Bailando en Nueva York (Serie Lily Lace 3)

Elena Peduzzi

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

1. Tesoros escondidos

2. Madame X

3. El tutú negro

4. Estrella por un día

5. ¡De puntas!

6. El camerino de la estrella

7. Un gélido imprevisto

8. El rascacielos plancha

9. «Party» en Manhattan

10. Tutú-pijama

11. El corredor de los susurros

12. Un encuentro importante

13. El secreto de Loretta Lace

14. ¡A escena!

15. La idea que faltaba

16. ¡Sálvese quien pueda!

17. ¡Taller, querido taller!

Epílogo

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Sobre la autora

Créditos

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En Casa Lace aquella tarde reinaba un silencio discreto, que llenaba de calma las viejas plantas de la casa y sus grandes habitaciones.

Era sábado y Ágata, la criada, estaba durmiendo su siesta habitual, vestida con un cómodo camisón rosa palo. Sin embargo, el primer piso se hallaba desierto. Todos se habían ido al taller del centro de la ciudad: tía Capelina, Lugana y Mateo. Pero algo más arriba, en el último piso, había mucho trajín. En el ambiente polvoriento del viejo taller de Casa Lace anidaban grandes maravillas y había mucho entusiasmo.

Lily y Becky subieron justo después de la comida, ansiosas por comenzar una nueva aventura en el lugar más fascinante y misterioso de la casa. Lily estaba muy feliz por poder compartir por fin su gran secreto con alguien. Hasta ese momento solo lo había hablado con Pigato, que tenía la ventaja de ser un confidente reservado, pero no le daba ni la mitad de satisfacciones que su amiga. Becky se había quedado muy sorprendida con la historia de los vestidos mágicos.

A decir verdad, a Becky, que era una niña tranquila y algo vergonzosa, la idea de viajar a través del tiempo y hacerse mayor de golpe le daba un poco de miedo. Le gustaba soñar e imaginar las aventuras que se podían vivir vistiendo esas ropas, pero ponérselas de verdad… ¡Eso no!

—Si no sigues las instrucciones de la etiqueta, ¿qué crees que te puede pasar?

—No sé, Lily, pero mi instinto me dice que puede ser peligroso. Yo no soy una Lace. ¿Y si en mí tuviera efectos raros?

—¿Cómo raros? ¿Te crees que te van a salir granos violetas en la cara o que te podrías transformar en una lombriz?

Becky sonrió. A veces Lily era realmente graciosa.

—Podría terminar quién sabe dónde, o quedarme atrapada en otra época…

—Es verdad, tienes razón, Becky. No podría perdonármelo.

—Pero creo que sí puedo serte útil en tu misión. Aquí estamos en territorio enemigo —prosiguió Becky con aire conspirador—. Si alguien nos descubre… ¿No te preocupa eso?

—¿El qué?

—Que te descubran. Mientras estás de viaje.

—A decir verdad, no mucho —respondió Lily, que nunca había considerado ese riesgo—. Pero ahora que lo dices… ¡Sería un auténtico desastre!

—Pues… no debes preocuparte. Aquí estoy yo. ¡Me quedaré haciendo guardia en el fortín! —dijo Becky golpeándose el pecho.

—¡No sé cómo agradecértelo, Becky! —exclamó Lily abrazando a su amiga, que puede que no tuviera corazón de león, pero seguro que sí lo tenía de oro.

Ambas amigas se rieron juntas y continuaron admirando los maravillosos vestidos del armario: un quimono de seda azul, verde y negra, con maravillosos dibujos de pájaros que se asomaban entre la vegetación, tan hermosos que parecían pintados a mano; un vestido más largo, negro, con escote, de talle bajo y completamente bordado, cuya orilla terminaba con una serie de flecos de hilos de seda entrelazados; y también un vestido largo y entallado, con el talle bajo, sin mangas y todo recubierto de lentejuelas rojas.

—¡Guau! —exclamó Becky, que todavía no estaba habituada a las maravillas del armario.

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—¡Y mira este! —dijo Lily señalando un traje de brocado de seda rojo, largo, con amplias mangas que se ensanchaban en las muñecas, un cinturón dorado tipo cuerda y bonitas aplicaciones de terciopelo rojo y oro sobre los hombros y el escote.

—¡Parece recién salido de una aventura de Robin Hood!

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