Ser de River. En las buenas y en las malas

Andrés Burgo
Andrés Burgo

Fragmento

¿Cuándo fue que se jodió River? ¿Cuándo fue que nos jodieron? Me lo pregunto mientras salgo de mi casa y transito lo que siempre fue un recorrido invencible: cruzo Cabildo, camino por Congreso, me infiltro entre los primeros hinchas, doblo en Libertador, rodeo el barrio River, llego a Udaondo, paso por la iglesia frente a la que creo haber agradecido alguna vuelta olímpica y veo el Monumental. Cómo se puede destruir lo indestructible, puteo, ya abducido por el movimiento de la calle, una multitud con el paso tenso y urgente como si estuviéramos por jugar la final del mundo. O como si el final del mundo estuviera por jugar contra nosotros. River comienza la temporada 2010-2011 último en la tabla de promedios, 8 puntos detrás de Arsenal y Gimnasia, a 10 de Tigre y a 14 de Huracán. Es domingo 8 de agosto de 2010 y el debut contra Tigre será el primero de los treinta y ocho partidos de una pelea injusta: hay que ganarle una pulseada al pasado.

¿Cuándo se iniciaron nuestros males?, ¿cuál es la fecha fundacional de nuestra desgracia? ¿El 1º de septiembre de 1971, cuando José María Aguilar tenía 10 años y se hizo socio de River? ¿Cuando, en la década del 70, se hizo fanático y veía todos los partidos desde la popular junto a sus amigos de Villa Urquiza, Ramiro Castro y Daniel Bravo, también ellos futuros dirigentes? ¿Cuando en 1982 comenzó su carrera política en la lista de Hugo Santilli? ¿Cuando en 1989 asumió como vocal suplente? ¿Cuando en 1996 se convirtió en secretario general? ¿Cuando en 1999 anunció que sería candidato a presidente? ¿Cuando en 2001 ganó las elecciones con el 56% de los votos e inició su primer gobierno de cuatro años? ¿Cuando en 2005 fue reelecto con el 52% hasta 2009?

¿O la historia de esta agonía comenzó en el impreciso momento en que Aguilar y Mario Israel, amigo personal y secretario de sus dos gestiones, empezaron a incorporar jugadores clase B y C en un tipo de transferencias que resultaron más convenientes para los empresarios que intervinieron en las operaciones que para nuestro beneficio deportivo? En la primera fecha nos toca Tigre; en la segunda, Huracán; y en la tercera, Independiente; pero en todos los partidos tendremos que jugar, además, contra el prontuario que nos dejaron Miguel Paniagua, Mariano Barbosa, Robert Flores, Facundo Quiroga, Oscar Ahumada, Gustavo Cabral, Omar Merlo, Gustavo Canales, Nicolás Sánchez, Rodrigo Archubi, Mauro Rosales, Santiago Salcedo y Cristian Fabbiani. Hay que superar a rivales, derrotar arqueros y eludir al legado espectral de los planteles que en las temporadas 2008-2009 y 2009-2010 sumaron 41 y 43 puntos.

Dos cuadras antes de llegar al estadio, sobre Udaondo, entre Libertador y Figueroa Alcorta, la muchedumbre que se trepa por las veredas y sacude las calles se ralentiza y mira hacia la izquierda: la policía tiene retenido a un grupo de doscientos barrabravas. Están inmóviles, contra la pared del club Tiro Federal, de espaldas a la calle, y con las manos en la cabeza. Algunos de los hinchas que caminan hacia la cancha se detienen para sacarles fotos con sus celulares. Declaran a la escena de interés turístico. Los barras demorados los miran de reojo y los apuran: “Qué sacan, putos”.

—Son los de la Banda del Oeste —es el cuchicheo que repiquetea de oído en oído.

—¿Quiénes son los de la Banda del Oeste? —me pregunta mi novia, Estefanía, hincha nominal de River que viene a la cancha por primera vez, sospecho que con el mismo interés de ver el partido que a Matías Almeyda, su amor platónico de la adolescencia.

—Es una fracción de la hinchada que está peleada con otra a la que llaman la Barra Oficial, que es la que tiene el poder de Los Borrachos del Tablón. Quieren entrar a la cancha pero la policía no los deja. La Barra Oficial tiene el apoyo de los dirigentes oficialistas. Los del Oeste, de los opositores. Si entran, hay quilombo seguro —le explico.

El 75% de los hinchas demorados son muy fáciles de identificar, porque tienen una camiseta blanca con una inscripción delatora: “200 guerreros vuelven”.

—¿Y por qué esa camiseta? —le pregunto diez metros más adelante, frente a la estación de servicio de la esquina del Monumental, a un periodista que sigue el día a día de River.

—Porque no se conocen todos entre ellos. Es la única manera de saber que son del mismo grupo —me responde.

Diez minutos después, la policía resuelve expulsar a los barrabravas y los sube a un camión para que emprendan la retirada. La Banda del Oeste acepta la derrota, pero promete regreso y venganza: “A todos los traidores los vamos a matar”.

La Barra Oficial. La Banda del Oeste. Sólo una parte de nuestra jerga autodestructiva de los últimos años. Palabras y frases que por sí solas suenan abstractas, jeroglíficas, pero que en conjunto grafican el desangramiento. La Batalla de los Quinchos: pelea fratricida entre Adrián Rousseau y los hermanos William y Alan Schenkler en febrero de 2007, en los quinchos del club ubicados detrás del estadio. La Batalla del Playón: pelea entre los dos bandos por el control de la hinchada en mayo de 2007, en el playón del Monumental. La Batalla del Fortín: pelea con cuchillos entre la barra oficial y la Banda del Oeste antes de un River-Arsenal en marzo de 2008, en la cancha de Vélez. En el medio, la tragedia: el asesinato de Gonzalo Acro, baleado un martes de agosto de 2007, a la salida de un gimnasio de Villa Urquiza. ¿Debería explicarle a mi novia el resto del acervo cultural riverplatense de estos tiempos? ¿Entenderá ella, entenderé yo, cómo jodieron a River?

Sobreprecios en obras, venta de juveniles a empresas externas, familiares de dirigentes con sueldos de lujo, barrabravas a sueldo, trato preferencial hacia empresarios sospechados, pago de comisiones más altas de lo habitual, intermediarios favoritos, denuncias de blanqueamiento de dinero, contratos obscenos, censura desde los medios, deshonestidad, inmoralidad, mala praxis, derroche con el dinero del club como nadie haría con el dinero propio, jugadores que dicen no ganar lo que firman, peajes en el medio, presupuestos insólitos, grupos económicos paracaidistas, presentaciones judiciales por malversación de fondos y administración fraudulenta, caja negra, concesiones de negocios sin llamados a licitación, pasivos astronómicos, deudas bancarias, cheques rebotados, empresas fantasma, direcciones que no existen, correos electrónicos que rebotan, desperdicio de 267 millones de dólares ingresados por transferencia de jugadores, empleados que carroñan porcentajes de los pases de los chicos de inferiores, dirigentes que multiplican los millones que no tenían cuando llegaron al club, déficit operativo asfixiante, contratos cobrados con cuatro años de adelanto, goteras en la concentración, inferiores sin pelotas para entrenar, personal ejecutivo con sueldos de 50 mil pesos. Nuestro nuevo vocabulario.

Faltan diez minutos para que empiece el partido y tengo dos credenciales de periodista. Podría, debería, ir al palco de prensa, en la platea Belgrano media. Pero quiero que mi novia conozca el agite del Monumental.

—Vamos a la popular —le digo.

Al pie de las escaleras caracol nos detiene el encargado de seguridad.

—Flaco, estás loco si subís con ella. Arriba está muy denso el tema. Hacé lo que quieras, pero yo te recomiendo que vayas a la platea que te corresponde.

Nos lo sugiere mientras la gente, a nuestro alrededor, se choca en los accesos. River es la fidelidad en la desgracia. Y también la felicidad en la desgracia. El club, el equipo, los jugadores, todo eso de adentro, baja, baja y baja, y todo lo nuestro de afuera sube, sube y sube. River salió último en el Apertura 2008, pero fue el equipo que vendió más entradas en el año. Y en los tres torneos siguientes se repitió la dualidad: 8º en el Clausura 2009, 14º en el Apertura 2009 y 13º en el Clausura 2000, y siempre primero en recaudaciones. River dejó de importarnos y pasó a desesperarnos: es la primera fecha y el Monumental está más lleno que en algunas de las vueltas olímpicas que dimos en la década del 80 y a comienzos de los 90. Las plateas Sívori, Centenario y San Martín y Belgrano altas tienen colapsados hasta los pasillos.

Venimos de tolerar dos temporadas de piel y hueso. De concebir ídolos hiperbólicos. El Ogro Fabbiani fue el paroxismo: vendía máscaras sin debutar. Fue la consagración de un malentendido, el fracaso más estrepitoso. De alentar a jugadores que son atendidos como si fueran niños caprichosos: terminan de practicar, regresan al vestuario y se zambullen sobre una bandeja de golosinas y de frutas que acaba de colocar un empleado. Chicles, manzanas, naranjas y bananas traídas por un proveedor exclusivo. Futbolistas que se quejan por la marca de fideos en la concentración y a quienes les cuelgan hasta los calzoncillos en sus casilleros. Un vestuario reciclado en un spa desde hace mucho tiempo: cuando Nelson “Pipino” Cuevas se llevó los botines a su casa para lavarlos por su cuenta, en 2003, lo miraron como a un loco. “Acá en River estamos mal acostumbrados”, respondió quien volvía de jugar a préstamo en un torneo que no acepta veleidades: el de China.

Contra Tigre perdimos en el juego y ganamos en el resultado: 1 a 0. Mi novia no me pidió volver. Tal vez la decepcionó la formalidad del palco de prensa o tal vez Almeyda movía su melena más lejos de lo que fantaseaba. Adonde yo encontraba aventura ella veía hastío: fue el comienzo de una tergiversación. La cancha es expulsiva para cierta gente, sobre todo la primera vez. Tiene un elemento que resulta hostil, amenazador o directamente intrascendente. Pero es la geografía que determinaría mi año. Esa brecha se amplió hasta divergir en dos mundos diferentes. Los últimos partidos de la temporada me atormentaban mientras ella insistía en que el fútbol es aburrido. Que mi obsesión sea su indiferencia nos enriquece, nos hace estar juntos.

A Huracán, en Parque Patricios, también le ganamos 1 a 0. La peregrinación llenaba estadios: las 10 mil populares se agotaron dos días antes. Muchos compramos una general local para entrar a la tribuna visitante. A Independiente, con populares agotadas tres días antes, le ganamos 3 a 2. Conseguir entradas de visitante se convirtió en una misión incómoda. Contra Argentinos, a la fecha siguiente, se empezaron a vender a las 6 de la mañana del viernes.

A las 4.45, Buenos Aires está vacía y al Monumental se llega rápido. Un par de diarieros hacen el reparto en bicicleta y algunos madrugadores esperan el colectivo. El resto es oscuridad y frío. Cruzo Libertador, paso a un par de hinchas con camperones de River que caminan hacia la cancha, acelero sobre Lidoro Quinteros y me pregunto para qué estoy llegando tan temprano. Pero estaciono, enfilo por Figueroa Alcorta y el movimiento alrededor de las boleterías tiene nervio: el lugar es una romería, y lo que se produce es una escena anómala, por la hora y porque el resto del mundo duerme. Deben ser 1.200, 1.500, 1.800 hinchas. De a grupitos, solos, dentro de la cola o por fuera, recorriéndola, oteándola, husmeando algún tipo de oportunidad. La periferia del Monumental es un apéndice vivo de una ciudad en letargo. ¿Cuántos lugares condensan tantas personas a esta hora? ¿La guardia de un hospital? ¿Constitución? ¿Retiro? ¿Un boliche? ¿Un puterío? Difícil. El signo vital de Buenos Aires es River.

Los primeros llegaron a la medianoche y la fila india se despliega contra la ligustrina del club Hípico. Algunos trajeron frazadas y, dicen bostezando, pudieron dormir de a ratos. Alrededor de ellos hay cucarachas, pero ni las miran. Nada los distrae de lo que vinieron a hacer: conseguir una entrada. Otros trajeron vino en cajita y están entusiasmados, de pie: hablan de viajes al interior, de banderas robadas y de pasos fugaces por comisarías. También hay punteros políticos de pequeñas agrupaciones desesperadas para que al presidente Daniel Passarella le vaya mal.

—Este bostero es un desastre, mirá lo que es esto. Está haciendo todo para el ojete. Al final es peor que Aguilar. La gente lo va a terminar echando, acordate lo que te digo —me dice el líder de un grupo de cinco hinchas, buscando mi aprobación.

—Un bardo —lo consiento, pero el aspirante a dirigente ya no me mira. Ahora está preocupado por la cantidad de entradas que podrán conseguir entre los suyos.

—¿Y vos cuántos carnets trajiste? —le pregunta a uno de sus muchachos.

—Cuatro.

En un rato supuestamente se pondrán en venta las 4.000 populares, una por socio, que cedió Argentinos, pero ya todos sabemos que no se cumplirá ninguna de los dos condiciones: en boleterías estarán disponibles menos entradas que las anunciadas y quienes tengan más de un carnet pasarán de ventanilla en ventanilla. A doscientos metros de donde comienza la fila, ya muchos sospechamos que no conseguiremos lo que vinimos a buscar. El grupito que estaba al lado mío tiene contactos, vieron a otro amigo y se infiltraron más adelante. También llegan algunos de Los Borrachos del Tablón. Son de la Barra Oficial pero de segunda y tercera línea, dicen acá atrás. Actúan como fiscalizadores, se cuelan y dejan de colarse cuando se les antoja. También hay algunos policías y personal de seguridad privada, pero la ley de la fila no les corresponde. Empieza la venta y el hormigueo humano no se mueve. Cada vez hay más colados, un par de empujones, y se cae una reja, y un pibe se quiebra o eso es lo que grita mientras se retuerce sobre el asfalto, y a las 8 de la mañana la venta termina. La reventa empezó hace rato.

El domingo, en La Paternal, eludí un par de controles y llegué a la esquina de la cancha, en Boyacá y San Blas. Había llevado 50 pesos para no dejarme tentar: no quería pagar los 100 que el viernes pedían por una popular, contra los 40 del precio original.

—Te la dejo a 100 —me ofreció un tipo haciéndose el ilegal, como si realmente le preocupara que a diez metros nos mirara un policía.

—Tengo 50.

—A 50 no puedo. A 80 está bien.

—Pero no tengo.

—Chau.

River sale a la cancha, los papelitos para saludar al equipo caen por lo alto de Boyacá y por el costado de San Blas, donde no hay tribuna, y otro muchacho se acerca.

—Tengo dos entradas —me dice.

—Estoy solo.

—Te vendo una.

—¿A cuánto?

—A 35.

La miré, la palpé, no parecía falsa y en mi emoción le respondí: “Dale, a 40 está bien”. Desperdicié el milagro de comprar en reventa a un precio más bajo que el oficial, pero qué importa. La entrada era auténtica, pasé los molinetes, subí cinco escalones y choqué con el campo de juego. A ras del piso, con el sol en contra, y al lado de un corner, lo que mejor vi durante 90 minutos fue el alambrado. Del partido mucho no me enteré, pero a la cancha no vamos para ver fútbol. Vamos para ser de River. Empatamos 0 a 0.

***

Era una tentativa de golpe de Estado institucional. Lo que ningún otro dirigente había intentado desde que, en 1979, Julio Humberto Grondona se sentó en el despacho presidencial de la AFA. Se ponía en marcha una revolución: José María Aguilar quería derrocar a Don Julio. Quería vencerlo en las elecciones. Era una decisión coherente para quien proclamaba una necesidad de renovación de los dirigentes deportivos: Grondona y transformación no son sinónimos. Sucedió una noche de mayo de 2003, en España, durante un congreso de entidades deportivas organizado por la Escuela de Administración de Empresas de Cataluña. Sentado en un bar de Barcelona, Aguilar le confió su plan conspirativo al ex presidente de Lanús, Emilio Chebel.

—No aguanto más a Grondona. No se puede debatir. No se puede decir nada. Basta.

—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó Chebel.

—Quiero que te presentes vos. Nosotros te apoyamos. River y todo el Foro Social.

El tercer hombre de aquella mesa, el abogado y periodista César Francis —también invitado al congreso—, inmortalizó la insurrección. Se paró, tomó su cámara y dijo: “Rebelión contra Grondona: tengo que sacarle una foto a este momento histórico”. Aguilar y Chebel posaron.

Pero el complot nació y murió en esa misma mesa. En realidad, duró el tiempo en que el dirigente de Lanús tardó en responder con dos palabras:

—Ni loco.

Fue la sublevación de los diez segundos. Eran épocas en que Aguilar y Chebel —también Francis— pertenecían al Foro Social “Los clubes en manos de sus socios”, un grupo de dirigentes deportivos y políticos que se habían juntado para oponerse a la privatización del fútbol que en 1998 proponían Mauricio Macri y el ministro de Justicia del gobierno menemista, Raúl Granillo Ocampo. Tras ese objetivo inicial cumplido, el Foro buscó nuevos desafíos en defensa de los clubes y de a poco empezaron a cuestionar a Grondona, el presidente sempiterno, el hombre que adoptó una leyenda del emperador egipcio Ramsés II para construir el lema de su vida, el Todo Pasa tallado en ese anillo de 18 kilates y 9 gramos de oro que lleva en su meñique izquierdo y que el presidente de Deportivo Armenio, Noray Nakis, le regaló en la década del 80 (la fascinación de Don Julio es tan grande que cuando en 2001 perdió ese anillo en un viaje al exterior, Nakis fue a Ezeiza con una réplica y se la entregó apenas Grondona bajó del avión).

Eran días en que Aguilar se paraba en la vereda de enfrente del jefe del fútbol argentino. “Los dirigentes deportivos en los últimos quince años no han demostrado ni vocación ni entusiasmo alguno en autocontrolarse, muchas veces seducidos por el éxito y la gloria deportiva”, dijo el presidente de River durante su exposición en Barcelona, en lo que era un mensaje elíptico para Grondona. Aguilar sugería revisiones internas, toda una novedad, casi una provocación: en la AFA, en River y en todos los clubes, el fútbol profesa su propio espíritu de cuerpo. Recurrir a la Justicia es más que una traición: es una ilegalidad. Nadie habla, nadie denuncia formalmente. Quien lo haga es desterrado. Es más difícil investigar la muerte de un barrabrava que la del soldado Omar Carrasco. Son muy pocos los dirigentes que han estado detenidos: Juan Destéfano y Daniel Lalín (Racing), Francisco Ríos Seoane (Deportivo Español) y Armando Capriotti (Chacarita). También hubo procesados, como el mismo Grondona (en 1996, por presunto encubrimiento en un caso masivo de doping positivos), Mauricio Macri (Boca, por supuestos sobreprecios en la compra de un sistema de audio y video), Fernando Miele (San Lorenzo), Daniel De la Fuente (Estudiantes) y Marcelo Corso, Héctor Hermida, Raúl Tauz, Jorge Gallelli e Isidro Cabral (Ferro). Pero nunca un directivo de fútbol fue condenado.

Y Aguilar estaba desencajado aquella noche de Barcelona. Le criticaba a Grondona que los millones de dólares que recaudaba la Selección no se distribuían entre los clubes. “¿Por qué terminan en el jardinero del predio de la AFA en Ezeiza y no nos llegan a nosotros?”, se quejaba. Y también en Buenos Aires, frente a dirigentes de otros clubes, el presidente de River decía no soportar más a Don Julio: “Me tiene podrido, me pide jugadores gratis todo el tiempo para Arsenal. Así cualquiera: nosotros le damos dos, Boca otros dos e Independiente también… Y Racing, que no tiene jugadores para dar, le alquila la cancha”, explotó un día —también a mediados de 2003— en que Grondona le pidió al defensor Javier Gandolfi y al delantero Adrián Romero.

Aguilar no parecía sobreactuar. Tenía 42 años, llevaba uno y medio como presidente de River y le sobraba credibilidad. Desde que su nombre apareció en los medios, en 1996, era el Pelé Blanco de los dirigentes del fútbol argentino. Tenía 36 años. Era un encantador de serpientes. Un político hábil en el manejo de la metáfora. Su simpatía, su oratoria y su juventud, atributos ausentes en la media de los dirigentes, le alcanzaron para posicionarse como el recambio, la nueva política. En el final de los gobiernos de Alfredo Davicce (1989-1997) y David Pintado (1997-2001), salpicados por sospechas de corrupción en la venta de jugadores, el joven abogado José María —se había recibido a los 22 en la Universidad de Buenos Aires— se mostraba como opositor a pesar de pertenecer al oficialismo. Decía ser una alternativa a la conducción cuando ya era conducción.

No había forma de no creerle: se animaba a hacer lo que nadie antes. En 1997 redactó el proyecto presentado por el dirigente socialista Alfredo Bravo (padre de su amigo Daniel) para expulsar a Jorge Rafael Videla, Orlando Ramón Agosti y Emilio Eduardo Massera como socios honorarios, una afrenta para el club que llevaba diecinueve años, desde que habían sido nombrados en octubre de 1978. También legó decenas de ideas para el Instituto River Plate. Los hinchas le reconocían su gestión para que la tribuna Belgrano fuera ocupada por los hinchas de River, y ya no por los de Boca, en los superclásicos. Cuando anunció que se presentaba como candidato a presidente, realzó su figura de constructor político. Se juntaba en bares y casas con grupos de diez o quince socios y los convencía. Sumaba votos de a uno. Su lema era “honestidad y eficiencia”. Prometía “ser higiénico en la representación, en los porcentajes de derechos económicos de jugadores que se compartan”. Arrasó en las elecciones de 2001: era natural que se convirtiera en el presidente más joven de River, con 39 años. Veía los partidos desde la platea, sin protección, y los hinchas lo adoraban. Ya había fundado el Foro Social. Daba charlas por el país. Hablaba de defender valores colectivos. Personificaba la contracara de los privatizadores. Una noche, en una biblioteca de La Plata, lo aplaudieron los socios de Gimnasia. “A mí me toca ser titular de un club como River y vicepresidente de la AFA, y nos quieren hacer creer que esto me debiera inhibir de tener los mismos pensamientos que el resto de mis compañeros del Foro”, dijo, y la gente se ponía de pie para ovacionarlo. Era más que un dirigente deportivo: era un dirigente político. “Todo esto surgió gracias a Carlos Menem”, chicaneaba. River-institución empezó a vivir una minirrevolución. Después de décadas mustias en lo social, el club recibió un electroshock de energía. Se hicieron obras como no sucedía desde el Mundial 78. Canchas de césped sintético. Estacionamiento. Campo de juego, instalaciones y tribunas en el predio de Ezeiza. El Instituto River Plate agrupaba a 1.200 alumnos entre jardín, primaria y secundaria, y se multiplicaban las carreras en el Centro de Estudios Terciarios: profesorado en Educación Física, Técnico de Fútbol, Periodismo Deportivo. Se avanzaba en el diagrama de una Universidad del Deporte. Se empezaba a construir el museo. Hizo una reforma estatutaria progresista. Se opuso a la reelección indefinida. Los fines de semana llegaban al club ocho mil personas por día. Su concepción de un River popular y nacional incluía cuotas sociales bajas. Era un club en movimiento. Los socios tenían que esperar un año para tener acceso a un locker propio en los vestuarios. No se podían hacer refacciones para la pileta porque estaba ocupada todo el año. River tenía cien actividades deportivas y culturales, de las cuales en treinta competía federativamente. Una tarde estuvo de visita Mauricio Macri. El presidente de Boca se asomó desde el despacho presidencial, miró las actividades que el club les ofrecía a sus socios y, mitad en serio mitad en broma, dijo: “¿Y todo eso cuándo lo vas a cerrar?”. Pero Aguilar estaba enamorado de su función social. Y los empleados estaban enamorados de su presidente. José María les concedía un trato amistoso, casi paternal: tomaba sus problemas y sus alegrías como propios. Moría el familiar de un trabajador raso y le conseguía un pasaje en avión para que llegara a tiempo al sepelio. Nacía el hijo de un plomero y le hacía llegar flores, pañales y leche. Un día se le incendió la casa a un empleado y le adelantó dinero. Se cobraba el día 27 o, a más tardar, el 28. Estaba casi todo el día en el club: era el primero en llegar y el último en irse. Contagiaba alegría: había tardes en que intercambiaba roles con su secretaria y era él quien atendía el teléfono. Y tenía principios solidarios con los clubes caídos en desgracia: en 2004, cuando Atlanta cumplió cien años y la pasaba mal, con quiebras, deudas, el estadio clausurado, el equipo vegetando en Primera B y sin que nadie del fútbol les tendiera una mano —su dirigencia encima no tenía feeling con Grondona—, Aguilar envió gratis un equipo de River para que jugara el partido del centenario. Y fue una fiesta, una acción que permitía pensar que con José María a la cabeza se podía construir una solidaridad en el mundo de los clubes por afuera de la AFA. El presidente respondió con la misma nobleza cuando los abogados de Deportivo Español lo llamaron para suplicarle que River no comprara los terrenos que le acababan de ofrecer: el club estaba en quiebra, se había ordenado el remate de sus instalaciones y le habían ofrecido a Aguilar las hectáreas del estadio y la sede, en el Bajo Flores, a cambio de cuatro millones de pesos. Era un negocio extraordinario para River, pero quien encarnaba al progresismo de los dirigentes deportivos desechó el ofrecimiento para salvar a un club en coma cuatro, y finalmente Español mantuvo su predio. La política porteña y la nacional lo coqueteaban. Era afiliado y militante de la Unión Cívica Radical, el partido al que había votado toda su vida, y uno de los preferidos del Coti Nosiglia, el ex ministro del Interior de Raúl Alfonsín, experto en el arte de hacer política. Pero lo querían desde todos los frentes. Para las elecciones a jefe de Gobierno porteño en 2003, en un mismo día se sacó fotos con Aníbal Ibarra y con Macri. El presidente de Boca también le ofreció un cargo. Aguilar lo rechazó. Un año y medio después, el martes 4 de abril de 2005, entró invitado a la Casa Rosada: estaba hablando con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, cuando Néstor Kirchner se sumó a la reunión. El gobierno lo tanteó para que encabezara una eventual candidatura como jefe de Gobierno de Buenos Aires como contrapeso de Macri, el candidato del PRO. “Me encanta hacer política desde River”, dijo a la salida. La carrera de Aguilar no tenía límites. O eso parecía.

Porque a medida que avanzaba su gestión, y a medida que engordaba, Aguilar se empezó a desviar de su oratoria original. El hombre que apuntaba a cambiar los modales del modelo dirigencial fue desenfocándose en más de un sentido: llegó a pesar 130 kilos. El peso excedía la apariencia física y delataba sus angustias internas: a más problemas, más kilos. Aunque durante la década del 90 había un jugador de San Lorenzo y Estudiantes, Manuel Santos Aguilar, al que en el ambiente del fútbol llamaban Sopa, quienes compartieron su despacho aseguran que el apodo del presidente de River también nació a partir de su papada cada vez más prominente. Sapo se convirtió en Sopa, pero sólo los íntimos se animaban a tratarlo con esa confianza. Para el resto era José.

Hay quienes sostienen que la primera gran claudicación de Aguilar fue ante el Grupo Clarín. Sucedió en junio de 2004, en la previa de las semifinales de la Copa Libertadores. Los organismos de seguridad estaban dispuestos a que los superclásicos se jugaran con la presencia de las dos hinchadas sólo si era por la tarde. De noche, en cambio, los partidos serían únicamente con la gente del equipo local. Aguilar, en sintonía con su defensa inalienable del hincha, estaba a favor de que se jugara con las dos parcialidades. Pero sus convicciones chocaban contra los intereses de la televisión, a la que le convenía el horario nocturno. En eso recibió un llamado del CEO de Clarín.

—Para Clarín es muy importante jugar estos partidos de noche. ¿Usted qué piensa? —le preguntó Héctor Magnetto.

—Ningún inconveniente —Aguilar cedió de inmediato, y los partidos se jugaron en el horario que más le convenía a la TV, y con una sola hinchada, la local.

“¿Y qué le voy a decir? Mirá si me voy a meter con Clarín. Si para Clarín era muy importante jugar de noche, para mí también”, se desnudó ante los suyos.

La segunda rendición de Aguilar, al año siguiente, fue la definitiva: ante Grondona. El dirigente revolucionario, el joven que luchaba por la renovación institucional, terminó absorbido por la cintura política del viejo presidente de la AFA. Y coincidentemente con esa fecha, casualidad o no, su credibilidad se desplomó.

A comienzos de 2005, el Foro Social había crecido más de lo que le gustaba al vicepresidente de la FIFA: ya contaba con la presencia de dirigentes de veinte clubes y el número seguía en aumento. La figura de Aguilar resultaba medular: contenía a los representantes de equipos chicos a los que les daba temor pertenecer al Foro, un lugar en el que se cuestionaba a Grondona. La ponencia de Aguilar en el congreso de gestión deportiva de Barcelona, en 2003, era considerada una reliquia: “No hay acatamiento a las normas porque existe una absoluta falta de control de las economías de los clubes y de los manejos dirigenciales por parte de los organismos oficiales (AFA), así como también de las propias entidades deportivas a través de los tribunales de cuentas y/o comités fiscalizadores”. Aquel hombre era una amenaza. Don Julio estaba desorientado. “¿Por qué no se

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