La canción del mar

Fragmento

PRÓLOGO

La Flor del Lago

Mar del Plata, verano de 1914

El atardecer tiñe de rosa los acantilados que desafían al mar. Las olas baten ese risco barrido por los vientos, empeñadas en convertirlo en polvo y piedra.

En la cima del promontorio que las gaviotas sobrevuelan se alza un castillo con reminiscencias medievales. Las torres albergan en su interior un salón de té, y las dulces notas de una orquesta acompañan el murmullo de las conversaciones.

La temporada está en su apogeo.

Sentadas en un rincón próximo al ventanal que se abre sobre las aguas, dos hermosas mujeres se disputan la atención del único galán. Las capelinas blancas se inclinan al compás de las risas femeninas. Él es un dandi, su traje de lino hace juego con los vestidos de las damas. Y su sonrisa las cautiva.

Un camarero deja sobre la mesa el pedido: batido de alcohol para el caballero, té con galletitas Bubú para ellas, la clásica merienda del Torreón del Monje.

Afuera, pequeñas luces se encienden sobre las lomas de Mar del Plata, como estrellas caídas del firmamento. Poco a poco, la noche irá cubriendo el azul purísimo, para confundirse con la negrura del mar. Y será el momento de acudir a los bailes del Bristol, o de visitar alguno de los majestuosos chalets que salpican la loma con sus ventanas ojivales, sus torrecillas, sus escalinatas de piedra y su maderaje. Las familias de prestigio reciben en esas mansiones de inspiración europea con el savoir faire que las distingue.

—Hace siglos —dice el joven de pronto, con aire conspirativo— ocurrió aquí una tragedia.

—¿En serio? Ay, no, no quiero saberlo —se horroriza una de las damitas.

—Yo sí. Cuente, por favor.

La más audaz devora con sus ojos de avellana las facciones patricias del hombre. Ella y su hermana se lo disputan, aunque en franca camaradería.

—Es una leyenda, pero lo cierto es que hace diez años la cuadrilla de obreros que picaba la piedra que hay aquí debajo encontró un cofre con veinte monedas antiguas, el plano de una fortaleza y dicen que también un pliego con la historia de un amor perdido.

—¿Un amor perdido? Es tristísimo —se conduele la más joven.

—Cuente, Fernán, que usted sabe contar tan lindo…

Marela, la mayor, hace gala de un arte para seducir que su hermana aún no posee.

Fernán se echa hacia atrás para atrapar la atención de las muchachas y comienza a relatar en voz baja y profunda:

—Fue hace mucho, en el siglo diecisiete. Parece que aquí no había más que rocas desnudas, y un fraile de la Orden de los Calvos quiso levantar un fuerte para la defensa de una reducción de indios que los Jesuitas habían construido hacia el poniente.

—¡Indios! ¿Aquí mismo?

—Por cierto, Danila. Indios, y bien bravos. Como los frailes tenían una misión a orillas de un gran lago, querían protegerla de los posibles ataques y construyeron una torre, artillada con cañones y defendida por el español Alvar Rodríguez, que vivía dedicado a vigilar la costa.

—Qué vida tan aburrida —acota Marela con coquetería.

—Verá usted que no, que aun solitario el hombre supo conquistar el amor de una muchacha.

—¿Cómo es eso?

—Sucede que en la misión había una india acristianada muy hermosa, llamada Mariña.

—¡Qué nombre!

—Parecido al tuyo —dice Danila, molesta por el protagonismo de su hermana.

—Siga, Fernán, es apasionante lo que cuenta.

—¿El soldado era calvo también? —pregunta con inocencia Danila.

—Terminó siéndolo al final. Antes, fue un valiente defensor de la fortaleza.

—¡No interrumpas! Prosiga, Fernán —y Marela apoya con delicadeza su barbilla sobre la palma, en actitud soñadora.

Un pestañeo deja por un instante mudo al joven, que al fin continúa:

—El asunto fue que los Calvos y los Jesuitas avanzaron hacia el mar y rodearon esta fortaleza con sus caseríos. Aquella joven graciosa, y liberal como todas las indias, pronto atrajo las miradas de los hombres, que la llamaron “La Flor del Lago” en honor a su salvaje belleza. Uno de ellos era el cacique Rucamará, pero Mariña sólo tenía ojos para Alvar Rodríguez, el vigía del Fuerte. A escondidas, los amantes se encontraban, ora en la fortaleza, ora en la reducción. Iban y venían, fingiendo trabajos que les permitían verse.

—¡Qué desfachatez! —exclama la más joven, ruborizada.

—Calla, Danila. El amor es así, impetuoso.

Fernán, que cada vez se siente más atraído por la mayor de las hermanas, se atropella con las palabras:

—Celoso tanto de Mariña como de las posesiones de los frailes, Rucamará prepara un asalto. Quiere apoderarse de la mujer y de la fortaleza. Soborna a los indios fieles y una noche ataca el sitio y mata a todos los soldados.

—¿Al soldado español de los Calvos también?

—A ése casi lo despena, pero se salva por un pelo… quiero decir… por poco. Al final, Alvar Rodríguez huye hacia la misión en busca de refuerzos, y la encuentra dominada por los indios. Vencido, decide organizar su venganza con más tiempo. En la torre queda el cacique victorioso entre los muertos, con la india Mariña desmayada a sus pies. A partir de ese momento, la obliga a ser su mujer.

—¡Qué espanto!

—Pasan los meses y los años, y Alvar Rodríguez, que vive pensando en su amada, se refugia en el convento de los Calvos como penitente. Rucamará vigila a Mariña, que de todas sus esposas es la preferida, y la colma de regalos. La india cristiana, mientras, llora en secreto su amor perdido. Pero el que traiciona es a su vez traicionado, y una de las esposas del cacique, enferma de celos, los adormece a ambos con una droga y manda llamar al soldado Rodríguez para entregarle el Fuerte.

Ya Marela y Danila se toman de las manos, expectantes, dispuestas a escuchar un final feliz. Fernán, que sabe mantenerlas en vilo, se demora un momento antes de continuar.

—Rucamará despierta antes de lo previsto y, furioso al descubrir la traición, ordena preparar una hoguera para la infiel esposa. Justo en ese momento se escucha el salvaje galope de caballos que bajan de la colina. El cacique sólo atina a tomar en sus brazos a Mariña y huir, perseguido de cerca por Alvar Rodríguez, que está dispuesto a vengarse.

—Diga que Mariña fue rescatada, Fernán, se lo suplico —clama Danila con las manos juntas en actitud de oración.

Fernán sacude la cabeza con fingido desaliento.

—Ah, queridas mías, estamos bebiendo y tomando el té sobre un rastro de sangre y humo. La fortaleza ardiendo, los caballos galopando como furias por la orilla del risco, la noche trepidando con truenos y relámpagos…

—¿Y Mariña? ¿Y Alvar?

—Corren los jinetes en alas del viento nocturno, y cuando ya el soldado español está a punto de alcanzar al cacique que lleva sobre el lomo de su potro a la india dormida, Rucamará suelta un grito espantoso, de amor y dolor. “¡Malditos!”, se le escucha decir, y se arroja al abismo con su preciosa carga en los brazos.

El silencio corona las últimas palabras del joven. Mudas, las hermanas miran los recovecos del torreón como si por primera vez notasen las piedras, las arcadas y las almenas sobre sus cabezas. Allí, en tiempos lejanos, había habido un drama del que sólo el mar quedaba como testigo.

—¿Qué… qué hizo Alvar Rodríguez, Fernán?

—El pobre hombre recuperó la fortaleza pero no a su amada, y a modo de penitencia se dedicó a meditar y a observar el cielo en esta misma torre. Dicen que desde entonces suele verse la fantasmal figura de un indio que salta sobre el risco, y en las noches oscuras se oyen cascos de caballos retumbando entre las rocas.

—Oh…

—Por eso existe esta torre, señoritas, en recuerdo de aquella otra donde ardió el fuego del amor y de la guerra. Y el señor Ernesto Tornquist decidió edificarlo según los planos hallados en el cofre, y así se explica también que a esta torre Belvedere se la llame “Torreón del Monje” en memoria de Ernesto Tornero, el fraile de los Calvos que ordenó su construcción. ¡Hace hoy diez años exactos!

Satisfecho de la impresión causada, el joven chasquea los dedos para llamar al camarero y escolta a las damas fuera de la confitería.

El crepúsculo los envuelve en fresca brisa y caminan por la orilla del Paseo General Paz, disfrutando de los floridos jardines y de la vista de los chalets a lo lejos, con sus puertas francesas de ricos cortinados.

—¿Qué haremos hoy? —se pregunta Marela, olvidada ya de la tragedia de la Flor del Lago.

—Lo que usted desee.

—Se me antoja escuchar el concierto que darán en la Rambla. Y luego podríamos reunirnos con Enriqueta Unzué y Laurita Hardy, que repartirán juguetes de París en el cotillón de los niños.

Danila se demora y mira hacia atrás la efigie del torreón iluminado en el sereno atardecer. ¿Será cierto que allí se vivió un amor desdichado? La imagen del bravo indio que muere sepultado entre las olas con su mujer en brazos la conmueve tanto como la del soldado que pelea por su amada.

—¡Vamos, Danila! ¿Qué estás pensando?

—En el significado de esta leyenda.

—¡Tonta! ¿Qué puede significar?

—Que todo amor nacido a la orilla del mar tendrá que sufrir mucho para llegar a buen puerto.

PRIMERA PARTE (1880-1886)

Marejada

Invierno en Trenque Lauquen

La noche envolvía en sombras el campamento a las puertas del Fortín Pampero, apenas un cuadrado de tierra con dos ranchos de carrizo en su interior. Relevada la guardia y el corneta de órdenes en su puesto, los soldados podían relajarse y disfrutar de la hora ganada con el sudor y la sangre. Venían de largas jornadas acorralando al indio más allá de las salinas, su reducto sagrado. La comandancia había dispuesto asado con cuero y libertad para visitar la pulpería. Las risas, las chanzas, la guitarra y algún que otro grito de alarde, trepidaban en esa región del desierto. El frío invitaba a rodear el fogón y compartir el mate. El soldado Iriarte participaba de los festejos con su habitual mutismo, sólo sus ojos oscuros denotaban la alegría de haber vencido al salvaje y de sentirse parte de algo en los últimos años. El ejército, aun si se trataba de aquella tropa mal vestida y hambreada, fatigada de cabalgar los patrios y sin un real en la bolsa las más de las veces, se había convertido en su hogar. Allí nadie preguntaba nada. Casi todos tenían algo en su haber, y los que no, respetaban los secretos del otro. Ser soldado implicaba forjarse una identidad en la que cada regimiento podía reconocerse. A Iriarte le había tocado en suerte pertenecer al 2° de Infantería, comandado por el coronel Nicolás Levalle. “A la frontera”, le habían dicho cuando se topó con aquella partida, varios años atrás, en su huida frenética hacia ninguna parte. Y le pareció un destino como cualquiera.

Allá fue, con el alma en pedazos y el coraje a flor de piel.

Manuel Iriarte se destacó enseguida por su arrojo y, sobre todo, por su fidelidad. Todo soldado saca su temple del ejemplo de su superior, y en Manuel aquel ejemplo llevó hasta el límite sus capacidades. “Iriarte”, le dijo un día su sargento, “si sigue así, nos va a dejar atrás a todos. ¿Qué quiere, llegar a general?”. Había sido broma, pero tenía su fondo de verdad. Manuel quería ser alguien, por primera vez en su vida. Y si no lo pudo lograr en su tierra correntina, lo lograría en esta otra, de pastos duros y horizontes en llamas. Hasta que el recuerdo que lo laceraba cada noche se hiciera cenizas en su pecho.

En medio de la algarabía reinante, una noticia cayó como la niebla al amanecer: “Novedad”, se escuchó. Y la superioridad se reunió en el rancho más amplio, al que llamaban “despacho”. ¿Qué podía empañar aquella justa alegría del deber cumplido? Nada. En esa certeza, los soldados continuaron festejando, jugando a los dados, bebiendo, apostando para cuando tuvieran su cédula de baja por fin, y saboreando por anticipado la carne que chorreaba jugo en las estacas.

—Mirenló al sargento, viene con cara de vinagre —dijo uno.

Antes de que se arrimara a la ronda del mate, ya circulaba el rumor: “levantamiento”, “revolución”, “la provincia en armas”.

—Disfruten esta noche, muchachos —vociferó el sargento—, que mañana al clarear nos mandamos a Buenos Aires. Parece que las autoridades andan solicitando tropas de refuerzo para no sé qué revoltijo.

El soldado Iriarte sintió un peso de plomo en el pecho.

Buenos Aires, el sitio de su desgracia. Él no podía volver.

Fue el único que no vituperó ni abucheó la noticia. Su zozobra iba más allá del malestar por tener que emprender otra guerra, esa vez con un enemigo difuso, ya que el indio era el indio, mientras que las lealtades políticas pasaban de un lado al otro con facilidad.

—¿Y quién manda? —se atrevió un soldado que llevaba tantos costurones como huesos en el cuerpo.

—El coronel dice que Avellaneda lo llama, por no sé qué asunto de la capital del país. Tejedor rodeó la ciudad y hay que apuntalar a Roca.

—Ah… Entonces, no hay más que ir, carajo.

Así opinaban todos. Aquellos hombres de bravura épica no concebían desoír la voz de la patria si el presidente llamaba.

Manu no podía. Imposible. Pisar Buenos Aires equivalía a ponerse la soga al cuello, ya que allí había dejado un muerto y varios enemigos. Fue una contienda justa, pero aun así…

—Acérquese, Iriarte, o se quedará sin su pedazo —lo alentó el sargento al descubrirlo en las sombras.

El resplandor del fuego iluminó su expresión desencajada.

—¿Qué le pasa, hombre?

Manu callaba su terror.

—A ver, venga —y con paternal gesto el sargento lo invitó a seguirlo. Cuando se encontraron a diez metros del corrillo de soldados hambrientos, el sargento le dijo sin ambages:

—Usted anda escapando, Iriarte, no me lo niegue. Lo sospeché desde el primer día. Venimos juntos desde hace mucho, y hoy me va a decir por qué huye.

Manu luchó en su interior con la necesidad de mantener silencio y la debida honestidad al jefe. Transcurrieron algunos minutos hasta que triunfó, como siempre en él, la lealtad.

—Maté a un hombre.

—¿Uno? —y el sargento prorrumpió en carcajadas—. Por mi vida, que si es eso yo tengo que hacerme monje. Habrá matado al menos a veinte salvajes, Iriarte. Claro que si para usted no son hombres…

—Maté a un caudillo —se apuró a decir Manu.

El sargento guardó silencio. Meditaba sobre la magnitud del homicidio. Un caudillo podía ser desde un mandadero de poca monta hasta un personaje encumbrado de la política. Ya podía captar la dimensión del problema de su subordinado.

—¿Y hace cuánto?

—Tres años, más o menos.

—Ajá. Bueno, todavía estará fresca la cosa, aunque con estos otros líos que aparecen, quién sabe. ¿Tiene cigarros negros?

Manu sacó de su chaqueta uno aplastado y se lo tendió.

—Vamos a pensar —le dijo el sargento, y encendió su puro.

Fumaron un rato en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, hasta que por fin el sargento habló.

—Vea, Iriarte, usted me cae bien y le voy a hacer un favor. No le pido que deserte, porque eso ensuciaría su nombre.

—Yo no lo haría, señor.

—Si no lo hizo hasta ahora, sé que no va a hacerlo. Por eso voy a hablar con el coronel Levalle, para decirle que usted tiene asuntos que resolver. ¿Dónde podría ser eso?

Manu pensó con fuerza. A Corrientes no quería volver sin la mujer que robó su alma, y hasta que no supiese de ella no se animaba a alejarse. Tampoco deseaba enfrentar a su padre, al que sin duda habría decepcionado. Y como no podía pisar la ciudad, sólo le quedaba merodear por los alrededores. Recordó entonces la recomendación que el doctor Julián Zaldívar puso en su mano el día del suceso: una tarjeta personal con la dirección de su padre, el estanciero del Tandil. Don Julián le había prometido que allí estaría seguro. Manu nunca había utilizado esa ventaja porque antes de poder hacerlo se cruzó con la partida de milicos que lo llevó a la frontera. Sin embargo, aquel papel mugriento dormía siempre en su bolsillo, cerca del corazón.

Le había llegado la hora.

—En El Duraznillo —dijo con firmeza—. Allí me esperan.

—Muy bien. Donde sea que quede eso, le diré al coronel que un asunto urgente lo reclama. Él sabrá entender.

El sargento le echó una ojeada, receloso, y agregó:

—Puede que el coronel quiera hablarle en persona. ¿Está dispuesto?

—Sí, señor.

—Entonces vaya y disfrute del asado, que pasará mucho antes de que coma otro igual en ese sitio al que va.

El sargento lo palmeó con afecto, y Manu sintió que el plomo de su pecho se derretía y lágrimas de gratitud se agolpaban bajo sus párpados.

El ejército. Su hogar. Nunca olvidaría el gesto del sargento.

En esa noche sin luna, quizá una de las últimas que pasaría en compañía de sus camaradas, Manu brindó una de las pocas sonrisas que se le conocían, y ante el estupor de todos tomó la guitarra y rasgueó un valseadito que provocó un coro de voces masculinas.

Todavía ardían las brasas cuando se apagó el eco del último canto.

En la Ciudad de Venecia

El mar se elevó en una ola gigantesca que rozaba el cielo. Su cresta espumosa competía con la blancura de las gaviotas que surcaban ese azul purísimo. Era un bello día.

Algo siniestro se ocultaba sin embargo tras ese mar tempestuoso, algo indescifrable.

La ola ocupó de pronto todo el horizonte, y con un bramido aterrador quedó suspendida entre el cielo y el mar, hasta que cayó sobre ella con pesadez, arrastrándola hacia profundidades donde ya no escuchaba el fragor del oleaje ni el chillido de los cormoranes. ¡Cormoranes! ¿De dónde habían salido? Eran los mismos que ella dibujaba en sus primeros tiempos, cuando se sentaba descalza entre los pastizales, mientras las aguas del río lamían el ruedo de su vestido. Aturdida por ese silencio oprimente, comenzó a boquear. Se estaba ahogando. Justo ella, que solía bucear en el Paraná con su tío Bautista.

“Mamá”, alcanzó a pensar desesperada. Y perdió la conciencia. Unos segundos antes, pudo ver el brillo del sol en la superficie, cada vez más pequeño, como un ojo que se cierra, antes de que la negrura del océano se la tragara para siempre. Había encontrado su tumba donde menos lo esperaba.

Violeta despertó empapada en su bata de seda. En lugar de yacer bajo la masa líquida y fría, se encontró bajo el dosel bordado de su cama. Los pilastres de caoba tallada la aprisionaban en una celda de sábanas revueltas. Había conseguido enredarse en el edredón de raso hasta quedar inmovilizada, de ahí la sensación de ahogo.

Se trataba de un sueño, el primer sueño revelador en mucho tiempo.

Con el corazón agitado se levantó y atisbó el horizonte desde la ventana del cuarto de hotel donde se alojaba. ¡Los sueños habían vuelto! Aquella sorprendente magia que la acompañó desde que tuvo memoria y que de modo inexplicable se interrumpió cuando dejó la patria, había aparecido de nuevo, como una señal. Conmocionada por haber recuperado ese don con el que nació, Violeta se mantuvo asomada a la ventana hasta que su corazón volvió a latir con normalidad. “Es tiempo de volver”, pensó, mientras contemplaba el crepúsculo.

Su ausencia se prolongaba demasiado. Sentía en las venas la urgencia de ver la planicie infinita, la anchura del Plata, el verdor de su tierra ribereña y, sobre todo, el rumor del padre de todos los ríos, el Paraná.

Las aguas del Gran Canal se tornaron iridiscentes bajo los últimos resplandores, y una melancolía profunda se adueñó de su alma. ¿Qué sentiría al regresar?

La partida de Buenos Aires había sido decidida al calor de acontecimientos que rasgaron su vida. Orquestada por su mentor, Julián Zaldívar, y por su padrastro, Rete Iriarte, que se habían confabulado para que ella cumpliese el sueño de conocer mundo y aprender lo que se convirtió en su principal pasatiempo: pintar aves. En aquel momento Violeta pensó que ese viaje sanaría su corazón. Y así fue al principio, mientras caminaba por vez primera sobre los mármoles de los palacios florentinos, y cuando avistó la cúpula de la Academia de Artes y Dibujo. Con el correr de los años, y a pesar de haberse convertido en una de las damas más solicitadas de la sociedad europea, descubrió que no podía huir del pasado y que ella jamás plantaría sus raíces en otra tierra.

Una góndola surcó el agua platinada y se perdió en el laberinto de canales. Damas con capelina y sombrilla de volados, escoltadas por caballeros enfundados en trajes claros, recorrían la rambla costera. Las notas de una melodía invadieron el aire, y Violeta supo que los gondoleros se reunían bajo su ventana para compartir unos tragos de vino al final de la jornada. Estaban felices, impregnados de esa dicha que brota como el agua surgente, sin motivo. La misma que ella solía sentir en la ribera y aun después, en Buenos Aires, antes de que sucediese aquello.

El cielo se tornó morado y la noche descendió sobre los muelles. Las lámparas de los barcos parpadeaban a lo lejos, como estrellas del cielo veneciano.

Una brisa impertinente removió las cuartillas que se amontonaban en su secreter, una serie de dibujos sombreados en los que se repetía una y otra vez la imagen de una garza en distintas posturas: rayando el agua con su pico, dormitando sobre una pata, volando hacia la copa de un sauce. En el otro extremo, una pila de hojas garabateadas con letra ligera, propia de un espíritu impaciente. Y un subrayado grueso en la parte superior: “Volando lejos”, a modo de título general. Cada página llevaba una firma al pie: Ypekû. Sólo ella sabía que significaba “pájaro carpintero” en guaraní. Era el pseudónimo elegido para publicar sus notas, por lo de repicar en el tronco hasta horadarlo. Contempló el último escrito y tomó la pluma para tachar una palabra y agregar otra. Lo llevaría a la academia apenas pudiese. Allí en Europa, sus observaciones habían sido acogidas con beneplácito por damas que actuaban como mecenas del arte y de las ciencias. Una de aquellas señoras, La Filémonne, le tenía particular afecto, y la alentaba a continuar escribiendo. Por supuesto, doña Celina nada sabía. Violeta no deseaba causarle ninguna incomodidad a sus años, menos aún por la responsabilidad que la viuda sentía hacia ella. ¡Y pensar que fue la propia Celina la que la instó, tiempo atrás, a leer aquellos libros escritos por mujeres pioneras que dejaban huella!

Al terminar, se derrumbó otra vez sobre el edredón con un gemido.

“Volveré”, se dijo con convicción. “Se lo diré hoy mismo a doña Celina”.

Sintió la conocida humedad del hocico de Huentru. El perrito había trepado de un salto a la cama y hurgaba entre la seda de su bata, buscando un trozo de piel donde ocultar su trompa. Violeta interpretó esa intervención como otra señal. Huentru era sólo un cachorrito cuando su amigo lo dejó en sus manos al huir, y el único vínculo que la ligaba a su recuerdo. Había recorrido Europa junto a ella, y aunque era bodeguero de raza, se adaptaba a las alfombras turcas y a los colchones de hotel con facilidad. Violeta lo amaba.

—Estás triste, como yo —le dijo en un arrullo.

Huentru se estiró y le lamió la mejilla. Él la adoraba con más devoción aún. Sus ojos verdosos, entrecerrados, la contemplaron atentos. El animal adivinaba cuando la tristeza invadía el corazón de su ama. Violeta lo colocó sobre su pecho y permitió que la cabecita roma descansara en su cuello.

—No somos de aquí —le dijo en un susurro—. Nosotros somos del país de los sauces y los ceibos, somos del río y los juncos, y hasta que no veamos brillar el sol sobre las aguas castañas no podremos ser felices, Huentru.

Un suspiro le confirmó que él estaba de acuerdo. Se fueron quedando dormidos, arrullados por la canción que algún marinero achispado entonaba con intenciones románticas.

Así los encontró doña Celina de Bunge cuando regresó. Después de golpear repetidas veces, la viuda entró al cuarto y vio a su protegida enroscada en torno al perro, las sábanas por el piso y las ventanas abiertas, con las cortinas ondeando. Se inclinó para recoger los papeles que la brisa había arrancado del secreter.

Alcanzó a leer la última frase de una carta:

Te extraño, mamita. A vos y a Batú, al padrino y a Tití, también al pequeño Ignacio. Extraño todo lo que llevo adentro del cuerpo y que en esta tierra anciana no puedo mostrar. Dios y la Virgen nos permitan volver algún día.

—Pobre niña —murmuró doña Celina.

Ella se veía venir ese torrente de melancolía. Hacía tiempo que Violeta se mostraba apática ante las reuniones y los paseos que solían realizar; nada la conmovía ni parecía despertarle ese entusiasmo típico de ella. La viuda sabía que el tiempo del regreso llegaría, y lo aceptaba con fatalismo. Era lo que la vida mandaba. Y sus huesos también le reclamaban reposo. Dios había sido bueno con ella, le regaló en sus últimos años la compañía de una joven encantadora y le devolvió la postrer ráfaga de vitalidad que le quedaba. Todo acaba alguna vez, y doña Celina lamentó no haber propuesto el regreso antes de que Violeta tuviese que pedirlo. Sin duda, y conociendo su naturaleza compasiva, habría debido reprimirse bastante para no afligirla con reclamos.

Con decisión apoyó el pisapapeles de Murano sobre las cartas y se volvió para mirar a Violeta.

—Querida —susurró.

La joven abrió sus esplendorosos ojos de color añil y sonrió con inocencia.

—Doña Celina, me quedé dormida.

—Ya lo veo. Ambos se durmieron —y la dama hizo un guiño en dirección a Huentru, que la vigilaba.

—¿Es muy tarde?

—La hora de cenar. Abajo nos esperan los Paz y Lezica.

—Qué fastidio…

—Puedo decirles que estás indispuesta.

—No, no. Prefiero acabar de una vez con esta cita. Ya la cancelé anoche.

—Estabas escribiendo cartas.

—Sí —y Violeta lanzó un vistazo hacia el secreter—, y aún no las terminé.

—Creo —comenzó a decir la viuda con fingida indiferencia— que es tiempo de recobrar mis hábitos. Tengo que dejar en orden mis papeles, pues me aterra la idea de morirme lejos del país.

—Doña Celina, no hable de morirse.

—Es lógico que esa idea no ronde tu cabecita joven, pero los viejos no tememos dejar atrás lo que ya vivimos. Además, mis piernas no me sostienen tanto, y casi no queda rincón de la vieja Europa que no hayamos visto.

Violeta soltó una risa cantarina.

—Eso es cierto, nos hemos convertido en gitanas.

—¿No te importaría, entonces, acompañar a una pobre anciana en su viaje de regreso?

La joven saltó de la cama como si la hubiese impulsado un resorte.

—¡Claro que no! ¡Volveremos, Huentru! ¿Qué te había dicho? —y se puso a bailar descalza sobre la alfombra.

—Antes —aclaró la viuda carraspeando— debemos cumplir con un compromiso.

—El de los Paz y Lezica, sí.

—Otro, mi niña, al que no podemos negarnos. Es un baile de máscaras en el Palazzo Veneto.

—¿De carnaval?

Doña Celina hizo un gesto desdeñoso.

—Hace rato ya que Venecia no festeja sus famosos carnavales, sólo hace un remedo de ellos en las casas ricas de la ciudad. No podemos negarnos, sin embargo, pues se trata de la familia que con tanta amabilidad ofició de cicerone en nuestra visita, los Foscari.

—Ah, sí, Giovanna.

—Ella te aprecia mucho, Violeta, y deseará sin duda que honres su fiesta privada con tu presencia.

—¿Y cuándo será eso? —suspiró la joven, ansiosa por organizar su viaje de regreso.

—Dentro de seis meses.

—¡Seis meses!

—Se trata de un gran baile, ya que la primogénita se presentará en sociedad, y habrá que dar tiempo a los invitados para preparar sus disfraces. Ya sabemos que esta gente establece sus vínculos comerciales a través de los compromisos sociales.

Violeta se sentó con las piernas cruzadas sobre el edredón y apoyó su barbilla en la mano con gracioso gesto de resignación.

—Como todo el mundo. ¡Odio el comercio!

Doña Celina prorrumpió en una carcajada.

—Curiosa observación para la hijastra de un comerciante nato como Rete Iriarte.

—Mi padrino es más que eso, él es también un benefactor.

La viuda no objetó nada, aunque los largos años de trato con el “Emperador de los esteros”, como le decían al vasco, le daban la razón. Rete había sido un puntal para la gente de la región, pero también un astuto negociante incluso durante la atroz guerra contra el Paraguay. El finado esposo de doña Celina había conocido a Rete Iriarte en circunstancias de comercio, y con él había entablado negocios productivos. Más tarde, cuando la enfermedad de Ovidio Bunge consumió aquella fortuna, el vasco se convirtió en un protector de ella y de sus bienes, esquilmados por los acreedores. Celina Bunge le debía la subsistencia a Rete, y la dicha de cuidar de su hijastra desde que Violeta se instaló en Buenos Aires para estudiar con las Damas de la Sociedad de Beneficencia.

Y ahora también durante ese viaje que ambas compartían.

La viuda no se engañaba, era buena observadora y desde el principio supo que Violeta Garmendia, hija natural de Rosa, la esposa de Rete, tomaría de la educación esmerada que se le brindaba sólo aquello que le interesase, y todo lo demás resbalaría sobre ella como el agua sobre sus amados juncos de la ribera. La secreta ambición del padrastro había sido que Violeta hallase a algún noble poderoso que aportase más riqueza a la que ya tenían en el Iberá. Pulida por el roce social y educada en los círculos más exquisitos de la vieja Europa, Violeta se había convertido en un diamante que sólo los más audaces podían pretender.

Y para Rete, el mundo era de los audaces.

Violeta no aceptó sin embargo ningún cortejo en los años de la Academia de Artes de Florencia, ni se dejó engatusar por los halagos de los jóvenes emplumados de la sociedad italiana. Tampoco se fijó demasiado en los modales de los ingleses ni en los requiebros de los franceses. Mucho menos acusó interés por los pálidos noruegos y holandeses que bebían y reían, satisfechos de sus conquistas marítimas. A decir verdad, doña Celina estaba preocupada. Ella era una mujer astuta, y sabía que el destino de Violeta marcaba un rumbo distinto del esperado. Ya en tiempos del pensionado de Buenos Aires, donde comenzó a conocerla, la viuda entendió que la libertad era el bien más preciado de aquella jovencita todavía ignorante de las hipocresías de la sociedad. En aquel entonces, doña Bunge temió que el conocimiento arruinase la frescura de Violeta, que enturbiase ese carácter original que la volvía única. Al cabo de varios meses, entendió que ésa era la naturaleza de la muchacha, y que era más probable que ella modificase a los otros, antes de que los otros la cambiasen a ella. Tal era la fuerza de su espíritu. Debían velar por su futuro, no obstante. Una mujer sola e independiente tendría que recorrer un tortuoso camino, y doña Celina no deseaba esos sinsabores para su querida protegida. Tampoco verla “vestir santos”. Era demasiado hermosa para desperdiciarse.

—Hay que pensar en el atuendo apropiado —comentó para levantar el ánimo de la joven—. ¿De qué te disfrazarás esta vez?

—Ya fui Artemisa y Polichinela.

—Ese último disfraz fue muy cuestionado.

—¡Era el que me permitía ir de un lado al otro sin que me invitasen a bailar!

—Tenemos que planear algo bello, como despedida —y antes de que Violeta abriese la boca, levantó una mano admonitoria—. ¡Y nada de vestirse de hombre! Giovanna Foscari quiere que adornes su fiesta, y no le daremos el disgusto de arruinar sus expectativas.

Violeta se divertía ante los fingidos desmayos de la viuda. Ella también la calaba hondo, y sabía que Celina Bunge había sido aventurera en su juventud, que acompañó a su esposo en muchos viajes de negocios y que supo abrir su mente ante lo exótico. Durante el tiempo que compartieron el pensionado de la calle Chacabuco en Buenos Aires, se había creado entre ambas un lazo de amistad que saltaba por encima de los años que las separaban. Por eso Violeta celebró que su padrino eligiese a la viuda para que oficiara de chaperona en Europa. Si en su lugar hubiese elegido a su madre Rosa, o a su tía Muriel, ella no habría disfrutado tanto del aprendizaje en el extranjero. Celina Bunge era la compañera ideal.

—Seré una sirena, entonces —repuso convencida.

—Un traje difícil, tomando en cuenta que debes ir vestida. No estarás pensando…

La risa truncó el comentario escandalizado.

—Antes de tomar el barco que me llevará de nuevo a mi país quiero ser sirena. Dicen que los marinos se arrojaban al agua por ellas.

—Espero que no hagan algo tan dramático en la fiesta de los Foscari.

—Sólo podrían ahogarse en champán o vino en esa fiesta —retrucó Violeta—. Los verdaderos amantes hacen cosas más audaces.

Doña Celina se sentó en el taburete descalzador y juntó las manos sobre su regazo de seda negra.

—Querida, sé que puede sonar anticuado y hasta ridículo, pero debes cuidar tu lenguaje en estas reuniones. No por ti ni por mí, sino por los anfitriones. Ya sabemos que hay modales, y que se espera que los conozcamos. Hablar de amantes, o mostrar partes del cuerpo que sólo deben imaginarse, provocaría un escándalo que no estamos en condiciones de afrontar. Nunca has dado lugar a ninguno, Violeta, y espero que podamos irnos de aquí dejando esa buena impresión.

—Por si algún príncipe me pretende —se burló ella.

—Por si acaso, claro está. Que el aburrimiento no te dicte diabluras, hija mía. Voy a llamar a la Piccolina para encargarle tu traje. No cobra demasiado y es buena con la aguja. Dicen que consigue telas de Oriente a muy bajo precio.

—¿Sabe quién me haría un traje fabuloso, doña Celina? Si pudiese estar acá, por supuesto.

—¿Quién?

—La esposa del doctor Julián Zaldívar.

—¿Brunilda? ¡Tienes razón, es un hada! Lástima que instaló su taller en Buenos Aires. Aquí tendría un éxito arrollador, pues posee el don de crear diseños, además de coser de maravillas. Julián la trajo en su luna de miel para que viese las mejores casas de moda de París, y al regresar la colocó en una maison propia. ¿Ves, Violeta? Un hombre así vale la pena de restringir un poco nuestra libertad. Julián Zaldívar es un corazón de oro. Tiene a la mujer que ama en bandeja de plata.

—Oro y plata —susurró Violeta—, de eso se trata todo.

—No me malentiendas. El oro de los hombres como Julián no se tasa, no se compra ni se vende, es del metal más excelso y brilla con un fulgor que no enceguece.

Violeta quedó pensativa ante ese comentario. Doña Celina, así como todos los que conocían a Julián Zaldívar, lo amaban y respetaban. Ella también, sobre todo porque en aquel momento pudo presentir las heridas sangrantes del pasado del hombre. Y comprobar que, pese a ellas, su alma seguía siendo pura y generosa. Tenía razón doña Celina, un hombre así valía la pena. Lástima que no había ninguno como él a la vista.

—Recurriré a la Piccolina entonces —dijo, para cambiar de tema—.Y mientras me dedicaré a terminar mis cartas.

—No olvides la cena de esta noche.

—¡Cierto! Ahora que sé que volveremos, no me resultará tan pesada.

Doña Celina cerró la puerta con una sonrisa dibujada en su rostro arrugado. Violeta Garmendia poseía la facultad de renacer, algo que valía mucho más que el oro en los tiempos que corrían.

Ella también tendría que escribir algunas cartas. Al entrar a su cuarto, contiguo al de Violeta, disipó las sombras encendiendo la lámpara y se sirvió agua de la jarra antes de empezar. Últimamente se le secaba mucho la boca.

Violeta mojó la pluma en el tintero de ébano y continuó la carta inconclusa:

¡Dios me ha escuchado, mamita! Acabo de saber que regresaremos pronto. Primero habrá que soportar algunos compromisos, pero desde este mismo momento seré feliz, porque ya me imagino abrazando a Ignacito, peleando con Dalila y huyendo de la tía Muriel cuando quiera que la acompañe en sus tertulias.

Que Dalila no me guarde rencor por no haberla traído en este viaje. Yo sé bien que la negrita quería verlos a todos allá en Corrientes, que extrañaba a su antigua ama y que moría por ver crecer a Tití y a mi hermanito Ignacio. Ella pertenece a ese sitio, del mismo modo que yo.

Dile a Batú que no le perdono que no me escriba. No es excusa estar ocupado cumpliendo con mi padrino. Mucho menos el pretexto de ser padre. ¡Si hasta Muriel tiene tiempo de mandarme figurines para que le compre ropa de acá, a pesar de sus dos hijitas! Refrésqueme la memoria, mamita. ¿Cuántos años tiene ya la pequeña Dorita? Sé que Elisa cumplió cinco. ¿La llevó su padre al río a contar estrellas? Si Batú no lo hizo, lo haré yo cuando vuelva. Elisa no puede perderse eso. Tampoco me dicen si le enseñaron a descubrir las golondrinas en su vuelo de primavera a Goya. ¡Esa niña no sabe nada, entonces! Tendré que ser yo, su prima mayor, la que la ilustre. Llevo cientos de dibujos para mostrarle. Claro que deberemos quedarnos en Buenos Aires unos días, hasta que se programe el viaje a la ribera.

¡Qué alegría, mamita! Soy afortunada. Veré el cielo de mi tierra otra vez. Y ya nunca lo abandonaré. Lo juro.

El comedor del hotel Cavalletto se iluminaba con pantallas de alabastro. En el centro de las mesas, globos de vidrio con orquídeas negras y cubiertos de plata maciza sobre los manteles de damasco. Las paredes revestidas de brocato hacían del recinto un cofre de joyas.

El capitán Leandro Paz aguardaba al pie de la escalera, las manos tras la espalda y el porte marcial. Violeta lo había conocido en Buenos Aires, cuando él se comprometía con la hija mayor de los Lezica después de años de noviazgo. Era un rompecorazones.

Destacado soldado en la guerra contra el Paraguay que cambió la vida apacible de Corrientes cuando ella todavía era una niña, ya ostentaba el grado de capitán, pues había convencido a su familia de que lo suyo era la vida militar y no el despacho de abogado que le tenían preparado. Su matrimonio con Leticia Lezica lo había convertido además en hombre rico. Esas cualidades, unidas a un carácter impetuoso, ojos encantadores y abundante cabello castaño, completaban su atractivo. Violeta había aprendido a mantenerlo a raya, pues captaba la incomodidad de la esposa cada vez que se encontraban. Por eso no entendía la razón de que a cada rato tuviesen que cenar juntos, pasear por los muelles o beber limonada en los puentes de piedra que unían las laberínticas callejuelas de la ciudad Serenissima.

Él tendió una mano para ayudarla a descender, de modo innecesario.

—Hermosa, como siempre —la galanteó.

—No puedo decir lo mismo, con ese bigote que usted se empeña en dejar crecer —le retrucó ella con malicia, pues había aprendido a coquetear entre los europeos.

—Los años exigen cierta compostura —dijo él, divertido—. Y ya que no se me permite otra audacia…

La escoltó hacia la mesa donde aguardaba Leticia, gruesa de nuevo.

—Disculpe que no me levante, Violeta —dijo la muchacha con cierto empaque—. Este nuevo niño viene atravesado y me cuesta mucho todo.

Violeta se apresuró a ocupar un sitio entre Leticia y una columna corintia, para que Paz se viese obligado a quedar del otro lado.

—¿Y dónde está su tutora? —preguntó él, molesto por la jugarreta.

—Vendrá para los postres. Doña Celina acaba de decirme que desea regresar, y yo le he dicho que estoy muy dispuesta —agregó, sin poder contener su emoción.

El capitán tuvo otro desconcierto.

—¡Cómo! ¿Abandona usted los salones de Europa? No los encontrará mejores en ningún sitio. Hasta pensaba convencer a mi esposa de instalarnos aquí varios meses al año. Yo puedo viajar seguido.

“Y ella quedaría varada con los niños para que oficies de picaflor”, pensó Violeta.

—Yo no podría —se apresuró a aclarar Leticia—. Extraño a mi familia, si bien esto es hermoso. Veníamos con mis padres cuando era soltera, pero no es lo mismo.

Violeta observó el arrobo con que la joven esposa contemplaba al hombre y suspiró, pensando cuánto tenían algunos sin merecerlo. Los Paz y Lezica habían criado ya a tres niños, y el cuarto los pilló en pleno viaje de placer. Leticia se veía desmejorada, su cutis pálido resaltaba el color verdoso de sus ojos. El capitán Paz, en cambio, estaba rozagante en su uniforme de botones dorados.

—Ya veremos —anunció él— qué conviene más a nuestros intereses. ¿Y cuándo sería la partida, señorita Garmendia?

—Por desgracia hay otros compromisos antes, pero no pasará de los seis meses que ya estaremos arribando al Río de la Plata.

—Podrá asistir al baile de los Foscari, entonces.

Violeta creyó percibir un estremecimiento en Leticia al escuchar eso. Decidió no alentar al capitán y fingió complicaciones.

—Estamos invitadas, aunque no creo que vayamos. Doña Celina se encuentra algo cansada, y yo tengo mucho que hacer antes de mi partida. Visitar a mis profesores de arte y comprar algunos recuerdos para la familia.

—En seis meses se puede hacer todo eso y más —objetó el militar.

Violeta frunció el ceño.

—Soy un poco lenta para moverme —contestó.

Leandro Paz la contempló a través de las burbujas del champán. Violeta era una fierecilla que se le escapaba una y otra vez. Él había combatido en el Paraguay junto a su tío, Bautista Garmendia, y conservaba una buena impresión de aquel hombre sereno y callado, capaz de matar con sus propias manos y de salvar al enemigo en apuros al mismo tiempo. Un hombre que no se ataba a nada, salvo a su conciencia. Paz sabía cuánto valor tenía ese temple, y lo admiraba. Bautista debería haberse unido al ejército como hizo él, en lugar de regresar tierra adentro para vivir una existencia monótona junto al río. Y aquí estaba su sobrina, soñando con regresar para hacer lo mismo. ¿Cómo era posible que los atrajesen más la selva y los pajonales que el empedrado milenario de las calzadas romanas?

Tomaron salpicón de cangrejo y carpaccio con queso parmesano. Durante la cena, la conversación versó sobre los atractivos del Adriático y luego sobre temas más personales.

—¿Cómo es que acabó radicándose en Venecia para dibujar, señorita Garmendia? Entendía que era en Florencia donde se encontraban los verdaderos maestros.

—La escuela veneciana es lo que más me atrae: su colorido, su luz, son para mí superiores. Claro que primero debí pulir el dibujo, y eso lo logré en Florencia. Pero Venecia ha sido y será siempre cuna de artistas.

—O la tumba de ellos, por lo menos —completó Paz, refiriéndose a los talentosos que habían elegido ser sepultados en aquella tierra antigua.

—Yo jamás permitiría que me enterrasen en otro suelo que no fuera el correntino —dijo con énfasis la joven.

—Por favor, Violeta, no hable de muerte —suplicó Leticia, que se mantenía concentrada en las pinzas del cangrejo.

—Disculpe, tiene razón. Olvidé que los embarazos nos ponen sensibles. Mi madre estuvo así cuando esperaba a Ignacito. Lloraba seguido, y no le pasaba nada. ¡Era el mejor momento de su vida!

—Señorita Garmendia, no me haga pensar que sabe eso de su propia mano.

—¡Leandro! —susurró escandalizada Leticia.

Violeta rió con ganas.

—Toda mi vida la vivo a través de otros. Y si no, la sueño.

Los dejó para que se las arreglasen con el significado de esa expresión y salió al encuentro de Celina Bunge, que acababa de ingresar al comedor justo cuando la orquesta afinaba sus instrumentos.

—Tocarán Vivaldi —dijo la viuda entusiasmada.

Su esposo y ella habían sido asiduos concurrentes a la ópera y al teatro. Aquellos acordes le traían un remolino de recuerdos.

—Siéntese con nosotros para desviar las intenciones del capitán Paz —le sugirió con picardía la joven—. Después de un rato de música, le dará ganas de fumar un puro y nos dejará solas.

Mientras se encaminaban a la mesa, doña Celina pensó que si Violeta desplegaba esos ardides con todos los caballeros se cumpliría su mayor temor: que se quedase para vestir santos.

Después del turrón de almendras tomaron café turco en la terraza, bajo una cúpula estrellada y acunados por las piezas musicales. El viento frío que atravesaba el canal cubría la Piazza San Marco de una humedad pegajosa con olor a sardinas y a brea. Leandro Paz pidió un sorbete de limón y vodka para él, y refrescos con canela para las damas. Se mostró preocupado por el estado de su esposa, que se arrebujaba en el chal, hasta que por fin cedió a sus requerimientos y la acompañó a sus habitaciones.

—Pobre Leticia. Finita me decía que su hermana sufrió siempre por las infidelidades del capitán —comentó Violeta refiriéndose a su querida amiga, la menor de los Lezica.

—Ay, hija mía, esos dolores de amor nunca faltan. La propia Finita lo sabrá, ahora que ella también está casada.

—Yo no podría permanecer al lado de un hombre que me engañase, doña Celina, y no por celos, sino porque odio la mentira. Prefiero mil veces que me diga “fui infiel” antes que verlo arrastrándose como culebra para ocultar su pecado.

—¡Válgame! Te has puesto dramática hoy. ¿Y qué harías si ese supuesto hombre te confesase su “pecado”? ¡No pensarás en pagarle con la misma moneda! Eso sería el camino de tu perdición.

—Eso no se me había ocurrido —dijo la joven, pensativa—. Creo que lo abandonaría. O tal vez no, pero ya no existiría para mí, viviríamos vidas separadas.

—Entonces no ganaría mucho ese caballero confesándote la verdad. De todos modos, acabarías por dejarlo.

—Qué dilema —murmuró Violeta, como si recién se diese cuenta del conflicto.

Doña Celina se echó a reír, muy a su pesar.

—Querida mía, tienes el don de quitarle el hierro a todo, hasta a las cosas más graves. Entremos, que está refrescando mucho. Ojalá que la noche del baile puedas lucir tu traje de sirena sin cubrirlo con un chal de lana. Y no me refiero sólo al frío —la amonestó.

Esa vez le tocó a Violeta el turno de reír.

Costa atlántica argentina

El día que Manu Iriarte conoció el mar permaneció largo rato en lo alto del médano contemplando la inmensidad palpitante, mientras el viento salobre y la arena le azotaban el rostro curtido. Después de una temporada en El Duraznillo, había cabalgado sin descanso desde las sierras, inclinado sobre el lomo de su moro, deseoso de encontrar el destino que siempre le resultaba esquivo.

Pese a que era hombre de río y avezado pescador del Iberá, aquella masa de agua lo conmocionó hasta lo más profundo. Jamás imaginó que el horizonte fuera azul verdoso, ni que el cielo se desplomara sobre la espuma como lo hacía en ese instante. El sabor en sus labios agrietados le era desconocido, así como la sensación de pequeñez que lo abatía ante la desmesura del océano. Acostumbrado a lidiar desde la infancia con la salvaje naturaleza de los esteros, se creía capaz de enfrentarlo todo. Ese monstruo que bullía frente a sus ojos, sin embargo, le revelaba una verdad rotunda: el hombre jamás lograría imponerse, debía postrarse con humildad ante las fuerzas que no comprendía.

Hundió en la arena sus pies enfundados en botas de potro. Allá en su tierra, las aguas tostadas del Paraná lamían playas blancas donde brotaban como penachos las palmeras enanas y los arbustos repletos de frutos y de flores. Esta otra playa carecía de esa dulzura, poseía la propia fuerza del mar.

Ambos podían devorarlo.

El reflejo ardiente hirió sus ojos y se caló el chambergo. Un relincho tras el médano le recordó que su compañero lo aguardaba con sed e impaciencia. Se irguió y manoseó el papel que guardaba en la faja. Era su salvoconducto: la nota que don Armando Zaldívar, reconocido estanciero de la región del Tandil, había escrito a pedido de su hijo Julián, recomendándolo para un trabajo honesto en aquel paraje indómito. Manu se preguntaba qué podría hacer allí, donde el ímpetu de Dios se manifestaba en todo su apogeo. La ausencia de casas, la falta de ganado y otras señales de civilización, decían a las claras que cualquier empleo le arrancaría jirones de su cuerpo. Lo único familiar para él era el chillido de las gaviotas, pues en los lagunales de su tierra lo escuchaba con frecuencia.

Manu no se arredraba, había vivido más batallas de las que podía contar con ambas manos. Desde que se desgració en los suburbios de Buenos Aires al matar a un caudillo de los nacionalistas de Mitre, su vida se convirtió en una sucesión de huidas y enfrentamientos, hasta dar con un hombre que supo ver en él al correntino de ley, el que mata de frente y con motivo justificado. Manu no se arrepentía de haber mandado al infierno al tuerto. Sietemuertes había manchado el nombre de lo que él más amaba, sólo por hostigarlo y mancillar a su tierna amiga, a la que él protegía desde la infancia por mandato paterno. ¿Dónde estaba ella? El mismo graznido de las aves marinas se la recordaba.

Violeta amaba las aves. Juntos, habían revisado todos los escondrijos del Paraná en busca de nidos, y habían permanecido en silencio muchos atardeceres, aguardando el instante en que una cigüeña se posara en lo alto de un aliso para ahuecar las alas y despedir el día. Él, con sus propias manos, había construido la casa del árbol para que su pequeña amiga pudiese observar el vuelo de las golondrinas en su camino de regreso a Goya.

El regreso.

Jamás volvió a los esteros y era lo que más deseaba, pero se había prometido hacerlo con ella y cumpliría esa promesa. Aunque habían pasado años de aquel episodio funesto, pisar Buenos Aires era peligroso. Sin embargo, estaba dispuesto a merodear los alrededores con la intención de averiguar el paradero de Violeta. Lo último que supo fue que planeaba un viaje a Europa, don Armando se lo había confirmado ante su requerimiento.

¡Maldito el día en que decidieron enviarla a la ciudad para que estudiase con las Damas de la Beneficencia! ¿Acaso no sabía Violeta mucho más que las enclenques damiselas con las que se topó en Buenos Aires? Sobradas veces lo demostró. Y por más que él se empeñó en convencerla de emprender la vuelta, la joven, que ya no era tan niña como cuando se conocieron, se empecinó aun más en quedarse. Así era Violeta, curiosa y valiente. Le gustaban los desafíos, y la gran ciudad se convirtió en uno muy tentador.

Manu dio la espalda al mar y se encaramó de nuevo en la cima del médano.

Tierra adentro se avistaban tres lomas pétreas separadas por suaves valles. En alguna estaba el sitio donde el patrón de El Duraznillo le dijo que encontraría al paisano de su padre, don Pedro Luro. Si era vasco, podía vérselas con él. Conocía el paño, pues era hijo de Rete Iriarte, dueño de El Aguapé en los esteros del Iberá. De Rete heredaba Manu el físico duro, impermeable a las inclemencias, los ojos oscuros y los pómulos pronunciados. Hasta ahí llegaba el parecido, ya que su padre era un hombre poderoso en la tierra correntina, negociante implacable y un patrón capaz de desempeñar cualquiera de los oficios de sus peones. Manu no poseía la misma sagacidad, ni de lejos. Unas fiebres desconocidas le arrebataron la lucidez cuando niño, y desde entonces todos murmuraban a sus espaldas, compadeciéndose del hijo del señor, que se quedaba a medio camino con las entendederas embrolladas, según decía el ama de llaves que lo había criado. Manu aceptó con mansedumbre esa condición de tullido hasta que conoció a Violeta. La niña no parecía notar nada raro en él, jamás se rió de su parquedad ni dejó de compartir con su amigo todos sus secretos. Crecieron juntos. En ese camino de aventuras y confidencias, Manu desarrolló por Violeta un amor absoluto, que no dejaba lugar a ninguna otra cosa.

Y ahora Violeta no estaba a su lado, Buenos Aires se la había robado.

Entre las patas de su moro, noble animal que portaba con orgullo su sangre africana, lo aguardaba un cuzquito blanco y negro, con las orejas erguidas y el hocico oteando en su dirección.

—Vamos, Matrero —alentó al caballo—. ¡Arriba, Duende!

Montó de un salto y taloneó para alejar al moro de la blandura de la arena. El perrito se acomodó en la grupa, manteniendo el equilibrio como un eximio jinete.

El viento borró la huella que dejaron los cascos de su monta con la misma rapidez con que un corazón liviano olvida un amor efímero.

La tarde brillaba en su esplendor cuando Manu se aproximó por fin al sitio indicado. Había cabalgado todo el día, alternando los verdores del campo con el dorado de las arenas, ora contemplando las colinas de cimas planas, ora avistando el oleaje que rompía furioso contra los acantilados. Aquel paraje poseía el mismo espíritu agreste que su tierra correntina, donde el hombre nunca mandaba del todo.

Lo primero que vio fue un barco de vela que se acercaba a la marisma, luchando con denuedo para imponerse a las corrientes que lo zarandeaban. Cuando por fin lo logró, algunas lanchas se arrimaron a la quilla para el trasbordo de la carga, unas vigas de madera. Manu pensó que serían pilares de futuras construcciones, dado que más adentro se veían barracas en las que trabajaban varios operarios. Había también un muelle reforzado por el que iban y venían hombres duchos en cargar pesos sobre sus espaldas. Era el tipo de trabajo que él podía hacer con facilidad. Desde su puesto de vigía apreció también un galpón con molino harinero, en las márgenes de un arroyo atravesado por un puentecito de madera y sombreado de sauces. La construcción más destacada era un chalet de dos pisos, pues del otro lado del arroyo se veía un caserío de ranchos desperdigados y el cementerio. Por aquí y por allá, enormes montículos se alzaban como lomos de dromedario. Parvas de trigo, supuso Manu. Y no se equivocaba, ya que los campos circundantes estaban divididos en cuadrados donde ondeaban las espigas. Sudorosos labriegos se inclinaban sobre las sementeras, mientras el silbato de la máquina de trillar horadaba el aire puro. Frente a ese panorama agrícola, el océano representaba un desafío: habría que transportar los frutos del país a bordo, si se quería entablar un comercio rápido y económico. Manu entendía eso, no en vano era hijo del comerciante más poderoso de la región de los ríos.

A cada momento lo entusiasmaba más la idea de presentarse ante el hombre propulsor de toda esa actividad.

De pronto, unos gritos desviaron su atención. Del vientre de una de las parvas brotaba un corazón de fuego. Varios labradores corrían hacia el arroyo en busca de agua para apagarlo, antes de que se propagase hacia las otras. Vano intento. Por lo que Manu comprendió, el viento del sudeste atentaba contra la empresa. Desmontó con rapidez y ató a Matrero a una rama que sobresalía de un médano. El animal estaba acostumbrado a las correrías en el desierto, no iba a espantarse por unos hombres agitándose.

—Quédate —le ordenó a Duende, que ya se disponía a seguirlo.

Si iba a colaborar con aquella gente, no podía ocuparse también de la seguridad del perro, que era escurridizo y siempre se metía en líos. El cuzquito se sentó sobre sus cuartos traseros casi sin tocar el piso; parecía un resorte dispuesto a saltar en cualquier momento.

Manu corrió colina abajo hasta meterse de lleno en la confusión. El calor que desprendían las parvas, unido al peligro del viento que las llevaba de un lado al otro, le dieron la dimensión del desastre antes de que los labradores pudiesen comprenderlo. Bajo el cielo inconmovible, todo lo acumulado a lo largo de los meses ardió sin remedio. Manu acarreaba agua sin descanso, con el rostro tiznado y los brazos rasguñados. Llevaba y traía, entendiéndose con los desconocidos sin problema. A nadie le extrañó su presencia. Era uno más en la desgracia, tratando de sobrevivir y de salvar algo.

Al final, imperó la desolación. De la cosecha no quedó nada, sólo restos humeantes que el viento frío barrió, dejando a la vista el pasto chamuscado. Algunos se tomaban la cabeza y se dejaban caer al suelo, mientras que otros blasfemaban y levantaban sus rostros sudorosos al cielo. Se escuchaba el llanto de las mujeres.

Todo ese bullicio desconsolado fue engullido sin piedad por el fragor del océano.

Manu puso los brazos en jarras y contempló la miseria desde su papel de forastero. ¿Quedaría trabajo para él después de tremenda hecatombe?

—Hay que avisar al patrón —escuchó decir a su lado.

Un labriego de brazos nudosos movía la cabeza con fatalismo.

—¿Dónde está él? —quiso saber Manu.

El hombre lo miró sin sorpresa, tal vez porque a raíz de la conmoción no pudo advertir lo extraño de ignorar dónde se encontraba don Pedro Luro. Todos lo conocían, todos sabían dónde hallarlo siempre. El labriego señaló una dirección y hacia allí se encaminó Manu corriendo. Quería ser el portador de la noticia, para calibrar la reacción del que a partir de ese día podía ser su empleador. Corrió a todo lo que daban sus piernas y trepó la loma en la que se veía una casita solitaria. Salió a su encuentro un hombre mayor de aspecto fornido y campechano. Vestía bombachas de campo y botas, sin facón ni boleadoras, y un sombrero panamá. Manu percibió la raíz euskera en sus rasgos tallados con firmeza, en la claridad de la mirada que se clavó en él sin ambages, así como en lo estentóreo de la voz que le reclamó:

—¿Qué pasa?

—Se ha perdido todo, señor, a causa del fuego.

—¿Hay desgracias personales que lamentar?

—Ninguna que se sepa, sólo que la gente está desesperada.

—Está bien. Vaya y dígales que seguiré pagando su participación en la cosecha al precio del trigo en el mercado. Y que para la próxima estaremos prevenidos.

—¿Algo más?

—¡Vaya, hombre, que para un campesino la cosecha lo es todo!

Y cuando Manu emprendió la carrera desandando camino, de nuevo la voz de Pedro Luro le exigió:

—¿Y usted quién es?

—Manuel Iriarte, señor, de los esteros correntinos.

—¿Busca trabajo acá?

—Sí, señor.

—Veo que ha colaborado en apagar el fuego —dijo Luro, mirando la traza de Manu.

Sin duda, observaría también el temple del joven que se había acercado al Puerto de la Laguna de los Padres con las manos vacías y una voluntad de hierro. Pedro Luro podía captar eso de un hombre sin necesidad de hablarle. La mayoría de sus obreros eran vascos y gallegos, estaba acostumbrado a su manera de ser.

—Ya lo tiene —dijo, refiriéndose al trabajo.

Sin saber aún qué le tocaría en suerte, Manu sonrió con una felicidad que a don Pedro le pareció más propia de un niño que de un adulto.

—¡Gracias, señor! ¡A sus órdenes!

Al bajar la loma, y mientras avanzaba a zancadas para comunicar la nueva a los agricultores, arrojó lejos el papel donde figuraba la recomendación de Armando Zaldívar. Lo había conseguido solo, sin ayuda de nadie.

Don Pedro Luro cumplió su promesa y no hubo labriegos desahuciados. Todos compartían lo bueno o lo malo que les sucediera. Pronto descubrió Manu que la bonhomía del hombre que le había dado empleo no ocultaba el acero de su carácter, forjado en las adversidades.

Venerado por sus trabajadores, don Pedro actuaba como un padre atento a las necesidades del más insignificante de todos.

Los terrenos que Manu conoció como “el saladero de Meyrelles” continuaron cubriéndose de construcciones: al almacén de ramos generales La Proveedora se sumó un edificio destinado a escuela para los hijos de los empleados, con plata que don Luro puso de su bolsillo; se levantaron otros saladeros en zonas de cangrejales como la del Tuyú, sobre pilotes, a despecho de bañados y pantanos; una fonda, y más negocios para atender a las necesidades del personal, y hasta se pretendió instalar una sucursal bancaria.

Manu estaba junto a Luro cuando fracasó ese intento. El hombre se acariciaba la barba pensativo y dijo de pronto:

—No importa, emitiremos vales de diez pesos como moneda corriente. Manuel, serás el primero en empezar a construir la barraca con prensa.

Ésa era la talla del patrón al que Manu empezaba a admirar más aún que a su propio padre, ya que Rete jamás le había confiado nada relativo a sus negocios. Aunque sí le había encargado algo mucho más valioso una vez: la vida de Violeta. De eso respondió él con su sangre, y a eso deseaba volver a dedicarse cuando alcanzara a forjarse un futuro.

El jornal era bueno: cien pesos de la moneda nacional. Manu soñaba con levantar una casita propia en los esteros y convencer a Violeta de regresar allá para siempre.

En sus horas de descanso, solía cabalgar con Matrero y Duende en busca de rincones solitarios que esa tierra ofrecía a manos llenas. Uno de sus favoritos era el cabo que sobresalía de la costa, introduciéndose en el mar tumultuoso con osadía. Corrientes cruzadas se encontraban allí, donde las olas se estrellaban con estrépito y arrastraban todo lo que había a su paso. Manu caminaba descalzo sobre las rocas cubiertas de musgo y líquenes, y arrancaba mejillones incrustados en las paredes de los acantilados. Podría haberse roto la crisma de no haber sido un experto en terrenos acuáticos. En ese lugar se sentía como un marinero en la proa de su barco, de cara al océano y de espaldas a la tierra. Encaramado en la punta misma del cabo, Manu conducía una barca imaginaria. El carácter huraño del joven encontraba solaz en esos sitios donde no precisaba hablar con nadie. Sólo Duende y el caballo moro podían comprender su espíritu silvestre.

Y los lobos.

Uno de los motivos por los que Manu iba tan seguido a los peñascos del cabo era la vista de las manadas de lobos marinos que se apiñaban entre la playa y el mar, formando masas vivientes que gruñían y se pisoteaban, en un fragor sólo comparable al del oleaje tempestuoso. Pasaba horas contemplándolos. Esos cuerpos satinados, torpes e imponentes lo fascinaban. De alguna manera, se identificaba con ellos. Él también era torpe y grande, le costaba moverse con soltura, y prefería las soledades. Amaba tenderse al sol después de un baño de mar y dejar que la piel se cubriese de arena, como ellos. Lo curioso era que también los lobos marinos parecían aceptarlo como parte de su grupo, pues jamás se inhibían en su presencia, ni se mostraban hostiles hacia el humano que irrumpía en su mundo. El único que les arrancaba rugidos de rabia era Duende, que brincaba sobre las rocas y ladraba a la espuma. Por eso Manu lo mantenía alejado cuando bajaba a darse un baño y a contemplar el océano. En esos momentos de abstracción, su pensamiento volaba hacia el río y los esteros, a la casa de su padre en el Iberá, con su porche florido y su mirador redondo, y, más que nada, hacia el Palacio de las Aves, el edificio en el que había conocido la dicha de compartir las horas con Violeta, observando a los loros barranqueros, las cacatúas, los cardenales que entraban por las ventanas sin vidrios, o las discretas viuditas. Aquel refugio conservaba en su memoria el calor del sol reverberando sobre las aguas, y el centelleo de la luna sobre los camalotales.

Ese mundo que lo aguardaba no estaría completo sin Violeta.

En una de sus excursiones divisó a un jinete que cabalgaba en la orilla, a despecho del viento huracanado. El hombre se acercó y su caballo caracoleó a la vista de los lobos.

—¿Qué hace, amigo? —lo interpeló con familiaridad—. ¿Tomando sol?

Manu observó que vestía ropas elegantes y su acento era pulido. En nada se parecía a los rudos trabajadores del puerto con los que él convivía.

—Hace bien —siguió el otro, mirando hacia el horizonte que ya se teñía de naranja—. Este sitio será un día un paraíso, si se cumple el sueño de mi padre.

Manu permaneció callado, según su costumbre de estudiar al interlocutor antes de hablar.

—Soy Jacinto Peralta Ramos. Y mi padre es don Patricio, el fundador del pueblo de Mar del Plata. ¿Usted trabaja con los Luro?

Manu asintió, sorprendido. Mar del Plata, qué lindo sonaba.

—Buena gente. Amigos de nuestra familia que comparten el mismo sueño. Espero que algún día compre aquí un terreno para formar su hogar. Aunque parece duro el clima, resulta beneficioso para el cuerpo y el espíritu. No sé, será el mar… —y el hombre volvió a mirar hacia la lejanía—. Pensar que éstos eran los dominios de Cangapol. ¿Sabe usted quién era?

—No, señor.

—Un cacique serrano que tuvo en jaque a los Jesuitas que fundaron la reducción del Pilar. Por allá, a la vera de la Laguna de las Cabrillas y a siete leguas de la sierra del Vulcan.

Manu había conocido de primera mano la ferocidad de algunos caciques en la frontera, de modo que podía imaginar el pavor que causaría el tal Cangapol.

Don Jacinto se apoyó sobre la montura y comentó con aire distraído:

—A veces trato de imaginar cómo habrá sido esta región en aquella época, cuando las misiones jesuitas eran la única avanzada en el desierto. Dice mi padre que esto era un tremendo vacío, que sólo las caballadas o el rugir del mar contra los acantilados rompían el pesado silencio. Acá, en este cabo, había una rinconada donde se refugiaban los avestruces. Mi padre supo que los alaridos pampas los hacían huir, y eso alertaba a los frailes misioneros, que se aprestaban a defenderse. Pobres hombres.

Manu contempló la dirección que seguían los ojos de don Jacinto. El terreno ascendía en una pendiente escarpada hasta volver a la planicie absoluta. En la lejanía, sin embargo, donde el sol ya declinaba, se adivinaban otros promontorios rocosos. Los lobos comenzaron a gruñir y a resoplar, y las gaviotas los sobrevolaron en círculos, chillando.

—En fin, no se acerque demasiado a éstos —dijo Jacinto señalando a las bestias, que seguían topándose entre ellas— y véngase a misa, que allí nos encontramos todos los que nos queremos llamar marplatenses.

A Manu le interesó el dato. Se había criado en un medio espiritual, aunque su padre no insistió mucho en darle una educación religiosa. Allá en los esteros, todos los hombres y mujeres adoraban a la Virgen de Itatí. La casita de Violeta en la ribera tenía un nicho en la pared destinado a Ella, y Manu recordaba haber visto a Rosa rezando en el reclinatorio que le había construido Rete. En sus años de lucha en la frontera, Manu había compartido misas de campaña y algún que otro rezo desesperado antes de verse envuelto en una batalla. En cierto modo, había vivido huérfano de religión. Pensó que tal vez la Virgen lo escucharía mejor si le rezaba en una iglesia, y entonces podría pedirle que le regresara a Violeta. La idea lo entusiasmó.

—¿Dónde es la misa, señor?

Don Jacinto se admiraba de que alguien que vivía en las tierras del antiguo saladero no supiese que la capilla estaba situada en la loma. ¡Todos la conocían!

—Pregunte por Santa Cecilia, es la iglesia que mi padre construyó en homenaje a mi madre. Él mismo talló el altar y vistió a la Virgen, aunque las manos y la cara las hizo traer de Europa.

Manu quedó impresionado. Hacer algo con las manos era lo suyo, y si el padre de ese señor elegante era capaz de tallar el altar de la Virgen debía de ser alguien muy extraño, ya que él asociaba el trabajo manual a la condición humilde.

—Iré —afirmó con sencillez.

Don Jacinto siguió adelante con su galope. Sin duda, recorrería toda la costa hasta donde pudiese. Manu se quedó entre la soledad de la pampa y la inmensidad del mar. Él también cabalgaría así con Matrero, para descubrir otros rincones tan bellos como el cabo de los lobos.

Pronto pudo conocer a esos marplatenses que lidiaban con las contingencias del clima, las calamidades y las frustraciones. Don Patricio Peralta Ramos tenía una familia numerosa: doce hijos, de los catorce que parió doña Cecilia Robles. Tanto sus hijos varones como sus hijas amaban ese sitio en la costa, y contribuían a la labor que había comenzado su padre. Las mujeres de la familia no tenían miedo de aventurarse por los caminos embarrados que las conducían en carretas desde Chascomús a Puerto Plata, como se le decía. Una de ellas en especial, la que llevaba el nombre de la madre, cautivaba el interés de Manu, porque su temple le recordaba al de su Violeta.

El día que doña Cecilia Peralta Ramos arribó en tren hasta Chascomús, su hermano Jacinto acudió a su encuentro junto con una guardia de hombres armados y una tropilla, y la escoltó hacia la tierra que don Patricio trataba de domeñar. Una semana duró la travesía. Al llegar, Cecilia quiso probar el mar, del que se rumoreaba que tenía propiedades terapéuticas. El padre, solícito, ordenó levantar una carpa con un velamen y palos de un buque destruido, y en ese interior, como en un capullo de caracola, la joven pudo sumergirse en las aguas frías y espumosas con gran placer. A Manu no le había tocado en suerte presenciar ese bautismo de mar, pero sí pudo acompañar a doña Cecilia a la orilla más de una vez, por si la dama deseaba que le armasen de nuevo aquella tienda improvisada. Doña Cecilia era una mujer audaz y alegre, a la vez que piadosa y maternal con sus hermanos menores. Manu se encariñó con ella, y de a poco su presencia se hizo tan frecuente entre la familia de los fundadores de Mar del Plata como en la de los propulsores, los Luro. Era el hombre de confianza de todos. A él recurrían para vigilar las andanzas de los niños en la orilla, alambrar los terrenos que se loteaban, arrear las reses que precisaban los saladeros, y levantar los postes de las nuevas construcciones. Don Jacinto tenía muchas ideas para llevar a cabo, su continente agradable e ilustrado caía bien en todos los círculos. José, el hijo de don Pedro Luro, también poseía ideas y el temple de su padre, que se agrandaba ante las dificultades. Pronto pudo apreciar Manu las diferencias entre ambas familias: los Peralta Ramos eran austeros y discretos, y llevaban a cabo sus proyectos sin alardes. Los Luro, en cambio, eran audaces, y su entusiasmo contagioso, desde el pionero hasta el último de sus hijos. Entre unos y otros, Manu fue adquiriendo roce y seguridad. Ya no se sentía el pobre hijo tullido de un poderoso señor, sino Manuel Iriarte, vasco trabajador de la costa de Mar del Plata, que con sus brazos contribuía al crecimiento de todo un pueblo.

Fue así como Lucrecia, la hija del fondero, se fijó en él.

Junto a La Casa Amueblada, el pequeño hotel de Pedro Luro, se levantaba una fonda que abastecía las necesidades de los trabajadores. La regenteaba un matrimonio de gallegos que sudaban de sol a sol criando las gallinas del puchero, cocinando los pescados que les traían de la rada, arrancando cebollas y coles de la huerta, y atendiendo al personal que llevaba los vales para la comida. Macías y Bernalda eran laboriosos como hormigas, y su hija Lucrecia, la luz de sus ojos. Por ella trabajaban con tanto ahínco, con la ilusión de que en aquella tierra nueva encontrase un futuro mejor que el que les había tocado en suerte a ellos. En ese sueño cabía el deseo de casar a Lucrecia con un paisano y perpetuar la estirpe celta a través de la joven. Ella, en cambio, había puesto los ojos en un criollo, forastero además. Embelesada por el físico fornido de Manu, y sobre todo por la sensación de que ese hombre silencioso albergaba un corazón noble, Lucrecia lo vigilaba de reojo mientras ayudaba a su madre en la despensa, o cuando Manu aparecía con algún encargo de las familias principales. Si ella salía a tender la ropa del hotel, se demoraba bajo el sol entre los lienzos, tratando de pescarlo en una de las habituales salidas del joven hacia el saladero del Tuyú. También lo espiaba cuando escuchaba el tropel de los cascos al regresar, bajo el rocío de la noche. En esos momentos Lucrecia se sentía pecadora, pues atisbaba algo del pecho desnudo de Manu en los chapuzones que él se daba en el arroyo Las Chacras. Él era inconsciente de lo que despertaba en la muchacha, y ni siquiera parecía advertir su existencia, a pesar de que Lucrecia era hermosa: su rostro redondo de ojos celestes, luminosos bajo los rizos rubios, atraía las miradas de muchos obreros del puerto. Ella sólo veía a Manu.

Una tarde, al bajar el sol, se envolvió en su chal floreado y salió con sigilo por la puerta que daba al huerto, decidida a descubrir adónde iba el objeto de su deseo cada día, al terminar la jornada. Caminó con sus zuecos sobre la arena, torciéndose el tobillo y agachándose bajo los matorrales cuando pensaba que podrían verla, hasta que, muerta de cansancio, llegó a la Lobería Chica. Allí estaba él, nadando entre las olas. Una fuerza descomunal emanaba de su cuerpo en cada brazada; Lucrecia se relamió soñando con esos brazos acariciándola por todas partes. Era una muchacha recatada, jamás había dado que hablar en todo el tiempo que estaban allí; nadie podía impedir sin embargo que soñara con un amor, aunque fuera ilícito para sus padres. Le tenían destinado a otro, que Lucrecia no quería ni ver siquiera. Toñito no era mal muchacho, pero al lado de Manuel parecía un niño de pecho. El sentimiento fue creciendo en su corazón hasta tornarse insoportable. Tenía que hacerse visible ante el peón de los Luro, era imperioso que él la conociese.

El tiempo haría el resto.

Se acercó, vigilando a los lobos marinos que dormitaban, y se quitó los zuecos para mojarse los pies. El mar estaba delicioso. De haber sabido nadar, quizá se habría atrevido a meterse bajo las olas y así llamar la atención de Manu. Sentada sobre una roca y protegida por otras más elevadas, podía disfrutar del espectáculo sin temor de ser arrastrada por la marea. Había habido casos de pescadores que fueron barridos por las olas y nunca se supo de ellos. Apenas divisó al nadador que braceaba hacia la orilla, bajó de su atalaya y corrió con los zuecos en la mano. Manu la vio y por un momento, enceguecido por la sal marina, creyó que era una aparición.“Violeta”, pensó, aturdido. Después comprobó que la mujer era rubia, más regordeta que su amiga, y que en lugar de saltar a su encuentro como lo hubiera hecho ella, lo miraba indecisa y ruborizada. “No es”, se dijo con desencanto.

Lucrecia le sonrió con timidez.

—¿Siempre vienes a nadar aquí? Es peligroso.

Manu se encogió de hombros y se echó de espaldas sobre una roca.

—Sé nadar.

—Qué pena, yo no. ¿Me enseñarías?

Él demoró la respuesta. Tenía el recuerdo de esa joven arremangada tras el mostrador de la fonda, amasando pan con el rostro colorado y sonriente. Recordaba también haberla visto balanceándose con la fuente de ropa encajada en sus caderas, mientras los silbidos de admiración cruzaban el aire. Los hombres hacían bromas sobre quién sería el afortunado que pudiese levantar la falda de Lucrecia con la autorización del padre. Manu no solía participar de esas bromas, ni de ninguna otra actividad que no fuese el trabajo que le encomendaban. Ya todos sabían que era de pocas pulgas, y la rapidez con que desenvainaba el facón los convencía de mantener distancia con aquel hombre que venía de un lugar donde todavía corrían rumores de indiada. La confianza que en él depositaban las dos familias principales de la región le creaba un aura de respeto.

Claro que Manu ignoraba todo eso, y sólo se ocupaba de lo que le mandaban hacer. Y enseñar a nadar a aquella joven no estaba incluido.

—No puedo. Estoy ocupado.

En lugar de ofenderse, Lucrecia se sentó a poca distancia y miró hacia los lobos marinos que ya se disponían a dormir.

—Sería sólo un ratito, después de las tareas, parte del tiempo que empleas en nadar ahora.

Manu se irguió y apoyó un codo sobre la roca tibia para mirarla mejor.

—¿Y por qué quieres nadar en el mar? Es peligroso.

—¿Por qué lo haces, entonces? Creo que es más peligroso vivir junto al mar sin saber nadar. En mi familia ha habido muchos pescadores. Como mis padres me trajeron desde niña, me perdí de aprender allá, por eso quiero hacerlo aquí. Nadie tiene tiempo para enseñarme. Además, no sé si sabrán nadar tan bien como tú. ¿Dónde aprendiste?

Lo último que Manu deseaba era contar sobre su vida, ese tesoro lo compartía sólo con Violeta; sin embargo la pregunta era sincera y no poseía ninguna intención, de manera que optó por responder de modo simple:

—En una tierra donde todo es agua. El que no nada allá, no sobrevive.

—Qué lugar hermoso —murmuró extasiada Lucrecia—. Galicia también es una tierra de ríos. Tenemos algo en común.

Manu se levantó y se sacudió la arena de los pantalones. Luego se puso la camisa, dejando ver en sus movimientos la contundencia de sus pectorales.

—Me voy.

—Te estoy molestando.

Al joven le dio pena que la muchacha se mostrara contrita.

—No, es que debo cumplir con dos o tres mandados más.

—¿Trabajas para los Luro?

—Soy resero y alambrador, pero a veces hago otras cosas, según lo que haga falta.

—Mis padres trabajan en la fonda del hotel. Doña Juana, la esposa de don Pedro, es una mujer muy hacendosa, me ha enseñado un montón de tareas que mi madre no pudo explicarme a causa de su trabajo. Le estoy muy agradecida.

Manu asintió.

—Los Luro son buena gente.

—Me llamo Lucrecia.

—Yo soy Manuel.

—Vendré a verte nadar algunas veces, Manuel, si no te incomoda. A lo mejor aprendo con sólo mirarte.

Manu esbozó una sonrisa. Nadie aprendía a nadar mirando, era una de esas cosas que había que hacer a costa del miedo, como cabalgar o luchar en la frontera.

—No me molesta que me mires.

—Entonces hasta mañana —repuso ella, y se levantó también.

Manu permaneció con l

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