma/gruñe— es que la maravillosa abuela Sweetwine, que en paz descanse, estaba literalmente en el coche, a mi lado, tan clara como el día —sonríe a Jude—. De hecho, llevaba puesto un vestido vaporoso y estaba despampanante.
Mi abuela poseía su propia línea de ropa, cuya pieza estrella era el vestido vaporoso.
—¿Sí? ¿Cuál? ¿El azul? —Jude parece tan ilusionada que se me encoge el corazón.
—No, el de las florecitas anaranjadas.
—Claro —asiente Jude—. Es ideal para un fantasma. Comentábamos a menudo la cuestión del vestido —de repente, se me pasa por la cabeza que mi madre está inventando todo esto porque Jude echa muchísimo de menos a la abuela. Los últimos días apenas se separó de su lecho. Cuando mi madre las encontró por la mañana, la una dormida, la otra muerta, Jude aún le sostenía la mano. Se me pusieron los pelos de punta cuando me lo contaron, pero cerré el pico—. Y bien… —Jude enarca una ceja—. ¿El mensaje?
—¿Saben lo que me encanta? —interviene mi padre, abriéndose paso a codazos en la conversación. Si esto sigue así, jamás sabremos cuál era el dichoso mensaje—. Me encanta que por fin podamos declarar extinguido el Reino del Absurdo.
Ya estamos. El reino al que se refiere comenzó cuando la abuela se vino a vivir con nosotros. Mi padre, que es “un hombre de ciencia”, nos dijo que tomáramos con reservas todas y cada una de las tonteras que salían de los labios de mi abuela. La abuela replicó que ignoráramos al limón de su hijo, que nos dejáramos de reservas y que nos echáramos una cucharada de sal por encima del hombro izquierdo para dejar ciego al diablo.
A continuación sacó su “Biblia” (un ladrillo encuadernado en piel repleto de ideas delirantes, alias “boberas”) y se puso a leer los evangelios. A Jude sobre todo.
Mi padre levanta su porción de pizza. El queso se derrama por los bordes. Me mira.
—¿Tú qué dices, Noah? ¿Dime si no es un alivio estar cenando algo que no sea uno de esos guisos de la buena suerte de la abuela?
Yo no digo ni mu. Lo siento, chavo. Me encanta la pizza, tanto que se me antoja una pizza incluso cuando me la estoy comiendo, pero no me subiría al carro de mi padre ni aunque el mismísimo Miguel Ángel viajara a bordo. Mi padre y yo no nos entendemos, algo que él tiende a olvidar. A mí nunca se me olvida. Cuando me llama a gritos para que vaya a ver un partido de los Niners de San Francisco o alguna película de carreras y trompazos, o a escuchar jazz, que me hace sentir como si tuviera el cuerpo al revés, abro la ventana de mi cuarto, salto afuera y echo a correr hacia el bosque.
De vez en cuando, si no hay nadie en casa, entro en su despacho y le rompo los lápices. Una vez, tras una charla particularmente vomitiva sobre Noah, el Paraguas Destartalado, durante la que se burló de mí y me dijo que si Jude no fuera mi hermana melliza pensaría que yo había nacido por partenogénesis (según el diccionario, concepción sin padre), me colé en el garaje mientras todos dormían y le rayé el coche con una llave.
Habida cuenta de que a veces veo el alma de las personas cuando las estoy dibujando, estoy al tanto de lo siguiente: el alma de mi madre es un girasol inmenso, tan grande que apenas le caben los órganos en el cuerpo. Jude y yo compartimos una misma alma: un árbol con las ramas ardiendo. La de mi padre es un plato de larvas.
Ahora, Jude le dice:
—¿Crees que la abuela no acaba de oír cómo criticabas su comida?
—La respuesta es un categórico no —replica mi padre antes de morder un bocado de pizza. Los labios le rezuman aceite.
Jude se levanta. Su melena cae en torno a ella como carámbanos de luz. Mira hacia el techo y declara:
—Siempre me han encantado tus guisos, abuela.
Mi madre toma la mano de Jude y se la aprieta. Luego afirma, también mirando al techo:
—A mí también, Cassandra.
Jude sonríe con todo su ser.
Mi padre se dispara con el dedo.
Mi madre frunce el ceño; cuando lo hace, envejece cien años.
—Ríndete al misterio, profesor —dice.
Siempre le está diciendo lo mismo, pero antes empleaba otro tono. Se lo decía como si le abriera una puerta para cederle el paso, no como si se la cerrara en las narices.
—Me casé con el misterio, profesora —replica él como siempre, pero antes sonaba a cumplido.
Seguimos comiendo pizza. Qué situación tan incómoda. Mis padres echan tanto humo que el aire se está oscureciendo. Estoy oyendo el ruido que hago al masticar cuando el pie de Jude vuelve a buscar el mío por debajo de la mesa. Le devuelvo el toque.
—¿Y el mensaje de la abuela? —aprovecha mi hermana entre la tensión.
Mi padre la mira y su expresión se suaviza. También es su hija favorita. Mi madre, en cambio, no tiene un hijo preferido, así que el puesto sigue vacante.
—Como iba diciendo… —esta vez mi madre emplea su tono de voz normal, grave, como si fuera una cueva la que estuviera hablando—. Esta tarde, cuando pasaba por delante de la EAC, la Escuela de Arte de California, la abuela se me apareció para decirme que sería el lugar perfecto para ustedes dos —sacudiéndose, se anima y rejuvenece de golpe—. Y tiene razón. No puedo creer que no se me haya ocurrido a mí. No dejo de pensar en una cita de Picasso: “Todos los niños nacen artistas. El problema es cómo seguir siendo artista cuando creces” —su rostro exhibe esa expresión maniaca que se apodera de ella en los museos, como si de un momento a otro fuera a robar un cuadro—. Piénsenlo bien. Es una oportunidad única en la vida, chicos. No quiero que sus espíritus acaben aplastados como… —deja la frase en suspenso, se pasa los dedos por el cabello (negro y encrespado, como el mío) y se gira hacia mi padre—. Tenemos que hacerlo, Benjamin. Ya sé que es caro, pero piensa en la opor…
—¿Y ya? —la interrumpe Jude—. ¿Eso es todo lo que te dijo la abuela? ¿Ése era el mensaje del más allá? ¿Que nos matricules en la escuela no sé qué? —parece a punto de echarse a llorar.
Yo no. ¿La Escuela de Arte de California? Jamás se me había pasado por la cabeza nada parecido, nunca imaginé que me libraría de ir al Roosevelt, la prepa de los tarados, con los demás. Estoy seguro de que la sangre se me ha iluminado en las venas.
(Autorretrato: Una ventana se abre de sopetón en mi pecho.)
Mi madre recupera la expresión de maniaca.
—No es un colegio cualquiera, Jude. Es una escuela que te permitirá gritar tu verdad a los cuatro vientos. ¿No quieres gritar tu verdad a los cuatro vientos?
—¿Qué verdad? —pregunta Jude.
Mi padre suelta una risita a borbotones.
—No sé, Di —interviene—. ¿No es condicionarlos demasiado? Olvidas que para el resto del mundo, el arte sólo es arte, no una religión —mi madre agarra un cuchillo, hace como que se lo clava a su marido en las tripas y lo retuerce. Mi padre sigue hablando sin darse cuenta—. De todas formas sólo están en primero de secundaria. Aún falta mucho para eso.
—¡Yo quiero ir! —exploto—. ¡No quiero que me machaquen el espíritu!
Son las primeras palabras que pronuncio en voz alta en toda la comida. Mi madre sonríe. No dejaré que mi padre le quite la idea de la cabeza. Allí no habrá surflerdos, lo sé. Seguro que sólo asisten alumnos de sangre resplandeciente. Sólo revolucionarios.
Mi madre le dice a mi padre:
—Tardarán un año en prepararse. Es una de las mejores escuelas de Artes Plásticas de todo el país y con un profesorado de primera, así que no hay problema en ese aspecto. ¡Y está a dos pasos de nuestra casa! —su emoción me exalta. Estoy a punto de echar a volar—. Es difícil que te admitan, pero ustedes dos no tendrán problema. Poseen un talento natural y ya saben muchísimo —nos sonríe con tal expresión de orgullo que casi casi veo que amanece en la mesa. Dice la verdad. A otros niños les compraban libros ilustrados. A nosotros nos compraban libros de Arte—. Este fin de semana empezaremos a visitar museos y galerías. Será genial. Organizaremos competencias de dibujo entre los dos.
Jude vomita un potaje azul fosforescente sobre el mantel, pero nadie más se da cuenta. No dibuja mal, pero su caso es distinto. Para mí, la escuela sólo dejó de ser una sesión diaria de cirugía estomacal cuando comprendí que mis compañeros preferían que los dibujase a charlar conmigo o a partirme la cara. A nadie se le pasaría por la cabeza partirle la cara a Jude. Es brillante, divertida y normal (no una revolucionaria) y habla con todo el mundo. Yo hablo conmigo mismo. Y con Jude, claro, aunque casi siempre en silencio porque así es como nos comunicamos. Y con mi madre, porque ella ha caído del cielo. (Ah, sí, las pruebas: de momento, no la he visto atravesar paredes, hacer el quehacer de la casa con sus poderes mentales, detener el tiempo ni nada grandioso, pero he notado cosas. Por ejemplo, hace unos días estaba tomándose un té en la terraza como hace siempre por las mañanas y, cuando me acerqué, advertí que sus pies no tocaban el suelo. Al menos, eso me pareció a mí. Y el argumento irrefutable: no tiene padres. ¡Fue abandonada al nacer! La dejaron en una iglesia de Reno, Nevada, siendo un bebé. ¿Ejem? ¿Quién la dejó, eh?) Ah, y también hablo con Rascal, que vive en la puerta de al lado, y que, lo mires por donde lo mires, es un caballo, pero bueno, cuenta.
De todas esas rarezas deriva lo de tarugo.
Pues sí, la mayor parte del tiempo me siento como un rehén.
Mi padre apoya los codos sobre la mesa.
—Dianna, para tu carro. Me parece que estás proyectando tus sueños sobre ellos. Los viejos sueños mueren…
Mi madre lo hace callar. Le rechinan los dientes como si estuviera poseída. Se diría que se está conteniendo para no soltarle todas las palabrotas del diccionario o una bomba nuclear.
—NoahyJude, tomen sus platos y vayan a comer al estudio. Tengo que hablar con su padre.
No nos movemos.
—NoahyJude, ahora.
—Jude, Noah —dice mi padre.
Cojo mi plato y camino hacia la puerta del comedor pegado a los talones de Jude. Ella me tiende la mano. Le doy la mía. Me fijo en que lleva un vestido de los colores del pez payaso. ¡Vaya! La voz de Profeta, el nuevo loro de nuestros vecinos, se cuela por la ventana abierta.
—¿Dónde demonios está Ralph? —grazna—. ¿Dónde demonios está Ralph?
Es lo único que dice, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Nadie sabe quién es Ralph y mucho menos dónde está.
—¡Maldito loro de mierda! —grita mi padre con tanta furia que el viento nos agita el pelo.
—No habla en serio —tranquilizo mentalmente a Profeta, pero al parecer lo dije en voz alta. A veces las palabras saltan de mi boca como sapos. Me dispongo a explicarle a mi padre que me dirigía al loro, pero me muerdo la lengua porque no le va a hacer ninguna gracia y, en lugar de disculparme, emito una especie de balido. Todo el mundo menos Jude me mira con cara rara. Nos largamos por piernas.
Instantes después, estamos sentados en el sofá. No encendemos la tele para poder oír lo que dicen, pero hablan con susurros rabiosos, imposibles de descifrar. Tras comerse la mitad de mi porción, que compartimos bocado a bocado porque ella olvidó su plato, mi hermana comenta:
—Pensaba que la abuela nos diría algo impresionante, como que en el cielo hay mar, ¿sabes?
Me arrellano en el sofá, aliviado de estar a solas con Jude. Nunca me siento como un rehén cuando estamos los dos solos.
—Pues claro que lo hay, ni lo dudes, pero es de color lila, con la arena azul y el cielo de un verde alucinante.
Sonríe, se queda un momento pensativa y luego dice:
—Y cuando estás cansado, trepas a tu flor y te duermes. Durante el día, todo el mundo habla en colores y no mediante sonidos. El silencio es increíble —cierra los ojos y prosigue, despacio—: Las personas, cuando se enamoran, arden en llamas.
A Jude le encanta este juego; era uno de los favoritos de la abuela. Siempre jugábamos a él de niños.
—¡Sáquenme de aquí! —decía, o a veces—: ¡Sáquenme de aquí cuanto antes, niños!
Cuando Jude abre los ojos, toda la magia se ha esfumado de su rostro. Suspira.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
—No pienso ir a esa escuela. Sólo los aliens estudian allí.
—¿Los aliens?
—Sí, los frikis. Escuela de Frikis de California. Así la llama la gente.
Ay, por favor… Ay, por favor, gracias, abuela. Papá tiene que ceder. Quiero estudiar allí. ¡Artistas frikis! Me siento como si estuviera saltando en una cama elástica. Doy brincos y más brincos por dentro. Así de contento estoy.
Jude no salta. Ahora está mustia a más no poder. Para que se sienta mejor, le digo:
—Puede que la abuela haya visto a tus mujeres voladoras. A lo mejor por eso quiere que estudiemos en una Escuela de Arte.
Jude las modela con arena mojada tres playas por debajo de nuestra casa. Son las mismas que crea con puré de papas, crema de afeitar o lo que tenga más a mano cuando piensa que nadie la ve. Desde el acantilado, la he visto moldear esas versiones mayores y sé que lleva un tiempo intentando hablar con la abuela. Siempre adivino lo que Jude tiene en la cabeza. A ella, en cambio, le cuesta más saber lo que yo estoy pensando, porque en mi cabeza hay persianas que bajo cuando es necesario. Como últimamente, por ejemplo.
(Autorretrato: El chico escondido dentro del chico escondido dentro del chico.)
—No son obras de arte. Son… —no termina la frase—. Todo esto de la EAC es por ti, Noah. Y deberías dejar de seguirme a la playa. ¿Qué tal que me estuviera besando con alguien?
—¿Con quién? —sólo soy dos horas, treinta y siete minutos y treinta segundos más joven que Jude, pero siempre me hace sentir como si fuera su hermano pequeño. Me da muchísima rabia—. ¿Con quién te estarías besando? ¿Te has besado con alguien?
—Te lo diré a condición de que tú me cuentes lo que te pasó ayer. Sé que sucedió algo y que por eso has insistido en ir al colegio por otro camino esta maña
