La dieta de las malas noticias

Raquel Robles
Raquel Robles

Fragmento

Índice
  • Cubierta
  • Portada
  • Índice
  • Dedicatoria
  • Epígrafe
  • Prólogo
  • Bananas
    • Lunes
    • Viernes
    • Domingo
  • Los dientes
    • Lunes
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    • Viernes
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A mis hermanos
A mi prima Rut
A Anabella Lozano, Marcela Cortellezzi
y Paola Sánchez

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos.

ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL, La piel fría

Prólogo

Dicen que nunca se es lo suficientemente rica ni lo suficientemente flaca. Estoy de acuerdo. Es cierto que nunca tuve, ni remotamente, una cantidad de dinero que me permitiera comenzar a imaginarme cómo se sienten los ricos. Y también es cierto que no se me ocurriría nunca describirme a mí misma como flaca. En fin. Lo del dinero podríamos dejarlo de lado, pero lo de flaca, eso sí que me gustaría experimentarlo. Quiero decir, experimentarlo como algo natural: haber nacido flaca. Qué lindo sería levantarse con ganas de engullir una media docena de cañoncitos de dulce de leche y no pensar ni por un momento en las adiposidades localizadas ni en la piel de naranja.

Tengo que decir que en materia de dietas lo he probado todo. No puedo sostenerlas por mucho tiempo porque mi humor (que nunca se ha caracterizado por ser bueno) se pone más agrio que el limón con el que intento quemar grasas y fijar el hierro del churrasco solitario del mediodía. La única dieta que me ha dado algún resultado es tan sacrificada que sólo puedo hacerla en esos días en los que me siento particularmente mártir. Y, ¿quién puede sentirse mártir todos los días durante un mes entero? Incluso alguien tan poco optimista como yo, alguien que cree poder competir con Juana de Arco y con el sargento Cabral y no salir mal parada, tiene algunos días buenos.

Mi lucha contra el peso es desigual. La grasa nunca descansa y yo a veces me harto de andarle marcando el terreno. En esas temporadas en las que logro convencerme a mí misma de que en realidad no me importa, que “lo que importa es lo de adentro”, o en las que estoy tan deprimida que ser no flaca es sólo un ingrediente más de los muchos que abonan la oscuridad del paisaje; en temporadas así, como lo que se me da la gana y punto.

Sin embargo, después de tantos años de probar suerte con toda clase de restricciones alimentarias, nada me funcionó tan bien como saber que mi madre iba a reaparecer en mi vida. Yo la llamo “la dieta de las malas noticias”. El alma me quedó como el esqueleto de una hoja de parra guardada durante años en un libro. Pero el cuerpo… Nunca en mi vida había estado tan, tan delgadita.

Si no hubiera sido por mi muerte sexual (¿cómo llamar vida sexual a las sensaciones vagamente picantes que me provocaban los recuerdos de lo que alguna vez, hacía ya mucho tiempo, había sido una actividad más o menos habitual?), podría haber pensado que estaba embarazada. Los olores me repugnaban. El aroma de cualquier comida me llevaba en un viaje sin escalas al olor de la piel de mi madre, lo que me generaba una convulsión de arcadas. Las arcadas derivaban en acidez y la acidez me llevaba a tolerar únicamente la ingesta de yogur descremado y apio con limón. Los días en los que los antiácidos hacían efecto y me sentía un poco mejor, la sensación de examen final en la boca del estómago me obligaba a un ayuno digno de retiro espiritual. Todas las tardes, a eso de las seis, caía en la cuenta de que no había comido nada, de que me la había pasado trabajando frenéticamente tratando de evadir la realidad que me esperaba en mi casa. Los conductos que conectan la boca con el estómago tenían el diámetro de una sonda nasogástrica para bebé prematuro; y en mi frenesí no había encontrado un instante para salir a comprar comida. A esa hora todos los menús de almuerzo estaban agotados y apenas quedaban unas pocas ofertas de kiosco. El resultado: un magro sanguchito de miga envasado y tieso, producto de toda una jornada de heladera.

Por un breve tiempo, mientras duró mi obligado trabajo de hija, me deleité despertando las miradas levemente envidiosas de las mujeres de mi alrededor. Mi cara se veía con la desesperación resignada de un prisionero de guerra que lleva años sin esperar ya ser rescatado, pero mi cuerpo bailaba en los pantalones y eso valía más de una pena. Cómo no. Aun la pena de soportar a mi madre impregnando con su olor a remedios exudados todo el aire que me rodeaba.

Bananas

En todos lados es igual. Cada cual se adapta a su defecto, siempre y cuando encuentre la ortopedia adecuada. Es triste, es asqueante, pero es así.

Yo fui aprendiendo y mejorando hasta el extremo de la perfección diferentes trucos que me permitieron ser modestamente feliz. Desde que me fui de mi casa a los diecisiete años hasta el día de hoy, descubrí distintas maneras de escapar del pasado.

Durante los primeros años logré con relativo éxito hacer, simplemente, como que no existía. Evitaba toda referencia a mi infancia, cambiaba de tema cuando alguien me preguntaba por mis padres y casi, casi logré creer que había nacido de un repollo. Era como caminar por un campo minado, porque nunca sabía en qué momento alguna pregunta inocente me iba a hacer pisar el palito.

Si bien contaba con la credulidad de la gente y con las estadísticas —cuántas personas son capaces de mentir de forma tan radical acerca de sus orígenes—, siempre andaba con cuidado. Aunque a veces me engolosinaba y me dejaba llevar. Una vez en la inauguración de una galería de arte, a la que había ido para encontrarme con un candidato que finalmente me dejó plantada, le conté a una señora que se me acercó buscando conversación que mis padres eran combatientes de un ejército revolucionario de Centroamérica que vivían en la clandestinidad desde hacía años, por lo que no estaba segura de que todavía estuvieran vivos. Recuerdo que la señora, una dama con olor a fijador de pelo y aspecto de no haber probado nunca una hamburguesa, se horrorizó al saber que mis padres me habían abandonado para convertirse en mercenarios y que yo me pasé toda la velada abrumándola con mi discurso de hija orgullosa de sus padres que no pueden ocuparse de sus hijos porque están ocupados salvando a todos los niños del mundo del flagelo del capitalismo. Terminé con los ojos llenos de lágrimas y absolutamente convencida de ser protagonista de una novela épica. Creo que debí haberme dedicado a la actuación.

Cada vez que conocía a un chico empezaba un cosquilleo permanente en el estómago previendo el momento fatídico en el que él se enteraría, se daría cuenta, quizá sólo mirándome a los ojos (porque yo sentía que se me notaba, que lo llevaba escrito en la cara), de que estaba marcada por el estigma de provenir de una familia de hijos de puta. Bueno, no una familia de hijos de puta, unos padres perversos y unos hermanos que hicieron lo que pudieron.

Después opté por decir que se habían muerto todos en un accidente. Eso por lo menos justificaba mis silencios, mis llantos repentinos y ciertas actitudes algo corridas de lo que se entiende por normal. Me dolía un poco por mis hermanos, me daba culpa borrarlos así nomás de mi vida… Y también, confieso, me daba pánico encontrármelos en cualquier esquina, que me sorprendieran en algún bar, en la cola del cine o del supermercado, en la sala de espera del dentista, y que derrumbaran en un segundo los castillos de naipes que me había llevado años construir.

Me sentía una heroína de telenovela huyendo de un pasado que la avergonzaba. Siempre había soñado con ser la protagonista de una de esas novelas que yo miraba con devoción todas las tardes. Era lo único que habíamos compartido mi madre y yo. Tal vez también ella se imaginaba que venía alguien a rescatarla de ese destino que odiaba. Era el único momento del día en el que yo sabía que reinaría el silencio. Hasta llegó a tomarme de la mano en algún que otro capítulo particularmente dramático. No me importaba que después volara algún cachetazo porque yo había estado sentada como una vaga una hora entera en vez de limpiar la casa. Cuando llegaba la última propaganda empezaba a alejarme sabiendo que en cualquier instante se acabaría la magia, pero valía la pena. Después, a la noche o camino a la escuela, cuando por fin estaba sola, construía mi propia telenovela. Soñaba que golpeaba mi puerta una señora muy buena que hacía años que me estaba buscando para decirme que ella era mi verdadera madre, que una gente muy mala me había arrebatado de sus brazos cuando yo era muy chiquita y desde entonces había sufrido tormentos horribles por no estar a mi lado. Yo no tardaba ni treinta segundos en irme con ella dejando atrás para siempre a esos ogros malvados. Algunas veces le pedía que me permitiera llevarme a mis hermanos, otras me alegraba de desembarazarme también de ellos.

Nunca lograba, ni siquiera en mi afiebrada imaginación de niña, que el cuento terminara con el consabido final feliz. Siempre la madre mártir se revelaba después como una perversa tratante de esclavos que juntaba niños maltratados con el pretexto de rescatarlos, para después venderlos en países lejanos. O se convertía en una madre absorbente que no me dejaba asomar la nariz ni por la ventana para no perderse ni un instante de la compañía de la hija que había estado tantos años ausente. Terminaba pensando que mi realidad no estaba tan mal después de todo, o que mi destino era esa calle ciega de la que nunca iba a poder salir.

A los novios a los que les decía que mi familia había muerto en un accidente tenía que abandonarlos tarde o temprano y no volver a verlos nunca más. Decirles la verdad me resultaba imposible y la sola idea de tener que enfrentarlos en algún momento de mi vida señalándome con un dedo acusador, llamándome mentirosa, me torturaba desde el primer beso en adelante. Así que con el tiempo dejé de engañar a mis príncipes azules y pasé a ensayar un gesto que me fue saliendo cada vez mejor y que significaba que no hablaba de mi familia porque simplemente no valía la pena. Mi infancia tampoco valía la pena, como tampoco mis años de escuela ni el barrio en el que me crié ni nada que hubiera pasado entre los 0 y los 17 años. A algunos los acicateó el misterio que se generaba alrededor de mi pasado e intentaron por todos los medios descubrir mi secreto. Al principio me hacía la interesante y después empezaba a angustiarme, y al final también tenía que abandonarlos.

Más tarde pude terminar el secundario y entré en la universidad. Ahí conocí a mis mejores amigas y aprendí que, por ejemplo, la palabra “violentos” me eximía de todos esos infinitos detalles en los que no quería entrar y, al mismo tiempo, tranquilizaba mi conciencia evitando decir mentiras absurdas. Descubrí también, con mucha sorpresa, que despertaba solidaridad en mi entorno y que incluso algunos voluntarios se ofrecían a devolverles los tormentos a mis padres si por alguna razón decidían reaparecer en mi vida.

Aunque cueste creerlo, tardé mucho en relacionar mis problemas afectivos con mi historia familiar. La primera vez que me rompieron el corazón de verdad estaba tan devastada que le hice caso a una amiga que me recomendó hacer terapia. Lloré como una marrana todas las sesiones y no dejé de hablar del tipo que me había dejado por otra. No mencioné ni una sola vez a mis padres, y como la psicóloga no me lo preguntó no dije nada acerca de mi infancia terrible. No me preguntó sobre mi infancia ni sobre nada. No me habló nunca salvo para decirme “por hoy vamo

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