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Unorthodox: la niña que no encajaba

Inspirada en las memorias de Deborah Feldman, la adaptación televisiva de «Unorthodox» describe el viaje de su heroína, una joven judía que busca escapar a través del arte del sofocante encierro de su vida en una comunidad ultraortodoxa de Nueva York. Aunque cambiando el solitario ejercicio de la literatura por el estudio del canto en un cosmopolita conservatorio berlinés, libro y serie apuntan en un mismo sentido: el de la universalidad de historias como la de su protagonista.
10 min.

Crédito: Netflix.

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Por DOLORES GRAÑA

Cuando descubrimos a la protagonista de la miniserie de Netflix Unorthodox, antes incluso de saber su nombre o donde vive, sabemos que quiere escapar. En una secuencia sin diálogos, que saca por primera vez partido de las aparentemente inagotables reservas de expresividad de la actriz israelí Shira Haas —nominada al Emmy por este papel— acompañamos a la jovencita mientras recupera dinero escondido por toda su casa (los euros se atesoran en la cabeza de maniquí en la que descansa cada noche su peluca, cuya destrucción se convertirá en la metáfora de su transformación) y enfila decidida hacia la entrada de su edificio en una comunidad ortodoxa judía de Nueva York.

«No puedes salir», le dicen otras dos jóvenes, con idénticos collares de perlas y vestidos negros. «¿Por qué?», le responde ella, convencida de que su plan de escape ha quedado al descubierto. «Se rompió el eiruv». La erección de esta valla simbólica —en este caso, un alambre que cruza la calle sostenido por dos postes— convierte a un espacio público en uno privado, permitiendo así que no se apliquen ciertas prohibiciones religiosas que limitarían aún más la libertad de Esty y del resto de las mujeres de la comunidad en el sabbat. «Pero Esty, no estás atrapada como nosotros: no tienes un bebé que llevar a cuestas. Deja la bolsa en tu casa», le aconseja una de las mujeres. El proverbial hatillo de la heroína se achica aún más, y gracias a la habilidad de sus vecinas para doblar sin romper las estrictas reglas, Esty deja de estar atrapada en la asfixiante realidad que comparten las tres mucho antes de lograr poner un pie en Berlín y reunirse con esa madre que descubre que no la ha abandonado. A diferencia de su progenitora décadas antes, ella no tiene hijos que la aten a su casa ni leyes que le impidan huir en el sábat. El eiruv es apenas un alambre caído, sin el poder para condicionar su camino.

Aunque hay un cambio fundamental del libro a la pantalla, van sin embargo en la misma dirección: la universalidad de su historia y su deseo de existir, que mujeres como ella por fin sean visibles para los demás.

No es difícil imaginar por qué Unorthodox fue uno de los grandes éxitos televisivos de esta cuarentena en la Argentina, algo que no ocurrió en otros mercados durante estos meses. Sin hilar demasiado fino, su popularidad —más allá de sus méritos artísticos, que son muchos— podría adjudicarse tanto a la extensión y severidad del aislamiento en nuestro país como a la familiaridad del público de nuestro país, hogar de una gran colectividad judía, con algunas de las características de la comunidad ortodoxa de la que escapa la heroína de la historia, «inspirada» en las memorias de Deborah Feldman, editadas por Lumen.

El de Esty es, sin embargo, un tipo de confinamiento distinto al provocado por el coronavirus. Y su fin, lejos de depender de decretos y de vacunas, de pronunciamientos de su familia política, del rabino de la comunidad y de la actitud de su esposo, comienza con el arte.

En la miniserie de Netflix, Esty encuentra una nueva familia multicultural y diversa entre los alumnos de un conservatorio berlinés, quienes la ayudan además a descubrir en las canciones aprendidas de su abuela húngara no solo la llave para su futuro como cantante sino también un puente hacia el pasado, revelando a su familia y a su pueblo a un panel de sorprendidos maestros. Es un momento tan emotivo como aquel en el que la peluca que la ha acompañado desde Williamsburg hasta la playa alemana se aleja flotando —la heroína va abandonando poco a poco las señas exteriores de la ortodoxia que ha dejado atrás— y claramente sería imposible lograr una emoción similar con la escena que marca esa instancia definitiva en el libro: la aceptación de Deborah en un programa de escritura universitario. La vida en Berlín de la Esty de la miniserie es muy distinta de la de la propia Feldman. En el caso de la autora, la búsqueda de sus raíces siguió en sentido inverso a la odisea de su abuela durante el Holocausto (se narra en la segunda parte de su autobiografía, Éxodo). A diferencia del canto, la creación literaria es un trabajo solitario, metódico y, sobre todo, interno, que no se presta fácilmente a las epifanías televisivas (ni Shira Haas podría vender un aporreo triunfal de la tecla enter tras el punto final de un texto). 

El otro cambio fundamental del libro a la pantalla —Deborah tiene un hijo pequeño por quien, luego de un accidente de auto casi fatal preanunciado por un cabalista, y ante de la indiferencia de su esposo, finalmente decide abandonar su matrimonio— va en la misma dirección: la universalidad de su historia y su deseo de existir, que mujeres como ella por fin sean visibles para los demás.

Las razones de esa desconexión entre la heroína y quienes la rodean son múltiples, y se enumeran cuidadosamente en relación a cada una de las novelas que Feldman lograba esconder en los fondos de los cajones y debajo de su colchón, retiradas a escondidas de bibliotecas públicas lo más lejanas posibles a Williamsburg, cuyos límites prosaicos bien podrían contener un puente levadizo. Cada una de esas obras aporta en Unorthodox un pequeño haz de luz a las preguntas que la protagonista ya trae consigo. Su educación literaria propone respuestas de vidas que se sienten a años luz de su experiencia, a pesar de que para el lector, su historia, absolutamente real, no es menos fantástica ni decimonónica en su sufrimiento que la de Grandes esperanzas. Cual Matilda, la niña de Roald Dahl que sus mayores creían poco aventajada, Deborah encuentra su superpoder oculto, capaz de devolver el orden a su propia vida (es una hablante fluida de inglés en una comunidad que tiene al yidis como primera lengua); como Alicia en el país de las maravillas, por momentos sus mayores parecían estar actuando un guion absurdo cuya falta de lógica solo parece apreciar ella misma. Del mismo modo que en Orgullo y prejuicio, estaba convencida de que había que pedirle todo a la vida —«todo mi futuro dependerá también de lo ventajoso que sea mi matrimonio»—, aunque, como para la Jo de Mujercitas, la realización personal terminara finalmente subsumida en la obligación de interpretar los roles que la sociedad demanda a las mujeres. 

La educación literaria de Feldman propone respuestas de vidas que se sienten a años luz de su experiencia, a pesar de que para el lector, su historia, absolutamente real, no es menos fantástica ni decimonónica en su sufrimiento que la de Grandes esperanzas.

Pero acaso, del mismo modo que le ocurre a Franny, la heroína de Un árbol crece en Brooklyn, la educación sea finalmente lo único capaz de catapultarnos más allá del camino prescrito por las circunstancias de nuestro nacimiento («yo nunca podré ir a la universidad. Censuran esa palabra en nuestros libros de texto», explica Deborah). Pero finalmente, su habilidad con el inglés, adquirida a través de novelas prohibidas y seculares, es la que le permite convertirse en maestra primero y llegar a la universidad y, más tarde, recibir un contrato para escribir su propia historia, en 2012. «Y si existía un libro donde se hablaba de nosotros —dice la autora a propósito de su adquisición clandestina de Los elegidos, de Chaim Potok, donde descubre por primera vez el milagro de la identificación en yidis— entonces cabía la posibilidad de que, a fin de cuentas, no fuéramos tan extraños».

Y la curiosidad que despertaron las memorias de Feldman en particular y, a través de ella, la vida de las mujeres dentro de las comunidades ultraortodoxas en general, no fue necesariamente favorable, aunque así lo haya sido para su carrera. «La comunidad Satmar fue fundada por sobrevivientes húngaros del Holocausto en Nueva York, tras el fin de la guerra. Sus fundadores fueron personas que sufrieron el trauma más inmenso que pueda imaginarse. Y a lo largo de dos generaciones, diría yo, este trauma fue el principal impulso tras las estructuras ideológicas de la comunidad», explica Feldman en un documental sobre la realización de la miniserie, también disponible en Netflix.

En el epílogo de Unorthodox se recorren sucintamente no solo las críticas que recibió la autora tras la publicación de su historia (los insultos oscilaban entre «antisemita» y «futura esposa de Mel Gibson»), sino también la batalla por no perder la custodia de su hijo pequeño a manos de su exmarido y las dificultades económicas que sobrevinieron a su mudanza a Nueva York, sin ayuda ni conocimiento práctico del mundo secular.

Lejos de reafirmarse en un príncipe azul y un final feliz, la heroína —es difícil pensar en otro modo de calificar a la protagonista con un recorrido como éste, tanto si tiene el rostro de Feldman como el de Haas— prefiere concentrarse en haberse labrado por sí misma un lugar en el mundo. Y hacerlo un poco menos extraño para quienes lean su historia.

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