Prólogo
LA HERENCIA DE LOS SETENTA
No entiendo mucho al peronismo. Vi gente de derecha que era peronista. Y vi gente de izquierda que era peronista. Es un milagro que solamente los argentinos pueden hacer.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva,
al diario La Nación el 19 de abril de 2009.
Cuando terminé de escribir la versión original de Operación Traviata, el 14 de octubre de 2007, no tuve tiempo de sentirme muy satisfecho. Pensaba que era un buen libro aunque no podía imaginar que al año siguiente alcanzaría tanta repercusión, al punto de reabrir una causa judicial archivada desde hacía casi veinte años. Más bien, estaba preocupado por algo más urgente y concreto: conseguir una editorial para publicarlo.
Es que había hecho las entrevistas, visitado diarios y bibliotecas y escrito el libro sin un contrato previo, sin el dinero del anticipo que suele pactarse con una editorial. Sin ningún dinero, en realidad: fue una investigación en subte y en colectivo, aprovechando la excelente cobertura de la red de transporte público de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores.
Un libro a pura voluntad, pero con suerte. Un colega del diario Perfil, Daniel Guebel, leyó el original y lo llevó a Editorial Sudamericana. Y consiguió que lo publicaran: el 14 de febrero de 2008 firmé el contrato y el 2 de septiembre de ese año Operación Traviata estuvo en las librerías. A partir de ahí, pasaron muchas cosas en muy poco tiempo:
• El 10 de septiembre, el secretario general de la Confederación General del Trabajo, Hugo Moyano, aliado clave de los Kirchner, reclama que el asesinato de su antecesor José Rucci sea considerado un crimen de lesa humanidad, como los cometidos durante la dictadura militar. “Si la justicia no es para todos, no es justicia”, dice Moyano a Radio 10.
• El 15 de septiembre, el diputado Juan Carlos Dante Gullo, ex líder de la Juventud Peronista, se convierte en el primer kirchnerista en animarse a hablar sobre aquel atentado: afirma que sigue pensando que fue la CIA, la Central de Inteligencia de Estados Unidos, la autora del asesinato, y niega que pueda ser considerado un crimen de lesa humanidad.
• El 24 de septiembre, los hijos de Rucci piden a la Justicia la reapertura de la causa judicial, paralizada desde el 24 de noviembre de 1988, con base en los nuevos datos aportados por Operación Traviata.
• El 25 de septiembre, en sendos actos por los treinta y cinco años del crimen, tanto la CGT oficialista, de Moyano, como la opositora, de Luis Barrionuevo, exigen la reapertura de la investigación judicial. En una misa en la Catedral porteña, la Iglesia “apoya el reclamo por la verdad y la justicia”. Gullo admite que “todos los caminos conducen a Montoneros, y fue un error”. La titular de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, asegura que Rucci era “un asesino que mató a montones de pibes y a otros los mandó a la muerte porque los denunció”, que su muerte no es un crimen de lesa humanidad, que “Moyano es un traidor” y que “todo es una maniobra de la derecha”. Al poco tiempo, las Madres publican un documento de distribución gratuita titulado El otro Rucci. El verdadero en el que le bajan el tono a las palabras de Bonafini contra el sindicalista: lo acusan sí de haber sido “un eximio representante de la burocracia sindical que traicionó incansablemente los intereses de los trabajadores, claudicó frente a las luchas obreras y prefirió negociar siempre”, pero no lo califican ya de asesino ni de haber enviado gente a la muerte. El folleto contrapone la figura de Rucci a la de Agustín Tosco, un “dirigente sindical de extracción marxista” que “luchaba por una patria socialista”; tanto es así que de las 43 páginas que tiene el documento, 25 son utilizadas para transcribir un recordado debate televisivo entre ambos, el 13 de febrero de 1973, en el programa “Las dos campanas”, de Canal 11, que conducía Gerardo Sofovich.
• El 26 de septiembre, el juez federal Ariel Lijo reabre la causa y toma sus primeras dos decisiones: pide a Sudamericana el original del libro y me cita como testigo para el jueves 2 de octubre.
• El 27 de septiembre, el ex comandante montonero Roberto Perdía señala a la radio LT3, de Rosario: “Pregúntenle a Bonasso o a Firmenich por qué dicen que Montoneros mató a Rucci”, y reitera que “en ningún momento, ningún organismo de conducción de Montoneros asumió el hecho como tal”. Unos meses después, Perdía explica al sitio de noticias 24CON que cuando Rucci fue asesinado, Montoneros se estaba fusionando con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que los jefes de “Montoneros éramos Firmenich, yo, Yaguer y Mendizábal”, que en este grupo “nunca se discutió nada” sobre el atentado y que aquel 25 de septiembre de 1973 “estaba volviendo de Rosario. Cuando me enteré, dije: ´Esta es una cagada que viene sobre nosotros´”. Son declaraciones relevantes porque Perdía parece atribuir la muerte de Rucci a las FAR, aunque luego nunca profundizó en esta línea.
• El 2 de octubre, un mes después de la salida de Operación Traviata, presto declaración ante el juez durante casi tres horas.
• El 6 de octubre, luego de algunas dudas en la cúpula del gobierno y de una fuerte resistencia inicial de Néstor Kirchner, titular del Partido Justicialista, la presidenta Cristina Kirchner concede una audiencia a la viuda de Rucci y a sus dos hijos, que había sido solicitada a través de Moyano diez días antes. “Nos brindó su total apoyo; dijo que es necesario que se sepa quiénes lo mataron”, informan los Rucci. No hay fotos oficiales del encuentro en la residencia de Olivos. Néstor Kirchner vuelve a Olivos cuando los visitantes ya se han retirado.
• El 15 de octubre, el titular de la Iglesia Católica, el cardenal Jorge Bergoglio, recibe a los Rucci. Sin nombrarlos, critica a los Kirchner al aludir a quienes “promueven un clima hostil entre los argentinos. Seguramente, sienten culpa porque durante la dictadura militar, mientras muchos de sus compañeros desaparecían, ellos estaban lejos de esta ciudad, haciendo dinero.”
Todo eso con una fuerte repercusión mediática y mientras los lectores agotaban una edición tras otra. Incluso, algunos días no hubo ejemplares en las librerías y ni siquiera en el depósito de la editorial, algo que no suele suceder y que tiene un nombre técnico: “quiebra de stock”. Fue una grata sorpresa.
¿Por qué ocurrió esto? ¿Cómo se explica el éxito de un libro sobre un asesinato ocurrido hacía 35 años cuya víctima había sido un sindicalista metalúrgico, un peronista ortodoxo, un duro y áspero dirigente enfrentado a quienes él llamaba “los bolches” y “los bichos colorados”, en un momento en el que el discurso kirchnerista sobre los ´70 parecía hermético, blindado, impenetrable?
Más allá de las bondades que pueda tener el libro, que corresponde evaluar a lectores, colegas y demás interesados, creo que hubo tres razones que podrían explicar su repercusión.
La primera fue que Operación Traviata encontró al kirchnerismo en el comienzo de su declive; tal vez no nos habíamos dado cuenta, pero su hegemonía ya había finalizado con la sonora derrota del gobierno frente al campo, el 17 de julio de 2008 a la madrugada.
Hasta el 11 de marzo de 2008 a la noche, cuando el gobierno anunció que acababa de despachar la Resolución 125 para aumentar las retenciones a las exportaciones agrícolas, los Kirchner eran hegemónicos; tanto era así que los comicios legislativos de 2009 parecían un mero trámite y la única duda sobre las elecciones presidenciales de 2011 consistía en cuál de los dos miembros del matrimonio gobernante se presentaría como candidato, si Cristina o Néstor. La oposición no existía. ¿Julio Cobos? Tenía menos del 20 por ciento de imagen positiva.
Pero los relámpagos aparecen cuando el cielo está azul. El kirchnerismo movió mal sus piezas y la Resolución 125 disparó un largo conflicto con el sector más dinámico y competitivo de la economía argentina, el que había liderado la recuperación nacional, a la cual, por cierto, los Kirchner habían hecho su aporte durante el primer mandato presidencial, entre 2003 y 2007.
Durante 127 días, el campo vapuleó a los Kirchner: primero, les ganó en el discurso y en las rutas; luego, puso de su lado a gran parte de la opinión pública; después, copó la calle, y, por último, les propinó la peor derrota en cinco años de dominio del tablero político con el voto “no positivo” del vicepresidente Cobos en el Senado.
La imagen del gobierno de Cristina se fue a pique por aquella derrota inesperada: cayó del 50 por ciento a menos del 30 por ciento. Néstor también sintió el golpe ya que perdió su aureola de líder infalible, y con su omnipresencia pública y sus articulaciones heterodoxas, a veces desesperadas, fue eclipsando a su esposa, la Presidenta.
En simultáneo, la oposición resucitó y diversas figuras del peronismo fueron abandonando a los Kirchner, en especial en el eje productivo formado por las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba. ¿Y Cobos? Su imagen superó el 60 por ciento y saltó al primer lugar a nivel nacional.
Según Antonio Gramsci, un grupo es hegemónico cuando concentra la “dirección intelectual y moral” del resto de la sociedad. La derrota frente al campo despojó al kirchnerismo de ese halo conductor sobre cómo la gente debía pensar y actuar, con el cual reproducía consenso.
Una vez que el kirchnerismo dejó de ser hegemónico, luego de que se rompió el consenso de sus años de gloria, aparecieron espacios para un libro como Operación Traviata, que pone el foco en un asesinato que no está contemplado en la política de derechos humanos del oficialismo.
Es que uno de los ingredientes de ese consenso, de esa hegemonía, ha sido la política de derechos humanos inaugurada por Néstor Kirchner, cuyo eje es el castigo político, mediático, social y jurídico de los responsables del terrorismo de Estado de la última dictadura militar, de los “represores”.
Ese esquema ha sido muy útil para los Kirchner en varios frentes. Por un lado, les sirvió para soldar las piezas del movimiento transversal en su época dorada, en especial las organizaciones de derechos humanos encabezadas por las Madres y las Abuelas y casi todos los grupos piqueteros.
Por otro lado, resultó un poderoso mecanismo de legitimación. Los Kirchner han tomado decisiones polémicas y fueron y son blanco de denuncias de corrupción, pero eso no ha deteriorado su vínculo con las Madres y las Abuelas; por el contrario, cada vez que las necesitaron, tanto Bonafini como Estela de Carlotto pusieron la cara para respaldarlos, incluso en temas que poco tienen que ver, en principio, con los derechos humanos como la disputa con el campo por las retenciones a la soja. Se convirtieron en el escudo moral del kirchnerismo.
Además, la política de derechos humanos facilitó al oficialismo el respaldo de sectores medios de las grandes ciudades, por lo menos durante los tres primeros años del gobierno de Néstor Kirchner, y de numerosos periodistas, principalmente durante la gestión como jefe de Gabinete de Alberto Fernández, tal vez el principal operador político y mediático de los Kirchner.
Como ya se sabe, los Kirchner nunca se habían destacado por la defensa pública de los derechos humanos. En los ´70, militaron en la Juventud Peronista en La Plata y durante la dictadura, ya recibidos de abogados, vivieron en Río Gallegos, donde todo indica que la pasaron bien, al punto que pudieron mejorar su patrimonio con la compra de 21 propiedades en apenas seis años. No fueron perseguidos por los militares; el estudio jurídico de los Kirchner no se dedicaba a la defensa de secuestrados y desaparecidos sino al asesoramiento a empresas y al cobro de deudas atrasadas, por ejemplo a las víctimas de la Circular 1050 del Banco Central durante la gestión económica de José Martínez de Hoz. Néstor pasó a ser conocido por varios como “El Cuervo”, un sobrenombre que luego fue reemplazado por otro que pronto se hizo mucho más popular, también proveniente del reino animal: “El Pingüino”.
Tanto es así que Néstor Kirchner no conocía personalmente a Hebe de Bonafini: el primer encuentro entre ambos ocurrió el 3 de junio de 2003, cuando él ya se había instalado en la Casa Rosada y una semana después de que las Madres le hubieran pedido formalmente una audiencia. Bonafini y sus acompañantes fueron al encuentro sin muchas expectativas, pero una hora después salieron encantadas.
—Estamos emocionadas. No era todo igual, como las Madres habíamos creído. Las Madres reconocemos cuando nos equivocamos. No votamos porque creíamos que todos los candidatos eran iguales, pero vimos que Kirchner no era igual. El aceptó con mucha humildad lo que le dijimos y nos transmitió que las puertas de la Casa Rosada siempre estarán abiertas.
Como suele suceder con los conversos, Kirchner se entusiasmó tanto que pareció sobreactuar el 25 de septiembre de 2003 al afirmar en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, que todos los argentinos “somos los hijos de las Madres y de las Abuelas de Plaza de Mayo”. Y agregó que la defensa de los derechos humanos “ocupa un lugar central en la nueva agenda de la República Argentina.”Con el tiempo, Kirchner quiso fabricarse un pasado más vinculado a la defensa de los derechos humanos. Incluso, aseguró que había estado preso en la dictadura, pero el ex diputado santacruceño Rafael Flores, que lo conoce de aquellos años y que ahora es uno de sus adversarios locales, matizó esta afirmación.
—En realidad, estuvimos demorados. Si uno dice: “Yo estuve preso durante la dictadura”, eso lleva a quien escucha a imaginar un escenario de terror. Pero en nuestro caso no fue así. En marzo de 1977 estuvimos demorados entre 48 y 72 horas en la cárcel de Río Gallegos porque no sabían dónde ponernos. No fuimos tratados con violencia; no nos fueron a buscar a nuestras casas, sino que nos citaron por nota. Los dos fuimos pensando que se trataba de una cuestión vinculada con las prórrogas que habíamos pedido por el servicio militar. Quien ordenó nuestra detención resolvió su problema porque, como en todo pueblo chico, la gente se preguntaba por qué no nos detenían debido al antecedente de la militancia en La Plata. La mejor forma de evitar planteos era hacerlo rápido y soltarnos rápido.
El 12 de julio de 2008, en una charla con los intelectuales del espacio Carta Abierta, Néstor Kirchner afirmó que en sus años de militancia universitaria en La Plata había conocido a John William Cooke, uno de los iconos de la lucha armada. “Fue un gran compañero y trasciende largamente al peronismo”, dijo. Pero se duda de ese encuentro: Cooke murió de cáncer el 19 de septiembre de 1968 y Néstor recién fue a estudiar a La Plata a principios de 1969, según cuentan Fernando Amato y Christian Boyanovsky Bazán en la página 78 de su libro Setentistas, de La Plata a la Casa Rosada.
Más allá de si se preocupó o no por los derechos humanos durante la dictadura, Kirchner supo interpretar el clima de su época cuando tomó la decisión política de impulsar la reapertura de los juicios a los “genocidas”. Algunos de sus colaboradores no estaban muy entusiasmados, según admite ahora uno de sus ex ministros: “Pensé que eso no iba a funcionar, que para la gente ese tema ya estaba cerrado. Pero él acertó: enseguida, las encuestas revelaron que la opinión pública apoyaba esa decisión”.
¿Cómo fue que Kirchner adoptó esta política sobre la cual nada había anticipado? ¿Por qué cambió si, como ya vimos, ni siquiera conocía a Hebe de Bonafini?
Una de las personas a las que se atribuyen influencia en esa decisión es Horacio Verbitsky, periodista pero también titular del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Verbitsky está de acuerdo en que ha tenido peso en las áreas de derechos humanos y justicia.
—La influencia que dicen que tiene sobre el Presidente, ¿es exagerada?, le preguntó el periodista Jorge Fontevecchia en su diario Perfil el 4 de noviembre de 2007.
—Ese es un invento maravilloso que algunos han usado para tratar de perjudicarlo a él asociándolo conmigo y otros para perjudicarme a mí asociándome con él. Hay otros periodistas que tienen mucha más influencia que yo sobre el Presidente.
—¿Por ejemplo?
—Marcelo Bonelli, Morales Solá.
—¿Tienen influencia ellos como persona o es que le interesan al Presidente las audiencias que ellos representan?
—Eso habría que preguntarle al Presidente. Constato los hechos. Yo he tenido una influencia de la cual estoy muy contento por algunas decisiones del Gobierno. Por ejemplo, la de bajar los cuadros de Bignone y Videla del Colegio Militar es una propuesta que el CELS le llevó al Presidente, y que le habíamos hecho a los presidentes anteriores. No es que se la hice a éste porque soy amigo: desde el CELS les hemos hecho la propuesta a De la Rúa, a Duhalde, que no la tomaron en consideración. Y el Presidente dijo: “Lo hacemos este mismo año”. Lo propusimos creo que en enero o febrero de 2004, y en marzo lo hizo.
—¿Su influencia tiene más que ver con el tema de derechos humanos?
—Sí, pura y exclusivamente.
—Se tiene que sentir orgulloso.
—Y el tema de la Justicia. El CELS es coautor junto con otras seis organizaciones no gubernamentales de un trabajo que se llama “Una Corte para la Democracia”, que hicimos en el verano de 2002. Mientras las cacerolas y los martillos en la puerta de los bancos y el grito “que se vayan todos” ocupaban todas las calles, nosotros hicimos una propuesta de reforma de los procedimientos de selección, de designación y remoción de magistrados de la Corte Suprema, que fueron la base de la redacción del Decreto 222 con el cual se modificó la Justicia, que me parece un aporte fundamental del gobierno de Kirchner.
En aquella charla con los intelectuales afines, Kirchner dijo que no había revelado qué pensaba hacer en el área de los derechos humanos antes de asumir el gobierno porque “me echaban en dos o cuatro días”. Recordó que había llegado a la presidencia con apenas el 22 por ciento y contó cómo engañó a los dirigentes del peronismo que querían terminar con los juicios a los militares.
—La Plaza de Mayo estaba llena de gente que quería comer, que había perdido toda esperanza. Personas importantes de mi partido se reunieron conmigo y me plantearon que iban a poner un corte a los juicios por el terrorismo de Estado. Les dije que no me quitaran la posibilidad de que yo capitalizara ese gesto fuerte, que esperaran. Por suerte me creyeron y me dieron tiempo.
Si bien Verbitsky y los organismos de derechos humanos respaldaron absolutamente la política de Kirchner, los comandantes montoneros que lograron sobrevivir a la dictadura se han mostrado más prudentes por dos motivos:
• La reivindicación que impulsa el kirchnerismo se detiene en Mario Firmenich, Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja; no los abarca, al menos públicamente. Los Kirchner hablan de “los jóvenes de los ´70” o de “la generación del ´70”, en general, y cuando tienen que referirse a algún símbolo o icono no eligen, ciertamente, a los máximos jefes vivos de Montoneros. Por eso, los ex comandantes guerrilleros, y varios de sus parientes y allegados, sienten una desconfianza casi natural con relación al proclamado “setentismo” del gobierno. Así, apenas salió Operación Traviata, hubo quienes especularon con que era una maniobra del gobierno para enviar a la cárcel también a los ex jefes supremos de Montoneros.
• Roberto Perdía considera que la reapertura de los juicios a militares puede ser seguida por procesos equivalentes contra montoneros. “Esto es como un péndulo: ahora va para un lado pero en el futuro puede ir para el otro lado”, suele decir. En su opinión, “en la justicia se están dando las condiciones para restablecer en los niveles más altos la teoría de los dos demonios. Este gobierno, si bien practica una justa resolución para condenar a los responsables del genocidio a nivel militar, no hace nada para develar el poder económico sobre el cual se gestó el Golpe de Estado. Al no haber revelado a ese poder económico, ese poder vuelve y esgrime esta salida. La reaparición de estos sectores se produce frente a un gobierno que se está yendo, que está perdiendo su fuerza.” Para Perdía, “es obvio” que buscan meterlo preso a él.
En realidad, el libro dio pie a teorías conspirativas para todos los gustos, en contra y a favor del gobierno: sectores afines al kirchnerismo lo vieron como la punta de lanza de una vasta maniobra de la derecha local con ramificaciones en Estados Unidos, El Vaticano y la Corte Internacional de La Haya, donde Luis Moreno Ocampo es uno de los fiscales, destinada a reinstalar la teoría de los dos demonios y propiciar la liberación de los militares ya detenidos por violaciones a los derechos humanos.
Sin embargo, en octubre de 2008 algunos de los militares presos, inspirados al parecer por miembros de los servicios de inteligencia de la Marina, sospechaban que el libro había sido financiado por la Casa Rosada, que, según ellos, se aprestaba a modificar su política de derechos humanos colocando en el banquillo de los acusados también a algunos jefes montoneros debido a que las encuestas detectaban un cambio de humor en la opinión pública.
La segunda razón de la repercusión de Operación Traviata fue que el deterioro del gobierno afectó, específicamente, la reconstrucción discursiva que los Kirchner habían hecho de los ´70. Esa historia oficial había sido una necesidad para el oficialismo, que sigue presentándose como el heredero de la voluntad virtuosa de los jóvenes derrotados por “los enemigos del país”.
Lo dijo Néstor Kirchner en aquella en una reunión con los intelectuales de Carta Abierta, en plena pelea contra el campo.
—Venimos de una derrota durísima que en parte se debe a errores que cometimos. Pero después de muchos años de resignación, vuelve la movilización, la ética, los pibes jóvenes quieren saber de qué se trata y podemos rendir las asignaturas pendientes y decirles a nuestros compañeros que hemos cumplido en nuestro paso por la historia. Podemos construir una Argentina diferente en una América latina diferente.
Lo había señalado el 20 de noviembre de 2007, al ceder el predio de la ESMA a las Madres de Plaza de Mayo.
—Cuando los escucho cantar a ustedes, me acuerdo cuando con la misma fuerza y con las mismas ganas cantábamos con compañeros y compañeras, hace tres décadas y tanto atrás, por un país mejor, soñando por una Argentina distinta, y hoy me toca estar acá, donde nuestros hermanos, muchos de ellos, héroes anónimos de sus principios y sus conceptos, tuvieron que estar enclaustrados, torturados, golpeados, sometidos a los vejámenes inverosímiles, que nadie puede creer pero que sucedieron. Estoy seguro que los espíritus de ellos, de donde nos miren, estarán pensando: “Volvimos, estamos, todavía podemos ganar”.
Todos los gobiernos necesitan un discurso que enhebre sus decisiones y sus actos; ese discurso se arraiga en un pasado que permite a la gente comprender el sentido del presente y confiar que en el futuro se concretarán todos sus sueños. El discurso de los Kirchner está claramente arraigado en los ´70, en una visión particular de esa década clave.
Por los agujeros que presentaba el discurso kirchnerista se filtró Operación Traviata y su visión más matizada y menos condescendiente con la lucha armada, que encontró un público bien dispuesto, saturado de un mensaje oficial que perpetuaba los enfrentamientos del pasado y expulsaba de la política a vastos sectores sociales.
La historia es metáfora del presente en casi todos los sentidos. Si los Kirchner se consideran los herederos de los jóvenes que en los ´70 habían decidido erigirse en la vanguardia del pueblo y luchaban por una Argentina justa y soberana, la política se convierte para ellos en una guerra por otros medios, y los acuerdos y consensos con quienes no piensan igual se vuelven imposibles.
En este esquema reducido y parcial de representación política del oficialismo, los adversarios pasan a ser vistos como enemigos, cuyos soportes deben ser destruidos, silenciados o esterilizados: la “oligarquía” agropecuaria, los sectores medios “gorilas” y “los fierros mediáticos” (los periodistas y medios de comunicación que no le son afines), entre otros.
Una interpretación de los 70 que divide a los argentinos en dos bandos irreconciliables, en buenos y malos, trasciende la historia, y adquiere en el presente un sentido determinado: los únicos que ahora tienen legitimidad para debatir y tomar las decisiones políticas, que obligan a todos, son los herederos de los buenos, los kirchneristas. Todos los otros son expulsados del paraíso, y en el mejor de los casos apenas se les permite purgar en silencio las culpas de un pasado que no se puede borrar.
Quedó claro, por ejemplo, en el discurso de Néstor Kirchner del 15 de julio de 2008, en su última intervención pública antes del debate final en el Senado sobre el proyecto del gobierno para cambiar las retenciones a las exportaciones del sector agrícola.
“Son los que quieren destituir al gobierno y desestabilizar a la Patria. Basta de cortes de ruta, basta de grupos de tareas, basta de comandos civiles”, vinculando en un solo renglón a las protestas de los productores agropecuarios con la represión brutal de la última dictadura militar y las organizaciones de civiles que en 1955 apoyaron el golpe de Estado contra Juan Perón.
La distinción amigo-enemigo como esencia de lo político es el aporte más conocido del alemán Carl Schmitt, considerado el teórico del nazismo aunque revalorizado en las últimas décadas por sus contribuciones específicas a la teoría política. ¿Y qué es el enemigo para Schmitt? “Enemigo no es el competidor o el adversario en general. Enemigo no es siquiera el adversario privado que nos odia debido a sentimientos de antipatía. Enemigo es sólo un conjunto de hombres que combate, al menos virtualmente, o sea sobre una posibilidad real, y que se contrapone a otro agrupamiento humano del mismo género. Enemigo es sólo el enemigo público.”
El estilo político del kirchnerismo se basa en la división artificial del universo político en amigos y enemigos a través de asuntos que le aseguren la victoria en cada pulseada.
Lo explicó bien Néstor Kirchner la noche del 13 de marzo de 2008 en la residencia de Olivos a dos ministros preocupados por el incipiente conflicto con los productores agropecuarios. “No se preocupen, nosotros sabemos elegir los enemigos. Siempre ganamos: o es el FMI o nosotros y ganamos nosotros. Lo mismo pasó con la Corte de Menem, los genocidas y los fondos buitres. Y esta vez es el campo o nosotros”.
Es un estilo político elitista (pocos toman decisiones que afectan a muchos) y verticalista (de arriba hacia abajo) que muchas veces tiene un aire de familia con los aprietes de la cúpula de Montoneros, con esa táctica de tensar las cosas al límite, de forzar una opción de Todo o Nada, Patria o Muerte o bien, Nosotros o el Caos.
En ese marco, la Justicia corre el riesgo de transformarse en un ámbito para arreglar las cuentas del pasado, para mandar a prisión a los verdugos del Terrorismo de Estado y a sus cómplices y para proteger a los compañeros que abrazaron la lucha armada. ¿Un ejemplo? Cierto uso de una categoría jurídica en desarrollo en varios países, los delitos de lesa humanidad, que a veces parece invocada para encontrar en ella los elementos que, por un lado, sirvan para juzgar y castigar a los autores de graves violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura, y, por el otro, mantengan a salvo de la Justicia a los guerrilleros que secuestraron, mataron y colocaron bombas.
En ese sentido, se repite que la legislación internacional exige como requisito que esos crímenes sean cometidos desde el Estado o por una organización con control del aparato estatal (“El crimen de lesa humanidad es cuando interviene el Estado”, suele afirmar Hebe de Bonafini) a pesar de que no es lo que dice el Estatuto de Roma, que dio origen a la Corte Penal Internacional, que indica que pueden ser realizados por “un Estado o una organización”, a secas, siempre que sea “parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil”. Y aún si fuera así, el gobierno no da la impresión de estar interesado en impulsar la investigación judicial de los delitos de la guerrilla para determinar si contaron o no con apoyo de alguna fracción estatal; supone que eso no ocurrió y que, por lo tanto, no merecen la lupa judicial porque ya prescribieron.
La tercera razón del éxito de Operación Traviata fue que la década del ´70, más allá del uso del kirchnerismo, sigue interesando a los lectores, siempre que los libros que surjan no sean meras repeticiones del paradigma oficial. Me parece que esto es así porque en esa década, que podríamos extenderla hasta el final de la dictadura, 1983, fracasaron tres proyectos de país bien definidos.
Cada uno de esos proyectos, de esas patrias posibles, había entusiasmado intensamente a diferentes sectores y generaciones, había desplegado diversas utopías. Volver a pensar los ´70 puede ser entendido como el intento de encontrar las razones de esos fracasos tan sentidos.
Son fracasos que todavía no han sido resueltos, de los que aún no podemos liberarnos, como queda claro con la falta de identidad actual del peronismo, una confusión que impregna a toda la política argentina en tanto es el partido mayoritario del país.
Esas tres visiones de lo que podría haber sido la Argentina fueron la “patria peronista”, la “patria socialista” y la “patria militar”.
La patria peronista fue la que primero fracasó en los ´70, luego de la muerte de Perón y con la implosión del Pacto Social, a la que el asesinato de Rucci contribuyó en una medida difícil de determinar pero que debe haber sido importante.
Antes de reflexionar sobre la patria peronista, una breve consideración acerca de los otros dos fracasos que nos persiguen desde el setentismo. La patria socialista constituía el objetivo último de los grupos guerrilleros. Ya vimos que Mario Firmenich lo dice con claridad en la Charla de la Conducción Nacional a los cuadros de Montoneros.
—La ideología de Perón es contradictoria con nuestra ideología porque nosotros somos socialistas; es decir, para nosotros la Comunidad Organizada, la alianza de clases, es un proceso de transición al socialismo, el cual, además, entendemos por el análisis de la realidad que es obligado; es decir, no hay forma de frenarlo.
Esa patria socialista suponía una dictadura, por lo menos en un primer momento, y la estatización o nacionalización de los medios de producción. Como enseñaba la teoría marxista y como mostraban los socialismos reales, por ejemplo la Revolución Cubana.
Este proyecto fracasó. Primero, los guerrilleros le disputaron a Perón la conducción del Movimiento y del país; luego, fueron aislándose de los sectores populares a los que se proponían redimir, y por último, terminaron derrotados por los militares, que tomaron el poder en 1976.
La patria militar fue el proyecto de sectores que querían un sistema político restringido, para pocos, y que habían ungido a las Fuerzas Armadas, en especial al Ejército, como el actor que debía representarlos políticamente ante el fracaso de sus partidos para frenar al peronismo en las urnas.
Eso estalló en 1983 por una constelación de razones: el fracaso del plan económico, la derrota en la guerra de Malvinas, las peleas dentro del “partido militar” y la ilegitimidad básica de un régimen que desde el aparato estatal había apelado a los secuestros, las torturas, las desapariciones y los asesinatos sistemáticos y masivos en su lucha contra la guerrilla en particular, y las organizaciones sindicales y políticas y la izquierda en general.
Antes, había fracasado la patria peronista, el intento de Perón de reeditar en los ´70 su proyecto de país, que giraba alrededor de un concepto, la Tercera Posición, también en los planos económico y social: ni el “individualismo egoísta” del capitalismo liberal ni la lucha de clases del comunismo. En su lugar, la Comunidad Organizada, la colaboración entre el trabajo y el capital con la mediación y orientación del Estado a través del Pacto Social.
El nuevo Pacto Social fue firmado incluso antes del regreso de Perón del exilio, el 8 de junio de 1973 por Rucci, en representación de los sindicatos; Julio Broner, en nombre de los empresarios, y José Gelbard, el ministro de Economía, ocupando la silla del Estado.
El asesinato de Rucci dañó tanto el esquema político de Perón porque el líder sindical le garantizaba el control de las demandas de los trabajadores, es decir aumentos salariales modestos antes de un prolongado congelamiento de precios.
El documento de las Madres de Plaza de Mayo, antes citado, recuerda aquella decisión de Rucci, críticamente: “En ese momento de ascenso de las luchas y reivindicaciones obreras, firmar eso, como representante de los trabajadores, era conformarse con poco y era traicionar lo que las bases pretendían”.
Esa moderación sindical era una de las claves para que el Pacto Social tuviera éxito desde el punto de vista de Perón, es decir para que impulsara el crecimiento del país, la reducción de la inflación y una distribución equitativa de la riqueza, en procura del objetivo peronista del 50 por ciento para el trabajo y el 50 por ciento para el capital.
Lo explica Pilar Calveiro en Política y/o violencia: “Se requería una fuerte disciplina social para mantener el Pacto Social, clave de su política económica. Pero, la disciplina se funda en el control, que precisamente Perón no tenía garantizado, a pesar del 62 por ciento de los votos. El control del sector obrero era vital para la consecución del Pacto. En esto se basó gran parte del apoyo de Perón a la burocracia sindical.”
¿Conocían todo eso los montoneros que mataron a Rucci? Es muy difícil saberlo. ¿Lo mataron para boicotear el Pacto Social de Perón? Tampoco hay pruebas. Hay quienes sostienen que los montoneros fueron guiados por los servicios de inteligencia de Cuba o de la Unión Soviética, recelosos de que tuviera éxito una iniciativa tan despegada del marxismo. Son conjeturas que hasta ahora no han encontrado pruebas que las respalden. Y que chocan con otras evidencias, como el rol estelar de Gelbard, muy vinculado al Partido Comunista local, en un plan de gobierno que incluía una estrecha relación con la URSS y la apertura comercial a Cuba.
De todos modos, el Pacto Social era un tema muy presente en las intervenciones públicas de los líderes de la guerrilla peronista, habituales críticos de Rucci, la CGT y las 62 Organizaciones Peronistas, de la “burocracia sindical”, que, en su opinión, no representaba los intereses genuinos de los trabajadores. Incluso, el 11 de marzo de 1974, poco antes del enojo final con Perón, Firmenich afirmó en un acto que había que “romper” el Pacto y hacer otro en el que se asegurara la hegemonía de la clase obrera dándole al menos el 51 por ciento de la riqueza.
Quien sí parecía saber que la firma del Pacto Social le traería problemas más bien graves era el propio Rucci. Lo cuenta el economista Carlos Leyba, subsecretario de Coordinación y Planificación Económica durante la gestión de Gelbard.
—Rucci sabía que se estaba jugando la vida y así lo dijo una de las últimas noches de mayo de 1973 delante de todos los que estábamos elaborando el Acta de Compromiso (Pacto Social). Más de veinte personas nos encontrábamos discutiendo la determinación de un “nivel real” de salarios con el objetivo de aplastar la inflación y evitar el desmadre salarial. Rucci estaba rodeado de guardaespaldas que entraban y salían del Salón de Acuerdos del Ministerio de Economía, hoy salón Padilla. El dirigente metalúrgico, apoyado en uno de los sillones junto a la larga mesa, generó un silencio previsor en el conjunto y en un tono cortante, profundo, grave, dijo: “Con este acuerdo estoy firmando mi sentencia de muerte”.
También Antonio Cafiero, amigo y aliado de Rucci y uno de sus consejeros sobre temas económicos, escuchó algo muy parecido.
—El me dijo una vez: “Mire Antonio, a mí me van a matar”.
— ¿Cuándo le dijo eso? ¿Después de firmar del Pacto Social?
—Exacto. “Me van matar por firmar el Pacto Social,” me agregó.
— ¿Por qué pensaba eso?
—Porque él entendió que eso iba a ser un arma que iban a utilizar sus enemigos para declararlo traidor a la clase trabajadora.
—Pero, ¿no apuntaba a ningún sector en especial?
—Bueno, él se sabía sentenciado por los montoneros. No me lo dijo con estas palabras pero me lo dio a entender.
— ¿Usted cree que el Pacto Social era la columna vertebral del plan de gobierno del peronismo?
—En aquel momento, sí. El Pacto Social, la concertación entre el capital y el trabajo.
— ¿Y piensa que la muerte de Rucci fue también un poco como dinamitar esa patria peronista?
—Claro, claro, la concepción central de Perón giraba alrededor de la concertación, de una concertación planificada, en un país conmovido por unos desencuentros realmente pavorosos, sobre todo porque los muchachos de la Juventud, los que estaban en esa posición, todavía soñaban con la patria socialista y en la patria socialista la concertación no existe; existe la lucha de clases. Con la firma del Pacto, Rucci veía que quedaba un poco pataleando en el aire para esos sectores.
El Pacto Social firmado en 1973 tuvo logros durante un tiempo, pero la situación se deterioró a partir de la muerte de Perón, el 1º de julio de 1974, hasta explotar al año siguiente, el 4 de junio de 1975, con el “rodrigazo”, la estampida de precios que provocó el paquete del nuevo ministro de Economía, Celestino Rodrigo.
El “rodrigazo” derivó en un vacío de poder del que el gobierno de Isabel Perón nunca se pudo recuperar.
Aquel fracaso de la patria peronista dejó a la fuerza política fundada por Perón con un problema de identidad, que todavía no ha sido resuelto y que se ha derramado a todo el sistema político argentino.
Luego de 1983, las dos experiencias de gobierno del peronismo surgidas de las urnas han intentado definir qué es o debe ser el partido al que las encuestas le asignan alrededor de un tercio de votos propios. Tiene el mayor caudal, pero no puede ganar elecciones sin el respaldo de otros sectores ubicados a sus flancos, como ocurrió primero con Carlos Menem y luego con Néstor Kirchner, que aglutinaron a públicos ideológicamente enfrentados.
Para el menemismo, el peronismo debía ocupar un espacio del centro a la derecha, sumando a los sectores que habían quedado huérfanos con el fracaso de la patria militar. Para el kirchnerismo, por el contrario, el peronismo debía vertebrar un movimiento que se moviera del centro a la izquierda, integrando a los sectores que habían soñado con la patria socialista.
Esta falta de identidad se refleja en las políticas adoptadas: en los ´90, el peronismo privatizó empresas estatales, como Aerolíneas Argentinas, el Correo y Obras Sanitarias de la Nación, que en la década siguiente volvió a nacionalizar, apelando en ambos casos a una interpretación diferente de la doctrina del movimiento fundado por Juan Perón.
Esta confusión se corporiza en los numerosos dirigentes peronistas que, con idéntico fervor, aprobaron tanto las privatizaciones como las estatizaciones de las mismas empresas.
Con este doble movimiento, hacia la derecha y hacia la izquierda del espinel ideológico, el peronismo ha deglutido a partidos y movimientos sociales ubicados a sus costados y ha terminado por confundir a avezados políticos como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. “No entiendo mucho al peronismo. Es casi como una religión. Vi gente de derecha que era peronista. Y vi gente de izquierda que era peronista. Es un milagro que solamente los argentinos pueden hacer”.
La Argentina parece haberse peronizado, a derecha y a izquierda, y eso también es, en parte, herencia de los setenta.
Introducción
POLÍTICAMENTE INCORRECTO
El Rucci que en 1973 reúne y arma a todos esos sectores (la derecha peronista y la derecha no peronista, Nota del Autor) es precursor del Herminio Iglesias de la década siguiente.
Horacio Verbitsky en Ezeiza, página 13.
Todo discurso político contiene, como una de sus dimensiones fundamentales, la recuperación de la historia. Cada posición política reconstruye la historia a su manera, con el fin de enraizar el movimiento social o partido en la lógica de un desarrollo y mostrar su “necesidad”. La historia aparece, entonces, como metáfora del presente.
Silvia Sigal y Eliseo Verón en Perón o muerte, página 182.
Ya han pasado treinta y cinco años, pero todavía no se ha publicado ninguna investigación sobre el asesinato de José Ignacio Rucci, valioso alfil de Juan Domingo Perón y líder de la Confederación General del Trabajo (CGT). Fue el 25 de septiembre de 1973, un martes al mediodía. Dos días antes, Perón había obtenido una rotunda victoria electoral que lo depositó por tercera vez en la presidencia. “Me cortaron las patas”, admitió el General frente al cajón de Rucci, en el velatorio en la CGT. Luego de un breve desconcierto inicial, en el que quiso aferrarse a otra hipótesis, Perón siempre estuvo convencido de que la “Operación Traviata” fue decidida, planificada y ejecutada por los montoneros, los mismos que hasta apenas seis meses atrás habían sido sus “muchachos”, su “juventud maravillosa”. Pronto veremos si estaba o no en lo cierto.
A pesar del tiempo transcurrido, el crimen de Rucci sigue presente en la memoria de los argentinos, al menos de los que vivieron los setenta. En aquellos años corrió abundante sangre y se violaron los derechos de muchas personas, pero la muerte de Rucci continúa ocupando un lugar único en el imaginario colectivo. Era un rostro muy conocido, tenía la palabra rápida y filosa, se había convertido en una persona clave para el diseño político de Perón, la CGT gozaba de mucho más poder que ahora y tanto la policía como la Justicia nunca se mostraron eficaces para esclarecer un crimen que aparecía como una “boleta”, una “factura”, un “apriete” contra el anciano General.
También para la guerrilla peronista fue un hecho singular. Sin admitir la autoría de Montoneros, Roberto Perdía, el número dos de “la Orga”, el nombre de entrecasa, considera ahora que “fue uno de los puntos más negativos para nosotros; yo creo que, al día de hoy, nunca pudimos levantar el costo político de esa muerte”.
Son todos ingredientes que deberían haber impulsado a más de un periodista, a más de un historiador, a más de una editorial, a investigar el caso. Incluso, el dato de que nunca hubiera sido reivindicado por nadie tendría que haber atizado la curiosidad de quienes, de una u otra manera, se dedican a los temas de nuestra historia reciente. Hasta el contexto les resultaba propicio: a los argentinos nos apasiona mirar hacia atrás y desde hace ya algunos años, a partir de la crisis que estalló en diciembre de 2001, nuestra década preferida es la del setenta y, dentro de ella, los temas más atractivos son los relacionados con violaciones a los derechos humanos, como es el caso, precisamente, de un crimen político.
La pregunta, entonces, es muy simple: ¿por qué nadie ha demostrado interés en el asesinato de Rucci, en la Operación Traviata?
La respuesta podría venir de la mano de Thomas S. Kuhn, un profesor norteamericano que en 1962 escribió el libro La estructura de las revoluciones científicas, una obra clave porque cambió la manera de entender cómo se produce el conocimiento en la ciencia. Los originales conceptos de Kuhn también se pueden aplicar a la investigación de temas históricos. Según él, los científicos se agrupan en “comunidades” que comparten el mismo “paradigma”, es decir, una “constelación de creencias, valores, técnicas”, que también funciona como un “modelo o ejemplo” para resolver “enigmas”, problemas comunes y corrientes. La tarea de todos los días de las comunidades científicas es más aburrida de lo que se cree: “No aspiran a producir novedades importantes”, sino sólo a “aumentar el alcance y la precisión con la que puede aplicarse el paradigma”. Ésa es la “ciencia normal”. Las “revoluciones científicas”, en cambio, son hechos extraordinarios, que ocurren muy de tanto en tanto, cuando el paradigma pierde su capacidad para resolver los problemas, y los enigmas se convierten en “anomalías”; allí se abre una crisis, relativamente breve, que se cierra con la aparición de un nuevo paradigma. Este paradigma inaugura otra época de “ciencia normal”. Y así sucesivamente se va repitiendo el mismo ciclo.
Lo mismo ocurre con la producción de conocimientos sobre la década del setenta: hay un paradigma que orienta a cada uno de los miembros de la comunidad de periodistas e historiadores que se ocupa de ese gran tema. Los orienta en todo el alcance de esa palabra: les señala cuáles hechos merecen ser investigados y cuáles no. Como dice Kuhn: “Un paradigma es un criterio para seleccionar problemas”.
Ezeiza, el libro del periodista Horacio Verbitsky, es el paradigma compartido por casi todos los historiadores y periodistas que han estado escribiendo sobre la década del setenta. La primera edición es de junio de 1986 y Verbitsky aclara en la Introducción que comenzó la investigación “la misma noche del 20 de junio” de 1973, horas después de la masacre en las afueras del aeropuerto internacional de Ezeiza, donde una multitud esperaba a Perón en su regreso definitivo del exilio. Ezeiza nació con vocación de paradigma: ya en el primer párrafo de su Introducción, Verbitsky sostiene que esa matanza
