Agradecimientos
Somos seres sociales y vivimos conectados, también en lo profesional. Hemos tejido nuestra propia red, que nos permite estar unidos y globalizados en nuestro microambiente.
El CentroIMA, nuestro hogar profesional, es una institución conformada por un equipo de psiquiatras y psicólogos que trabajamos de manera integral en la atención clínica e investigación de todos los aspectos relacionados con los trastornos de ansiedad.
Desde hace casi veinte años, estamos comprometidos con la tarea de ayudar en la recuperación de personas que padecen trastornos de ansiedad, estrés, pánico, fobias, obsesiones y compulsiones, no solo desde el trabajo directo junto a nuestros pacientes, sino también desde la formación profesional continua, la investigación científica y la creación de material de psicoeducación y divulgación.
Nos gusta estar actualizados con la información y el tema que nos convoca representa lo nuevo. La utilización excesiva de Internet, llegando a niveles casi adictivos, es un nuevo problema y necesitamos nuevas respuestas para su solución. Lo padecen niños, adolescentes y adultos. Necesitamos profesionales dedicados a este tema, y también una población informada de que esto está pasando. Nuestra intención es reflejar de una manera simple las respuestas a las preguntas que los mismos pacientes y familiares nos hacen en las consultas.
Mientras escribíamos estas páginas, era inevitable pensar en cómo había cambiado todo en los últimos años. Hasta la manera de escribir ha cambiado, con toda la información que necesitamos disponible online.
Años atrás, teníamos el escritorio lleno de artículos impresos, o libros de papel garabateados con anotaciones en lápiz, papelitos autoadhesivos con notas y grandes trazos de resaltador. No se extraña el polvo que se juntaba en las carpetas con apuntes acumulados ni el derroche bochornoso de papel que suponía toda esa labor. De hecho, ahora tenemos todo eso en el procesador de texto de la computadora. Y podemos hacer lo mismo en apenas una fracción del tiempo que nos hubiera llevado años atrás. La tecnología es una herramienta, nos repetimos. Pero es inevitable pensar que algo se perdió. Algo de la diversión, algo del olorcito a libro o las manchas de café sobre las hojas, la lapicera o la (des)prolijidad de la caligrafía.
O, tal vez, todo eso junto.
Es que nada progresa sin pérdidas.
Hemos sucumbido a muchos de los avances de la tecnología, muy a nuestro pesar. No es el primer cambio que afrontamos y seguramente vendrán más.
A otras novedades todavía nos resistimos un poco.
Después de todo, la resistencia al cambio también es un aspecto normal de la conducta humana.
Los cambios no son fáciles. Tampoco son gratuitos. Pero convivimos con el cambio permanente, porque de eso se trata la vida.
Este libro es el resultado de la curiosidad profesional, la continua observación clínica y el apoyo de las personas que han confiado en nosotros.
En primer lugar, queremos agradecer a nuestros pacientes, quienes nos sorprenden y enseñan todos los días algo nuevo, y hacen de esta profesión algo tan gratificante.
Gracias a nuestros compañeros-amigos del CentroIMA por acompañar el recorrido profesional de todos estos años, compartiendo de manera desinteresada sus conocimientos y apoyando mancomunadamente el crecimiento de todos. No existe un mejor equipo que ustedes.
Muchísimas gracias a Carolina Quantín, Diego Tzoymaher y Valeria Becerra, por su buena predisposición y el valioso aporte que sumaron a esta obra. Y a Florencia Puccio y Verónica Tamburelli por apoyar este proyecto con sus generosas sugerencias.
Por último, infinitas gracias a nuestras familias y a todos los seres queridos a quienes les mezquinamos un poco (o mucho) de nuestro tiempo, para poder dedicarnos a este proyecto.
Cecilia y Enzo
Un agradecimiento especial a mi hermano-amigo Pablito (el Dr. Pablo Resnik), por su amistad y por mostrarme la importancia de escribir “como se debe”.
Enzo
Agradezco de corazón a mi familia y seres queridos que, una vez más, han demostrado ser una fuente inagotable de paciencia y apoyo.
Cecilia
Colaboradores
Lic. Valeria Becerra
Es licenciada en Psicología, integrante del staff de CentroIMA. Ha colaborado en el capítulo referido a Uso problemático de las redes sociales.
Dra. Carolina Quantin
Es médica especialista en Psiquiatría, integrante del staff del CentroIMA y de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad. Ha colaborado en el capítulo referido a Uso problemático de los videojuegos.
Lic. Diego Tzoymaher
Es licenciado en Psicología, integrante del staff de CentroIMA. Ha colaborado en el capítulo referido a Uso problemático de smartphones.
INTRODUCCIÓN
“Las acciones de los hombres
son los mejores intérpretes
de sus pensamientos.”
James Joyce
Como profesionales de la salud mental, somos permanentes observadores de los cambios a nivel social, cultural y tecnológico, y de cómo estos cambios pueden impactar en la conducta humana.
Estamos siendo testigos del advenimiento y la utilización cada vez mayor de nuevas tecnologías, Internet en sus distintas variables, videojuegos, computadoras, notebooks, teléfonos celulares, smartphones, tablets. Y nos resulta llamativa la manera particular en la que algunos pacientes se relacionan con las mismas.
Alexander Luria, neuropsicólogo y médico ruso, expresó con claridad la relación entre la historia, la cultura y los procesos psicológicos del ser humano en la siguiente frase: “Parece sorprendente que la ciencia de la psicología ha evitado la idea de que muchos de los procesos mentales son de tipo social e históricos en sus orígenes, o que las manifestaciones importantes de la conciencia humana se han visto directamente determinadas por las prácticas básicas de la actividad humana y las formas reales de la cultura.”
¿Hacia dónde vamos?
No hay duda alguna de que los avances en tecnología nos cambian la vida. La tecnología es un producto social y es parte de un proceso complejo. Se crea a partir de instituciones, de personas que la producen y de usuarios que se apropian de ella y la adaptan a sus propios intereses y necesidades. Existe un ida y vuelta infinito en la relación entre la producción de nuevas tecnologías y su uso en la sociedad.
Ha sido así desde los principios de la humanidad. Cada invento que ha creado el ser humano, como las herramientas de metal, la rueda, la penicilina, por nombrar algunos, han sido cruciales para el desarrollo de la sociedad moderna.
La tecnología ha revolucionado, entre otras áreas, la comunicación interpersonal. La radio, el teléfono, los satélites, Internet han hecho posible establecer puentes entre personas que se encuentran en puntos opuestos del planeta. Es, simplemente, maravilloso.
A partir de la década de los noventa, con el uso extendido de Internet, se han producido cambios a nivel global que impactan directamente en nuestro comportamiento, en nuestra cultura y hasta en la manera en la que se estructura la sociedad. Son cambios paulatinos que, sobre todo quienes hemos vivido (y sobrevivido) gran parte de nuestras vidas sin Internet, apenas notamos en retrospectiva. Nos cuesta recordar cómo eran las cosas antes de que la red global se colara en nuestros trabajos, en nuestro tiempo libre, en nuestras relaciones sociales, etc.
Lo cierto es que vivimos en una nueva estructura social, que es global y en red. Una perspectiva tentadora si pensamos en el concepto de todo lo que podemos compartir. Sin embargo, esta nueva cultura está caracterizada por la búsqueda incesante de la autonomía y la individualidad. Son cambios sociales que también producen cambios en nuestro comportamiento. Ya no le preguntamos al diariero del barrio dónde queda tal o cual calle cuando estamos perdidos, la buscamos nosotros mismos en el GPS. Es cada vez más raro pedirle a alguien que nos saque una foto, ahora hacemos selfies. Es así como vivimos, inmersos en la cultura de la individuación como nueva forma de comportamiento social.
Estos cambios tecnológicos, culturales y sociales acarrean nuevos problemas y el desafío implícito de encontrar la manera de resolverlos. En relativamente poco tiempo, Internet se ha metido en nuestros hogares, trabajos y escuelas. Y atraviesa casi todo lo que conocemos hoy en día, incluso las enfermedades que puede ocasionar, y lo que a nosotros nos compete: la salud mental.
¿Un nuevo trastorno psiquiátrico?
Como dijimos, vivimos en la era de la tecnología. Cada vez dependemos más de ella para resolver situaciones cotidianas, para ser productivos, para interactuar con una o más personas en tiempo real, para obtener información inmediata, entre tantas otras cosas. Es innegable que utilizamos la tecnología para actividades que nos son significativas y necesarias. Uno de los mayores impactos de Internet en la sociedad moderna es el cambio progresivo de costumbres, que regulan e interfieren con el comportamiento cotidiano. Por ejemplo, hace dos décadas nadie mostraba lo que estaba haciendo en un momento determinado a través de una foto para que fuera vista al instante por cientos de personas en una red social.
Por todo esto, nos es muy difícil establecer una línea divisoria entre necesidad y adicción cuando se trata de la tecnología. ¿Usamos Internet como herramienta o como vía de escape para aliviar nuestros problemas cotidianos? ¿Usamos Internet porque necesitamos obtener información o porque algo en nuestro estado de ánimo nos resulta displacentero y necesitamos un cambio?
A diferencia de otras problemáticas, en este campo encontramos que hay un delgado hilo que separa la normalidad de la patología. Estamos dando pasos gigantes hacia el futuro pero, ¿estamos preparados para afrontar las nuevas enfermedades que estos cambios acarrean?
El hecho de que haya personas que dejen de comer regularmente, dejen de salir de sus casas, abandonen actividades sociales, laborales y deportivas, cambien sus hábitos de dormir, dejen de interactuar con personas de carne y hueso, y las únicas relaciones que obtengan sea a través de la virtualidad, es un signo de alarma que nos invita a pensar dónde está el límite saludable en el uso de Internet y la tecnología.
No nos sorprende escuchar testimonios de personas que pasan más de doce horas al día conectadas, algunas transcurren días enteros sin dormir porque no han podido abandonar el juego online y otras reciben cantidades absurdas de mails en un solo día.
Es verdad, la vida está cambiando. Y aceptamos estos cambios, los abrazamos y los celebramos. Pero no hay forma de que podamos encuadrar estas conductas nocivas, su frecuencia y, sobre todo, sus consecuencias, dentro de lo que consideramos saludable. El uso indebido y la adicción a Internet se han convertido en problemas de salud a nivel global, y cada vez son más los estudios que revelan datos alarmantes.
Una prestigiosa revista científica, American Journal of Psychiatry, ha indicado que la adicción a Internet es considerado uno de los mayores problemas de salud pública que enfrentan países como Corea del Sur. En esta misma línea otro ejemplo es China, donde aproximadamente 10 millones de adolescentes padecen este trastorno.
En un estudio realizado en Holanda, diez importantes clínicas de adicción locales han reportado un creciente interés en el tema, al ver cómo el número de adictos a Internet crece en dichas instituciones de manera lenta pero constante.
A pesar de que la prevalencia en la población general mundial aún es baja, todo parecería indicar que estamos frente a un nuevo trastorno psiquiátrico. Es muy difícil estimar con certeza cuán grave es el problema debido a la popularidad y al alcance que tiene la red a nivel mundial. El hecho de que utilicemos Internet de manera cotidiana ayuda a enmascarar los comportamientos adictivos y, en muchos casos, este trastorno es subdiagnosticado.
Para nosotros, como profesionales de la salud mental, esta nueva patología es todo un desafío. Por un lado, debemos ayudar a los pacientes a reconocer el problema como tal, identificar objetivos de tratamiento y reformular sus conductas para que puedan lograr el bienestar. Por otro, en simultáneo, tratamos de aprender a diagnosticarlo y tratarlo más rápidamente y mejor para reducir su impacto.
Independientemente del tratamiento terapéutico individual, creemos que hay políticas en salud pública que podrían generar un cambio social y, con suerte, frenar el incremento de este trastorno en la población general.
En ese aspecto, varios países han comenzado a tomar cartas en el asunto y promueven medidas y leyes para tener una cultura digital más saludable. Recientemente en Francia, por citar un ejemplo, ha entrado en vigencia una reforma laboral que reconoce el derecho a la desconexión (doit à la déconnexion) fu
