Preliminares de un asesinato
¿Y entonces?
Ahora sé lo que es morir. Algo filoso entró en silencio, como la confidencia de un amigo, y se deslizó dentro de mi cuerpo como un pez. La agonía es una suma de incertidumbres. En ese momento me pregunté si era el final, y me dije: ¿Tan presto mueren los hombres libres? Me temblaron las piernas hasta que finalmente me derrumbé. Mis asesinos estaban tan nerviosos que olvidaron el puñal adentro. Cuando lo saqué a la luz, lo miré y él me sonrió. Los puñales sonríen después que matan. Estaba tibio como una rata enferma. Lo arrojé lejos y lentamente me senté a esperar. Resulta difícil imaginar la vida cerrándose como si la luz tuviese una tapa para apilarnos en el fondo de la tierra. Volví la mirada hacia el puñal, sobre el empedrado, a metros de mí, y vi dos dientes en su boca.
¡Eso es imposible!
Que yo hable también le pareció imposible, ¿o no? Sólo quiero contarle, doctor Pascasio, acerca de mi muerte y de los cuerpos que conocí cuando el mío me abandonó; contarle mis penas y los ardores que se inscriben cuando Dios ciñe y se sienten sus velos.
Llegó al sitio indicado, doctor Monteagudo.
Le juro que me tomaron desprevenido, y todo porque venía pensando. Es un gusto rumiar durante la noche mientras uno camina. Había estado en el velorio de un compañero del ejército, el coronel Soler. Y fíjese qué gracioso, estaba cerquita del muerto y me apunté a una mocita. Nos sonreímos cajón de por medio. La viuda lloraba en la cabecera. Yo disimulé yéndome a buscar la brisa de la noche y además para tratar de sacarme el olor que se pega al cuerpo en los velorios. La mulata esperó un rato y después apareció con una sonrisa espumosa. Su vestido estaba al tono del finado. En la calle no transitaba un alma. Así que me encargué de ahuyentar la muerte engañando la pollera de la chinita y a su braga. Mi mano se deslizó como tapando el sol y oscureciendo el bosque, y entonces me di cuenta de que resbalaba en savia y que no había manos que sujetaran la mía o que me impidieran avanzar.
—Vuestra merced no pierde el tiempo —me dijo la mulata con un reproche mimoso.
La viuda salió a la vereda e interrumpió la escena. Yo me hice como que consolaba a la mulatita. Ante la mirada inquisitoria de la señora, parada en el portal de la casa, me acerqué a ella y extendí mi mano triste.
—Uno se acostumbra a ver morir después de tantas batallas. Pero mal que nos pese, la costumbre no quita el dolor —le dije a modo de condolencia.
La mulatita se quedó mirando atónita la escena.
Esa noche yo tenía compromiso con otra mujer. Así que me despedí de ambas mujeres y me fui caliente y con aroma a hembra.
Usted sí que parece una hembra, me dijo hace mucho tiempo el coronel Atilio Cáceres. Era la primera vez que nos cruzábamos. Yo siempre llevo mi perfume a cuestas, le deslicé con tanta naturalidad que un parroquiano dio un puñetazo de risa y volcó el vino sobre la mesa. Y rematé acercando mi cuello a su hombro: ¿Le gusta?
Esa noche era tan placentera que daba pena abandonarla. Así que caminé demorándola. Caminaba y recordaba la amistad nacida tiempo atrás con el coronel Cáceres en la batalla de Cancha Rayada. Atilio Cáceres tenía el don de ser un intrépido guerrero y esa era la razón de que lo llamáramos El Indio. Cuando se enfurecía en el medio de la batalla, dejaba en el aire ese aroma fétido de los malones. Su cuerpo era el doble del mío, enorme, casi que lo escondía, o más bien lo llevaba con timidez. Y en semejante humanidad juro que descansaba la mirada inocente de un perro. Mis dos manos hacían una de las suyas. Su cuerpo parecía un papel rayado por la mano de un niño. Las cicatrices iban y venían sin encontrar la forma definitiva.
En Cancha Rayada nos habían sorprendido de noche. ¿Lo aburro?
No. Continúe por favor.
Recuerdo que la desorganización fue total. Los mandos se perdieron y cada uno se fugaba como podía del estruendo de los cañones y de una carnicería que por la mañana había hecho que hasta el cielo oliera a podrido. Jamás escuché tantos gritos juntos. De repente vi al coronel solo, defendiéndose contra un grupo de enemigos. Reuní a cuatro soldados y lo sacamos de ese infierno llevándolo en mi caballo. Él resistía a todas las heridas, a todos los combates. Le puedo asegurar que pensé que se moría en el galope. Un hachazo en la cabeza y un tremendo agujero en el cuerpo. Perdía sangre por todos lados y todavía me calmaba y me decía: despreocúpese Bernardo, me las vi peores y salí. Yo azuzaba a mi pingo y no tenía palabras; mi camisa estaba empapada de su sangre y él se mantenía enhiesto como una columna. Finalmente llegamos a la casa de un cirujano amigo. Dos meses después ya estaba repuesto.
¿Y entonces? Me hablaba de que tenía otro compromiso.
Una mujer. Yo caminaba hacia la casa de Juanita Salguero. Y pareciera ser que el destino me hizo pasar antes por la casa de una viejita desdentada de la que nunca supe su nombre. Y cuando llegué a la esquina escuché un grito. Me di la vuelta y era ella haciéndome señas para que me volviera. Tenía un cigarro de chala en la boca y pitaba fuerte. Me acerqué y con esa voz pastosa de vieja me dijo: “Andai a las casas y no te andés pavonenado por la calle, chincanqui”.
—No, madrecita, ya estoy volteando. —Se lo dije para dejarla tranquila y porque siempre había aparecido en momentos difíciles.
—No me mintás y no confiés ni en las sombras. Tené cuidado de todo lo que brilla.
Me resonaron esas últimas palabras, así que continué pensando en qué cosas brillan e intentando no distraerme. Pero le estaba hablando del coronel Cáceres. Volvimos a encontrarnos en el desembarco secreto de argentinos y chilenos en la Bahía de Paracas. Era de noche y silenciosamente se bajó un bote. Atilio Cáceres remaba disfrazado de monje franciscano junto a un muchachito también vestido de monje que me llamó la atención porque tenía la piel blanca y femenina, y un trasero imposible de no mirar.
Éramos seis en el bote y lo único que se escuchaba eran los remos y lo único que se veía eran los ojos luminosos de los yacarés. La noche era callada. Yo sentía el ataque como algo irremediable. Había mucho bosque y daba la impresión de que detrás de los árboles estaban los realistas. Todos estábamos jugados, lo mejor era respirar hondo y llegar a tierra. El muchachito y Cáceres se metieron en el agua y empujaron el bote, y este resbaló en el fango hasta que todos pudimos esconderlo detrás de un bosque de tahuari amarillo.
El muchachito conocía el camino, así que nos dejamos guiar esquivando a las fuerzas realistas. Caminamos casi toda la noche. Aferrados a la piedra de la montaña cruzamos precipicios y a punto estuve de caerme en un barranco. Atravesamos una quebrada con un clásico río de montaña, de esos que desde lejos se los escucha cantar. Finalmente llegamos al escondite. El muchachito desapareció y nosotros nos echamos a descansar en el suelo. Después apareció una negra con rastros de viruela en la cara y nos alcanzó un plato de locro. Y cuando la negra se fue apareció una mujer parecida al muchachito que nos guió. Le juro que yo estaba dormido. En un principio me costó creer lo que estaba viendo. Fue demasiado para mí caer en el engaño, pero creamé doctor Pascasio, ella dijo: Soy mujer. Y si les cabe alguna duda mi nombre es Carmen.
—Le creo —dijo el coronel Atilio Cáceres—. Recorrer su cuerpo debe ser como cruzar los Andes. Yo no soy San Martín, pero me gustaría la hazaña.
Yo creo que el coronel no se sorprendió. Algo imaginó en el camino o ambos acordaron silencio. Cuando él muchachito se hizo ella ya se estaban amando con los ojos.
—Anímese, mi coronel —dijo ella—, anímese antes de que el viento aligere las cumbres.
La revolución tenía eso, todo lo aceleraba, incluso el amor. En poco tiempo Carmen dejó de vestirse de hombre, de cabalgar en la batalla para convertirse en la mejor espía de la revolución. Todavía no era usanza que una mujer engañe a militares godos sirviéndose del encanto. Así fue que ella contaba con ventaja para primeriar a los foráneos. Se encargaba de enfermarlos de deseo y, después, de hacerlos hablar mostrándose partidaria de España, de Inglaterra y despotricando brutalmente contra nosotros.
—Yo, con el culo de Carmen —me decía muerto de risa el coronel—, estaría en Francia llenándome las faldriqueras. Pero mi destino fue la batalla y llevo con orgullo mis cicatrices. Cada una significó un pasito hacia la independencia de América.
Sabía, como San Martín, que la verdadera lucha no terminaba en un país sino en el continente. Esta idea no terminaba de cuajar entre los nacionalistas peruanos, incluso entre los republicanos.
Nuestras mujeres fueron enseñadas a soportar las calenturas con palanganas de agua fría. Y yo dije: No señores, nuestras mujeres tienen ovarios más grandes de lo que ustedes piensan. Y lo puse en práctica organizando una red de espías femeninas. Allí vino a tallar Carmen como directora de falaces putas finas. No sólo tenía gran habilidad amatoria, sino también el don de la palabra: hacía hablar hasta a los muertos. De esta manera, yo estaba informado de todo lo que acontecía en Lima, lo que los españoles limeños pensaban y sus ideas de sedición. Ellas no estaban preparadas para el campo de batalla aunque podían ser muy útiles en el campo de los rumores. Sólo había que organizar esas misiones con extrema cautela. Hasta entonces, las mujeres se habían dedicado a juntar bienes, a coser chaquetas de soldados y a hacer aquello que enalteciera el rol femenino en función de los servicios a la patria. Pero yo había visto en ellas algo más fuerte, más peligroso, y funcionó tan bien que cuando los realistas se enteraron copiaron mis métodos.
La fonda, una parada antes del final.
Pero lo que le estaba contando era que esa noche yo tenía una cita con Juanita Salguero. Me gustaba llegar entonado al convite. Así fue que me detuve a beber chicha en una fonda. Tomaba y pensaba. Sabía del riesgo de la noche y no sé por qué la desafiaba. En la mesa de al lado, había un parroquiano con un mazo de cartas. Estaba como esperando desplumar a un incauto. Cada tanto me miraba de reojo hasta que se animó a preguntarme: “¿Usted es el ministro…?”.
—Era —lo interrumpí.
—Lástima, entonces. ¿Y por qué lo echaron?
—Le resulto molesto a los poderosos. A los que piensan solo en sus propios negocios. A los que no entienden que la patria es más grande que el virreinato. Mi patria es América, mi amigo, y si eso no se entiende, tarde o temprano, seremos vencidos.
Me bastaba un trago para que mi lengua fuese un torbellino. Usted sabe, doctor, que yo había regresado al Perú de la mano de Bolívar y me habían prevenido de que, en Lima, me cuidara. ¡Pero qué mierda! A los 35 años uno se cree invencible. Así que continué tomando; suponía que cuanto más me demorara, menos cantidad de gente quedaría en la tertulia. Para mí bastaba encontrarme con el coronel y con la Carmencita, y a los postres meterme en las sábanas frescas junto a la Salguero. Pero le estaba contando del parroquiano. Entonces me preguntó:
—¿Y cuál es su rumbo?
—Distinto del suyo —le contesté.
El hombre era calmo y continuó sosteniéndome la charla y jugando un solitario con las cartas. Lo invité con una copa y se vino a mi mesa de frente a la puerta de entrada. Entre confidente y chispeante, me contó que yo tenía fama de pródigo amante y que debía haber dejado muchos hijos en Chile.
Lo defraudé. Que yo supiera no contaba con hijos, aunque nunca se sabe. Pero en cambio le conté que supe tener hembras hermosas en mi cama, y que si bien sentí mayor atracción por las nacidas en familias de cuna —soy víctima de mis prejuicios—, terminé enredándome con una mulata expósito llamada María Abascal —esto último lo omití. Se lo cuento como secreto a usted, doctor—. Solito caí en su trampa. Nadie me empujó. El día en que María vino a mí, ella hizo añicos mis prejuicios por su falta de preámbulos. Fue suficiente que atravesara el zaguán, para iluminarme con un cuerpo que parecía encerado.
—¿Quién te lustró? —le dije cuando la vi desnuda.
—Por ahora nadie —me dijo—. Espero que usted sea el primero.
Ella me enseñó mi cielo y lo que observé fue un cielo de cartapesta.
La vestí, la besé y la despaché a su casa. Regresó al otro día y al tercero, al cuarto la descorché hasta bañarla en champagne. Era demasiado joven y supe desde el inicio que me estaba metiendo en una locura. La verdad es que no tenía tiempo para el amor. En realidad ninguno de los que luchábamos lo tuvimos. Les fue mejor a aquellos que se aquerenciaron con mujeres capaces de aguantar el peso de las armas; esas que esperaban con temple el regreso de sus maridos. Son pocas: Manuela con Bolívar, Juana Azurduy con su marido y la Carmencita con mi amigo el coronel.
María era demasiado tierna para el campo de batalla y frágil para el del espionaje. Así fue que me propuse hacer cosas para alejarla de mí. Le manifesté estar enamorado de otra mujer. No sirvió de nada. Era demasiado segura de sí misma para creerme.
El asunto fue que yo estaba en la fonda y en un momento alguien abrió la puerta. Me di cuenta porque me golpeó un aire frío y lo sentí aún más porque mi camisa estaba transpirada. Me di vuelta de inmediato y le juro, doctor Pascasio, que no vi a nadie. Así que continué bebiendo y conversando con el parroquiano. Yo sentía que me espiaban. Revolví con los ojos la taberna, como quien tiene una cuchara larga que da vueltas en el hocico del diablo, pero nada advertí. Mi interlocutor, mientras, atendía sereno con una mirada de árbol cada detalle de mi íntimo relato.
—Sepa usted que siempre tuve necesidad de amar a muchas mujeres. Y el amor a una me privaba del resto —le confesé al parroquiano, porque a esa altura ya tenía la lengua extraviada.
Disfrutaba contando mis amores, era una manera de volver a vivirlos. Yo disfrutaba de mí, al vestirme con lentitud, mi caminar parsimonioso, mi voz y la justeza de mis palabras. Bastaba llegar a una tertulia para verme rodeado de damas. Hablábamos de la patria, de la Revolución Francesa, hasta que alguna joven, indiscreta y bella, preguntaba, con sonrisa cómplice, si estaba comprometido. Yo lo negaba de cuajo, aunque lo estuviera. La desilusión de un compromiso hubiese sembrado el fracaso del ágape; en cuanto a mí respecta, lo aconsejable era alimentar expectativas, deleitarme un poco más con mi voz y con mis pensamientos.
El amor siempre fue un tema predilecto para la mujer. Hablar del amor embriagaba a las casaderas. Y yo me embriagaba de palabras y de citas de Plutarco que las dejaba atónitas. “Sepan ustedes”, decía como al pasar, “que el amor es una caza de un mancebo imperfecto pero bien dotado encaminada a la virtud. ¿Ustedes ignoran que el gran Plutarco adoraba la pederastia?”. Entonces ellas se sonrojaban y cuando todo estaba por escapárseme de las manos, rescataba el modelo clásico del matrimonio orientado a la mera procreación y me salvaba.
—No es algo mero la procreación.
—Claro que no —me justificaba.
—Ustedes los hombres ignoran el sufrimiento de una mujer en el momento del parto.
Yo era un gran conversador y un mal orador. Pero mi don de pensamiento hacía que invirtiera la zozobra, la inquietud y tranquilizara el alma femenina. Y entonces les decía que un amor completo, espiritual y físico era posible entre un hombre y una mujer, y que este alcanzaba su manifestación más perfecta en el matrimonio, gracias a la presencia conjunta de Eros y Afrodita. Todas me miraban extasiadas y yo continuaba midiendo mis palabras, gozando al escucharme. De pronto se sumaba a la tertulia un párroco y yo tenía la frase justa para la situación.
—El matrimonio es un vínculo sagrado. —Y esto último lo decía serio, casi con un dejo de solemnidad y una mirada cómplice con el religioso.
Lo cierto y lo lamentable era que yo escondía a María. Ella era la prueba de que mi generosa revolución tropezaba con mis estúpidos prejuicios. Creo que me estoy yendo por las ramas. No sé por qué le cuento todo esto, doctor, y que Dios me perdone si es que el perdón sirve para algo. El perdón… Entonces le pregunté un poco colérico a ese hombre con mirada tierna de árbol:
—¿Usted cree por ventura que los nuestros, colgados en la plaza mayor, tuvieron la posibilidad del perdón en las manos godas?
—No —dijo el parroquiano.
—Yo me di el gusto de prohibirles a los señoritos de alcurnia lo que más amaban: el juego. Vaya condición de hombre. No los libros. ¡No! A ellos les gustaban el juego, el dinero y andar de putas. Esto último lo toleré, pero les quité el uso de la capa y las armas en las calles, les quité los esclavos y se sintieron desnudos. Les hubiese quitado el corazón. Sin embargo, algo me dice que serán ellos quienes quitarán el mío. Y es que si se deja la revolución por la mitad, ellos no perderán el tiempo y avanzarán sobre nosotros y cortarán mi cabeza. El gobierno revolucionario debe a los buenos ciudadanos toda la protección nacional; a los enemigos del pueblo no les debe sino la muerte.
—Creo que se le fue la mano, mi amigo —dijo el parroquiano y se quedó como ensimismado con los naipes en las manos.
Creo que me quedé corto, pensé sin decirle nada al parroquiano. Él sabía que los señoritos no me iban a perdonar prohibirles el juego, la riña de gallos, los naipes y los esclavos. Lo que logré fue unir a los republicanos peruanos con los de la derecha nacionalista. Se juntaron en un lindo mondongo. Y no me mataron, pero me pusieron en un barco. Y encima recibí una caterva de reproches de boca del coronel Cáceres cuando regresó al Perú. Fue sincero y me juzgó con dureza.
El parroquiano barajó los naipes. Descubrió cuatro cartas y se quedó mirándolas.
—¿Ve algo en esos naipes llenos de caras?
—Sí —dijo—. Veo que los números son una escalera al cielo y que navegan sospechas en el aire.
—Cuando llegué a esta fonda venía pensando en las cosas que brillan. ¿Qué cosas son las que brillan para usted?
—¿Para mí? No sé: la luna, la patria, el espejo, la luz, los ojos de una mujer, el fuego, las espuelas…
—Le agradezco la respuesta. Ya ve —le dije al parroquiano—. Estoy de vuelta y de aquí no me voy.
El dueño de la fonda me escuchó y respondió desde la cocina.
—Estoy por cerrar, así que si no les molesta continúen en vuestras casas.
Pagué las copas. Saludé al parroquiano y me fui derechito a la tertulia que ofrecía Juanita Salguero. Esa noche era el espejo de un ángel. Daba gusto caminar, hasta me di el lujo de memorizar pensamientos que se me cruzaban: ¿Qué diferencia hay entre el asesino de la patria y el mártir de la libertad, si ambos re
