Prólogo a esta nueva edición
Quiero compartir con los lectores la historia de amor y de desencuentro que mantengo con La maternidad y el encuentro con la propia sombra desde hace muchos años. Como todo vínculo afectivo establecido, esta “relación” no ha sido fácil y aún hoy me genera contradicciones, disgustos y alguna que otra alegría de vez en cuando. ¿Es posible mantener un amorío con un libro escrito por mí? Y, en ese caso, ¿sería factible divorciarme de “él”? Fuera de broma, más de una vez he querido deshacerlo, anhelando que nadie nunca jamás entrara en contacto con este texto. ¿Qué pasó? Tomó vuelo propio. Dejó de pertenecerme. Como un niño crecido que se convirtió en un joven adulto e independiente que empezó a tomar sus propios riesgos y decisiones, comunicándose con los lectores como le dio la gana. E inversamente, con los lectores interpretando lo que a cada uno le encajaba.
También sucedió que durante todos estos años he madurado profesionalmente (en mi vida privada también, claro). Cada día encuentro nuevas palabras, afino la puntería, intento ser más directa, clara y concisa. Busco mejores sistemas para nombrar las realidades emocionales de los individuos y sigo inventando mecanismos cada vez más simples para abordar los universos emocionales. Propongo que los adultos asumamos con madurez los compromisos respecto a nuestras vidas, para que nuestras decisiones sean conscientes. Todo eso mientras el libro seguía “siendo” exactamente el mismo, es decir, cristalizado tal como fue escrito en el pasado. Entonces se produjo un franco desencuentro: entre los pensamientos y las palabras que empleaba “antes” y las que utilizo “ahora”.
Sin embargo, apareció un fenómeno más complejo. Muchísimas mujeres —y algunos varones— de diferentes países, culturas y modelos de vida, me han confesado entre lágrimas que este libro “les cambió la vida”, que tiene magia, que los “salvó”, que fue un antes y un después, que se convirtió en su guía espiritual, que lo conservan como el mayor tesoro y un montón de frases preciosas que siempre agradecí con amabilidad, pero nunca creí.
Al mismo tiempo, desde hace años recibo cotidianamente (no exagero, esto significa que recibo todos los días, absolutamente todos los días) un sinnúmero de mensajes de mujeres que han usado este libro desde el refugio más infantil posible: el de creer que “alguien” (en este caso yo, en calidad de autora) tiene las respuestas para cada pequeña dificultad cotidiana. Que soy “experta” en temas de crianza de los niños. Que defiendo el colecho, la lactancia prolongada o los partos en casa. Que tengo las respuestas justas para “aconsejar” a cada quien. Que estoy a favor de no sé qué y en contra de no sé cuánto. Sin embargo, nada de eso encontrarán en el presente libro.
Con inusitada frecuencia, estos textos han sido usados para librar batallas personales. Aquella mujer que “está a favor” porque se sintió identificada con alguna frase utiliza el libro como “aliado” para pelear contra una cuñada, una suegra o una vecina que está “en contra” de no sé muy bien qué.
Misteriosamente, esta obra ha sido manipulada hasta el hartazgo en guerras emocionales absurdas, fruto de interpretaciones infantiles que nada tienen que ver con la propuesta —presente en cada una de estas páginas— de indagarse más, para comprendernos mejor y para comprender al niño que tenemos a cargo. Han sido y siguen siendo tantos los pedidos de alianza disfrazados de ayuda, desde los rincones más infantiles e irresponsables, que pensé muchas veces en hacer desaparecer todo rastro de este libro.
Podría relatarles múltiples anécdotas y luchas ridículas que me han dejado atónita, supuestamente surgidas a partir de la “lectura” de estas páginas. Pero no voy a aburrirlos. Solo pretendo explicar que las “interpretaciones” a favor o en contra de mis pensamientos son construcciones que pertenecen a cada individuo. Por mi parte, solo propongo mirar más y mejor nuestros propios escenarios infantiles, entrar en contacto con nuestra realidad interior, compadecernos del niño o la niña que hemos sido y tomar decisiones conscientes. Las que sean.
Es verdad que he tomado la experiencia de convertirnos en madres como una de las crisis más profundas por las que atravesamos las mujeres. También sé que soy capaz de nombrar con palabras sencillas situaciones similares que compartimos en este dificilísimo ejercicio de “maternar” a los niños. Entiendo que contar con esas palabras nos puede facilitar la vida. Y celebro que muchas mujeres podamos utilizar algunas palabras escritas para hacerlas propias y generar así una mirada amplia y trascendental de nuestros escenarios, con el propósito de amar mejor a nuestros hijos. Pero eso es todo.
Después de más de veinte años de encuentros y desencuentros con mis lectores —sobre todo con las mujeres que se han convertido en madres— he decidido revisar el texto y modificar algunos párrafos para dejar en claro que, nos duela o nos asombre, nos identifiquemos o nos enojemos, encontraremos las respuestas que necesitamos solo si asumimos un doloroso y valiente recorrido de indagación personal. Repetiré esto en cada párrafo si es necesario. También recomendaré a las lectoras y a los lectores que lean todos mis libros publicados desde entonces, especialmente La biografía humana, El poder del discurso materno, Amor o dominación. Los estragos del patriarcado, Qué nos pasó cuando fuimos niños y qué hicimos con eso y Una civilización niñocéntrica, ya que son hojas de ruta al servicio de nuestras búsquedas espirituales.
Quiero aclarar también que los “casos” relatados aquí corresponden a una época en la que yo tenía un consultorio y atendía personalmente a quienes llegaban en busca de comprenderse más. Hoy no atiendo personalmente a nadie. Sin embargo, me dedico a entrenar profesionales —que egresan de mi escuela online y que luego (algunos) conforman mi equipo de trabajo— quienes cada día trabajan mejor y conservan una ternura y una disponibilidad emocional que yo he perdido.
También me di cuenta de que cuando escribí este libro yo misma tenía un bebé: mi hija menor nació en 1996 y este texto lo escribí al año siguiente. Espero que mis correcciones actuales no hagan desaparecer la sensibilidad y la suavidad que convirtieron a esta obra en una compañía indispensable para miles de madres jóvenes.
En fin, reconocernos en palabras que nombran sentimientos compartidos, desgarros emocionales y soledades siempre es un alivio. Pero insisto en que las mujeres convertidas en madres tenemos la obligación de emprender un camino de interrogación profunda. Es verdad que es difícil ejercer la maternidad. Es verdad que representa una crisis poco reconocida socialmente. Pero también es verdad que somos adultas y que las verdaderas víctimas de las cadenas transgeneracionales de desamparo son los niños pequeños. Por eso, después de reconocernos en estas páginas, nos aguarda un recorrido indispensable: el de abordar nuestra realidad emocional forjada durante nuestras propias infancias para nombrarlas, ordenarlas, comprenderlas y entrar en contacto con “eso” que nos sucedió. Solo entonces podremos discernir, acompasar, contactar y amparar al niño real que depende absolutamente de nosotras, las madres. Las criaturas dependen de nuestra capacidad para amarlas, aun si nosotras mismas no hemos sido suficientemente amadas.
La decisión de volver a publicar La maternidad y el encuentro con la propia sombra actualiza en mí desgarradoras ambivalencias. Quiero creer que, siendo más contundente en mi propuesta básica de indagarnos más, asumiendo el costo de “traicionar” el discurso de nuestra propia madre para encontrar nuestro “sí mismo” adulto y observar con ojos nuevos nuestras historias antiguas..., tal vez valga la pena.
También acepto y me regocijo en algo sutil que este libro transmite y que las mujeres con niños pequeños agradecemos: este texto nos habilita a todas las madres, nos acepta tal cual somos, nos propone tomar decisiones con las tripas y no con la razón, nos apoya para seguir nuestras intuiciones como única guía en medio del caos y la desesperación. Nombra la realidad: criar hijos es muy difícil, es irritante, es desgarrador.
Las madres estamos inundadas de consejos y opiniones, y sin embargo dolorosamente solas y aisladas. En este sentido, las palabras que encontrarán traen buenas noticias para muchísimas madres y eso es lo que me ha obligado a considerar la reedición del presente libro, incluso si continúo naufragando en una relación de “amor-odio” compleja. Probablemente porque todavía no comprendí qué es lo que este libro me vino a enseñar.
LAURA GUTMAN
Prólogo
Este es un libro que fue escrito, en principio, para mujeres. Aunque muchos varones se sentirán igualmente identificados. No pretende ser una guía para madres desesperadas. Al contrario, es un alto en el camino para pensarnos como madres criando niños, con nuestras luces y sombras emergiendo y estallando desde nuestro fuego interno.
Muchos aspectos ocultos de nuestra psique femenina se desvelan y activan con la presencia de nuestros hijos. Suelen ser momentos de revelación, de experiencias místicas, si estamos dispuestas a vivirlos como tales y si encontramos ayuda y sostén para afrontarlos. También es la oportunidad para replantearnos las ideas preconcebidas, los prejuicios y los autoritarismos encarnados en opiniones discutibles sobre la maternidad, la crianza de los niños, la educación, las formas de vincularnos y la comunicación entre grandes y chicos.
Este texto pretende echar luz sobre la experiencia vibratoria de la maternidad, manifestada en la inmersión hasta el fondo de ese universo misterioso. Arrimando las vivencias que todas las mujeres atravesamos como si fueran únicas, sabiendo al mismo tiempo que las compartimos con las demás hembras humanas y que forman parte de una red intangible en permanente movimiento. Aun siendo muy diferentes unas de otras, nos internamos en un territorio donde circula una afinidad esencial, común a toda madre. Me refiero al encuentro con la experiencia maternal como arquetipo, donde cada una se busca y se encuentra en un espacio colectivo, pero buscando también la especificidad individual.
A través de las diversas situaciones cotidianas, describiremos un abanico de sensaciones en las que cualquier mujer que deviene madre se sentirá confortable. Paradójicamente, el lenguaje escrito como herramienta para transmitir dichas vivencias puede ser un obstáculo, ya que responde a una estructura en la que varios elementos se van ordenando hasta construir un discurso.
Se complica entonces el acercamiento al universo de la psique femenina, que se organiza con un sistema “raro” desde el punto de vista de nuestra cultura occidental. En este sentido, para acceder a la comprensión del presente libro será más provechosa la intuición o las sensaciones espontáneas que nos permitan fluir con lo que nos pasa cuando recorremos alguna página elegida al azar.
Asimismo, es esperable que quedemos atrapadas en la tentación de discutir acaloradamente en qué puntos estamos de acuerdo y en cuáles en profundo desacuerdo. Aunque los debates que se puedan generar entre mujeres —o entre hombres y mujeres— amplíen el pensamiento, insisto en intentar una lectura más emocional, esperando que nos resuene en el infinito. Captar el contenido sensorial, imaginativo o perceptivo en lugar de pretender evaluar los conceptos linealmente. Propongo que dejemos abiertas las puertas para los anuncios sutiles y estemos atentas a los que vibran con especial candor. Aquellos que no nos sirven, permitamos que continúen su camino sin distraernos.
Sospecho que hay varios puntos de partida para la lectura: el más evidente es desde el hecho de “ser mamá”. También espero que resulte interesante para los profesionales de la salud, la comunicación o la educación —quienes entramos en contacto con las madres—, cada uno con nuestras propias herramientas intelectuales esperando obtener resultados convincentes respecto a la conducta o el desarrollo de los niños. Entiendo que es posible conservar las dos miradas simultáneamente; de hecho, muchos de nosotros somos profesionales en el campo de los vínculos humanos y también —en el caso de las mujeres— somos mamás de niños pequeños.
Espero lograr transmitir la energía que circulaba en los grupos de encuentro que he coordinado durante los años noventa (y que llamaba “Grupos de Crianza”, aunque ya no existen bajo ese formato), donde las madres nos otorgábamos el permiso de ser nosotras mismas, y nos reíamos de los prejuicios y de los muros que levantamos por temor a ser diferentes o a no ser queridas. Allí se gestaron la mayoría de los conceptos que fui nombrando y —tocados por una varita mágica— comenzaron a existir.
Hoy en día, en mi Escuela de Formación Profesional (que se ha convertido en una capacitación virtual accesible a través de internet, desde todas partes del mundo), seguimos inventando palabras para nombrar lo indefinible, los estados alterados de conciencia del puerperio, los campos emocionales en los que nos adentramos con los bebés, la locura indefectible y ese permanente no reconocerse más a sí misma. En el intercambio creativo, intentamos encontrar las palabras justas para nombrar lo que nos pasa. Me arrepiento de no haber filmado cientos de clases ni las entrevistas individuales con las madres que consultaban, porque esa potencia, ese florecimiento de sentimientos femeninos, raramente podremos transcribirlos con exactitud en palabras escritas. Cuento entonces con la capacidad de cada lector y cada lectora para identificarse con los relatos imaginando el entorno en el que acontecieron y sintiendo que, en definitiva, todas somos una.
Por último, invito a emprender juntos este viaje, con la libertad de tomar solo lo que nos resulte útil. Es mi manera de contribuir a generar más preguntas, crear nuevos espacios honestos a favor del encuentro entre mujeres, ámbitos de intercambio, aliento mutuo y solidaridad. Ese es mi más sincero deseo.
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UNA EMOCIÓN PARA DOS CUERPOS
LA FUSIÓN EMOCIONAL. LOS NIÑOS SON SERES FUSIONALES. INICIO DE LA SEPARACIÓN EMOCIONAL. ¿POR QUÉ ES IMPORTANTE COMPRENDER EL FENÓMENO DE FUSIÓN EMOCIONAL? ¿QUÉ ES LA SOMBRA? ¿POR QUÉ RESULTA TAN ARDUO CRIAR A UN BEBÉ? ¿LAS DEPRESIONES PUERPERALES SON O SE HACEN? EL CASO ROMINA. LA PÉRDIDA DE IDENTIDAD DURANTE EL PUERPERIO. ENTRE LO EXTERNO Y LO INTERNO.
La fusión emocional
Cuando abordamos el nacimiento de un bebé, nos resulta evidente hablar de separación. El cuerpo del bebé que estaba dentro del vientre de la mamá alimentándose de la misma sangre, se separa y comienza a funcionar de manera “independiente”. Tiene que poner en marcha sus mecanismos de respiración, digestión y regulación de la temperatura, para vivir en el medio aéreo. El cuerpo físico del bebé comienza a funcionar separado del cuerpo físico de la madre.
Dentro de nuestro paradigma cultural estamos acostumbrados a “ver” solo con los ojos, creemos que todo lo que hay para comprender del nacimiento de un ser humano es el desprendimiento físico. Sin embargo, si elevamos nuestra percepción, advertiremos que ese cuerpo recién nacido no es solo materia, sino que es también un cuerpo sutil, emocional, espiritual. Aunque la separación física efectivamente se produce, persiste una unión de otro orden.
De hecho, los bebés y las mamás seguimos fusionados en el reino emocional. Ese recién nacido, salido de nuestras entrañas físicas y espirituales, forma parte aún de nuestro entorno emocional en el que está sumergido. Al no haber iniciado el desarrollo del intelecto, conserva sus capacidades intuitivas, telepáticas y sutiles, que están absolutamente conectadas con nuestra esencia. Por lo tanto, el bebé se constituye en el sistema de representación de nuestra alma. Dicho de otro modo, todo lo que las mamás sentimos, lo que recordamos, lo que nos preocupa, lo que rechazamos..., el bebé lo vive como propio. Porque somos dos seres en uno.
Por lo tanto, de ahora en adelante en lugar de hablar del “bebé”, nos referiremos al “bebémamá”. Quiero decir que el bebé es en la medida en que está fusionado con su mamá. Y para hablar de la “madre”, también sería pertinente referirnos a la “mamábebé”, porque la mamá es en la medida en que permanece fusionada con su bebé.
Las mamás atravesamos este período “desdobladas” en el campo emocional, ya que nuestra alma se manifiesta tanto en nuestro propio cuerpo como en el cuerpo del bebé. En efecto, los bebés sienten como propio todo lo que sentimos las mamás, sobre todo lo que no podemos reconocer, lo que no está organizado en nuestra conciencia, lo que hemos relegado a la sombra.
Suelo utilizar una metáfora que tal vez sirva para adentrarnos en este concepto: imaginemos una piscina repleta de agua. Los bebés nacen en el interior de ese submundo acuático mientras las madres somos succionadas hacia el fondo de esa masa líquida envolvente. Si el agua está fría, ambos —mamá y bebé— sentimos el frío. Si el agua está caliente, ambos —mamá y bebé— sentimos el calor. Permaneciendo en ese abismo acuoso, simplemente sentimos lo mismo que el bebé, y por eso podemos satisfacerlo. No se trata de interpretar lo que le pasa, sino de vibrar en la misma realidad emocional. Exactamente eso es el fenómeno de fusión emocional, previsto para la supervivencia de los cachorros humanos.
Pero, entonces, ¿por qué nuestras propias madres no nos han sentido? ¿Incluso por qué nosotras no hemos permanecido en la misma agua fusional con nuestros hijos pequeños, y —por el contrario— hemos obedecido a consejeros con opiniones ambivalentes respecto a nuestras certezas internas?
He aquí una evidencia: el territorio fusional es inmenso. No solo nos invita a ingresar en la fusión completa con nuestro bebé, sino que también contactamos fusionalmente con la niña que nosotras hemos sido —de la cual no tenemos recuerdos conscientes— y empalmamos también con todo nuestro universo emocional, pasado, presente y futuro.
¿Qué sucede entonces? Acontece que no podemos decodificar todas estas sensaciones nuevas. Sobre todo porque emergen la incertidumbre, la soledad, la violencia, el desamor, el desamparo, el desprecio o lo que sea que hayamos vivido siendo niñas, especialmente si no tenemos suficiente conciencia respecto a esas experiencias infantiles. Es tanto el dolor, es tanta la desesperación... que las mujeres devenidas madres sentimos enloquecer. Entonces huimos de la piscina de agua, desde donde nuestro hijo pequeño nos reclama. Es lógico, porque nos resulta intolerable. Estamos inundadas por angustias en apariencia infundadas pero que corresponden a experiencias bien reales.
A nuestras madres les pasó lo mismo. Tuvieron que escapar de sus propios demonios infantiles y salvarse. Significa que a nuestras abuelas les pasó lo mismo respecto a sus propias infancias, y así, en una espiral transgeneracional de infancias lastimadas.
Es fundamental que reconozcamos la importancia que tiene para la humanidad entera que las madres recibamos el apoyo suficiente para permanecer en fusión emocional con nuestros hijos pequeños. No solo para sentirlos y —por lo tanto— para poder satisfacerlos, sino sobre todo para registrar, comprender y sobreponernos a aquello que nos haya acontecido en el pasado.
Intentaremos esclarecer cómo se manifiesta el fenómeno de fusión emocional, y qué difícil nos puede resultar a las madres entregarnos, admitiendo que estamos ingresando en un pantano oscuro sin referentes amorosos. ¿Es verdad? Para nuestras vivencias de niña, sí es verdad. Para nuestra realidad de adultas, no.
Desde el punto de vista de la fusión emocional, si un bebé enferma, llora demasiado o está exageradamente inquieto, además de hacernos preguntas en el plano físico, será necesario interrogarnos a nosotras mismas, reconociendo que la “enfermedad” del niño puede manifestar una parte de nuestra sombra. Si el temor o la ansiedad nos conducen a anular el síntoma o conducta no deseable del niño, perderemos de vista el sentido de esta evidencia, desperdiciando algunos mensajes valiosos que emergieron de nuestro propio volcán interior, y que sería una pena desconocer.
La tendencia de todos nosotros suele ser al rechazo de las partes de sombra que se cuelan por las aberturas del alma. Por algo se llama “sombra”. No es fácil verla ni reconocerla, ni mucho menos aceptarla, a menos que insista en reflejarse en espejos cristalinos y puros como son los cuerpos de nuestros hijos pequeños.
Concretamente si nuestro bebé llora, si no es posible calmarlo amamantándolo ni acunándolo, incluso cubriendo sus necesidades básicas, la pregunta sería: ¿por qué yo estoy llorando? Si nuestro bebé tiene una erupción, la pregunta sería: ¿por qué me estoy brotando? Si nuestro bebé no entra en contacto con nosotras o si parece estar deprimido, la pregunta sería: ¿qué es lo que me distrae y no me permite permanecer emocionalmente ensamblada a él? Si nuestro bebé rechaza nuestros pechos, la pregunta sería: ¿cuáles son los motivos sombríos por los que estoy apartándome de mi hijo?, etcétera. Las respuestas residen en el interior de cada una de nosotras, aunque no nos resulten evidentes. Hacia allí debemos dirigir nuestra investigación, en la medida en que las madres tengamos la genuina intención de encontrarnos con nosotras mismas y nos permitamos recibir ayuda.
Todos estamos acostumbrados a rotular las situaciones nombrándolas de algún modo superficial: “Llora por capricho”, “Atrapó un virus”, “Necesita límites”, etcétera. Claro que los virus y las bacterias son necesarios para realizar la enfermedad, permitiendo que la sombra se materialice en algún sitio propicio para ser vista y reconocida.
En este sentido, cada bebé es una oportunidad para nosotras las madres, permitiéndonos rectificar el camino de conocimiento personal. Muchas mujeres iniciamos —con la experiencia de la maternidad— un camino de superación, sostenidas por esas preguntas fundamentales. En cambio muchas otras desperdiciamos una y otra vez los múltiples espejos que se nos cruzan en este período, desatendiendo nuestra intuición, creyendo que nos hemos vuelto locas y que no podemos ni debemos sentir esa maraña de sensaciones disparatadas.
El bebé es siempre un maestro gracias a su cuerpo pequeño, que le permite mayor expansión en el territorio sensible. Por eso logra manifestar todas nuestras emociones, en especial las que nos ocultamos a nosotras mismas. Las que no son presentables en sociedad. Las que desearíamos olvidar. Las que pertenecen al pasado.
Este período de fusión emocional total entre el bebé y nosotras se extiende casi sin cambios los primeros nueve meses, período en el que el bebé logra el desplazamiento autónomo. Recién cumplidos los nueve meses el bebé humano alcanza el desarrollo al que otros mamíferos acceden a los pocos días de nacer. En este sentido, podemos compararnos con las hembras canguro, que llevan a sus crías durante cierto período intrauterino y luego otro período similar extrauterino, con el que se completa el despliegue que necesita el bebé para lograr sus primeros signos de autonomía. En efecto, las mujeres deberíamos portar a nuestros bebés los primeros nueve meses pegados a nuestros cuerpos, hasta que ellos mismos reclamen desplazarse —a veces— por sus propios medios.
Los niños son seres fusionales
La fusión emocional es un fenómeno que garantiza la supervivencia de las criaturas. ¿Por qué? Porque las madres y los bebés sentimos, percibimos, captamos lo mismo. En consecuencia, las madres podremos responder, calmar, comprender o facilitar aquello que el bebé reclame, justamente porque sentimos lo que el bebé siente.
El recién nacido está principalmente fusionado con nuestro campo emocional, y a medida que va creciendo necesitará ir creando lazos de fusión con cada persona u objeto que interviene en su territorio de intercambio. Así va transformándose en “bebépapá”, en “bebéhermanos”, en “bebépersonaqueseocupademí”, “bebéobjetoquetengoenlamano”, “bebéotraspersonas”, etcétera.
El bebé es sí mismo en la medida en que se fusiona con lo que lo rodea, con los seres que se comunican con él y con los objetos que existen alrededor y que al tomarlos se convierten en parte de su propio ser. Los bebés y niños pequeños son “seres fusionales”, es decir que para “ser” necesitan permanecer en fusión emocional con los otros. Este ser con el otro es un camino de construcción psíquica relativamente lento hacia el “yo soy”.
Un ejemplo muy gráfico sucede cuando llevamos a un niño pequeño a una fiesta de cumpleaños: las madres pretendemos que se interese en la actividad propuesta, pero la criatura no consigue despegarse de las faldas del adulto. Una hora más tarde ya se ubica más cerca de los animadores y observa. Cuando la fiesta está llegando a su fin, el niño está entusiasmado, excitado, participativo y con ganas de quedarse. Por supuesto, no entra en razones mientras los adultos lo tironeamos para irnos a casa. ¿Qué sucede? ¿Acaso es un niño caprichoso? No, es un niño saludable en franca fusión emocional. Necesitó un período para entrar en contacto con el lugar, el ruido, el olor, la actividad, los movimientos y los demás niños y, cuando ya estuvo listo para interrelacionarse, le hemos exigido que cambie una vez más de terreno y recomience la fusión emocional con otra situación: la calle, la vuelta a casa, el apuro, el auto, etcétera.
Es habitual que los niños acepten retirarse si se llevan consigo algo que los conecte con el ámbito en el que entraron en relación fusional. Es fundamental comprender que no son maleducados por querer llevarse algún objeto, aunque sea insignificante (un juguete, una golosina, una guirnalda), sino que están dentro de la lógica del vínculo fusional. Los adultos tendríamos que facilitarles el tiempo suficiente para pasar de una fusión a otra. La fusión siempre es lenta, tanto para entrar como para salir.
Este estado fusional de los niños va disminuyendo con el correr de los años, en la medida en que su “yo soy” va madurando. Pero cabe destacar que la fusión emocional no es “buena” ni “mala”. Es simplemente un recurso que tenemos los adultos —y en especial las madres— para poder sentir, vibrar o intuir exactamente lo que el niño siente y, por lo tanto, poder acompasarlo.
Inicio de la separación emocional
Los niños dan “el gran salto” entre los dos y los tres años. En este período inician naturalmente su lenta y paulatina separación emocional. ¿Qué sucede en esta etapa? Comienza el desarrollo del lenguaje verbal. Al principio se nombran a sí mismos por su nombre en tercera persona del singular: “Matías quiere agua”. En la vivencia de la fusión emocional está diciendo que Matías y mamá queremos agua, porque somos dos en uno. Finalmente, un día amanecen diciendo “yo”. “Yo quiero agua.” Ese es el punto de partida del camino de separación emocional hacia la constitución del “yo soy”, que se organizará integralmente durante la adolescencia.
Como pueden constatar, este pasaje de la fusión a la separación requiere en los seres humanos largos trece o catorce años, según cada individuo. ¿Cómo lo sabemos? Solo observando a los niños y constatando hasta cuándo experimentan las realidades emocionales de sus padres como si fueran propias.
A modo de curiosidad, contemplemos a los niños de dieciocho meses o de dos años que, al mirar una foto de sí mismos, suelen exclamar: “¡Mamá!”. Porque ellos y mamá somos uno solo.
Llegar a los dos o tres años y organizar la separación del sí mismo respecto del otro corresponde a un despliegue importantísimo para la estructura psíquica del niño. No nos referimos solo a la adquisición del lenguaje verbal, sino a toda la percepción del sí mismo como ser separado y que puede interactuar con los otros.
A partir de ese momento, la vivencia emocional y la sensación de “completud” con la madre dejan de ser tan absolutas. Pierden esa huella paradisíaca ya que, a través de la fusión con las madres, los bebés se sienten unidos al Universo. Obviamente, los adultos no deberíamos olvidar que todos somos Uno y que la separación nunca es completa.
¿Por qué es importante comprender el fenómeno de fusión emocional?
Observamos cotidianamente todo tipo de manifestaciones molestas en los bebés y niños pequeños. Es lamentable que nos conformemos con respuestas cerradas, diagnósticos dudosos o ausencia de preguntas. Claro que es importante saber “por qué” ocurre algo, pero también necesitamos abordar “para qué” el bebé manifiesta un dolor, queja, molestia, enfermedad o llanto.
Anular un síntoma del bebé no debería ser nunca un objetivo. Al contrario. Deberíamos ser capaces de sostener esa señal hasta entender qué está pasando y cuál es la realidad emocional que las madres tenemos que comprender o atravesar. Partiendo de la evidencia de que si el bebé lo manifiesta, es porque hay algo verdadero en la sombra de la madre. Puede ser independiente de los problemas actuales que las madres atravesamos, ya sean económicos, afectivos, emocionales, familiares o psíquicos. El bebé manifiesta la sombra, es decir, lo que no somos capaces de reconocer conscientemente.
No importan las interpretaciones que sostenemos las madres durante la crianza de nuestros hijos. Apuntamos a la imperiosa necesidad de hacer consciente la propia búsqueda. En la medida en que nos interrogamos con honestidad, liberamos instantáneamente a nuestros cachorros, porque nos hacemos cargo de nuestra propia sombra (no necesariamente de la resolución concreta de los problemas, ya que esa tarea puede requerirnos la vida entera).
¿Qué es la sombra?
Este término, utilizado y difundido por C. G. Jung, intenta abarcar algo más que el término “inconsciente” difundido por S. Freud. Se refiere a las partes desconocidas de nuestra psique, pero también a las fracciones desconocidas de nuestro mundo espiritual.
Nuestro mundo es polar, es decir, todo en el Universo tiene su par contrapuesto: luz y sombra, día y noche, arriba y abajo, duro y blando, masculino y femenino, tierra y aire, positivo y negativo, dulce y salado, hombre y mujer, etcétera. Nuestro mundo psíquico y espiritual también está formado por su parte luminosa y su parte oscura, que aunque no la veamos, opera. El propósito de cada ser humano, reside en atravesar la vida terrenal en busca de nuestra propia sombra para llevarla a la luz y caminar por el sendero del amor.
La sombra personal se desarrolla desde la infancia. Naturalmente, todos nos identificamos con ciertos aspectos como la generosidad y la bondad, mientras despreciamos los opuestos; en este caso, serían el egoísmo y la maldad. De esta manera, nuestra luz y nuestra sombra se van construyendo simultáneamente.
Robert Bly decía que nos pasamos los primeros veinte años de nuestras vidas llenando una mochila con todo tipo de vivencias y experiencias..., y luego transitamos el resto de nuestras vidas tratando de vaciarla. Es una buena metáfora para abordar la tarea que tenemos pendiente con nuestra propia sombra. En la medida en que rechazamos vaciar la mochila, se hará cada vez más pesada y más peligrosa ante cada intento de abrirla. O sea, no hay alternativas. El encuentro con el sí mismo es obligatorio. O nos sinceramos para indagar en nuestros aspectos ocultos que producen sufrimiento o dolor; o bien estos aspectos buscarán colarse en los momentos o circunstancias menos oportunos de nuestra existencia.
Utilizar las manifestaciones del bebé como reflejo de la propia sombra es una posibilidad entre otras para el crecimiento espiritual de cada madre. En este sentido, el bebé es una excelente oportunidad. Es una ocasión para reconocernos, centrarnos en nuestro eje y hacernos preguntas fundamentales. Es tiempo para no mentirnos más e iniciar un camino de superación.
Cada bebé se constituye en maestro, en guía, gracias a su magnífica sensibilidad y también gracias a su estado fusional con nosotras, las madres. Siendo tan puro e inocente, no configuró aún ningún mecanismo para relegar a la sombra los aspectos que todo adulto decente despreciaría. Por eso manifiesta sin tapujos todo sentimiento verdadero, por más vergonzoso o inapropiado que parezca. Expresa lo que desearíamos olvidar. Lo que pertenece al pasado. Nuestro bebé se convierte en espejo cristalino de nuestros matices ignorados. Por eso el contacto emocional íntimo con un bebé debería ser un período para aprovechar al máximo.
¿Por qué resulta tan arduo criar a un bebé?
Todas las madres —con un mínimo de sostén emocional— somos capaces de amamantar, acunar, higienizar a un bebé y proporcionarle los cuidados físicos necesarios para su supervivencia. Para esta tarea nos hemos entrenado jugando con nuestras muñecas durante toda nuestra niñez. La dificultad aparece cuando se impone reconocer en el cuerpo físico del bebé la aparición del alma de las madres en toda su dimensión.
Reconocernos frágiles como “mamásbebés”. Cuidarnos como tales. Respetarnos con estas nuevas cualidades. Tenernos paciencia en este tiempo tan especial sin exigirnos un rendimiento similar al acostumbrado. La sensibilidad que se nos agudiza y la percepción de las sensaciones ambivalentes son vividas con un corazón inmenso y un cuerpo que sentimos pequeño porque nos percibimos como bebés y adultas simultáneamente.
Es como tener el corazón abierto con nuestras miserias, nuestras alegrías, nuestras inseguridades, incluyendo todas las situaciones pendientes para resolver y con todo aquello que nos falta comprender. Es una carta de presentación frágil: esto es lo que somos, somos ese bebé que llora.
Podríamos considerarla una ventaja exclusiva de las mujeres: la oportunidad para desdoblar nuestro cuerpo físico y espiritual permitiendo que aparezcan con total claridad los obstáculos y dolores personales. El bebé siente como propios todos nuestros sentimientos, sobre todo aquellos que no hemos admitido ni organizado en la conciencia. La mayoría de las mujeres no aprovechamos esta virtud de tener el alma expuesta. Claro que es arriesgado encontrarse con la propia verdad. Sin embargo, es un camino que indefectiblemente vamos a recorrer, aunque la decisión de hacerlo con mayor o menor conciencia sea personal.
Por eso, en nuestro afán por acercarnos a la comprensión de los bebés y niños pequeños, es indispensable recordar que esos seres con quienes intentamos entrar en relación fusional, somos al mismo tiempo las madres que los habitamos. En efecto, los profesionales que trabajamos con niños pequeños (maestras, acompañantes, médicos, cuidadoras, terapeutas) deberíamos encontrar la manera de hacerlo en conjunto y con la disposición de las madres. Sin la información privada de la madre —en especial aquella relativa a los aspectos no del todo conscientes— las manifestaciones de los niños carecen de sentido. Cualquier expresión molesta del bebé es apenas el mejor lenguaje que encontró para comunicar aquello que le sucede, sumergido en la fusión con la madre.
Al tener nuestra alma exhibida en el cuerpo del bebé, es posible ver más claramente las crisis que quedaron guardadas, los sentimientos que no nos atrevimos a reconocer, los nudos que siguen enredando nuestras vidas, lo que está pendiente para resolver, lo que desechamos o lo que resulta inoportuno. A veces los niños manifiestan las crisis en forma tan contundente que solo así tomamos conciencia de la importancia o la dimensión de nuestros obstáculos. Porque tendemos a no prestarles mayor atención, a considerarlos banales y a relegarlos a nuestra sombra.
Criar bebés es muy arduo, porque —así como el niño entra en fusión emocional con la madre para ser— a su vez las madres entramos en fusión emocional con nuestro hijo para ser. Las madres vivenciamos un proceso análogo de unión emocional. Durante los dos primeros años somos fundamentalmente una “mamábebé”. Las mujeres puérperas tenemos la sensación de enloquecer, de perder todos los lugares de identificación o de referencia conocidos: los ruidos son intolerables, las ganas de llorar son constantes, todo nos molesta, creemos haber perdido nuestras capacidades intelectuales o racionales. No estamos en condiciones de tomar decisiones domésticas. Vivimos como si hubiéramos quedado expulsadas del mundo, justamente porque estamos viviendo dentro del “mundobebé”.
Y es indispensable que así sea. La fusión emocional de las madres con nuestros hijos y el contacto con nuestra realidad emocional nos garantizan prodigar buenos cuidados para la supervivencia de la criatura. Podemos cuidar a nuestro bebé si estamos en sintonía perfecta, porque solo así podemos comprender, sentir, traducir y vivenciar aquello que la criatura necesita.
El desdoblamiento del alma femenina, o la fusión emocional en el alma del bebé, es indefectible, aunque este proceso sea inconsciente. La decisión de llevarlo a la conciencia es personal. Vale aclarar que este proceso nos sorprende porque no lo esperábamos y en general, solemos rotular de mil maneras las sensaciones incongruentes de las madres y los reclamos indescifrables de los bebés. En muchos casos se diagnostican “depresiones puerperales” cuando lo único que acontece es que se plasma la distancia entre aquello que creíamos que deberíamos sentir y lo que nos sucede en ese brutal y verdadero encuentro con la propia sombra.
¿Las depresiones puerperales son o se hacen?
Hace ya muchos años que vengo denunciando los abusos que se cometen en los diagnósticos desacertados de supuestas “depresiones puerperales”, que derivan en medicaciones psiquiátricas. Profesionales y allegados nos asustamos cuando aparecen emociones extrañas y desgarradoras en las madres que hemos dado a luz. Pero en lugar de recibir apoyo para bucear en las profundidades del alma femenina, sostenidas y afectivamente seguras... prefieren adormecernos, logrando apaciguar el ánimo de los demás, y renunciando a nuestras capacidades físicas y emocionales para ocuparnos de nuestro bebé, quien —con frecuencia— es entregado a otra persona para que lo “materne”. A veces la lactancia se corta, las madres sentimos que somos incapaces y que estamos haciendo las cosas terriblemente mal.
Para que una depresión puerperal real se instale, se necesita un desequilibrio emocional o psíquico importante previo al parto, sumado a la experiencia de un parto maltratado (una cesárea abusiva, haber atravesado el parto sola, haber sido víctima de amenazas durante el trabajo de parto o haber sufrido desprecio o humillaciones por parte de los asistentes) con el agregado de una cuota importante de desprotección emocional, en el posparto inmediato. Incluso así, las madres —con un mínimo de sostén emocional, escucha, solidaridad, compañía o apoyo— superaremos sin dificultades el derrumbe emocional como consecuencia de una experiencia tan devastadora.
Existe una confusión entre el concepto de “depresión puerperal” y el de “encuentro con la propia sombra”. En todo caso, responde a un nivel de ignorancia generalizado sobre las realidades emocionales de las parturientas. Es preferible aprender algo sobre el estado puerperal que medicar sin medir las consecuencias a cualquier mujer que llora porque se siente perdida o descolocada.
El encuentro con la sombra a partir de la presencia de un bebé es indefectible, aunque algunas mujeres logramos maquillarnos y mentirnos mejor que otras. Para ilustrar este concepto, les relataré brevemente el caso de Romina (todos los casos narrados en el presente libro pertenecen a una época en la que yo aún atendía a los consultantes personalmente. Como señalé, esto ya no sucede. En la actualidad cuento con un equipo de profesionales formados, entrenados y supervisados por mí. Asistimos solo a aquellas mujeres y aquellos varones dispuestos a indagar en la totalidad de sus vidas a través de la construcción de su biografía humana, método explicado en otros textos).
El caso Romina
Romina llegó a mi consultorio acompañada por su marido, con su bebé de dos meses en brazos. Estaban asustados. Romina creía ver cosas que no sucedían.
Decidí investigar desde el inicio, encarando su biografía humana. No podíamos evaluar qué estaba sucediendo si no armábamos el rompecabezas de la totalidad de su vida, abordando lo que ella sí conocía de sí misma, pero agregando también aquello que no conocía, es decir, su sombra.
Romina era hija de un matrimonio muy joven, qui
