Una princesa en vaqueros (Serie Lily Lace 1)

Elena Peduzzi

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

1. Un día extraño

2. El refugio de tela

3. La llave

4. Dentro del armario

5. La corte dorada

6. Y ante vuestra presencia… ¡la princesa!

7. La cinta embrujada

8. Un guardarropa principesco

9. Una idea genial

10. El retrato

11. El secreto de Alina

12. Corta y cose

13. Una dama algo locatis

14. La desaparición de María Antonieta

15. Un papelón real

16. Regalos inesperados

17. La gran prueba

18. De nuevo en casa

Epílogo

Nota de la autora

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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La mañana en que comenzó todo, Lily Lace sintió que iba a ser un día diferente a los demás.

Se despertó por culpa del aspirador que zumbaba al otro lado de la puerta de la habitación. Miró la hora y descubrió con horror que el reloj señalaba casi las ocho. Se preguntó por qué nadie la habría llamado. ¡Se habían olvidado otra vez de ella!

Resoplando, saltó de la cama, abrió la gran ventana de su habitación y de inmediato la embistió un extraño viento cálido y caprichoso, que esparció los papeles sobre el escritorio.

Se vistió deprisa y corriendo con la primera ropa que encontró —unos pantalones rojos de algodón y una camiseta blanca—, se puso una cinta roja en el pelo y salió escopetada del cuarto.

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—¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! —exclamó a punto de tropezar con el aspirador que Ágata manejaba como un cortacéspedes.

—Pero ¿qué sucede, mi niña? —le preguntó la asistenta.

—¡Tengo que ir al colegio! —respondió Lily esquivándola mientras pensaba: ¡Escaleras abajo, rápido!

—¡El desayuno, pequeña! —le recordó Ágata por encima del estruendo del aparato.

Ágata era siciliana, tenía un innato sentido de lo trágico y una pasión ilimitada por las fruslerías. Todas las Navidades se presentaba con un perrito de porcelana o una figurita con forma de gato de cola larga y tiesa en la que ensartar los anillos. Ella misma colocaba los objetos en los distintos estantes de la casa y les limpiaba el polvo amorosamente uno por uno, como si fueran cachorros vivos. A Lily no le gustaban, pero quería tanto a Ágata que incluso había tomado cariño a sus fruslerías.

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Ya en la cocina, Lily se sirvió una rebanada de pan con mermelada y la mojó en la leche. La rebanada, demasiado blanda y demasiado gruesa, se rompió en dos y se hundió en la taza salpicando leche a diestro y siniestro.

Si había algo que Lily no soportaba eran las manchas en la ropa.

—¡Oh, no! —exclamó mirando su camiseta blanca.

Dejó el desayuno a medias, enfiló las escaleras como un rayo y, una vez en su cuarto, se puso la camiseta violeta, esa en la que su tía Capelina había cosido unas maravillosas mariposas en todos los tonos de rosa posibles. Era una de sus preferidas.

Luego, fue a buscar la mochila y las llaves de casa —ese mismo año sus padres habían aceptado por fin darle un juego— y corrió a la calle para tratar de llegar al colegio antes de que sonara el timbre.

Lily vivía en un barrio residencial de una gran ciudad del norte de Italia. Y, aunque la casa no estaba lejos del colegio, en pleno caos matutino podía suceder cualquier cosa. En efecto, pocos metros después del portal, un perrito peludo se separó de su dueño cruzando la cinta de su correa justo por donde caminaba ella. Lily, por evitarlo, se tropezó con la raíz de un árbol y se raspó una rodilla. Al empujar las puertas batientes del colegio rompió una de las correas de la mochila y, por si fuera poco, en clase la primera que le dirigió la palabra fue Donata. Le dijo sin más:

—Hoy te la juegas.

Y llegados a ese punto ya no había nada que hacer, porque cada vez que Donata pronosticaba algo, luego, inevitablemente…

—¡Lily! —dijo con voz estridente la profesora en la clase de Historia.

Allí estaba, lo pronosticado.

En definitiva, un día de lo más extraño.

Cuando Lily regresó a su casa, al mediodía, sus padres y su tía estaban en el salón.

Hablaban tan concentrados que no se dieron cuenta de su llegada.

Ella abrió la puerta de entrada, soltó en el suelo lo que quedaba de su mochila, dejó las llaves sobre el mueble y… oyó que su madre decía una frase que la dejó helada.

—El preestreno del nuevo desfile ha sido un desastre. O se nos ocurre una idea, o mejor será que cerremos el negocio.

Lily dejó de pronto de moverse y de pensar.

—¿Una idea? ¿Y cuándo tendría que ocurrírsenos? ¿Hoy? Falta menos de un mes para el desfile otoño-invierno —remarcó preocupada la tía Capelina.

Lily dio dos pasos más, procurando no hacer ruido. Pero ¿qué estaban diciendo? ¿Cerrar la casa de modas?

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