Prólogo
La Guerra de Invierno,
Finlandia, enero de 1940
Una escena sin olor. El frío mató hasta el hedor y el dolor de los sobrevivientes. No quedaron heridos. Por aquí y allá había hombres sin vida, manteniendo posiciones inverosímiles, como estatuas metidas entre la nieve, como gigantes soldaditos de plomo que un niño hubiera dispuesto en el patio trasero de su casa, luego de la nevada.
La imagen no llegaba a ser macabra. La batalla parecía haber sido detenida de repente, el tiempo congelado con temperaturas de hasta cuarenta grados bajo cero. Por instinto, dirigió una rápida mirada a su espalda, para asegurarse de que el camión siguiera allí. De repente lo asaltó un miedo irracional a quedar olvidado y solo. Como ellos.
Por la necesidad de jugar a ser valiente, se adentró en la nieve, pisando donde nunca nadie. Las huellas de cuerpos que se arrastraban marcaban surcos incongruentes y se detenían abruptamente, por todos lados. Un poco más allá se encontraban los soldados soviéticos. Algunos, heridos, habían muerto apoyados en los troncos de los pinos, tratando de detener el sangrado. Otros simplemente cayeron en la nieve, escondiendo el rostro, apoyados sobre tanques. Había un trío que aún tenía en sus manos los fusiles. La tormenta de nieve y viento los congeló en pleno avance. La piel de los soldados comenzaba a tomar un extraño color oscuro, y las bocas ensanchadas dejaban ver los dientes. Había ojos abiertos y cerrados, y gotas de sangre que no habían llegado a penetrar la nieve. Entre tanta mortandad era irrisoria la pulcritud. Ni siquiera un soldado que se miraba el estómago mientras en vano intentaba contener las vísceras provocaba asco. El frío continuaba matando el hedor de los ya muertos. A un costado, sobre los trastos de campaña y las municiones que no llegaron a apilar, había una cubierta de escarcha. Extrañamente no se veían caballos. Más resistentes, probablemente, habían logrado refugiarse, o simplemente huir de la emboscada que los detuvo.
No pudo o no quiso seguir avanzando. Con cuidado, como si no quisiera dañar la escena del crimen, se dio la vuelta y volvió a la relativa seguridad del camión. Si es que se podía hablar de alguna seguridad en aquella guerra.
1
El 22 de junio de 1941, el desastre se cernía por todas partes. Desde lo alto, la frontera de la Unión Soviética se veía llena de humo, fuego y desorden. El ejército alemán penetró en el territorio soviético. La blitzkrieg había dado su paso en la Rusia de Stalin.
Nadie se asombró del aplastamiento sufrido por la aviación rusa. Pues, aunque el máximo líder político hubiera sido advertido de los preparativos de los alemanes, ningún aeródromo fue informado.
Cientos de aviones fueron destruidos en las pistas, alineados prolijamente como avioncitos de pasta en manos de niños. Cayeron bombas sobre ellos. Algunos pilotos murieron en las cabinas, sin despegar siquiera. Y los que lograron reaccionar y llegar al aire fueron derribados por la superioridad numérica y tecnológica de los alemanes. Cuando el alto mando comprendió la situación, envió bombarderos hacia bases aéreas alemanas, formación cerrada y a la muerte. Fueron un blanco perfecto para la defensa antiaérea y los cazas enemigos. De todas las formaciones que partieron no volvió ninguna. El armamento era anticuado; las tácticas, también. El enemigo contaba con una estructura militar muy aceitada, que venía de cosechar grandes victorias. Su espíritu de lucha era inmejorable. Los soldados y los pilotos alemanes sabían que los soviéticos no estaban preparados para detenerlos.
Aquel día fue un completo desastre. Aún se lo recordaba como si hubiera sucedido ayer. Sin embargo, los pilotos insistían en usar la inefectiva táctica del círculo ante la aparición del enemigo: cada piloto cubría al que tenía delante. El problema residía en que, si un avión era atacado y el círculo se rompía, todos quedaban indefensos. Muchos habían aprendido en la guerra de Finlandia la ineficacia de esa acción. Pero no era fácil ponerse a explicar teoría en una mañana llena de sangre y fuego, en la que el infierno parecía haber sido parido en todos lados. Nadie escuchaba más allá de la orden de su superior de ponerse en marcha para derribar alemanes. Derribar alemanes…
A uno de los pilotos le temblaron las manos cuando vio la hélice de su I-16 destrozada y sin aspas. El pequeño “avión mosca” había sido estrellado intencionalmente contra un bombardero alemán. Nadie lograba explicar cómo era que el piloto estaba vivo. El impacto debió haberlo sacudido violentamente en la pequeña cabina. Por instinto, había virado hacia la izquierda, alejándose del Heinkel enemigo, al que vio caer pesadamente, con los motores en llamas. Simplemente, miró el cielo azul y se lanzó a planear. Veinte minutos después, con las ruedas quebradas, la ausencia de hélice y el cuerpo duro por la tensión, recuperaba la vida y la compostura. Había realizado el primer Tarán y sobrevivido para contarlo.
Fueron pocos los hombres que superaron la primera jornada, la primera semana de guerra. El alto mando enviaba a sus pilotos al frente sin asegurar su regreso. Enviaba a su infantería al matadero. Todos pensaban en esto, pero pocos se atrevían a decirlo. Y muy pocos vivían luego de atreverse.
El joven y el viejo… El hombre soviético primero moría y luego preguntaba por qué debía hacerlo. A veces ni preguntaba, casi nunca preguntaba. El joven soviético creía firmemente en la inmolación personal en pos de la patria. No solo en el colegio le habían inculcado el amor al país antes que la vida; en las aldeas y en las ciudades sus padres también enseñaban con el ejemplo. Y si el renunciamiento era inculcado por los padres, ¿cómo no creer que aquello era lo correcto y lógico? Los carteles lo decían: “¡La Madre Patria llama!”.
Tan pocos se atrevieron a decir algo en aquellos primeros momentos, ¿qué decir? A los niños no se les enseñaba a rebelarse, al contrario, lo que decía el camarada Stalin era verdad absoluta, y si la guerra pedía la vida, la vida se daba. En aquellos primeros momentos pocos pilotos estaban en condiciones de actuar y tomar decisiones por sí mismos, en la mayoría de los casos esperaban la directiva del líder de escuadrón, del comandante del regimiento. Y lo mismo pasaba con las unidades de fusileros, cuando más se los necesitó, pocos se atrevieron a actuar de forma independiente.
Los escasos aviones que se habían salvado, junto con los pilotos que perdieron sus naves, emigraron tierra adentro, a aeródromos más alejados de aquel frente de batalla nunca estático, que se desplazaba hacia las profundidades de la Unión Soviética a un ritmo alarmante.
Nada fue fácil durante aquel primer año. Alemania contaba con el apoyo de Rumania, Hungría, Eslovaquia, Croacia, Italia y Finlandia. Avanzaba rápidamente en el territorio invadido. Grodno, Brest-Litovsk, Vilna, Roano y Minsk no tardaron en caer. Los alemanes llegaron al mar Negro. Pero no solo el sur de la Unión Soviética peligraba. El ejército alemán se había dividido en tres grupos: los ejércitos del norte, que tenían por objetivo tomar Leningrado, la cual fue sitiada; los del centro, que se dirigieron a Moscú, llegando a estar tan cerca de ella que los alemanes podían ver con sus binoculares las cúpulas del Kremlin; y el grupo del sur, que se proponía tomar las riquezas naturales, los cereales, las minas de carbón y de hierro, es decir, el Cáucaso en sí mismo. Allí abundaba el petróleo, tan necesario para que pudiera seguir funcionando la mole bélica alemana, algo indispensable si Hitler quería que sus tropas se adentraran aún más en la Rusia, que parecía no tener límites a los ojos de los soldados. Los alemanes avanzaban sin pausa, dando grandes batallas en Kursk, Odessa, Rostov, Sebastopol, Kiev…
***
Engels, noviembre 1941
—Vika, las cosas deben de andar mejor si has vuelto a sonreír.
No era cierto. Aquellos días las cosas no mejoraban, ni siquiera cuando el sol de otoño les regalaba un poco de calor en la cara, como era el caso de esa templada mañana. A modo de explicación sacó la mano que tenía escondida en la espalda: la tijera de metal captó la luz del amanecer y brilló reflejando los rayos del sol. Oyó protestas al unísono, jadeos ahogados, vio la indignación en los ojos, pero no más que eso.
—¿Es necesario? —preguntó Zoya llevándose instintivamente la mano a la cabeza.
—Sí, lo es —respondió Elena.
Y ya no se escucharon más quejas; la comandante había hablado. De mala gana, formaron una fila.
—¿No necesitaremos, al menos, un espejo? —interrogó Antonina mientras peleaba con Rita para ver quién quedaba para el final.
—¿Para qué? —preguntó con sorna Vika, al tiempo que levantaba las cejas—. Solo tomará un momento y seré lo más cuidadosa posible.
Una a una, las muchachas pasaron por las manos de Vika, quien con la brillante tijera cortó los largos cabellos dejándoles a todas la misma melena, que en su nueva forma adquirió rizos impensados. Sin embargo, el espejo no tardó en aparecer, y todas se lo disputaron para mirarse y arrugar el ceño ante la imagen reflejada. ¡Era tan triste despedirse de sus cabellos! Zoya tenía el pelo muy oscuro. El de Elena era negro y brilloso, pero ella ya había pasado por las tijeras, pues su madre se lo había cortado antes de que estallara la guerra. El resto de las mujeres tenía el cabello dorado.
Vika miró la tierra de la pista, en la que los cabellos ya desterrados de las cabezas yacían como cadáveres sin belleza. Era un vivo recordatorio de viejos tiempos que ya no volverían. Le tendió en silencio la tijera a Elena.
—Te corresponde, eres mi superior —dijo Vika antes de darle la espalda y ofrecerle su melena.
Cuando sintió que el filo cortaba el primer mechón, levantó los ojos posándolos en el cielo, como buscando consuelo. Hacía más de catorce años que cuidaba su largo cabello. Desde que tenía cinco, su madre había tomado por costumbre cortarlo apenas lo justo y necesario para que siguiera naciendo con fuerza. Su abuelo siempre le decía que su cabello tenía el color de las espigas del trigo. No era blanco como las canas de la abuela, sino mucho más brilloso. Lucía radiante en su cabeza de muchacha joven y vivaz. Miró por el rabillo del ojo a su comandante, quien comenzaba a cortar los lados, y deseó que terminara rápido. La escuchó desplazarse a su alrededor, emparejar el cabello, y dar el último tijeretazo.
—Ya está.
Entonces Viktorya Anatolievna de Moscú se dio cuenta de que, hasta ese momento, todas habían estado conteniendo el aliento en silencio, mientras su envidiada melena caía irremediablemente a la tierra polvorienta que ensuciaba las hebras claras.
Sonrió.
—Será mucho más fácil lavarlo, y ya no deberé trenzarlo —repuso sin perder la sonrisa, aunque cada vez le costaba más mantenerla.
Vera alzó el espejo.
—¿Quieres mirarte?
No, no quería hacerlo. Ya sabía que debía de estar horrible. Movió la cabeza en gesto negativo y sintió cómo su cabello le pegaba en las mejillas. Ya no le rozaba la espalda. Se apartó de las muchachas, vagó con rumbo incierto por los galpones, levantó con sus toscas botas la polvorienta tierra de los alrededores y llegó hasta los árboles lejanos. En su sombra, cayó de rodillas, se sentó y luego se acostó lentamente a mirar el cielo azul, tan azul como sus propios ojos, aunque no tan triste. Apoyó las palmas abiertas sobre la alfombra verde que le servía de colchón, y dejó que la hierba tupida le hiciera cosquillas amorosas entre los dedos de sus callosas manos. Poco a poco, comenzaron a deslizarse lágrimas por los costados de su cara, escapando así del encierro de sus ojos, pero sin brindarle ningún alivio, ninguna recompensa. Lamentó que ni siquiera pudiera llorar delante de sus compañeras; ella era su sargento y no sería un buen ejemplo. Ahora a solas, lloró por el cabello que yacía a cientos de metros de su cabeza, pisoteado por los mecánicos. Pensó que dejaba atrás mucho más que largas hebras de plata. Dejaba la juventud aún retenida en su cuerpo, pero ya ausente de su mente. Dejaba de lado su hermosura, sus ganas de conquistar a un hombre, de enamorarse y de formar una familia.
—El pelo volverá a crecer —se dijo en voz alta para reconfortarse mientras se apoyaba en sus codos, y frunció el ceño para mirar a lo lejos.
Alineados como para un desfile militar había algunos U-2, viejos aviones de la década del 20, y a pesar de sus escasas dimensiones y peso ligero, eran lentos. Fabricados de contrachapado y tela de algodón, eran baratos; al ser biplaza, antes de la guerra abundaban en los clubes de vuelo. Hoy servían para casi todo, desde llevar un herido o lanzar provisiones a unidades aisladas o partisanos ocultos en el bosque, hasta el extremo, solo posible en urgencia bélica, de convertirlo en avión de bombardeo si se le colocaba un par de bombas debajo del ala. Vika recordó que no había sido difícil aprender a pilotearlos cuando estaba en Moscú, aun así algunos fueron pedantes mientras estudiaba, y muchos en el club la subestimaron. Por eso se había convertido en una piloto agresiva y con una fuerte determinación para pasar a la acción sin dudar. En el aire, la indecisión era una mala compañía.
¿Qué pensaría el abuelo si la viera ahora? Él también había escondido las lágrimas al verla partir de Moscú, pero su nieta tenía una misión que cumplir. Dejar a su familia fue duro; sin embargo, detrás de la tristeza por la separación, sentía la conformidad de estar haciendo lo que más quería. Solo al principio sintió culpa. Ya no.
Tiempo atrás, cuando el monstruoso Adolf Hitler traicionó al camarada Stalin invadiendo la Unión Soviética, todos quedaron momentáneamente golpeados. La propia Vika faltó al club ese día. Pero no tardó en darse cuenta de que ella también podía ayudar a la Madre Patria. Cuando Rita le dijo que se estaban formando regimientos de pilotos femeninos, Vika se esperanzó. Recordaba claramente cómo se les habían iluminado los ojos de la emoción a las dos. Se tomaron de las manos y salieron a las calles a los saltos, y varios hombres las habían mirado sonriendo.
A mediados de octubre se presentó con Rita en el antiguo Palacio Petrovsky, no sabían qué esperar ni qué les iban a decir, solo tenían claro una cosa: de allí saldrían con el permiso para volar durante la guerra. En el club habían dicho que quienes quisieran entrar en la lucha tenían la posibilidad de hacerlo, solo debían presentarse de forma voluntaria en la reunión que se iba a llevar a cabo en el Palacio.
Lo recordaba todo con claridad, el recinto estaba lleno de muchachas, cientos de caras desconocidas. Vika no se había puesto colonia y la invadió el olor de las otras: olor a humo, a comida, a frío, a cosas de hogares con muchas personas; sintió un leve sofoco. En vuelo el aire olía a pureza y a lo desconocido. ¿Qué harían todas ellas en la guerra? Y más importante, ¿qué haría la guerra en ellas? Se estremeció.
Mientras esperaban, escuchó fragmentos de conversaciones ajenas. Así supo que algunas eran pilotos que huían de las zonas ocupadas, otras trabajadoras de fábricas y había estudiantes universitarias. Vika miró el raspón que tenía Rita en una de las rodillas, pues en el camino sonó la alarma antiaérea y debieron correr buscando refugio. El enemigo estaba a las puertas de Moscú, y se los hacía notar a cada instante. La vida iba a cambiar, todas lo sabían.
Les dieron una charla informativa. Las arengaron recordando la traición de Hitler, el sufrimiento del pueblo, la renuncia y valor de los camaradas que luchaban en el frente. Luego entregaron los permisos firmados y a cambio recibieron ropa y pertrechos, todo masculino, todo enorme. Las botas eran grandísimas; tuvieron que rellenar las puntas con papeles viejos. Los cinturones eran larguísimos: para usarlos, debían darles dos vueltas alrededor de la cintura. La guerra, en aquel comienzo, no estaba pensada para las mujeres.
Les dijeron que abandonarían Moscú con rapidez, la amenaza de los alemanes era tal que las trasladarían a Engels, ciudad separada de Saratov solo por el fluir del Volga.
Al día siguiente, en la despedida, asoció las lágrimas del abuelo al frío; era un otoño gélido, había tanta nieve en las calles, todo estaba cubierto por una gruesa capa blanca: los tranvías detenidos, los letreros, los árboles esqueléticos, los botes de basura. Por un instante se podía pensar que era una ciudad abandonada, pero se oían llantos. En la estación de tren nadie reía, todos tenían conciencia de que las despedidas podrían significar la última vez que verían el rostro de la gente amada; una vez que dejaran Moscú no tendrían seguridad de no acabar muertas durante la batalla.
La mañana en que dejaron la ciudad hubo olor a flores, a colonia, olor a pan que se escapaba de los pequeños ataditos de tela que las madres tendían, con manos temblorosas, a sus chiquillas de trenzas apretadas y mejillas rosadas.
Al momento de subir al tren sonaron con estrépito los tacos de acero de las botas de las muchachas, a la mayoría les iban grandes, y podían enrollar los dedos con comodidad, pero resultaban frías y muy duras.
Vika no soportó seguir viendo a su pobre abuelo; tenía las manos, viejas y pálidas, enlazadas en el estómago, y la miraba con pena. A pesar de ya estar dentro del tren, la joven flaqueó. Si los alemanes entraban a la capital, ¿quién cuidaría del abuelo? ¿Mamá podría salvarlo si había un bombardeo?
Miró al cielo; se concentró en los globos de barrena que flotaban en el aire, por encima de construcciones importantes, para obstaculizar el paso de los aviones. No bajó la vista hasta que el tren comenzó a marchar, solo entonces dirigió una última mirada: su abuelo y su madre seguían de pie, sobre el borde del andén, uno al lado del otro, tomados de la mano.
Tardaron más de diez días en llegar a Engels. Vika creyó que Rita enloquecería en aquel tiempo; por alguna extraña razón su amiga no se separaba de sus macutos: a todos lados que se movía llevaba la cantimplora, el plato, la cuchara, la pistolera, los papeles. Hacía un ruido bastante cómico aunque luego del primer día dejó de ser gracioso. Pero Rita cuidaba de sus bienes. ¿Serían los más preciados en los días por venir? Llevaba los bártulos hasta cuando el tren se detenía en apartaderos para dejar el paso a los trenes con prioridad, mientras las chicas aprovechaban esas horas para estirar las piernas y caminar un poco. Vika, en cambio, no se aferraba a nada, no se había llevado mucho de casa. Ocupaba el tiempo en observar, a pesar de que todas llevaban la misma vestimenta verde —el color insistía en abrirse camino— aquí y allá las muchachas tenían algún detalle: una hebilla en el cabello, algún pañuelo bordado, camisas de mujer con algún lazo que asomaban por debajo de los cuellos de las guerreras. La vida familiar, femenina y juvenil se colaba entre ese manto de homogeneidad que el ejército les había echado encima; y reparó en que todas ellas eran muy parecidas, las trenzas sobre las cabezas, la sonrisa fácil, la búsqueda de una incipiente amistad, la unión a algún grupo para no sentirse demasiado solas.
El vagón en el que viajaban era el de mercancías; casi todas habían viajado alguna vez en él. Tenían camas cuchetas y una estuf
