Prólogo
por Florencia de la V
Mi mamá era modista. Por desgracia, murió cuando yo tenía solo dos años. Pero de chica siempre sentí que la mejor forma de acercarme a ella era a través de la máquina de coser. Creo que los nueve meses del embarazo hicieron que el traqueteo y la vibración de la máquina me transmitieran mucho. Y así, estar cerca de ese aparato siempre fue estar cerca de ella. De este modo empezó también mi relación y pasión por la moda, incluso antes de nacer.
Tenía seis años cuando aprendí a usar esa máquina de coser. Mi primer coqueteo con ese mundo fue hacerles vestidos a las muñecas de mis primas, y ya más grande, copiar los moldes de la revista Burda. Siempre fui una apasionada del tema y leía con entusiasmo Vogue y Para Ti.
Con el tiempo llegué a la adolescencia, una época que en general es de muchísima exploración con respecto a la moda. Uno va pasando por diferentes etapas, estilos y emociones, porque dependiendo del estado de ánimo incorporás distintas modas y tendencias. En un momento te ataca la época dark, en otro la tecno y así sucesivamente. Es que la adolescencia brinda una genuina libertad para ponerte lo que quieras escudado por la edad.
Sin embargo, a medida que fui creciendo, traté de ir forjando un estilo. Empecé a conocer a los grandes diseñadores y a fantasear con poder vestirme con ellos algún día. Recuerdo los años 90, cuando en la Argentina pensar en ponerse un vestido de cóctel era aseñorarse, y la mujer era mucho más de los pantalones. Pero a mí siempre me encantó esa prenda y la defendí desde entonces, ya que me parece un ítem muy femenino. Y sobre todo creo en la ropa extremadamente femenina. Soy pro vestido, pienso que la mujer necesita de las muselinas, la gasa, la seda…
Sé que es difícil crear un estilo. Vas creciendo y en el camino tenés aciertos y desaciertos. Pero considero que lo más importante es ser fiel a uno mismo. Con los años aprendí a comprarme las prendas que me sentaban bien a mí y no tanto lo que se usaba. Sé que todas queremos ese detalle de la temporada, pero a veces no es halagador para nuestra figura. Entonces es preferible no estar con el último grito de la moda, aunque sí espléndida en tu propio cuerpo. Porque para verse bien hay que rescatar lo mejor que tenemos. Después de años de conocer mujeres, también aprendí que ninguna está del todo contenta con su cuerpo. La que tiene mucha cintura se queja porque quiere cadera, la que tiene cadera no está contenta con su espalda y así hasta el infinito. Por eso lo importante es que todas podamos resaltar lo mejor que tenemos, sean los hombros, la cintura o el escote.
Otro error que superé con los años fueron los prejuicios con determinadas prendas. A veces veía algo en un perchero e inmediatamente pensaba: “No, eso no me va a quedar bien”. Hoy me pruebo todo porque creo que nunca sabés lo que te puede favorecer. Hay vestidos que son divinos en la percha y el maniquí, y luego puestos son espantosos. Y hay otros por los que no das ni dos pesos, pero en el cuerpo sientan de maravilla. También hay que sacudirse las ideas preestablecidas sobre ciertas cosas, como pensar que las blusas son de vieja o que a partir de cierta edad es necesario taparse los brazos. No creo que haya reglas en ese sentido, todo tiene que ver con cómo lo llevás y lo aggiornás a tu estilo.
Hoy puedo mirar fotos de épocas anteriores y ver cómo fue evolucionando mi look. Si bien puedo pensar “Uh, este pelo nunca más” o ver que me equivoqué en los colores o los accesorios, creo que en general logré una coherencia a través de los años. Y es que además de sacarme prejuicios e ir encontrando mi look, también me relajé. Dejé de pedirle todo a un solo vestido (que tenga un buen escote, que se vean las piernas, que marque la cintura…) y entendí que, si a veces uso un modelo más cubierto, no estoy vestida de madrina de casamiento.
Aprendí que mejor que cantidad es calidad, y en vez de veinte pares de zapatos quiero uno bueno, que me sirva para combinar distintos looks. Y creo que un buen fondo de armario, con prendas básicas infalibles, te puede salvar la vida. Lo sé hoy y lo aplicaba incluso en mis primeros años de trabajo, cuando mi guardarropa era completamente acotado y cada día debía pensar cómo estar bien para distintas situaciones con las prendas que tenía. En ese entonces batallaba con un vestido negro, una pashmina salvadora, una cartera básica en color neutro, unos stilettos negros, unas chatitas… Y hoy, aunque con más posibilidades, también tengo esos comodines y los repito siempre que los necesito.
Si mi yo de los seis años me viera hoy, seguramente pensaría: “Qué largo camino has recorrido, muchacha…”. Pero creo que sobre todo estaría orgulloso de lo fiel que me fui a mí misma. Porque sigo creyendo que no hace falta comprarse un vestido de Christian Dior para estar fabulosa. Con tu máquina de coser también podés hacerte una prenda divina y ser la reina de cualquier fiesta. Lo importante es tener las ganas y saber llevarlo. Porque el buen gusto y el dinero no siempre van de la mano.
Sin embargo, para transitar ese camino nada me hubiera gustado más que tener un asesor como Fabián. Creo que un libro como este puede enseñarles mucho a infinitas mujeres que están en la incertidumbre de la vida con respecto a su estilo. Ojalá a mí me hubieran dicho en mis comienzos todo lo que van a leer en estas páginas.
Desde hace muchos años, Fabián Medina Flores viene haciendo un trabajo muy valioso para todas las mujeres. Si cuando estaba empezando mi carrera hubiera existido un programa en Utilísima que enseñara a maquillarnos y vestirnos con la gracia y talento con que lo hace él, el camino habría sido más fácil. Todos los días, desde La jaula de la moda, brinda sus consejos y recomendaciones, de los que se puede aprender muchísimo. Escucharlo es como asistir a una genial clase gratuita de una persona extremadamente especializada en la moda, que ha vestido a las celebridades más destacadas y armado los outfits más maravillosos. Su modo además agrega gracia y estilo al aprendizaje. Fabián tiene todo lo que un docente ideal debería tener: está en lo general, pero también en los detalles; brinda devoluciones de una forma amigable, aunque firme; y siempre se toma el tema con seriedad. Lo admiro profundamente, y ha sido una de las personas que más me ha acompañado, guiado y enseñado en este camino de la moda a través de los años. Qué bueno que ahora más mujeres puedan disfrutarlo, aprender de él y de alguna forma tenerlo siempre cerca para que las acompañe en su propio trayecto.
Introducción
Un cambio real y posible
Durante muchos años creí que todos esos secretos, tips y herramientas que las actrices y modelos aplican para verse mejor servían solo para ellas. Pensaba así porque ellas son las profesionales, las que más fácil pueden contar o transmitir lo que tiene que ver con la moda, y en definitiva las que trabajan en ese mundo. Y consideraba que, al dar consejos a las mujeres comunes que no están todo el día bajo los flashes, había que desdoblar y modificar un poco la información.
Pero de un tiempo a esta parte eso cambió. Hoy la gente tiene más instancias en las que vestirse mejor y cuenta cada vez más con acceso a revistas, blogs y redes sociales con muchísimo contenido de moda y estilo. La mujer común está más atenta y más despierta, y aun cuando no deba vestirse todos los días como para una alfombra roja, sabe. El escenario de la moda cambió porque lo que cambió fue la consumidora. Hoy cualquier tutorial en YouTube te enseña a hacerte un smokey eye o los mil modos de ponerte un pañuelo.
Sin embargo, también hay que saber de dónde sacar la información para no hacerle caso a cualquier improvisado. No es cuestión de andar googleando mal. Por eso me parece interesante transmitir mi conocimiento. Los muchos años de trabajo editorial con modelos, el asesoramiento de celebridades y las once ediciones de los desfiles de Clarín Mujer, entre otros proyectos, me aportaron gran experiencia. Y en esos años lo mejor que aprendí es que la devolución es mucho más satisfactoria cuando lo que enseñás lo ves aplicado en alguien que no tiene ninguna relación con la moda, sino que simplemente tiene ganas de verse bien.
Igualmente, una salvedad. Estos son secretos y tips que tienen que ver con la belleza producida (cómo pararte, cómo maquillarte mejor, cuáles son las compras que sí y cuáles las que no, etcétera). No es algo que esté mal porque considero que verse bien nunca es un síntoma de frivolidad, sino que es un factor que ayuda a mejorar la comunicación en toda relación, ya sea con el marido, los hijos, el jefe o las amigas. Cuando una mujer entra a un lugar y se ve linda y huele bien, logra cierta aprobación desde el inicio (y seamos sinceros, eso es lo que todos buscamos). Y sí, es muy valioso tener las herramientas y las prendas y poder armar los looks adecuados, pero lo cierto es que también hay que lograr un resultado final que se parezca a vos. Encontrar esa belleza producida no debería alejarte nunca de saber quién está en verdad del otro lado del espejo. Por más que suene contradictorio, la mujer que sos se tiene que parecer a la que querés ver reflejada. Lo esencial debe estar siempre. Porque si no solo voy a estar ayudándote a conseguir una buena foto de Instagram y el cambio no va a ser real ni duradero. Por desgracia, conozco muchos casos de mujeres que trabajan tanto por su look que al final terminan dejando de lado quiénes son de verdad, y ya no se reconocen.
Hay secretos de las más lindas que podés copiar, pero eso nunca tiene que alejarte de lo que verdaderamente sos. Porque ahí va a estar tu brillo real, ese que no se puede fabricar ni fingir. Lo que te propongo en este libro es buscar la mejor versión de vos misma. Podés tener un referente famoso o te puede gustar el estilo de la chica que está corriendo en la cinta de al lado en el gimnasio, pero esas deberían ser solo guías que no te tienen que mover nunca de tu propio y personal eje. Porque al copiar o inspirarte demasiado en alguien, el gran riesgo es volverte tu propia caricatura. Juliana Awada y Guillermina Valdés, por ejemplo, siempre fueron mujeres guapas. Pero hoy las vemos monísimas y tremendas porque están en su mejor momento y versión. Sin embargo, nunca dejaron de ser ellas mismas.
Este libro te invita a imitar, tomar y aplicar algunos tips y recomendaciones que te ayuden a hacer el ejercicio y generar el hábito de cómo embellecerte fácilmente. Pero siempre teniendo en cuenta a quién se le está haciendo el proceso. Podés modificar o no el largo de las uñas, pero siempre va a ser en función de las manos y dedos que tengas porque si no se pierde la materia prima sobre la que hay que trabajar. Por ello hace falta una mirada honesta. Hay que aceptar quién sos y el cuerpo que tenés, y ver cómo trabajar a partir de eso.
En todos estos años aprendí que la traba más difícil para mejorar la imagen es precisamente no reconocer a la persona que se tiene delante del espejo. Con más o menos presupuesto, esa siempre es la constante. Y una vez superada esa instancia, todo es mucho más fácil y los cambios resultan más duraderos. La buena noticia es que con el libro podés tener un asesor de imagen en casa que te acompañe y guíe en este cambio. Pero el secreto y la llave final siempre van a estar en vos.
La belleza comienza con la decisión de ser uno mismo.
COCO CHANEL
Capítulo 1
Una mujer frente al espejo
Desde hace mucho tiempo veo que las mujeres frente al espejo no se reconocen. Ven a otra persona. A un enemigo o una desconocida.
Vicios que se repiten
En este camino reconozco dos vicios que se repiten. Uno es el #todoespoco. Las mujeres que, si tienen lindos ojos, quieren además linda boca; si tienen pelo lacio, lo quieren enrulado; si tienen cola, quieren lolas; y si son muy chatas, también quieren ser muy flacas. Si están deprimidas, se compran algo, pero también lo hacen si están contentas. Si tienen ganas de festejar con amigas, organizan un viaje de compras (aunque cualquier viaje puede ser de compras). Siempre van a encontrar, donde sea que estén, la posibilidad de adquirir ropa.
Hay muy pocos hombres que deciden tener más de seis camisas negras, pero para una mujer nunca nada es suficiente. Un hombre puede vivir con seis trajes y no le da satisfacción pensar que podría tener una tienda entera en su casa. No lo vería práctico. Pero la fantasía de cualquier mujer es esa: tener una tienda a disposición. Y sucede por más proba que sea, siempre va a acumular, aunque con esa acumulación no siempre resuelven. Creo que solo lo deportivo se compra por lo funcional; lo demás es por tentación, son como amores fugaces. Y algunas prendas incluso mueren en el placard y no tienen la dicha de salir a las pistas. Imagino que debe ser muy difícil ser mujer y que todo el tiempo estén diciéndote: “Esto tenés que tenerlo porque, si no, no podés vivir esta temporada”, y cuando finalmente lo tenés, ya no se usa. Y repito, no es algo que no sepan, pero igual les sucede a todas. Bienvenidas a la industria de la moda.
El otro vicio es el anclaje. Son mujeres que convierten una foto de un momento en el que estaban divinas en un registro en sus cabezas que suplanta a lo que ven en el espejo. Y eso luego lo usan como recurso o método de defensa: “A mí me queda bien la máscara de pestañas celeste”, “A mí me queda bien delinearme mucho abajo”. Son situaciones que quizás les quedaron efectivamente bien en algún momento y etapa de sus vidas. Pero cuarenta años después siguen arrastrando ese anclaje y ya no funciona. En realidad, lo que les va a sentar bien es lo que les quede mejor hoy.
Esto es muy común. Sucede porque se vieron bien en ese look alguna vez o porque les resultó la clave del éxito de algo. Si el día que sedujeron a su novio, marido o amante tenían un short, cuando se divorcien y vuelvan a batallar van a volver a esa prenda. Les pasa lo mismo a las que vivieron algo similar con l
