La cinta roja (Serie Olympia 4)

Almudena Cid

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Personajes

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Consejos y curiosidades por Almudena Cid

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Sobre la autora

Créditos

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La zona de salidas internacionales de la terminal I del aeropuerto era enorme. Había mucha gente yendo de un lado a otro, con colas kilométricas en los distintos mostradores. El vuelo a Moscú aparecía en una pantalla gigante junto a otros destinos. Olympia trataba de entender todos los datos de su avión, no quería perderlo por nada del mundo.

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La maleta, el aro, la mochila de mano con todos los aparatos y la funda con todos los maillots. Iba tan cargada que prefirió buscar un carro en el que poner todos sus bultos y evitar una contractura en los trapecios, igual que había hecho Clara, que ya se había adelantado.

Iba corriendo al son de la música de sus cascos, sorteando a toda velocidad a todo el que se cruzaba en su camino, cuando Olympia se plantó delante de ella y ya te puedes hacer una idea...

En realidad, pasó como a cámara lenta: al verla a diez centímetros, Clara abrió los ojos como platos, Olympia puso cara de «yo de esta no salgo» y extendió las manos para frenar el carro, sujetándolo por una pequeña barra que llevaba el portamaletas en la parte delantera para que el equipaje hiciera tope. Lo que no sabía es que esa barra era para que las maletas no cayeran hacia fuera, pero sí se doblaba hacia dentro, y cuando se quiso dar cuenta, el carro se frenó, vamos que si frenó.

¡¡¡Craaaaaas!!!

—Ay... —decía Oly, todavía empotrada en el carro y sujetándose el tabique con las dos manos—. Cdeo que me he doto la nadiz...

Su voz era igualita que la de David cuando el balón de fútbol casi le deja fuera de combate en el campeonato interclase del colegio.

—¡Estás sangrando! —se apresuró a decir Clara.

Tampoco es que hiciese falta ser Sherlock Holmes para verlo, aunque a Olympia le alegró un poco ver que Clara se preocupaba. O por lo menos eso pensaba, hasta que abrió un ojo y vio que su compañera de equipo tenía la cara tan blanca que la lesionada parecía ella. Del golpe, hasta se le habían caído los cascos.

—¿Clada? —le preguntó.

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La veterana se había dado la vuelta y se tapaba los ojos, como si Oly no fuese Oly sino un alien mutante con poderes galácticos capaz de convertirla en ratón de campo si le echaba un vistazo.

En un abrir y cerrar de ojos, se había juntado alrededor de las chicas un corrillo con las otras compañeras del chalé, que habían ido a despedirlas al aeropuerto de Barajas, con el marido de Maya y hasta con Cariño, el radar canino.

Lucía cogió a Olympia del brazo y la ayudó a levantarse, mientras tres gimnastas de conjuntos rodeaban a Clara. «¡Eh! ¡Que el trompazo me lo he llevado yo, recórcholis!», pensó, pero solo fue capaz de decir:

—¡Decódcholiz!

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No tardaron en llegar todas al baño. Clara se recuperó enseguida —«¡Pues claro!», pensaba Olympia—, y a ella Lucía le plantó dos trozos de papel higiénico blanco enrollado en los dos agujeros de la nariz, que a esas alturas parecía la de un hipopótamo. Si la mirabas de lejos, era como si estuviese echando humo.

—Pues ahora con la presión del avión a lo mejor los papeles hacen efecto corcho y te empieza a salir sangre como en un aspersor —dijo una.

—¡Que no digáis

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