Historias encadenadas de Buenos Aires

Diego M. Zigiotto
Diego M. Zigiotto

Fragmento

La primera historia no hace referencia a algún personaje histórico ni a algún escritor, político, artista o figura pública de nuestra ciudad, sino a mi propia abuela.

Mi abuela materna, Esther, falleció en 2010, cuando yo pergeñaba la idea de este libro. Sus últimos años los pasó internada en un hogar para ancianos, sumida en esa maldita enfermedad mental a la que algunos llaman irónicamente “el mal del Alemán”. Antes de ese trago más que amargo en la historia de ella y en la de toda la familia, mi abuela estuvo siempre presente en mi vida. Recuerdo cuando volvía del jardín de infantes de su mano y nos deteníamos a comprar galletitas, “las de los animalitos”, esos que, mezclados con durísimos confites de colores, también llevaba al zoológico cuando era chico.

Las meriendas se sofisticaron. Un día descubrí un detalle que para mi edad era algo mágico: cómo la manteca se derretía en la superficie de las tostadas calientes. Después, supe cómo se hacía la masa para los panqueques y al tiempo, cómo se preparaban los buñuelos de banana que compartíamos con mi, por entonces, hermano menor, que más tarde sería el del medio.

De vez en cuando los tres nos tomábamos el 112 desde Lanús, donde vivíamos, para ir a visitar a la hermana de mi abuela, frente al Parque Centenario. Un día subió al colectivo una señora que nos llamó mucho la atención. Era bajita, muy flaquita y con una larga cabellera lacia que caía a ambos lados de la cara. Con mi abuela nos miramos, pero ninguno dijo nada.

Fue pasando el tiempo… Cuando más recuerdos tengo de mi abuela es en mi adolescencia, o incluso ya dejando esta etapa. Ahí siempre estuvo cuando la necesitaba, o me acompañaba cuando le pedía que lo hiciera. Al cumplir los dieciocho, mi familia me regaló un auto, el primero, un viejo Fiat 125. A los dos días de estrenar el registro, le pedí que viniera conmigo a llevar a una compañera de escuela a su casa, porque yo todavía no le había tomado la mano al auto, y la chica vivía algo lejos. ¡Menos mal que vino! Mi impericia hizo que apretara suavemente el freno sobre una cuneta repleta de agua y el auto se detuvo sobre el paragolpes trasero del vehículo de adelante. No fue nada, ni siquiera un rasguño, pero el incidente sirvió para guardar un secreto más entre nosotros.

Al año siguiente, abrimos un kiosco con mi familia, pegadito a una clínica de Lanús. Ante la gran afluencia de público, las previsiones iniciales quedaron desbordadas. Lo que en un principio iba a ser un medio para solventar mis estudios universitarios de Periodismo, se transformó en un ingreso para toda la familia. Y allí también apareció mi abuela. “¿Cómo puedo ayudar?”, preguntó un día. Nació así la idea de que prepararía sándwiches para vender en el negocio: pebetes con jamón y queso, y salame y queso, y de paso se ganaba unos pesos para ella. Todos los días iba y venía con su nueva ocupación, buscando dónde conseguir el fiambre a menor precio para hacer sus sándwiches.

Al tiempo, mientras avanzaba en mi carrera, empecé a colaborar en una agencia de noticias zonal. Me tocaba cubrir el ámbito municipal en el distrito de Lanús. Claro, si tenía que ir a la Municipalidad todos los días a buscar las gacetillas de prensa, debía cerrar por unas horas el kiosco. Valga la aclaración, por entonces no había Internet, ni teléfonos celulares. Y allí estuvo la abuela Esther otra vez: iba en colectivo a buscar los datos que yo necesitaba para los informes que me pedía la agencia.

Luego empezó mi trabajo en turismo: organizaba salidas por los alrededores de la ciudad con un grupo de oyentes de un programa de Radio Del Plata, en donde había conseguido trabajo. Y la abuela también estuvo acompañándome, pero claro, también pavoneándose ante el resto de las pasajeras, porque no aparentaba tener los ochenta años que ya había cumplido.

Un día, y habrían pasado casi veinte años desde que la vimos en el 112, mi abuela llegó a casa asombrada. “¿Te acordás de que hace mucho tiempo subió al colectivo una señora con el pelo largo y lacio y nos quedamos mirándola?” “Sí, claro que me acuerdo”, le contesté… “Acabo de cruzarla en

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