Todo por un sueño (Clase de Ballet 3)

Elizabeth Barféty

Fragmento

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—Te lo advierto, ¡no voy a perder mi puesto!

Bilal se dirige a la mesa de ping-pong sacando pecho y coge la pala que le tiende Zoé. Colas, con la pelota en la mano, espera a que su nuevo contrincante esté listo.

«No dejes que te ponga nervioso», se dice a sí mismo. «No es más que autobombo.»

Los dos niños son alumnos del sexto nivel, el primer año de la que se considera la mejor escuela de danza de Francia, donde estudian tanto alumnos internos como externos. Junto con cuatro niñas de su edad, forman una pandilla de amigos inseparables. Ese martes se han reunido en el patio interior que separa el edificio de danza del de las clases. Tras haber pasado la mañana estudiando, han comido y han asistido a su clase de danza clásica de primera hora de la tarde. Ahora aprovechan un recreo para hacer un torneo de tenis de mesa.

¿Las normas? Las partidas son de seis puntos, no hay puntuación mínima, y el que pierde cede su lugar al siguiente jugador. El que gana se queda en la mesa hasta que pierda.

Bilal se decide por fin a hacer el saque.

—¡Empezamos! —exclama lanzando la pelota justo a la esquina de la mesa.

Colas se tira hacia un lado, pero su pala llega un segundo tarde.

—¡Uno a cero! —grita Bilal levantando los brazos—. Chicas, ¿habéis visto el golpe? ¡Me ha encantado!

Zoé se echa a reír. Acaba de perder seis a dos frente a Colas y le gustaría mucho que Bilal la «vengara».

—¡Dos a cero! —indica Maïna mientras la pelota sale de la mesa por un mal lanzamiento de Colas—. ¡Aún puedes remontar!

El niño sonríe y lanza un saque ganador.

—¡Dos a uno! —dice Constance en tono neutro.

Sin embargo, si a Colas le gustaría impresionar a alguien, es a la guapa morena. Aunque tienen la misma edad, ella ya está en sexto, porque se saltó un curso, y él aún está en quinto... De repente teme que Constance lo considere un niño.

«Más niño de lo que soy», piensa con amargura.

Para compensar, fanfarronea sacando por segunda vez.

—¡Preparaos, siento que la partida va a dar un giro!

Con una sonrisa orgullosa, Colas constata que Bilal se ha dejado engañar por el efecto que le ha dado a la pelota.

—¡Dos a dos, iguales! —exclama Sofia sacando el móvil para hacerles una foto—. Sonreíd, per favore.

Colas se pasa la mano por el pelo rubio y adopta su pose preferida delante del objetivo: cabeza un poco hacia abajo, mirada hacia arriba y sonrisa torcida. Al otro lado de la mesa, Bilal saca la lengua y hace la V de la victoria. Está claro que los dos amigos tienen estilos muy diferentes.

La partida continúa... y Colas no tarda en perderla. Aunque el rubio es un jugador técnico, que domina la trayectoria de las pelotas y los efectos, su adversario es superior físicamente: es más alto y más fuerte. ¡Es imposible atrapar los remates de Bilal!

Por eso Zoé acaba anunciando:

—¡Seis a cuatro! ¡Otra victoria de Bilal, que conserva su título de campeón!

—Lo siento, Colas —murmura Sofia dándole un beso de consolación en la mejilla.

Los dos niños se chocan la mano, pero el rubio no lo hace de corazón. Últimamente le cuesta aceptar las derrotas.

—¡Me tomaré la revancha, ya lo verás!

—¡De ilusión también se vive, renacuajo! —replica Bilal—. Entretanto, mueve el culo, que vamos a llegar tarde a clase.

—¡Bienvenidos, bienvenidos! —canturrea el señor Jankovic, el profe de expresión musical, cuando los primeros alumnos cruzan la puerta de la sala—. ¡Un día precioso para hacer arte! Espero que estéis creativos...

Los seis amigos de la pandilla se sonríen. Estas clases les gustan especialmente. En primer lugar, porque son mixtas y asisten todos juntos. Pero también porque les permiten crear pequeñas coreografías, liberarse y expresar su personalidad. Colas observa a su pandilla mientras va a sentarse al centro de la sala, delante del piano del señor Jankovic.

Los seis alumnos son amigos desde el curso de prácticas, el período de seis meses después de las audiciones para entrar en la escuela que sirve para preparar el examen de ingreso al sexto nivel.

«Aunque somos todos tan diferentes...», observa Colas.

Bilal, por ejemplo. Los dos jóvenes bailarines son muy amigos, aunque sus historias son muy distintas. En la familia de Colas la danza clásica tiene una importancia capital. Sin embargo, Bilal tuvo que luchar mucho para que le permitieran dedicarse a una actividad «de niñas».

—¿Ha llegado todo el mundo? —pregunta el señor Jankovic—. Pues ¡en marcha!

Los alumnos pegan botes. No es necesario explicar el ejercicio, porque ya lo conocen: uno a uno proponen un sonido o un gesto, da igual, que luego toda la clase repetirá. Es una especie de calentamiento.

Colas sonríe a Zoé. La rubita se siente como pez en el agua. Se le ocurren mil ideas por segundo y desborda energía. Es la más pequeña de la pandilla y comparte habitación en el internado con la dulce Maïna, siempre dispuesta a hacer favores... y con la guapa y misteriosa Constance, que tanto intriga a Colas. «Nunca sabemos lo que piensa...» La última de la pandilla, Sofia, precisamente está haciendo un ruido bastante raro, que parece... «¿Un grito de delfín?», se pregunta Colas mientras, como los demás alumnos, intenta en vano repetirlo.

Todos se parten de risa, y el señor Jankovic tiene que dejarles hacer una pausa.

—¿Qué era exactamente, Sofia? —le pregunta sonriente—. ¿Una especialidad italiana?

La rubia se ruboriza hasta las orejas y contesta levantando las manos:

—No lo sé, me ha salido solo...

La clase se retoma rápidamente y los alumnos pasan al canto. A Colas no le gusta mucho su voz, pero empieza a acostumbrarse a cantar en grupo. Y luego el señor Jankovic les hace trabajar la expresión de la cara y del cuerpo, y siempre elige canciones que se parecen a él: alegres, optimistas y divertidas.

Su alegría de vivir se contagia. Cuando están con él, los alumnos vuelven a ser niños sin preocupaciones. Se divierten. Y hoy la magia vuelve a funcionar. Ante las caras felices de sus amigos, Colas sonríe y olvida su derrota al ping-pong. «Aun así, qué suerte haberlos encontrado.»

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