El gatito de Altamira (Serie Bat Pat 32)

Roberto Pavanello

Fragmento

cap-1

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odo empezó con la inofensiva conferencia que tuvo lugar en el Museo de Ciencias Naturales de Fogville, y a la que los señores Silver llevaron a sus tres hijos. El profesor Méndez, el mayor experto del mundo en pintura rupestre, iba a hablar sobre las pinturas prehistóricas de Cantabria, una región del norte de España. Había asistido mucha gente, y Juan Antonio Méndez resultó ser un tipo simpático y muy agudo.

—¿Les gusta el queso emmental? —preguntó al público—. Entonces les encantará Cantabria, porque está llena de agujeros. O, mejor dicho, de cuevas. Existen más de seis mil quinientas, y en muchas de ellas hay auténticos tesoros de arte prehistórico, como, por ejemplo, en La Pasiega, en El Castillo o en la más famosa de todas: las cuevas de Altamira, que fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1985. ¿Les apetece hacer una visita? Pues, por favor, ¡apaguen las luces!

La sala se quedó a oscuras y aproveché para asomar la cabecita por la mochila de Rebecca y echar un vistazo. En la pantalla aparecieron animales pintados hacía millones de años. Lástima que el que tenía al lado se había quedado dormido y roncaba como un oso... ¡Leo! Rebecca le dio un codazo y lo mandó al lavabo a refrescarse la cara.

—No lo pierdas de vista, Bat —me dijo—, o seguro que se mete en algún lío...

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Tenía razón. Leo se equivocó de camino y en vez de ir al lavabo acabó... en la sala donde estaba el aperitivo. ¡Menudo instinto el suyo!

—¡Qué bien huele, Bat! —exclamó—. Cojo algo y nos vamos.

Por desgracia, un camarero con chaqueta blanca lo sorprendió justo cuando alargaba el brazo hacia un canapé y lo echó. Corrimos por los pasillos medio oscuros del museo y, gracias a su desastroso sentido de la orientación, nos perdimos otra vez y acabamos en la sala de los animales prehistóricos.

—¿Seguro que estas bestias son de mentira? —preguntó Leo mientras caminaba de puntillas entre un mamut y un oso de las cavernas.

Un ruido repentino hizo que se nos erizara el pelo, al menos a mí.

—¿Lo has oído, Bat?

—Sí... ¿Qué era?

—No lo sé, pero no me gusta nada. Vámonos.

Rodeamos lentamente la tarima del mamut, que estaba en el centro de la sala, y mis sensibles oídos captaron una respiración pesada. ¡Seguro que era una bestia feroz!

De hecho, al dar la vuelta a la esquina, ¡nos topamos con las fauces de un tigre con colmillos! ¡Sonidos y ultrasonidos! La bestia se abalanzó sobre nosotros con un rugido horripilante. ¿O fue solo un grito? Estábamos tan aterrorizados que salimos pitando hacia la puerta, pero una sombra igual de rápida nos cortó el paso y chocamos. ¡Menudo porrazo! Hubo gemidos y jadeos, pero en lugar de con un felino prehistórico Leo se encontró con un chico de su edad y su tamaño (sí, sí, lo habéis leído bien) y que parecía igual de asustado.

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—¡Menos mal! —exclamó Leo lanzando un suspiro de alivio—. Creía que eras el tigre de antes...

—Y yo creía que eras el camarero antipático —contestó el chico—. Y lo que has visto no era un tigre, chaval, era un smilodon.

—¿Un esmilgo... qué?

—Un tigre dientes de sable. Y era de mentira. ¿Te apetece un canapé? Le he pispado un par al tipo de la chaqueta blanca. Cuando tengo hambre, no hay quien me detenga. ¿A ti te gusta comer?

—¿Que si me gusta? ¡Es mi deporte favorito! Por cierto, me llamo Leo. Y él es mi amigo Bat, un miembro más de la familia.

—¡Un murciélago! ¡Increíble! Yo soy Pedro, pero solo para mi madre. Los demás me llaman Pedrito. Y Pedrito dice... ¡buen apetito! —Rió y engulló su canapé.

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