A mi hijo Martín.
Prólogo
En el sucederse de las cosas hay momentos, circunstancias, días, horas, fracciones instantáneas de acontecimientos que son como la polvareda que levanta una carrera, porque anuncian la importancia del movimiento que se percibe desde lejos. He querido narrar esos hechos menudos pero constitutivos de nuestro pasado, a veces obviados, porque, como las nubes de polvo, suelen molestar las visiones que buscan enmarcar la gran Historia.
Tal vez, al principio, la lectura exija frotarse los ojos hasta poder mirar al trasluz y reconocer el suelo de la historia que pisamos y aprendimos, mal o bien. Quien no tenga ese dibujo en la mente podrá elegir los cantos rodados, irregulares, fragmentados, que más le gusten, y sin un orden necesario empezará a leer esos hechos que por sí mismos desarrollan un tramo de la historia que sigue corriendo. Finalmente, quien quiera ordenar sus recuerdos escolares para volver a la lectura tendrá a mano una cronología elaborada para esta ocasión.
La Historia con mayúsculas también es un asunto personal, nos sucede como la vida misma. El oficio no nos aleja de esa dimensión; simplemente, la vuelve más consciente. En ese sentido, todo lo narrado en este libro es producto, primero, de una selección de recuerdos adquiridos, propios y ajenos, que enmarcan muchas veces las historias de familia, en mi caso, de inmigrantes. Aquel tatarabuelo, que se hizo masón en la entonces villa del Rosario, la bisabuela Elvira, que vio pasar por el Paraná las honras fúnebres con los restos de Sarmiento; ella maestra y todas sus hijas también. El bisabuelo Ramón, que peleó en la revolución de 1905, pero sólo tiraba tiros al aire; el nono Roque, que fue jornalero en la construcción del palacio Paz (Círculo Militar), y después levantó el pueblo de Bigand, en el sur de Santa Fe, y el abuelo José, criollo pero sin estirpe, porque era de origen negro.
Aunque la gran Historia no los mencione, ellos me habilitaron el ingreso a ese pasado que hicieron nuestro. Hay recuerdos prestados, que hice míos y que inspiraron otros relatos, como los que se desprenden de la figura de Urquiza, toda una referencia para la inmigración judía, evocado con emoción por el abuelo de mis hijos. Y en las antípodas de esa celebración, con la Constitución como gran inicio, el recuerdo partido de aquel inmigrante italiano que, todavía en 1990, evocaba con vergüenza la acción estudiantil que él, muy chiquilín, había acompañado en la jornada golpista de 1930.
La elección del período quedó así hecha, y coincidía felizmente con el proyecto editorial. Busqué entonces en las memorias escritas de época y contrasté documentos oficiales y particulares. Y con estas fuentes y lo que aprendí en los libros, urdí estas historias mínimas para atrapar la mayor cantidad de esas partículas de polvo suspendidas, antes de que sedimenten, se pierdan en el suelo y despejen el camino, porque eso es olvido.
Una última consideración sobre la escritura. El estilo coloquial es deliberado, la comunicación que busco puede ser interrumpida y recomenzada; me importan los oyentes, lectores y lectoras que animan la letra escrita.
I. PUNTO DE PARTIDA
I
PUNTO DE PARTIDA
El Acuerdo de San Nicolás o la parábola del vino nuevo en odre viejo
Durante las semanas que siguieron a la victoria de Urquiza en Monte Caseros, una palabra sonó con insistencia en los oídos de todos: “acuerdo”.
En las sesiones de la Legislatura y en las calles de Buenos Aires, la atención, nerviosa, discurría entre los rumores que llegaban desde San Nicolás de los Arroyos. Había incredulidad y mucha expectativa ante la operación de “dar vuelta la chaqueta” de todos los gobernadores —antes leales a Rosas— que habían aceptado el llamado que Urquiza había hecho por medio de su enviado personal, Bernardo de Irigoyen, quien viajó por el interior sin escolta militar y con la carta de invitación como salvoconducto.
El 20 de mayo de 1852 estaba todo dispuesto en San Nicolás para que comenzara la asamblea, pero el encuentro debió aplazarse hasta el 29, porque los dos vaporcitos que habían partido del puerto porteño con Urquiza y su comitiva en uno, y los gobernadores de Buenos Aires y de Corrientes en el otro, quedaron varados en los bancos de arena del Paraná.
La espera agudizó el nerviosismo. ¿Podría funcionar el acuerdo? Con la excepción de Buenos Aires, que incluía a los exiliados en su elenco gobernante, en el resto del país los nombres de los jefes no variaban. Los caudillos que llegaron a San Nicolás eran los mismos que se mantenían en el poder desde varios años atrás. El primero, Urquiza, gobernador de Entre Ríos, pero allí estaban también Benjamín Virasoro, de Corrientes; Luis Manuel Taboada, de Santiago del Estero; Pedro Pascual Segura, de Mendoza; Pablo Lucero, de San Luis; Vicente Bustos, de La Rioja; Domingo Crespo, de Santa Fe, y el emblemático Narciso Benavídez, de San Juan, en uso del poder desde 1836. Catamarca se hizo representar por Urquiza y los que no fueron —como los de Córdoba, Salta y Jujuy— adhirieron después.
La novedad de la hora no eran los nombres, sino la situación. Y el ejemplo más claro de ello lo dio el gobernador de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, pues mientras estaba en San Nicolás fue destituido por la Sala de Representantes de su provincia, acusado de “haber sostenido la monstruosa dictadura de Rozas hasta sus últimos momentos”. Rápido de reflejos, el caudillo, con la ayuda del gobernador de Catamarca, mandó a degollar al principal cabecilla de los alzados, mientras la Sala se apresuraba a ratificar el Acuerdo de San Nicolás, con vivas al ahora “ilustre” Urquiza, que un año antes había sido declarado por esa misma Sala “reo de alta traición”.
¿Cuál era la argamasa que ligaba esas volátiles voluntades? El Acuerdo ratificaba el régimen de gobierno republicano y federal y anunciaba un Congreso Constituyente, con igual representación para todas las provincias. Pero el artículo más celebrado era el tercero, porque eliminaba los derechos de tránsito que habían sofocado el comercio interno durante la etapa rosista. Esas funestas aduanas interiores, destinadas a sostener en cada provincia los recursos de un fisco mendicante, desaparecían y dejaban a la vista su secuela, porque la instrucción pública, los caminos, los correos, todos eran mitos a ojos del interior del país.
El Acuerdo de San Nicolás afirmaba la igualdad de derechos y la distribución de las rentas generales, y Justo José de Urquiza se comprometía a constituir la Nación.
Traiciones y sobornos en las orillas del Plata
El Acuerdo de San Nicolás partió en dos la provincia de Buenos Aires: los porteños lo rechazaron, y las tropas del general Hilario Lagos, con apoyo de la campaña, sitiaron la ciudad. La guerra civil se precipitaba y el propio Urquiza, que habría preferido no intervenir, debió hacerlo porque el sitiador tenía más dificultades para abastecerse que los sitiados. Al final, las sucesivas oposiciones de los porteños a cualquier entendimiento sensato y la impericia de Lagos movilizaron a las fuerzas de la Confederación. Urquiza ordenó bloquear el puerto, pero la estrategia resultó un fracaso. A simple vista, desde la costa, se podía advertir que el bloqueo era apenas una ilusión óptica.
El Comodoro John Coe, un marino norteamericano casado con una Balcarce, estaba a cargo de la escuadra naval sitiadora. El 20 de junio de 1853 aceptó el soborno, pagadero en oro, que le ofreció el gobierno porteño y entregó la fuerza bajo su mando. En pocas horas, los vapores Almirante Brown, Constitución y Correo, los bergantines Enigma, Once de Septiembre y Río Bamba, la goleta Veterana y el queche Carnaval entraban a balizas interiores, y los capitanes leales, después de una inútil resistencia, abandonaban sus navíos para no caer prisioneros. Ése fue el caso del capitán Juan Bautista Thorne, nacido en Nueva York, conocido por su desempeño en el combate de la Vuelta de Obligado, que iba a bordo del Enigma cuando recibió indignado el ofrecimiento de soborno de boca de su propia hermana —quien había subido al bergantín acompañada por la esposa de Lorenzo Torres, el ministro de Gobierno de Buenos Aires—. El rechazo le valió a Thorne también la baja.
Por su parte, los marinos mercenarios siguieron prestando servicios, y el más hábil que recuerda la historia fue Guillermo Turner, sucesivamente traidor a ambos bandos. En 1853, cuando se puso al servicio de la provincia rebelde, era capitán. Poco después, en el combate de Martín García (18 de abril de 1853), se pasó con el bergantín Enigma a las órdenes de Urquiza, que le pagó bien el servicio, pero en patacones. Dos meses después, rompió el bloqueo para comunicar la traición del jefe de la escuadra y la propia.
El dinero que el gobierno porteño repartió —según las fuentes, Coe recibió entre tres mil y cinco mil onzas de oro— también desarmó al ejército de Lagos. Oficialmente, nunca se habló de sobornos, pero el encargado de negocios de los Estados Unidos informó que “era el tópico de todas las conversaciones en la ciudad”, que además presenció la maniobra. La Legislatura aprobó la emisión de papel moneda para la compra del oro en Montevideo. La cifra era abultada, pero sin duda menor que lo que la ciudad gastaba en defensa por mes. Las autoridades la registraron como “premios otorgados a la escuadra enemiga que se sometió al gobierno legal”.
Urquiza, impotente, exclamó: “Como si fuera posible organizar ninguna sociedad llevando al frente la bandera de la corrupción y el vicio”. Tan cierto era eso como la necesidad de contar con recursos financieros suficientes. Y la Confederación no los tenía.
Un cuadro para la posteridad
Los constituyentes de 1853, sometidos a una bibliografía muy sesgada, adolecen de reconocimiento; como si aquellos hombres no hubieran estado a la altura de la redacción constitucional. Curiosa mezquindad de la historia escrita para otros usos.
Todos los diputados que llegaron a Santa Fe tuvieron la convicción necesaria para no enrolarse en la guerra civil que agitaba a la provincia de Buenos Aires. Hicieron oídos sordos a los cantos de sirena que enloquecían a los porteños, que además no cesaban de hostigarlos y los tildaban de “alquilones”. Buenos Aires no pudo quebrar su voluntad.
De los veintiséis diputados, cuatro no habían nacido en las provincias que representaban, y la mayoría no vivía en ellas. Era esperable, porque si habían sido opositores a Rosas, volvían del exilio, y, en cambio, si habían adherido al supremo gobernador, habían viajado desde sus provincias hasta el puerto para recibir educación y tener contacto con el poder. Mientras duró la prolongada estadía —entre septiembre de 1852 y mayo de 1853—, aceptaron percibir sueldos modestos, y con retraso.
La Santa Fe de entonces era una pequeña aldea de apenas seis mil habitantes, de vida muy austera y con escasas posibilidades de ofrecer grandes banquetes como los que habían disfrutado los gobernadores en San Nicolás: carnes, pasteles y dulces, vino y licores, que sumaron entonces una cuenta bien abultada. A la frugalidad de las costumbres se sumó el calor asfixiante del verano, amplificado por las calles de arena. Los constituyentes recurrieron a los baños en el río, la siesta y las visitas hechas a última hora de la tarde. Levita, frac y zapatos fueron dejados de lado en los pocos cuartos de alquiler o en los conventos de franciscanos y dominicos que los albergaron, porque la ciudad no tenía fonda ni hotel. Pese a las dificultades, el recibimiento fue tan cordial que hasta hubo noviazgos y casamientos.
Juan María Gutiérrez, porteño de nacimiento, y el santiagueño José Benjamín Gorostiaga, porteño por adopción, encabezaron la Comisión Redactora, que reconocía la influencia de las Bases, de Alberdi. Ya desde el inicio, nada les resultó fácil: Facundo Zuviría, presidente del Congreso, negó que el pueblo estuviera preparado para cumplir con la Constitución. Rápido, Gutiérrez argumentó: es cosa de práctica, “el pueblo pide”. Las discusiones más duras giraron en torno a la religión. La opción entre Estado laico o confesional avivó divisiones, pero Gorostiaga zanjó el debate. El Estado sostenía la religión católica y respetaba la libertad de cultos.
No buscaron ser originales, sino buenos adaptadores e intérpretes. Los han acusado de copiar artículos de la Constitución de los Estados Unidos, algo que ellos mismos hicieron notar, por exceso de modestia, y además usaron también otras fuentes constitucionales.
El Preámbulo redactado por Gorostiaga conjuga los elementos de nuestra tradición pasada y los propósitos para el porvenir, y es además una hermosa pieza literaria que manifiesta la voluntad general.
La letra de la Constitución
En septiembre de 1860, los diputados volvieron a Santa Fe para introducir algunas reformas pedidas por Buenos Aires, que se incorporaba definitivamente a la Nación.
Por cierto, en la Convención Nacional ad hoc sesionaron nuevos nombres, aunque, por sus aptitudes, José Benjamín Gorostiaga fue de la partida. Como en 1853, sesionaban desde las siete de la tarde hasta la medianoche.
La primera cuestión, que se saldó con rapidez porque estaba preacordada, fue la reforma del artículo 3, que designaba a la ciudad de Buenos Aires capital de la República. Como la provincia de Buenos Aires no estaba de acuerdo, se pospuso el problema hasta el dictado de una ley especial del Congreso.
Vueltos al redil, los porteños hicieron gala de voluntad institucional, lo cual se advierte si se revisan los artículos reformados o los que se agregaron. En ese sentido, no deja de ser paradójico que la defensa del federalismo fuera levantada justamente por aquellos que habían sostenido las posiciones del centralismo unitario. Pero, en efecto, así fue.
Los constituyentes de 1853 habían redactado una disposición que obligaba a las provincias a someter sus constituciones a revisión del Congreso Nacional antes de su promulgación (artículo 5), y otra que habilitaba sin limitaciones la intervención del gobierno federal en las provincias (artículo 6). Bartolomé Mitre fue el encargado de explicar el sentido de la enmienda: “Para evitar en lo futuro causas disolventes de la asociación”. La nueva Convención eliminó la frase de marras en el artículo 5, y el artículo 6 se redactó de nuevo con una formulación que protegía las autonomías provinciales de la represión del poder central.
El aporte porteño no terminó ahí: sus diputados ampliaron el Capítulo de Declaraciones, Derechos y Garantías. Por un lado, buscaron preservar la libertad de imprenta de toda tentación de control gubernamental (artículo 32), y, con la autoría de Sarmiento, abrieron la puerta para la incorporación posterior de otros derechos y garantías no enumerados pero que, decía Sarmiento, “nacen del principio de la soberanía del pueblo y de la forma republicana de gobierno”. Todas las constituciones provinciales agregaron esta misma disposición.
Hubo también acuerdo cuando el diputado porteño Rufino de Elizalde propuso eliminar un fragmento del artículo 18 —referido a la abolición de la pena de muerte— que aludía al degüello (indicado a continuación en bastardillas): “Quedan abolidas para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormentos, los azotes y las ejecuciones a lanza o cuchillo”. Lo creían un rezago de la barbarie superada.
¿Superada?
El 12 de noviembre de 1863, en guerra contra el presidente Bartolomé Mitre, Ángel Vicente Peñaloza, el “Chacho”, fue alcanzado por una partida militar en su refugio de La Rioja, se entregó desarmado pero fue ejecutado a lanza y después mutilado a cuchillo.
Pero, entonces, ¿la Constitución era letra muerta? No exactamente. Mitre tuvo que desaprobar el crimen en público, urgido por Guillermo Rawson, su ministro de Interior, que además acusó a Sarmiento de haberlo instigado. El sanjuanino quedó aislado y sin apoyos.
Titubeante, emergía el Estado de derecho.
1º de Mayo
Justo José de Urquiza había ordenado sancionar la Constitución el 1º de mayo, fecha que recordaba el segundo aniversario de su pronunciamiento contra Rosas, en 1851. Contrarreloj, el esfuerzo caligráfico estuvo a cargo del diputado por Córdoba, Juan del Campillo, que terminó de escribir el texto definitivo la medianoche del 30 de abril. El 25 de mayo de 1853, en un acto solemne, Urquiza la promulgó, y la hizo jurar el 9 de julio en todas las capitales de provincia, con la excepción, claro está, de Buenos Aires.
Sin duda, el padre tácito de la Constitución conocía la fuerza ritual de las efemérides patrias, y no pensaba ceder un ápice ni distraer su objetivo de organizar la Nación. Dalmacio Vélez Sarsfield narra una anécdota de 1860 que lo pinta de cuerpo entero:
Reunida la Convención de Santa Fe, estábamos en minoría. Había veintiún votos que rechazaban todas las reformas contra veinte que las aceptábamos. Nos preparábamos a fuertes debates, cuando llegó una carta del general Urquiza a uno de los convencionales encargando la aceptación de las reformas hechas por la Convención de Buenos Aires, lo que bastó para que la Constitución reformada fuese aceptada.
Pese a sus rasgos autoritarios, Urquiza era un hombre dispuesto a ajustarse a la ley, tenía vocación de estadista y ese empeño también lo mostraba en público mediante sus dotes sociales. Víctor Gálvez lo recuerda muy entregado al baile y a la proximidad de las damas:
Muchísimas veces he figurado en la misma contradanza, y entonces el general Urquiza era bromista y alegre. Bailaba con cierto garbo ceremonioso, de la época del minué, y entonces quería que todos hiciesen cuidadosos las figuras para no perder el compás de la música. Esas contradanzas eran interminables.
Esta afición por la música tuvo su reciprocidad. El maestro Amancio Alcorta dedicó una pieza para piano en honor de la Constitución, que tituló “1º de Mayo”. La obra, un vals vivaz, es
