La reina de corazones. No es más que un naipe de la baraja

Susana Viau
Susana Viau

Fragmento

PRÓLOGO
¿Qué diría Susana?

por Oscar Muiño

Ante cada decisión difícil, compleja, había una salida. Preguntarse: ¿qué va a decir Susana? Y si pensábamos que Susana iba a reprobar, uno no lo hacía, no lo decía.

Susana era la conciencia de todos nosotros.

No se podía hacer, por supuesto, lo que estaba mal. Nunca. Ni siquiera con la ley a favor. La Negra era la ética propiamente dicha, por encima de las leyes, del dinero, del poder. Aun por encima de las propias convicciones. Lo que estaba mal, estaba mal.

Arriesgaba su empleo, su tranquilidad y su vida. Recibió persecuciones y exilio. Nunca se jactó de eso ni pidió premios, reconocimiento, honores. Ni mucho menos dinero.

Por eso nunca quiso cobrar indemnización alguna por los bienes que perdió, la juventud que le robaron, la persecución, la pobreza del exilio, sobrevivir vendiendo bijouterie. “No hice lo que hice para cobrar una indemnización, sino porque creí que era lo correcto.”

La plata le importaba menos que poco. Salvo para ayudar a Enrique y María, aunque lo no necesitaran. Enrique hijo, porque Enrique padre, que fue el compañero de su vida, conoció también esa implacable decencia, esa conducta perfecta. Y hasta la sufrió de más, cuando Susana se duplicaba con Mónica Viau, tan distinta y tan parecida a su hermana.

Lo correcto era indiscutible. Así de firme era. Así de exigente. Con ella y con los demás.

Susana era un producto de la idea. Y era, también, una antorcha de la idea. Soñaba un Gobierno de la justicia y de virtud. Lo único decente que puede hacer una persona bien comida y algo leída. Para ella, la humanidad es una sola, despreciaba las geografías y desconfiaba del chovinismo. Su único lujo, en el que no negociaba, era el taxi. Detestaba el transporte público y creo que nunca viajó en colectivo. Ni en subte, que yo recuerde.

Si uno se mide por sus amigos, y también por sus enemigos, Susana elegía mal. Siempre el enemigo era enorme, de un tamaño mucho mayor. No le importaba. Más aún, creo que lo prefería. Una lucha desigual, de la chiquitita contra el gigante, contra la grandota. La lucha eterna: el débil contra el fuerte. Pero el débil que es indoblegable protegido por la convicción y la virtud.

La Negra siempre fue minoría. Y a veces, minoría de la minoría. No le molestaba. Casi que le divertía. Y desde que volvió del exilio, con la democracia recuperada, demostraba, una y otra vez, con sus vidas y sus escritos, con su conducta y su pasión, cuánto pueden mejorar las minorías la calidad de la convivencia. Le encantaban las causas perdidas. La oposición de izquierdas en la Unión Soviética, los republicanos españoles, los anarquistas.

También fue sindicalista. Aunque la palabra no le gustaba. Militante sindical, repetía. Y como militante sindical actuó en la Asociación de Periodistas de Buenos Aires, y después en la UTPBA, el mismo edificio al que llegaba muy joven, en el que habló, discutió, se enfureció, acordó, participó, denunció… Una y otra vez se iba, una y otra vez volvía. Era otra de sus casas, que la cobijó en su último adiós.

No era consciente del enorme prestigio que la había ido envolviendo. Se lo dijo Silvia Naishat, en este último verano, ya en la clínica. Susana miraba con incredulidad. Por única vez, no supo qué contestar. No sabía que se había ido convirtiendo, lentamente, en un modelo, tan silencioso como profundo. Sencillez ante el despilfarro insolente, ejemplo silencioso frente a la estridencia exhibicionista, bajo perfil frente a la autorreferencia. La verdad ante la mentira. Esos valores que ella consideraba inevitables, consustanciales a la persona y a la prensa.

Una periodista veterana que seguía compartiendo la curiosidad de los chicos y los novatos. Che, ¿sabés lo que me dijeron?... Y arrancaba, feliz de conocer secretos, de tirar de un hilo para develar las fechorías de los malvados. Susana desesperaba por entender y se zambullía hasta encontrar la prueba enmohecida, la cadena perdida.

Así como le sobraban virtudes, tenía los defectos de las conductas superiores: no aguantaba nada que le pareciera ligeramente impuro. Desconfiaba del pacto, cualquiera fuera. Era inflexible. Había que pelearse con ella. Tenía una idea sobrehumana en torno a nuestras posibilidades, de nuestras actitudes de pobres mortales. No era tolerable una aflojada, un cachito de claudicación, un poco de negociación.

Claro, uno podía mirar su vida, medio siglo sin un doblez. ¡¿Quién podía ser capaz de vivir medio siglo sin ceder nunca, sin buscar un pequeño remanso, sin una mancha?!

La generosidad de Susana lo abarcaba todo. La hospitalidad en su casa, la invitación a comer, sus datos secretos para otros periodistas, sus opiniones para todos. Nunca nadie trabajó tan bien siendo al mismo tiempo tan poco avaro, tan poco competitivo.

El final la encontró llena del respeto que no se gana con un éxito fulgurante, con un golpe de mano o la audacia exitosa. El triunfo de la conducta y la perseverancia, del talento y la virtud.

Junto a la ética, la estética. ¡Qué bien escribe la Negra! ¿Viste lo que dijo Susana? Che, les pegó en el ala… En los últimos años, los viernes y los sábados daban su recorrida para la nota del domingo. Se encrespaba si no conseguía validar con hechos sus hipótesis. Pero jamás escribió algo en lo que no creyera. El engaño le era ajeno. Despreciaba la manipulación y la sublevaba el canje de la comida por el alma.

Una testigo insobornable. Por lo tanto, una testigo insoportable para los que cedían, los que abandonaban, los que se vendieron.

Una comida de despedida, un par de domingos antes del fin. En su casa. Ya en silla de ruedas, con Mónica y con Enrique, con María y los Bonasso, con Ricardo y Ester, vivimos una última cena, la despedida. Y ella, ya con dolor y cansancio pero sin una queja: era dura la Negra. Pero también vital. Disfrutaba, se reía, se divertía. Seguía siendo la luchadora de siempre, desafiante y burlona. “Tengo el tumor, pero además del tumor tengo mi familia, tengo mis libros, tengo mis amigos, tengo los partidos de River. Tengo muchas cosas.”

Sí, Susana. Tenés muchas cosas. Y las seguís teniendo porque un pedazo tuyo sigue estando en la mejor parte de cada uno de nosotros. Esa parte que nos va a seguir interpelando, obligándonos a preguntarnos qué diría Susana ante cada tentación, ante cada duda.

Y eso lo llevaremos hasta que volvamos a encontrarnos, en algún lugar. Ella nos va a pedir cuentas y después de retarnos, volveremos a la eterna tarea de seguir queriéndola y buscando, juntos, el camino para que las gentes sean mejores. Para que todos sean como ella.

CAPÍTULO 1
Señora de mármol

Para la Presidente, 15 días pueden ser 35 años

Las historias pueden escribirse desde el principio hacia el fin o de un final, siempre arbitrario, hacia el inicio. En síntesis, del derecho o del revés, es igual: una flecha disparada hacia algún lugar y destinada a clavarse en un blanco. Vale para cualquier texto: también para una nota periodística. La cuestión, quizás, es el punto de apoyo. Stefan Zweig, el gran austríaco, en su magnífico relato “La Partida de Ajedrez”, lo decía: aún las ideas más insustanciales necesitan un punto de apoyo, de lo contrario empiezan a girar insensatas alrededor de sí mismas. En este caso, el punto es el cumpleaños número 60 de la Presidente y el principio será el final. Febrero es, contra todo lo que hacía presagiar en ciertas épocas, un mes malo para Cristina Fernández: febrero era el mes del nacimiento de su hijo mayor, Máximo; de su propio onomástico, y, para colmo, el de un marido todavía vivo.

A este febrero y desde el año pasado se le ha agregado un día fatídico: el 22, la fecha en que un tren del Ferrocarril Sarmiento salió de su estación con los frenos demasiado largos, el día en que en Once, según la costumbre, no funcionaban los topes, el momento en que el relato de la década maravillosa descarriló y dejó a su administración, sus subsidios, su tren bala, su crecimiento a tasas chinas con los pantalones bajos en el andén de un nudo ferroviario que, como todos en el mundo (lo muestra Sebastiao Salgado), reúne la fealdad del ajetreo con la belleza corrompida de lo canallesco. Cuando aquello ocurrió, la jefa de Estado demoró mucho, demasiado, inexcusablemente en hablar. Lo hizo después, en Rosario, y para decir que ella sabía bien qué era el dolor pero pedía a la Justicia una investigación de no más de dos semanas para presentar conclusiones. Ahora, ante lo que la vida le servirá siempre a la mesa como un plato ineludible de febrero, prefirió hacerlo un día antes, en Tecnópolis, en medio del anuncio de una nueva señal de deportes, salpicada por el escándalo de que el hombre que lleva inscripto en su anillo “Todo pasa” hubiera impedido desplegar en los campos de fútbol una pancarta en reclamo de justicia para los pasajeros de aquel tren fantasma. Claro, señaló: “Hay que acordarse de todo. También queremos recordar y rendir un homenaje: mañana se cumple un año de la tragedia de Once y queremos rendir un homenaje y recuerdo a las víctimas, un abrazo grande y fuerte a todos los familiares”. Cuándo no, la Presidente volvió a colocarse por delante: “Yo sé que la pérdida de un ser querido —reiteró— es irrecuperable, irreparable (...) pero bueno, ahí está la Justicia. Y también porque la vida es así, es alegría y tristezas, no estamos siempre alegres y siempre tristes, nos tocan momentos difíciles y hay que apechugar y salir adelante. (...) De aquí la miro a Estela. ¿Cuántos años Estela pidiendo justicia? Y recién después de 35 años está llegando”. En los plazos de esta abogada especialista en deudas prendarias, quince días pueden estirarse a 35 años: total, los intereses pagan. Siempre por delante. Igual que lo hizo el 17 de febrero, día del entierro de su suegra María Juana Ostoic. Ella, la nuera y primera mandataria, no integró el cortejo, en el que iban acompañando el féretro los nietos, las hijas, los amigos de la antigua vecina de Río Gallegos. No caminó mezclada en la pequeña comitiva. Lo esperó reclinada en el vano de la puerta del Mausoleo. Sola, vestida de negro, gafas negras, botas negras.

La imagen de la desgracia, el monopolio del dolor.

La muerte que se interponía una vez más entre ella y su vida, la muerte que autoriza, legitima, habilita a usar el látigo. Nadie, sino a condición de una formidable deshonestidad intelectual, puede decir que esas imágenes son casuales. Pero la Presidente había llegado a Calafate para celebrar, el 19, su 60 cumpleaños. No pudo ser, aunque arribó lo bastante a tiempo para cruzarse de piernas sobre el guardabarros de un coche, y ser por unos segundos una estrella de Cinecittá, una Anita Ekberg sin la magia de Federico Fellini y con la tosca “reggia” de Javier Grossman. De tanto representarse a sí misma, su alma se ha soldado a la de Fátima Florez. Y antes, todavía, el 11, había grabado para una cadena china de tevé un mensaje de salutación por el año nuevo: “Chu ni men. Chun dzie kai la”. Su pueblo, el argentino, no había recibido en estos años palabras parecidas.

Puede atestiguarlo Zulma Ojeda de Garbuio, la madre de Carlos, un joven de la edad del hijo de la Presidente, que murió en el primer vagón de la formación, allí donde ella sube cada tanto para adivinar qué hubiera pasado si su hijo hubiera corrido la frente un milímetro más y hubiera tenido una chance, para contemplar el paisaje de paredes cargadas de graffiti que sus ojos vieron por última vez.

A escasas semanas de la tragedia, Cristina Fernández la mandó llamar. La recibió junto a Mariana Larroque, hermana de Andrés, “el Cuervo” Larroque, dirigente de La Cámpora. En el preámbulo, como ignorándola, las dos funcionarias hablaron de extensiones de pelo y de carteras. Zulma introdujo una cuestión molesta: su desgarro. La Presidente, con un gesto de estar de vuelta de todo, le respondió: “Vos hablás desde el dolor pero todavía no sabés de qué se trata”.

Zulma escribe papelitos para advertir a otros jóvenes como su hijo que no se dejen masacrar. La gente, en ocasiones, se los agarra y le da dinero: cree que es una pordiosera. Vaya, quizás sí: pide justicia. Zulma quedó impactada con la fría distancia de la jefa de Estado.

Y es imprescindible preguntarse, ahora, ¿de qué pasta está hecha Cristina Elizabet Fernández de Kirchner? La madre de Carlos tiene una contestación al acertijo: “De mármol, señora”. Narciso se enamoró de la imagen que le devolvía el agua. Incapaz de ver otra cosa que su rostro, se inclinó en el lago hasta sumergirse. Se ahogó en su propio, pobre, esplendor.

Cuentan que la Presidente se ha hecho proyectar una veintena de veces The Queen, el film en el que Hellen Mirren personifica a la Reina de Inglaterra. La Presidente, es probable, estudie su modo de lejanía, de sobrevolar con la mirada. Allí, cree esta muchacha de Tolosa, reside lo mayestático. Ignora, por cierto, lo que Elizabeth II le deberá siempre a Mirren: el poder, la distancia, el control de las emociones son una carga pesada. Están, pero no a la vista. Son una lava contenida, no una mutilación.

(24/02/13)

La inflación, la libertad de prensa y Napoleón

A menos de un mes de que el ministro del Interior Florencio Randazzo acusara a Clarín y La Nación de “atentar contra la democracia y la transparencia” por haber publicado denuncias de irregularidades en el escrutinio del 14 de agosto, el juez Alejandro Catania se sumó a la embestida y pidió los datos de aquellos periodistas que hayan escrito sobre niveles de inflación desde el año 2006 a la fecha. El magistrado solicitó también que los medios a los que pertenecen informen si tienen vinculaciones comerciales con M&S, la consultora de Carlos Melconian y Rodolfo Santangelo, denunciada penalmente por Guillermo Moreno por dar a conocer índices propios. Diga o se desdiga el juez Catania, su decisión tiene un trasfondo preocupante. Los periodistas suelen estar acostumbrados a declarar en Tribunales y, en general, a pasar en sus pasillos más tiempo del que les gustaría. Las citaciones llegan a sus lugares de trabajo, a sus domicilios y, en ocasiones, a sus teléfonos fijos. Pero en este caso el contexto tiene una importancia superlativa: a nadie se le escapa que Moreno necesita eliminar el molesto contrapunto que mes a mes se establece con las estadísticas oficiales. Para ello hace falta poner en caja a los analistas económicos, a las redacciones de los periódicos y a los diputados que integran la Comisión de Libertad de Expresión, a quienes Catania ordenó entregar los informes que reciben de las consultoras multadas y explicar cómo construyen el índice alternativo que desde hace unos meses dan a conocer.

Es difícil imaginar con qué pautas determinará el joven juez penal económico si las cifras de M&S se ajustan a la verdad. ¿Las confrontará con los datos del INDEC? ¿Con los relevamientos que elaboran las provincias de San Luis, Mendoza o Santa Fe? ¿O acaso preferirá hacerlo con los porcentajes que surgen de las negociaciones salariales y fijan, entre otros, los sueldos del Poder Judicial? Su Señoría sabe mejor que nadie que si en 2008 un secretario de juzgado ganaba 8 mil pesos, hoy percibe 15 mil.

El CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), presidido por el periodista Horacio Verbitsky, se apresuró a emitir un comunicado para respaldar la actuación del magistrado. “El papel de los medios —afirma— es relevante en la causa para determinar si participaron a sabiendas de la divulgación de informaciones falsas”. Curioso: antes de que el delito que se imputa a Melconian y a Santangelo haya sido probado, el CELS cree necesario que los periodistas admitan o nieguen que participaron en él. La declaración testimonial resulta ser así una invitación a autoincriminarse; no son citados en calidad de testigos sino, en el fondo, en su carácter de presuntos cómplices, de partícipes necesarios, de eventuales componentes de una asociación ilícita o miembros de una posible conjura. La postura del CELS es todo lo contrario de una afirmación del derecho, es su negación: de aplicarse esa lógica, la criminalización se transmitirá, como la peste, a cualquier noticia desagradable al paladar del Poder Ejecutivo y puede terminar (vaya paradoja) arrastrando a los estrados judiciales incluso a aquellos que, día a día, pintan de rosa el mundo del kirchnerismo a cambio de una cuantiosa pauta publicitaria. Por otra parte, mentir es un pecado, no un delito, a menos que se cambie el código penal. La naturaleza inquisitorial del comunicado pone, no obstante, un pie en la modernidad: han desaparecido los tormentos, sólo queda la presión judicial.

Cristina Fernández —igual que antes su esposo— tiene una pésima convivencia con la información. O, mejor, con aquella información que desmiente las verdades absolutas sobre las que reposa su singular manera de ejercer el poder. El kirchnerismo no desprecia a la prensa. Al contrario, hipertrofia su influencia y no le perdona que se resista a su seducción. Es en las propias filas K que se comenta con ironía la tendencia oficial a “sobrevalorar a los egresados de las escuelas de periodismo que, si además son militantes de ‘la Walsh’, califican, por lo menos, para jefe de una UDAI en la ANSeS”.

A horas de regresar de su innecesario viaje a París, Cristina Fernández confesó su admiración por Napoleón, “un personaje que a mí me gusta mucho y no porque haya estado en Francia. A mí Bonaparte me gusta porque soy peronista. Siempre desde cierta izquierda nos acusaron de bonapartistas (...) Bueno, no me importa, seremos bonapartistas. A mí la figura de Napoleón me parece increíble”. La jefa de Estado, en su apresuramiento, cayó en la trampa de confundir la tragedia con la farsa, al tío con el sobrino, a Napoleón I con Napoleón III, el coup d’état del 7 de noviembre de 1799 con el golpe de mano del 2 de diciembre de 1851, al hombre que había consolidado la revolución burguesa en Francia, barriendo de sus alrededores los restos del feudalismo, con el aventurero que la condenaba a volver a “la dominación del sable y la sotana”.

Nadie reparó en la metida de pata. Ni siquiera Jorge Altamira que, en un exceso autorreferencial, interpretó que la mención de la jefa de Estado a esa “cierta izquierda” que tilda de “bonapartista” al peronismo era un traje que debía ponerse. No se trata de decapitar una ilusión pero es necesario recordar que la caracterización del peronismo como “bonapartista” (un Gobierno autoritario, que presume de ubicarse por encima de las clases sociales) pertenece a Milcíades Peña, el brillante historiador que tenía 33 años en 1965, cuando se quitó la vida. Punzante, ácido, implacable, Peña sostenía que “toda la revolución peronista” se reducía a sindicalización, democratización de las relaciones laborales y el aumento de un 33 por ciento de la participación obrera en la renta nacional. El capítulo que había dedicado a Eva Perón se llamó, precisamente, “El bonapartismo con faldas”. Una vertiente de la izquierda argentina se deslumbró con el hallazgo e hizo suya la definición. De eso, pese al embrollo, quiso hablar la Presidente. De eso y de su admiración por los códigos del corso, aunque con ellos también hiciera su ingreso a la historia grande un individuo siniestro al que Robespierre había apodado “el cocinero de la conspiración”: Joseph Fouché, el duque de Otranto, el ministro de la Policía de Napoleón I, el hombre que creó el “gabinete negro” desde el que se acalló y persiguió a la prensa. Todos los émulos de Napoleón necesitan un Fouché. También lo precisan los imitadores de su sobrino, pero en ese caso Fouché comparte cartel con el bottier Louboutin.

(25/09/2011)

Cristina asumió el síndrome de la minoría

Cristina Fernández obtuvo en las primarias abiertas el 50 por ciento de los sufragios y puede que el 23 repita una performance más o menos parecida. Todo indica que las urnas le darán una indiscutible mayoría. Por definición, la noción de mayoría remite a su opuesto. El kirchnerismo, sin embargo, ha hecho un arte de su capacidad para desconocer a las minorías políticas; ignora que la generosidad es un insumo barato, sobre todo si se utiliza desde la cima de la administración del Estado y en las vísperas de una victoria segura.

Por el contrario, la Presidente —que se prepara para gozar de una supremacía casi inédita— teme, recela, desconfía y segrega. Educada en el precepto de que se deben ocupar todos los espacios vacantes, asumió lo que, quizás, esté desde un principio en su linaje: el síndrome de la minoría, un cuadro en el que el otro, el extraño, es en principio una amenaza.

Dispuesto a eliminar de raíz cualquier obstáculo que se interponga en su camino, el cristinismo ha decretado que el peligro se encarna en los medios y en el conflicto social. Contra ellos ha vuelto a embestir esta semana. El ministro de Economía Amado Boudou insultó desde La Pampa a un puñado de columnistas con una virulencia verbal que registra pocos antecedentes. Como suele suceder, a ella le siguió, en Mendoza, la violencia física de sus custodios sobre una cronista y un camarógrafo de televisión, al que le destruyeron su herramienta de trabajo.

Menos de una semana atrás, otro juez federal subrogante, ahora del partido de 3 de Febrero, Mariano Larrea, procesó a la dirigente de izquierda Vilma Ripoll y dictó embargo sobre sus bienes por 120 mil pesos. La única posesión de Ripoll, un departamento de 30 metros cuadrados en la provincia de Buenos Aires, será el precio que pague por haberse solidarizado con trabajadores de la alimentación que cortaban una ruta. Sin duda, le hubieran hecho mejor precio por copar, como Luis D’Elía, una comisaría del barrio de La Boca.

El subrogante Larrea, cuentan, habría respondido al alegato de Ripoll con otra queja: los magistrados, habría dicho, al revés de los políticos, no tienen quién los defienda de las iniquidades. Nadie habría sacado la cara por él. Se presentó al concurso para cubrir el juzgado federal de San Francisco, en la provincia de Córdoba, y perdió frente al candidato que llegaba de Villa María, feudo del intendente ultrakirchnerista Eduardo Accastello. Si así están las cosas, habrá que acostumbrarse a la idea de que la policía ya no es un auxiliar de la Justicia sino que, por el contrario, de aquí en más será la Justicia la que auxilie a la policía.

Hacia el interior, el “cristinismo” ha construido un universo a su medida: tiene sus productoras de televisión y

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