Prólogo II
Por el Dr. Rogelio D’Ovidio*
En muchas culturas orientales se menciona la diferencia entre ideas y pensamientos. Un pensamiento es un producto de nuestra mente que puede ser creado por nosotros o provenir del exterior. Si yo le digo que imagine un elefante rosado con lunares verdes y usted lo consigue visualizar, entonces lo ha creado con su mente porque ese tipo de elefante no existió nunca.
Las ideas, en cambio, son otra cosa. El Maestro Tibetano menciona en varios de sus libros que las ideas nos llegan del plano de la intuición. Las ideas son sembradas en el planeta por seres de elevada jerarquía espiritual. Una idea “flota” sobre el planeta y es captada por nosotros los humanos en distintas partes del planeta Tierra. Existen innumerables ejemplos de ideas captadas por ciertas mentes y que fueron sembradas mucho tiempo antes. Solo como ejemplo, podemos citar al lema de la revolución francesa “libertad, igualdad y fraternidad”. Estas ideas fueron sembradas siglos antes, y así fueron sumando seres y más seres, hasta que, en un momento dado, se produjo una masa crítica en Francia que desembocó en la revolución francesa.
Era bastante común que, en la era previa a la globalización de la comunicación, distintos grupos de investigadores siguieran una misma vía investigativa sin saberlo entre ellos. Si esto no es una idea captada por distintas personas en distintos lugares…
No es de extrañar entonces que cuando leí la biografía de la Lic. Sara Levita, ¡me encontré que había otra persona que había seguido un recorrido bastante parecido al mío! Sin saberlo ninguno de nosotros dos, a lo largo de años fuimos buscando por uno y por otro camino aquello que nos completara, que nos devolviera esa sensación de unión perdida que, sin saberlo todavía, no era más que la unión de nuestra personalidad con la propia alma.
Estamos asistiendo a un momento planetario muy interesante. Muchas personas sienten algo así como un llamado desde su propio interior. Lo que antes alcanzaba, ya no alcanza. El paradigma que sirvió a una generación anterior, ya no le sirve a la nuestra. Las escalas de valores impuestas nos resultan incompletas a muchos. Por aquí y por allá están surgiendo voces que quieren algo distinto, más auténtico, más inclusivo, más elevado, con un sentido más abarcativo, y eso no es más que el holismo, el todo como conjunto.
El concepto de holismo tiene siglos de historia. Sin embargo, recién en las últimas décadas ha cobrado importancia en nuestra cultura occidental.
El prefijo holo es griego y su significado es totalidad. Cualquier enfoque que se denomine holístico tiene que contemplar al hombre como una totalidad. Y justamente, cuando hablamos de una totalidad sobre el ser humano, ¿de qué estamos hablando concretamente?
Nosotros poseemos una compleja estructura integrada por los cuerpos físico, emocional, mental y cuatro cuerpos espirituales. Dentro de esos cuatro cuerpos espirituales vamos a encontrar (en distintos planos) al alma y al espíritu. Alma y Espíritu no son sinónimos. El espíritu es lo más elevado que posee nuestra estructura. El alma, en cambio, posee mucha menor vibración que el espíritu, y lo refleja en su totalidad.
El alma refleja al espíritu, y la personalidad debería reflejar al alma. Esta es la secuencia de la armonía espiritual. Pero el problema es que esta secuencia es la que “debería” ocurrir.
Nuestra alma siempre refleja al espíritu y jamás hace lo contrario a los dictados que provienen de él. En cambio, nuestra personalidad, que debería reflejar de manera literal o textual a nuestra alma, ¡muchas veces no lo hace! Y es justamente esto lo que genera un punto de fricción entre la personalidad y el alma, que es muy difícil de encontrar y disolver. Y ya lo dice la primera ley de curación espiritual cuando enuncia que “toda enfermedad es el resultado de la inhibición de la vida del alma. Esto es verdad para todas las formas de todos los reinos…”.
Vemos entonces que cuando nuestra personalidad impide la libre expresión de nuestra alma, surge la fricción primordial que puede permanecer en su propio plano determinando un conflicto psicológico intra o interpersonal, o bien precipitar hasta el cuerpo físico, condicionando la aparición de una enfermedad física.
La tarea de re-descubrir esta separación o fricción entre nuestra personalidad y nuestra alma es ardua, y necesita de distintas herramientas para abordarla. Cuando un recurso no resultó eficaz, entonces habrá que buscar otro hasta encontrar aquel que nos brinde la llave para acceder al conocimiento y descubrimiento de esa fricción.
Otras veces, la fricción no proviene de nuestros errores personales e individuales, sino que está relacionada a un problema transgeneracional que nos incluye por pertenecer a ese grupo familiar particular. En este caso, y como estamos hablando de un grupo, deberíamos pensar en el concepto de un pensamiento colectivo, de una mente grupal, con su consiguiente inconsciente grupal también (al que Sara Levita denomina alma grupal), que determina a lo largo de generaciones el traspaso de información que no necesita ser verbal. Por el solo hecho de nacer en determinada familia, recibimos una “herencia” verbal y no verbal de toda su historia. Y justamente es esa historia no verbal de fricciones, la que es objeto de estudio en las constelaciones familiares.
Resulta importantísimo, entonces, que existan seres como la Lic. Sara Levita que prosigan con la investigación sobre la eficacia de técnicas como las Constelaciones Familiares para la resolución y cura de estos conflictos no resueltos de orden transgeneracional.
Lo invito a usted, amigo lector, a que estudie cada una de estas páginas que ilustran distintos casos donde se aplica esta técnica tan ampliamente utilizada en la actualidad.
*Médico Holístico.
Reconocimientos profesionales
“Elegí ser médico con el propósito de curar la enfermedad y ayudar a las personas a aliviar el sufrimiento. En el devenir de mi profesión, comprendí que en la mayoría de las consultas los síntomas y signos referidos por los pacientes eran expresiones físicas de trastornos emocionales subyacentes. Pero no fue hasta que llegó a mis manos el primer libro de Constelaciones Familiares, escrito por Sara, que pude conocer desde una mirada sistémica la vital importancia del orden y el amor en el alma personal y familiar. Al asistir posteriormente a su taller en calidad de participante, representante y consultante, mi vida personal y profesional cambió para siempre. En este segundo libro, Sara aporta una nueva forma de ver y entender la salud y la enfermedad. Nos recuerda que somos seres integrales, conformados por sistemas interrelacionados y que pertenecemos a diversas comunidades. Desde esta perspectiva, nuestro bienestar biopsicosocial puede también alterarse por conflictos no resueltos en el plano del alma. A través de la enriquecedora casuística de constelaciones aquí presentada, podemos ver a los síntomas como portavoces de los desórdenes existentes en el alma, cambiando la visión clásica de la enfermedad. Traslada el objetivo alopático tradicional de la curación hacia una nueva meta: la sanación. Si, como dice Hellinger, soltar significa seguir el camino transformado, pues entonces este libro en mí lo ha logrado. Agradezco a Sara, por ayudarme a soltar el viejo paradigma de curar la enfermedad, para entender que la sanación comienza en el alma”.
Dr. Mariano R. González
Médico Clínico
“Ha sido un honor para mí leer tu libro. Te agradezco tu generosidad de permitirme conocer esta obra, que es un aporte esencial para el camino de la sanación en el marco de las Constelaciones Familiares”.
Dra. Adriana Manauta
Médica especialista en Psiquiatría
Parte I
INTRODUCCIÓN
“El amor que sana, a diferencia del amor que sentimos en nuestras relaciones, es un amor del espíritu. La enfermedad es un movimiento del espíritu para sanar la conciencia familiar llevando al individuo a la reconciliación con los excluidos de su clan”
B. H.
1. Nuestro cuerpo, nuestra historia
Nacimos, crecimos y aún vivimos en una cultura de oposiciones. No solo para concebir al mundo, sino también para mirarnos a nosotros mismos: creemos que lo intelectual tiene predominancia sobre lo corporal, que las emociones atentan contra la razón, que la fe y la ciencia solo pueden contradecirse.
Sin embargo, a fuerza de sus dificultades evidentes para hacernos felices, ese paradigma empieza a resquebrajarse y son cada vez más las personas que buscan —desde la investigación y la teoría, pero también desde el autoconocimiento, la introspección y las disciplinas alternativas— un camino hacia la unidad y la armonía en sus vidas: porque somos un cuerpo y una mente, somos seres racionales y emocionales a la vez, y así como tenemos una herencia genética que determina nuestros rasgos físicos y nuestras enfermedades, también tenemos una historia, una herencia invisible que existe en nosotros.
El cuerpo es el lugar en el que vive nuestra historia: es el resultado de todas las experiencias, emociones, traumas y dolores atravesados a lo largo de nuestra vida desde que nacimos —los que recordamos y los que no—, pero también nos habita la historia que nuestros ancestros han vivido a lo largo de las generaciones. Llevamos en nosotros el rastro de ese recorrido y, aunque no lo sepamos, todo aquello nos acompaña, nos condiciona, nos determina en silencio, en nuestro interior. Y nuestro cuerpo va a denunciar cómo ha sido y cómo es nuestra vida, cómo la vivimos, lo que hemos hecho con ella y lo que no hemos podido hacer; como así también parte de sus memorias. Esta información está en él y sale a la superficie de las maneras más impensadas.
Por eso, debemos aprender a conocer y, sobre todo, a escucharlo. Porque el cuerpo habla. O, mejor dicho, nosotros somos hablados por él. Y en esa expresión, que se manifiesta a través de síntomas múltiples y hasta de enfermedades, lo que sale a la luz es aquello con lo que cargamos, muchas veces sin saberlo.
La enfermedad trae un mensaje. Y el camino a la sanación solo puede transitarse a través del trabajo interior: intentar descifrar qué es aquello que ella viene a decirnos, de qué se trata eso que necesita ser escuchado.
Es común que en un principio uno reaccione rechazándola, pero es posible llegar a saber de ella a través de la voluntad, la intención, el hacer contacto, el darse cuenta. Es decir, a través del trabajo consciente.
Hay muchos canales a partir de los cuales se puede ir revelando esa información primordial para iniciar un camino de sanación. Hay terapias, disciplinas físicas, lecturas y mecanismos que nos conectan con nuestro cuerpo y nos ayudan en esa búsqueda.
Las Constelaciones Familiares son una de esas herramientas de cambio. No se trata de algo mágico, sino de un método para iniciar un cambio de visión sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida. En mi opinión y experiencia, una de las más ricas para llegar a ese lugar en el que somos Uno y en el que nos expresamos más allá de lo que nuestros sentidos ordinarios pueden ver y escuchar: el plano del alma. Porque allí, con la gracia del espíritu, todo es posible. Todo se puede alcanzar.
2. Mi camino: de Freud a Hellinger
Un 31 de diciembre tuve un sueño: una voz como en off me decía que tenía que cambiar de carrera y que debía estudiar Psicología. Hasta ese momento y desde hacía tres años, por lealtad a mi padre, estudiaba Ciencias Económicas. Y no era feliz.
Con el tiempo descubrí que cuando el alma no tiene posibilidad de expresarse en las acciones que realizamos, todo el universo conspira, tal vez de maneras poco cómodas y agradables, a que dejemos esos lugares para acercarnos adónde debemos llegar; y así, hacer lo que debemos y venimos a hacer. Más adelante comprendí que de eso se trataba: de poner el cuerpo al servicio del alma. Porque es ella quien sabe de nosotros.
Entonces no podía comprender aún de dónde venía aquella información, pero fue tan clara y luminosa que al día siguiente, 1° de enero, me desperté con total certeza que informé a mis padres sobre la decisión tomada, literalmente, de la noche a la mañana. Con el tiempo comprendí la fuerza que deviene del impulso que se siente cuando es la voz del alma la que habla. Fue el comienzo de un largo camino de búsqueda, hermoso y apasionado, de la sanación.
El psicoanálisis me inició en el camino de las preguntas acerca de cómo el cuerpo expresa las emociones reprimidas, las palabras no dichas, los silencios, los dolores y las angustias: Sigmund Freud y todo su conocimiento fueron la base a partir de la cual empecé a indagar en esa relación tan primordial entre lo biológico y lo emocional, y despertó en mí un interés cada vez más marcado en la comprensión de nuestro funcionamiento.
Si nuestro estado natural debería ser el de gozar de una buena salud, ¿por qué a veces la perdemos?, ¿por qué unos se enferman y otros no? Preguntas como estas me guiaron y me llevaron a bucear, primero, en conceptos clásicos de la ciencia sobre la salud, la enfermedad, los síntomas. Y a partir de ahí fui en busca de la que en verdad era la pregunta de fondo: ¿qué hay más allá de lo que la ciencia y la teoría nos dicen sobre esto? Un interrogante que, tal como ya lo sentía entonces, no tenía techo ni verdad absoluta: se trataba de una invitación a penetrar un espacio cuyo límite era… el cielo mismo.
Puedo trazar una línea desde aquel momento hasta hoy, porque ya en los primeros meses de la carrera de Psicología supe que no encontraría allí las respuestas que hoy tengo al escribir este libro. De alguna manera, estaba sin saberlo, hace 28 años empezando a escribir estas líneas. Sin embargo, tuve la firme convicción de que debía atravesar la formación profesional y teórica aun con la sospecha —luego confirmada— de que aquellos saberes no serían más que los cimientos sobre los que a lo largo de los años iría superponiendo otras miradas, enfoques y experiencias. Por eso, estoy eternamente agradecida a esos años universitarios que me dieron un enorme bagaje teórico sin el cual hoy sería diferente, y me permitieron comenzar a sospechar que ciencia y espiritualidad podían ir juntas de la mano.
Peldaño tras peldaño, a partir de Freud —o a través de él—, pude empezar a ver cómo la historia individual es una explicación del presente según el pasado, especialmente del presente adulto por el pasado infantil. Porque su teoría deja abierta una ventana a la influencia de aquello que viene desde lo hereditario y lo congénito. (Ver Parte II, La salud: un estado del ser).
En los tres años que me llevó terminar la carrera de Psicología, las distintas piezas que me ofrecía la educación más formal me sirvieron como puntapié para abrir la mirada: era una forma novedosa de entender aquella que se me ofrecía desde el psicoanálisis, una teoría histórica del presente tanto como una teoría de la historia individual, estableciendo, dando cuenta de las relaciones de causa y efecto entre los acontecimientos diversos que vamos viviendo y los diferentes momentos de la vida. Y era el comienzo de algo más abarcador en el espacio y en el tiempo que conocí muchos años después. La primera pregunta frente a las dolencias y enfermedades, especialmente frente a aquellas que no tienen razones justificadas en su totalidad desde la medicina, es buscar el porqué.
Durante los primeros meses de la carrera, cobró importancia reconocer cómo el psiquismo tiene un papel protagónico para lograr una vida saludable permitiendo que una persona pueda alcanzar un estado de un equilibrio mental, emocional, y social que le permite desarrollarse en sociedad para alcanzar un bienestar y calidad de vida; en cuanto al reconocimiento de la persona en relación a sus propias capacidades y recursos, para sostener las tensiones normales de la vida, y poder trabajar de forma productiva.
A partir de Freud y del concepto de inconsciente, por él introducido y sin duda revolucionario, para las ciencias humanas en el siglo XX, ha sido una invitación a pensar en qué puede haber más allá de lo que la conciencia estaba hecha.
Dentro de la vasta teoría psicoanalítica, como parte de su teoría Freud hablaba de un concepto que llamó: “series complementarias” (un esquema fundamental para la comprensión del determinismo en la psicología) constituido por: lo que la persona trae como lo innato —lo hereditario y lo congénito—; las experiencias infantiles en los primeros años de vida —especialmente antes de los 5 años— como causa necesaria; y lo que él llama hechos o factores desencadenantes que pueden atentar a lo largo de la vida contra el equilibrio.
Desde la primera vez en que lo leí me sentía particularmente atraída por esta definición, la primera “serie complementaria” considerada por Freud, ya que cuando habla de lo hereditario incluye lo que se transmite a través de los genes, mientras que en los factores congénitos incluye lo originado en el curso de la vida intrauterina.
Resonaba en mí una pregunta: ¿hasta dónde llegaba aquello que Freud mencionaba que aparecía tanto en el cuerpo como en el psiquismo y que tenía que ver con lo hereditario y lo congénito? Entonces no sabía por qué, pero la palabra “herencia” despertaba en mí un sentir de que había un “algo más” que trascendía lo meramente biológico. ¿De qué se trataba ese “algo más” que el sujeto ya traía? ¿Había forma de acceder a esa información? ¿Qué luz podía traernos llegar también hasta ese sótano, además de analizar nuestra vida desde el nacimiento? Sentía un llamado interior que no me permitía dejar de buscar dentro mío, porque de alguna manera sabía que existían las respuestas. Y estaba decidida a intentar encontrarlas.
Así fue como comencé a recorrer algunas escuelas de terapias alternativas que se ofrecían en los años 80 como opciones novedosas, al menos aquí en la Argentina. Primero me acerqué a la Escuela Gestáltica y Transpersonal y eso significó una gran apertura de mirada: la cosmovisión que la Gestalt tiene del cuerpo como el lugar donde se alojan las experiencias, vivencias y recuerdos que resultó muy novedosa entonces y me enseñó que el cuerpo “habla” y muchas veces “grita” a través de la enfermedad y del síntoma, cuando no tenemos la posibilidad —por la propia represión o mecanismos de defensas— de escucharlo de otra manera; se trataba de integrar mente, cuerpo y emoción. El cuerpo habla y grita porque encuentra este camino como la única forma de poder expresarse; de hacerse oír. Supe entonces que si escuchaba la emoción, el dolor y la angustia, el cuerpo no necesariamente tenía que ser afectado.
A esta altura había llegado al reconocimiento de que los síntomas y enfermedades eran no solo resultado de la herencia genética sino también una expresión de conflictos psicológicos y emocionales. Supe, como ya sospechaba, que quien busca verdaderamente una solución a sus malestares tiene que mirar hacia adentro. Solo así podrá acercarse a cualquier posibilidad de sanar.
Por primera vez, escuché que la Gestalt tiene un axioma con el cual se identifica esta escuela psicológica y que en el tiempo con las CF cobró nuevos sentidos: “el todo es más que la suma de las partes”.
La formación en la Escuela Transpersonal me invitó a dar un paso más, el de reconocer que hay otras dimensiones y fuerzas más grandes que inciden en la salud. Precisamente como el término lo indica, se trata de ir “más allá de lo personal”. Así pude comprender que la potencialidad humana no terminaba en las teorías psicológicas más formales que hasta ese momento había conocido: términos como “niveles de la conciencia” y “trascendencia” fueron la puerta de entrada para dejar de pensarme como un yo separado de una totalidad.
Esta apertura de conciencia llegó a mi vida a través de nuevos maestros. Entre ellos, el psicólogo Abraham Maslow, uno de los fundadores y principales exponentes de la psicología humanista; el escritor Ken Wilber, cuyos textos indagan en la psicología, las religiones comparadas, la filosofía, el misticismo, entre otros; y Stanislav Grof, fundador de la Psicología Transpersonal, y un pionero en el desarrollo de técnicas y prácticas para llegar a estados alterados de conciencia que permitieron alcanzar nuevos umbrales en el camino del crecimiento y la sanación; todos ellos indispensables para guiarme en el recorrido hacia una dimensión mayor. El camino me iba llevando y yo lo seguía.
En aquellos años, me introduje en la lectura y estudio del médico psiquiatra y psicólogo, Carl Jung, fundador de la escuela de Psicología Analítica, también llamada Escuela de los complejos y Psicología Profunda que refería al síntoma como mensajero del caos: en él está la materia básica para el cambio y la transformación: “La enfermedad es el esfuerzo que hace la naturaleza para curar al hombre”, decía Jung.
Quiero mencionar el aporte que hizo a mi búsqueda el doctor Wilhelm Reich, un discípulo de Freud que introdujo el abordaje corporal a la psicoterapia. Él decía que los conflictos de la personalidad generaban contracturas musculares fijas a las que llamó “corazas musculares”.
Hubo dos libros que colaboraron en esa búsqueda que tenía la claridad y la fuerza de lo verdadero. Primero llegó a mis manos Sana tu cuerpo, en el que la escritora estadounidense Louise Hay hace una analogía entre las causas mentales de la enfermedad física y la forma metafísica de superarlas e investiga las creencias limitantes y promueve la trascendencia de ellas como camino hacia la sanación. Hasta ese momento, casi nadie había hablado de estos temas de esta manera y el libro fue un best-seller en todo el mundo.
El segundo fue La enfermedad como camino, de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, otro libro que en su época fue revelador y, para mí, aún más superador. Ellos sostienen que “si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia, ello se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma (…) Entonces el síntoma será como el maestro que nos ayude a atender a nuestro desarrollo y conocimiento, un maestro severo que será duro con nosotros si nos negamos a aprender la lección más importante. La enfermedad no tiene más que un fin: ayudarnos a subsanar nuestras ‘faltas’ y hacernos sanos (…) El síntoma cuenta que hemos perdido el equilibrio de las fuerzas del alma (…) La enfermedad no es un obstáculo que se cruza en el camino, sino que la enfermedad en sí es el camino por el cual el individuo va hacia la curación”.
Por primera vez, me sentí completamente afín a un pensamiento. Ese libro integraba, de una manera muy precisa y profunda, las dolencias orgánicas con su correlato emocional y mental. A partir de él, pude empezar a pensar a los síntomas como “centinelas”, guardianes que alertan de la pérdida de la armonía; señales que son, antes que nada, advertencias que piden se le haga espacio al mensaje que vienen a dar. Y, de esta manera, se ponen al servicio de la auto-indagación como parte de un camino de crecimiento. Es así como una enfermedad, una herida, una contractura o una lesión vienen a decirnos que hay algo que no está bien, y así nos convocan a hacer contacto con esas emociones dolorosas —producidas por pérdidas, separaciones, duelos o traumas— que nos resistimos a mirar. Es tan simple como pensar que, por ejemplo, lo que no pudimos llorar, el cuerpo lo llora por nosotros.
A esa altura, estaba convencida de que todo trabajo para alcanzar comprensiones que no tuvieran sustrato en lo espiritual, no eran suficientes para llegar a verdaderas transformaciones y sanaciones. Porque hay algo más allá de lo que los sentidos ordinarios pueden captar, algo que pertenece a regiones más sutiles que la conciencia. Entender eso, lo cambió todo.
Paralelamente, la Gimnasia Rítmica Expresiva, un sistema de trabajo corporal al que me introduje en aquel tiempo, solidificó las bases sobre la que iba construyendo mi propia concepción: entre otros aprendizajes, supe que la historia personal está en la memoria que guardan los músculos de nuestro cuerpo y que trabajando a través del movimiento se puede llegar a hacer contacto con ella y liberar los recuerdos que allí yacen. Este encuentro con mi cuerpo me permitió liberarme de las corazas con las que me protegía del dolor que traía en mi interior. Fue un despertar clave para confirmar esa conexión esencial e integral del pasado y el presente que habita nuestro cuerpo.
Esto me ayudó a conocer cómo en lo físico se puede rastrear la huella de toda la información de nuestra historia, incluso de aquello que no recordamos: los malestares o síntomas son un “llamado de atención” expresado en el cuerpo pero originados en otro plano y al que no hemos querido o podido ver. Hasta este momento, pensaba que solo se inscribía en él lo propio.
Unos años después, me sumergí en lecturas diversas, sobre todo en los conocimientos y herramientas que venían de las culturas milenarias orientales —creía y creo que tenemos mucho para aprender allí—. Entre otros, me interesé especialmente en el estudio de los Vedas —que son los textos sagrados más antiguos de la India— e incursioné en el hinduismo. Fue a través de ellos que me acerqué por primera vez a la concepción superadora de que el cuerpo es el templo sagrado donde habita el alma. Aquel concepto terminó de hacerse cierto y de integrarse en mí a partir de la práctica sostenida de la meditación y el ejercicio del Yoga. Así llegué a rozar otros umbrales de realidad que hasta ese momento no había experimentado. Ya anidaba en mí la certeza de que había algo que trascendía el yo y que el cuerpo era el reservorio de algo mayor.
Llevaba entonces varios años de experiencia clínica y en el consultorio empezaba a observar que siempre que aparecían casos en los que se abordaban síntomas, sucedían despertares de conciencia y revelaciones, que a mí, como psicóloga, me superaban: algo de pronto sucedía en un momento del proceso terapéutico y allanaba el camino hacia mayores comprensiones que permitían transformaciones y, en algunas ocasiones, hasta la sanación.
Cada vez tenía una visión más clara, contundente y certera de que lo que en un principio había escuchado como un llamado, estaba sucediendo; que mi búsqueda tenía un sentido y que ya estaba más cerca de encontrarlo. Y me animaría a decir, de recordarlo.
Inevitablemente, casi como una consecuencia obligada, aparecieron cada vez con más fuerza —como imponiéndose frente a mí— dos términos: curación y sanación. Dos términos que en principio aparecían como similares, casi sinónimos, pero que en lo profundo iba descubriendo que tenían sentidos que diferían mucho uno del otro.
Mientras que la curación puede pensarse como la erradicación de los síntomas, la sanación invita a ampliar la visión: es un proceso de aprendizaje y nos convoca a partir del reconocimiento de las creencias limitantes, de las imágenes previas, a hacer contacto con las emociones aún no reconocidas, no elaboradas e imágenes aún no logradas para alcanzar una mayor compr
