El vampiro bailarín (Serie Bat Pat 6)

Roberto Pavanello

Fragmento

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1

BAILANDO

BAJO LA LLUVIA quel viernes por la noche llovía a cántaros.

Una niña de unos ocho años, con el pelo rojo y los ojos verdes, acababa de cruzar saltando la calle desierta, sin preocuparse en absoluto por la lluvia que le empapaba el pelo y el vestido.

«¡Solo una niña podría estar tan alegre en una nochecita como esta!»

Llegaba terriblemente tarde, pero continuaba

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bailando bajo aquel diluvio, como si las farolas de Friday Street fueran los focos de un teatro y las casas los espectadores entusiasmados.

En realidad, el único que asistía preocupado a aquel espectáculo era yo. O por lo menos, así lo creía, hasta que del portal débilmente iluminado de una de las casas vi cómo se asomaba la silueta de una anciana señora, que llamó la atención de la niña. Esta se detuvo a escucharla, mientras un perro salchicha se le acercaba, moviendo la cola.

«Bat, ¡esa niña está en peligro!», exclamó una vocecita dentro de mí. «¡Y no debes permitir en absoluto que una desconocida y su bestia feroz le hagan ningún daño!»

¡Abrí la ventana del desván y me lancé en su ayuda, justo a tiempo! Aquella mujer malvada le estaba poniendo algo en la mano: un corto bastón negro y un delgado rectángulo rojo. ¡Por el sónar

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de mi abuelo! ¡No podía perder ni un minuto! Recogí las alas a ambos costados (como me había enseñado mi primo Ala Suelta, campeón de la patrulla acrobática) y me lancé en picado contra el objetivo para impedir que la pequeña aceptara aquel peligrosísimo regalo.

«Batito, ¡no aceptes mosquitos de desconocidos!», me recomendaba siempre mi mamá. ¿Es posible que nadie hubiera puesto en guardia a aquella pequeña?

Por desgracia, sin embargo, las cosas no fueron exactamente como yo había previsto.

A causa de la oscuridad y de la lluvia que me salpicaba en

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el hocico, no logré afinar bien la puntería, y cuando llegué al objetivo… ¡el objetivo ya no estaba! La anciana mujer había regresado bajo su pórtico y la niña había vuelto a brincar despreocupada hacia su casa. Me puse a mover frenéticamente las alitas en un desesperado intento de frenar, pero iba demasiado lanzado y no conseguí evitar un aterrizaje desastroso en un enorme charco.

El perro salchicha se acercó, trotando. A pesar del terror que me dan los perros, no conseguí moverme.

—¡Largo! —le grité—. ¡Desaparece, bestia! ¡Fuera! —Pero se
puso a olisquearR>me por todas parR>tes, haciéndome
cosquillas en las axilas.
¡Miedo y cosquillas!

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Miré a mi alrededor en busca de ayuda y crucé la mirada con la vieja, que me observaba fijamente con una sonrisa maliciosa… Me convencí al instante de que se trataba de una bruja, quizá por culpa de aquel mechón de pelo plateado que le enmarcaba el rostro. ¡Había ordenado a su fiera sanguinaria que me descuartizara, y yo iba a morir como un estúpido, sin tan siquiera conseguir salvar a aquella niña!

Por suerte fue la niña quien me salvó a mí, cogiéndome delicadamente entre sus brazos.

—¡Bat! —me dijo, mirándome seriamente con sus bellísimos ojos verdes—. Pero, ¿es que te has vuelto loco?

—Disculpa, Rebecca —balbuceé, nervioso—. Creía que estabas en peligro… —y señalé con la barbilla a la señora del mantón negro, que continuaba observando, divertida, desde su pórtico.

—¿En peligro con la señorita McKnee? —res

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pondió, riendo—. ¿La mejor maestra de baile de todo Fogville? ¡Ja, ja, ja! ¡Estás equivocado, Bat! He estado en casa de una amiga, pero me he olvidado de coger el paraguas. La señorita me ha visto saltando bajo el agua y me ha prestado uno. ¡Incluso me ha invitado a una clase de prueba en su escuela! Dice que tengo aptitudes.

Y me enseñó una tarjetita roja en la que leí:

Premiada Escuela
de Danza Alice McKnee

En la pista desde 1937

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Me quería morir de vergüenza. Sonreí nervio

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