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NOTA PRELIMINAR
En 1865 y en Buenos Aires, se reunió por primera vez en volumen un conjunto amplio y variado de relatos de Juana Manuela Gorriti, que hasta el momento se habían dado a conocer por separado, muchos de ellos en la prensa de Lima, ciudad donde residía la autora desde hacía casi veinte años. La edición fue realizada por la Imprenta de Mayo de Carlos Casavalle y estuvo a cargo de Vicente Quesada, amigo de Gorriti e impulsor de las relaciones culturales entre el Río de la Plata y otros países latinoamericanos.
Este emprendimiento, por el cual la producción dispersa se difundió como obra reunida, tuvo la particularidad de llevarse a cabo por entregas bisemanales y por suscripción, tal como lo expone el “Prospecto” firmado por Casavalle que le sirve de presentación, y cuyos epígrafes legitiman definitivamente tanto a Gorriti como a Sueños y realidades. En cuanto al proceso de composición, los volúmenes se armaron con las sucesivas entregas de los relatos ya disponibles en la prensa local más aquellos que Quesada recibía desde Lima de la propia Gorriti, quien colaboró en el proyecto desde el comienzo y eligió el título bajo el cual se reuniría su obra. Las demoras en los envíos explican ciertos desajustes entre el índice anunciado en el Prospecto y el definitivo. En cuanto a las condiciones de publicación, se llevó adelante una campaña de suscripción, algo frecuente por entonces, aunque en este caso el pago anticipado no era necesariamente previo al lanzamiento de la obra sino que podía realizarse a medida que se publicaban las entregas que la iban componiendo. Se trató de una campaña explícitamente orientada a un público femenino, lo que permite verificar su identificación ya en esos años en la Argentina, junto con su potencial interés en una narrativa novelesca y romántica como la de Gorriti. La larga lista de suscriptores incluida al final de los volúmenes les pone nombre propio, a modo de reconocimiento, a lectoras y lectores, y muestra la paridad entre mujeres y hombres en Buenos Aires, donde se concentró la mayoría del público que contribuyó con la publicación y, de ese modo, también con la autora, a quien correspondían las ganancias una vez cubiertos los gastos. En resumen, una vez finalizada la publicación parcial era posible acceder al libro por dos vías: o bien encuadernando los volúmenes tras haber recibido las entregas por suscripción, o bien adquiriendo directamente el libro completo en las librerías. De ahí que la primera edición de Sueños y realidades de 1865 conste de estas dos instancias de publicación.
El libro, además, estaba anunciado como una publicación de lujo que buscaba consagrar a su autora: se abría con un retrato autografiado de Juana Manuela Gorriti, e incorporaba al final una serie de juicios críticos sobre su obra, que eran mayormente extractos de la prensa periódica, encabezados por una breve nota de Quesada a los lectores. Con este mismo propósito, la autora era presentada por medio de una tan extensa como convencional biografía firmada por el escritor colombiano José Torres Caicedo, quien dos años antes la había dado a conocer en La Revista de Buenos Aires, dirigida por el mismo Quesada y editada también por Casavalle, y que unos años después aparecería en el tercer volumen de sus Ensayos biográficos y de crítica literaria, publicados en París y dedicados a escritores latinoamericanos: Gorriti era allí la única mujer.
La operación inaugural que hace posible Sueños y realidades exhibe toda la primera etapa de la construcción de la figura de Juana Manuela Gorriti como autora en un sentido fuerte: el emprendimiento editorial, el reconocimiento de los pares y de la crítica, el interés del público en general y de un sector en particular, la colaboración de la propia escritora en el proyecto, su retrato y su firma que la identifican como autora junto con su elogiosa biografía, la valoración simbólica y económica de su producción. Pero, sobre todo, Sueños y realidades, con sus más de veinte cuentos y novelas breves, exhibe la relación de Gorriti con la literatura: su dedicación constante y prolífica a la escritura, su profesionalismo, la búsqueda de un registro y un tono propios, la apuesta narrativa que combina ficción y evocación. Todo ello confluye en el despliegue de una imaginación versátil en la que lo sentimental y lo gótico, el melodrama y la leyenda, lo grandioso y lo pequeño se entrelazan, y lo hacen para narrar historias de enfrentamientos y revelaciones, inventar argumentos a veces intrincados y a veces muy simples, crear protagonistas femeninas que casi siempre luchan en un mundo de hombres o rediseñan la domesticidad. En definitiva: para versionar, desde la perspectiva peculiar de una mujer que se asumió escritora en el siglo XIX, el pasado personal, familiar, nacional.
ALEJANDRA LAERA*
* Alejandra Laera es profesora titular de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires e investigadora independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Es autora de El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres (2004) y Ficciones del dinero. Argentina 1890-2000 (2014).
PRÓLOGO
No se conoce con exactitud el año de su nacimiento. Algunos historiadores señalan el 15 junio de 1816, año de la Independencia. Otros apuntan el mismo día, pero del año 1818. Se sabe el lugar: Rosario de la Frontera, Salta. En cualquier caso, Juana Manuela Gorriti era muy joven cuando debió partir al exilio. Una niña. Once o trece años, no más. Su prestigiosa familia de patriotas y guerreros tuvo que dejar el país poco después de que el caudillo federal Juan Facundo Quiroga atacara la ciudad de San Miguel de Tucumán en 1831.
El día de la partida, Juana Manuela se dio cuenta de que su vida cambiaría por completo. Debía dejar Los Horcones, la hacienda-fuerte militar donde vivían, y la biblioteca de la familia, una de las más importantes de la época, donde aprendió a leer a los clásicos y a los románticos. Ella había estudiado en casa: a los seis años, la llevaron a Salta para que ingresara en una escuela-convento, pero no pudo soportar el encierro, se enfermó, tuvo que volver y terminó su primera educación en familia. Antes del viaje, Juana Manuela entró a la habitación de sus hermanos y salió vestida de varón. El disfraz fue un gesto simbólico de gran lucidez, una máscara de supervivencia y un signo de rebeldía. Así vestida, durante la marcha hacia Bolivia que emprendió la familia, liderada por su padre, pudo mezclarse entre los soldados, escuchar planes y estrategias, asistir a cómo José Ignacio de Gorriti les prohibía a sus subordinados cualquier violencia o atropello contra los pueblos que iban cruzando, una disciplina no tan común en aquella guerra y, por cierto, en ninguna guerra, ni en las del siglo XIX ni en las actuales.
José Ignacio de Gorriti, su padre, era abogado, militar, político. Se había casado con la muy inteligente Feliciana Zuviría. Gorriti era un unitario moderado, con una formación política marcada por la lucha por la Independencia. Antes de la guerra civil entre unitarios y federales que lo condujo al exilio, Gorriti participó como lugarteniente de Martín Miguel de Güemes, apoyó la campaña del general José de San Martín en defensa de la causa emancipadora y fue uno de los hombres que firmó el acta de Declaración de la Independencia argentina en 1816; poco después, se desempeñó como gobernador de Salta.
Juana Manuela admiraba a su padre y lo consideraba un representante de la patria que había luchado contra los realistas y la monarquía española; la patria que todavía no se desangraba en una guerra civil brutal, con bandos fanatizados, acciones crueles y líderes con frecuencia impiadosos. “El destino, por uno de sus caprichos, quiso que desde la cuna y durante los mejores años de la juventud, un elemento absorbente, acervo, destructivo, envolviera mi vida… la política”, escribió en Perfiles, su libro de 1892, casi al final de su vida. No renegaba: simplemente describía. Desde muy joven, Juana Manuela Gorriti se hizo cargo de su posición, su historia y el rol que jugaba la política en su vida. Y daría cuenta de sus opiniones, en su literatura y en intervenciones públicas hasta su muerte. Nunca dejó de escribir. Ni en el exilio, ni en la tristeza, ni en la vejez.
El exilio de los Gorriti los envió a Tarija, en Bolivia. Ahí vivieron de la venta de lo que pudieron llevar, especialmente la platería: habían perdido casi todas sus posesiones en pago de compensaciones de guerra. También los ayudaron amigos generosos, que les dieron su hospitalidad.
En Tarija, Juana Manuela conoció al capitán Manuel Isidoro Belzú, un boliviano que, con los años, sería caudillo y presidente de su país. Ella tenía alrededor de 15 años cuando se casaron, en 1833. Y fue un matrimonio complicado, política y personalmente. Tuvieron dos hijas, Edelmira y Mercedes, pero la pareja no funcionaba. Vivieron en La Paz, en Sucre, en Oruro. Juana Manuela participaba de tertulias en todas estas ciudades. Al cabo de unos años, Belzú organizó una primera rebelión para tomar el poder en Bolivia, que fue derrotada: tuvo que exiliarse en Perú. Juana Manuela lo siguió, pero cuando él volvió a las armas, decidió quedarse en Lima. Estuvieron juntos durante nueve años. Él, además, le era infiel: tenían peleas permanentes. Juana Manuela se instaló con sus hijas en Lima en 1848: ese mismo año, Belzú logró ser presidente de Bolivia. Y quiso que sus hijas vivieran con él. Así lo cuenta Juana Manuela en Lo íntimo (1889): “Por ese tiempo, el general Belzú, elevado al mando supremo en Bolivia, pidió otra vez a sus hijas. Entonces, por una parte la exigüidad de los goces que en mi precaria situación podía dar a mis hijas, por otra la espléndida existencia que el padre prometía para ellas, decidieron a la pobre madre. Púsose, como vulgarmente se dice, una piedra sobre el corazón, y se dio a la tarea dolorosa de hacer nacer en sus hijas el deseo de reunirse a su padre, es decir, de separarse de ellas”.
Fue difícil: Mercedes volvió con su madre, porque no soportó la separación, y vivieron juntas hasta su casamiento con el diplomático José Vicente Dorado; la hija se convirtió con el tiempo en una de las poetas más importantes de Bolivia en el siglo XIX, conocida como Mercedes Belzú de Dorado. Pero a su otra hija, Edelmira, recién pudo volver a verla cuando murió, asesinado, el presidente Belzú.
En Lima, Juana Manuela inició su vida de escritora profesional y de mujer interesada en los debates públicos. Estaba sola: era cabeza de familia y consideraba fundamental su independencia económica y, por extensión, la de todas las mujeres. Decidió, además, dejar atrás su apellido de casada, un poco porque la separación fue de común acuerdo y otro poco porque el nombre Belzú desataba demasiadas discusiones políticas. En la ciudad, que amaba, vivía en una casa modesta a la que le sacó provecho bien pronto. Primero, creó un colegio de Primeras Letras para niños, donde también se educaron varias decenas de niñas y señoritas. La escuela ocupaba el ala derecha de una casa en la calle Jesús María y, en 1860, inauguró en ese mismo salón veladas literarias, pioneras desde todo punto de vista. Eran tertulias semanales a las que asistían escritores, intelectuales, periodistas, políticos, pensadores y científicos de la época. Se hablaba de literatura, de cómo podía ayudar al progreso social y de los cambios necesarios para el futuro en el Perú y en la flamante América independiente. Juana Manuela invitaba mujeres, por supuesto, y también invitaba a sus hijos, porque sabía que algunas contarían con nana que pudiese cuidarlos, pero no todas, y ella pretendía la mayor amplitud posible dentro del mundo en el que se movía. Así, las tertulias incluían la lectura de composiciones infantiles de los hijos de las asistentes y, al inicio, charlas exclusivamente femeninas. Ella preparaba cuidadosamente el programa de cada reunión y también la comida y bebida que se ofrecía a los invitados.
Su actividad como mujer preocupada por las cuestiones públicas no se limitaba a su proyecto educativo ni a las tertulias: fundó el periódico La Alborada de Lima con el poeta Numa Pompilio Yona. Desde ahí militaba por los derechos de las mujeres, especialmente el derecho a la educación, en el que creía firmemente, como su padre, como Domingo Faustino Sarmiento, como Juana Manso. En Lo íntimo, escribía: “Decid a las mujeres: ilustráos cual lo hacen los hombres, estudiad, adquirid los conocimientos necesarios para usar de vuestros derechos, que nadie os contesta; y que cuando los queráis tomar, estén en vuestra mano”.
La patria con los otros
En 1848, durante su primer año en Lima, editó su novela corta La quena, que en 1865 se incluye en el volumen Sueños y realidades —antes, en 1845, se había publicado por entregas, en una revista—. Es posible que la haya escrito a los 18 años y es llamativa porque, tan joven, hace una operación de relectura del romanticismo y el gótico europeos notable. La historia transcurre en Lima y desde el principio la fusión de elementos resulta sorprendente. La primera escena encuentra a Rosa y Hernán, amantes jóvenes que hablan en secreto a través de la reja de la ventana. Él tiene que contarle un secreto: es verdad, su padre es el marqués de Camporeal, pero su madre no es una mujer castellana, sino una mujer india. Y no lo cuenta con vergüenza. Todo lo contrario. Espera el rechazo porque sabe que el padre de Rosa está lejos de aceptar a los indígenas como iguales —además, quiere que su hija forme pareja con un amigo suyo, de apellido Ramírez—, pero Hernán, personalmente, está lleno de orgullo. Le dice a su enamorada, en la noche de la ciudad: “¿Quieres saber quién es este Hernán a quien conociste en aquella corrida de toros sentado al lado del virrey? Este Hernán de Camporeal, educado con los hijos de los grandes de España, es el descendiente de esa raza proscripta que vosotros, sobre todo tu padre, miráis con tanto desprecio, después de haberla destronado y de haberos engrandecido con sus riquezas; el que te ama a ti […] es el hijo de una india; es un desventurado que nada posee en el mundo, aunque su pie huella quizá los tesoros que sus padres confiaron a las entrañas de la tierra para sustraerlos a la sanguinaria codicia de sus tiranos”. Rosa, la enamorada, no se horroriza. No tiene una reacción racista ni discriminatoria, ni siquiera decepcionada. Incluso se puede decir que, al conocer el origen mestizo de Hernán, el joven le gusta todavía más: “¡Yo lo había presentido! ¿De dónde venía esa emoción profunda que aun antes de conocerte sentía yo al solo nombre de Manco Capac o de Atahualpa? Se hubiera dicho que, entre mi corazón y el sepulcro olvidado de esos héroes, mediaba una fibra palpitante, por la cual el calor juvenil de mi sangre comunicaba con sus heladas cenizas”. Así, establecida la complicidad entre los jóvenes enamorados, Hernán le cuenta a Rosa la historia de su madre y de su familia indígena, que es el segundo relato de La quena.
La madre, María, es una princesa inca que se enamora de un noble español, Fernando. Ella lo espera en el Cuzco; él cumple tareas en Buenos Aires. Cuando vuelve y la encuentra con un hijo, cambia de planes: ya no vivirán en el Cuzco, parten a Lima. En la ciudad, María enferma; Fernando y su hijo se van a Madrid. Ella los seguirá, después, con mucho sufrimiento, para contarle a Hernán el secreto de su pueblo: los tesoros subterráneos del Cuzco, una ciudad bajo tierra llena de oro y tumbas de antiguos reyes, cadáveres de gobernantes en un sueño eterno. La madre india, en Madrid, le dice al hijo que las profecías hablan de un libertador que vivió “entre los enemigos” y le hace un pedido. “Prométeme que lo serás y no emplearás el odio que pide la sangre de sus amos, sino la ilustración que los haga iguales”.
Hernán vuelve a América con esta misión. El amor de Rosa le complica los planes. Y luego La quena también se complica y se convierte en una novela gótica llena de intrigas, falsas muertes, judíos astrólogos que, en redomas, ofrecen elixires alquímicos, bóvedas, espectros, curas neuróticos, esposos malvados y algún vampiro. Antes, sin embargo, es necesario notar que quien acelera la trama, gracias a una traición, es Francisca, la esclava negra de la joven Rosa. Ramírez, el favorito del padre, es quien la compra, dándole dinero. Pero ella no es una villana: Juana Manuela Gorriti no piensa que los negros sean ni inferiores ni dados a la pereza o la maldad, como la mayoría de sus contemporáneos (y estamos hablando de intelectuales y escritores contemporáneos, que asociaban a los afroamericanos, sobre todo, con la perfidia y con la militancia en las filas federales). Si la esclava traiciona, lo hace para comprar su libertad. Ese es su objetivo. Y, lo más impresionante, es que en su monólogo, Francisca anhela su patria. Gorriti le da esa dignidad: es una ciudadana de otro país, del que ha sido arrancada. “¡África, hermosa patria mía, que guardas en tu seno de fuego los dos únicos objetos de mi amor! Voy a ser libre, y pronto podré besar tu amada ribera”. Y les dice a los blancos, en este caso a sus amos: “¡Vosotros no tuvisteis piedad de mí, yo no la tengo de vosotros!”.
La quena es entretenida y dramática, romántica, llena de peripecias, exagerada. Y es una operación típica de Gorriti: respetuosa del género, que le encantaba —leía tanto a Virgilio como a los novelones franceses, y con el mismo placer—, se permite infiltrar sus ideas sobre una América mestiza, donde todos los ciudadanos debían tener los mismos derechos. Para ella, Lima era el modelo a seguir en la construcción de América; no Europa (adonde, por otra parte, nunca viajó). Creía que la capital peruana tenía la combinación de culturas y tradiciones ideal, que debía ser imitada. Su búsqueda de una identidad nacional es diferente a la de casi todos los varones literatos de la época: no alaba solo lo extranjerizante o europeo, ni continúa con la imposición de una cultura hegemónica. Tuvo mucho que ver con esta búsqueda su amistad con Ricardo Palma y el hecho de vivir en Lima, que le permitía otra perspectiva. En su respeto y exaltación de la cultura inca, incluso se la puede llamar (y algunos críticos lo hacen) la primera escritora indigenista.
Otra diferencia clara es la que establece respecto a los negros, como puede verse en el ejemplo de la esclava Francisca, pero no solamente. En muchos textos de época, los esclavos parecen estar predestinados a la traición; y, de hecho, Francisca traiciona a Rosa. Pero Gorriti encuentra una explicación. Lo hace porque quiere ser libre. No hay nada “malo” en ella. Ha sido secuestrada, sometida e injustamente manipulada, y el gobierno no tiene planes para ella ni para las otras personas en su misma condición. Es una desposeída.
En otro sentido pero con igual eficacia, Juana Manuela Gorriti vuelve al tema de la negritud y la indiferencia —o la crueldad— de las familias aristocráticas en “El ángel caído”. Los conflictos, como en La quena, son varios, pero el principal es la situación de Andrés, un niño negro que la condesa Peña-Blanca le saca a su madre para criarlo ella, en su casa. El chico es simpático y gracioso, y la condesa se divierte: lo llama “su juguete, su monito”. Andrés, sin embargo, crece. Y, ya mayor, se enamora primero de la condesa, después de su hija, Manuelita Peña-Blanca y luego de su sobrina, Carmen Montelar. Entonces, el joven se vuelve una presencia inapropiada: ya no puede codearse con los jóvenes de la alta sociedad. Sus compañeros de infancia, sin embargo, no lo reconocen como uno de ellos. La trama se resuelve con intrigas y crímenes, pero el conflicto profundo es identitario. El joven se crió en la aristocracia, pero en la adolescencia es apartado porque su presencia no es aceptada socialmente. Andrés es “arrojado de aquella dorada región por la inflexible ley de las preocupaciones sociales” y “volvía henchido de odio y de rabia al círculo estrecho de su mísera esfera, para llevar allí una existencia desesperada”. Sus mundos se derrumban y él entra en un espiral de locura, pero la “culpa” está del lado de la clase alta. Juana Manuela Gorriti rara vez exalta a la aristocracia y, con frecuencia, como en este caso, los pone como ejemplo de la injusticia. Lejos de buscar el bienestar de los menos favorecidos, casi un deber dada su condición de privilegio, profundizan la desigualdad. La idea subyacente es que se debe considerar a Andrés un ciudadano, no un subalterno. Se lo debe integrar. Estos no son temas menores, aunque aparezcan en cuentos de género: son cuestiones centrales para pensar en el futuro de las naciones americanas. En El ajuar de la patria, una recopilación de textos sobre Gorriti editada por Feminaria en 1993, Cristina Iglesia escribe: “Sin duda la mayor audacia de Gorriti consiste en postularse como escritora patriota y narrar desde allí la leyenda nacional. Escribe sobre ‘cuestiones de hombres’ y, al hacerlo, entabla con los escritores una disputa. Toda su obra puede leerse como la voluntad de sostener este desafío”.
Juana Manuela Gorriti permaneció varios años en Lima y su vida en la ciudad fue cualquier cosa menos convencional. Tuvo tres hijos extramatrimoniales, Clorinda, Julio y un hijo varón que murió en la infancia. No quería decir quiénes eran los padres. Sus colegas siempre respetaron sus amoríos y la respetaron como a una par: es un lugar insólito, el de una mujer transgresora a quien no se la censuraba, en aquella época. La admiración también tenía que ver con sus acciones. En 1865, cuando su ex esposo fue asesinado en La Paz, ella entró al Palacio Quemado a reclamar su cuerpo, que había sido ultrajado. Juana Manuela escribe: “El 27 de marzo de 1865… Belzú, mi marido, el hombre que enlutó mi destino entero, vencedor de un combate en el que el pueblo derrotó al ejército, fue asesinado por el general que mandaba este. Vinieron a decirme que Belzú había caído atravesadas las sienes de un balazo, y yo corrí en medio del combate; llegué hasta donde yacía el desventurado ya cadáver, lo levanté en mis brazos y en ellos lo llevé a casa: ¡a ese hogar que él había abandonado tanto tiempo hacía! Con mis manos lavé su ensangrentado cuerpo, y acostándolo en su lecho mortuorio, lo velé y no me aparté de él hasta que lo coloqué en la tumba. La misión de la esposa parecía ya acabada; mas he aquí el pueblo que me rodea y me pide más: me pide que lo vengue. Sí: lo vengaré con una noble y bella venganza, haciendo triunfar la causa del pueblo que era la suya”. Juana Manuela, a quien llamaban “Mamay” (a Belzú sus seguidores lo habían apodado “Tata”), intentó liderar una revuelta, pero fracasó: volvió a Lima, clandestina, para no ser atrapada. Poco después, en 1866, durante el ataque realista a la ciudad, curó y evacuó a los soldados locales. Por su coraje le dieron un diploma y una “linda joya, que es una estrella de rayos en esmalte y centro de oro con un castillo y esta leyenda en torno: Dos de mayo de 1866. Y en el reverso, también un castillo con esta otra: 50 cañones contra 300”, según escribe en Lo íntimo.
Ella decía que la política había atravesado su vida pero se podría decir que, en realidad, la marcó la guerra.
Las damas oscuras
Juana Manuela Gorriti narra la guerra civil entre unitarios y federales en muchísimos relatos y, en casi todos, la mujer es protagonista. De diferentes maneras. Es la víctima de la violencia de los hombres, pero también la que posibilita la esperanza; es una figura espectral que recorre los campos de muertos en una tierra arrasada; es la novia capaz de amar por sobre la ideología y la diferencia.
Los relatos se inscriben en un gótico tardío, donde los monstruos no son espectrales, sino bien palpables. La Mazorca (que ella escribe “Mas-horca”, algo frecuente en la época porque así lo escribían los unitarios) es una encarnación del monstruo, que es Rosas, pero también es la crueldad ciega de la tortura y el fanatismo. Las mujeres deambulan como almas en pena porque lo son y, en muchos casos, están locas. Escribe y explica Cristina Iglesia: “Gorriti es la voz de la locura de la guerra en la literatura argentina del siglo XIX porque convoca en su escritura a todos los fantasmas de la patria: indios desposeídos, mujeres arrasadas, padres e hijos enfrentados a muerte, incestos, adulterios. No hay familia posible. No hay tregua en su escritura. Su pacto final con la modernidad es tramposo porque obliga a repensar el terreno inestable sobre el que se construye. En esta marca de inestabilidad reside la mayor eficacia de su producción”.
“El guante negro” es, en este sentido, un relato emblemático, apasionado y terrible. El clima con el que se inicia está lleno de misterio. Wenceslao, un joven federal, yace herido y recibe la visita de la poderosa Manuelita Rosas, que no es una villana ni una caprichosa ni una tirana en miniatura: la hija del dictador viene como amiga preocupada y vulnerable, que le deja ver a Wenceslao, sin pedir nada a cambio, que tiene sentimientos hacia él. Antes de irse, le regala un guante negro de tul, como obvia prenda de su amor. Wenceslao sufre: quiere y aprecia a Manuelita pero le duele que ella esté enamorada. Él ama a otra. Una mujer misteriosa, hija de un unitario brutalmente asesinado, que también lo visita en secreto y tiene el don de la clarividencia. Así aparece: se llama Isabel. “La puerta se abrió, dejando ver la campiña alumbrada por los rayos de la luna, y dando paso a una figura blanca, vaporosa y aérea como las Willis de las baladas alemanas. Era una joven envuelta en un largo peinador blanco y con la cabeza cubierta con un velo de gasa. La estatura era algo elevada; su larga y suelta cabellera, brillante y negra como el azabache, descendía en sombrías ondas hasta tocar el suelo; sus rasgados ojos negros de anchas pupilas, tenían esa larga y profunda mirada que se atribuye a aquellos que leen el porvenir”. Isabel percibe la presencia anterior de Manuelita y se ofende, se enloquece: los celos le hacen decir “he deseado que se prolonguen tus sufrimientos por toda la eternidad”. Pide algo terrible cuando encuentra el guante de la hija del poderoso: que, para resarcirla, Wenceslao se una a los unitarios. Él dice que prefiere morir y tiene razón: lo espera la muerte. Isabel se reúne con su amado en el campo de batalla y es ahí donde su figura, extraña desde el principio —sin apellido, sin historia, etérea y fantasmal— toma dimensiones míticas y espectrales. “Es fama que todas las veces que el tirano de Buenos Aires iba a decretar alguna de esas sangrientas ejecuciones, alguna de esas horribles carnicerías que la desolaron, se aparecía en las altas horas de la noche una mujer de aspecto extraño que, cubierta de un largo sudario y con los cabellos esparcidos al capricho de los vientos, daba vuelta tres veces en derredor de la ciudad, cantando con voz lúgubre las sombrías notas del De profundis”. Isabel ya es un mito, un presagio, una leyenda, una dama de blanco gótica que viene a recordar la muerte. Las mujeres son almas sin paz porque es la única forma de ser posible.
No todos los fantasmas son pasivos, como el de Isabel, que recorre los campos. Aurelia, la protagonista de El pozo de Yocci, por ejemplo, muere asesinada por su celoso esposo, Aguilar, al defender el honor de su difunta madre. Lo va a buscar, muerta, mujer espectro, y lo lleva con ella al pozo donde la arrojó. “Aguilar, mudo de terror quiso huir, pero de repente se sintió envuelto en el velo azulado del fantasma. Unos labios yertos ahogaron en su boca un grito de espanto y un helado abrazo estrechó su cuerpo, que rodó, precipitado en la negra oscuridad del pozo”. Aguilar es un mazorquero, violento, experto en aplicar dolor a otros cuerpos. Pero no puede usar las armas de este mundo contra lo sobrenatural y el fantasma de su mujer lo vence. La violencia contra la mujer está presente de una manera abrumadora en los textos de Gorriti: en general mueren esposas —la madre de Wenceslao, a manos de su marido, cuando ella intenta proteger a su hijo, entre muchas otras—, pero también mueren hijas. El varón monopoliza la violencia, en la guerra y en el hogar.
Hay que tener en cuenta que Juana Manuela Gorriti venía de una familia unitaria y creía que la dictadura de Rosas era dañina y brutal. Pero a veces escribe contra su ideología: trata de decir que la crueldad y la locura no son exclusivas de un bando y que ese intento de demonizar al otro sin más es parte del problema. En “La hija del mashorquero” presenta una relación muy compleja: la de Clemencia con su padre, Roque Alma-Negra, verdugo de la Mazorca. Roque es un asesino impiadoso pero tiene debilidad por su hija. Ella se horroriza cuando él le dice cosas como esta, para justificarse: “¿No sabes que los salvajes unitarios no tienen corazón como nosotros, que amamos y aborrecemos con igual violencia?”. De noche, la joven asiste a las víctimas de su padre, especialmente a las viudas y a los niños pequeños. Después de enterarse de un complot para matar a Roque, Clemencia se entrega, en una especie de sacrificio. Su padre, creyéndola otra persona, la asesina. Esta vez, sin embargo, la mujer que intenta ponerle fin al fratricidio consigue su objetivo: en las últimas líneas del cuento, sin explicarnos cómo, Juana Manuela Gorriti señala que Alma-Negra logró reformarse. Y si un asesino así lo logra, parece decir, cualquiera —todos— pueden hacerlo.
Clemencia encarna la función que, según Gorriti, era la de las mujeres en este contexto. No creía que debieran ser el ángel del hogar, la que desde el espacio privado ayuda a la educación y al futuro. Juana Manuela había conocido a Juana Azurduy, más tarde la perfilaría; recordaba los años de la lucha por la independencia, cuando las mujeres no estaban confinadas en sus casas. Para ella el rol de la mujer no es el de la educadora civilizada: es un rol político. La m
