INTRODUCCIÓN
Soy lo que soy… fue el título de un querido ciclo de televisión que tuve el placer de conducir y que fue emitido por el canal Todo Noticias de Argentina. Recorrió la vida de hombres y mujeres que se animaron a romper con lo que se esperaba de ellos y jugarse por su vocación, por lo que el cuerpo y el alma les pedía más allá de las tradiciones, de lo supuestamente posible. Desde ese espacio, les rendimos homenaje e intentamos encontrar sus estímulos, sus influencias, sus enormes legados. Fue una experiencia intensa, que me permitió conversar con gente apasionada y me ayudó a encontrar la voz de estos personajes geniales.
Fue un trabajo en conjunto con gente que no quiero dejar de mencionar: Eliseo Álvarez, Camila O’Donnell, María Ángeles Mira, Pablo García, Martín Vatenberg, Sebastián Jaén, Federico Merea, Matías Nacaratto, Claudia Barboni y el equipo de Tranquilo Producciones.
Teresa Donato y Diego Peluffo, escritores talentosos y sensibles, estuvieron a cargo de los textos del programa sobre el que está basado este libro, junto con los testimonios de la gente que tuve el placer de entrevistar.
Pichón Dalpont y Alejandro Devries fueron mis compañeros indispensables en la grabación de los temas musicales que canté en cada programa, inspirada por la vida que habíamos visitado.
Carlos de Elía fue generoso al darnos un espacio tan valioso, su confianza y su apoyo fundamental.
Fernando Vailatti, Mariana Montero, Jorge Martorell y Agostina Martínez Márquez de TN colaboraron constantemente.
Marita Novaro, Vane Mihanovich y María Sánchez me dieron su apoyo incondicional.
A todos ellos, mi agradecimiento.
Cada programa iniciaba con estas hermosas palabras: Soy lo que soy… No sabía que iba a llegar tan lejos cuando lo canté por primera vez. Sin querer o queriéndolo, inconscientemente, me transformé en la voz de muchos que no podían gritar esas mismas palabras, que nunca llegaron a ser “eso” que quisieron sus padres o que no llegaron a cumplir las expectativas que otros tenían depositadas sobre ellos. Vamos a hablar de algunos que, como otros tantos anónimos, se animaron a gritar “Soy lo que soy”… Fuera y dentro de su casa, se atrevieron a romper los moldes en su carrera y en su vida. Se atrevieron a ser “incorrectos”.
A lo largo de mi vida, recorrí un camino con una actitud bastante consecuente. Comencé con una infancia feliz y llena de actividades: deportes, teatro, canción… En mi colegio había chicas de muchos lugares diferentes, de otros países, de otras religiones, y me fui haciendo amiga de todos los grupos: el de las inglesitas, el de las criollas, el de las deportistas. Todo lo que tuviera relación con la diversidad, con la variedad, me parecía atractivo. Era una renegada respecto del contexto familiar y social en que me había criado. Por eso, puedo decir que existió una primera Sandra hasta el final de la escuela secundaria: la que tuvo todas las posibilidades y todos los elementos para elegir. Soy una agradecida por eso. En mi familia no faltaba nada, pero igual pude aprender a valorar las cosas. Cuando jugaba al hockey, los primeros botines que pedí no fueron los Adidas, los caros, porque sabía que mi pie iba a seguir creciendo: arranqué con unos Sacachispas.
La segunda Sandra es la que toma el aprendizaje de esos primeros años y decide que quiere cantar. La realidad es que la canción siempre había sido algo mágico para mí. Desde los cuatro años cantaba, estando con mis familiares o con mis amigos del colegio, y en todos los casos sentía que algo pasaba, que había una corriente y una energía de emoción. Era un momento importante, en el que se generaba algo especial. En la adolescencia, por ejemplo, cuando se armaba un fogón, todos cantábamos. Pero para mí eso no era sólo el hecho de pasarla bien, sentía algo distinto, fuerte, que me movilizaba, que me marcaba.
En mayo de 1976, a punto de cumplir 19 años, me paré por primera vez sobre un escenario. Ahí vino el cachetazo: tenía elegido el repertorio y tenía confianza en mi voz, pero cuando me vi con el micrófono en la mano, sentí que mi cuerpo no estaba bajo mi control. Pero lo fui haciendo. No había sido una persona académica. Tuve profesores de canto y de foniatría, gente que me ayudó a encauzar y acomodar mis herramientas, pero no un entrenamiento formal. Con más corazón que cabeza, salgo adelante. Tengo capacidad de pensar, de especular, de calcular y de planificar, pero siempre la parte racional aparece un paso por detrás de la emocional a la hora de tomar las decisiones en mi carrera.
Por fin, aparece la tercera Sandra: a la que le cae la ficha de que es popular. A partir de aprender, pisar escenarios y caminar, empiezo a entender lo que significa eso que me estaba pasando. La sensación de hacerte conocida es rara. Gente que te mira, que te saluda, que compra tus discos y permite que empieces a ganarte la vida. Todo eso conforma un cóctel difícil de acomodar. Por eso, es importante reconocerse como la misma persona que era antes, sabiendo valorar cada cosa que sucede. Así, a medida que pasa el tiempo, mejor se comprende el valor de cada cosa. De esa forma, además, una queda preparada para las épocas de vaivenes, momentos en que escasea el mango o en los que no hay ningún show por delante.
La popularidad no era algo nuevo en casa. Mi mamá, Mónica Cahen D’Anvers, la experimentaba desde hacía un buen tiempo. Incluso ella tuvo una caída más fuerte que la mía: vivía mucho más alejada de la realidad, como en una nube de terciopelo, hasta el día en que agarró un micrófono, una cámara y se fue a hacer su primera nota. Recién en ese momento entendió de qué iba la vida. Su vocación era cantar, bailar, ser actriz de comedia musical. Pero se cruzó en el camino con Carlos Montero, que le puso otro mantel en la mesa y le ofreció Telenoche. A partir de ahí, mi mamá pudo disfrutar de cada día de trabajo, llenarse del afecto de la gente y lograr un nivel de credibilidad altísimo. Ambas nos parecemos en la forma en que encaramos la popularidad: damos lo mejor de nosotras, desde nuestras entrañas, y preservamos el estado puro de gratitud y sorpresa del primer día.
Una vez que estuve asentada en la popularidad, noté que había ganado mayor libertad. El éxito me abrió puertas para tomar decisiones, para hacer lo que tenía ganas. Proyectos como Creciendo. En vivo en el Ópera (2007) o el homenaje a Eladia Blázquez, Honrar la vida (2009), podían considerarse
