1
“E morta!”

Sábado 19 de noviembre de 1988. Temprano en la mañana, una vez que Christina regresó de llamar a Athina a Suiza, me dijo que quería ir a hacerse las uñas y peinarse. Llamé entonces a Andrea para preguntar si podían recibirnos sin turno y, al poco tiempo, ya estábamos instaladas en el salón de belleza de la calle Talcahuano. Mi amiga estaba de muy buen humor y no paró de ver revistas para ponerse al día de lo que sucedía en la Argentina, un país por el que sentía un cariño muy especial y en el que su padre inició su fortuna. Era la primera vez en su vida, según le dijo a la manicura, que se pintaba las uñas de rojo: no tengo duda de que era cierto, porque jamás le había visto las manos con ese color. Al salir de ahí, el chofer nos llevó a la oficina de Jorge, mi hermano, que en ese entonces estaba ubicada en la calle Alsina. Después de charlar un rato, Christina me dijo que no me preocupara por ella, que me fuera a casa a organizar todo para el weekend que pasaríamos en mi quinta de Tortugas. Jorge y mi amiga se llevaban muy bien y podían durar horas conversando, por lo que, tranquila, me fui a comprar todo para el asado del día siguiente. Por la tarde, emprendimos el viaje hacia la quinta con Alberto [Dodero], mi ex marido, y mis hijas, Carminne y Tweety: Christina y Jorge seguramente llegarían para la cena, y yo quería tener todo listo.
Pasadas las ocho, ninguno de los dos había llegado ni llamado para avisar dónde estaban. Recuerdo que ese día hacía mucho calor, por lo que después de ducharme me puse una remera y unos pantalones cortos antes de comenzar a preparar una pasta. Preocupada, decidí llamar a Jorge cerca de las nueve y media para preguntarle por qué estaban demorados: me contestó que Christina se había quedado dormida toda la tarde en el sofá de su oficina y que le daba pena despertarla. Le dije que los estaba esperando y que tenían que llegar a casa cuanto antes: tocaron el timbre cerca de las once. A pesar de estar en pleno verano, Christina tenía puesto un suéter y, no bien entró, exclamó: “Nunca te voy a perdonar que me dijeras que en Argentina hacía calor”. Hacía varios días que vivía con frío.
Una vez en la mesa, me sorprendió que, después de mucho tiempo, Christina comenzara a hablar de su padre, de su hermano, de una infinidad de cosas que jamás mencionaba… Era como si estuviera haciendo catarsis, una declaración de amor a sus seres más queridos. Mientras comíamos dijo cosas muy lindas sobre Aristóteles, su padre, y sobre Alex, su hermano, pero nunca mencionó a su madre. Realmente se la veía radiante y feliz. Eleni —la gobernanta que la acompañaba desde su adolescencia— y yo nos mirábamos sorprendidas por todo lo que estaba confesando. Ya era de madrugada cuando nos levantamos del living para irnos a acostar. Siempre que estábamos juntas, Christina y yo dormíamos en la misma habitación, pero esa noche me dijo que se quedaría charlando con “Oro”, sobrenombre con el que cariñosamente llamaba a mi hermano. En realidad, le había pedido a Jorge que la acompañara a la iglesia del fraccionamiento: a ella le encantaba rezar, así fuera en una iglesia católica.
Me preparé para irme a la cama, pero me di cuenta de que, con el apuro, me había olvidado de guardar un camisón en el bolso, y me acosté desnuda. Al rato, Christina regresó de la iglesia, entró en mi cuarto y, jugando, me destapó porque quería charlar conmigo; cuando me vio sin ropa, soltó una carcajada. Entre risas le dije que estaba muy cansada y que lo único que quería era dormir, así que volvió a arroparme y, antes de apagar la luz, me tiró un beso al aire y me dijo “buenas noches” en griego. Esa fue la última vez que la vi con vida.
Al levantarme, pasadas las diez de la mañana, le pregunté a Eleni dónde estaba Christina: me dijo que seguía durmiendo. Me acerqué a la puerta de su habitación, miré por la mirilla y vi luz. Entonces abrí la puerta y me sorprendí al ver que la cama estaba tendida pero con ropa encima; la puerta del baño se encontraba entreabierta y se escuchaba correr el agua. En cuanto entré, vi su cuerpo de espaldas, sentado y erguido, con la cabeza apenas ladeada. Sin hablarle ni tocarla, llamé a Eleni para decirle que Christina se había quedado dormida, como sucedía muchas veces.
Eleni entró al baño para ayudarme a levantarla y llevarla a la cama, pero, al verle la cara, gritó con angustia: “È morta! È morta!”. Yo no podía creer lo que escuchaba y, perturbada, salí corriendo a buscar a mi hermano. Junto con Alberto, Jorge entró al baño y ayudó a Eleni a sacar el cuerpo: sobre una toalla, la acostaron en el piso de la habitación. Aún recuerdo los ojos abiertos de Christina que miraban el infinito. Entre lágrimas y totalmente consternada, aseguraba que estaba viva y que teníamos que llamar a un médico, pero con su mirada mi hermano me daba a entender que no, que Christina estaba muerta.
Salí desesperada a la calle a buscar un médico que me pudiera decir qué era lo que realmente estaba sucediendo y, en mi recorrida, encontré al doctor Pueyrredón, un ginecólogo reconocido, quien vino conmigo a casa y la vio. Con lágrimas en los ojos lo confirmó: estaba muerta. Yo le hacía miles de preguntas. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Él me dijo que probablemente habría sucedido alrededor de las cuatro de la mañana. Mientras tanto, Jorge y Alberto llamaron a otro médico por medio de las oficinas del country: entonces llegó el doctor Granadillo Fuentes, quien trabajaba en la Clínica Virgen del Milagro de Tortuguitas. Después de examinarla y confirmarnos lo peor, comenzó a revisar toda la casa, un atrevimiento para los ojos de Alberto, quien de inmediato le pidió que se fuera.
Cuando me percaté de que vendrían días muy difíciles, llamé a Graciela Robles, una vecina amiga, para que se llevara a mis hijas y las cuidara. Decidí entonces comunicarme con el doctor Hernán Bunge, uno de los invitados al asado del sábado, quien amablemente se ofreció a ayudarnos. Llegó al poco tiempo y, luego de revisarla, decidió acostar a Christina en la cama y llamar a una ambulancia para que se la llevara a la Clínica del Sol, sanatorio del que era uno de los propietarios. Con todo mi dolor, llamé a los Onassis para avisar que Christina había muerto: antes de que partiera le cerré los ojos.
Llegó la ambulancia y la trasladaron a la Clínica del Sol, ubicada en Coronel Díaz y Billinghurst. Después de veinticinco años puedo decir que ese fue un grave error, debido a que dejamos la jurisdicción en la que había muerto Christina. Una vez en la clínica, pusieron su cuerpo en una cama, como si estuviera viva, algo realmente insólito, porque ya se sabía que estaba muerta. Cuando vi que un policía estaba fuera de la habitación caí en la cuenta de que la noticia había comenzado a correr como pólvora y la prensa llegaría enseguida. En ese momento pedí que se diera por muerta a Christina y que se le practicara la autopsia; esa era la única forma de tener un diagnóstico certero sobre su muerte. A las pocas horas la trasladaron a la morgue.
En ningún momento me separé de ella, por eso decidí acompañarla y esperar ahí el resultado. Pero antes le pedí al chofer que fuéramos a casa, pues necesitaba estar sola, cambiarme de ropa y poner mis pensamientos en orden. Ya en la soledad de mi habitación, me quebré y, con lágrimas en los ojos, abrí el placard y comencé a buscar lo más adecuado para un día tan triste como ese. Elegí una blusa de seda de manga corta bombeé y una pollera de crêpe de seda con unos pequeñísimos lunares blancos, junto con un collar de grandes perlas que heredé de mamá. A pesar de que conocía que la prensa del mundo entero estaría presente en el velatorio de mi mejor amiga, jamás se me pasó por la cabeza peinarme o maquillarme. Lo único que sabía era que debía estar vestida de negro.
En cuanto llegué a la morgue, me sorprendí al ver que decenas de periodistas estaban agolpados en la puerta esperándome. Al bajar del auto, los flashes hicieron que por un instante la noche se hiciera día: tanta luz me obnubiló y caí desmayada. Con la ayuda de mi chofer, entré como pude al lugar y me senté a esperar a que trasladaran a mi gran amiga a la sala de autopsias. El silencio del lugar contrastaba con el bullicio que hacían los periodistas del otro lado de la puerta. El resultado tardó varias horas, porque antes de Christina los cuerpos de dos linyeras debían transitar el mismo proceso. Creo que fueron las horas más largas de mi vida: yo solamente rezaba y le pedía a Dios que el resultado no arrojara un exceso de pastillas; quería que el legado de Christina quedara limpio del estigma de una sobredosis. Al menos, como consuelo, cerraba mis ojos y recordaba que durante sus últimas horas con vida la había visto realmente feliz.
En cuanto llegué a la morgue, me sorprendí al ver que decenas de periodistas estaban agolpados en la puerta esperándome. Al bajar del auto, los flashes hicieron que por un instante la noche se hiciera día: tanta luz me obnubiló y caí desmayada. Con la ayuda de mi chofer y custodiada por Juan Dodero, entré como pude al lugar y me senté a esperar a que trasladaran a mi gran amiga a la sala de autopsias.
Cuando salió el médico tuve que hacer algo que jamás imaginé en mi vida. Me dijo: “Señora, por favor, acompáñeme a reconocer el cuerpo”. Yo estaba abrumada y la frialdad del mármol que revestía las paredes de ese sórdido lugar me hizo sentir más sola y triste que nunca. Lo único que me tranquilizó fue saber que murió de edema pulmonar: ahí entendí que el frío que ella había sentido desde su llegada a Buenos Aires era un síntoma de la inflamación de sus pulmones. Sacaron el cuerpo de un nicho de acero inoxidable y al verlo casi me desmayo de nuevo: “Sí, es Christina”, dije entre sollozos. Minutos después me trajeron el acta que certificaba los resultados de la autopsia para que la firmara. Lo que siguió fue ir a elegir el cajón en el que yacerían sus restos para siempre. Así, de un momento para otro, me encontré en un mundo totalmente desconocido para mí. Eran las once de la noche.
Camino a la funeraria Lázaro Costa, me enteré de que la arquidiócesis ortodoxa griega se había ofrecido a albergar el cuerpo de Christina en la pequeña iglesia que mis padres, Stylianos Tchomlekdjoglou y Mosha Embirikos, donaron. Llegué a la sede ortodoxa, en Figueroa Alcorta, a esperar el cuerpo y, pese a la enorme confusión y el dolor que me invadían, me sentí muy contenida por la gran cantidad de amigos que fueron a darme sus condolencias.
El cuerpo de Christina fue velado en la pequeña iglesia que mis padres, Stylianos Tchomlekdjoglou y Mosha Embirikos, donaron a la sede de la arquidiócesis ortodoxa griega, sobre la avenida Figueroa Alcorta.
El cuerpo llegó y los empleados de la funeraria, después de colocar el cajón en la iglesia, me avisaron que ya podía pasar a verla. Miré el reloj: eran las dos de la mañana. Al entrar, la tenue luz violácea de la capilla hizo que, mientras caminaba a ver a mi amiga a solas por última vez, un escalofrío recorriera mi cuerpo. Cuando tuve el cajón frente a mí, me di cuenta de que Eleni había elegido un vestido blanco bordado que le daba un aura angelical. Christina estaba con sus manos entrelazadas, con la piel tersa y apenas hinchada por los químicos de la autopsia. Sobresalían sus uñas rojas. Como me di cuenta de que necesitaba un poco de maquillaje, me decidí a dejarla más linda: saqué mi polvera Estée Lauder y le coloqué un poco de rubor en la cara. En medio de ese silencio comencé a escuchar sollozos y, al dar media vuelta, vi que los dos encargados de Lázaro Costa lloraban desconsoladamente. Se habían conmovido al ver cómo mi amiga y yo teníamos nuestro último momento de complicidad. Mientras tanto, el mundo entero ya se había enterado de que la mujer más rica del planeta estaba muerta.
AP
Tras la autopsia, el cuerpo de Christina llegó a la capilla de la sede del arzobispado de la Iglesia Ortodoxa griega, y los empleados de la funeraria, después de colocar el cajón en la iglesia, me avisaron que ya podía pasar a verla. Miré el reloj: eran las dos de la mañana. Cuando tuve el cajón frente a mí, me di cuenta de que Eleni había elegido un vestido blanco bordado que le daba un aura angelical. Christina estaba con sus manos entrelazadas, con la piel tersa y apenas hinchada por los químicos de la autopsia.
2
Skorpios, su última morada

Estaba casi por amanecer y le dije a Alberto que volviéramos a casa para ver a nuestras hijas. Llevaba dos horas durmiendo cuando me llamaron para avisarme que el cadáver de Christina se encontraba muy hinchado y que ya estaba entrando en proceso de descomposición. En ese momento llamé a mi amiga Inés de Lafuente: necesitaba que me acompañara a Lázaro Costa para ver la manera de conservar en buen estado el cuerpo y darle tiempo a su último marido, Thierry Roussel, de llegar a Buenos Aires. Así fue que decidimos aplicarle formol para aminorar el olor desagradable, pero, al regresar al Obispado, me sorprendió ver lo desmejorada que estaba ya Christina. “Vos, que lo tenías todo, mirate ahora, desfigurada en un cajón. No te podés ir así”, le dije con la voz entrecortada. Me saqué el collar de perlas que tenía puesto y lo metí en el ataúd. Era una alhaja que heredé de mamá y que tenía treinta enormes perlas auténticas. Quería que al menos, en medio de ese triste episodio, mi amiga tuviera con ella un objeto lindo y terrenal. Nuevamente, los empleados de Lázaro Costa comenzaron a llorar sin parar.
Al día siguiente llegó Thierry para sellar el cajón y llevárselo a Europa, pero jamás imaginamos que nos prohibirían sacar el cuerpo del país. El juez de San Isidro Alberto Piotti emitió una orden para no permitir su traslado, ya que Christina había fallecido en la provincia de Buenos Aires y eso no había sido documentado: por lo tanto, había que dar fe de su muerte en el lugar donde había ocurrido. Creo que si no hubiera sido por Enrique “Coti” Nosiglia, ministro del Interior, el trámite hubiera tardado mucho más de lo que se demoró.
Cuatro días después de la muerte, Thierry y yo nos embarcamos en un vuelo de Swissair rumbo a Ginebra. Para mi sorpresa, Alberto, mi ex marido, y Eleni, la fiel gobernanta de Christina, no pudieron embarcar porque aún estaba la duda acerca de las causas de la muerte de Christina, y ellos integraban la lista de sospechosos. Afortunadamente, pudieron dejar el país pocas horas después de que yo lo hiciera.
En cuanto despegó el avión, me invadió un sentimiento de profunda tristeza. Era muy fuerte pensar que Christina y yo siempre viajábamos juntas, una al lado de la otra, y que ahora estábamos volando juntas una vez más, pero separadas por la muerte. Mientras yo estaba sentada al lado del padre de su hija, ella yacía en un cajón en la bodega del avión. De hecho, siempre nos tomábamos de la mano cuando despegábamos y aterrizábamos porque éramos un poco miedosas: todos esos recuerdos me hacían llorar sin parar. Por suerte, mi hermano Jorge también voló con nosotros, una presencia que me hacía sentir protegida. Todos estábamos exhaustos, por lo que tomamos una pastilla para dormir y varias copas de champagne para sortear el vuelo de la manera más serena posible.
Al aterrizar en Suiza nos esperaban todos: los Onassis, los Livanos, los Niarchos, los Konialidis, los Patronicola. Sin pausa, tomamos un avión particular y volamos a Atenas, donde llovía a cántaros, como si fuera una señal de que todo el país estuviera de luto. Miles de personas nos esperaban agolpadas con paraguas, una imagen que me dejó atónita. Una de mis mayores sorpresas me la llevé, sin embargo, cuando a lo lejos escuché “¡Asesina!”. Me costó horrores superar esas sospechas, aunque era capaz de entender que mucha gente no podía asumir que la mujer más rica del mundo hubiera muerto del otro lado del mundo, en un baño. ¡En el baño de mi casa!
Todavía recuerdo el féretro metido en una caja de madera lisa bajando de la bodega del avión. El gobierno griego se portó maravillosamente con nosotros y muchos funcionarios enviaron sus condolencias; con todo listo para el funeral, trasladaron el cuerpo al cementerio de Atenas. Me dio mucha tristeza saber que Christina pasaría la noche sola, a puertas cerradas, con las luces apagadas y sin nadie a su lado. Justo ella, que detestaba la soledad…
Nos instalamos en el Grande Bretagne y a la mañana siguiente me levanté muy temprano para el funeral, que se celebró en la iglesia de Santa Fotini. Mientras cientos de coronas esperaban a la hija del armador griego, toda Grecia lloraba la muerte de su niña mimada. Fue un día de luto, con el país paralizado y cientos de ramos de flores blancas en los balcones. Un duelo colectivo que me hizo recordar el día en que murió Evita, como mi madre siempre me contaba.

Todavía recuerdo cuando sacaron el féretro de una caja de madera lisa minutos después de que aterrizara el avión en Atenas. El gobierno griego se portó maravillosamente con nosotros y muchos funcionarios enviaron sus condolencias; con todo listo para el funeral, trasladaron el cuerpo al cementerio de Atenas. Me dio mucha tristeza saber que Christina pasaría la noche sola, a puertas cerradas, con las luces apagadas y sin nadie a su lado. Justo ella, que detestaba la soledad…
